La Gran Depresión vs la Teoría General

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 28/6/18 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2018/06/28/la-gran-depresion-vs-la-teoria-general/

 

La Gran Depresión de la década de 1930 es uno de los temas más complejos y controversiales en economía. No sólo este evento da origen al análisis macroeconómico, sino que también ve nacer al keynesianismo. Para el keynesianismo, fueron las políticas inspiradas en esta doctrina lo que finalmente permitieron a Estados Unidos poner fin a tan severa crisis. Fue esto así?

Una critica común a la lectura keynesiana es que las fechas no coinciden. La Teoría General de Keynes se publica en 1936. Sin embargo, la recuperación se inicia en 1933. No es posible por lo tanto, que la Teoría General sea el motivo de la recuperación de la Gran Depresión.

Ciertamente se pueden hacer muchas criticas a la doctrina keynesiana (Mises, Hayek, Friedman, Hazzlit, Hutt, sólo por nombrar algunos). La critica de que las fechas no coinciden, sin embargo, no es una de ellas. Esta crítica es superficial al punto de construir un ¨hombre de paja¨. Hay motivos por los cuales el hecho de que La Teoria General se publique en 1936 no implica, a priori, que la doctrina keynesiana sea incorrecta.

  1. No son los libros los que originan ideas, son las ideas las que originan libros. Esto quiere decir que las ideas preceden a la fecha de publicación de los libros. Es bien sabido que Keynes se movía no sólo en ambientes académicos, también lo hacía en ambientes políticos. Es posible que sus ideas hayan llegado al ambiente político antes de escribir su libro.
  2. Quizás el argumento anterior suene muy especulativo. Menos especulativo es el hecho de que Lionel Robbins lo trae a Hayek en 1931 a la London School of Economics especialmente para hacer un contrapeso a las ideas keynesianas. Es claro que las ideas de Keynes ya eran conocidas y lo suficientemente influyentes para traer al joven pero ya reconocido Hayek a Inglaterra.
  3. También es sabido que la Teoria General no sólo es poco clara e inconsistente, sino que tampoco es novedosa. Lo que Keynes hace en el libro es explicar las políticas que ya se estaban aplicando en diversos países. Es una argumento similar al de la Riqueza de las Naciones de Adam Smith como explicación de la Revolución Industrial. Que las ideas que hoy llamamos keynesianas preceden a la Teoría General no es ni novedoso ni controversial. Lo que hoy se entiende por modelo keynesiano es lo que sucesores de Keynes formalizaron según lo que ellos creyeron que Keynes quizo decir. Es cierto que es difícil afirmar con certeza que es lo que Keynes quiso de hecho decir en su libro dadas las numerosas ambigüedades y contradicciones, pero no es menos cierto que su inspiración proviene de política que ya se estaban aplicando.

Una de las principales reglas en la comunidad científica, incluida la economía, es criticar la mejor versión de una visión alternativa a la propia. No es apropiado, ni respetuoso hacia el interlocutor, criticar una versión simplificada pero no representativa de la otra posición ni prestar atención a las posiciones más serias. Otra de las prácticas propias de la profesión es tratar al interlocutor (sea o no economista) con respeto personal e intelectual. La calificación ad hominenes de quien no sabe o no puede desplegar un argumento de manera clara y sólida. El circo termina remplazando al argumento. Sólo se satisface a un grupo de fans, dado que se ha renunciado a un intercambio intelectual con ideas contrapuestas.

La posición keynesiana más sutil no sostiene que fue la Teoría General lo que dio fin a la Gran Depresión, sino las ideas Keynesianas, que aún sin nombre, ya se aplicaban antes de la publicación del libro de Keynes. El anti-keynesiano que se mofa de quien menciona la Teoría General no hace más que evadir el punto de fondo y mostrar sus propios límites. El punto es el rol de las ideas representadas en el libro, no la fecha de publicación del mismo, especialmente con tan poco años de diferencia.

Hay otro punto por el cual la crítica al keynesianismo fundada en la fecha de publicación del libro no es tan obvia. El punto es que la fecha de inicio y fin de la Gran Depresión puede variar de análisis a análisis. Es cierto que en torno a 1933 se percibe una recuperación. También es cierto que existe un consenso en torno a que el fin de la Gran Depresión coincide con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, lo cual sucede luego de la publicación de la Teoría General.

Vale recordar que el inicio de la Segunda Guerra Mundial no es el único evento relevante que se correlaciona con el fin de la Gran Depresión. Otro evento importante es la declaración de inconstitucionalidad de la Corte Suprema de los Estados Unidos del New Deal. Este es uno de los puntos, creo, más interesantes y menos enfatizados de uno de los papers más recordados de Juan C. Cachanosky.

El siguiente gráfico (Wikipedia) muestra la evolución del PBI en Estados Unidos con varias fechas que menciono en este post.


UPDATE

Ivan Carrino me recuerda de las cartas que John M. Keynes enviaba a Roosevelt.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

La trampa económica de la política

Por Eduardo Filgueira Lima: Publicado el 18/5/18 en: http://cepoliticosysociales-cepys.blogspot.com.ar/2018/05/la-trampa-economica-de-la-politica.html

 

¿Porqué los políticos tienen tendencia a gastar más de la cuenta?

Largos años de desaciertos políticos y económicos (los unos siguen a los otros) nos han sumido en condiciones de progresiva decadencia. Un 30% de pobres azota todos los días nuestras puertas.

Desde mediados de los años ´30 del siglo pasado el gasto público argentino ha tenido un peso creciente dado su constante incremento, en la política y la economía argentinas. Pero es en las últimas décadas cuando su peso relativo en términos de PBI se ha acelerado sustantivamente al compás de políticas populistas.

El incremento del gasto público puede acompañar tendencialmente al aumento de la población; o también ha sido utilizado como proceso de equilibrio compensador en situaciones de recesión de la actividad económica, aunque esto tuviera consecuencias deletéreas a mediano/largo plazo.

Pero en nuestro caso el gasto público ha sido el instrumento que la política ha utilizado para satisfacer crecientes demandas propias[1] y también de la población, en una asociación perversa en la que los unos resguardaron su supervivencia o perpetuación y los otros delegaron su voluntad, recibiendo a cambio los beneficios del Estado en forma de dádivas, protección o empleo público.

