El “neoliberalismo” de Macri

Por Gabriel Boragina Publicado el 24/3/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/03/el-neoliberalismo-de-macri.html

 

Respecto de la cuestión de si el gobierno del presidente Macri es neoliberal o no, caben hacer las siguientes reflexiones que tienen que ver con puntos que hemos desarrollado en muchas otras oportunidades.

En lo personal, trazo diferencias sustanciales entre los términos liberalismo y el más popular neoliberalismo. Dado que -en lo particular- adhiero al liberalismo y no el neoliberalismo volveré a precisar (lo más sintéticamente que me sea posible) que entiendo por esta filosofía a la que yo suscribo.

Lo que sigue son las respuestas que le di a un ocasional interlocutor español que sostenía que en Sudamérica y -especialmente- en la Argentina había un gobierno liberal o neoliberal. Voy a tratar de desarrollarlas en el mismo orden en que se dio el diálogo que mantuve con él.

Mis respuestas a sus “planteos” fueron las siguientes:

  1. El último vestigio de liberalismo que tuvimos por estos lares, tuvo su punto culminante en las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado (variando en la región según cada país, claro). El “auge” del liberalismo en el curso de la historia mundial (ya no sólo sudamericana) fue relativamente breve en una perspectiva histórica que puede decirse comprendida entre fines del siglo XVIII hasta las dos o tres primeras décadas del siglo XX. Desde estas últimas fechas hasta la actualidad las ideas liberales fueron paulatinamente siendo desplazadas por la ideología socialista asumiendo distintos grados y proporciones según las épocas. En Sudamérica, característicamente, hallaron buena acogida las ideologías fascistas y sus variantes populistas que gozaron de gran predicamento desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días. En el caso argentino, ello con el peronismo, e incluso con gobierno de diferentes denominaciones, inclusivamente militares. Desde esta última época hasta la actualidad puede decirse que los otros gobiernos argentinos han girado dentro de un círculo conformado por el populismo y la socialdemocracia (en el mejor de los casos). Pero, siempre en las fechas indicadas, ninguno ha rozado siquiera la esencia del ideario liberal, ni han puesto en ejecución sus más efectivas recetas.
  2. El proceso descripto tuvo su punto de partida a partir de la década del 30 del mismo siglo, donde se empezaron a introducir en Latinoamérica -importadas de Europa- las doctrinas fascistas y nazistas, y sus correlatos económicos: el nacionalismo y el proteccionismo. Las ideologías mencionadas, implantadas en la región con mucha fuerza hacia mediados del siglo pasado se mantuvieron hasta nuestros días oscilando entre un estatismo virulento hacia otro más atenuado. El gobierno del presidente Macri -en mi opinión- es un estatismo de bajo grado en comparación a los gobiernos precedentes argentinos. Nuevamente, nada de ello tiene siquiera punto de contacto con el liberalismo que se le achaca.
  3. En lo económico, estrictamente, se aplicó -durante los periodos antes enumerados- el keynesianismo. Keynes publicaba su “Teoría General…” en 1936, pero sus opiniones empiezan a colarse en Latinoamérica hacia fines de los años 50, y tienen su apogeo en los 70 del mismo siglo, en gran parte gracias a la CEPAL. Esas teorías se siguen aplicando más tenuemente en la actualidad. Como se observa…nada de “liberalismo” en todo un largo periodo…hasta hoy. Esta tendencia no lo fue solo en la Argentina, sino en la mayor parte de la región.
  4. En los años 80 y durante casi 20 años, en Chile se pusieron en marcha algunas tesis “monetaristas” con buen éxito. Sin embargo, como no se quiso abandonar de todo el keynesianismo, la mejoría no fue óptima. Pero fue un buen intento. Como se ha venido observando en las últimas décadas, México, Perú y Colombia mejoran sus economías en la medida que se apartan del intervencionismo keynesiano.
  5. En cuanto a llamar a todo lo anterior “neoliberalismo” puede aceptarse siempre y cuando -y en la medida que- se tenga en claro que “neoliberalismo” NO ES liberalismo. En otra oportunidad hemos llegado a la conclusión que el “neoliberalismo” no es otra cosa que lo que nosotros llamamos intervencionismo (quizás de bajo grado, pero intervencionismo al fin). Al “neoliberalismo” se le oponen el liberalismo, por un lado, y el colectivismo por el otro. Desde este punto de vista, el gobierno de Macri si seria “neoliberal”, es decir intervencionista de grado reducido o intermedio. Claramente No liberal. En esta línea, el keynesianismo también sería una vertiente “neoliberal”.
  6. Mas precisamente, el accionar del presidente Macri se orienta hacia una política desarrollista. El “desarrollismo” no es más que un derivado del keynesianismo. En estas latitudes se lo intentó a fines de la década del 50 y principios de la década del 60 del mismo siglo XX. Sus pilares son la obra “pública”, tanto industrial, vial, como habitacional, financiada con inversiones privadas o estatales. Quizás esto sea “neoliberal”, pero no es liberal de modo alguno, toda vez que el liberalismo no promueve (ni deja de hacerlo) actividad específica ninguna, sino que deja en libertad a todo el mundo para que encare la acción lícita que prefiera sin interferencias del gobierno.

El interlocutor español al que refuté con estas respuestas confesó -al fin de cuentas- no ser experto en economía (por cierto, le agradecí su honestidad intelectual al hacerlo), al tiempo que le respondí que, me gustaría saber en qué “fuentes” o autores serios se basaba para lo que venía afirmando. Y me remitió a la Wikipedia (lo que le agradecí de todos modos) no sin aclararle que tal remisión no es suficiente (ni muy académico que digamos), ya que se trata tan sólo de una simple enciclopedia, que, para peor, se escribe en forma anónima y en la que cualquiera puede entrar, escribir, modificar, borrar, editar los artículos, etc. (lo que es tanto peor).

Por último, le agregué que, sería bueno que nos indicara que economistas había leído, sus nombres y apellidos, o -al menos- sus apellidos, como se titulan sus libros, ediciones, etc. …tanto como para tener alguna base o referencia válida. Lo que sería útil también para estar al corriente en qué y cómo fundamentaba sus dichos, tales como que “el keynesianismo no fue totalmente aplicado” (afirmación sorprendente, por cierto), cuando hasta los mismos economistas keynesianos aseveran lo contrario a lo que tan tajantemente decía. Pero, lamentablemente, nunca conseguí que me contestara.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿BENEFICIOS DE LA DESTRUCCIÓN?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Parece de ciencia ficción pero inmediatamente después de la catástrofe de los espantosos vientos huracanados en el sur de Estados Unidos, el presidente de la Reserva Federal de New York, William Dudley, declaró que el efecto neto de la destrucción desembocará en resultados positivos para la economía. Estas declaraciones trasnochadas fueron levantadas por varios medios estadounidenses de tirada nacional pero de modo acrítico. Dijo textualmente el personaje de marras que “El efecto a largo plazo de estos desastres en realidad eleva la actividad económica porque hay que reconstruir todas las cosas que han sido dañadas por las tormentas”.

 

Cualquier principiante en economía sabe que las antedichas declaraciones constituyen un dislate mayúsculo. Cualquiera que conozca la bibliografía elemental sobre estos temas hace que aquella manifestación patética lo remita al texto de la obra Economía en una lección de Henry Hazlitt en su segundo capítulo, titulado “La vidriera rota”.

 

En el primer capítulo de ese libro Hazlitt explica la falacia de los supuestos beneficios de la destrucción de activos. Comienza escribiendo el autor que la economía contiene más falacias que otras disciplinas donde se mezclan los efectos a largo plazo con los de corto plazo, por una parte, y por otra mezclan los efectos visibles de los que laten en la trastienda que, muchas veces resultan los más contundentes y decisivos. También señala la manía de centrar la atención en los efectos sobre un grupo sin ver los efectos sobre el conjunto.

 

Hasta el infante más distraído sabe por propia experiencia -sigue diciendo Hazlitt- sabe del disfrute de engullir caramelos pero también se percata de los efectos perniciosos si se excede en la cantidad. Sin embargo, el autor subraya la desaprensión de economistas considerados de renombre que proponen todo tipo de desatinos, como por ejemplo, aconsejar que todo el gasto vaya al consumo “para reactivar la economía” y en esa línea argumental desdeñan el ahorro y la consecuente inversión como si se pudiera consumir lo que no se produce revirtiendo la cadena causal.

 

En todo caso, en el antedicho segundo capítulo Hazlitt refuta de hecho las referidas declaraciones del presidente de la Reserva Federal de New York realizadas setenta años después de publicado el libro. Este capítulo emula algún escrito del decimonónico Frédéric Bastiat en el que alude al escenario siguiente.

 

Un chico rompe de una pedrada el vidrio del escaparate del un panadero del barrio. Los vecinos se reúnen y observan los vidrios rotos sobre los pasteles en la vidriera del panadero y comienzan a deliberar sobre el suceso. Al principio todos se lamentan y  condenan al malechor que se ha fugado, pero luego de transcurrido un rato alguien dice que las cosas no son tan negras puesto que el vidriero tendrá más trabajo y la suma correspondiente le dará la oportunidad de adquirir nuevos bienes y servicios y así sucesivamente con los que reciben el dinero, lo cual crea un proceso virtuoso de reactivación (que es lo que ha enfatizado el burócrata de la Reserva Federal).

 

Lo que no se ve, puntualiza la dupla Bastiat-Hazlitt, es que el panadero dispondrá de menos precisamente por la cantidad que destinó para reponer el vidrio en cuestión que lo tenía pensado para comprase un nuevo traje y así el sastre no podrá gastar el dinero correspondiente y así sucesivamente.

 

Ahora bien, ¿cual es el efecto neto de la destrucción del cuento?: se cuenta con un activo menos (el vidrio) y se podría haber ganado el traje (o mantener los ahorros del sastre) si no fuera por la pedrada. En lugar de contar con el vidrio y el traje, la economía solo cuenta con la reposición del vidrio que ya estaba antes de la rotura. La pérdida neta es el vidrio y, en nuestro ejemplo, mantener la inversión en dinero o adquirir el traje.

 

Días pasados uno de mis hijos -Bertie- publicó un artículo en Infobae (septiembre 15) donde explica detenidamente los efectos devastadores que produjeron las intervenciones gubernamentales en los precios a raíz de las tragedias de los huracanes en la zona de Florida, en Estados Unidos. Ahora, resulta que aparecen sujetos como el de la Reserva Federal que plantean el absurdo a que hemos hecho referencia, lo cual empeora notablemente el cuadro de situación y sienta un pésimo precedente para el futuro.

 

Desafortunadamente no está solo quien ponderó los supuestos efectos beneficiosos de la destrucción, los pioneros en este tipo de declaraciones y razonamientos han aparecido en la Primera Guerra Mundial y también en algunos textos que pretenden ser de economía.

 

En algunos textos se confunde lo dicho con la “destrucción creadora” de Schumpeter que nada tiene que ver con el  análisis que queda consignado en la presente nota. Este economista se refiere a la innovación permanente que tiene lugar en el capitalismo en un contexto evolutivo y creador en el que se dejan de lado bienes de consumo, bienes de capital y formas de producción obsoletas para reemplazarlas por nuevas perspectivas. “Este proceso de destrucción creadora -concluye Joseph Schumpeter en el séptimo capítulo de su Capitalismo, socialismo y democracia– constituye el dato de hecho esencial del capitalismo”.

 

Pero en los hechos hay otra forma de hace la apología de la destrucción y es recomendando políticas económicas desatinadas que a la postre consumen activos. A la cabeza de este tipo de destrucciones se ubica John Maynard Keyenes quien en el prólogo a la edición alemana de su teoría general en 1936 (a confesión de parte, relevo de prueba), en plena época nazi, escribió que “La teoría de la producción como un todo, que es a lo que apunta el presente libro, es mucho más fácilmente aplicable a las condiciones de un estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de los resultados producidos bajo las condiciones de la libre competencia y del laissez-faire”.

 

En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión, Keynes afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo. Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios.  Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.

 

G.R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”. Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.

 

Keynes, mucho más que Marx, ha influido negativamente en la destrucción que comentamos quien patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto que el marxismo debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global”.

Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

En definitiva, Keynes apunta en su mencionada teoría general a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. No quiero introducir consideraciones demasiado técnicas ni cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador” al efecto de disfrazar lo que en la práctica se traduce en destrucción neta a través del gasto estatal. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.

En otras palabras, hay formas directas y formas indirectas de generar destrucción para lo cual quienes participan de los valores de una sociedad abierta deben estar en guardia…y no solo respecto a las declaraciones grotescas como las del presidente de la Reserva Federal de New York con que abrimos esta nota.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Todo lo que he aprendido con la psicología económica: de Richard H. Thaler

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/12/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Todo-lo-que-he-aprendido-con-la-psicologia-economica/38954

 

El Premio Nobel de Economía consagró la economía conductual en 2002, premiando a Daniel Kahneman y Vernon Smith. Colaborador del primero, Richard Thaler (East Orange, Nueva Jersey, 1945) cuenta en este libro cómo se fue abriendo camino la behavioral economics. Conviene ponderar el debate planteado por estos economistas, porque ha sido malinterpretado como si fuera un rechazo tajante a la economía convencional y a su supuesto liberalismo.

