¿Cómo Argentina se volvió rica?

Por Iván Carrino. Publicado el 16/5/19 en: https://contraeconomia.com/2019/05/como-argentina-se-volvio-rica/

 

En 1895, Argentina fue el país más rico del planeta.

Recientemente apareció en los medios de comunicación la noticia de que hace unos 124 años, nuestro país encabezó la lista mundial de ingreso per cápita.

¿Qué quiere decir esto? Que en 1895, de acuerdo con la medición más tradicional y establecida de la riqueza ciudadana que utilizan los economistas, Argentina era el mejor país del mundo. La riqueza promedio de un argentino fue, en ese año, superior a la de un norteamericano, un sueco, un canadiense… Bueno, superior a la de cualquier ciudadano de cualquier nación del planeta.

Conocida la novedad, no tardaron en aparecer análisis y comentarios acerca de “qué nos pasó”. Es que, claro, si alguna vez no solo estuvimos entre los países más prósperos del planeta, sino que llegamos a la cumbre máxima… ¿por qué hoy estamos en la tabla del descenso, luchando contra la pobreza, la inflación, la deuda y la decadencia?

La pregunta es interesante, pero creo que es mejor responder otra que lo es aún más. Es que, como decía Hayek, antes de entender por qué las cosas funcionan mal, debemos comprender cómo es que funcionan bien.

¿Por qué nos fue bien?

La visión liberal tradicional acerca del progreso argentino de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX le asigna una importancia crucial a las instituciones.

En efecto, Argentina desde 1853 tenía una Constitución Nacional que se comprometía a “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

En su artículo 14, además, detallaba que todos los habitantes tenían derecho de:

Trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.

La Constitución de 1853, inspirada por Alberdi y la Constitución de Estados Unidos, promovía la libertad económica y ponía en cabeza del estado la protección de los derechos individuales.

Esto, en palabras de los autores Acemoglu y Robinson, constituía un entramado institucional “inclusivo”, que promovió el progreso material y el avance económico.

Ahora pensándolo un poco más, ¿será esta toda la explicación?

Otra teoría

Deirdre McCloskey es Doctora en Economía por la Universidad de Harvard. Este viernes y sábado visitará Buenos Aires para dar una serie de conferencias.

McCloskey es una mujer transgénero. En 1942 nació como Donald McCloskey y vivió hasta 1995 como un hombre. Estuvo casado con una mujer por treinta años y tiene dos hijos. Sin embargo, a sus 53 años, decidió cambiar y desde entonces es conocida como Deirdre.

En cuanto a su trabajo académico, fue profesora de la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, y hasta el 2015 dio clases de economía, historia e inglés en la Universidad de Illinois, también en la ciudad de Chicago. McCloskey saltó a la fama recientemente por la publicación de una extensa trilogía de libros en donde busca dar respuesta precisamente a la pregunta de por qué los países son ricos.

De acuerdo con la autora, hasta el año 1800 el ciudadano promedio en el mundo vivía con el equivalente a tres dólares diarios. No obstante, hoy en los países desarrollados ese número se ha multiplicado por un factor de treinta. Es decir, hay que explicar “el gran enriquecimiento” que ocurrió en las sociedades modernas.

Y, para McCloskey, no alcanza con apelar solo a las instituciones.

Revolución Cultural

Para entender este apabullante incremento en los niveles de vida a nivel global, la autora analiza diversas teorías. Por un lado, sostiene que en la izquierda explican al crecimiento como consecuencia de la “explotación”.

Marx y Engels, por ejemplo, dirían que así como el capitalista es rico porque explota al trabajador, los países desarrollados lo son pero porque explotan a los subdesarrollados. Para ellos la economía es un juego de suma cero, donde algunos ganan, pero otros necesariamente pierden.

Obviamente esta idea es contraria a los datos. Hoy somos muchas más personas en el mundo, y hay mucho menos pobreza.

La otra explicación para este gran enriquecimiento es la que dábamos al inicio. Son las buenas instituciones, que protegen los derechos individuales, las que generan incentivos para acumular capital. Y es la acumulación de capital la que mejora la productividad y, por tanto, el ingreso de las personas.

