La maldición del capitalismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/11/la-maldicion-del-capitalismo.html

 

El rechazo del capitalismo no es nuevo, apareció prácticamente con su misma manifestación y se prolongó en el tiempo. Es más, esa reacción contra aquel se fue extendiendo a medida que la institución pretendía expandirse no sin dificultad. Paradójicamente, cuantos mayores beneficios promovía el capitalismo mayor oposición generaba entre la gente, sobre todo en las capas intelectuales que fueron las que -en definitiva- más se destacaron en difamar al sistema. Sólo en muy escasa medida, y en ámbitos muy reducidos, se reconocían los aspectos auténticamente progresistas (palabra la cual, desafortunadamente, fue apropiada por los sectores contrarios al capitalismo hasta consolidarse en nuestros días) del capitalismo.

“Nada es hoy más impopular que la economía del libre mercado, es decir, el capitalismo. Todo lo que se considera insatisfactorio en las condiciones actuales se achaca al capitalismo. Los ateos hacen al capitalismo responsable de la supervivencia del cristianismo. Pero las encíclicas papales acusan al capitalismo de la extensión de la irreligión y de los pecados de nuestros contemporáneos y las iglesias y sectas protestantes no son menos vigorosas en su acusación a la avaricia capitalista.”[1]

Nuevamente un párrafo de vibrante actualidad como todo lo relativo a la obra del genial profesor Ludwig von Mises. Nada ha cambiado al respecto, salvo en esferas muy minoritarias que reconocen la importancia del capitalismo y su vitalidad como único motor del progreso económico. Al capitalismo se le achacan todos los males posibles, habidos y por haber, inclusive aquellos que provienen de causas naturales. En la actualidad -y ya desde algún tiempo- diversos fenómenos naturales, tales como el cambio climático (cuya realidad es relativa en buena medida) se atribuyen popularmente al capitalismo, como no podía ser de otro modo, y confirmando la tendencia delineada en su momento por L. v. Mises.

“Los amigos de la paz consideran a nuestras guerras como una consecuencia del capitalismo. Pero los belicistas más radicales de Alemania e Italia acusaban al capitalismo por su pacifismo “burgués”, contrario a la naturaleza humana y a las inevitables leyes de la historia. Los sermoneadores acusan al capitalismo de romper la familia y promover la promiscuidad. Pero los “progresistas” acusan al capitalismo por la conservación de normas supuestamente anticuadas de restricción sexual.”[2]

El capitalismo ha sido y sigue siendo atacado por absolutamente todos los flancos, sencillamente por la razón de que quienes así argumentan no saben de lo que hablan, no conocen el sistema, ni tampoco sus componentes, ni las causas que determinaron su aparición, como tampoco su naturaleza, ni las consecuencias beneficiosas que su aplicación implica y, menos aún, la sólida filosofía en la que se respalda. Quienes critican al capitalismo utilizan esta palabra como una simple muletilla, excusa oportuna que calza perfectamente como chivo expiatorio que sirve de consuelo vano a sus complejos de culpa, y que les permiten una auto exculpación de errores y males que sus propias falsas ideas provocan. Aprovechando el desprestigio que echó sobre el vocablo su más acérrimo enemigo, Karl Marx, y la enorme popularidad obtenida por este último autor más allá de lo que quienes se creen antimarxistas están dispuestos a reconocer, las masas han encontrado en el capitalismo y en sus representantes los capitalistas, la encarnación perfecta del mismísimo mal.

“Casi todos los hombres están de acuerdo en que la pobreza es una consecuencia del capitalismo. Por otro lado, muchos deploran el hecho de que el capitalismo, al atender generosamente los deseos de la gente de tener más servicios y una vida mejor, promueve un materialismo zafio.”[3]

Como el mismo autor se encarga de explicar de manera más que magistral, la pobreza es no otra cosa que la ausencia del capitalismo allí donde la primera se localiza. Pero ya sea por una razón o por su contraria el capitalismo se condena por igual, sea porque se considere que es el origen de la pobreza, sea que se lo acuse de corromper a la gente por transformarla en groseramente materialista. Bastaría indicar que en la época de las cavernas lo que reinaba por doquiera era la pobreza más absoluta, donde el hombre no disponía definitivamente nada que no fueran los recursos naturales que no podía explotar ni aprovechar porque no existían las herramientas necesarias y adecuadas para tal fin. Y que la idea generadora de la primera herramienta puede considerarse con justicia como la primera idea capitalista, ya que una simple herramienta (como puede ser un mazo o una pala) es un bien de capital por cuanto tanto su invención como su uso no está destinado al consumo directo sino a la producción de otro bien (intermedio o final) si dirigido al consumo.