El origen de la economía conductual es la insatisfacción con el homo economicus neoclásico, porque el comportamiento de las personas reales no se ajustaba al que predecían los modelos de racionalidad y optimización. Siguiendo a pioneros como Herbert Simon, con su “racionalidad limitada”, y otros, los economistas conductuales empiezan a estudiar las reacciones aparentemente irracionales de mucha gente, que los economistas no pueden explicar. Thaler establece un irónico contraste entre los “Econs” y los “Humanos”, repasando situaciones de todo tipo, desde las finanzas, donde estos científicos se hicieron fuertes académicamente, hasta la contratación de jugadores en el mercado de fútbol americano.

Mientras desfilan interesantes y a veces chocantes análisis y experimentos sobre el efecto dotación, la contabilidad mental, la aversión a las pérdidas, y otros, Thaler consolida su argumento de fondo: entendemos mejor la conducta económica efectiva de las personas si incorporamos enfoques psicológicos, sociales y emocionales. Como dijo Amartya Sen: “El economista puro está muy cerca de ser un imbécil social, y la teoría económica ha prestado siempre demasiada atención a este zopenco racional”.

Dicho esto, Thaler y sus colegas no están en contra de los modelos, sino sólo de sus supuestos poco realistas. Por eso critica a Eugene Fama y sus “mercados eficientes”, pero admite que “la hipótesis de los mercados eficientes es lo mejor que tenemos en el campo de la economía del comportamiento” (p. 355).

Los defectos de los mercados entroncan con la cuestión del liberalismo, que este volumen aborda de manera insuficiente y confusa. Ante todo, identifica la economía neoclásica con la defensa del mercado libre, lo que está muy lejos de ser cierto, porque está claro que no son lo mismo Samuelson, Tobin o Solow que Stigler, Becker o Friedman, por mencionar sólo a algunos premios Nobel.

Este error se combina con otro igualmente grave, que es ignorar a los economistas que no son neoclásicos. Por ejemplo, asocia el value investing solo con la teoría neoclásica, con Fama y los mercados eficientes, cuando destacados inversores que siguen ese criterio, como el español Francisco García Paramés, se declaran abiertos partidarios de la Escuela Austriaca, opuesta al neoclasicismo, y que no cree en los mercados perfectos. Comete así la misma equivocación que Kahneman, cuando asegura que la fe en la racionalidad humana es fundamental para la crítica liberal al intervencionismo (cf. Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012, pág. 535).

Dice Thaler que sus críticos los acusaron de “comunistas encubiertos” (p. 426). No lo parecen. Más bien su visión es ingenua, aunque secundada en la profesión, pero no abiertamente antiliberal. Cita elogiosamente a Adam Smith; el efecto dotación gira en torno al coste de oportunidad, y pocas escuelas lo han empleado más que la Austriaca, que no cita. Elogia a Keynes por su visión de las expectativas, y hace bien, pero no respalda su defensa del gasto público en las recesiones. Tampoco respalda a Samuelson y su elegante teoría de los bienes públicos de 1954. A propósito de los juegos como el dilema del prisionero, afirma que las soluciones cooperativas son más predominantes de lo que habitualmente se piensa.

En realidad, este libro analiza poco el Estado, y no lo hace bien. No menciona a Buchanan, e incurre en la incoherencia de pedir a la vez una política inflacionista (p. 200) y reclamar que las autoridades tomen medidas “preventivas” ante las burbujas (páginas 357-8). Reconoce que los burócratas pueden padecer “sesgos y prejuicios” (p. 377), pero el libro termina aludiendo a los impuestos, y parece que el único problema que plantean es cómo consiguen las autoridades modificar la conducta de quienes aún no pagan.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

“Acabemos con el paro” de Daniel Lacalle

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/3/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Acabemos-con-el-paro/37806

 

Desde que, gracias al capitalismo, el empleo empezó a extenderse y los salarios a aumentar como nunca antes, los intelectuales y los políticos se empeñaron en acusar al capitalismo de lo contrario. Así, desde Marx hasta Keynes floreció la patraña conforme a la cual si hay desempleo y pobreza tiene que ser por culpa del mercado, al que conviene aniquilar, según pregonan los socialistas más carnívoros, o limitar, como aconsejan los más vegetarianos. El paro, sin embargo, no es producto del mercado libre sino de las interferencias con las que lo bloquea el poder político y legislativo, con el aplauso del pensamiento antiliberal hegemónico. El economista Daniel Lacalle (Madrid, 1967) refuta este embuste: “Si la rigidez del mercado laboral fuera una garantía de derechos, los países con mayor nivel de intervención tendrían mayores cotas de bienestar y menor desempleo. Sin embargo, ocurre lo contrario”.

Este libro resulta iluminador porque hace frente a grandes mentiras económicas, por ejemplo, la engañifa conforme a la cual el Estado ha sido reducido a su mínima expresión por el malvado “neoliberalismo”. La realidad, como sabemos, es muy distinta. El gasto público apenas se contuvo un 5% desde 2009, dice Lacalle, mientras que el irresponsable gobierno socialista de Zapatero lo aumentó entre 2004 y 2009 nada menos que en un 48%. Y nos hablan de una supuesta “austeridad”. Si hay alguien que no es austero, normalmente gasta dinero ajeno. Así sucede con los políticos. Hay a propósito de este tema unas páginas verdaderamente desopilantes sobre los socialistas en Andalucía, donde llevan desgobernando tres décadas, habiendo conseguido cotas inéditas de desempleo, corrupción y despilfarro. La Junta tiene nada menos que 36 “observatorios”, destino apetecido de políticos, sindicalistas, y enchufados varios. La lista incluye joyas como el Observatorio Andaluz de la Publicidad No Sexista, el Observatorio Andaluz de Participación Ciudadana, el Observatorio del Flamenco…

Acierta Lacalle en sus denuncias contra el intervencionismo, desde los dislates soviéticos de Podemos o Izquierda Unida, hasta los onerosos e ineficientes “buenismos” de los demás partidos. Desmonta asimismo el bulo que sostiene que nuestros problemas se arreglan aumentando la demanda y la inflación: “En España con una inflación creciente no se creaba empleo, y cuando los economistas neokeynesianos nos alertaban sobre el riesgo de deflación, se ha creado empleo al 3%”. También se opone al recelo frente a Alemania o los prestamistas: “Cuando no nos prestan, la culpa es de los mercados que nos atacan; y cuando nos prestan, la culpa es de los malvados prestamistas que nos dan dinero a pesar de ser insolventes”.

Una vieja bazofia es también objeto de crítica en este volumen: las ideas económicas presentes en los libros de texto, que son insólitas muestras de propaganda anticapitalista con la que se procura intoxicar a nuestros niños y jóvenes. Discrepo con el autor en su visión mejorada de Keynes, como si nunca hubiera aconsejado inversiones absurdas para resolver el paro. Sí que las aconseja, y nada menos que en su obra más importante, la Teoría General. Tampoco lo secundo en su alabanza del contrato único, esa arrogante muestra de ingeniería social típica de tantos economistas. Y yerra al decir que la trampa de la liquidez es un concepto creado recientemente por Richard Koo, cuando es tan viejo como Keynes, o Hicks.

Pero en líneas generales es un libro excelente que da buenos consejos a trabajadores y empresarios para evitar errores y maximizar el empleo, y también a los políticos, a quienes fundamentalmente les dice que procuren no fastidiar demasiado a los encargados de crear empleo, es decir, que hagan lo contrario de lo que llevan años haciendo.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

JUAN CARLOS CACHANOSKY

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/1/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/01/juan-carlos-cachanosky.html

 

Conocí a Charly sin darme cuenta en 1974. Yo estaba asistiendo a los cursos que Enrique Loncán (otro santo) sobre economía en la famosa y entrañable Escuela de Educación Económica y Filosofía de la Libertad, dirigida por Carlos A. Sánchez Sañudo (otro héroe), y veía que adelante unos dos chicos con pinta de estudiantes hacían preguntas y comentarios cuyo sentido yo apenas comenzaba a barruntar. Después me enteré que eran Juan Carlos Cachanosky y Alejandro Chafuén, dos estudiantes de economía de la UCA que para entonces debían tener unos 20 años.

Lo vi de vuelta, ya con mayor uso de la razón :-), en 1979, cuando mi Delegación Juvenil del Centro de Estudios sobre la Libertad (formada 4 años antes, qué épocas) comenzó a asistir a ESEADE de Buenos Aires (dirigido por Alberto Benegas Lynch (h) y recién fundado en 1978) para recibir cursos que gratuitamente nos daban sus profesores de su Departamento de Investigaciones, dirigido por Ezequiel Gallo. Y el que más nos enseñó fue Juan Carlos. Y no fue poco. Un año entero de un curso completo sobre Keynes, con el libro original en mano, y otro año entero un curso sobre el libro I de El Capital de Marx, con el texto en mano. Ya para entonces Juan Carlos se perfilaba como uno de los mejores profesores de Historia del Pensamiento Económico, cosa que hubiera sido su destino académico permanente si algunos hubiera tenido mayor conciencia de la importancia de la investigación. Pero no puedo dejar de recordar que casi inmediatamente todos pudimos ver en él a un padre que generosamente prodigaba su alegría, su optimismo, su sabiduría, a todos nosotros. Y allí comencé con él una amistad muy, muy profunda que no se acabaría nunca.

Los años que siguieron estuvieron marcados por su presencia. En 1985 entré al Departamento de Investigaciones de Eseade, donde estuve hasta 1992. El compañerismo, la amistad, la donación mutua de conocimientos e inquietudes, fue permanente. Debatíamos, estudiábamos, salíamos a comer, hablábamos de Mises, Hayek, Rothbard, Sennholz, Israel Kirzner, etc., como marcianos en una Argentina que iba para cualquier otro lado y como lunáticos en un mundo académico que nos miraba con desprecio. Pero el optimismo de Juan Carlos hacía olvidar todo ello.

Desde 1993 hasta el 2000 nunca dejamos de vernos. Sobre todo, él siempre estaba allí, para aconsejar sobre cualquier problema que uno pudiera tener. En el difícil camino académico, hablar con Cacha era la generosa terapia que él nos dispensaba absolutamente, cubriendo con su mirada paternal las inexperiencias y los temores. En el 2000 él fue quien me propuso a la Universidad Francisco Marroquín como profesor visitante. No es poco, precisamente, lo que le debo. Con absoluta generosidad me incorporó a su cuerpo de profesores de Corporate Training y varias veces me intentó rescatar de caminos difíciles.  En la Marro, donde él llegó a ser decano de su Escuela de Negocios (el ESEADE de la UFM) fue la misma presencia paternal, para mí, para todos los argentinos que íbamos por allí y para cualquier marciano al que él viera solo y desvalido. Como Cristo, no se bancaba a los soberbios y a los hipócritas. Pero, como Cristo, sabía perdonar, algo raro en personas como él, porque me he dado cuenta, últimamente, de lo inmisericordes que pueden llegar a ser los genios.

El me decía San Ottis, patrono de los ascensores (ya ven quién me enseñó a hacer chistes………..), y luego, siempre, San Otti, pero yo le decía, en serio, San Francisco. Porque era igual. Su caridad, su preocupación por todos, no tenía parangón. Eso fue lo que ha conmovido a todos los que tuvimos el regalo de conocerlo.

Su muerte nos tomó muy de sorpresa. Mi vida había sido -para tomar la bella expresión de Cecilia Vázquez Ger- habitada por la suya y por mi amistad con sus hermanos, esposa e hijos. El 1ro. de Enero del 2016, a las 11 y media de la mañana, sonó el teléfono de casa y mi queridísima amiga, Angélica Cachanosky, sólo dijo una palabra, entre sus llantos:

Charly.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Böhm-Bawerk anticipa a Keynes y discute que el ahorro reduzca la demanda y luego la producción

Por Martín Krause. Publicado el 12/9/15 en: http://bazar.ufm.edu/bohm-bawerk-anticipa-a-keynes-y-discute-que-el-ahorro-reduzca-la-demanda-y-luego-la-produccion/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), de Económicas UBA, vemos a Böhm-Bawerk, discutiendo con un desconocido hoy, L. G. Bostedo, quien criticara su libro Teoría Positiva del Capital en los Anales de la Academia Americana de Ciencias Políticas y Sociales. En su defensa, ya está discutiendo a Keynes y el papel del ahorro.

Bohm Bawerk

Sobre la “imposibilidad” de mi ejemplo, Mr. Bostedo intenta probarla mediante el siguiente silogismo: si todos los miembros de una comunidad ahorran simultáneamente una cuarta parte de sus ingresos, reducen consecuentemente en una cuarta parte la demanda de bienes de consumo. La menor demanda lleva a los productores a restringir la producción en la misma medida. Pero si la producción decae a la vez que el consumo, entonces es evidente que no habría demanda de los ahorros; llevar a cabo el ahorro supuesto de una cuarta parte de los ingresos de la comunidad se demuestra por tanto como imposible.