Si bien McCloskey no va a chocar directamente con esta tesis, sí va a sostener que no es del todo suficiente. Es que, como explica Alberto Mingardi:

Ella asevera que la acumulación de capital, colocar ladrillo sobre ladrillo, no era nada nuevo. Siempre existió la prudencia, el ahorro –y la avaricia, si es el caso. Pero, en cierto momento, la acumulación varió de hacer capital para comprar villas lujosas y fincas cada vez más extensas, a financiar maquinarias y fábricas. El capital fue utilizado para suplir un flujo sin fin de novedades, para beneficio de un número siempre creciente de consumidores.

¿Qué fue lo que pasó? Básicamente, que hubo una revolución cultural. Un cambio radical, aunque lento y extendido en el tiempo, en la forma en que la comunidad veía a la actividad comercial.

La tesis de la autora, entonces, es que previo a la Revolución Industrial, hubo un cambio cultural que le dio dignidad a las actividades productivas, al comercio y a la innovación. Antes el prestigio era solo otorgado a los guerreros, los nobles o el clero. Pero En Inglaterra y Holanda durante el Siglo XVII, ese prestigio también comenzó a ser dado a los comerciantes y empresarios.

Tuvo que ocurrir esa revolución cultural, para que las instituciones cambiaran, y el liberalismo promoviera la innovación que hizo explotar las tasas de crecimiento económico mundial.

Volviendo a Casa

Si lo que dice McCloskey es cierto, y son las actitudes hacia el comercio y el trabajo empresarial lo que determina el crecimiento de los países: ¿qué puede pasar en Argentina en el futuro?

La semana pasada, el dirigente Juan Grabois atacó a MercadoLibre, tildando a la empresa más exitosa del país de “contrabando, evasión” y abuso entre otras cosas… La polémica fue grande, y desde aquí le respondimos enérgicamente.

Unos días después, salió a pedir techo para las comisiones que la empresa les cobra a sus usuarios… Ahora lo curioso es que algunos tuiteros “de derecha”, si bien críticos con Grabois, también salieron a criticar a MercadoLibre por recibir injustos beneficios del gobierno.

Mi conclusión es que en Argentina si a tu empresa le va bien, te correrán por izquierda porque explotás a la gente, o te correrán por derecha porque “seguramente” el gobierno te dio algún privilegio.

Si esta es la actitud argentina hacia el comercio y la actividad empresarial, entonces probablemente sigamos empantanados y decayendo, muy lejos de lo que alguna vez supimos ser.

PD: Deirdre McCloskey se presentará en la Universidad del CEMA este viernes 17 de mayo a las 17:30 hs., en un evento organizado conjuntamente con la Fundación Libertad. Para participar de la charla, inscribite aquí.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

¿Qué es un aumento de precios abusivo?

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/6/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/06/26/que-es-un-aumento-de-precios-abusivo/

 

Una vez más se recurre al discurso de confrontación con las empresas

El flamante ministro de Producción, Dante Sica, acaba de advertir que se va a sancionar a las empresas que tengan comportamientos abusivos con respecto a los precios y que habilitarán un call center para recibir denuncias por incrementos de precios.

Si hay algo que ha destruido la economía Argentina, sumergiéndola en una larga decadencia, es el discurso por el cual la economía es un juego de suma cero en el cual si uno gana es porque el otro pierde.

En 83 años de existencia del BCRA se destruyeron 5 signos monetarios, tuvimos una inflación promedio anual del 52% y ante semejante destrozo monetario, fruto de los permanentes desequilibrios fiscales, siempre se apela al mismo discurso de los grupos concentrados, los abusos en las remarcaciones y frases por el estilo.

El rol de todo gobierno, generalmente olvidado

Como veremos enseguida, es un grosero error económico hablar aumentos abusivos de precios, pero antes es importante resaltar que la función de un gobierno es contribuir a la paz social y no generar enfrentamientos entre los diferentes sectores de la sociedad.

Es más, un gobierno no debe desinformar o des-educar a la población inventando enemigos imaginarios para no mostrar la realidad. Lo que corresponde es que diga que la causa de los aumentos de precios está en la emisión monetaria que lleva a cabo el BCRA para financiar el déficit fiscal y que ese déficit existe porque la recaudación no alcanza para cubrir el gasto público.

Y que el gasto público es alto porque el Estado está sobredimensionado en personal, se mantiene sin límites de tiempo a gente que vive de los llamados planes “sociales” y un sistema jubilatorio que está colapsado por la irresponsabilidad del gobierno anterior de haber incluido 3,5 millones de personas sin que hubiesen realizados aportes a lo largo de su vida.