La Argentina se acostumbró así a vivir crecientemente dependiente del Estado. Eso mismo generó grupos cada vez más numerosos de privilegiados que pudieron vivir de sus prebendas y un pensamiento “estatista” que se instaló y perdura inconmovible, como si el estado pudiera hacerse cargo de todo, y dar satisfacción a todos, en todo tipo de demandas y sobre todos pudiera recaer el peso de sostener los beneficios que solo algunos usufrutuan.

Hemos reproducido a la perfección la “tragedia de los comunes”[2]. Porque los incentivos están puestos en maximizar intereses individuales explotando hasta extenuar recursos que son comunes, e inevitablemente limitados. El Estado ha quedado subyugado por diversos grupos de interés del que obtienen beneficios particulares. Este es el conflicto más pertinaz que condiciona las democracias[3]. El estado ha quedado así agotado para incluso cumplir con lo que elementalmente debiera.

Los argentinos pedimos cada vez más que el Estado nos dé,.. que el estado nos garantice,.. que el Estado nos proteja,.. que el Estado controle,.. que el Estado regule,.. que normatice, que cada vez tenga mayor intervención en cada una de las actividades de nuestras vidas. Pero sabemos también quejarnos cuando asumimos lo que ese estado elefantiásico que hemos creado nos  cuesta, sin comprender la contradicción implícita que significa pedir cada vez más y quejarnos después por tener que pagarlo.

Y todo ello con la complicidad de los dirigentes políticos para quienes agigantar el estado resultó un pingüe negocio porque les otorgó el rédito de “administradores sensibles del Welfare State”, resultando lo que más aprecian: adhesión y votos. Los incentivos están puestos en defective democracies[4] en las que se sostiene que la única rendición de cuentas son las elecciones, que ingentes recursos públicos sean puestos precisamente para obtener resultados electorales.

La trampa política populista es precisamente encontrarnos en la imposibilidad creciente de superar nuestras dificultades porque los unos demandan del Estado lo que los otros asumen como necesidad propia de otorgar. Mientras, otra parte de la población que no se encuentra en el grupo de privilegiados, debe soportar la mayor carga que le imponen ambos.

El problema es ideológico y cultural y por lo mismo es más difícil de superar. Demandas no son siempre necesidades y todos –cada vez más y crecientemente a medida que se reducen las oportunidades– se prendieron con avidez a obtener su cuota parte del Estado, que hoy está agotado y que no encuentra medios para financiarse, pero más grave aún constituye un enorme peso para el crecimiento y eliminar los graves problemas que nos agobian.

Hoy el gasto público supera el 42% en términos de PBI. Como muestra el gráfico siguiente y su incremento fue brutal desde 1993 (23%) a nuestros días.

[5]

El gasto público casi se duplicó en menos de treinta años. De lo que nunca se habla es el costo agregado –calculado hoy en deterioro social, político y económico– que esa conducta depredadora ocasiona.

De esta lógica perversa difícilmente pueda escapar el accionar político que requiere para permanecer de los votos de las mayorías. Y difícilmente puedan escapar los ciudadanos, que con este circuito obtienen prerrogativas inmediatas, sin percibir que a largo plazo disminuyen inevitablemente sus perspectivas futuras.

Porque el crecimiento del sector público se hace indefectiblemente a expensas del sector productivo y aún de toda la población, cualquiera sea su mecanismo de financiamiento: vía impuestos, emisión monetaria y/o endeudamiento (con las consecuencias nefastas que cada uno de estos medios de financiamiento ocasiona).

La lógica seguida por Cambiemos una vez en el gobierno, de manera poco disimulada consistió en recurrir a la obra pública para hacer lo que con seguridad hacía falta (dado el ingente deterioro que en infraestructura nos había dejado el gobierno anterior), pero también para inyectar recursos en un mercado deprimido y sometido a necesarias correcciones que creyó poder hacer con “gradualismo”.

Es comprensible ya que los políticos no son afectos a dar malas noticias y un keynesianismo ad-hoc pudo haber sido en este sentido un buen recurso político, aunque no se valoró lo suficiente que fuera un mal recurso en el largo plazo. La disyuntiva podría ser dilucidar si el “gradualismo” no es también en este esquema un disimulado hijo light del populismo.

Pero a su vez se debe decir que este gobierno ha logrado importantes avances en lo institucional. El índice de Calidad Institucional ha mejorado 10 puntos en dos años.

Muy probablemente, y a riesgo de entrar en peligrosas interpretaciones psico-sociológicas, el gobierno se vio en la necesidad de desmarcarse de las posiciones en las que la oposición política lo había colocado, “un gobierno de ricos para ricos, … De insensibles que llevarían a cabo un ajuste, … Qué eliminarían los planes sociales, …” Como se dice en la jerga corriente “los corrieron por izquierda, …” y tuvieron que parecer o ser más de izquierda que lo que muchos hubieran deseado. El gobierno termina así mostrándose temeroso de hacer las reformas necesarias.

Porque inyectar más recursos tuvo consecuencias en un tema que nos es muy sensible: la inflación, que resultó muy poco (o nada) elástica a la baja. A lo que contribuyó la emisión monetaria –instrumento estrella en el gobierno anterior– pero que en el actual creció 32% en 2016, lo que le puso desde inicio un piso elevado.

En 2017 creció el 27%[6]. En 2017 el BCRA le giró al Tesoro Nacional un total de $421.708 millones. Aunque del otro lado de la cuenta, el BCRA logró retirar del mercado por la vía de la esterilización $225.364 millones. Con lo que quiero decir que el gobierno, aunque recurrió al endeudamiento[7] para financiarse, no dejó de utilizar la emisión para ese fin.

En Argentina la emisión monetaria sube exponencialmente a partir de 2006 [8]. Y hoy la masa monetaria se ubica en el 28,9% del PBI[9]La presión que este proceso monetario ejerce sobre el valor de la moneda, impide una efectiva baja de la inflación. Y a menor productividad es el factor “escasez” el que entra en juego para la determinación de los precios.

La vía impositiva también está en su tope La presión tributaria consolidada pasó desde un 19% para el promedio de los años 90 al 32% del PIB en 2017. Por otra parte, dada la fuerte informalidad, la presión tributaria sobre el sector formal resulta de un nivel insoportable del 50% o superior a esa cifra, lo que ahoga la actividad productiva que es precisamente de lo que se alimenta el fisco.