Sospecho que este silogismo hará aparecer en las mentes de la mayor parte de los lectores la sospecha de que se ha probado demasiado. Si fuera verdad, no sólo el ahorro simultáneo de una cuarta parte de los ingresos de la comunidad sería imposible, sino que cualquier ahorro real sería imposible. Si cada intento de restringir el consumo debe efectivamente ocasionar una restricción inmediata y proporcional de la producción, entonces no podría producirse ningún incremento a la riqueza acumulada de la sociedad a través del ahorro. Los individuos particulares podrían ahorrar parte de sus ingresos, pero sólo a condición de que otros individuos de la misma comunidad consuman el exceso de los mismos; la sociedad como un todo nunca podría dejar aparte porciones de su ingreso social y las acumulaciones que puedan realizar ciertas naciones como Francia u Holanda como consecuencia de de su mayor porcentaje de ahorro en comparación con España o Turquía debe ser descrito, aunque pueda parecer un fenómeno universal, como una mera ilusión. Creo que Mr. Bostedo estaría realmente dispuesto a adherirse a esta opinión con todas sus consecuencias; a cualquier nivel, sus conclusiones me parece que armonizan con esta perspectiva, puesto que dice con especial énfasis que cada ahorro es sólo una transferencia de poder de compra de los ahorradores a otros miembros de la comunidad. Sin embargo, tengo más confianza en que los lectores rechazarán aceptar este análisis como correspondiente a su experiencia y que en su lugar concluirán que hay algo incorrecto con la cadena de razonamientos que nos lleva a una conclusión tan improbable.

En realidad, el fallo en el razonamiento no es difícil de encontrar. Está en que una de las premisas, la que afirma que una restricción del “consumo para disfrute inmediato” debe implicar a su vez una restricción en la producción, es errónea. La verdad es que una restricción en el consumo implica, no una restricción en la producción en general, sino sólo, a través de la acción de la ley de la oferta y la demanda, una restricción en determinadas ramas de la misma. Si como consecuencia del ahorro, se compra y consume una menor cantidad de comida de lujo, vino y encajes, se producirá posteriormente –y quiero poner énfasis en esta palabra- una menor cantidad de estos bienes. Sin embargo, no habrá una menor producción de bienes en general, puesto que la menor producción de bienes listos para su consumo inmediato puede ser y será compensada por un incremento en la producción de bines “intermedios” o de capital.”

Este último punto de BB se explica porque si la gente ahorra, ahorra para algo, para tener un mayor consumo futuro. Entonces, el ahorro se traslada a la inversión en bienes más alejados del consumo en las distintas etapas de producción, para llegar con mayor producción cuando esa mayor demanda de consumo se haga presente.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Inversión pública?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 21/3/15 en http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2015/03/21/inversion-publica/

 

Hay expresiones que por más que sean de uso corriente deben revisarse al efecto de no tergiversar conceptos clave. En este caso me refiero a la reiterada pero errónea expresión de “inversión pública”. La última vez que discutí el término en cuestión fue durante un congreso de economistas realizado a fines del año pasado.

Como es sabido, el ingreso no consumido es ahorro y el destino exclusivo del ahorro es la inversión. Estos dos últimos conceptos son correlativos e imposibles de escindir. Incluso cuando se ahorra en dinero se está invirtiendo, en este caso guardando efectivo. En todos los casos, la inversión tiene lugar porque se estima que el valor futuro será mayor que el valor presente. El ahorrar bajo el colchón, manteniendo los demás factores constantes, es lo que ocurre: al retirar parte del dinero de la circulación habrá menor cantidad de moneda persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios por lo que los precios  tenderán  a bajar que es lo mismo que decir que el poder adquisitivo de la unidad monetaria aumenta.

Se ha dicho equivocadamente que la inversión solo alude a que como resultado se incrementa la producción de bienes materiales, pero de lo que trata es de producción de valores no necesariamente materiales. Si alguien invierte sus ingresos no consumidos en un mirador desde donde disfruta de puestas de sol, ese es su rentabilidad y así sucesivamente. Si la gente prefiere la riqueza a la pobreza, la inversión primero se canalizará hacia la producción de bienes materiales con rentas también materiales para después eventualmente gozar de los culturales y espirituales.

Entonces, la inversión inexorablemente se refiere a las preferencias subjetivas donde, como queda dicho, se estiman mayores valores en el futuro que en el presente. Es naturalmente un proceso sujeto a las apreciaciones individuales, lo cual no es incompatible con que un grupo de personas reunidas en una empresa formal o no decidan distintos tipos de inversiones según los procedimientos establecidos en sus respectivos  estatutos o acuerdos.

Ahora bien, lo que carece de todo sentido es denominar “inversión” a lo realizado contra la voluntad de los titulares de los recursos. Si una persona le arranca la billetera a un transeúnte y le dice que invertirá lo robado en algo comunitario que el dueño no desea, evidentemente lo menos que puede decirse es que se está utilizando mal el término inversión.

Cuando el aparato estatal decreta la imposición de nuevos gravámenes y se los denomina “ahorro forzoso” tal como ocurrió durante el gobierno argentino de Raúl Alfonsín, se trata de una desfiguración mayúscula del lenguaje. No hay tal cosa como ahorro forzoso puesto que el ingreso no consumido es por su naturaleza voluntario, realizado con recursos propios para destinarlo a inversiones en rubros elegidos y preferidos por el dueño de los fondos.

En la misma línea argumental, la llamada “inversión pública” no es inversión puesto que no procede de estimaciones libres y voluntarias de los titulares respecto a la antedicha relación valor presente-valor futuro en rubros elegidos concretamente y en cada caso por ellos. Técnicamente se trata de gastos públicos. Nada se gana con sostener que la comunidad se beneficiará durante un período largo de tiempo con carreteras dado que si la gente hubiera podido disponer del fruto de su trabajo lo hubiera destinado a otras áreas y destinos (y si lo hubiera destinado a invertir en carreteras, la intromisión gubernamental se torna superflua con gastos administrativos inútiles).

Decimos que se trata de gastos públicos que pueden ser corrientes o en activos fijos, pero por las razones apuntadas resulta impropio recurrir a un término como la inversión que significa otra cosa completamente distinta.

Dicho sea al pasar, en este plano de discusión no estoy pronunciándome por determinado sistema para la construcción y operación de las carreteras (lo cual he hecho en otras oportunidades, por ejemplo, en mi libro Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1999), en esta ocasión me circunscribo a elaborar sobre el concepto de inversión.

No resulta convincente que a una persona que atribuye prioridad y urgencia a la operación de cataratas de su madre, el gobierno le succione esos ingresos disponibles para “invertir” en carreteras alegando que le hará bien. A estos efectos lo dicho no discute que los aparatos estatales construyan carreteras solo estamos destacando que no se trata de inversiones sino de gastos públicos en activos fijos como contabilización y clasificación en las cuentas nacionales.

Sin duda Keynes ha influido decisivamente en la generalización de la idea de la  “inversión pública”. Especialmente aunque no exclusivamente en su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero este autor tiende a menospreciar el ahorro y a estimular y ponderar la “inversión” proveniente del gobierno la cual mantendría el pleno empleo aun a costa del déficit fiscal financiado con emisión monetaria, lo cual no solo desconoce el hecho de que se trata de una traslación de la fuerza laboral del sector privado al público con salarios nominales más altos pero menores en términos reales debido a los procesos inflacionarios, sino que la susodicha “inversión” detrae recursos de las áreas productivas.

Ya he comentado antes la peculiar noción keynesiana de un supuesto multiplicador que tendría lugar si el gobierno “invierte”. Disculpe el lector por el siguiente galimatías pero es lo que dice Keynes. Antes hemos escrito que sostiene que si el ingreso es de 100, el consumo 80 y el ahorro 20, cuando el aparato estatal “invierte”, por ejemplo, 4 se genera un “efecto multiplicador” ya que se convertiría en 20 puesto que 100 dividido por 20 da por resultado 5 y 5 multiplicado por 4 es 20. Realmente no se comprende el razonamiento que ni Keynes ni ningún keynesiano aclaró nunca. Sin embargo, queda mucho más clara y precisa su exposición en  la misma obra cuando sostiene que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar” y, sobre todo, cuando concluye que debe apuntarse a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”.

Nuevamente reitero lo citado también con anterioridad sobre lo escrito por el propio Keynes quien reconoce la filiación de sus propuestas, lo cual ha sido mencionado por el premio Nobel en economía F. A. Hayek en “The Keynes Centenary: The Austrian Critique”, The Economist, junio 11 de 1983, (recopilado en The Collected Works of  F. A. Hayek, en el volumen IX tituladoContra Keynes and Cambridge, Chicago, The University of Chicago Press, 1995). Así, en el prólogo que escribió Keynes para la edición alemana del libro mencionado, en 1936, en plena época nazi, escribió que “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissezfaire”.

Es muy común el mantener que como políticas anticíclicas o contracíclicas, el gobierno debe incrementar su gasto -muchas veces descripto como inversión- en épocas de recesión, sin percatarse que esto solo agudiza la mala situación económica puesto que se incrementa la succión de recursos del sector productivo. Es que en estos procesos no hay magia posible, la receta para maximizar el progreso consiste en contar con marcos institucionales civilizados que garanticen los derechos de las personas al efecto de liberar energía creadora.

También la peregrina idea de que la inversión privada es improductiva constituye parte de la fundamentación de la llamada “inversión pública” a los efectos de “hacerla productiva”, formulación que viene de los mercantilistas del siglo XVI y que se sigue repitiendo como si fuera una originalidad popularizada luego por Thorstein Veblen y más adelante por John Kenneth Galbraith. Este último autor insistió en que las inversiones de los particulares no son en necesidades reales puesto que están manipuladas por la publicidad ni son productivas porque el sujeto aislado no tiene la visión de conjunto que tienen los planificadores del gobierno. Sin duda, que Galbraith no considera irreal la compra de su best-seller La sociedad opulenta ni contempla que son precisamente los precios de mercado los que permiten coordinar información y conocimiento disperso, una situación que es dislocada una y otra vez cuando los megalómanos pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas.

En resumen, la naturaleza de la inversión se asimila a lo subjetivo y voluntario en el contexto de la estimación de valores presentes y futuros, es por ende impropio aludir a la inversión pública o forzosa como lo sería aludir al amor forzoso. En nada cambia lo dicho si las mayorías en las legislaturas votan “inversiones públicas” puesto que el número no modifica la realidad. Siempre recuerdo que en la Convención Constituyente en Santa Fe (Argentina) de donde surgió la Carta Magna provincial en 1921, los constituyentes se embarcaron en una discusión paralela sobre la existencia de Dios, tema que fue sometido a votación en el recinto…la cual se pronunció por la negativa.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Análisis y preguntas sobre Mises y las causas de las crisis económicas

Por Martín Krause. Publicado el 1/8/14 en: http://bazar.ufm.edu/analisis-y-preguntas-sobre-mises-y-las-causas-de-las-crisis-economicas/

 

Los alumnos leyeron a Mises sobre las crisis económicas. Va un resumen de los presentados, preguntas y respuestas.

RESUMEN

Una producción planificada debe manejarse por el empresario y los dueños de los medios de producción y no por un organismo que centraliza el orden de la actividad económica de un país (idea socialista). Si el consumidor satisface sus necesidades, el empresario debe aprovechar el uso de los bienes de capital y de trabajo (propiedad privada de medios de producción) para estimular el deseo de sus ganancias, guiándose a su vez por la fuerza de las preferencias del consumidor. La intercepción de este proceso de mercado puede significar un desequilibrio entre la oferta y la demanda que cause una crisis económica. Los intentos por reducir las tasas de interés de manera artificial mediante la expansión del crédito bancario, pueden causar una sobreinversión en algún sector económico que de otra forma no hubiera sucedido, causando burbujas de crecimiento que terminan explotando y conduciendo a una recesión, “secuela inevitable de un boom”. Cabe señalar que el autor escribió su pensamiento durante la crisis de la década de 1930 por lo que refiere a este evento también como el resultado de la expansión del crédito. Puntualiza que el desempleo es causado por las tasas salariales que rebasan el promedio que impone la oferta y la demanda de empleo: si las tasas disminuyen, habrá mayor demanda de empleo; pero cuando aumentan (quizá por la presión que ejercen los sindicatos), la productividad de la empresa baja y no es posible emplear a muchos trabajadores, causando desempleo. Asimismo, intentos del gobierno de mantener los precios de productos primarios mediante aranceles o subsidios proteccionistas, terminan siendo infructuosos ya que impacta al consumidor vía impuestos más altos, lo cual en ocasiones toma un semblante de carácter político haciendo de las crisis económicas, crisis de finanzas públicas.

 

Preguntas

El autor comenta que un aspecto alrededor de las crisis económicas podría ser la insuficiencia de la producción de oro aunque luego aclara que no hay razones puras para asumir esta aseveración. Por las fechas de su escrito, el sistema patrón cambio oro ya habría sido cancelado. En la actualidad es más común mantener reservas en moneda de dólares americanos. El Sr. Mises consideraría que ahora una mayor circulación de dólares en los países ayudaría a mitigar las crisis económicas. Muchos analistas internacionales utilizan la razón financiera reservas a importaciones para aludir a la capacidad de pagos que erogarían para cumplir con las deudas contraídas por las importaciones.