Abusos de gasto público y de impuestos

Insisto, lo que hay que meterse en la cabeza, es que los países comienzan cambios profundos modificando los valores que imperan en la sociedad que son los que van a definir las instituciones que regirán la vida de los habitantes, es decir las reglas de juego sobre las que se construirá el progreso económico. Si no cambiamos el discurso de confrontación que nos viene destruyendo hace 70 años, no veo posible terminar con la decadencia e iniciar un proceso de crecimiento de largo plazo.

Yendo a las declaraciones del ministro de Producción Dante Sica sobre los abusos en los precios, primero habría que definir qué es aumentar abusivamente los precios. ¿Cuál es el parámetro que utilizan para definir si algo es abusivo o no? Es más, antes de hablar de abuso en la suba de precios, habría que hablar de los abusivos impuestos que el Estado aplica a los contribuyentes.

Y también habría que hablar de la abusiva expansión monetaria que lleva a cabo el BCRA. De acuerdo al último informe monetario diario al momento de redactar estas líneas, se observa que la base monetaria creció el 32,9% anual y los agregados monetarios el 35%, me refiero a M1, M2, etc. ¿Aumentos de precios abusivos o expansión monetaria desenfrenada?

Hablar de abuso en los aumentos de precios cuando lo que ocurre es que se abusa de la maquinita de imprimir billetes y la moneda se deprecia, es tener un mal diagnóstico del problema económico o bien desinformar a la población llevándolo a un enfrentamiento estéril.

El rol del mercado en una economía sana

Si alguien aumenta los precios, pero hay disciplina monetaria, lo que ocurrirá es que bajará la cantidad de unidades vendidas. Tendrá menos ventas al no convalidarse los aumentos de precios con expansión monetaria.

Además, con la inestabilidad económica que tenemos en la Argentina, la ausencia de moneda y la inseguridad jurídica, ¿quién puede establecer cuál es la tasa de rentabilidad que hay que pedirle a una inversión que se hunde en el país? ¿O me van a decir que el riesgo de hundir una inversión en la Argentina es igual que hacerlo en Holanda, Australia o Irlanda?

Por otro lado, no son los costos de producción los que determinan los precios, sino que son los precios que la gente está dispuesta a pagar por cada producto, los que determinan los costos de producción en que puede incurrir una empresa. Simple teoría subjetiva del valor que es la que regula las decisiones de realizar intercambios. Solo compro un producto si lo valoro más que los pesos que entrego. Si le doy menos valor, no hago el intercambio, y si le otorgo el mismo valor, tampoco porque estoy en un punto de indiferencia.

El famoso “remarcan por las dudas”, no es otra cosa que una forma que tiene el productor para defender su capital de trabajo. El productor (sea comerciante o fabricante) sabe que luego de vender tiene que reponer insumos o la mercadería que vendió. Como desconoce cuál será el costo de reposición dada la depreciación de la moneda producida por el BCRA, cuando tenga que volver a comprar mercaderías o insumos corre el riesgo de que los pesos recibidos no le alcancen para pagarlos y se termine consumiendo su capital de trabajo.

El consumidor compara bien los precios antes de comprar (NA)

El consumidor compara bien los precios antes de comprar (NA)

Unidad de cuenta y reserva de valor

El otro argumento es que las empresas remarcan productos que no tienen insumos importados. En primer lugar es una simple afirmación sin comprobación empírica. ¿Qué datos o serie histórica hay que demuestren tal comportamiento? Y, en todo caso, si así ocurriera la explicación sería que la gente adoptó el dólar como moneda. ¿O alguien va a negar que el argentino usa el dólar como su verdadera moneda?

Afirmar que se van a aplicar sanciones a quienes “abusen” con los aumentos de precios implica generar incertidumbre jurídica. Cómo decía antes, ¿cuál va a ser la vara para mediar el “abuso”? Por otro lado, no es el Poder Ejecutivo el que declara culpable e inocente a una empresa, sino el Poder Judicial. Al menos así funciona una República. El Ejecutivo no puede ser juez y parte. Y, ¿cuál sería la ley que se estaría violando para decir que hay aumentos abusivos? ¿En qué lugar de dicha ley dice cuándo un aumento es abusivo?

