La solución a la pobreza

Por Gabriel Boragina: Publicado el 17/9/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/09/la-solucion-la-pobreza.html

 

Si bien hemos abordado este tema muchas veces, no estará de más reiterar algunas ideas básicas al respecto, sobre todo porque la confusión sobre el mismo sigue latente en muchos ámbitos, incluso académicos.

“La organización Oxfam ha dado con la solución para acabar con la pobreza en el mundo: ¡quitarle el dinero a los ricos! Nada fascina más al buenismo de todos los partidos y tendencias que las alquimias políticas que comporten la violación de la propiedad privada, sobre todo si es de una minoría indeseable. Los titulares de prensa recogieron con visible entusiasmo el descubrimiento de Oxfam: Los ingresos en 2012 de las 100 personas más ricas del planeta podrían acabar cuatro veces con la pobreza mundial.”[1]

La idea popular de que los ricos son ricos a expensas de los pobres no es nueva. Podría decirse que es tan antigua como el hombre. Ya en la Biblia encontramos referencias a ella, si bien bajo diferentes escenarios y contextos. El fundamento histórico parecía justificado: en los pueblos antiguos la riqueza era obtenida por medio de la fuerza de reyes, emperadores y monarcas, que a través de guerras de conquista se apropiaban absolutamente de todo lo que podían, a costa de sus conquistados. Tras una invasión, los jefes militares y políticos confiscaban tanto bienes como personas, usufructuando a ambos, y reduciendo a sus invadidos a la esclavitud. Así, el poder y el dinero terminaba hallándose -al final del camino- siempre en las mismas manos: la de los poderosos jefes militares y políticos. Este fue el panorama general mundial hasta que, hacia finales del siglo XVIII, comienza a irrumpir en escena un fenómeno que revertirá -casi por completo- esa historia, y este acontecimiento consistió en la aparición del capitalismo.

“El mensaje es diáfano: no sólo se resuelve la pobreza quitándole el dinero a los ricos, sino que ni siquiera hay que quitárselo todo. Incluso cabe dejarles bastante. Vamos, no quitarles el dinero es monstruoso: “la riqueza y los ingresos extremos no sólo no son éticos, sino que además son económicamente ineficientes, políticamente corrosivos, socialmente divisores y medioambientalmente destructivos”. No sé si está claro: es que quitándoles un poco de su grosero patrimonio a los ricos, todo está resuelto. Todo.”[2]

La palabra “extremo” no es más que un juicio de valor, una apreciación por entero subjetiva que varía de significado de persona en persona. Alguien que tenga un sólo par de zapatos podría considerar “extremo” que otra persona tuviera dos o tres; de la misma manera que alguien que tuviera un millón de dólares podría juzgar “extremo” que su vecino tuviera dos o tres millones de la misma moneda. Nunca vamos a poder acertar un criterio único ni un patrón uniforme que catalogue -de una vez por todas y para siempre- que es lo “extremo” o “anti-extremo” para todo el mundo.

“La mendacidad no es un accesorio del pensamiento único: integra su misma esencia, y aquí resplandece como nunca, en un triple sentido. En primer lugar, es falso que la pobreza tenga que ver con la riqueza: los pobres no son pobres porque los ricos sean ricos. Un rico no es necesariamente un ladrón. Sólo si hay apropiación forzada la riqueza equivale a la pobreza. Por cierto, eso sucede en un caso importante que no es analizado por el progresismo: cuando el Estado nos quita el dinero, ahí sí que se enriquece él a expensas de sus súbditos. En condiciones de libertad el rico no empobrece a los demás ni es éticamente reprochable, al revés de lo que asegura Oxfam.”[3]

En condiciones de libertad o de un sistema capitalista pleno, el rico enriquece al pobre y no a la inversa. El capital acumulado hace de apoyo logístico al trabajo, y este efecto provoca que los salarios reales crezcan, lo que es sumamente provechoso para todas las personas de escasos recursos, sea que estén efectivamente empleadas o no lo estén. En el capitalismo, la libre competencia obliga a los empresarios y productores a bajar precios de sus artículos, al tiempo que el mercado libre competitivo los fuerza -les guste o no- a aumentar salarios, y a contratar más mano de obra. De tal suerte que, los desocupados pasan a conseguir empleo, y los ya empleados ven subir sus salarios. En los mercados intervenidos (como los nuestros) el efecto observado es el inverso.

“En segundo lugar, la pobreza no se supera mediante transferencias de recursos existentes, sino mediante creaciones de riqueza a cargo de los propios pobres, que jamás son considerados como protagonistas por el discurso hegemónico, que los ve como petrificados explotados, incapaces de salir adelante si no viene un poderoso a redistribuir a la fuerza la propiedad ajena.”[4]

El gobierno no puede hacer caridad con los pobres, por la sencilla razón de que los recursos que les trasfiere se los está quitando a otras personas (ricos y pobres asimismo) y la caridad sólo adquiere relevancia cuando se realiza con fondos propios. Más los gobiernos nunca obtienen fondos propios. Todo dinero que maneja el gobierno es producto de la expoliación al sector productivo de la economía.