Y en cuanto a que el capitalismo provoca “un materialismo zafio” la falsedad de esta última afirmación es también muy simple de demostrar, habida cuenta que son las situaciones de escasez las que despiertan (muy a pesar de quienes las padecen) una mayor propensión al materialismo, dado que son los pobres los que más experimentan la necesidad de obtener bienes materiales, precisamente porque carecen de ellos y de los elementos materiales mínimos para proveer a su existencia física, de donde es fácil concluir que, no es por apego a lo material sino por la ausencia de lo material que los pobres estén más preocupados (y ocupados) por proveerse de lo material y -en ese sentido- se vean obligados no por gusto sino por necesidad a ser más materialistas que aquellos que no viven en situación de pobreza. Los que disponen de más bienes materiales resultan menos urgidos, que los posicionados en la situación contraria, de preocuparse por lo material.

“Estas acusaciones contradictorias del capitalismo se anulan entre sí. Pero permanece el hecho de que queda poca gente que no condene completamente el capitalismo.”[4]

Naturalmente las acusaciones al capitalismo son absurdas por donde se las mire, pero poca gente, o ninguna, mejor dicho, las formula de manera racional por lo que ya hemos señalado tantas veces: existe no sólo un desconocimiento palmario de lo que el capitalismo es, sino también una enorme carga de prejuicios que pesan sobre el aquel, pese a que ni uno de los tales posea fundamentos de ninguna naturaleza. El capitalismo sigue sin ser una buena palabra.

“Aunque el capitalismo es el sistema económico de la civilización occidental moderna, las políticas de todas las naciones occidentales están guiadas por ideas completamente anticapitalistas. El objetivo de estas políticas intervencionistas no es conservar el capitalismo, sino sustituirlo por una economía mixta.”[5]

El mundo occidental no ha sabido reconocer al capitalismo como el sistema que le diera origen, sentido y razón de ser. Lo ha sentenciado, de la misma manera que ha condenado a su opuesto, el socialismo. Pero -como hemos visto- esta censura es mucho más aguda cuando del capitalismo se trata que cuando se la hace respecto del socialismo. Los términos nunca han sido parejos en dicho sentido.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 5

[2] L. v. Mises ibidem, pig. 5

[3] L. v. Mises ibidem, pig. 5

[4] L. v. Mises ibidem, pig 5-6

[5] L. v. Mises ibidem, pig. 6

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Capitalismo, socialismo e igualdad

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/11/19 en: https://www.libremercado.com/2019-11-04/carlos-rodriguez-braun-capitalismo-socialismo-e-igualdad-89158/

 

Si el capitalismo genera desigualdad, ¿qué diríamos del anticapitalismo?

Leí hace ya tiempo en El Mundo unas interesantes declaraciones de la entonces alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, que afirmó:

El sistema capitalista genera desigualdad (…) Pero yo tengo confianza en la historia. Desde que en la Revolución Francesa se explicita la vocación de igualdad de los seres humanos, se han ido logrando cosas.

¿El capitalismo genera desigualdad? Confío en que cuando doña Carmena ejercía de jueza analizara los datos mejor. En las últimas décadas la desigualdad en el mundo se ha reducido, debido a que cientos de millones de personas han dejado atrás la pobreza extrema, especialmente en Asia y África. Esto lo reconocen los economistas de izquierdas, como Piketty, que por eso han cambiado el discurso y ahora se concentran en la desigualdad dentro de los países desarrollados, como si el internacionalismo proletario no fuera ya una bandera progresista.

Hablando de consignas de la izquierda, una seña de identidad del socialismo es la apropiación de la historia. De hecho, el mismo Karl Marx presumió de haber descubierto sus leyes, nada menos –una de las muchas cosas que debo a mi maestro Pedro Schwartz es que me aconsejara leer La miseria del historicismo de Karl Popper hace ya más de cuarenta años.

Cuando Manuela Carmena alude a la historia pensé en esa “fatal arrogancia” de la izquierda, y me fijé en otra de sus características, quizá la más sobresaliente desde la caída del Muro de Berlín. Cuando las personas de izquierdas hablan ahora del capitalismo, han dejado de considerar cuáles son sus alternativas. Por buenas razones, claro. Porque si el capitalismo genera desigualdad, ¿qué diríamos del anticapitalismo?