Más que estar controlando supuestos abusos de aumentos de precios, mecanismo que fue adoptado a la largo de 4.000 años en la historia de la humanidad (Robert L. Schusttinger – Eamonn F. Butler), con sus reiterados fracasos para frenar la inflación, y nuestra última y patética versión fue aplicada por Guillermo Moreno, el nefasto secretario de comercio de la era kirchnerista,me parece que lo mejor que puede hacer el Gobierno en bien de los consumidores, es equilibrar sus cuentas, bajando el gasto público, teniendo disciplina monetaria, reestructurando el Estado y aplicando un sistema tributario pagable por el contribuyente.

Si logra esos objetivos, conseguirá evitar que se deprecie la moneda, la economía gane en competitividad y los salarios reales crezcan por esa mayor productividad de la economía.

Las amenazas dejémoslas para la antigua forma de hacer política económica, tratando de controlar los precios a los palazos. Es un sistema muy primitivo que ha dado acabadas muestras de no funcionar.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

¿Qué debería cambiar el próximo gobierno?

Por Gabriel Boragina. Publicado el 1/11/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/11/que-deberia-cambiar-el-proximo-gobierno.html

 

En el marco del debate sobre las medidas que debería adoptar el próximo gobierno, se plantea la necesidad de mantener ciertas políticas encaradas por el actual y reformular -o directamente derogar- otras que se estima como contraproducentes.

En esta discusión, no sorprende constatar aquí muchas de las “recomendaciones” efectuadas por partidarios de la autodenominada “oposición” giran en torno al sostenimiento de buena parte o -podríamos incluso llegar a decir- de la mayor parte de las políticas asistenciales que han visto su proliferación e intensificación durante todo el periodo del gobierno que termina.

En particular, nos llamó profundamente la atención en la insistencia de ciertos “opositores” a la subsistencia de transferencias directas, tales como la denomina “Asignación universal por hijo” (AUH) sin que se aclare qué debería concretamente hacerse con el resto de los subsidios y transferencias que, alegremente, ha venido dispensado el gobierno próximo a finalizar.

Más allá que, como ya hemos explicado muchas veces, todo este tipo de transferencias directas o subsidios de unos sectores a otros empobrecen a todos a la larga (subsidiantes y subsidiados) pese a que, en un primer momento, luzca como que los subsidiados se “benefician” a costa de los subsidiantes, resulta sumamente curioso detenerse a pensar en las “razones” o “motivos” que pueden llegar a determinar que ciertas personas se muestren a favor de unos subsidios y no de otros.

En el caso de la AUH anteriormente mencionado, la pregunta que se impone es ¿por qué mantener este y no otros? Una respuesta tentativa podría ser porque se considera “justo”, “humanitario”, “solidario”, etc. a falta de otras “justificaciones” de orden económico. Es decir, “justificable” desde el punto de vista moral.

Pero esto nos mueve a nuevas preguntas del tipo ¿por qué ayudar económicamente a engendrar hijos podría ser másjusto, moral o solidario que alimentar a la gente, por ejemplo? ¿No sería acaso más solidario, moral, justo, etc. -en última instancia- que cada habitante de un país estuviera mejor y más alimentado que antes? ¿”Justificaría” esto la imposición de un subsistido o “asignación universal al hambre”?

Si lo único que va a tomarse como parámetro para decretar un subsidio o asignación es un criterio de justicia, solidaridad, humanidad, moralidad, etc. habría que concluir que todas, absolutamente todas las necesidades humanas deberían ser o estar subsidiadas por el “estado”, con lo cual la gente perdería automáticamente toda obligación y responsabilidad por proveer a su propio sustento, ya que ello “debería” ser un deber “indelegable” de los gobiernos.

No sorprende que este sea el criterio que prevalece entre los sectores de lo que a nuestro juicio se mal denomina “oposición” política al presente gobierno. Y no sorprende, dado que el marco cultural-político que predomina, tanto entre los votantes como entre los potenciales candidatos con mayores posibilidades de acceder la poder, es el del intervencionismo económico sustentado -a su turno- por la socialdemocracia, inspirada en torpes teorías que han recibido diversos rótulos, como el de “sistema mixto”, estado “de bienestar” o estado “benefactor”, de los cuales muchas veces nos hemos ocupado.