“Y en tercer lugar, el camelo de Oxfam transmite la sensación de que la política es buena si “lucha contra la desigualdad” hostigando exclusivamente a los millonarios. Pero la política no hace eso nunca, sino que se dedica a arrebatar los bienes a las grandes mayorías, a las que cobra impuestos y ahoga con toda suerte de controles, regulaciones, prohibiciones y multas; grandes mayorías, por cierto, que no reciben la atención de Oxfam ni de ninguna voz del buenismo predominante”[5]

La pobreza actual es consecuencia de la política de la mayoría de lo estados nación que se encuentran enrolados en una lucha contra la riqueza o contra el capital, tal como K. Marx quería. Estos gobiernos, rehusarían rotularse como marxistas, sin embargo lo que practican es marxismo, si bien no puro, pero marxismo al fin. El keynesianismo -mas aceptado recientemente- es sólo una forma edulcorada de marxismo menos violento pero no menos letal.

[1]Carlos Rodríguez Braun. “Oxfam Eureka”. Fuente: Centro Diego de Covarrubias/ http://centrocovarrubias.com/node/437

[2] Rodríguez Braun. “Oxfam…. op- cit.

[3] Rodríguez Braun. “Oxfam…” op. Cit.

[4] Rodríguez Braun. “Oxfam… op. Cit.

[5] Rodríguez Braun. “Oxfam… op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Necesidades, capitalismo y pobreza

Por Gabriel Boragina: Publicado el 22/8/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/08/necesidades-capitalismo-y-pobreza.html

 

La “culpabilidad” del capitalismo en cuanto a la generación y expansión de la pobreza es casi un lugar común en la mente, discursos, diálogos, periódicos, películas, libros y –prácticamente- cualquier expresión cultural o social. Esta tendencia no es “novedosa”, sino que viene desde hace muchísimo tiempo atrás. La condena al capitalismo desde K. Marx hacia aquí se ha convertido en una práctica generalizada en la que personas de todas las condiciones sociales –y sin importar su status- incurren de continuo:

“Los teóricos del welfare, como los Kathedersozialisten alemanes y sus discípulos, los institucionalistas americanos, han publicado miles de volúmenes, detallados catálogos de las insatisfactorias condiciones en que se debate el género humano. Creen así evidenciar las deficiencias del capitalismo. Pero en realidad tales escritos no nos dicen sino lo que todos ya sabemos: que las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas y que hay todavía mucho que hacer en bien de la humanidad. Lo que tales publicaciones nunca se preocupan de demostrar es la idoneidad del intervencionismo y del socialismo para remediar los propios males que airean.”[1]

Puede decirse, sin lugar a dudas, que la persistencia de ideas tan equivocadas acerca del capitalismo es lo que agudiza los procesos creadores de pobreza en los distintos rincones del planeta. La doctrina socialista parte de la falsa premisa de un mundo donde todos los bienes necesarios sobran. Con esta base, tan ridícula y traída de los pelos, es que llegan a la “conclusión” de que “el problema económico” encontraría definitiva solución solamente si “personas honestas” se dedicaran a repartir las riquezas que rebosan por doquier. Si fuera cierto que las fortunas crecen en los árboles como parecen opinar tales teóricos, haría tiempo que la pobreza habría sido erradicada definitivamente de la faz de la tierra. No es por la carencia de sistemas legales justos que la pobreza existe aun en vastas partes del mundo, ni tampoco por falta de bien intencionados gobernantes, sino que resulta de la errada plataforma económica en que dichos procedimientos jurídicos se fundan la verdadera causa del fracaso de estos en lograr suprimir la pobreza.

“Nadie duda que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, estriba en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método distinto del de acumular nuevos capitales. La ampulosidad verbal del dirigismo deliberadamente tiende a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa. Pese a hallarse científicamente demostrado que la acumulación de nuevo capital es el único mecanismo capaz de impulsar el progreso económico, estos teóricos gustan de lucubrar en torno a un supuesto «ahorro excesivo» y a unas fantasma­góricas «inversiones extremadas» , aconsejando gastar más y, de paso, restringir la producción. Estamos, pues, ante los heraldos de la regresión económica, ante gentes que, aun sin quererlo, laboran por la miseria y la desintegración social. La comunidad organizada de acuerdo con las normas del paterna­lismo, desde un personal punto de vista subjetivo, podrá parecer justa a determinadas gentes. Pero lo que no ofrece duda es que los componentes de tal sociedad irían pauperizándose progresivamente.”[2]

El capitalismo puede definirse a la sazón como el sistema de acumulación de nuevos capitales y es -como tal- el único que garantiza por ese medio la diminución y posterior eliminación de la pobreza. Hay sólo dos motivos explicables por los cuales existen aun personas que acusan al capitalismo de originar “ganancias excesivas” o “desproporcionadas” (o sinónimos a estas calificaciones) que producen fortuna para unos e indigencia para los demás. La primera de estas razones es que, quienes así piensan, pueden llegar a ser víctimas de una supina ignorancia económica, y cuando se expresan de ese modo hablan entonces desde ella, en tanto que la segunda es atribuirla a una deliberada mala fe en quienes así se pronuncian. A su vez, esta oculta mala fe de quienes saben positivamente que el capitalismo produce bienes copiosos para todos y no a la inversa, puede radicar en dos sub-motivaciones: el hecho de que este segundo grupo de personas no se considera a si misma apta para competir en un sistema capitalista, o bien que siéndolo, padecen de fuertes dosis de envidia respecto de aquellos que mejores (o mayores) aptitudes demuestran en las lides del mercado libre. Sea como fuere, ya se trate del primer conjunto o del siguiente, lo cierto es que, en la medida que tales personas gozan de popularidad y logran convencer de sus falacias a otros incautos, la distorsión que sus ideas socialistas producen en los demás son un verdadero atentando contra el progreso y el desarrollo económicos de sus semejantes y, por carácter transitivo, del pueblo todo.