Es muy probable que el gobierno haya subestimado algunos problemas que eran graves cuando asumió o es muy probable que haya desbordado de optimismo prematuro suponiendo que algunos problemas estructurales podían ser resueltos por vía de un decreto que impusiera entusiasmo.

Muchos problemas de la Argentina derivan de esa perversa asociación descrita sostenida durante muchos años y cuya más popular acepción es un elemental “populismo” político que tiene graves e inevitables consecuencias económicas[10].

El gobierno actual pensó resolver un problema tan complejo también con “gradualismo” para no verse tapado por las olas que supuso despertaría un necesario ajuste. “Acá nadie quiere perder nada. Tocás algo y te incendian el país”[11]

Pero finalmente entre la obra pública y los compromisos electorales asumidos pagados con empleo público (que se incrementó desaprensivamente), el gobierno no reaccionó frente a un gasto público desbordado y mantuvo políticas tan tramposas como las que se suponía venía a erradicar. El déficit del sector público, que llega hoy a 7% del PBI, es el resultado de haber ido mucho más lejos de lo lejos que ya se había llegado con un gasto público exorbitante.

En nuestro país de manera prevalente la gente quiere dar satisfacción a sus demandas de manera inmediata. Y quiere que esa satisfacción provenga del estado, porque no tiene otras posibilidades (estas son reales necesidades), o porque le resulta más rentable diluir sus responsabilidades en el conjunto (esto es oportunismo). ¿Como puede definirse claramente la línea que separa estos comportamientos?

Parece no entenderse que así se reducen las perspectivas futuras, que a más Estado mayores limitaciones a la actividad productiva. Que el estado debe cumplir funciones muy puntuales y específicas que no puede cumplir con eficiencia y mucho menos con las agregadas que le hemos impuesto.

Porque ello requiere financiamiento y la vía impositiva ha llegado a un tope insostenible. El peso del gasto impositivo no debe ser una carga que como una mochila nos impida avanzar. El costo de esa carga imposibilita el crecimiento porque limita el desarrollo de las actividades productivas que son esenciales (a la par que otros factores),  para equilibrar otra debilidad importante hoy como es la balanza de pagos, que se nos muestra hoy deficitaria[12].

Y la emisión monetaria (que fue el sustento del gobierno anterior y apenas un poco disminuyó en el actual) se traduce inevitablemente en inflación por lo que la única vía alternativa que quedaba, para sostener el fenomenal gasto que el anterior populismo ocasionó, fue el endeudamiento, …que no es gratis!

Hoy el presidente Macri ha mencionado que “no podemos gastar más de lo que tenemos”! Y se me ocurre decir que más aún, tenemos que gastar mucho menos que lo que estamos gastando: el déficit fiscal es un tramo en exceso del proceso del gasto, … pero finalmente detrás está el gasto público ya de por sí excesivo.

Con seguridad reducir el déficit fiscal[13] es un tema trascendente. Pero disminuir el gasto público requerirá de un esfuerzo mayor. No será fácil decidir aquellos rubros en los que puede reducirse el gasto sin conflictos sociales, pero es imprescindible. Obviamente es más sencillo escribir sobre la reducción del gasto público que hacerlo. Ni gobernadores, ni intendentes, … quieren ajustar su gasto, y siendo un país federal la mayor parte de las transferencias nacionales son automáticas.

El 30% de la PEA empleada trabaja para el gobierno (en sus tres estamentos) En Formosa, Catamarca, La Rioja, Jujuy, Santiago del Estero, Chaco y Corrientes hay más del 50% de la población empleada dependiente del estado[14]. La Fundación Libertad y Progreso ya ha expuesto sobre el peso que el empleo público tiene hoy y como se ha incrementado entre 2003 y 2017[15]

Si estas cuestiones no se corrigen las perspectivas de crecimiento, desarrollo y disminución de la pobreza se encuentran muy lejanos como objetivos y el costo será el subdesarrollo social y económico, porque la economía nos pasará sus facturas.

En días recientes hemos sufrido varios días de tensión minimizada por el gobierno y exacerbada por los opositores y muchos otros. Pero en su raíz el problema subsiste inconmovible. El incremento de tasa de interés en los EE.UU. y la populista imposición a la renta financiera[16] que se implementó en Abril de este año (por iniciativa de la oposición pero acompañada por el oficialismo), a lo que se sumó un dólar retrasado, alimentó los temores de una corrida de los tenedores de deuda hacia este último e incentivó la demanda. Finalmente los tenedores de deuda argentina renovaron en un 100% la misma. Pero el dólar alcanzó un nuevo piso,.. que probablemente no sea su techo. Tal como es previsible la vulnerabilidad argentina persiste.

Mientras pensemos que “la mejor política económica es la que permite ganar elecciones” y para ello la política recurra a cualquier medio, el problema será esencialmente político! Por lo que no debemos alarmarnos entonces que en cada oportunidad que tenga nos dé un sacudón la víctima: la economía!

 

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima

(MD, Mg.HS&SS, Mg.E&PS, PhD.PS)                       Buenos Aires, Mayo 18 de 2018

[1] Referencia a un mercado político que tiene incentivos alineados con su propio interés corporativo.

[2] Hardin, G. The Tragedy of Commons en Science, v. 162 (1968), pp. 1243-1248

[3] Buchanan, J. & Tullock, G “El cálculo del consenso” (1980)

[4] Merkel, W “Defective democracies” Centro de Estudios Avanzados de Ciencias Sociales. Paper N°132, 1999

[5] En: http://focoeconomico.org/2017/12/23/gasto-publico-en-argentina-1993-2017/

[6] Nadin Argañaraz y Bruno Panighel En Informe IARAF del 21 de Febrero de 2018 http://www.iaraf.org/index.php/informes-economicos/area-fiscal/213-informe-economico-5

[7] La deuda externa actual alcanza los u$s 250.000 mill. Casi un 42% del PBI

[8] Banco Mundial en: https://datos.bancomundial.org/indicador/FM.LBL.BMNY.CN?contextual=default&end=2014&locations=AR&start=2014&view=bar

[9] Banco Mundial en: https://datos.bancomundial.org/indicador/FM.LBL.BMNY.GD.ZS?view=chart

[10] Las acepciones político-culturales del término tienen otras raíces y se afincan en las denominadas democracias delegativas, según G. O´Donnell, en un primer estadio.