Respuesta: No veo una pregunta allí. No obstante, no creo que Mises viera con buenos ojos una mayor circulación de dólares, todo lo contrario.

Considera el autor que en el sistema económico capitalista el intervencionismo del gobierno es solamente un tema político proteccionista o será que las empresas son también causantes de tal intervencionismo debido a sus demandas para evitar la pérdida o reducción de su rentabilidad? Esta misma pregunta fue planteada en la guía 1, pero considero importante tener la apreciación de las distintas escuelas, que en este caso es la austriaca.

Respuesta: Por supuesto, los políticos son quienes finalmente impulsan e implementan medidas intervencionistas pero no solamente respondiendo a sus propias ideas sino también a las presiones y los intereses de quienes los apoyan, los que pueden ser tanto empresarios como sindicalistas, e incluso los mismos votantes.

Las políticas de expansión del crédito fueron una preocupación considerada por el autor. El Sr. Mises consideraría más eficiente la administración del sistema bancario de las naciones a través de un banco central administrado por el gobierno o por un órgano independiente? En su caso, quiénes debieran integrar la “junta de gobierno” de tal banco central (los políticos, los inversionistas particulares, los economistas consultores, los analistas internacionales, otros gobiernos, etc.)?

Respuesta: Mises no creía que un banco central fuera una buena alternativa para la administración de un sistema monetario. Es más, prefería un sistema monetario que no fuera “administrado” o que lo fuera en la menor medida, como el patrón oro. Se habla de “política monetaria” pero no hay peor combinación que la política con la moneda.

¿Es el libre mercado una de las causas de las crisis económicas?

Respuesta: Este es el punto detrás de toda la discusión sobre las crisis económicas. ¿Son de tipo “endógeno”, es decir, inherentes al funcionamiento del mercado? Así pensaban, con sus diferencias, tanto Marx como Keynes. ¿O son de tipo “exógeno”, ocasionadas por algún factor externo al funcionamiento de los mercados? Esto es lo que plantea Mises, para quien las crisis son el resultado de la manipulación monetaria con el objetivo de bajar las tasas de interés, generando así las burbujas y el ciclo económico.

¿Cuál es el rol real de los consumidores en una economía capitalista?

Respuesta: Mises señala que son quienes guían la producción con sus decisiones de comprar, y de no comprar. Van indicando lo que se debe producir, y también los ingresos que recibirá cada uno de los productores.

¿Cuáles son las diferencias del rol del consumidor en una economía capitalista y una economía socialista?

Respuesta: En una economía socialista quienes deciden quien produce y qué ingresos tendrá son los funcionarios de la planificación económica. En la economía de mercado con los consumidores, tal como se plantea en la respuesta anterior.

¿Qué tipo de influencia tienen los sindicatos en las crisis económicas?

Respuesta: Originalmente los sindicatos brindaban un servicio a sus miembros que incluía información acerca de las oportunidades de trabajo que se presentaba y dónde. Luego adquirieron el poder de determinar o influir substancialmente en el nivel de los salarios, pero al buscar niveles superiores a los de mercado inevitablemente generan desempleo, sobre todo entre quienes no son miembros del sindicato, como los jóvenes que buscan su primer empleo.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Triada fatal

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/7/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/07/triada-fatal.html#more

 

Sigmund Freud ha tenido y sigue teniendo enorme influencia en nuestro mundo, por lo que cabe destacar (y alertar) que el eje central de su pensamiento filosófico derrumba todo lo que conocemos como propiamente humano. Por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis subraya que “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Esta afirmación niega el libre albedrío y, por tanto, el agente moral y la consiguiente responsabilidad individual, al tiempo que torna imposible la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la revisión de nuestros propios juicios e imposibilita la argumentación, incluso para el debate del determinismo. En otros términos, sostiene que somos meras máquinas y que hacemos “las del loro” con lo que se pretende arrasar con todo el edificio de la humanidad.

Por otro lado, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal” y. mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

El segundo personaje que queremos mencionar telegráficamente en esta nota periodística es Marx quien en su primera obra en colaboración con Engels, esto es en La sagrada familia (una crítica sarcástica a los hermanos Bauer) también suscribe el determinismo que en la práctica niega toda posibilidad de libertad. Pero la dupla -Engels abarca campos más amplios en su ataque a la libertad y apunta al corazón de la sociedad abierta al patrocinar la liquidación de la institución de la propiedad privada. Así, estos autores escriben en el Manifiesto Comunista que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” con lo que no solo encadenan a la gente a los caprichos del aparato estatal sino que eliminan toda posibilidad de funcionamiento económico ya que arrasan con los precios y el mercado con lo que no resulta posible la contabilidad ni la evaluación de proyectos que ha sido la razón técnica (además de las masacres humanas) del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín. Si todos los bienes crecieran en los árboles y hubiera de todo para todos todo el tiempo no habría necesidad de asignar derechos de propiedad, pero como las cosas no son de esa manera se hace necesaria la referida institución al efecto de aprovechar del mejor modo posible los siempre escaso recursos en el contexto de que acrecienten sus patrimonios aquellos que sepan atender las demandas de sus congéneres de la mejor manera y quiebren o disminuyan sus ganancias aquellos que yerran y no han sabido satisfacer los intereses del prójimo. En esta línea argumental, la sociedad abierta establece un sistema en el que cada uno al buscar sus personales intereses debe atender los de los demás.

Marx fue muy influenciado por Hegel (del mismo modo que ocurrió con las derechas nacionalsocialistas y fascistas) quien escribió en la tercera parte de Filosofía del derecho que “El Estado es la voluntad divina” y por ello “el Estado debe tomar bajo su protección la verdad objetiva” y que “todo debe estar subordinado a los intereses elevados del Estado”; en Enciclopedia de las ciencias filosóficas afirma que “el Estado en cuanto tal, en cuanto forma que el principio existe, contiene la verdad absoluta” y en Filosofía de la historia leemos que “En las naciones civilizadas la verdadera valentía consiste en la diligencia para consagrarse por entero al servicio del Estado”.

El tercer y último personaje que ha sido fatal para la vida civilizada es Keynes quien en el prólogo a la edición alemana -en plena época nazi- de su Teoría general del interés, la ocupación y el dinero escribió: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia”. Además, en la misma obra, resume su tesis en dos párrafos clave. En primer lugar, al sostener que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar” y, en segundo término, propugna “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Este autor es tal vez el que ha hecho más daño a las instituciones liberales puesto que es el que más ha penetrado con el intervencionismo estatal en las relaciones personales a través de los desórdenes monetarios, fiscales y laborales que han teñido las políticas occidentales que generaron las repetidas crisis internacionales…y las que vendrán por seguir aferrados a políticas marcadamente antiliberales de absurdas regulaciones, gasto desmesurado, déficit colosal y astronómico endeudamiento.

Para los lectores interesados en adentrarse en otros muchos aspectos de lo comentado sucintamente en esta columna, en orden inverso a lo que dejamos aquí planteado, entre tantos trabajos que pueden recomendarse, sugiero tres libros de extraordinaria valía: sobre Keynes Los errores de la nueva ciencia económica [The Faliure of the New Economics] de Henry Hazlitt (Madrid, Aguilar, 1959/1964), para Marx, de Thomas Sowell, Marxism. Philosophy and Economics(New York, William Morrow and Co., 1985) y para Freud, de Richard Webster,Why Freud was Wrong (New York, Basic Books, 1995).

Hay veces que conviene elaborar sobre la materia tratada para clarificar conceptos pero en esta ocasión estimo que con las citas que hemos seleccionado no es necesario abundar en mayores explicaciones puesto que son de una indiscutible precisión, por lo que preferimos dejar el resto a la sesuda meditación del lector.

Sin duda que no hay nadie por más destructiva que sean sus ideas que no contenga algo bueno en su ser: Stalin no era un desviado sexual y Pol Pot no fumaba, Platón propiciaba el totalitarismo pero elaboró sobre el alma de modo convincente. Las personas se las juzga por el balance neto de sus gestiones en la vida y no por una parcialidad. Keynes, antes de volcarse al estatismo, realizó observaciones y reflexiones de interés e incluso cuando adoptó su nueva postura que fue la que predominó, con gran razón ha escrito que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”. Freud ha realizado contribuciones trascendentes respecto al tratamiento de problemas aplastados e incrustados en el inconsciente vía la represión y Marx acuñó los tan convenientes y utilizados criterios clasificatorios de “economistas clásicos” y “capitalismo”.

En cualquier caso, de más está decir que resulta indispensable la exposición de todas las ideas para poder razonarlas y debatirlas abiertamente y siempre estar en la punta de la silla para posibles refutaciones de las propias convicciones. Pero una vez comprendidas las ventajas de la libertad no debe caerse en el espejismo y la trampa mortal de pretender permutarla por seguridad puesto que el resultado es indefectiblemente quedarse sin lo uno ni lo otro, ya que al renunciar a la libertad, al demoler derechos, se otorga carta blanca a los autócratas para imponer el reino de la mayor de las inseguridades. Entonces, lo peor es quedarse  en la mitad del camino desde el ángulo intelectual accediendo a componendas y transacciones timoratas y, en ese nivel, para ser “práctico”, aceptar “políticas transitorias” con la ilusión de salir del paso. En este sentido, cito un pensamiento de Milton Friedman: “Nada hay más permanente que un programa transitorio de gobierno”.

En el nivel político deben buscarse consensos, pero si anticipadamente se abdica de principios en el ámbito intelectual no quedan esperanzas para empujar el eje del debate hacia posiciones mejores. Hayek escribe al respecto en The Intellectuals and Socialism que “Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir los halagos del poder y su influencia, dispuestos a trabajar por un ideal, cualquiera sean las posibilidades de su realización inmediata. Tiene que haber hombres que están dispuestos a mantenerse fieles a principios y luchar por su completa realización, no importa cuan remota sea. […] La lección fundamental que debe aprender un liberal del éxito socialista es su coraje para ser idealista lo que les brinda el apoyo necesario y, consecuentemente, la influencia en la opinión pública para convertir en posible aquello que se estimaba imposible. Aquellos que se concentraron exclusivamente en lo que parecía practicable dado el estado existente de la opinión pública, constantemente encuentran que incluso lo que proponen rápidamente se convierte en políticamente imposible como resultado de los cambios en la opinión que no hicieron nada por modificar”.

Reiteramos que el debate de distintas ideas, perspectivas y propuestas resultan sumamente fértiles y necesarias para mirar los problemas desde distintos costados. Nunca debe cercenarse una opinión por más disparatada que nos parezca, pero a la hora de decidir, la referida apertura mental no debe hacer perder de vista la importancia de los valores y principios de la libertad, precisamente, para poder enriquecerse con diversas facetas y ángulos de análisis. Nicholas Rescher indica este camino en su magnífico libro titulado Pluralism. Against the Demand for Consensus (Oxford, Clarendon Press) y Alfred P. Sloan cuando conjeturaba que habría unanimidad en sus reuniones de directorio en General Motors, posponía la votación porque estimaba necesaria y productiva la disidencia.

Si no se entienden las amenazas que se ciernen sobre la sociedad abierta y se hace lugar con indiferencia para que los estatistas y detractores de la libertad continúen estableciendo la agenda de discusión, seguiremos retrocediendo en nuestras legislaciones hasta instaurar la esclavitud, con la diferencia respecto de la antigüedad que en lugar de existir varios amos sea uno solo, corporizado en el Leviatán. Recordemos que la primera recopilación de leyes conocidas en la historia fueron promulgadas por el rey de Babilonia, Hammurabi, 1760 años antes de Cristo, y esculpidas en un bloque de basalto de dos metros y medio de altura, que contiene 282 preceptos entre los cuales el 15 y el 16 indican que se debe castigar con la pena de muerte a quien ayude a escapar a un esclavo o lo esconda.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

 

 

Política y Gasto Público

Por Eduardo Filgueira Lima.  Publicado el 20/3/14 en:  http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2014/03/politica-y-gasto-publico.html

 