Como ya es costumbre en este tema, parece olvidarse que toda transferencia de ingresos de un sector a otro de la población genera efectos malsanos, tanto en el plano moral como en el económico. Repasémoslos sucintamente:

  1. En el plano moral, resiente la responsabilidad personal por el propio cuidado de uno mismo y de su familia para esperar que todo lo que se recibe provenga de dadivas otorgadas por el poder. Esto -a su turno- relaja cualquier inclinación hacia el trabajo y la producción, lo que determina un incentivo de poderosas dimensiones en pos de lo que se ha dado en denominar la cultura del ocio.
  2. En el económico genera un efecto contrario al que se deseaba, ya que lo que se les quita por la fuerza a los que lo han producido, para entregárselo a quienes no lo han producido, transforma, en el mejor de los casos, a los antes pobres en ricos, y a los antes ricos en pobres, con lo cual la sociedad, en su conjunto, no ha ganado nada. En ese supuesto -repitamos que sería el mejor escenario imaginable- el resultado sería un juego de suma cero, en el que lo que unos “ganan” lo fue porque otros lo perdieron. Y cuando entra a jugar lo que hemos señalado en el efecto 1, descubrimos que -a la larga- todo el conjunto social se ha visto perjudicado, descendiendo los niveles de vida a extremos impensados, y que no se hubieran dado en el caso de que el asistencialismo social no hubiera existido.
  3. El efecto político de estas medidas genera lo que se conoce como clientelismo, que no es otra cosa que una táctica política originada y destinada a cooptar y retener una buena masa cautiva de adeptos, los llamados idiotas útiles que son los que proporcionarán el caudal de votos necesarios para que los políticos -que conceden alegremente el fruto del trabajo ajeno a quienes nada han hecho por el mismo-, ganen en cada elección que se presenten. Sobran los dedos de una mano para encontrar gobiernos que no hayan recurrido a este “truco”. Las diferencias entre unos y otros no han pasado de mostrarse más “moderados” aquellos que estos en hacerlo.

Resumiendo lo hasta aquí esbozado, en tanto y cuanto el plafón cultural-moral-educativo no sufra modificaciones respecto de “ideas clave” como las de la libertad y responsabilidad individual, la importancia y el papel de la propiedad privada y de los mercados libres en la generación de riqueza y de mayores oportunidades para todos sin exclusión, etc. seguiremos “navegando en un mar” de gobiernos que practicarán populismo, y que se diferenciarán entre si nada más que respecto del grado en que lo harán. Pero hemos de tener en claro que dichas políticas no permitirán mejores niveles de vida para aquellos a quienes se dice ser sus destinatarios. Por el contrario, producto de los incentivos y desincentivos que operan en sentidos inversos, y a la descapitalización creciente que -en términos reales- implican estas “asistencias sociales”, la situación de los pobres (“excluidos” se les llama ahora) será cada vez mucho peor.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Nada más injusto que la justicia social

Por Gabriel Gasave. Publicado el 14/3/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/03/nada-m%C3%A1s-injusto-que-la-justicia-social.html

 

Que América Latina es una de las regiones más postergadas del planeta no es nada nuevo. Tampoco lo es el hecho de que la brecha entre pobres y ricos en la región cada día se está ampliando más y más. Décadas de estatismo y clientelismo político lo único que han logrado es que está situación sea cada vez más grave y notoria. Sin embargo, desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego se sigue insistiendo en la necesidad de que los gobiernos jueguen un rol preponderante en la tarea de tornar más justas y equitativas a nuestras sociedades.

Una vez más, nuestros caciques políticos hacen hincapié en que los ajustes de las economías regionales no deben traer aparejado un nuevo sacrificio para los sectores más desprotegidos de la sociedad.

Gran parte de la opinión pública coincide con ello y ruega por la puesta en práctica de la vieja idea de la redistribución de ingresos, creyendo que si se pone a la solidaridad en manos de esos iluminados burócratas, la condición de la gente va a mejorar-como si la situación actual de nuestros paupérrimos conciudadanos no fuese una muestra de lo que sucede cuando la solidaridad es colectivizada.

Por ello, resulta imperioso analizar qué idea económico-filosófica se encuentra detrás de las políticas redistribucionistas, aglutinadas hoy día bajo esa contradicción en términos que se ha dado en llamar la justicia social.

Repartiendo el pastel

Existen básicamente dos concepciones acerca de la riqueza y de la forma en que la misma debería ser distribuida en la sociedad.