[11] Senador M. A. Pichetto La Nación (18/5/2018)

[12] En 2017 la cuenta corriente registró un déficit de US$ 8.738 millones, explicado por los saldos negativos de la balanza de bienes y servicios. https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/bal_03_18.pdf

[13] De los últimos 60 años, Argentina tuvo déficit fiscal (entre 3 y 7% del PBI) en 57 años. (J. L. Espert, 2018)

[14] Sipa. Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social En: http://www.trabajo.gob.ar/estadisticas/

[15] Fundación Libertad y Progreso https://radiocut.fm/audiocut/hablamos-con-agustin-etchebarne-economista-y-director-de-libertad-y-progreso-fmi-dolar-economia/ y en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/05/02/gasto-publico-inflacion/

[16] Decreto 279/18 que reglamentó la imposición a la renta financiera (5% para letras en $ y 15% para u$s)

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, Doctor en Ciencias Políticas y Profesor Universitario.

¿Por qué no baja el gasto público?

Por Iván Carrino. Publicado el 2/6/17 en: http://www.ivancarrino.com/por-que-no-baja-el-gasto-publico/

 

Incluso cuando el gobierno quisiera reducir el gasto, el “estado profundo” no se lo permitiría.

Recuerdo una charla que escuché hace alrededor de 10 años. Quien disertaba en esa ocasión era director de una de las consultoras políticas más reconocidas del país. No recuerdo casi nada de la charla, pero sí una frase que me quedó grabada para siempre: “en política, la traición es una virtud”.

La frase, que puede sonar detestable, hacía referencia a la necesidad de los líderes políticos de traicionar sus lealtades, incumplir sus promesas y adaptarse permanentemente al cambio del “humor social” para avanzar en su carrera política.

Ejemplos de este fenómeno sobran en la política nacional. Políticos que se cambian de partido o que incumplen sus promesas electorales son un clásico.

El gobierno nacional no escapa a esta “tradición”. Durante la campaña 2015 prometió cambiar 180 grados lo que hacía el kirchnerismo. Sin embargo, en términos fiscales la promesa fue incumplida.

El estado, origen de nuestros problemas

Durante los 12 años de gobierno kirchnerista el gasto del gobierno creció de manera vertiginosa. De acuerdo a los últimos datos oficiales del Ministerio de Hacienda, el Gasto Público Consolidado avanzó nada menos que 20,6 puntos en términos del PBI, pasando de 26,6% a 47,2%.

Este alocado aumento de las erogaciones estatales no solo genera una mala asignación de recursos que reduce el crecimiento económico, sino que también es principal responsable de nuestra delicada situación fiscal.

El déficit, como quiera que se financie, es una bomba de tiempo que el propio Macri reconoce que no puede mantenerse en el tiempo.

Sin embargo, si consideramos lo que “Cambiemos” hizo hasta ahora, la realidad es que no cambió nada. El año pasado el PBI nominal creció 38%, cayendo en términos reales. El gasto, por su parte, creció alrededor de 39,3%. Esto lleva la ratio Gasto/PBI a 47,6%. Para 2017, si se cumple lo estipulado en el presupuesto, el gasto seguirá creciendo, pero en términos nominales volveríamos a niveles del 47,1%.

Este guarismo es similar al de países europeos y 85% superior al de Chile, Colombia y Perú promediados. Too much.

¿Es malo bajar el gasto?

Obviamente, cuando se propone bajar el gasto sale a la palestra una tribu de analistas imbuidos de keynesianismo que comienzan a recitar todas las calamidades que ocurrirían si se implementara la malvada austeridad. Un menor gasto, dicen, reduce la demanda agregada, la gente consume menos, las empresas reducen sus ventas, crece el desempleo y la economía colapsa.

No obstante este libreto, lo cierto es que la evidencia demuestra que es perfectamente compatible reducir el gasto público y mantener una economía vibrante.

Recientemente, Irlanda fue testigo de esta situación. Luego de llevar sus erogaciones al 65% del PBI en 2010, las redujo de manera considerable hasta el 29,5% en 2015. En términos nominales, el gasto cayó 31%. Obviamente, no ocurrió ninguna desgracia y la economía recuperó el crecimiento al tiempo que reducía su desequilibrio presupuestario.

Otro caso célebre es el de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo al estudio de Cecil Bohanon:

En 1944, el gasto del gobierno en todos los niveles representaba el 55% del PBI. Para 1947, el gasto público había caído un 75% en términos reales, o desde el 55% hasta el 16% del PBI (…)  Sin embargo, este “desestímulo” no resultó en un colapso del gasto en consumo o en inversión. El consumo real creció 22% entre 1944 y 1947 y el gasto en bienes durables creció hasta más que duplicarse en términos reales. La inversión bruta privada creció 223% en términos reales, con un enorme incremento real que se multiplicó por seis en el gasto destinado a viviendas residenciales.

Lo mismo puede decirse de Suecia. A principios de los años ’90, el estatismo sueco entró en crisis. El gasto público crecía en términos reales mientras que, por tres años consecutivos, la actividad económica cayó. En solo cuatro años (de 1989 a 1993) las erogaciones públicas habían subido 10 puntos del PBI hasta el 68%. A partir de allí, un programa de reforma buscó mejorar las cuentas. El gasto cayó en términos reales 0,9% al año entre 1992 y 1997. La economía volvió a crecer.

Si, como se ve en estos casos, la reducción del gasto público no genera crisis, ¿por qué el gobierno no avanza por este camino?

El estado profundo

Una respuesta posible a la anterior pregunta es que el gobierno está repleto de economistas keynesianos. Es probable. Alfonso Prat Gay, ex ministro de hacienda, por ejemplo, citó a Keynes en octubre del año pasado cuando se le preguntó por este tema.

Ahora bien, incluso cuando estuvieran relativamente convencidos de las bondades de la austeridad, lo cierto es que les sería políticamente imposible implementarla. Es que en Argentina, a pesar de que vivimos en democracia, los verdaderos hilos del poder los conduce un “estado profundo”, donde intereses corporativos, sindicales y políticos confluyen para mantener el statu quo.