“La opinión pública del mundo occidental, durante una larga centuria, ha venido creyendo en la real existencia de eso que se ha dado en llamar «la cuestión social» y «el problema laboral». Se pretende, con tales expresiones, convencer a las gentes de que el capitalismo resulta esencialmente dañoso para los intereses vitales de las masas y, sobre todo, perjudicial para trabajadores y campesinos modestos. Siendo ello así, intolerable resulta mantener tan injusto orden económico; impónense las reformas más radicales.

La verdad, sin embargo, es que el capitalismo no sólo ha permitido a la población crecer en grado excepcional, sino que, además, ha elevado el nivel de vida de un modo sin precedentes. La ciencia económica y la experiencia histórica unánimes proclaman que el capitalismo constituye el orden social más beneficioso para las masas. Por sí solos, en tal sentido, hablan los logros del sistema. La economía de mercado no necesita de corifeos ni de propagandistas. Puedan aplicarse las célebres palabras grabadas en la catedral de San Pablo, sobre la losa mortuoria de su constructor, sir Christopher “Si buscas su monumento, contempla cuanto te rodea. “[3]

[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. pág. 1229 a 1231

[2] Mises L. V. La acción humana… ob. Cit. pág. 1229 a 1231

[3] Mises L. V. La acción humana… ob. Cit. pág. 1229 a 1231

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Políticas y “derechos sociales”

Por Gabriel Boragina: Publicado el 31/7/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/07/politicas-y-derechos-sociales.html

 

A veces se denomina “el estado social” a aquel estado-nación donde su política legislativa se orienta al establecimiento y jerarquización de los llamados “derechos sociales” instituyendo esta categoría como de rango superior a la de los clásicos derechos individuales. En alguna época ya pasada, aproximadamente entre los siglos XVIII y comienzos del XX, la noción de derecho se identificaba casi plenamente con la de los derechos individuales. No se concebía que la palabra “derecho” se refiriera a otra cosa. Fue cuando surgió la de los “derechos sociales” -que buscaban distinguirse de los individuales- cuando se hizo necesario aclarar, a todo instante, de qué clase de derechos se estaba hablando.

La expresión “derechos sociales” se impuso como una categoría que, no sólo pretendía separarse de la de los análogos individuales, sino que procuraba -por sobre todas las cosas- mostrarse como una “etapa evolutiva” desde estos hacia aquellos y –al mismo tempo- subordinar (y con el tiempo eliminar o suprimir) tales derechos individuales en pos de los “sociales” para siempre. Esta y no otra fue la pretensión del socialismo desde su aparición con los utópicos -como K. Marx los tildó- pasando por los socialistas “científicos” de este, hasta los actuales “socialistas del siglo XXI”.

Es por esta misma razón que, los países donde se ensaya el sistema comunista se declaran los “campeones” de los “derechos sociales”. Un buen ejemplo es el de Cuba, de la que se nos dice:

“Los mal llamados derechos sociales, se vinculan con la satisfacción de ciertos requerimientos propios de la vida humana, tales como salud, vivienda, educación, etc…..Quizás los dos ámbitos donde resulte más claro sean el educativo y el laboral. En el primer caso, el castrismo se jacta de un alto porcentaje de niños en las escuelas. Pero la realidad es que dichos establecimientos escolares son en primer lugar, instrumentos para controlar las ideas que estarán al alcance de los ciudadanos, e impedir que tengan acceso a otras, consideradas peligrosas. En el segundo caso, la estatización de la propiedad y el monopolio de la actividad económica, convierten al régimen en el único empleador, permitiéndole invocar el “pleno empleo” como una conquista social. Sin embargo, la dependencia de todos los ciudadanos de un único empleador y la consideración del desempleo o vagancia como manifestaciones de un estado de peligrosidad que se castiga con la prisión, buscan colocar a los ciudadanos bajo la dependencia económica absoluta del Estado.”[1]

Pero no ha de creerse que el concepto de “derechos sociales” exclusivamente triunfa en países de claro signo comunista. También lo hace mas solapadamente aunque en proporciones menores en otros lugares que se jactan orgullosamente de ser naciones “libres”. Algunos autores hacen una distinción importante entre las llamadas “políticas sociales” y los “derechos sociales”. El criterio de demarcación consiste en que una “política social” es una cuestión -en el fondo- meramente coyuntural. Confluye finalmente en una ayuda a personas o grupos que se catalogan como “necesitados” por parte de una autoridad. Pero este socorro es limitado, tanto en el tiempo, en el espacio, como en la cuantía de los recursos que se le otorgan a quienes se encuentran nominados para recibirlo.

