Liberales fundamentalistas y estúpidos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 19/4/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/liberales-fundamentalistas-y-estupidos/

 

Nacho Álvarez, secretario de Economía de Podemos, resumió en El País el plan económico de su partido, y escribió: “Solo desde el fundamentalismo neoliberal —o desde la ‘estupidez económica’, en palabras de Krugman— cabe defender hoy la prioridad de atajar los déficits públicos en la Eurozona, frente a los gravísimos problemas de empleo existentes”.

Es aventurado pensar simplemente que a más déficit mayor empleo. Puede uno recurrir a estratagemas retóricas, como la de llamar al liberalismo de toda la vida “fundamentalismo neoliberal”, que transmite la noción de gente extremista y de ideas cambiantes, curiosamente una deficiencia que aqueja más a las izquierdas que al liberalismo. Otro truco es insultar a través de demiurgo interpósito, en este caso Krugman, así que no parece como si a los liberales nos llamara estúpidos el señor Álvarez, que no es una figura destacada en la economía académica, sino un premio Nobel, nada menos. La debilidad del truco estriba en que si los argumentos de autoridad siempre son sospechosos, lo son aún más en economía.

Pero el doctor Álvarez cultiva ese tipo de razonamientos endebles. Por ejemplo, para justificar la expansión del gasto público que propone Podemos alega que su ritmo de crecimiento “es similar al que experimentó nuestra economía entre 2000 y 2008”, es decir, en plena burbuja que desembocó en su propia insostenibilidad.

Tras las consignas de rigor, “urge revertir los recortes en sanidad y educación”, que dan por supuesto lo que no se ha producido, y los brindis al sol: “luchar contra las desigualdades”, pero nunca contra la desigualdad entre el poder y sus súbditos, vuelve a dar señales de autoridad: “la expansión fiscal contemplada se enmarca en lo que la literatura especializada denomina balanced budget multiplier. El aumento del gasto público no se financia con mayor endeudamiento, sino con un incremento simultáneo de los ingresos públicos. …No se puede menospreciar el efecto multiplicador que una expansión del gasto tiene sobre la recaudación fiscal”.

Como subrayó Juan Ramón Rallo en El Economista, aquí el truco es inflar el multiplicador por encima de lo que estiman la mayoría de los economistas, en particular en la fase alcista del ciclo; en contextos como el actual, con elevados niveles de deuda, no cabe descartar un multiplicador bajo o incluso negativo. No es que el consenso sea la verdad revelada, pero sí conviene señalar que no existe en el mundo de la economía profesional y académica nada parecido a un consenso en favor de lo que el señor Álvarez proclama.

Pero don Nacho no está para estas cosas sino para anunciar: “La propuesta de Podemos no solo es necesaria para acometer los retos que tenemos por delante. Es también factible. Y pasa por converger con los países de la Eurozona en materia de ingresos y gastos públicos, como instrumento para consolidar y profundizar nuestra democracia”. Y quienes duden de tan vaporosa demagogia, sólo pueden ser fundamentalistas y estúpidos, evidentemente.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

EL LIBRO ESTATISTA DE MODA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Nos referimos a Capital in the Twenty-First Century de Thomas Piketty, francés, doctorado en economía en MIT y profesor en la Escuela de Economía de París (institución que él contribuyó a establecer en 2005). El libro está muy bien traducido del francés por Arthur Goldhammer (Le captital au xxi siécle). Está dividido en tres partes y la conclusión, casi 700 páginas que contienen 32 cuadros estadísticos.

 

Es una obra que combate la desigualdad de ingresos y patrimonios sustentado en confundir el capitalismo con el llamado “capitalismo de amigos” (en verdad ausencia de capitalismo puesto que las relaciones incestuosas entre el aparato estatal y los empresarios prebendarios -desde Adam Smith en adelante- niega el significado de esa tradición de pensamiento), además, como han demostrado economistas como Hunter Lewis, Rachel Black, Robert T. Murphy y Louis Woodhill, basado en  proyecciones sesgadas y estadísticas equivocadas (especial aunque no exclusivamente las referidas a retornos sobre el capital).