Si el gobierno amaga con reducirle fondos al cine, ahí estarán los actores para gritar en contra. Si se reducen los subsidios y suben las tarifas, las asociaciones de defensa del consumidor podrán el grito en el cielo. Si se despiden trabajadores estatales, los gremios harán paro y bloquearán las calles. Si baja el gasto en obra pública, las cámaras empresarias harán lobby destacando la “importancia estratégica de la infraestructura”.

A medida que crece el gasto público, crecen los grupos concentrados directamente beneficiados por el mismo. Se genera una red de corporaciones que luego presionan políticamente (y otras violentamente) para que nunca más baje. Es el “estado profundo” que gobierna sin ir a las elecciones y destruye la economía.

Para reducir el gasto, el gobierno de Macri debe, primero que nada, despojarse de la idea de que esto sea perjudicial para la actividad económica y los pobres.

Pero, más importante, debe estar listo para enfrentar los intereses creados que no quieren que nada cambie en Argentina.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Fuerzas creativas y destructivas en el campo de las ideas

Por Gabriel Boragina: Publicado el 27/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/fuerzas-creativas-y-destructivas-en-el.html

 

Escuchamos muchas veces aquello de que “Lo que lleva mucho tiempo construir, lleva poco destruir”.
Si esto fuera cierto, tanto para lo bueno como para lo malo, nadie podría dudar que sea prudente concentrarnos en la destrucción de lo malo, evitar la de lo bueno, y no cejar en nuestro empeño en seguir construyendo lo último.
Sin embargo, el principio por el cual la celeridad de destrucción es mayor que la constructiva, no se trata de un principio absoluto, sino que se encuentra condicionado a ciertos factores, de los cuales la idoneidad del medio utilizado es el más importante de todos.
La idoneidad del medio no guarda relación directa con su tamaño físico sino con su poder intrínseco. Pongamos un ejemplo: un edificio, normalmente, lleva bastante tiempo de construcción, aun empleando los medios modernos de edificación. La demolición de ese mismo edificio puede llevar más tiempo que el requerido para construirlo, igual cantidad de tiempo o menor, dependiendo -en los tres casos- del medio con el que intentamos la tarea.
Si me empeño en destruir un edificio de departamentos con un martillo, seguramente me llevará muchísimo más tiempo que el utilizado en la construcción del edificio, y es probable que a martillazos nunca termine de demoler el edificio, sobre todo si este último es grande. Si en cambio, empleo el concurso de otras personas que manejen grúas, picos o enormes mazos mecánicos, la destrucción del edificio me llevarán igual o menor cantidad de tiempo que su construcción, y en el último supuesto, si me dedico a utilizar una pequeña carga de dinamita, puedo conseguir una destrucción casi instantánea del inmueble. Es decir, tanto en lo constructivo como en lo destructivo, la velocidad de hacer o deshacer, dependerá del medio que se emplee. Y esto es válido -creo- en todos los órdenes de la vida, y no solamente en el rubro de la construcción que he utilizado de ejemplo.
En el campo de las ideas ocurre otro tanto. Las ideas son herramientas que, como cualquier otra herramienta, pueden ser utilizadas, sea para construir como para destruir lo construido. Su potencial -tanto constructivo como destructivo- depende de su fuerza intrínseca, es decir, de su poder de penetración, y más que este, de su poder de fijación o permanencia en la mente de quien la cobija o acepta. Las ideas, negativas o positivas, en la medida que se expanden a un mayor número de personas, conforman un entramado que se solidifica, tal y como sucede con los ladrillos con las cuales los albañiles construyen un edificio. Si lo que se edifica son prisiones, la gente que este destinada a vivir allí la pasará mal, muy mal, si -en cambio- lo que se edifican son viviendas, la gente que allí resida la pasará muy bien.
Llevado al plano social, las ideas pueden construir tanto sistemas cerrados como abiertos y ambos pueden ser sólidos, en la medida que los medios empleados para su construcción lo sean, es decir la fijeza de las ideas sobre las cuales se edifican. Claro que, “sólido” no es aquí de ningún modo sinónimo de positivo -o sea- bueno. Una prisión debe ser -por definición- una construcción mucho más sólida que cualquier otra, para evitar -precisamente- que la gente que allí se encarcele pueda escapar de ella. Pero, a partir de allí, no puede alegarse el argumento de la “solidez” de la misma como pretexto para que todo el mundo sea recluido en prisiones.
Muchas teorías parecen tener una consistencia firme, pero, estudiadas a fondo y finalmente implementadas conducen a consecuencias nefastas. Eso es ni más ni menos lo que sucede con doctrinas económicas como el socialismo, el keynesianismo, o sus parientes políticas del “estado de bienestar” o “benefactor” y demás variantes “progresistas”.
En física la fuerza, se define normalmente como: “Interacción entre dos o más cuerpos. Causa el cambio de movimiento, la deformación o la ruptura de un cuerpo”.
La primera acepción (la de interacción) tiene un sentido neutro, y la segunda acepción un sentido claramente negativo. Pero hay un sentido positivo que contrasta con la segunda acepción porque dicha interacción también da lugar a la formación o a la unión, arreglo, concordia entre dos o más cuerpos.
Es curioso -por cierto- que en física se considere que la unión de dos cuerpos importa una deformación física de ambos. Sin embargo, este parece ser el concepto aceptado, advertimos al lector que nosotros no vamos a aceptarlo, y hablaremos aquí de fuerza en el sentido definido, esto es de positivo y negativo. La fuerza, a nuestro juicio, opera en uno u otro sentido.
Respecto a la cuestión acerca de si la fuerza que destruye es la misma que construye, es preciso determinar si una misma fuerza puede actuar en sentido contrario.
Algunos sostienen que toda fuerza (es decir una misma fuerza) puede ser empleada en sentido positivo o negativo. Creo que en un estricto sentido físico es posible afirmar una cosa así. Por ejemplo, la fuerza que empleo en accionar un martillo para clavar un clavo en la pared es la misma fuerza que pudiera aplicar al martillo si en lugar de un clavo el objeto destinatario sería una persona. En el caso del clavo en la pared la fuerza sobre el martillo es aplicada para un fin constructivo (como podría ser colgar un hermoso cuadro) pero no se puede decir lo mismo si quisiera utilizar esa fuerza sobre el martillo para golpearlo sobre la cabeza de alguien. En otras palabras, la fuerza física empleada para accionar el martillo es -claramente- la misma, lo que es diferente es la motivación o móvil del sujeto que hace uso de esa fuerza.
En el ámbito de las ciencias sociales suele decirse que el empleo de la fuerza es malo o negativo, lo cual es cierto si se aclara que lo es si la motivación a la que obedece dicha fuerza es dañar a otras personas. Pero si en cambio lo que busca quien hace uso de la fuerza es repeler el ataque de otro u otros, dicha fuerza no puede decirse que se negativa, sino -a mi me resulta claro- que es positiva.
Las ideas -ya sean estas positivas o negativas- tienen y contienen la fuerza o el empuje para producir y llevar adelante los acontecimientos, los que adoptarán el mismo signo, según sea la orientación de aquellas (positiva o negativa). El progreso o retroceso social dependerá enteramente de ellas.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La economía se arregla cambiando los valores