La significación de “derechos sociales”, en cambio, tiene la misma base o motivación que las “políticas sociales”, pero con la muy importante diferencia que ya no se trata de una medida coyuntural limitada en el tiempo, en el espacio y en la cuantía de la ayuda a brindar. Sino que se plasma en una legislación que -por sus propias características- se halla destinada a pervivir en el tiempo y en el espacio, ofreciendo diversos tipos de ayudas -monetarias y en especie- a aquellos quienes, según la misma legislación tipifique, se encontraren cualificados para hacerse acreedores de los regímenes asistenciales que esas mismas leyes fundan:

“A comienzos del siglo XXI, en especial en el último gobierno de esta coalición, las políticas sociales tuvieron un matiz distinto teniendo un foco en la protección social. Con ello, varios subsidios y programas tendieron a entenderse como derechos sociales, incrementándose no sólo el nivel de asistencialismo sino también la cobertura de los programas y los montos de los subsidios, explicado principalmente por la reforma de pensiones. Las transferencias monetarias promedio por hogar para el primer decil entre el 2006 y 2009 pasaron de aproximadamente $55 a $105 dólares en el año 2011 (Henoch, Troncoso y Valdivieso, 2010).”[2]

A diferencia de las “políticas sociales”, los “derechos sociales” dan precisamente un “derecho” al reclamo por parte de aquellos que, no sólo se consideran sus beneficiarios sino que exigen que se los incluya en las nóminas de calificados para recibir los recursos del estado. Hay, pues, un giro cultural que hizo y hace que lo que anteriormente se tuviera como algo excepcional, limitado en tiempo, espacio y cuantía respecto de personas puntuales, se convirtiera y ampliara bajo el paraguas del rótulo “derechos sociales” en “otra cosa”, con el mismo fin, pero apuntando ya a un destinatario que aparece universalizado. Este nuevo enfoque cultural, que se ha apoderado de la mayoría de los países del mundo, hace que sean cada vez más las personas y los grupos sociales que se auto atribuyan la potestad de demandar su inserción dentro del amplio abanico de prestaciones asistenciales que -cada día más- ofrecen los gobiernos del mal llamado “mundo libre”. Como bien ha asentado de diversas ocasiones el profesor Alberto Benegas Lynch (h), los mal llamados “derechos sociales” o, como también se los designa a menudo, “conquistas sociales”, no son otra cosa, en realidad, más que pseudoderechos, que confunden (de manera deliberada o no) las que son simples necesidades con los verdaderos derechos.  Es hora de poner las cosas en claro de una vez y para siempre.

[1] Eneas Andrés Biglione “El embargo norteamericano al régimen castrista: Una perspectiva de Law & Economics”. Corporate Training. George Mason University. Diciembre 2009. Pág. 15-16

[2] Paulina Henoch I. y Rodrigo Troncoso O. “Transferencias Condicionadas en Chile: Una Positiva Evaluación al Programa Ingreso Ético Familiar” en Desarrollo económico y pobreza en América Latina. El rol de los Planes Sociales. Pág. 167-168

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

En torno a la “desocupación tecnológica”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 28/3/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/03/en-torno-la-desocupacion-tecnologica.html

 