 

Dejemos las transcripciones numéricas que efectúa el autor de este libro para reflexionar sobre el centro de su tesis para lo que sugiere elevar considerablemente los impuestos al efecto de mitigar las referidas desigualdades, puesto que como es sabido incluso para leer tablas estadísticas se requiere un andamiaje conceptual previo y es a esta estructura teórica del autor la que vamos a comentar telegráficamente en esta nota periodística.

 

Incluso aunque las series en cuestión estuvieran bien fabricadas, las comparaciones pertinentes, los años base significativos, bien realizadas las correlaciones, bien seleccionadas las muestras y bien construidos los índices, no cambia la línea argumental. Esto es, si es cierto que en mercados abiertos y competitivos las diferencias patrimoniales las decide el consumidor en el supermercado y equivalentes, cualquier resultado en el delta es, por definición, el que ha establecido la gente con sus compras y abstenciones de comprar. Como los recursos no crecen en los árboles, su correspondiente asignación no resulta indistinta: la administración debe estar en manos de los que atienden mejor las demandas de sus congéneres a través de los cuadros de resultados para que los que dan en la tecla ganen y los que yerran incurran en quebrantos en posiciones que no son irrevocables sino sujetas a las cambiantes necesidades del público consumidor.

 

Resulta un tanto cansador repetir un aspecto de reflexiones ya hechas con anterioridad pero me incentivó la posibilidad de introducir nuevas consideraciones a raíz de la obra de Piketty. Otra razón para producir esta nota, es que economistas como Krugman y Stiglitz alaban el libro de marras, junto a las autoridades del FMI y el mismo Obama y, en el momento de escribir estas líneas, el libro está en la lista de los best-sellers del New York Times.

 

Como queda dicho, en la medida en que las riquezas van a los bolsillos de empresarios que operan en base a privilegios otorgados por gobiernos, la consiguiente desigualdad se traduce en una flagrante injusticia que nada tiene que ver con la eficiencia para atender al prójimo sino con el poder de lobby para acercarse a los funcionarios del aparato estatal, es decir robo indirecto (para no decir nada de los patrimonios más abultados del mundo -según Fortune– que son fruto de usurpaciones y despojos directos como es el caso de la Rusia actual que se incluyen en las antedichas estadísticas globales como si fueran el resultado del mercado).

 

Y esto es lo que desafortunadamente existe en buena parte del mundo y es lo que Piketty confunde con capitalismo en el libro que comentamos. Lo que vivimos no es “la crisis del capitalismo” como afirma el autor sino la crisis del estatismo cimentada en gastos públicos astronómicos, deudas estatales siderales, déficit insostenibles, impuestos insoportables y absurdas, asfixiantes y crecientes regulaciones, de modo que está embistiendo contra un blanco equivocado.

 

Escribe Piketty que “La distribución de la riqueza es uno de los temas más discutidos y controversiales hoy”, lo cual es evidentemente cierto si nos guiamos por las propuestas políticas y por gran parte de los textos en economía y ciencia política, pero el asunto consiste en investigar la razón o sinrazón de las partes en este delicado debate. La tradición que inició J. S. Mill al pretender la escisión entre la producción y la distribución sentó las bases de la confusión. Para comenzar, como ha puesto de manifiesto Thomas Sowell, los economistas no deberíamos hablar de “la distribución del ingreso” puesto que “los ingresos no se distribuyen, se ganan”. Por su parte, Robert Barro ha señalado repetidamente que lo relevante no es la desigualdad de patrimonios sino la elevación del promedio ponderado de los ingresos (que es la tendencia en la medida en que la sociedad sea abierta), lo cual, dicho sea de paso, puede simultáneamente incrementar las desigualdades.