Por fin, me resultó revelador eso de indicar que la vocación igualitaria de la humanidad se explicitó en la Revolución Francesa, como si no hubiera habido ideas igualitarias explicitadas antes. Y como si el comunismo, el logro más siniestro y criminal del socialismo, no fuera una derivación de esa Revolución, cuya brutalidad es a menudo ignorada. Como la del socialismo real.

Lo cierto es que la admiración de los comunistas por la Francia revolucionaria era tal que, durante mucho tiempo, incluso después de compuesta La Internacional, los mítines del Partido Comunista concluían al son de La Marsellesa.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

ASPECTOS EN LA OBRA DE SIGMUND FREUD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Resulta muy difícil juzgar in toto a un escritor y cuanto mayor es la cantidad de sus obras, naturalmente mayor es la dificultad. Para emitir una opinión sobre un autor generalmente se alude a lo que se estima es el eje central de su contribución. De todos modos, no siempre es fácil la tarea puesto que en algunos casos se entremezclan en los aportes aspectos considerados positivos y negativos.

En el caso de Sigmund Freud nos parece pertinente citar algunos de sus pensamientos para arribar a alguna conclusión. Por ejemplo, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal”, mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

Esto va para la moral y las costumbres pero también la emprende contra el sentido mismo de libertad, por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis donde se refiere a “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Al decir de C.S. Lewis, esta perspectiva, que convertiría al ser humano en meras máquinas, significaría “la abolición del hombre”.

Sin duda, igual que lo que sucede con prácticamente todos los autores de renombre, Freud ha realizado aportes que han sido útiles para variados fines, por ejemplo, su preocupación para que personas que reprimen en el subconsciente hechos e imágenes que estiman inconvenientes puedan asumir los problemas y ponerlos en el nivel del consciente. También fue quien inició el método de asociación de ideas recurriendo al per analogiam incluso para la interpretación de sueños apartándose de una estricta exégesis e internándose en una suerte de hermenéutica onírica y de los sucesos de la vida en general.

Pero estos dos ejemplos resultan controvertidos puesto que hay quienes sostienen que muchas veces la llamada “represión” constituye un mecanismo de defensa para evitar daños mayores y que solo es constructivo que afloren los problemas si efectivamente pueden resolverse y no simplemente por el mero hecho de sacarlos a luz. A su vez, hay quienes sostienen que la interpretación analógica de diversos sucesos conduce a conclusiones tortuosas y equivocadas cuando, en verdad, una interpretación directa (o, si se quiere, literal) conduce a un mejor entendimiento de lo que se analiza.

En el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad el premio Nobel Friedrich Hayek escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud. Creo que la gente descubrirá que las ideas más difundidas del siglo veinte -aquellas de la economía planificada basada en la redistribución, manejada por arreglos deliberados en lugar del mercado y el dejar de lado las represiones y la moral convencional y seguir una educación permisiva- estaban basadas en supersticiones en el más estricto sentido de la palabra”.

Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis y La ética freudiana respectivamente. Ronald Dabiez en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Por ejemplo, Dabiez explica que “la actitud de Freud frente a las creencias religiosas ha evolucionado en el sentido de una hostilidad cada vez mas acentuada, al menos por la frecuencia de sus manifestaciones, puesto que, para Freud, la equiparación fundamental de la religión a la neurosis obsesiva se encuentra desde 1907”.

También Henry Hazlitt concluye en Los fundamentos de la moralidad que, según Freud, “la sociedad” debe financiar obligatoriamente la irresponsabilidad de hogares y colegios permisivos y que “el criminal está ´enfermo´ y, por ende, no debe ser castigado” y que “el cumplimiento de normas morales solo conduce a la neurosis”.

Entre las 673 páginas de una de las obras de Richard Webster titulada Why Freud Was Wrong, leemos que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico […] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia […], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”. De este libro escribe James Liberman en el Journal of the History of Medicine que “hasta donde yo sé, es el mejor tratamiento del tema tanto en contenido como en estilo.”