Se ha dicho que, en materia laboral, el problema es que el empleo será un bien cada vez más escaso en una sociedad con un progreso tecnológico que suplanta la mano de obra intensiva, sobre todo en la industria, aunque también en la agricultura como se ha visto con los “pooles” de siembra en Argentina. Pero la experiencia y la observación más simple desmienten por completo todo lo anterior, ya que es precisamente en las sociedades donde existe mayor progreso tecnológico donde el empleo aumenta y no al revés. Es el progreso tecnológico el que hace que hoy existan más industrias (ejemplo típico el de la gran industria informática, inexistente hace pocos decenios atrás). También es falso que aumente el desempleo en la agricultura, ya que este sector está cada vez más ligado al de la industria, lo que hace hoy en día una categoría obsoleta la antigua división entre “industria y agricultura”. Este último sector depende cada vez más del primero. Y al aumentar el empleo -por las razones señaladas antes- en el sector industrial también, por lógica consecuencia, aumenta el empleo en el sector agropecuario.
Pero se insiste que, frente a un empleo escaso, ¿como conseguir que toda lo población posea un standard de vida aceptable? En el punto anterior demostramos ser falso que el empleo fuera más “escaso por causa del progreso tecnológico”. Ahora diremos que el empleo no crea riqueza sino que es al revés: la riqueza crea empleo. Si de repente compro un campo que -sin saberlo yo antes- tenía un enorme yacimiento de oro, me volveré rico de la noche a la mañana sin haber trabajado ni un segundo. Que el trabajo “crearía riqueza” es la antigua y ya descartada “teoría laboral del valor” que propulsaran los tristemente célebres K. Marx y F. Engels. Sólo los ignorantes siguen propagando dicha “teoría” tantas veces refutada, especialmente por la Escuela Austriaca de Economía. Ninguna persona que posea mínimos conocimientos de economía cree ya en dicha falacia. El nivel de vida aceptable no viene dado por empleo, sino por la tecnología. Si un empleado de cocina hace una hamburguesa por día cuando una máquina hace 10 hamburguesas por día, la gente estará mejor alimentada en el caso de la máquina que en el del cocinero manual. En el segundo caso (el de la máquina) el estándar de vida de la gente es más aceptable con 10 hamburguesas diarias hechas por un aparato, que con una hecha por un hombre. Lo que prueba que es la tecnología y no el empleo lo que eleva el nivel de vida de la población.
También se dice que el área de servicios ha crecido en todos los países desarrollados, en detrimento de la industria y el campo. Pero es un error. El área de servicios si ha crecido, pero NO en “detrimento” de la industria y el campo, sino ACOMPAÑANDO a ambos en su crecimiento, tal como quedó explicado más arriba. Y este crecimiento fue puramente debido al progreso tecnológico más que a ninguna otra razón.
Pero –se afirma- aún en dichos países existe desempleo y subsidio a los desempleados. Existe sí, porque el subsidio a los desempleados es el que origina el desempleo, y no al revés. Si recibo un subsidio al desempleo ¿por qué me voy a molestar en buscar un empleo si puedo cobrar lo mismo o -al menos- algo sin hacer absolutamente nada? El subsidio al desempleo alienta el desempleo y no al revés. A mayor subsidio al desempleo, mayor desempleo. Es una regla que se cumple casi matemáticamente.
No se cree, en ocasiones, que una desregulación total de la economía asegure el pleno empleo. Pero la historia ha demostrado lo contrario, y lo sigue demostrando. Históricamente, las economías más desreguladas tienen mayores tasas de empleo. Donde la economía esta mas regulada el desempleo crece. Es cuestión de estudiar un poco mínimamente las estadísticas. La conclusión de estos estudios es muy clara: si la desregulación fuese total el desempleo caería a niveles cercanos a cero o a cero directamente. Se trata simplemente de aplicar la lógica a las comprobaciones estadísticas.
¿Qué sucedería –se pregunta- con los desempleados en el lapso de tiempo que lleve pasar de una economía dirigista a una economía en que el gobierno no estorbe “con regulaciones, leyes, y desde luego impuestos”? Los desempleados se irían reacomodando en nuevos puestos de trabajo, porque al irse abandonando el dirigismo el mercado empezaría a crear nuevas fuentes de empleo, además de las fuentes de trabajo que se irían liberando de la tutela dirigista, y los cambios se operarían en el sentido apuntado. Lo relevante es que en la actual economía dirigista mundial el desempleo crece y no baja. Acá es donde debemos centrar el foco de atención, y no en cuestiones anecdóticas. Sólo el mercado libre puede crear empleos. Ningún gobierno puede reemplazar al mercado ni en esto ni en nada. El gobierno sólo puede obstruirlo, anularlo o intentar aniquilarlo. Pero ni siquiera esto último puede lograr el gobierno (dirigista o no).
En el caso –se cuestiona- de que al lograr una desregulación total de la economía persista el desempleo: ¿Que se hace con los desempleados?. No es esto lo que ha sucedido nunca en ninguna parte donde se hayan realizado desregulaciones económicas. La experiencia histórica, la teoría y la estadística han demostrado (y siguen demostrando) que: a toda desregulación el empleo ha crecido. Y en sentido inverso: a mayor regulación el empleo ha disminuido. Tenemos que regirnos por los datos históricos y experimentales en este aspecto, y no a meras hipótesis o pareceres personales que, por muy respetables que sean (y lo son), no dejan de ser eso: meros pareceres personales. En suma, se plantea una hipótesis (“desregulación + desempleo”) que jamás se ha dado en ninguna parte. No existen razones ni lógicas ni de otro tipo como para que tengamos que suponer que ese escenario apareciera. En el plano de la realidad, estamos lejos de una desregulación total de la economía. No porque no sea deseable (lo es y mucho), sino por dos motivos fundamentales: ignorancia o mala fe en quienes deberían implementarla.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La crisis del capitalismo.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 16/8/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/08/la-crisis-del-capitalismo.html

 