1) La altruista-colectivista, actualmente predominante entre la opinión pública y la llamada clase dirigente. La misma sostiene que: a) Dada una cantidad de riqueza determinada, lo que debemos hacer respecto de ella es ver de qué manera la vamos a repartir, a redistribuir entre todos nosotros; b) Nadie se cuestiona en esta posición respecto de cómo surgió esa riqueza, ni de quiénes fueron los que contribuyeron a su concreción. Tan solo se preocupan por ver cómo hemos de repartirla; y c) Finalmente, esta postura considera además a la riqueza como algo estático, como lo sostenían los mercantilistas en el siglo XVII. Al ser ese “pastel” algo estático, siguiendo con este punto de vista colectivista, si alguien obtiene una porción más grande del mismo va a ser en desmedro de algún otro que ha recibido una más pequeña.

La sociedad se convierte así en una especie de “Juego de Suma Cero,” en el cual lo que uno gana es lo que otro ha perdido. Es ante esta injusticia, sostienen sus defensores, que el gobierno debe utilizar la totalidad de sus medios a fin de que todos reciban una idéntica tajada.

2) La otra posición sobre el particular, es la que tiene lugar en una sociedad libre y a la que podríamos sintetizar de la siguiente manera:

a) Siguiendo con la metáfora del “pastel,” el mismo no tendría límites, y nunca terminaría de estar “cocinado,” pues ese día pondríamos fin a la evolución de nuestra especie y comenzaríamos nuestro regreso a la época de las cavernas.

b) La riqueza no nos viene dada, sino que debe ser creada a través del proceso de mercado. Permanentemente les escuchamos decir a nuestros petulantes mandatarios que Latinoamérica es una región naturalmente rica, con amplias y fértiles extensiones de tierra y abundantes recursos naturales. Esto es cierto, pero no suficiente.

Hoy día la riqueza está dada fundamentalmente por el hecho de contar con cosas tales como computadoras, satélites de comunicaciones, fibra óptica, etc., y todo ello requiere esencialmente de un previo proceso de acumulación de capital para su realización, proceso al que nos hemos empecinado en atacar y destruir en aras de la “Soberanía Nacional” de manera sistemática desde hace ya muchísimos años, a través de toda una gama de artillería intervencionista, de la destrucción de varios signos monetarios y de una presión fiscal agobiante.

c) En una sociedad libre, cada uno recibirá de ese “pastel” en función de cómo haya contribuido con sus recursos y su esfuerzo personal en su elaboración. Esto es a lo que Ulpiano se refería al definir a la justicia como un “darle a cada uno lo suyo”, principio nada atractivo para los parásitos que aspiran a vivir de sus semejantes productivos y que pregonan que “a cada cual según su necesidad” en lugar de la racional “a cada cual conforme su capacidad”.

Cuando el robo se vuelve legal

Bajo un sistema de genuino laissez faire, la única alternativa que tiene cada uno de nosotros a fin de subsistir y de progresar es la de atender de la mejor manera posible las necesidades del mercado, es decir, de nuestros semejantes. Por supuesto que contamos con otra posibilidad para alcanzar dichos objetivos: robar. Este camino podría adoptar dos modalidades básicas. Hacerlo revolver en mano, lo que no solamente no es elegante y trae aparejado el descontento de nuestras víctimas, sino que además puede conducirnos a la cárcel; o realizar el saqueo de una manera mucho más sutil y menos riesgosa, logrando que el gobierno robe por nosotros.

Todo aquel que goza de un subsidio, de una exención fiscal, de una protección arancelaria, de un monopolio concedido por ley, etc., se está beneficiando en desmedro de todos nosotros, es decir nos está robando, con la ventaja de que ese acto, a todas luces ilegítimo, goza del amparo de la ley.

¿Justicia Social o Zoocial?

Ese saqueo legalizado es el corazón de las políticas que tienen por objeto redistribuir ingresos o de justicia social. Con esta expresión suele ocurrir algo parecido a lo que sucede con aquellos que creen haber presenciado un fenómeno ovni: se la pasan hablando de él, pero no pueden precisar realmente de qué se trata. Con la justicia social ocurre otro tanto. No hay dirigente político, sindical o eclesiástico que no deje de apabullarnos hasta el hartazgo con la necesidad de alcanzarla. Ahora bien, en cuanto uno los interroga acerca de su real significado y de qué aspectos de la misma la convertirían en más loable que la mera justicia, no se obtiene respuesta alguna.

