EL OLVIDADO DISCURSO DE BENEDICTO XVI PARA LA SAPIENZA, de Enero del 2008

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 5/9/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/09/el-olvidado-discurso-de-benedicto-xvi.html

(De mi libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad, Instituto Acton, 2018). 

 El discurso de Enero a 2008 a La Sapienza[1] no sólo no pudo ser dirigido a sus muy tolerantes profesores, que impidieron la visita de Benedicto XVI, sino que además tampoco fue escuchado en absoluto por católicos encerrados en sus pequeños paradigmas ideológicos de izquierda y derecha.

Este discurso es el paso de la potencia al acto de esa nueva interpretación de Santo Tomás que propuse y de cómo presentarlo al mundo moderno, algo que Benedicto XVI prosiguió haciendo en todo su pontificado bajo oídos sordos de la Iglesia y el mundo, que no están en condiciones de entenderlo.

A pesar de la intolerancia de los “intelectuales” de La Sapienza –sapienza, justamente– el discurso, gracias a Dios, no a ellos, quedó escrito, como un programa de acción que hoy debemos rescatar.

Se pregunta Benedicto XVI, retóricamente, que tiene que ir a hacer un Papa a una universidad, esto es, en nombre de qué razón va a hablar, si supuestamente habla desde una fe sin razón: “…surge inmediatamente la objeción según la cual el Papa, de hecho, no hablaría verdaderamente basándose en la razón ética, sino que sus afirmaciones procederían de la fe y por eso no podría pretender que valgan para quienes no comparten esta fe”.

Pero entonces hay que replantear el tema de la razón: “Deberemos volver más adelante sobre este tema, porque aquí se plantea la cuestión absolutamente fundamental: ¿Qué es la razón? ¿Cómo puede una afirmación –sobre todo una norma moral– demostrarse “razonable”? En este punto, por el momento, sólo quiero poner de relieve brevemente que John Rawls, aun negando a doctrinas religiosas globales el carácter de la razón “pública”, ve sin embargo en su razón “no pública” al menos una razón que no podría, en nombre de una racionalidad endurecida desde el punto de vista secularista, ser simplemente desconocida por quienes la sostienen”.

O sea, comienza con algo que refuta las injustas acusaciones que se hicieron a Benedicto XVI. Para responder la pregunta comienza citando a John Rawls, algo que los lefebvrianos seguramente no hubieran hecho. Lo elogia, por un lado, recordando que Rawls ve algo de racionalidad en las doctrinas metafísicas que no podrían integrar la razón pública, y recuerda al mismo tiempo esa noción rawlsiana de razón pública: aquella que puede ser un punto en común entre ciudadanos que en metafísica y religión no podrían entenderse.

Pero entonces, va respondiendo lentamente a la acusación de que las posiciones metafísicas y religiosas no podrían formar parte de una razón pública. O sea, de que no son “razones”. Y para ello recuerda nuevamente los inicios del Cristianismo y de la Patrística, donde se da el diálogo entre razón y fe: “…los cristianos de los primeros siglos… Acogieron su fe no de modo positivista, o como una vía de escape para deseos insatisfechos. La comprendieron como la disipación de la niebla de la religión mítica para dejar paso al descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y al mismo tiempo Razón-Amor. Por eso, el interrogarse de la razón sobre el Dios más grande, así como sobre la verdadera naturaleza y el verdadero sentido del ser humano, no era para ellos una forma problemática de falta de religiosidad, sino que era parte esencial de su modo de ser religiosos. Por consiguiente, no necesitaban resolver o dejar a un lado el interrogante socrático, sino que podían, más aún, debían acogerlo y reconocer como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, podía, más aún, debía nacer la universidad”. (Las itálicas son nuestras).

O sea, las preguntas de la razón son parte esencial de su modo de ser religiosas, esto es, Judeocristianos. Y precisamente por ello, con los siglos, nace la universidad, institución esencial en la historia de Occidente que debe su origen al Cristianismo.