 

Piketty, por una parte, alude a Marx en cuanto a la concentración de la riqueza (que según él equivale a la explotación de los más pobres sin inferir conclusiones de sus niveles de vida en términos absolutos), y por otra, Kuznets que pronosticaba armonía en base a la reducción de las desigualdades (con célebres gráficos no del todo ajustados a la realidad). Pero es que, nuevamente destacamos que en la sociedad abierta las diferencias patrimoniales y de ingresos de deben a las instrucciones del consumidor en el mercado y, por tanto, cumplen un rol vital para maximizar las tasas de capitalización que es la única causa que eleva salarios.

 

Este es el sentido de lo consignado por Buchanan en cuanto a que “mientras las transacciones se mantienen abiertas y mientras no se recurra al fraude y a la fuerza, el acuerdo logrado es, por definición, clasificado como eficiente” y es el sentido por el que escribe Hayek en cuanto a que “la igualdad de las reglas generales es el único tipo de igualdad compatible con la libertad y la única igualdad que puede asegurarse sin destrozar la libertad”.

 

Sin embargo, Piketty se refiere a “los violentos conflictos que inevitablemete instiga la desigualdad [de rentas y patrimonios]” y los relaciona con los sucesos ocurridos en la Francia pre-revolucionaria, lo cual es nuevamente una situación totalmente distinta a la de los mercados libres y la sociedad abierta. Incluso sus reflexiones sobre la sobrepoblación de esa época no son comparables al crecimiento vegetativo en el contexto de la libertad. El antes referido Sowell muestra que toda la población mundial podría ubicarse en el estado de Texas con un promedio de 600 metros cuadrados por familia tipo de cuatro personas y señala que la densidad poblacional de Manhattan es la misma que en Calcuta y la de Somalía igual a Estados Unidos con lo que concluye que en un caso se habla de hacinamiento y en otro de opulencia debido a marcos institucionales diferentes y no debido a la llamada sobrepoblación.

 

Incluso las referencia a Malthus y a Ricardo en el libro no se condicen con lo que puede inferirse de épocas posteriores, no solo en cuanto a la población sino en cuanto a los impuestos a la tierra que parecen un adelanto de la teoría de Henry George al sugerir cargas fiscales adicionales a la tierra debido a que es un bien que aumenta su escasez sin que pueda atribuirse mérito al propietario, es decir, una especie de externalidad de la naturaleza, sin percatarse que, por ejemplo, eso mismo ocurre con nuestros ingresos que son debidos a las tasas de capitalización generados por otros (y tantas otras ventajas que obtenemos como que al nacer estamos insertos en lugares donde ya existe un lenguaje, insitituciones, etc.).

 

Thomas Piketty concluye que no está todo perdido puesto que “Hay sin embargo maneras en que la democracia puede recuperar el control sobre el capitalismo y hacer que los intereses generales prevalezcan sobre los particulares”. En esta conclusión hay por lo menos tres asuntos que deben resaltarse. Primero, en gran medida no estamos en democracia en el llamado mundo libre tal como la concibieron en combinación con la República los Padres Fundadores en Estados Unidos, ni como la conciben los Giovanni Sartori de nuestros tiempos. Se trata mayorías ilimitadas que arrasan con el derecho y toda la tradición constitucionalista desde la Carta Magna de 1215. Segundo, no hay tal cosa como el capitalismo para controlar por las razones antes apuntadas. Y tercero, aunque es un lugar común, en la sociedad abierta no hay conflicto entre lo particular y lo general por la sencilla razón que lo general es la satisfacción de todo lo particular que no lesione iguales derechos de otros.

 

El autor de esta obra ahora de moda le da por completo la espalda al hecho de que el proceso de creación de riqueza es dinámico y no un bulto estático que opera en el contexto de la suma cero y que los burócratas tienen que decidir como “lo distribuyen”.