Si concordamos en que lo justo es “darle a cada uno lo suyo” y observamos como las políticas de justicia social le quitan a unos lo que les es propio, para darle a otro lo que no le corresponde, ni le pertenece, notamos entonces que estamos ante una clara injusticia.

Podemos concluir, que no hay nada más injusto que una buena justicia social, la que no es otra cosa que ponerle un nombre sofisticado al viejo acto de robarle al prójimo, motivo por el cual, a nuestro juicio, más que social debería denominársela “zoocial”, en virtud de que nos trata a todos como animales de sacrificio para los fines de terceros.

El ser humano es un fin en sí mismo, mientras que la justicia social nos considera a cada uno de nosotros como un mero medio para los fines de los demás, como “carne de cañón” que debe ser sacrificada en aras de la tribu o de ese engendro imposible de definir llamado “bien común”.

Primera del singular

Al sostener una posición como la descrita, no es extraño que alguien nos cuestione acerca de qué sucederá con los pobres y los necesitados en una sociedad libre. ¿Qué vamos a hacer por ellos?

Aquí es precisamente donde radica el error. No se trata de qué vamos a hacer, sino de ver qué voy a hacer YO por los necesitados (si es que entre mis valores se encuentra el hecho de brindarles mi ayuda.)

Debemos comprender de una buena vez que tanto la solidaridad como la caridad son actos esencialmente individuales y libres, imposibles de ser colectivizados sin perder su esencia. Yo soy solidario o caritativo cuando voluntariamente me desprendo de algo que me pertenece (si me roban con la excusa de ayudar a un tercero, ni yo, y mucho menos el ladrón, estamos siendo solidarios, y si además se hace demagógica propaganda del hecho, el mismo se convierte en una verdadera burla al supuesto beneficiario).

Debe entenderse que la única obligación que debería sernos impuesta para con nuestros semejantes es la de no molestarlos, ni inmiscuirnos en el ámbito de su libertad. Todo lo demás que deseemos hacer con y para ellos, debería quedar librado exclusivamente a decisiones personales y voluntarias.

Para cerrar estas reflexiones, nada me parece más adecuado que acudir a los argumentos que la Sra. Ayn Rand expone en una de sus obras:

“La próxima vez que usted se encuentre con uno de esos soñadores ‘inspirados por el bien público’, que le espete con rencor que ‘ciertas metas muy deseables no pueden ser alcanzadas sin la participación de todos’ dígale que, si no puede obtener la participación voluntaria de todos, será mejor que esa meta permanezca sin ser alcanzada- y que las vidas humanas no le pertenecen, ni tiene derecho a disponer de ellas. Y, si lo desea, déle el siguiente ejemplo de los ideales que pretende. Es posible para la medicina quitar las córneas de los ojos de un hombre inmediatamente después de su muerte y transplantarlas a los ojos de un hombre vivo ciego, devolviéndole así, en ciertos tipos de ceguera, la vista. Esto, de acuerdo con la ética colectivista, presenta un problema social.¿Debemos esperar a que un hombre muera para quitarle los ojos cuando hay otros hombres que los necesitan? ¿Debemos considerar los ojos de todos como propiedad pública y proyectar un método de distribución justo? ¿Estaría usted de acuerdo en que se le quite a un hombre vivo un ojo para dárselo a un ciego e ‘igualar’ así a ambos, NO? Entonces no continúe bregando por cuestiones relacionadas con ‘proyectos públicos’ en una sociedad libre. Usted conoce la respuesta. El principio es el mismo”.(La Virtud del Egoísmo- Éticas Colectivizadas. p.20.)

Tras largas décadas de haber sistemáticamente atacado la generación de riqueza, nuestros mandatarios deberían añadirle algo de sentido común a sus ya conocidas nobles y buenas intenciones. Deberían percatarse de que la solución no pasa por el hecho de terminar con los ricos sino por ampliar su número.

 

Gabriel Gasave es investigador para el  Center on Global Prosperity del The Independent Institute. Se graduó de Abogado en la Universidad de Buenos Aires, estudió Ciencias Políticas en Lock Haven State College en Pennsylvania, Y realizó una maestría en Economía y Administración en ESEADE. Ha sido secretario académico  de ESEADE.