Aunque lo hicimos muchísimas veces, nunca estará de más volver a explicar este tema, que tanto se presta a los mas populares mitos político-económicos desde K. Marx hacia acá.
Es habitual escuchar frases como que “el capitalismo va generando en muchas ocasiones “espejismos de consumo”, en el que el crédito sobra”.
Aquí ya encontramos un primer error grave. No es el capitalismo, sino el gobierno el que genera esos espejismos. No es el capitalismo, sino el gobierno el que crea “crédito” inexistente.
También es común escuchar otras frases como que “la avidez por tener todas las cosas en forma inmediata hace que la gente se endeude más allá de sus posibilidades”. Puede ser. Aunque no es así tampoco en todos los casos. Pero si fuera así, tampoco es por culpa del capitalismo. Y se suele concluir a lo anterior que “La clave es encontrar el equilibrio. Lo que no es fácil”.
El desequilibrio es producido por el gobierno. No por el capitalismo. Y es verdad que no es fácil lograr que el gobierno deje de crear crisis. Pero no es cierto que la crisis sea “culpa” del capitalismo.
Quienes “razonan” de dicha manera (aquí el verbo “razonar” no es más que una forma de decir, porque resulta claro que los dichos citados y entrecomilladlos no constituyen ninguna clase de algo parecido a un razonamiento) ignoran lo básico de la economía. Desconocen el ABC de la ciencia económica.
La gente se endeuda (cuando lo hace) simplemente porque se le ofrecen créditos. Si no se le ofrecieran créditos no tendrían ninguna posibilidad de endeudarse. Y esto último, por mucho que esa gente sienta “la avidez por tener todas las cosas en forma inmediata”. Sencillamente, si no hay crédito disponible podrá ser mucha esa “avidez”, pero ninguno de esos “ávidos” estará en condiciones de endeudarse.
Si la gente contrae deudas es porque el crédito existe, y si hay crédito, sólo puede ser por dos razones: 1.- Porque ese crédito ha sido formado por un previo ahorro del mercado (es decir, de la misma gente) o, 2.- Porque ese crédito responde a interferencias del gobierno en el ámbito del mercado (puntualmente, manipulando la tasa de interés, creando inflación o ambas cosas a la vez). No existe otra explicación real al fenómeno del crédito.
Al caso 1 lo podríamos llamar perfectamente “crédito capitalista” o forjado por el capitalismo. En tanto al caso 2 podríamos llamarlo “crédito gubernamental” o estatal.
Va de suyo que en todas las crisis conocidas en la historia económica mundial la constante ha sido el del caso n° 2, y nunca el del caso n° 1.
En el caso n° 1 (crédito que llamamos capitalista) notemos que la gente nunca puede endeudarse “más allá de sus posibilidades”. ¿Por qué? Simplemente porque el capitalista jamás le prestaría a nadie que no pudiera restituir -a su debido tiempo- el capital más los intereses pactados. En el capitalismo el capitalista pide al posible prestatario todas las garantías y fianzas necesarias y suficientes antes de concretar la operación, y si dichas garantías no le resultan satisfactorias, pues, sencillamente, no arriesga su capital prestándole a un insolvente o posible futuro insolvente. No hay préstamo… y punto.
La situación que hemos denominado n° 2 es bien diferente. Cuando el crédito lo otorga el gobierno (y no el capitalismo a través de los capitalistas) dado que el gobierno no opera dentro de la órbita del capitalismo esto significa que los fondos que el gobierno presta no son propios, sino de terceros, en general extraídos por medio de impuestos y otras maniobras estatales a los verdaderos capitalistas que siempre operan en el sector privado y no en el estatal. En suma, el gobierno succiona recursos al capitalismo para “prestarlos” a la gente.
Dado que esos capitales no son del gobierno (que puede volver a expropiarlos en cualquier momento, si es necesario dictando cuanta ley se le ocurra para tal efecto) el gobierno no corre riesgo alguno si los coloca en el mercado. Cualquier tasa que cobre, por baja que sea, le será rentable habida cuenta que el capital prestado no le costó un centavo (excepto los costos de dictar las leyes de expoliación necesarias y los costos de succión fiscal ejercida sobre el sector privado, es decir sobre los capitalistas). Por lo tanto, el recupero de dichos créditos no es prioritario para el gobierno. Y por las mismas razones, tampoco le será preocupante la falta de garantías de los prestatarios.
En este último escenario, la gente tendrá una tendencia natural a consumir todo el stock de crédito “barato” ofrecido, y demandar más aun de él. Es decir, endeudarse sin límite y muy por encima de sus posibilidades, lo que jamás podría hacer -conforme lo explicado arriba- en un sistema capitalista.
Pero como en última instancia, ese stock de capital había sido originado por los capitalistas (luego expoliados por el gobierno), una vez consumido -vía crédito “barato”- el stock existente, sobrevendrá de manera inexorable la crisis. Crisis de la cual el gobierno que la ha provocado responsabilizará -como lo ha hecho toda la vida- al capitalismo que, como vimos, es víctima del gobierno y no victimario.
Lo que viene después de esta fase es historia económica recurrente: el gobierno apelará luego a la inflación, y -si persiste en su empeño- sobrevenderá la hiperinflación y, por último, la debacle.
Esta explicación sencilla y despojada de tecnicismos pretende ilustrar la génesis y mecanismo de toda -absolutamente toda- crisis económica. El capitalismo jamás ha gestado ni una sola crisis económica en la historia. En primer lugar, porque el capitalismo ha tenido escasa vigencia en la historia mundial, exceptuando quizás unos pocos destellos del mismo entre el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX. Y en segundo lugar, porque es imposible que un sistema capitalista produzca crisis. Podrá tener fluctuaciones cada tanto, pero siempre sectorizadas, parciales y estacionales. Pero es absolutamente quimérico que una crisis económica (como la Gran Depresión del 30, la asiática, la mexicana, la de 1998, la de 2008, etc.) sea consecuencia del capitalismo. Estas crisis (y demás crisis) fueron resultado directo de la ausencia de capitalismo y no de su presencia.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Sobre la lógica y las “clases sociales”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 2/8/14 en:

 

La fórmula marxista tan trillada de “lógica de clases” en que se basa todo su andamiaje, y con el cual se pretende construir la “economía marxista” no tiene ninguna clase de fundamento. La naturaleza humana es común para todos aquellos seres que participan de la misma. La expresión sociedad abierta, tomada del filósofo vienés K. R. Popper, equivale a lo que nosotros llamamos sociedad liberal. Ciertamente es en las sociedades cerradas (totalitarias) donde aparecen las “clases sociales”, principiando con la más ostensible división de clases que emerge de inmediato: la de los que dominan y mandan –por un lado- y la de los que son dominados y obedecen –por el otro-. Allí sí, dichas categorías son no sólo reales sino -y por sobre- todo inamovibles (salvo por causa de alguna revolución que derroque a la anterior clase dominante sustituyéndola por la antes dominada). Sin embargo, en las sociedades libres es imposible que esto último suceda, dado el dinamismo propio inherente al liberalismo.