Hoy parece corriente y arraigado en el pensamiento colectivo que el objetivo a lograr en una sociedad es la denominada Justicia Social. Ya el solo hecho de hablar o pensar en “Justicia” supone disponer de todos los esfuerzos necesarios para superar una situación considerada injusta y mucho más cuando el concepto abarca a “lo social” es decir a muchos.
Desde ya que no es fácil definir con precisión estas ideas pero si es cierto que el  concepto de justicia social surge a mediados del siglo XIX para referirse a la necesidad de lograr un reparto equitativo de los bienes sociales.
Lo anterior – si bien una idea – no aclara demasiado sobre cuáles son los bienes sociales que se pretenden “repartir”, porque los bienes sociales vienen de la mano de otros que permiten obtenerlos.
Necesariamente es de suponer que la idea lo que esconde es lograr una equitativa o menos desigual distribución de la riqueza.
Así es que podemos entender que justicia social y redistribución de la riqueza funcionan casi como sinónimos, o como uno efecto y consecuencia del otro.
Ni tampoco se aclara cual es el alcance de lo “equitativo” en lo que se refiere a lograr un reparto “socialmente deseable”.
Pero – implícitamente – si da a entender que resulta aceptable quitarle a unos lo que puedan haber logrado (por su esfuerzo, capacidad, inteligencia o el mismo azar), para compensar sus carencias a otros, que no han logrado lo mismo.
Ingresar por este camino de razonamiento nos conduce inexorablemente a suponer que el único que posee la fuerza de coerción necesaria para hacer posible estas transferencias es el Estado, ya que el mercado por si solo proveerá a cada uno lo que sea capaz de generar.
Lo anterior significa que se parte del supuesto que como las transacciones libres entre individuos no permiten superar las diferencias, es el Estado el que debe intervenir para lograrlo.
Este pensamiento es aceptado sin demasiadas indagaciones sobre sus orígenes, ni sobre su veracidad, ni sobre sus consecuencias.
La Revolución Gloriosa de 1688 que dio origen a la monarquía parlamentaria en el Reino Unido, tiene enormes diferencias con la Revolución Francesa de 1789, cuyo influjo sobre el pensamiento en nuestra región ha sido en gran medida preponderante.[1]
Y lo que menciono no parece un dato menor porque en nombre de la “libertad, igualdad y fraternidad”, la última se instaló no solo como una revolución violenta sino como lo que después fue: un descarnado totalitarismo.
La Revolución Francesa se instaló para terminar con el gobierno de las monarquías absolutistas que habían instaurado los reyes, pero terminó en el denominado “reinado del terror”, que apoyado en el Comité de Salvación Pública de abril de 1793, persiguió, torturó y eliminó a quienes se pensaron detractores el régimen.
El Comité votó a favor de las medidas del terror para contrarrestar las actividades contrarrevolucionarias y otorgó al estado un poder absoluto, que devino en lo que supuso querer combatir: reemplazó el absolutismo monárquico, por el absolutismo del estado que lo reemplazaba.
Muchos pensadores se permitieron corporizar la idea que el estado representaba la voluntad general[2] y que ella significaba “…una forma de asociación capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que cada uno de estos, en unión con todos, solo se obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes…”
Lo anterior es un concepto clave hasta nuestros días ya que permite darle forma a la democracia en tanto “decisiones de las mayorías” a la que las voluntades individuales – muy a pesar del impreciso argumento rousseauniano – quedan subsumidas, lo que quiere decir que “el individuo no queda tan libre como antes”.
De esta forma los derechos individuales y civiles que con tanta vehemencia habían sido defendidos por los pensadores de la ilustración escocesa, quedaron limitados y hoy resultan hasta despreciados, donde se piensa que las razones que tiene el estado deben prevalecer.
Se impone así la tiranía de las mayorías – que muchas veces son solo relativas – y ante cuyos intereses todos deben subordinarse.
Muchos experimentos políticos se han instalado durante el Siglo XX cuyo fundamento fue el mismo que sostuvo Rousseau[3] y reforzaron muchos otros: “…que cada uno en unión con todos,…(…)… y quede tan libre como antes,….”, porque ello es preciso para proteger a cada uno y a todos.
Con estos fundamentos se conduce a sociedades en las que se parte del supuesto que los males individuales y del conjunto devienen de la propiedad privada y se solucionan mejor concediendo al Estado el absoluto ejercicio de su “poder de imperio” para hacer prevalecer la supremacía de los “derechos colectivos” por sobre los intereses de los individuos en particular.
En el extremo de este pensamiento se concede al Estado incluso la propiedad de los bienes de producción y la intervención en todos los aspectos de la vida social.
Para muchos que sostienen esta forma de pensar: ningún derecho antecede al estado y todos derivan de lo que el permite.
Es bien sabido que en sus formas más extremas estos experimentos han conducido a terribles fracasos, cuando no a imposiciones brutales, que dejaron víctimas por el solo hecho de disentir o desear disfrutar de su libertad, de sus ideas, de sus bienes y de su justificada elección en su camino de vida.
De una u otra forma el estado ha existido siempre: ya sea como consejo de ancianos en las sociedades tribales, la potestad y voluntad del más fuerte, los emperadores, los reyes y los monarcas absolutistas, etc. pero en todos los casos – y aún en nuestros días – el estado se constituye como la voz del conjunto que impone su voluntad de imperio.
El estado de derecho es precisamente el que resguarda a los individuos de los atropellos que el estado puede imponerles por su voluntad.
Incluso ya a mediados del Siglo XX otro pensador de gran influencia introdujo el concepto de “justicia colectiva”, que reforzaba la idea sobre el estado como garante de los derechos colectivos por sobre los derechos individuales.[4] Y que ha sido refutado con claridad por varios autores.[5]
En una verdadera democracia republicana la única función del gobierno debería ser la protección de los derechos individuales.[6]Pero en realidad, “…aunque nació para proteger al hombre de sí mismo y corregir el ´peligroso´ estado de naturaleza en el que prevalecía ´la ley de la selva´,.. esta es una bonita historia que los estatistas nos cuentan, pero las mayores agresiones al hombre provienen desde el mismo Estado,…”[7]
Han transcurrido muchos años y con el tiempo el estado ha tomado cada vez más intervención en la vida de la sociedad. Ya no se limita a las funciones esenciales que se supone son de su incumbencia: 1) garantizar seguridad interior; 2) proveer a la defensa nacional, 3) administrar justicia; 4) ejercer la representatividad del país y 5) proveer los bienes y servicios públicos.
Y no debemos pensar que las ideas de la Revolución Francesa, tanto como las ingresadas por las distintas oleadas inmigratorias o incluso el comportamiento feudal que las monarquías europeas (en especial la española) trasplantadas a América con alto grado de centralismo y sumisión al poder del estado, o de los caudillos territoriales, no tuvieron nada que ver en la conformación del pensamiento de nuestra sociedad.
Detrás y a la par del pensamiento colectivista, se coló por la ventana la multiplicación de tareas por parte de los gobiernos (hasta inmiscuirse en todos los aspectos de la vida social) en una supuesta representación de lo que el estado debe hacer, por poder delegado por los ciudadanos.
Pero los gobiernos tienen permanente tendencia a expandirse e inmiscuirse en todo, sin que ello permita suponer que lo que realmente deben hacer lo hacen aceptablemente bien.
En unos países más y en otros menos, la tendencia de los gobiernos es hacia su permanente expansión y su justificación es que su accionar se orienta a lograr el bien común, proveer lo que las imperfecciones del mercado no puede y orientado hacia la búsqueda de lo que denominan “justicia social”.
De esta forma los gobiernos que sostienen este tipo de pensamiento son los que avanzan más en avasallar las instituciones, en el camino inverso están aquellos que entendemos que el mayor bienestar se logra gradualmente, alcanzando cada vez a mayores personas – aunque fuere en diferentes momentos – en una sociedad en la que las instituciones son respetadas,.. y es más aún: incentivadas, para que permitan equilibrios estables en el poder político y tanto mayores como mejores intercambios para la generación de riqueza y con ello mayor bienestar.
Lo anterior quiere decir que para los primeros importa la imposición del estado de lo que se considera la “justicia social” (aún sin definiciones precisas), justificando su accionar por sobre las instituciones, aunque ello implique que no todos son soberanos para decidir su futuro, lo que pone en duda el significado de Democracia. Esto nos acerca a un totalitarismo disfrazado de democracia (que hemos vivido varios) y en el que algunos son beneficiarios y cómplices, mientras otros que hubieran deseado recorrer otro camino resultan víctimas.
Mientras que para los segundos son las instituciones el ingrediente primordial del desarrollo político y económico, que traerá aparejada la maximización del bienestar general.
La historia ha recorrido tortuosos caminos y muchas ideas – como principios – de impecable factura, han sido desvirtuados por el quehacer sinuoso y el decir fácil y sin fundamentos de muchos propulsores de sociedades colectivistas.
En la arena política muchas ideas se confunden, porque el político debe leer e interpretar lo que la gente piensa y lo que la gente prefiere, con independencia de la verdad que sus creencias encierren.
Tampoco los políticos deben saber de todo y eso les permite manejarse con el solo intuir cuales son las ideas prevalentes y adaptarse en cada momento a ellas, porque saben que son las que mejor son aceptadas por las mayorías.
Pueden pasar sin pudor de un extremo a otro (travestismo político)[8], e instalarse como abanderados de las que representan en cada momento las ideas más aceptadas, cuando en momentos de crisis la gente se moviliza en busca de explicaciones e interpretaciones que les permitan comprender la realidad que sufren.
Nuestras sociedades – como mencioné antes – se han visto fuertemente influenciadas por las ideas que surgieron con la Revolución Francesa.
La creencia en la “libertad” no parece que haya sido tal si a la par se proclama la “igualdad”[9], ya que para hacer efectiva esta se debe avasallar la libertad de otros. Y la pretendida “fraternidad” parece que debiera ser impuesta para ser efectiva pues de por si tiene los límites de los derechos individuales.[10]
Estas son las creencias y valores que resultan predominantes en nuestra sociedad, tras la fuerte influencia que tuvo para nosotros la Revolución Francesa y con posterioridad también participó la llegada de miles de inmigrantes europeos con ideas definidamente marxistas y anarquistas, que supieron difundir desde las sociedades de colectividades y los primeros sindicatos.
Y estas son las ideas que la clase política sabe leer e interpretar con rapidez, también (en general) sin demasiado análisis, porque les permite captar la idiosincrasia del pueblo y fortalecer su discurso, con lo que capitaliza su voto.
Ya no es necesario – ni posible – llevar al extremo de los experimentos del Siglo XX, las experiencias del estado todopoderoso, porque resultaron un estrepitoso fracaso. Pero si es posible buscar formas alternativas, en las que siempre el estado encuentra resquicios para entrometer sus actividades en la vida social.
“Así es que el Estado crece y se convierte en un mazacote burocrático que a la sociedad le cuesta mucho, pero mucho más de lo que produce. Las funciones llamadas de ´bienestar social´ se mantienen pese a que ya no se habla de un Estado de esa índole, y es un hecho la caída vertical del nivel de calidad de sus servicios,…(…)… muchos se han convertido en ´sociedades duales´ donde una parte vive en condiciones buenas o regulares, mientras otra (millones) soportan la miseria, la indigencia, la desocupación o el trabajo en negro…así el Estado pretende compensar lo que él mismo genera: sociedades dependientes y clientelares, ante la ausencia de genuina generación de riqueza,…”[11]
Algunas sociedades han logrado equilibrios posibles, otras han acelerado sus procesos de crisis – consecuencia del Welfare State – y otras han fracasado en el intento. Lo cierto es que la evidencia empírica nos muestra que a mayor intervención del estado menor y peor desempeño de las instituciones, con sus nefastas consecuencias.
La razón es fácil de comprender: la clase política para sostener las demandas y su popularidad, tienen tendencia a gastar más de lo que deben,.. pero además a gastar en lo que no deben y a pensar en políticas de corto plazo,.. porque lo que hicieron no les costó nada de su bolsillo y además porque los costos políticos y consecuencias muy probablemente las deba afrontar otro que les siga en el gobierno.
Cuando se suceden las crisis producto de este comportamiento, que es costoso y difícil d sostener en el tiempo, los gobiernos encuentran recursos alternativos para no ponerse en evidencia como culpables de lo que ellos mismos generan
Así es que los gobiernos tienen tendencia a inmiscuirse en todo, a controlar todo, a regular todo y a sacar de todo el provecho necesario para alimentarse y subsistir ante los deseos de los gobernantes.
La instalación de políticas públicas – hoy consideradas el “core” de la política – deformadas y desvirtuadas desde su origen es la consecuencia inevitable de la impericia de los gobernantes y las conductas oportunistas de sus asociados.
Los gobernantes carecen de incentivos para alcanzar la eficiencia – solo ofician de agentes del principal (los ciudadanos) – y por el contrario cuentan con estructuras burocráticas a su disposición que tienen tendencia a la corrupción.
Todos estos procesos tienen un enorme costo para el país. El gasto público requiere ser alimentado por las diferentes vías que tiene el estado para financiarse.
Pero siempre tiende a crecer porque los recursos son escasos y las demandas infinitas.
El gasto público tiene consecuencias diversas: por un lado genera mientras se sostiene una falsa sensación de bienestar,.. a su vez permite suponer crecimiento (en términos de PBI) aunque no lo es porque el estado no genera nada y hasta sus empresas resultan deficitarias y demandantes de ingentes subsidios,..
La presión impositiva como medio de financiamiento tiene un límite (Curva de Laffer),.. y la emisión monetaria también porque su consecuencia a largo plazo – y dependiendo de su magnitud – termina por generar inflación.
La idea de los gobiernos dado el escaso conocimiento de estas cuestiones para la mayoría de la gente es mantener la posibilidad de un alto consumo y a la par una baja tasa de desempleo.
Estos dos aspectos – resultado de recetas keynesianas – son altamente valorados por la población, porque mientras ello se sostiene la percepción de bienestar es genuina. Obviamente: por un lado se tiene lo suficiente para gastar y proveer a las propias necesidades y por otro existe un mercado laboral accesible y seguro.
Las recetas keynesianas parten del supuesto que se debe sostener la demanda agregada que es la que explica la variación general de la actividad económica, ya que el ingreso total en una sociedad resulta de la suma del consumo y la inversión.
Pero la propuesta iba más lejos: en circunstancias de crisis, con alto desempleo y disminución del consumo, debía estimularse la demanda agregada mediante el incremento del gasto público (en especial en la obra pública), ya que esto es lo que motoriza la producción y combate el desempleo.[12]
Sus ideas tuvieron gran aceptación por parte de la clase política e incluso influyeron en el New Deal del Presidente Franklin D. Roosevelt. Sin embargo en UK cuando se planteó como financiar la guerra – ya visualizando su final – Keynes abogó por incremento de los impuestos internos y en las colonias pero no por generar un gasto deficitario que bien supuso que ocasionaría inflación.
A primera vista su planteo, que tuvo gran predicamento en la clase política ya que le otorga potestad sobre el gasto público, parece razonable pero la teoría keynesiana produce enormes daños en la política económica cuando es aplicada dentro de las instituciones de la democracia política.
Ante los fracasos de las políticas económicas keynesianas, solo existe margen en la acción política por la opción entre dos caminos: 1) culpar directamente a  imponderables (o a otros actores: especuladores, desestabilizadores, egoístas intereses del mercado, etc.) de la vida política democrática y conducir hacia formas de gobierno cada vez más autoritarias justificadas en “haber descubierto al enemigo”; o 2) podemos rechazar la aplicabilidad de los preceptos e ideas sostenidas dando un giro, que nos permita incorporar nuevas (o diferentes) acciones de política económica que sean adaptables y compatibles con la vida política de una verdadera democracia.
Optar por la segunda opción solo puede hacerse en países con instituciones fuertes y suficiente calidad, ya que en los países con políticos populistas significaría la aceptación del error. Aunque: ”… nuestros valores dictan que la toma de decisiones democráticas deben ser hechas desde las instituciones y que deben ser descartadas por inaplicables las falsas teorías económicas,…”[13]
Aunque esta posición no pueda ser mantenida en aquellos países de instituciones débiles o carentes de la calidad suficiente, en donde los gobernantes optarán por la primera opción – con seguridad mayor en nuestros países – en los que se recurre con mucha frecuencia al líder carismático, todopoderoso y salvador que nos conducirá a formas de gobierno cada vez más autoritarias, lo que es a su vez gobiernos cada vez más intervencionistas.
Las teorías keynesianas han conducido a errores en la política económica en particular porque el mismo y luego sus seguidores, han confundido lo que son causas con consecuencias.
Los seguidores de Keynes – aún bajo postulados modernos – que se nutrieron en los postulados incorrectos de Keynes, continúan conduciendo la economía en la dirección equivocada, centrándose en el PIB como criterio principal, mientras se inunda la economía desde el gobierno con dinero sin respaldo.