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 8/9/16 en: http://economiaparatodos.net/la-economia-se-arregla-cambiando-los-valores/

 

Una política económica que va logrando sus objetivos de crecimiento no necesita aumentar los planes sociales, los disminuye

Si uno tuviera que definir cuál es el desafío mayor para solucionar el problema económico heredado del kirchnerismo, un problema monumental por cierto, inevitablemente tiene que señalar el institucional, entendiendo por institucional las normas, reglas, códigos, leyes y costumbres que rigen en un país y regulan las relaciones entre los particulares y entre los particulares y el estado.

Ahora bien, esas reglas, normas, códigos, leyes y costumbres surgen, en última instancia, de los valores que predominan en una sociedad. Si en una sociedad todos quieren vivir a costa del trabajo ajeno, vamos a tener un orden institucional de saqueadores. Todos robándose a todos usando al estado como el gran ladrón. Es decir, el estado usando el monopolio de la fuerza para quitarle el fruto de su trabajo a un sector para dárselo a otro. Ese saqueo generalizado desestimula la cultura del trabajo, la inversión y, en definitiva, reduce la riqueza y lleva a la pobreza.

Cuando uno lee el comunicado de prensa del Ministerio de Economía que describe Aspectos Relevantes del Proyecto de Presupuesto de la Administración Nacional 2017 se encuentra con frases como esta: “Las políticas presupuestarias para el Ejercicio 2017 referidas a la política social, seguirán siendo la prioridad del Gobierno Nacional, con el objetivo de avanzar hacia “Pobreza Cero”. Para esto, se seguirá extendiendo la asistencia del Estado y ampliando el alcance de sus políticas sociales”. Es decir, se insiste en generar planes sociales en vez de trabajo. Una política económica que va logrando sus objetivos de crecimiento no necesita aumentar los planes sociales, los disminuye. No pretendo que de un día para otro se elimine la totalidad de los planes sociales, pero sí pretendo que no se sigan ampliando como una forma de vida. Insisto, una política económica exitosa logra reducir los llamados planes sociales, una política que fracasa en atraer inversiones y crecer, incrementa los planes sociales. En mi opinión es función de los gobernantes, particularmente de los estadistas, ir mostrando el camino de la dignidad del trabajo y lo denigrante de los planes sociales. Podrá argumentarse que el oficialismo necesita en 2017 ampliar su fuerza en el Congreso. Que necesita tener más poder político para poder frenar los embates del kirchnerismo. Ahora bien, si la única manera de ganar elecciones y frenar al peronismo es con sus mismas políticas, entonces estamos en un problema.

Insisto por enésima vez. No estoy diciendo que mañana hay que firmar un DNU anulando todos los planes sociales, solo estoy diciendo que corresponde a un buen gobernante actuar como guía en la cultura del trabajo. En los valores que deben imperar en una sociedad.

En última instancia todas las crisis monetarias, inflacionarias, cambiarias y corridas financieras tuvieron su origen en crisis fiscales, y las crisis fiscales se generaron a partir de un gasto público imposible de ser sostenido por el sector privado. Por otro lado, la enorme carga tributaria que pesa sobre la población que trabaja en blanco se origina en la necesidad de financiar ese gasto público desaforado que, por competencia populista, va aumentando de elección en elección para ganar votos ofreciendo más planes “sociales”, empleo público y subsidios de todo tipo.

Lo que quiero transmitir es que el gasto público y la presión tributaria, con las consecuentes crisis periódicas, no crecen  y se producen por generación espontánea. Hay una demanda de populismo y una oferta de populismo. La gente demanda más gasto público con la esperanza que otro pague la cuenta. Y como nadie quiere pagar la cuenta el estado cada vez asfixia más al sector privado formal para quitarle recursos y financiar el gasto.

Lo normal es que los impuestos nunca alcancen y se termine financiando el gasto con deuda que finalmente también se defaultea por el aumento del gasto que generan los impuestos que devenga y con emisión monetaria, hasta que la inflación destruye la popularidad del gobierno de turno. Es decir, siempre terminamos en una crisis por problemas fiscales derivados del aumento del gasto público. Pero nuevamente, ese aumento del gasto público es fruto de los valores que imperan en la sociedad. “Valores” como sentirse con derecho a que otro me mantenga, me pague la vivienda, me de protección a la competencia de las importaciones, me subsidie la producción. Todos piden gasto público, que pasa por el presupuesto o que no pasa por el presupuesto pero que en definitiva es costo fiscal o peso para el resto de los sectores de la sociedad.

Si aceptamos que los desbordes de gasto público derivan en crisis fiscales y que el aumento del gasto público es consecuencia de los valores que imperan en la sociedad, esas 17 páginas que leí sobre las características del proyecto de ley de presupuesto que el Ejecutivo acaba de enviar al Congreso, no hacen más que consolidar esos valores que destruyeron la Argentina porque insisten en el subsidio, el asistencialismo estatal y el populismo en general.

No encontré en esas 17 páginas una sola frase en la que se diga que esos planes son transitorios, que el esfuerzo no lo hace el estado sino que lo hacen los sufridos contribuyentes y que el que recibe esos planes sociales tiene que estar agradecido con el contribuyente que lo mantiene mientras encuentra trabajo.