Por otra parte, Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny que “De arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece una nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad […] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. De cada uno de nosotros depende el resultado de esa prueba y no de pseudodeterminismos del profesor vienés de marras que estarían fuera del alcance humano.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Siete décadas de deterioro económico

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 18/4/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/04/18/siete-decadas-de-deterioro-economico/

 

Una reciente actualización de datos económicos del Proyecto Madison permite repasar el desempeño económico de Argentina desde 1880 hasta la fecha. Entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, Argentina supo ubicarse entre las economías más ricas del mundo. Sin embargo, en algún momento el país perdió su rumbo y comenzó a perder posiciones en el ranking mundial de riqueza económica. La creación de riqueza no es importante solo por cuestiones económicas. Países con mayores ingresos poseen mejores indicadores de salud (esperanza de vida, mortalidad infantil, etcétera), mejores niveles educativos, y también un mayor desarrollo artístico y cultural.

El siguiente gráfico muestra el percentil del ingreso per cápita de Argentina a nivel mundial. Se percibe que una tendencia de deterioro a partir del primer gobierno de Juan D. Perón. El percentil muestra la ubicación relativa del país. Un percentil del 100% indica que al país posee el máximo valor, mientras que un percentil del 0% muestra que el país se encuentra al final de tabla. En el año 1950, Argentina se ubicaba en el percentil 93%, mientras que en 2016 el país cayó al 63 por ciento. Actualmente, el país se encuentra en un percentil similar al de Hungría y Letonia. De seguir esta tendencia, en la década del 2050 Argentina caería debajo de mitad de tabla.

Del gráfico se desprenden las siguientes lecturas. En primer lugar, la tendencia descendente no se interrumpe ni cambia antes y después de la vuelta a la democracia, en 1983. De hecho, se ve observa cómo durante la década pérdida de la presidencia de Raúl Alfonsín Argentina siguió perdiendo posiciones. En segundo lugar, el único momento de una mejora significativa se encuentra en la década del 90, con una economía más libre y abierta al comercio internacional. Lamentablemente, el peronismo de turno no pudo controlar su adicción al gasto público y llevó al país a la crisis del 2001 y el default de la deuda pública. Más allá de los desaciertos económicos que pueda haber cometido el Gobierno de Fernando de la Rúa, el peso de la deuda originó el déficit durante el Gobierno de Carlos Menem.

En tercer lugar, el gráfico dejar ver que durante el kirchnerismo no hubo mejoras sustanciales. El rebote pos crisis muestra una leve mejora cuyo máximo coincide con el mínimo valor del Gobierno de Alfonsín. A partir del 2011 se vuelve a percibir una marcada caída.

Es muy difícil, si no imposible, sugerir que 70 años de deterioro económico se deben a la mala suerte, a la restricción externa, a las imposiciones de los mercados financieros y tantas variadas razones que se suelen mencionar. Dado que el gráfico muestra la situación relativa del país, siete décadas de caída en el ranking se deben a causes internas. Son los propios errores de política económica las que generan estos resultados.

¿De dónde surgen estas políticas económicas? De 1955 a la fecha, el 48,3% del tiempo la presidencia estuvo a cargo del Partido Justicialista, el 25,9% del tiempo, bajo un gobierno militar, el 22%, bajo el Partido Radical (UCR), y el 3,8% restante le corresponde a Cambiemos. La preponderancia del peronismo es tal que ha estado a cargo del país mayor tiempo que el radicalismo y gobiernos militares juntos.

Desde la vuelta a la democracia, el gobierno ha estado bajo presidencia peronista el 76,9% del tiempo, bajo gobierno radical, el 16,2% del tiempo, y el 6,8% le corresponde a Cambiemos. Sin embargo, entre 1955 y la vuelta a la democracia, el peronismo ha gobernado al país el 11,3% del tiempo, el radicalismo un 40,6% del tiempo, y un 48% del tiempo corresponde a gobiernos militares.

Si bien el inicio de la tendencia descendente de la economía argentina puede ubicarse con el primer gobierno de Perón, ello ocurre tanto en períodos donde predominan gobiernos peronistas como radicales (y también militares). El problema de largo plazo de la economía argentina va más allá del gobierno de turno, el problema se encuentra en las ideas en común presentes en la política argentina. La clase dirigente se siente más cómoda con Karl Marx que con Adam Smith. La clase dirigente se siente más cómoda violando derechos de propiedad con el fin de obtener beneficios de corto plazo con altos costos en el largo plazo (expropiaciones, defaults, etcétera). La clase dirigente se siente más cómoda gastando recursos que no tiene que incentivando una cultura de trabajo y equilibrio fiscal.