El crecimiento económico está acompañado por un incremento en el PIB (este es solo una consecuencia), pero la causa es el cambio de múltiples indicadores y mensajes que son producidos cuando el gasto público es llevado al exceso.
Causa y consecuencia no son lo mismo.”… De manera similar a como un salvaje imita al trueno para provocar la lluvia, el gobierno estimula la demanda, con la esperanza de provocar el crecimiento económico…”[14]
Por otra parte Keynes parece obviar el Principio de Say en la medida que supone que la demanda será generadora de la producción:“…Cuantos más bienes (para los que hay demanda) se produzcan, más bienes existirán (oferta) que constituirán una demanda para otros bienes, es decir, la oferta crea su propia demanda..”[15]
Así es que los postulados keynesianos no solo reforzaron la ideología vigente – que se hace más evidente aún en nuestros países por los motivos que he apuntado y seguramente muchos más – sino que fortalecieron la posición de los gobiernos para dar supuestos beneficios a quienes legítimamente los deseaban o necesitaban, pero a expensas de un gasto público inevitablemente creciente.
Digo “supuestos” porque tampoco es seguro que los servicios en los que se inmiscuye el gobierno para ocuparse de la provisión de los mismos, tengan la calidad y eficiencia que es de esperar.
En los países pobres – y el nuestro no lo es ya que se agrupa con los de medianos ingresos – la ideología a tenido un papel fundamental en la conformación de las instituciones y en lo que se ha pretendido de los gobiernos,.. lo que estos han sabido leer y de alguna manera han pretendido brindar.
La ideología impregnó tanto el pensamiento de la sociedad, como el accionar de los gobernantes.
Si los servicios que se brindan son eficientes o no es un tema que compete a otra discusión. Lo que en este escrito intento expresar es que en países de menores recursos son – en general – muchos más los necesitados de asistencia, y la ideología imperante supone que ello se logra mediante transferencias que promuevan la declamada “justicia social”.
Y esto tiene el condimento que habilita a los gobiernos a gastar más,.. en lo que ellos creen que es necesario.
Ya no es cuestión de dejar que cada uno decida por sí. El burócrata de turno aconsejará al gobernante o al político que está en busca de votos, cuales son los temas sensibles a la ciudadanía y cuáles son las formas aceptadas de resolución.
Y muchos son los mecanismos por los que los gobiernos pueden encontrar formas de gastar y justificar ese gasto.
El verdadero y dramático problema de las finanzas públicas no es tanto el déficit fiscal, sino el monto del gasto y su financiamiento con impuestos, deuda o emisión monetaria.
En este punto es importante decir que no existe correlación probada entre el tamaño del estado y el desarrollo de un país. Pero si existe entre el gasto público en relación a su PBI, pero en especial a cuál de los componentes del financiamiento es el que provee recursos al gobierno.
Una cuestión es financiarse solo con impuestos, aunque estos sean elevados, sino deprimen la producción. O existen tantas fuentes de producción y son tan diversificadas que pueden proveer al fisco de suficientes recursos sin ser afectadas. O en caso de serlo, el ingreso medio de los habitantes del país es suficiente (PPA)[16] para soportar el precio de los productos.
Como se ve el juego de variables es infinito y permite diversos abordajes al problema.
Por ejemplo en nuestro país la presión impositiva ya alcanzó durante este año al 33,4% del Producto Bruto Interno (PBI) en el consolidado de Nación, provincias y municipios, alcanzando un nuevo récord histórico.[17] (A este valor J. J. Llach le agregó un 1% del PBI por el impuesto inflacionario)
Esta cuestión ya impone severas restricciones a la producción por una doble vía: por un lado por la exacción que significa la tributación y por otro por la baja de demanda que se genera en la gente como resguardo en una segunda etapa de inflación.
Si la carga tributaria es alta y a la vez el consumo disminuye las empresas también comienzan a tomar sus recaudos, que pueden llegar a ser dramáticos. Por ejemplo en febrero de este año se produjeron 7.246 despidos y 4.758 suspensiones.[18] Una cifra que puede parecer menor pero que también puede indicar tendencia.
También en estas circunstancias existen algunas recetas que aunque sean costosas son aceptadas y es la absorción por parte del estado de aquellos que quedaron sin trabajo.
Esto significa otra forma de utilización del gasto público mediante incremento del empleo, que a su vez tiene su contracara: su utilización política.
Por otra parte las restricciones a la importación y la suba en las tasas de interés han provocado un freno en la actividad económica y una caída en la demanda, que han provocado una contracción en el mercado laboral, así como no es de esperar a esta altura que los desequilibrios fiscales se corrijan solo con una devaluación.[19]
Tal como es de apreciar el supuesto estímulo a la demanda agregada, mediante un incremento del gasto público, a largo plazo determina  no un estímulo sino un deterioro de la producción, el empleo y finalmente del PBI que tanto nos preocupa, aunque como dijimos es una consecuencia final, resultado del comportamiento de otras variables.
Por otra parte a los gobiernos les queda otro recurso para financiarse y es el más peligroso: la emisión monetaria,.. porque una vez puesta a rodar resulta muy difícil de detener: endulza el paladar de los gobiernos y desconocen sus consecuencias.
Mientras el gasto público se mantiene por debajo del 10% del PBI en realidad no existen consecuencias graves para la economía. Pero cuando se superan valores mayores los gobiernos intervienen: 1) para justificar ese gasto, 2) para sostenerlo y si es posible incrementarlo.
Todos los argumentos son válidos y permiten justificarse en las necesidades de la gente, lanzando planes, que en realidad son siempre subsidios, financiados por mayor gasto público y que conducen a conductas irracionales, que alteran siempre y cada vez más gravosamente las variables económicas.
El déficit fiscal – es decir egresos mayores a los ingresos – son el punto de partida para que los gobiernos busquen financiamiento en la emisión monetaria con la inevitable consecuencia de la inflación.
La inflación “acompaña” el ritmo de emisión monetaria.
A modo de ejemplo: “…En los siete años que van de 2007 a 2013 el aumento del nivel general de precios minorista habría ascendido hasta un promedio de 22.4% anual, lo cual cuadruplica y quintuplica la inflación registrada en los restantes países de la región. Paralelamente, la tasa promedio anual a la cual se emitió base monetaria fue del 25.5%3. Al mismo tiempo, en este período la tasa de crecimiento efectivamente observada en Argentina se ubico en torno al 3.5% anual. Es decir, en los últimos siete años en Argentina también se cumplió la teoría económica….”[20]
Las expectativas de la gente también acompañan este proceso y en general parten del supuesto acertado que en un contexto de déficit fiscal el gobierno seguirá emitiendo. Y de hecho ello ha sido así: La base monetaria pasó de crecer de 32% (2010) a 35% (2011) y 39% (2012), con sucesivos y probables incrementos aunque ahora no tan pronunciados. ¿Será así?
Es que desde hace ya 7 años la expansión de la base monetaria ha sido sostenida, generando la inflación que acompaño de manera creciente dicho incremento.
La idea expresada por la actual Presidente del Banco Central es la de reducir el porcentual de emisión hasta niveles inferiores al 25%. Pero esto sucede en un contexto en que la cantidad de dinero emitido ya es abrumadora, el gasto público requiere ser contenido (esto no es del gusto de los gobiernos que lo asocian a “ajuste”) y la inflación que se ha desatado, que requerirá de muchas maniobras para su contención.
También es una cuestión ideológica interpretar la palabra “ajuste”. ¿Qué es lo que queremos decir con ella?,.. Queremos decir “hacer lo justo (solo lo necesario) y bien,..”
Pero esos no son los propósitos de los gobiernos aunque (debo admitir que muchos, incluso en nuestra región), se han dado cuenta que no están en condiciones de hacer siempre lo que les gustaría y ya no pueden gastar como si ello no tuviera consecuencias.
Nuestro país es uno de los que lidera en cuanto gasto público a los países de la región.
En casi todos los que muestra la figura siguiente se ha mantenido – con pocas variaciones – bastante constante. Pero ello no ha sucedido así en la Argentina en donde desde el 2003 al 2013 (según muestra la serie se ha incrementado en un 50% aproximadamente.
Esto explica que los demás países de la serie mantengan tasas de inflación razonables (en todos los casos de un dígito anual), mientras que en nuestro país los datos estadísticos de inflación fueron inicialmente adulterados (por la intervención del INDEC), lo que no permitía contar con datos confiables y ahora sincerados desde hace solo 2 meses, por requerimientos del FMI y la confrontación con otros índices elaborados por el Congreso nacional y consultoras privadas, que permiten contar con una aproximación aparentemente más veraz.
De cualquier manera nos coloca entre los 5 países con mayor inflación en el mundo (calculada para 2014 en 35% aproximadamente).
Pero la correlación existente entre gasto público, su forma de financiamiento y la inflación resultante es un hecho ya indiscutido.
De acuerdo a la figura anterior el gasto público llega a ser en términos del PBI el 48% para el 2013.[21]
Es decir que casi el 50% de nuestra economía es el resultado de la actividad del estado.
Cuando hablamos de inflación casi todos tenemos la idea simplificada que es el aumento generalizado de los precios. Pero eso no es exactamente así.
El dinero se comporta como cualquier mercancía. Tiene sí particularidades, porque sirve como medio de intercambio, así como unidad de cuenta y como reserva de valor.
Y repito, se comporta como cualquier mercancía: sujeto a las leyes de la oferta y la demanda.
El incremento de la masa monetaria (es decir: el incremento de la cantidad de dinero), cuando excede la demanda pierde progresivamente su valor.
No es que los bienes que compramos aumenten su valor, esa es una consecuencia. Como el dinero a medida que aumenta y lo hace por encima de la demanda, pierde valor por unidad, se hace necesario cada vez más dinero para comprar lo mismo.
Esto es decir: la inflación no sucede porque los bienes aumentan su precio, sino porque el dinero pierde su valor y es necesario cada vez más dinero para adquirir las mismas cosas.
Pero a su vez, no solo el dinero pierde valor como medio de intercambio, sino que además ya no permite establecer predicciones, ni cálculos creíbles.
Esta última circunstancia no es gratuita. Los empresarios no tienen certidumbre sobre los precios de referencia.
Hay que considerar que los precios son como señales en el mercado, que le dicen a la gente que comprar y a los empresarios que y cuanto producir. Cuando estas señales son distorsivas porque no todos los precios suben: algunos suben otros bajan y lo hacen en diferentes momentos, aunque con una tendencia general (o promedio) al alza, entonces los precios no sirven como referencia válida.
El mercado se desorienta y la gente termina por no tener puntos de referencia respecto que es caro y que es barato: no sabe que debe comprar,.. ni a cuánto.
La producción también sufre distorsiones, por los mismos motivos. Y todo el mundo quiere resguardar sus activos. Pero no puede hacerlo en la moneda local ya que esta progresivamente pierde valor.
Puede que inicialmente busque refugio en una moneda “dura” (aunque desde 2011 se nos ha impuesto restricciones) o que se apure a adquirir algunos bienes que le son necesarios. Pero eso dura poco tiempo, es decir: se da en el corto plazo.
Los economistas de la escuela monetarista han incorporado la idea que en este momento en el que la gente “quiere desprenderse rápidamente del dinero que por su devaluación les quema en las manos”, se produce un proceso de aceleración en la circulación del dinero lo que a su vez aumenta la inflación.
Si el proceso continúa el veneno de la inflación corroe toda la economía y se cae en una inevitable desaceleración (que no se quiere reconocer como “ajuste”, aunque de hecho lo es), los salarios quedan retrasados y la gente debe privarse de muchas cosas que antes podía adquirir. Cae el consumo.
El fetiche del gobierno se desploma, porque el consumo mantenía la sensación de bienestar económico y la indiferencia política.
Pero el gobierno no carece todavía de instrumentos. La inflación misma es uno de ellos, porque aún sus distorsiones permite al gobierno licuar sus deudas. (Se calcula que en el lapso de tres años de continua inflación el gobierno ahorró $ 50.000 millones).
De cualquier forma el gobierno necesita mantener el consumo, al que se asocia el PBI y que declama como crecimiento.
El gobierno puede recurrir – y ya lo ha hecho – al crédito bancario. Induce así a la gente a postergar sus deudas a futuro.
Muchos saben que esto termina por resultar una trampa suicida. Pero muchos otros ante la necesidad de afrontar sus compromisos – y sin vislumbrar otros caminos – pueden llegar a aceptar su endeudamiento.
¿Cómo hace el gobierno para manipular el crédito bancario?
Ø  El Banco Central puede subir o bajar las tasas de interés (tasa de descuento) a la cual le piden prestado los bancos y esto tiene consecuencias en la cantidad de dinero que los bancos pueden prestar así como en las tasas que cobran.
Ø  A su vez el Banco central puede subir o bajar las tasas de encaje. Cuando el público deposita su dinero un porcentaje del mismo debe quedar inmovilizado como garantía y este dinero va al Banco central. Si las tasas de encaje bajan, los bancos se encuentran con mayores cantidades de dinero para prestar.
Cuando el gobierno quiere “facilitar” el consumo, mantiene las tasas de descuento y de encaje bajas, lo que facilita el préstamo pero eso también contribuye a multiplicar la masa monetaria (M1, M2, M3).
Por otra parte las entidades financieras deben cubrirse a futuro y por lo mismo las tasas de interés convierten a los préstamos en inaccesibles.
Esto es lo que vemos en la figura anterior que expresa la correlación de la confianza del consumidor y a la vez se la compara con la tasa de interés que en la actualidad cobran los bancos y que está vinculada a la manipulación del crédito por el gobierno (la intención es mantener el consumo aunque en estas condiciones sea imposible de afrontar endeudarse) y la necesidad de los bancos de cubrirse de la inflación estimada o presunta, así como de la segura morosidad que esas tasas generarán.
En estas condiciones el gobierno tiene todavía otros instrumentos para influir en la cantidad de dinero en el mercado: “operaciones en el mercado abierto”. Esto es decir: comprar o vender bonos del tesoro. Si compra inyecta dinero y aumenta la masa dineraria circulante y si vende “seca la plaza”.
En ambos casos manipula según su conveniencia – o el interés de mantener ciertas variables contenidas – la cantidad de dinero.
Ello es una forma implícita de aceptar que es la cantidad de dinero emitido – más allá de la demanda – el que genera la inflación. Aunque algún Presidente del Banco Central haya afirmado que la emisión no genera inflación.
Otro aspecto al que no me he referido pero vale la pena destacar son las expropiaciones (que suponen compensación) y las confiscaciones.
El gobierno ha recurrido para financiarse a estos mecanismos. El más conocido es la expropiación del 51% de las acciones de Repsol, que en estos momentos negocia para compensar.
Pero el más gravoso, porque afectó los derechos de propiedad, fue la confiscación de los depósitos de particulares aportantes a las AFJP, que nunca tuvieron compensación alguna.
Estos comportamientos no son gratuitos: tienen consecuencias inmediatas, como es la desconfianza que se instala en los inversores en un gobierno que no respeta las instituciones al no respetar los derechos de propiedad y no ofrecer seguridad jurídica, e interviene en el mercado no respetando los acuerdos entre privados.
Lo que es cierto también es que algunos efectos son inmediatos y otros son alejados en el tiempo.
Pero las consecuencias finales no pueden preverse. Lo importante es comprender que no puede mantenerse un gasto público incremental, ineficiente y que responde mucho más a requerimientos políticos, que a satisfacer las necesidades de la gente.
La figura anterior nos permite aproximarnos a los componentes del gasto público. Y sin entrar en demasiados detalles podemos decir que por ejemplo, solo los subsidios que incluyen los transferidos a energía, transporte, empresas del estado y otras representaban en 2009 un total de $ 37.000 millones, pero pasando en el año 2013 a un total de $ 146.000 millones. Es decir un aumento del 394% en cuatro años.
Y este componente del gasto público no es inocente: responde también a intereses políticos ya que permite enormes desembolsos dinerarios – en general dirigidos a empresas amigas o socios del poder político – con la escusa de mantener “bajas las tarifas” y mantener la aparente sensación  de bienestar.
Lo que no se dice es que este mecanismo es facilitador de la corrupción, ya que por un lado permite a los empresarios embolsar lo que se les asigna (que no es poco), seguramente devolver alguna forma de compensación – que sin ir más lejos puede servir al financiamiento de las campañas y partidos políticos – no asegura su reinversión en mejorar los servicios que persisten con estructuras obsoletas,  mientras el público cree que esta política (que financió la oferta) subsidiariamente los ha beneficiado porque mantuvo bajas las tarifas.
Mucho más transparente y lógico sería subsidiar la demanda en forma directa, sincerando las tarifas y otorgando beneficios a quienes realmente los necesitan mediante subsidios direccionados, obligando a los empresarios a que hagan las inversiones necesarias contractualmente estipuladas.
El problema es que el real beneficiado ha sido el mismo gobierno y sus socios empresarios, que mantienen los servicios con baja calidad en las prestaciones (y el riesgo que ello supone), sin sincerar el costo tarifario real, que de suceder pondría en evidencia la poca correlación entre el ingreso y las posibilidades de afrontarlo.