Saltando por un momento al presente, Benedicto XVI hace algo que tampoco ningún “conservador” se habría atrevido a hacer: elogia a Jürgen Habermas: “un salto al presente: es la cuestión de cómo se puede encontrar una normativa jurídica que constituya un ordenamiento de la libertad, de la dignidad humana y de los derechos del hombre. Es la cuestión que nos ocupa hoy en los procesos democráticos de formación de la opinión y que, al mismo tiempo, nos angustia como cuestión de la que depende el futuro de la humanidad. Jürgen Habermas expresa, a mi parecer, un amplio consenso del pensamiento actual cuando dice que la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas. Con respecto a esta «forma razonable», afirma que no puede ser sólo una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un «proceso de argumentación sensible a la verdad» (wahrheitssensibles Argumentationsverfahren)… Yo considero significativo el hecho de que Habermas hable de la sensibilidad por la verdad como un elemento necesario en el proceso de argumentación política, volviendo a insertar así el concepto de verdad en el debate filosófico y en el político”.

O sea, rescata la idea central de la filosofía del diálogo de Habermas, donde diálogo no es lucha de intereses, o luchas dialécticas entre mayorías y minorías, sino un proceso para alcanzar el entendimiento con el otro. Razón es comprender. No es calcular ni negociar…

Pero entonces vuelve al s. I. “Pero entonces se hace inevitable la pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad? Y ¿cómo se la reconoce? Si para esto se remite a la “razón pública”, como hace Rawls, se plantea necesariamente otra pregunta: ¿qué es razonable? ¿Cómo demuestra una razón que es razón verdadera?”

Y luego de algunas consideraciones sobre la evolución de la universidad como institución, coloca a Santo Tomás como modelo de diálogo entre razón y fe para contestar la pregunta: “… Históricamente, es mérito de santo Tomás de Aquino –ante la diferente respuesta de los Padres a causa de su contexto histórico– el haber puesto de manifiesto la autonomía de la filosofía y, con ello, el derecho y la responsabilidad propios de la razón que se interroga basándose en sus propias fuerzas”.

Pero esto podría ser leído como un racionalismo en Santo Tomás. Para despejar esa duda, Benedictino XVI presenta su relación entre razón y fe como la de un teólogo, precisamente como lo habíamos interpretado antes: “… Yo diría que la idea de santo Tomás sobre la relación entre la filosofía y la teología podría expresarse en la fórmula que encontró el concilio de Calcedonia para la cristología: la filosofía y la teología deben relacionarse entre sí “sin confusión y sin separación”. “Sin confusión” quiere decir que cada una de las dos debe conservar su identidad propia. La filosofía debe seguir siendo verdaderamente una búsqueda de la razón con su propia libertad y su propia responsabilidad; debe ver sus límites y precisamente así también su grandeza y amplitud. La teología debe seguir sacando de un tesoro de conocimiento que ella misma no ha inventado, que siempre la supera y que, al no ser totalmente agotable mediante la reflexión, precisamente por eso siempre suscita de nuevo el pensamiento. Junto con el “sin confusión” está también el “sin separación”: la filosofía no vuelve a comenzar cada vez desde el punto cero del sujeto pensante de modo aislado, sino que se inserta en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que acoge y desarrolla una y otra vez de forma crítica y a la vez dócil; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones, y en particular la fe cristiana, han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino” (Las itálicas son nuestras).

Esto es, el “sin separación” implica que la razón razona en Santo Tomás asumida desde la Gracia y elevada desde la Gracia. Y por ello puede ser al mismo tiempo Fe (por la Gracia de la Fe) y razón, con algo esencial a la razón: su capacidad de comunicarse con los demás y por ende ser “pública”: “es verdad que la historia de los santos, la historia del humanismo desarrollado sobre la base de la fe cristiana, demuestra la verdad de esta fe en su núcleo esencial, convirtiéndola así también en una instancia para la razón pública. Ciertamente, mucho de lo que dicen la teología y la fe sólo se puede hacer propio dentro de la fe y, por tanto, no puede presentarse como exigencia para aquellos a quienes esta fe sigue siendo inaccesible. Al mismo tiempo, sin embargo, es verdad que el mensaje de la fe cristiana nunca es solamente una “comprehensive religious doctrine” en el sentido de John Rawls, sino una fuerza purificadora para la razón misma, que la ayuda a ser más ella misma. El mensaje cristiano, en virtud de su origen, debería ser siempre un estímulo hacia la verdad y, así, una fuerza contra la presión del poder y de los intereses”.