Para colmo, luego de 12 años de keynesianismo exacerbado, nos proponen reactivar la economía con más gasto público. Ni Keynes hubiese formulado semejante propuesta con esta tasa de inflación.

En definitiva, lo preocupante del texto del Ejecutivo sobre el presupuesto es que ni siquiera contiene un discurso que remarque la transitoriedad del asistencialismo populista. Diría que hasta contradice las declaraciones del mismo Macri cuando afirma que hay que generar inversiones y crear puestos de trabajo.

En síntesis, para cambiar en serio hay que comenzar a tener otro discurso. Un discurso que muestre como transitorio y excepcional el asistencialismo estatal y que no es el estado el que lo financia, sino el contribuyente. Personas de carne y hueso que están obligados a trabajar para mantener a su familia y a familias que no conocen.

Al menos empecemos por cambiar el relato de lo bueno que son los políticos con la plata ajena y dejemos en claro que estos no son recursos que caen del cielo como el maná, sino que es dinero que se le quita al contribuyente. No es un acto bondadoso del político, es un sacrificio que hace la gente que trabaja en blando. Ahí empezaremos a cambiar los valores que vienen destruyendo la Argentina desde hace 70 años.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

La solución a la pobreza

Por Gabriel Boragina: Publicado el 17/9/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/09/la-solucion-la-pobreza.html

 

Si bien hemos abordado este tema muchas veces, no estará de más reiterar algunas ideas básicas al respecto, sobre todo porque la confusión sobre el mismo sigue latente en muchos ámbitos, incluso académicos.

“La organización Oxfam ha dado con la solución para acabar con la pobreza en el mundo: ¡quitarle el dinero a los ricos! Nada fascina más al buenismo de todos los partidos y tendencias que las alquimias políticas que comporten la violación de la propiedad privada, sobre todo si es de una minoría indeseable. Los titulares de prensa recogieron con visible entusiasmo el descubrimiento de Oxfam: Los ingresos en 2012 de las 100 personas más ricas del planeta podrían acabar cuatro veces con la pobreza mundial.”[1]

La idea popular de que los ricos son ricos a expensas de los pobres no es nueva. Podría decirse que es tan antigua como el hombre. Ya en la Biblia encontramos referencias a ella, si bien bajo diferentes escenarios y contextos. El fundamento histórico parecía justificado: en los pueblos antiguos la riqueza era obtenida por medio de la fuerza de reyes, emperadores y monarcas, que a través de guerras de conquista se apropiaban absolutamente de todo lo que podían, a costa de sus conquistados. Tras una invasión, los jefes militares y políticos confiscaban tanto bienes como personas, usufructuando a ambos, y reduciendo a sus invadidos a la esclavitud. Así, el poder y el dinero terminaba hallándose -al final del camino- siempre en las mismas manos: la de los poderosos jefes militares y políticos. Este fue el panorama general mundial hasta que, hacia finales del siglo XVIII, comienza a irrumpir en escena un fenómeno que revertirá -casi por completo- esa historia, y este acontecimiento consistió en la aparición del capitalismo.

“El mensaje es diáfano: no sólo se resuelve la pobreza quitándole el dinero a los ricos, sino que ni siquiera hay que quitárselo todo. Incluso cabe dejarles bastante. Vamos, no quitarles el dinero es monstruoso: “la riqueza y los ingresos extremos no sólo no son éticos, sino que además son económicamente ineficientes, políticamente corrosivos, socialmente divisores y medioambientalmente destructivos”. No sé si está claro: es que quitándoles un poco de su grosero patrimonio a los ricos, todo está resuelto. Todo.”[2]

La palabra “extremo” no es más que un juicio de valor, una apreciación por entero subjetiva que varía de significado de persona en persona. Alguien que tenga un sólo par de zapatos podría considerar “extremo” que otra persona tuviera dos o tres; de la misma manera que alguien que tuviera un millón de dólares podría juzgar “extremo” que su vecino tuviera dos o tres millones de la misma moneda. Nunca vamos a poder acertar un criterio único ni un patrón uniforme que catalogue -de una vez por todas y para siempre- que es lo “extremo” o “anti-extremo” para todo el mundo.

“La mendacidad no es un accesorio del pensamiento único: integra su misma esencia, y aquí resplandece como nunca, en un triple sentido. En primer lugar, es falso que la pobreza tenga que ver con la riqueza: los pobres no son pobres porque los ricos sean ricos. Un rico no es necesariamente un ladrón. Sólo si hay apropiación forzada la riqueza equivale a la pobreza. Por cierto, eso sucede en un caso importante que no es analizado por el progresismo: cuando el Estado nos quita el dinero, ahí sí que se enriquece él a expensas de sus súbditos. En condiciones de libertad el rico no empobrece a los demás ni es éticamente reprochable, al revés de lo que asegura Oxfam.”[3]

En condiciones de libertad o de un sistema capitalista pleno, el rico enriquece al pobre y no a la inversa. El capital acumulado hace de apoyo logístico al trabajo, y este efecto provoca que los salarios reales crezcan, lo que es sumamente provechoso para todas las personas de escasos recursos, sea que estén efectivamente empleadas o no lo estén. En el capitalismo, la libre competencia obliga a los empresarios y productores a bajar precios de sus artículos, al tiempo que el mercado libre competitivo los fuerza -les guste o no- a aumentar salarios, y a contratar más mano de obra. De tal suerte que, los desocupados pasan a conseguir empleo, y los ya empleados ven subir sus salarios. En los mercados intervenidos (como los nuestros) el efecto observado es el inverso.

“En segundo lugar, la pobreza no se supera mediante transferencias de recursos existentes, sino mediante creaciones de riqueza a cargo de los propios pobres, que jamás son considerados como protagonistas por el discurso hegemónico, que los ve como petrificados explotados, incapaces de salir adelante si no viene un poderoso a redistribuir a la fuerza la propiedad ajena.”[4]

El gobierno no puede hacer caridad con los pobres, por la sencilla razón de que los recursos que les trasfiere se los está quitando a otras personas (ricos y pobres asimismo) y la caridad sólo adquiere relevancia cuando se realiza con fondos propios. Más los gobiernos nunca obtienen fondos propios. Todo dinero que maneja el gobierno es producto de la expoliación al sector productivo de la economía.