Probar la unicidad de la lógica surge asimismo del estudio de la estructura de la lengua:

“Las traducciones a las diversas lenguas, también permite poner en evidencia que las reglas de la lógica son universales y no circunscriptas a ciertas regiones, por más interferencias que pretenda introducir el polilogismo marxista de la clase o el polilogismo racista. Nunca se explicó concretamente en qué consisten las diferencias entre los silogismos proletarios respecto de el de los burgueses o el de los arios respecto de los semitas, ni tampoco en qué consisten específicamente las modificaciones que se operarían en las estructuras lógicas de un proletario que pasa a la condición de burgués o viceversa, o qué ocurriría en la mente de los hijos de una semita y un ario. Si en el proceso de traducción de una lengua a otra, cierto vocabulario no resultara suficiente para expresar una idea, aparecerán neologismos del mismo modo que la riqueza gradual en los conceptos expande cualquier lenguaje, y si en definitiva no resultara apropiado, se sustituirá por otro.”[1]

Significa que la tesis marxista-racista del polilogismo naufraga cuando debe acreditar la existencia de la pretendida “lógica proletaria” por un lado, y la supuesta “lógica burguesa” por el otro lo que, a la fecha, no ha pasado de ser una mera declamación dogmática del marxismo, que luce más como instrumento de dominación política que como recurso o herramienta intelectual.

La ciencia económica encuentra sus fundamentos en la ciencia lógica, como lo hacen todas las demás ciencias en sí mismas. Y así como resulta un completo absurdo pretender hablar de una ciencia “alemana”, “irlandesa” o “nipona”, es igual de ridículo hacerlo de una ciencia “musulmana”, “cristiana”, “aria” o “judía”, o lo que es lo mismo, decir que existiría una economía “semita”, otra “aria”, “burguesa”, “proletaria”, “noruega” o “mexicana”. Todas estas expresiones carecen de razón de ser y resultan totalmente disparatadas.

El polilogismo racial lamentablemente todavía sigue siendo compartido por una proporción no escasa de personas, si bien no con la virulencia y la fuerza de la época en que fuera formulado por los nazis. Lo que quizás más empañe en nuestros días el estudio de la ciencia económica es el grado en el cual se acepta la falsa idea -inculcada por K. Marx- respecto de la vigencia de un polilogismo “clasista”, dado que ha conducido a la “doctrina” de las “clases sociales”, y generado una terminología clasista que aun –y a veces en forma inconsciente y hasta “inocente”- es utilizada por una cantidad importante de personas:

“También vale la pena mencionar su teoría del polilogismo que significa que los hilos mentales del proletario son de una naturaleza distinta de los que operan en el burgués. Ni Marx ni ningún marxista mostraron jamás en qué se diferencia un silogismo proletario de uno burgués ni cómo se modifica cuando uno cambia a la condición de otro…..Marx con su materialismo histórico sostenía que las estructuras productivas determinan el pensamiento en lugar de seguir el camino causal inverso para distinguir al ser humano de lo inanimado y poder hablar con propiedad de pensamiento.”[2]

Lo grave del polilogismo reside justamente, a nuestro modo de ver, en lo que señala el último párrafo de la cita anterior. Para el marxismo, las estructuras productivas “determinan” el pensamiento y -por ende- el de las “clases sociales”, sin advertir que se trata justamente de lo contrario: es el pensamiento lo que determina las diferentes estructuras productivas. Estas son efecto y no causa, con lo cual se desmorona el “concepto” de “clase social”.

Si esto no fuera así, jamás hubiera sido posible el crecimiento económico de país alguno, ya que en todos los casos debería haber existido una “estructura productiva” previa que condicionara a los hombres a actuar. La historia –en cambio- nos demuestra palpablemente que, cuando los españoles conquistaron Sudamérica no encontraron en ella ninguna “estructura productiva” anterior que los condicionara a formar alguna especie de “clase social” (en un sentido o en otro). Es más, sabemos que al llegar no encontraron “estructura productiva” alguna. Lo mismo cabe decir respecto de los primeros colonos de Norteamérica. En ambos casos, colonizadores del norte como conquistadores del sur, lejos de encontrar en América “estructuras productivas” de ninguna índole sólo hallaron tierras desérticas, climas inhóspitos y -en el mejor de los casos- pobladas ocasionalmente por salvajes, obviamente sin “estructura productiva” previa que los condicionara “clasistamente”, ya que en la mayoría de los casos, los aborígenes americanos vivían de la caza y de la pesca cuando se trababan de tribus pacíficas, o bien de la depredación cuando -por el contrario- resultaban violentas.

Lo que describe el fracaso de quienes intentan llevar el polilogismo a categorías antojadizas, como las de “izquierdas” y “derechas”, “gorilas” y “peronistas”, “progresistas” y “reaccionarios” y sandeces por el estilo.

[1]Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. Pág. 72-73

[2]Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. Pág. 230-231

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿Qué es el capitalismo “de estado”?

Por Gabriel Boragina. Publicado el 7/4/14 en http://www.accionhumana.com/2014/04/que-es-el-capitalismo-de-estado.html

 

La palabra “capitalismo” se ha prestado, y desde épocas posteriores a K. Marx (quien habría sido el más prolífico divulgador del término) a interpretaciones de las más variadas y contrapuestas en su significado. A continuación, vamos a examinar someramente algunos de los distintos sentidos que se le han dado a la fórmula compuesta por las expresiones “capitalismo”, por un lado, y “estado”, por el opuesto, y que es lo que han pretendido obtener los autores que emplearon este enunciado con la fusión de ambos vocablos.