Es decir: los argentinos ganan en promedio mucho menos de lo que debieran si se compara con el costo de las tarifas de los servicios que debieran pagar.
En la Argentina el 50% de los asalariados gana menos de $ 6.000,- (al cambio de hoy aproximadamente u$s 600,-) y eso explica los altos niveles de pobreza que existen, que ya no son publicados por el INDEC y que según cálculos existentes rondan el 30% de la población.[22]
Y dado el actual proceso inflacionario con segura tendencia al alza (por ello el INDEC decide no publicarlos). Eso quiere decir que: cada vez más personas, de continuar estas políticas, tendrán dificultades con sus ingresos de alcanzar los niveles de gasto que supone una canasta básica de bienes y servicios.
Pero esta población que se mantiene en estas condiciones por muchos factores, no encuentra salida a las circunstancias de vida que le ha tocado en suerte, ni tampoco con los planes de ayuda, los subsidios directos y otros agregados que el gobierno implementa, con los que solo se logra la persistencia de su actual situación.
Por esto digo que “se les roba el futuro”[23], porque se les imposibilita encontrar otras alternativas superadoras, se los mantiene limitados a un mínimo ingreso que tampoco les alcanza para subsistir dignamente, no se les ofrecen nuevas alternativas laborales de mejores perspectivas, ni siquiera se los incentiva a ello, se los mantiene atados y dependientes del magro subsidio, que con toda razón no quieren perder.
Pero esto tampoco es gratuito: la marginalidad, la violencia, el delito, el consumo de drogas,.. van de la mano.
A muchos se les llena la boca al hablar de pobreza,.. pero pocos dicen que así como es consecuencia de muchos factores, lo es en particular por las políticas públicas y las políticas económicas en las que intervienen los gobiernos.
En la Argentina ya llevamos dos o probablemente tres generaciones que no conocen lo que es el trabajo y la generación de recursos por el esfuerzo propio.
A muchos estudiosos les preocupan las desigualdades en el ingreso y no está mal que así sea (aunque no es el verdadero problema). Como remedio a esta situación proponen mecanismos de “redistribución”. En realidad casi toda política pública – en la que interviene el estado – es redistributiva, porque transfiere recursos de unos hacia otros.
Estas políticas desincentivan a unos y a otros: a los que se les quita porque precisamente se les retiene parte de lo que producen y a los que “reciben” porque – aún recibiendo dádivas – los hace preferir mantener esta situación de “receptores”, antes que proveerse por esfuerzo propio.
La cuestión central es que es más importante para que un país crezca generar más riqueza,.. esto es decir: mayor tasa de capitalización (o sea mayor ahorro y mayor inversión en fuentes productivas), que genere trabajo genuino (y no subsidiado por el estado) y mayor cantidad de bienes y servicios para los intercambios.
No es cierto que como suponen muchos los intercambios son de “suma cero”. Los intercambios son siempre de suma positiva: cada uno obtiene lo que sus preferencias le dictan.
Esto significa que resulta irracional proceder a la “redistribución de lo que hay”,.. en otras palabras: no es cuestión de repartir la torta existente, la cuestión es agrandar la torta para dar “su” porción” a cada uno según le corresponda y sea capaz de obtener.
Resulta importante destacar que en otros países de la región parecen haber comprendido la raíz del problema y por ejemplo: aún teniendo tanta o más desigualdad que la Argentina, tienen indicadores de pobreza mucho menores.
Por ejemplo – sin ir más lejos – Chile con un indicador de Gini mayor que la Argentina (0.53 vs 0.50), tiene una tasa de pobreza del 11%.
La reducción de la pobreza en Chile fue acompañada de una reducción en el indicador de desigualdad que en 2001 era de 0.56.
¿Qué quiere decir esto? Pues es sencillo de interpretar: la reducción de la pobreza mediante la generación de trabajo genuino, nuevas y estables fuentes de trabajo y salarios que alcancen para permitir una subsistencia digna, termina por impactar en la reducción de las desigualdades,.. y no al revés!
Cuando pensamos en “reducir desigualdades” e insistimos que son la causa del problema, terminamos por reclamar su intervención al gobierno, que se ocupa de hablar de “redistribución” e instala planes y programas sociales, que nunca alcanzan, además de ellos viven más que aquellos a quienes dicen servir, mantienen el statu-quo, y no permiten a los que se destina como beneficiarios superar su condición.
Por otra parte – resulta una contradicción – ya que no es este el camino para reducir desigualdades y en la Argentina las desigualdades han persistido, mientras que la pobreza ha aumentado.
Entonces el problema no es la desigualdad,… el problema es la pobreza!
En este punto me permito opinar que estamos en una trampa y que será difícil de sortear.
Porque aquellos que nos inclinamos por “agrandar la torta” es decir:generar la posibilidad de desarrollar actividades productivas que permiten a las personas salir de la pobreza (ya sea por ingresar al mercado de trabajo o por micro-emprendimientos que provean de bienes y servicios a otros), aprovechando la enorme cantidad de empleos que se generan a partir del proceso de inversión de capital. Y acuerdo en que cuanto más libre es la economía, mayores son las posibilidades que esto suceda, nos encontramos en que llegar a ello requiere una transición.
Este período desde una economía regulada, con enorme intervención estatal y con mecanismos de subsidios, que se suponen “compensadores” de las desigualdades o aportantes a la reducción de la pobreza, hacia una economía libre como la descrita en el párrafo anterior, tiene dos ingredientes necesarios:
      Ø  Confianza: los mercados (en particular los empresarios y los emprendedores) deben tener expectativas acerca de que el país les ofrece reglas claras, seguridad jurídica, que los contratos serán respetados y que no interferirá en los acuerdos entre privados (entre muchas otras condiciones), mientras esto no suceda la tasa de inversión así como la recepción de inversiones de capitales y empresas del exterior, estará sumamente restringida. De hecho nuestro país es el que menor tasa de inversión bruta ha recibido de toda Latino-América desde el año 2008.
      Ø  Tiempo: los mercados no generan inversiones, trabajo y bienes y servicios de manera inmediata (es decir: por puro voluntarismo y de la noche a la mañana). Ello requiere un tiempo en el que se analizan: la estabilidad de las variables económicas, a su vez se pueden analizar “precios” que como señales indican que y cuanto producir, se puede realizar los cálculos económicos para lo que es necesaria una moneda estable y datos ciertos.
Ninguna de estas condiciones están dadas hoy en nuestro país.
Entonces no es de extrañar que frente a un país que no cumple sus compromisos, que no respeta la seguridad jurídica, que ofrece datos no confiables o que se saben adulterados (aunque ahora parece que el INDEC intenta recuperarse para alcanzar los requerimientos del FMI), exista reticencia y desconfianza para la inversión.
Y no es de extrañar tampoco que los que inviertan – para compensar el riesgo – quieran ganancias rápidas, protección arancelaria y subsidios que los favorezcan.
No se trata que los empresarios de nuestro país sean perversos y peores que los de otros países (incluso cercanos), se trata que nuestro país  no ofrece las condiciones de estabilidad y calidad institucional[24] necesarias para garantizar sus inversiones y su rentabilidad.
Aunque también debe mencionarse que durante años hemos vivido un “capitalismo de amigos” y si analizamos muchas de las mayores fortunas de la Argentina han surgido de negocios entre empresarios amigos con el estado.
Precisamente el hecho que se intenten sincerar las cifras – antes adulteradas del INDEC – y la búsqueda de acuerdos para superar las deudas impagas, implícitamente nos dice que el gobierno declama otro discurso, pero reconoce que necesita de las inversiones y para ello pretende “una lavada de cara” para ofrecer seguridad y garantías.
El gobierno parece no saber que eso se gana con el tiempo – que a veces es necesario mucho y que nos revela un comportamiento predecible – pero que también puede perderse rápidamente.
Ya en este punto vemos que el problema no es fácil de solucionar: lograr un país que inicie el camino del desarrollo no es una tarea fácil y el problema para más del 30% de los argentinos es el hoy,.. y el cómo satisfacer su mesa mañana,.. es decir: un período de transición sobre el que no existen recetas claras.
Si el gobierno continúa con este nivel de gasto público (además mal asignado) ni lograremos el desarrollo mediante inversiones productivas, ni mejoraremos – la consecuencia esperada – las condiciones y circunstancias de la gente que vive en condiciones de pobreza.
La transición desde un modelo populista, que ha demostrado conducir siempre al fracaso y de lo que han tomado nota muchos de nuestros países vecinos, hace que lograr un país en desarrollo lleve un tiempo en el que parece no haber soluciones mágicas.
Para muchos[25], las respuestas en el período de transición son muy rápidas y es de suponer que muy pocos – se trata de una curva asintótica ya que nunca alcanzará a todos como sería deseable – quedarían excluidos.
Obviamente se menciona a varios países (entre ellos a China e India) que en pocos años adoptando una economía de mercado y ofreciendo suficiente resguardo a las inversiones han logrado sacar de la pobreza a millones de personas.
Es muy probable que sea así y que debamos avanzar en ese camino a sabiendas que muchos no alcanzarán a superar mañana (y tal vez nunca) su condición actual. Pero aún si fuera este el camino y sus consecuencias, estimo que el recorrido vale la pena.
Por mi parte asumo que sostengo – y solo para la transición – una posición intermedia, aún a riesgo de las consecuencias esperadas e indeseables de la intervención gubernamental, como a sabiendas de las dificultades implícitas en cada uno de los puntos que expondré:
     Ø  Generar confianza (no apariencias de) para lograr inversiones quegeneren la posibilidad de desarrollar actividades productivas, que permiten a las personas salir de la pobreza ya sea por ingresar al mercado de trabajo o por micro-emprendimientos, aprovechando la enorme cantidad de empleos que se logran a partir del proceso de inversión de capital.
      Ø  Por ese mismo camino lograr un incremento de la tasa de capitalización y que los ahorros logrados se vuelquen en nuevas inversiones, cerrando el círculo virtuoso al ser generadoras de nuevos y mejores empleos.
      Ø  Pero el gobierno deberá hacer también sus deberes:
§  Disminuir el gasto público a expensas de subsidios empresariales y otros gastos innecesarios, ineficientes o improductivos.
§  Disminuir y limitar la emisión monetaria
§  Posibilitar a la par un mejor acceso al crédito para inversiones.
§  Disminuir también la presión impositiva para lograr estímulos a la producción y nuevos ingresos al mercado laboral.
§  Asumir que sus propias políticas han sido la causa de las circunstancias actuales que nos toca sufrir (muy difícil porque va contra lo declamado)
§  Establecer planes precisos de asistencia solo para las poblaciones vulnerables – por tiempos limitados hasta permitir su reinserción laboral – y con contraprestaciones (como por ejemplo trabajo empleado subsidiado en las empresas, con lo que se lograría mutuo estímulo: hacer trabajar a unos y bajar los costos laborales para la producción a los otros)
§  Evitar su utilización política (lo que veo muy difícil), en especial su reparto clientelar, por punteros y demás partícipes de la politiquería barata y perniciosa.
Esto parece muy fácil de decir, pero probablemente en la transición (es decir: “en el mientras tanto”), deberemos resignarnos a ver que muchos no son alcanzados por los beneficios.
Aunque es de suponer que cuanto más rápido y mejor recorramos el camino correcto, antes veremos los resultados y menor será el número de excluidos que hoy persisten, a pesar de las políticas de inclusión declamadas.
En “el mientras tanto” y dado el retraso cambiario existente el gobierno ha apelado a la devaluación (26% en una semana, cuando lo venía haciendo en “cuenta gotas”), para la mejora de la competitividad, pero debe saberse que esta medida perderá efecto, si la inflación se mantiene en elevados niveles.
Así como ha “secado la plaza” con efectos varios: sobre la demanda de dólares y sobre las expectativas de inflación al disminuir la demanda.
La inflación existente supera lo razonable. Cualquier país de la región (salvo Venezuela), tiene una inflación inferior al 6 ó 7 % anual, mientras nuestra inflación proyectada llega al 35% anual.
Es razonable preguntarse – ya que hemos visto los efectos devastadores de la inflación sobre cualquier economía – ¿cuánto tiempo podremos sostener las variables controladas?,.. ¿Cuánto tiempo tardarán nuevamente en alterarse?
Son varios los escenarios posibles a futuro. Esperemos que el gobierno cumpla con sus deberes para no caminar nuevamente por la cornisa.
En este momento nos encontramos luego de décadas de decadencia con graves problemas para llevar adelante esta propuesta.
En primer lugar como he mencionado todo tipo de intercambios necesita una confianza de la que el gobierno no goza y tardará mucho tiempo en lograr.
En segundo lugar si se avanzara por el camino del desarrollo ello requerirá tiempo, que no será poco. Probablemente el cambio de gobierno en el 2015 nos depare nuevas expectativas, siempre y cuando logremos torcer nuestro pensamiento populista.
Para el ingreso en el mercado laboral no es una cuestión solo de abrir fábricas. También es necesaria una mano de obra calificada,.. que no tenemos, porque años de marginación y a la par un enorme deterioro educativo (como en muchas otras áreas), nos ha dejado sin herramientas para ingresar a un mercado laboral que hoy exige otras calificaciones.
Respecto de lo que denominé “deterioro en muchas otras áreas”, resulta significativo que las políticas populistas con un discurso de “igualar” solo han logrado “igualar para abajo”, en vez de lograr la superación permanente de la sociedad.
Para los ojos atentos el deterioro social es manifiesto y si bien remontar las condiciones económicas nos llevará mucho tiempo, la herencia recibida en cuanto a lo social nos será mucho más difícil de superar.
Lo mencionado no es un dato menor ya que se parte del supuesto que los gobiernos populistas (tanto como lo declaman) logran la igualdad, o disminuyen las desigualdades, generan puesto de trabajo y alcanzan mayor inclusión social.
Pero la verdad salta a la vista: estos supuestos son inexactos y logran los efectos contrarios a los que dicen querer alcanzar.
Se visten con la máscara del “progresismo” y mantienen el discurso que la gente quiere escuchar. Pero la realidad es cruel, pues para mantener lo que prometen deben mantener un gasto público insostenible, por su ineficiencia y por sus consecuencias, que termina por impactar a todos y en especial a los más desfavorecidos.
Es cierto que los gobiernos tienen infinidad de recursos para disimular, posponer o poner las culpas en otros, lo que es una forma de mantener su discurso, de las consecuencias indeseadas de sus políticas.
Pero además disponen no solo del monopolio en la emisión monetaria, sino de múltiples formas de intervención.
Finalmente este modelo intervencionista y que deposita en el estado la potestad en la búsqueda de la declamada “justicia social”, logra precisamente lo contrario, pues la consecuencia de sus desajustes los pagan más quienes menos tienen.
La justicia social no parece que la logran quienes solo la declaman. Es más justo tener trabajo y con el esfuerzo propio llevar el pan a la mesa que recibir una dádiva.
Por eso los gobiernos deben ser controlados y el poder debe ser limitado, si no encuentran ellos mismos las razones para limitarse a sus funciones y permitir un soporte político basado en la libertad.
El respeto y cuidado de las instituciones es la base que permite la iniciativa personal y un subsecuente desarrollo económico que mejora las condiciones de vida de toda la sociedad.
Esto es el respeto y estímulo a la iniciativa personal, al esfuerzo, al trabajo, a la innovación y a los valores que inducen a los individuos a crecer en un marco de sana competencia, con la convicción que en estas sociedades la generación de riqueza por unos alcanza inevitablemente al conjunto…(..)..Se parte de la idea que la intervención del Estado es dañina – y entra en un punto en colisión – con las libertades individuales, los derechos civiles, la generación de riqueza y la economía.
El gobierno no se limita, ¡ni remotamente!, a la realización honesta y eficaz de estas tareas, metiéndose donde no debería meterse, es decir, ¡hasta la cocina![26] Lo que no deja de tener graves consecuencias.
Hasta que la crisis se hace evidente el pensamiento de la sociedad es leída por los políticos y sucede como en nuestro caso que se declama un nacionalismo militante en lo político y un socialismo de derecha en lo económico.[27]
Grave contradicción: “…ningún país serio y normal del planeta conduce los asuntos públicos de ese modo….(….)…esos países creen en el mercado, la competencia y la apertura y en  ninguno de ellos es concebible que los parlamentarios se pongan de pié para aplaudir la declaración de que el país decretaba la bancarrota y rechazaba el pago de la deuda externa,…En esas naciones se suelen cumplir los compromisos y hay leyes severas que castigan a quienes rompen los pactos,…”(Ibíd)
Resulta difícil de aceptar que los argentinos repitamos desde hace muchos años una y otra vez las mismas recetas,.. sostengamos las mismas ideas,.. siempre con los mismos resultados, y no acertemos a recorrer el que ha permitido a otros salir del estancamiento y el subdesarrollo.
Dr. Eduardo Filgueira Lima
Director del CEPyS
Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social (ISALUD)
Magister en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE)
Doctorando en Ciencias Políticas (USal)
                                                                                                  Buenos Aires, 20 de Marzo de 2014