“Y en tercer lugar, el camelo de Oxfam transmite la sensación de que la política es buena si “lucha contra la desigualdad” hostigando exclusivamente a los millonarios. Pero la política no hace eso nunca, sino que se dedica a arrebatar los bienes a las grandes mayorías, a las que cobra impuestos y ahoga con toda suerte de controles, regulaciones, prohibiciones y multas; grandes mayorías, por cierto, que no reciben la atención de Oxfam ni de ninguna voz del buenismo predominante”[5]

La pobreza actual es consecuencia de la política de la mayoría de lo estados nación que se encuentran enrolados en una lucha contra la riqueza o contra el capital, tal como K. Marx quería. Estos gobiernos, rehusarían rotularse como marxistas, sin embargo lo que practican es marxismo, si bien no puro, pero marxismo al fin. El keynesianismo -mas aceptado recientemente- es sólo una forma edulcorada de marxismo menos violento pero no menos letal.

[1]Carlos Rodríguez Braun. “Oxfam Eureka”. Fuente: Centro Diego de Covarrubias/ http://centrocovarrubias.com/node/437

[2] Rodríguez Braun. “Oxfam…. op- cit.

[3] Rodríguez Braun. “Oxfam…” op. Cit.

[4] Rodríguez Braun. “Oxfam… op. Cit.

[5] Rodríguez Braun. “Oxfam… op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Aerolíneas Argentinas: ¿Se necesita una línea aérea de bandera?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 8/2/16 en: http://es.panampost.com/carlos-salguero/2016/02/08/aerolineas-argentinas-se-necesita-una-linea-aerea-de-bandera/

 

Hasta ahora, Aerolíneas Argentinas ha sido la caja política para hacer negocios turbios y para financiar a los militantes rentados de La Cámpora

Para abordar adecuadamente el tema de Aerolíneas Argentinas se requiere mirar hacia los inicios de la aeronavegación. Así entonces, desde esa perspectiva, se puede prescindir de sentimientos fuertemente arraigados en el imaginario colectivo, entre ellos, la idea de la línea aérea de bandera.

La historia de la aviación destaca a un grupo de personas que, con el afán de emprender, se lanzaron hacia el vacío de una nueva actividad. Pusieron a prueba su voluntad, audacia y debieron utilizar con astucia los escasos medios con los que contaban para dar origen al medio de trasporte más seguro que existe en la actualidad. Pero los inicios fueron inciertos y el Estado, como en todos los casos, nunca fue pionero; su injerencia tuvo lugar sólo cuando descubrió que existía un área que se estaba explotando.

De la mano del énfasis del keynesianismo, el argumento de la línea aérea de bandera se acuñó a mediados del siglo XX cuando la mayoría de las compañías de aviación funcionaban como empresas públicas de propiedad gubernamental. En ese entonces, cada país, mayoritariamente, adornaba con sus logos las identidades corporativas de las líneas aéreas —utilizando banderas y otros símbolos— a modo de distinguirlas y promover sus propios países en el extranjero.

Las aeronaves de Aerolíneas Argentinas, Air France, Iberia, British Airways o Alitalia, entre varias otras, arregladas con los colores de sus países de origen, son claros ejemplos de aerolíneas de bandera a la vieja usanza.

El modelo estatista descripto, sustentado en la concepción paternalista del Estado, ha llevado, en algunos casos, a una lamentable confusión con temas de soberanía sobre el espacio aéreo. El mismo razonamiento se perfeccionaba, supuestamente, con tarifas bajas para fomentar el uso de los aviones.

Como las compañías aéreas ocasionaban pérdidas, el Estado debía subsidiarlas. Pero lo que la experiencia demuestra es que dentro de marcos regulatorios que restringen la competencia, las tarifas no sólo no son bajas sino que son mucho más altas que las que podrían obtenerse en un mercado desregulado.

La concentración económica es una característica relevante en relación con la estructura de los mercados, pues se considera que con menores niveles de concentración se favorecen las condiciones para una competencia saludable. Una medida adecuada para expresar la desigualdad ha sido ideada por el estadístico italiano Corrado Gini, mediante el coeficiente que lleva su nombre (el factor puede tomar valores entre 0 y 1).

Por ejemplo, el estudio realizado por Oscar Rico, sobre la evolución de la concentración económica en el aerotransporte comercial de pasajeros en México, analizó el comportamiento del número de pasajeros transportados y el número de empresas operando en dichos mercados. Para los servicios troncales, el indicador ha mostrado una clara tendencia descendente: hacia 1991, el valor era relativamente alto (0.625); y declinó en 2012 hasta (0.12). Durante el período, la demanda se distribuyó de manera más uniforme entre las empresas participantes y la concentración disminuyó en los años posteriores a la desregulación del mercado.

En este sentido también se manifestó, a principios de los ochenta, Gordon Dunlop, exdirector financiero de British Airways, quién sostuvo: “En este contexto, las líneas estatales y la consecuente multiplicidad de compañías aéreas se tornarán anacrónicas, si es que ya no lo son”.

Pero la tendencia de la aeronavegación de los últimos 50 años contrasta con visión de la expresidente Cristina Kirchner quien, a fines de 2012, afirmó que: “Todas las líneas aéreas del mundo, absolutamente todas, son deficitarias”, a fin de defender así la gravosa gestión de Aerolíneas Argentinas.
La afirmación de Kirchner es sencillamente falsa, pues toda empresa que no obtiene beneficios sólo deja de existir. Por supuesto, la aeronavegación existe y seguirá existiendo en la región y en el mundo, a pesar del desatinado pronóstico de la expresidenta.

Aerolíneas Argentinas ha sido la caja política para hacer negocios turbios y para financiar a los militantes rentados de La Cámpora. A partir de 2009, cuando se produjo el cambio de administración, recibió cuantiosas sumas de dinero sin la debida rendición de cuentas.

En particular, no se han correlacionado los fondos recibidos con los utilizados y los remanentes y destinos de las partidas excedentarias, un caso paradigmático. Su nueva CEO, Isela Costantini, al hacer las primeras proyecciones, anunció que estima para este año un déficit provisional de US$15.000 millones.

Frente a la necesidad de reducir fuertemente el déficit fiscal, el principal problema de la administración actual, surge una pregunta evidente para el presidente Mauricio Macri: ¿se necesita una línea aérea de bandera?

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular e Investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.