Comencemos con la visión de un socialista al respecto:

“En los países de capitalismo privado monopolista la clase obrera dispone de un mínimo de libertades democráticas… y que son, aunque limitadas, suficientes no sólo para tomar conciencia de la explotación a que es sometida, sino también para organizarse y luchar contra ella. En cambio, en los países de capitalismo de estado burocrático, mal llamados ‘socialistas’, la clase obrera no dispone de esas posibilidades. No puede hacer huelga. Sólo puede organizarse en sindicatos que son meras correas de transmisión del aparato estatal y del partido único, y comparados con los cuales eran auténticos paraísos democráticos los sindicatos verticales de la dictadura franquista (AFS: 156).”[1]

Estas palabras de Semprún revelan con total claridad el grado de confusión conceptual y terminológica que tienen todos los socialistas (marxistas o no marxistas) sobre el verdadero significado de la palabra capitalismo. El capitalismo, desde luego, es privado si se entiende desde el punto de vista de los derechos de propiedad. Pero es público en tanto y en cuanto se visualizan los extraordinarios y enormes beneficios del sistema para el conjunto de la sociedad donde se aplique. Esto último es lo que descarta por completo la calificación de “monopolista” (que no es más que un mito). Recordemos que los monopolios, si bien escasamente posibles, son extremadamente raros en un sistema capitalista.

Por lo demás, el “capitalismo privado” -como lo llama Semprún- (dicho sea de paso, locución más que redundante), es la antítesis de la “explotación” de la “clase obrera”, a la que si, es sometida en los sistemas socialistas. Parece que, a lo que dicho autor quiere referirse bajo el rótulo de “capitalismo de estado burocrático”, no es más que -lisa y llanamente- socialismo y comunismo, sólo que no desea reconocer que el socialismo no es otra cosa diferente a un paso previo al comunismo. Y todo esto, sin entrar a cuestionar lo inexacto de pensar en los obreros como una “clase social”. Lo que indudablemente está mal es llamar a los países socialistas con la rebuscada fórmula “capitalismo de estado burocrático”, que no es más que una contradicción en términos, donde la primer palabra “capitalismo” es la antinomia del estado burocrático. Sirva pues la cita transcripta para revelar el grado de desconcierto y mezcolanza que anida en la mente de un socialista y/o comunista, (pese a que Semprún, posteriormente, modificó en algo su manera de ver el tema).

Los alemanes de posguerra padecían de la misma confusión:

“Los sindicatos alemanes reunidos en la Conferencia de las Cuatro Zonas (Viertel Zonenkonferenz), en mayo de 1947, reclamaban la instauración de “una economía planificada y dirigida”. La propia Democracia Cristiana (CDU) de la zona ocupada por las fuerzas británicas señalaba en su plan de agosto de 1947 que “la planificación y el dirigismo en la economía parece que serán indispensables por un largo período”, aunque también reconocía “los peligros de un capitalismo de estado para la libertad política y económica de los individuos”. En contraposición, el Partido Liberal (FDP) declaraba que “las necesidades de la población serán mejor satisfechas por medio de un sistema que incentive la producción mediante un sistema que dé prioridad a la libre iniciativa y elimine el sistema económico en poder de la burocracia (Wirtschaftsbürokratie)”.”[2]

Parece que los sindicatos y la CDU añoraban el nazismo del cual terminaban de salir (si bien la CDU se mostraba algo más prudente), lo que contrasta con la afirmación de muchos, que dicen que Hitler no contaba con demasiados seguidores hacia el final de su caída (y hasta hay liberales que afirman que fue un “error” combatir a Hitler). Más allá de esto último, la cita denota nuevamente el empleo de la expresión “capitalismo de estado” como sinónimo de comunismo y/o socialismo.

Otros autores, enfatizan la sinonimia de la fórmula en estudio con lo que se llama estado totalitario, en palabras como las siguientes:

“En cualquier caso, si es que las revoluciones modernas son concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que le obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayo­res riesgos y necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que no poseen, sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.”[3]

L. v. Mises, a nuestro juicio con gran acierto, ironiza sobre la alocución:

“En años recientes se descubrió un nuevo término para aquello que quedaba encubierto por la expresión “economía planificada”: Capitalismo de Estado, y no pueden caber dudas que en el futuro todavía surgirán muchas otras proposiciones para el salvataje del socialismo. Aprenderemos muchos nombres nuevos para la misma cosa. Pero lo que importa es la cosa, no sus nombres, y todos los esquemas de este tipo no lograrán alterar la naturaleza del socialismo.”[4]

 

[1]Samuel Amaral. “El largo viaje de un rojo español: del marxismo a la libertad en Jorge Semprún” RIIM Revista de Instituciones, Ideas y Mercados-Nº 51| Octubre 2009 | pp. 147-200 | ISSN 1852-5970. pág. 180-181.

[2]Enrique Cerdá Omiste. “La reforma económica alemana de 1948” – Revista Libertas IV: 6 (Mayo 1987) Instituto Universitario ESEADE pág. 5

[3] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 306.

[4]Ludwig von Mises. “SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS” Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianápolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15. Pág. 25 a 28

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.