 

Referencias:


[1] Yeatts, G. “Historia de dos revoluciones” En: Valores, educación e instituciones. Claves para interpretar la Argentina (Cap II) Fundaión Atlas (2004)
[2] Rouseau, J. J. “El Contrato Social” (1762)
[3] Rousseau, J. J. “Discurso sobre el origen de la desigualdad” (1754)http://juango.es/discurso%20sobre%20el%20origen%20de%20la%20desigualdad.pdf
[4] Rawls, J. “Teoría de la justicia”. Fondo de Cultura Económica, Mexico. (2006)
[5] Chartier,G. “Global Justice and the Foundations of International Law”. Palgrave Macmillan, (2014) 
[6] Locke, J. “Segundo tratado del gobierno civil” (1662)
[7] Roselló, M. “El liberalismo no es para las relaciones estatales”. Instituto Juan de Marianahttp://www.juandemariana.org/comentario/6578/liberalismo/relaciones/estatales/ (2014)
[9] NA: salvo que se refiera solamente a igualdad ante la ley.
[10] NA: salvo que se refiera a un supuesto romántico y retórico
[11] Peruzzotti, E. & Smulovitz, C., “Controlando la Política. Ciudadanos y Medios en las nuevas democracias latinoamericanas”. Buenos Aires Editorial Tema. (2002)
[12] Keynes, J. M. “Teoría general del interés, el empleo y el dinero” (1936)
[13] Buchanan, J. “Democracy in Deficit: The Political Legacy of Lord Keynes” Library of Liberty (1977)
[15] Say, J. B. A Treatise on Political Economy, or the production, distribution and consumption of wealth, (1803).
[16] PPA: Paridad del Poder Adquisitivo
[17] Argañaraz, N. Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), en el XIIIº Congreso Tributario CPCEBA (2014)
[18] Blanco, J. L. Director de Tendencias Económicas Consultora. Informe Marzo, 2014)
[19] Colina, J. Informe IDESA Nº 539 (marzo, 2014)
[20] Caldarelli, A. “Emisión e inflación en la Argentina” (2014)
[22] UCA: Observatorio de la deuda social Argentina. “Desajustes en el desarrollo económico y social”http://www.uca.edu.ar/uca/common/grupo68/files/Anexo_Estad-stico_actualizaci-n_31.07.13.pdf (2013)
[23] Filgueira Lima, E. “Política, economía y pobreza” (2013)https://www.academia.edu/4351076/Politica_economia_y_pobreza
[24] Miller, T & al. The Heritage Foundation: “Indice 2014 de libertad económica” (2014)
[25] Ravier, A. & Krause, M. “Otra vez sobre la pobreza”. Punto de vista económico (2014)
[26] Damm Arnal, A. “Asuntos Capitales” (2014)
[27] Montaner, C. A. “La Argentina quiere ser un país normal” (2004)

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.