O sea, la Fe no es sólo una Fe exclusiva para los que creen en los dogmas, sino una fuerza purificadora de la razón misma, esto es, la eleva hasta sus potencialidades máximas convirtiéndola así en una sensibilidad especial para el diálogo con los demás. O sea, una “razón pública cristiana”, un conjunto de sensibilidades cristianas para ciertos temas que son relevantes para todo ciudadano habitante de la ciudad temporal con sana laicidad.

Sin esto, el peligro es que “Hoy, el peligro del mundo occidental –por hablar sólo de éste– es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad”. Y el peligro de que “la filosofía, al no sentirse ya capaz de cumplir su verdadera tarea, degenere en positivismo; que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede confinada a la esfera privada de un grupo más o menos grande. Sin embargo, si la razón, celosa de su presunta pureza, se hace sorda al gran mensaje que le viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces no reciben ya las aguas que le dan vida. Pierde la valentía por la verdad y así no se hace más grande, sino más pequeña. Eso, aplicado a nuestra cultura europea, significa: si quiere sólo construirse a sí misma sobre la base del círculo de sus propias argumentaciones y de lo que en el momento la convence, y, preocupada por su laicidad, se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta (las itálicas son nuestras).

O sea: la razón no es sólo ciencias naturales, y la fe no es un ámbito de creencias sin ninguna razón, y por ende tan incomunicable e intrascendente como mis gustos para los helados. No: la razón es razón que deriva en metafísica que a su vez dialoga con la fe, y la fe es tan razonable que puede dialogar con todos y en ese sentido es pública, y es entonces la base para el estado laico vitalmente cristiano del que hablaba Maritain. Esas son las raíces de la razón, sin la cual se seca y se queda precisamente como la ve el post-modernismo: como nada, como sólo pequeños relatos incomunicados: “se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta”.

¿Qué nos dijo Benedicto XVI en este discurso, que no hemos escuchado en absoluto? Que abandonemos, los creyentes, la táctica (que ya hemos criticado), imposible y peligrosa, de abandonar nuestra fe parta hablar con el mundo, desde una supuesta escolástica basada nada más que en las solas fuerzas de la razón. No, para hablar con el mundo, hay que presentar nuestra fe como es: como una fe razonable, que tiene mucho que decir al no creyente, desde un Santo Tomás teólogo, que tiene mucho para decir como teólogo al no creyente, precisamente porque fue el que más dialogó con una razón que la Gracia asumió, universalizó, y purificó.

Mientras no entendamos este mensaje de Benedicto XVI, seguiremos llorando nuestra ineficacia comunicativa, nuestra tibieza, nuestro temor ante el mundo, del cual debíamos ser sal, y nos convertimos sin embargo en obsoleta curiosidad y molestia.


[1]Véase https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/january/documents/hf_ben-xvi_spe_20080117_la-sapienza.html.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

¿Oportunidad o convicción?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 11/5/21 en:  https://www.dataclave.com.ar/opinion/-oportunidad-o-conviccion-_a6099dae38365ed04891730ca

Más allá de la autonomía que le corresponde a la Ciudad, ¿qué es lo que motiva a la gestión porteña a avanzar con la presencialidad educativa ahora, y no en 2020? Si las decisiones se toman desde las encuestas, será poca la esperanza de encontrar un verdadero liderazgo con honestidad intelectual

Este pasado martes 4 de mayo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, con la abstención de la ministra Highton de Nolasco, y el acuerdo de sus pares Carlos Rosenkrantz, Ricardo Lorenzetti, Horacio Rosatti y Juan Carlos Maqueda, en un fallo histórico que sienta jurisprudencia más allá del debate coyuntural, ratificó la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires en materia de administración educativa, igualando así a esta jurisdicción con el resto de las Provincias de nuestro país.

De este modo, el máximo tribunal zanja, al menos en la vía judicial, la disputa que comenzó a gestarse a mediados de abril, entre el Presidente Alberto Fernández, y el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta. Sin duda alguna hoy, al menos desde el aspecto jurídico, es este último el que tuvo, tiene y tendrá, la palabra definitiva sobre la apertura o cierre de las instituciones educativas porteñas.

El fallo fue contemplado por diversos analistas políticos y por la prensa en general, como un triunfo del Jefe de Gobierno, y, en tal sentido, como una conquista clara en las aspiraciones de éste para convertirse en el candidato obvio de parte de la oposición, para enfrentar a la fórmula que presente en 2023 el sector hoy contenido bajo la bandera política del Frente de Todos. Sin embargo, ciertos aspectos esenciales parecen haberse desatendido y es fundamental exponerlos de cara a ese crucial 2023, sobre todo en el marco de la enorme crisis por la que atraviesa nuestro país.