 

Por último, debe subrayarse que, en rigor, no es posible imponer el igualitarismo ya que las valorizaciones son subjetivas y, aunque todos dijeran la verdad no pueden realizarse comparaciones intersubjetivas, al tiempo que debido a la intervención gubernamental para imponer la guillotina horizontal se deterioran los precios relativos lo cual malguía aun más la producción. En el contexto del igualitarismo forzoso se requiere un sistema autoritario puesto que cuando alguien se sale de la marca niveladora establecida, debe recurrirse a la violencia para encauzar al “infractor”. Y, además, en otro plano de análisis, si fuéramos todos iguales con las mismas inclinaciones y talentos, la división del trabajo y la cooperación social se derrumbarían y la misma conversación se tornaría en un aburrimiento colosal ya que sería lo mismo que dirigirse al espejo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Mitos sobre la coyuntura global

Por Adrián Ravier. Publicado el 15/5/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/05/15/mitos-sobre-la-coyuntura-global/

 En los últimos días ha surgido una extensa literatura en los medios acerca de las dificultades económicas que experimenta la Unión Europea, y el contraste con una recuperación norteamericana. Insisten estos analistas en que la dicotomía encuentra sus causas en las distintas políticas económicas aplicadas. Del lado europeo, “el fundamentalismo fiscal alemán” con sus “ajustes a ultranza” para eliminar el déficit fiscal. Del lado norteamericano, “políticas de demanda” que priorizan la creación de empleo y la recuperación de la actividad económica. Desde luego, estos analistas no hablan en el vacío, sino que se posicionan sobre la macroeconomía dominante, que en situaciones de crisis se apoya sobre la sombra de Keynes y su Teoría General, hoy encabezada por Paul Krugman.

Lo cierto, sin embargo, es que la salud de la economía norteamericana no es mejor que la europea. Si algo reconocemos los críticos de Keynes es que las “políticas de demanda” tienen efectos positivos de corto plazo. Esto permitió a Obama reducir la tasa de desempleo por debajo del 8 % a pocos días de las elecciones, lo cual empujó a los votantes a confiarle un nuevo mandato. Pero difícilmente la economía norteamericana pueda -con este tipo de políticas- devolver a los inversores la confianza que necesitan para emprender y crear empleo genuino. Si bien es cierto que a partir de julio de 2012 hubo un repunte de los mercados bursátiles, éste perdió fuerza, lo que se complementa con retrocesos tanto en la actividad económica -en el último trimestre de 2012 se contrajo a sólo 0,1 %-, como en el empleo -que llegó al 7,9 % en enero de 2013.

La Unión Europea no está mejor. Pero esto no se debe a los “ajustes a ultranza”, sino a la ausencia de una reducción del déficit. Las cuentas públicas siguen mostrando deficiencias, lo cual impide que los mercados recuperen confianza e inviertan en el Viejo Continente. Lejos de reducir el déficit, lo que hace la Unión Europea es financiar el déficit de los 17 países del euro con dinero del banco central, aspecto que fue remarcado por un experto en asistir a gobiernos desde la autoridad monetaria como Alan Greenspan. La consecuencia lógica, entonces, es que la crisis siga su curso, pero ahora propagándose hacia los países centrales, como Francia y Alemania, el primero en recesión y el segundo con una desaceleración de la actividad económica.

El pronóstico para 2013 es realmente crítico para el mundo desarrollado, aunque atractivo para la región latinoamericana. Mientras la Reserva Federal y el Banco Central Europeo inunden los mercados con sus divisas -con tasas de interés entre 0 y 0.25%-, y mientras China haga lo propio por evitar sobrevaluar su moneda, los precios de los commodities seguirán alcanzando nuevos niveles récord, visualizándose en abultados superávit comerciales. Al mismo tiempo, los capitales seguirán acercándose a nuestra región a la espera de tasas de interés más elevadas en Estados Unidos. Esto es una oportunidad única de desarrollo que al momento Brasil, Chile, Perú, Colombia y Uruguay están aprovechando, mientras Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela desperdician.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.