Es fundamental que la dirigencia política, que ocupa un lugar especial en el debate público, sea capaz de ver más allá de las anteojeras domésticas. Siete décadas de deterioro económico tras insistir con las mismas políticas económicas deberían ser más que suficiente para convencer a cualquier político que debe girar 180 grados, integrarse al mundo y desregular su economía.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

 

 

San Ché, San Ziegler, San Bomba

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 2/12/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/san-che-san-ziegler-san-bomba/

 

Lamentan algunas personas de izquierdas que el diario El País se haya vuelto liberal. Es una pena no haberme enterado. De momento, he leído un artículo de Rodrigo Carrizo Couto que colma de alabanzas a Jean Ziegler, el famoso anticapitalista suizo, que lleva décadas saludando a la dictadura cubana, y lo vuelve a hacer en un reciente documental sobre su vida: “Jean Ziegler, el optimismo de la voluntad”.

Optimista y voluntarioso hay que ser, desde luego, para idolatrar al Ché Guevara, de quien Ziegler fue chófer en Ginebra en 1964, y a quien quiso seguir en su viaje criminal, pero el argentino le señaló Ginebra y le dijo: “¿Ves esta ciudad? Aquí está el cerebro del monstruo, y es aquí donde está tu lucha”.

Para esa época los comunistas ya habían asesinado a decenas de millones de trabajadores. Pero Ziegler realmente creyó que lo monstruoso estaba en Suiza, precisamente donde muchas víctimas del socialismo se refugiaron, y por eso salvaron su vida.

Una persona que cree que lo monstruoso está en Suiza ya puede creer cualquier cosa, como el señor Carrizo Couto que escribe: “Ziegler siguió el consejo al pie de la letra y fue desde la rica Suiza desde donde combatió contra el hambre en el mundo, el capitalismo salvaje y las grandes corporaciones”. Ni una referencia al socialismo salvaje, ni a cómo los pueblos prosperan allí donde hay grandes corporaciones, ni al hambre real, que un producto sistemático del anticapitalismo.

Pero ninguna realidad amedrenta al fanático, como es sabido. Y Carrizo Couto dice: “uno de los momentos más emotivos del documental ocurre cuando Ziegler rinde homenaje al Ché ante su tumba en La Habana”. El artículo está ilustrado con un fotograma del documental, que lo muestra en su despacho antes dos cuadros con imágenes del Ché Guevara, un asesino confeso, que para colmo publicitó sus crímenes en la deplorable organización política donde Ziegler estuvo muchos años, en las Naciones Unidas, donde ese mismo año 1964 pronunció su terrible discurso sobre los fusilamientos en Cuba: para quien aún no lo crea, aquí está: https://www.youtube.com/watch?v=VC8fW1xu0Ks.

No es el Ché Guevara, desde luego, el único mito santificado a fuerza de bombas, porque la historia del socialismo revolucionario en todo el mundo prueba que nace “chapoteando sangre y lodo, de la cabeza a los pies”, como dijo Karl Marx en El Capital que nacía el capitalismo. Sólo un fanático preso de la ideología puede sostener que el anticapitalismo representa ese paraíso que los socialistas siempre han reivindicado.

Y hablando de no creer, el artículo habla de “un momento hilarante” cuando le preguntan a este héroe anticapitalista sobre la falta de libertad de prensa en Cuba, a lo cual responde: “¿Pero acaso necesitas leer La Tribune de Geneve para poder vivir?”. Asegura el periodista que los presentes manifiestan “incredulidad”. No veo por qué: esa repugnante declaración es perfectamente creíble en un idólatra del Ché Guevara.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Contra el Nuevo Ludismo

Por Iván Carrino. Publicado el 29/9/16 en: http://www.ivancarrino.com/contra-el-nuevo-ludismo/

 

El martes por la tarde fui invitado a disertar en el evento “La Libertad en la era de la Innovación, la Tecnología y el Conocimiento”, organizado por la Fundación Atlas. Aquí abajo comparto un resumen de mi presentación.

Buenas tardes a todos,

Gracias por estar acá. Estoy honrado de participar de este encuentro organizado por la Fundación Atlas y por poder hablar frente a tan notables expositores e invitados.

Hace alrededor de 15 años, yo estaba del otro lado del escenario, sentado al lado de mi papá, y presenciando charlas de grandes referentes y pensadores de nuestro tiempo, como Juan Carlos de Pablo, Roberto Cachanosky y Ricardo López Murphy. Son esos eventos que uno no se olvida, y espero que el de hoy tenga el mismo efecto en muchos de los jóvenes que veo aquí presentes (tanto en edad, como en espíritu).

Bueno déjenme comenzar contándoles la profunda frustración que traigo a cuestas. Uno se frustra cuando no puede conseguir un objetivo deseado, y el objetivo que yo estoy persiguiendo es dejar a toda la gente sin trabajo.

Sí, así como escucharon. Al fin un liberal lo dice claro, ¿no? Quiero que todos perdamos nuestro empleo y quedemos en la calle. Por eso favorezco el uso de todas las nuevas tecnologías habidas y por haber. ¡Que vengan ya! ¡Más tecnología, más desempleo!

Uber, Facebook, el email, los autos que se conducen solos, Netflix… ¡Por favor! ¡Vengan ya! Cuando antes, mejor.

Pero, como les decía, estoy frustrado. A pesar de mis esfuerzos, no logro generar desempleo.

Cada vez somos más personas en el mundo, cada vez somos más ricos… ¡Y cada vez hay más gente con trabajo!

Finalmente, decidí reflexionar y ver qué estaba pasando. Después de mucho indagar, llegué a la siguiente conclusión: el método que estoy utilizando es verdaderamente malo.

La paranoia anti-tecnología

La paranoia anti-tecnología se remonta a fines del Siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando Ned Ludd, un mitológico sindicalista británico se hizo famoso por incendiar y destruir las nuevas máquinas que los industriales de la época estaban comenzando a emplear en la producción de tejidos. De su apellido se derivó el adjetivo “ludista”, que engloba al movimiento que rechaza a la tecnología por los efectos que ésta supuestamente tiene en las fuentes de trabajo.

Quien le dio forma y categoría teórica al movimiento fue nada menos que Karl Marx. En 1840, el economista alemán afirmó:

“La maquinaria (…) dondequiera que se implante por primera vez, lanza al arroyo a masas enteras de obreros manuales, y, donde se la perfecciona (…) va desalojando a  los obreros en pequeños pelotones.”

El problema de Marx y del ludismo es que se chocan con los datos.

1.tecnologia

Las personas con trabajo en los Estados Unidos pasaron de ser 31,5 millones en 1939 a 144,6 millones de acuerdo al último dato de 2016. Este número aislado puede no resultar del todo significativo, pero sí lo es la tasa de empleo, que mide el total de personas con trabajo sobre el total de la población. Ese guarismo pasó de 57% en los primeros años de la década del ’50, a 60% según los últimos datos disponibles.

Es decir que hoy hay más empleo, tanto en términos absolutos, como relativos a la cantidad de población.

Pero pasan los años, pasan los datos, y muchos siguen considerando que la innovación tecnológica es un problema.

En un reciente libro, titulado “La segunda era de la maquinaria”, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee sostienen que:

“El progreso tecnológico va a dejar en el camino a algunas personas, y tal vez a muchas personas, a medida que avance”

En nuestras latitudes, quien muestra una preocupación por estos temas es el economista Eduardo Levy Yeyati, quien sugiere que el avance tecnológico “beneficia a los puestos calificados, y mejor remunerados, a expensas del resto”.

Desde perspectivas moderadas, el foco está puesto en la educación, de manera que las personas puedan aprovecharse de las nuevas tecnologías en lugar de ser desplazadas por ellas.

Desde perspectivas menos moderadas, la reacción es la violencia y el prohibicionismo. El caso más reciente es la decisión del gobierno de la Ciudad de prohibir a Uber, y la de grupos mafiosos de taxistas de emboscar a los choferes de Uber, romperles los autos e incluso incendiárselos.

Persistir en el error

El problema con el nuevo ludismo es que está tan equivocado como el viejo.

En su trabajo “¿Por qué todavía hay tantos empleos?”, David Autor se pregunta cómo es posible que, en un mundo en el que la tecnología avanza a pasos acelerados, y donde cuya función principal es la de “ahorrar trabajo”, no se haya eliminado la mayoría del empleo del mundo.

La respuesta es que, si bien la tecnología puede reemplazar al trabajo, muy a menudo lo complementa y termina aumentando, en lugar de reduciendo, la demanda de trabajadores.

Tomemos el ejemplo de los cajeros automáticos en los Estados Unidos. Cuando se lanzaron en la década del 70, se temía que el trabajo de los “cajeros humanos” se viera amenazado. Sin embargo, eso no sucedió.

El número de cajeros automáticos pasó de 100.000 a 400.000 solo entre 1996 y el año 2010. Sin embargo, el número total de cajeros humanos creció de 500.000 a 550.000 entre 1980 y 2010. Es que, si bien el número de cajeros humanos por sucursal bancaria cayó, los menores costos de operar una sucursal permitieron que se multiplicaran las sucursales, lo que incrementó la demanda de personal.

Otro aporte de Autor es reconocer que, incluso cuando la tecnología sí termine por reemplazar y reducir la demanda de determinados empleos específicos, esto no es equivalente a reducir la demanda agregada de trabajadores.

“A medida que los autos de pasajeros reemplazaron el transporte a sangre y la infinidad de profesiones que sostenían este mercado, explotaron la industria de los moteles y de la comida al paso para servir al público motorizado”

Lo mismo podemos ver hoy. Hasta hace 10 años nadie habría pensado en el boom que tendría la industria de aplicaciones de celular. Sin embargo acabamos de ver el impresionante impacto que tuvo el lanzamiento de la aplicación “Pokemon Go”, que generó a Nintendo USD 15.000 millones.

La tecnología no es una tormenta eléctrica o una invasión extraterrestre, sino la acción humana en acción, pidiendo mejores formas de producir, y más económicas. El beneficio que la gente obtiene de esta innovación se ve reflejado en una caída en los gastos de los bienes que la tecnología abarata. Y es esto lo que les permite mejorar su ingreso real y consumir nuevos bienes y servicios. Esa nueva demanda se satisface con nueva producción, por lo que no hay una caída del nivel de empleo, pero sí un notable incremento del nivel de vida.

La tecnología refleja el deseo del hombre de hacer la vida más fácil. Con su avance, se mejora la calidad de vida de la gente, se curan las enfermedades y se supera la pobreza.

Quienes intentan detener el avance tecnológico en nombre de la protección del trabajador, en el mejor de los casos, sólo postergarán el cambio necesario que algunos trabajadores tendrán que hacer tarde o temprano.

Pero esto no será gratis, sino al prohibitivo costo de frenar, nada más y nada menos, que el progreso de la humanidad.

La charla completa puede verse en formato PDF en este link.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Capitalismo, intervencionismo y socialismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 26/6/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/06/capitalismo-intervencionismo-y.html

 

El capitalismo (del que ya nos hemos ocupado extensamente en muchas otras partes) dominó en esencia un periodo muy breve en la historia de la humanidad, que estuvo comprendido aproxidamenente desde fines del siglo XVIII a comienzos del siglo XX, aunque geográficamente -y siempre dentro de este lapso temporal- tampoco se dio en todos los países del mundo. Algunos autores suelen denominar al fenómeno que tuvo lugar en dicha época con el rótulo (bastante cuestionable) de “capitalismo sin trabas”. Territorialmente se localizó especialmente en Gran Bretaña y en los EEUU. Su punto de partida también recibe el nombre de Revolución Industrial, con particular epicentro en el Reino Unido. Puede decirse, sin lugar a dudas, que fue la época de mayor desarrollo y esplendor de la civilización, a partir de la cual el progreso se multiplicó exponencialmente, al tiempo que se reducían abruptamente las tasas de mortandad, y crecía de manera espectacular el nivel de vida de todas las poblaciones que recibían sus beneficios. Lamentablemente, como se observa, tal periodo de tan magníficos y espectaculares avances y conquistas sociales, no se prolongó demasiado allá en el tiempo, y más temprano que tarde comenzaron a aparecer sus adversarios fruto de la incomprensión del suceso que tenían a la vista en algunos casos y -en otros- nacidos de la envidia que producía el ascenso de las masas a niveles de vida que no se habían conocido nunca antes en la historia mundial. El principal enemigo de tan colosal movimiento económico fue -sin lugar a dudas- Karl Marx. A partir de fines del siglo XIX y principios del XX tuvo su aparición un nuevo fenómeno político-económico que vino a reemplazar al capitalismo hasta entonces vigente, el intervencionismo:

“El capitalismo sin trabas ha dado paso a un nuevo período histórico, a nuestro propio período de intervencionismo político, de injerencia económica por parte del Estado. El intervencionismo ha adquirido diversas formas: tenemos la variedad rusa, la forma fascista del totalitarismo, y el intervencionismo democrático de Inglaterra, Estados Unidos y de las llamadas «democracias menores” con Suecia a la cabeza, donde la tecnología de la intervención democrática ha alcanzado hasta ahora su nivel más elevado. La evolución que condujo a este intervencionismo se inició en la época de Marx, con la legislación británica para las fábricas. Sus primeros pasos decisivos tuvieron lugar con la introducción de la semana de 48 horas y, más tarde, con la introducción del seguro contra la desocupación y otras formas de seguro social.”[1]

El “capitalismo sin trabas” -fruto involuntario de la evolución de las ideas de un grupo de pensadores en su mayoría británicos, y que con Adam Smith entre sus principales representantes, dieron posteriormente lugar a la llamada Escuela de Manchester– representaba un amenaza cierta a los intereses de las clases políticas dominantes y sus escuelas demagógicas que le daban sustento. La libertad de contratación y el respeto a la propiedad privada a ultranza (que fueron los pilares mantenidos por esos pensadores y en los que se fundamentó el capitalismo) representaban en los hechos una menor cuantía de ingresos transferidos desde los particulares a las burocracias gubernamentales, fueran estas del color político que fueran. Los soberanos políticos perdían con el capitalismo el prestigio que les daba el intervencionismo e, incluso antes, el absolutismo. y que tenía a los estados-nación como únicos dadores de prosperidad y seguridad a la población. De alguna manera, el intervencionismo daba aliento a las burocracias mundiales para que recuperaran el papel protagónico que habían tenido históricamente, y resultaba -de tal suerte- de alguna manera lógico para tales burocracias que declararan al capitalismo como “el enemigo a combatir y a vencer”. No obstante, existen quienes se empecinan en decir que el sistema económico actual es “capitalista” cuando esto de ningún modo es así:

“Resulta patente, al primer vistazo, lo absurdo de identificar el sistema económico prevaleciente en las democracias modernas con el sistema del «capitalismo» marxista, sobre todo si se lo compara con el programa de diez puntos de la revolución comunista. Si se pasan por alto los puntos de menor significación de este programa (por ejemplo, el «4: Confiscación de los bienes de todos los emigrados y rebeldes»), puede decirse que en las democracias ya han sido puestos en práctica la mayor parte de estos puntos, o bien completamente o, en todo caso, en una medida considerable; y junto con ellos, una cantidad de pasos importantes hacia una mayor seguridad social que Marx ni siquiera había soñado.”[2]

En otras palabras, resulta más que claro que la gran suma de los diez puntos del Manifiesto Comunista de Marx y Engels han sido adoptados por la gran mayoría de los países del mundo, sin bien en distintos grados y proporciones. Pero ello, nos acerca más a un mundo moldeado mas a la forma del sistema comunista (ideado por aquellos dos personajes antes mencionados) que a nada parecido a un “capitalismo” véaselo de la manera que se lo quiera ver. El mundo ha ido encaminándose, desde los comienzos del siglo pasado, hacia la realización del programa marxista y no al revés. Si la humanidad aun progresa y se desarrolla es porque en pequeñas dosis se mantiene un capitalismo residual, que donde surge conserva la potencia de aquel otrora “capitalismo sin trabas” hoy -sin duda- desaparecido de cualquier lugar del planeta. En cuanto al marxismo mundial:

“Sólo mencionaremos los siguientes puntos de su programa: 2. Un fuerte impuesto gradual y progresivo a los réditos. (Llevado a cabo.) 3. Abolición de todo derecho de herencia. (Cumplido en gran medida, mediante los fuertes gravámenes impuestos a la herencia. Si ha de desearse más de lo ya alcanzado es, en todo caso, dudoso.) 6. Control central por parte del Estado de los medios de comunicación y transporte. (Por razones militares, esto se llevó a cabo en Europa central antes de la guerra de 1914, sin resultados muy beneficiosos. También ha sido alcanzado por la mayoría de las democracias menores.) 7. Aumento del número y magnitud de las fábricas e instrumentos de producción pertenecientes al Estado… (Cumplido en las democracias menores; si esto es siempre beneficioso o no, puede ponerse, en todo caso, en tela de juicio.) 10. Educación libre para todos los niños en escuelas públicas (esto es, del Estado). Abolición del trabajo de los niños en las fábricas de la forma actual… (La primera exigencia se ha cumplido en las democracias menores y, en cierta medida, prácticamente en todo el mundo; la segunda se ha realizado con creces.)”[3]

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 355-356

[2] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356

[3] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.