En tal sentido, cabe traer a colación las declaraciones del pasado 24 de abril, de la actual ministra de educación de la Ciudad, Soledad Acuña, para el programa que conduce el periodista Pablo Sirvén en LN+. En dicha entrevista, escoltada por la Co-Fundadora de la ONG “Padres Organizados”, María Victoria Baratta, la actual ministra señalaba: “Fuimos aprendiendo a medida que iban sucediendo las cosas y a tomar decisiones viendo las evidencias que iban surgiendo; a partir de agosto nosotros empezamos a decir que necesitábamos volver a la presencialidad al menos en algunos espacios de presencialidad (sic) que fue lo que empezamos a reclamar al gobierno nacional”, para luego rematar con: “Obviamente, con los números de hoy, con el conocimiento de hoy, podríamos haber sido más audaces […] pero nosotros en agosto ya veíamos que era posible, no solo necesario, que era posible […]”.

La pregunta que en este punto se vuelve obvia es: ¿si era posible y si era necesario hace casi diez meses atrás, por qué no se hizo? Y concomitante con este interrogante, también se sucede necesariamente este otro: ¿a qué “números de hoy” se refiere la ministra? ¿A los de las tasas de contagio, que por aquél entonces eran incluso menores a los de este presente? ¿O a los de las encuestas que señalan que el fastidio de los ciudadanos por las escuelas cerradas ya se ha vuelto prácticamente absoluto, justamente en un año electoral?

Desde ya que ni la ministra ni su conductor inmediato pueden aducir que desconocían la autonomía de la Ciudad en esta materia. El fallo de la Corte Suprema de las últimas horas, no hizo otra cosa más que darle la razón al planteo que la propia Ciudad hizo semanas atrás; planteo que su equipo jurídico pudo presentar también hace diez meses cuando, como también admite la ministra en dicha entrevista, la experiencia internacional ya demostraba que esta apertura era necesaria y posible.

Así como el gobierno de la Ciudad no puede, por tanto, aducir desconocimiento sobre su autonomía, tampoco puede hacerlo sobre el enorme impacto negativo que las escuelas cerradas tienen no solo para el presente de los niños y jóvenes, sino para su futuro. No puede hacerlo, básicamente, porque ese ha sido el argumento principal de la ministra Acuña, toda vez que, frente a distintas coyunturas conflictivas, los gremios docentes de esta jurisdicción han procedido a cerrar las escuelas de facto, al no presentarse al dictado de clases.

La falta de audacia que la ministra admite en la entrevista de Sirvén, no se explica entonces por el desconocimiento de la capacidad manifiesta de su gobierno para implementar dicha apertura, ni por la incapacidad para predecir el funesto efecto que las medidas de lockdown educativo tienen sobre la población que conducen, sino por otro factor que pensadores de la talla del alemán Jürgen Habermas o del italiano, Giovanni Sartori, entre muchos otros, han señalado durante casi toda la segunda mitad del siglo pasado: el drenaje conceptual de la política y su giro hacia una praxis vacía de convicciones.

Decíamos anteriormente que esta circunstancia bajo análisis resulta fundamental con miras hacia ese 2023 que tanto obsesiona a unos y otros, dentro del establishment político actual. En tal sentido, Argentina atraviesa, como también dijimos anteriormente, una crisis que en gran medida parece terminal. No solo en el aspecto económico (tal vez el único muchas veces percibido por la ciudadanía y los analistas), sino en otros considerandos que hacen a un país en verdaderas vías de desarrollo: seguridad, educación, salud, transparencia y fortaleza de las instituciones, etc.

Doblegar la triste tendencia al declive que nuestra nación sostiene hace décadas, implicará necesariamente no solo enormes cuotas de audacia, sino también la convicción íntima y profunda en paradigmas absolutamente alternativos a los sostenidos hasta el día de hoy, siendo como son éstos, inevitablemente, los vehículos que nos trajeron por este derrotero de fracaso y miseria.

Si quienes conducen, de un lado y otro del espectro político, siguen tomando decisiones solo a partir de los controvertidos números que marcan las encuestas, poca esperanza queda para un país sediento de verdadero liderazgo y honestidad intelectual. 

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad