Enrique IV: El líder usurpador

Por Luis del Prado:

 

Enrique, conocido como Bolingbroke por el nombre del castillo en el cual nació, era nieto del Rey Eduardo III e hijo de Juan de Gante y de su primera esposa Blanca de Lancaster[1], siendo el cuarto descendiente del matrimonio. La muerte de sus tres hermanos mayores en la infancia lo transformó en el heredero de su padre.

Desde 1387 hasta 1390, Bolingbroke lideró la facción opositora a su primo hermano el rey Ricardo II de Inglaterra. Posteriormente combatió  junto con los caballeros teutónicos contra los lituanos y peregrinó hasta Tierra Santa, concretamente hasta Jerusalén.

Bolingbroke fue desterrado en 1398 por una orden arbitraria e intransigente de Ricardo II, quien le prometió que no perdería sus propiedades y herencias. Pero a la muerte de Juan de Gante, Ricardo no cumplió con lo prometido y confiscó todos los bienes que debía heredar Bolingbroke. Motivado por esa injusticia, reclutó un ejército, invadió Inglaterra, derrocó  y capturó al rey Ricardo II, quien tuvo que renunciar al trono.

En la obra se hacen tangibles las consecuencias de la voluntad de poder de Bolingbroke tras destronar a Ricardo II. Pese a su afirmación que “sólo quería recobrar su herencia robada”, la agudeza del personaje hizo que también se viese tentado a aprovecharse de las circunstancias y “hacer algo más”.

El genuino motor para convertirse en rey fue el apoyo de los nobles y aliados que lo aclamaban como tal. La decisiva abdicación de Ricardo permitió legitimar la ambición de Bolingbroke; pero no pudo librarse de la maldición hecha por su primo[2]:

 Cada paso que da Bolingbroke en mi reino constituye una peligrosa traición. Ha venido para abrir el rojo testamento de la guerra sangrienta; pero antes que la corona que él codicia sea llevada en paz, las coronas ensangrentadas de diez mil hombres desfigurarán el rostro florido de Inglaterra y regarán la hierba de sus prados con fiel sangre inglesa.

Ese mismo año, el Parlamento Inglés coronó a Bolingbroke como rey  con el nombre de Enrique IV de Inglaterra y la maldición de Ricardo se cumplió: los escoceses y galeses, apoyados e instigados por Francia, iniciaron una gran revuelta. Sin embargo, los escoceses fueron  derrotados, aunque los galeses continuaron con la rebelión durante siete largos años.

Enrique IV nunca llegó a sentirse cómodo por la manera en que consiguió el poder, destronando a un rey legítimo. Las continuas rebeliones que tuvo que enfrentar durante todo su reinado y los dolores de cabeza que le dio su heredero (el futuro Enrique V) contribuyeron a aumentar esa desazón.

Las dos obras que le dedica Shakespeare a Enrique IV abordan una temática común con resultados opuestos en dos personajes: el esfuerzo de Enrique IV para tratar de “ser mejor rey que Ricardo II” y el aprendizaje poco convencional del Príncipe Hal (el futuro Enrique V) para convertirse en rey.

La angustia de Enrique IV por el comportamiento de su hijo Hal se incrementa cuando se entera de la muerte de Ricardo. Sumado a eso, debe lidiar emocionalmente con la dualidad “ser humano/rey”:  el hombre quiere emprender una cruzada hacia Jerusalén en un intento por limpiar la sangre derramada de su primo asesinado, pero el Rey tiene que dedicarse a aplacar el levantamiento de los galeses y los escoceses.

La visión de Enrique IV y del príncipe Hal sobre cómo debía actuar un Rey, era totalmente distinta de la que encarnó Ricardo II, quien era un monarca con autoridad absoluta y con un fuerte vínculo simbólico con las fuerzas sobrenaturales. Cuanto más cerca de Dios, más cruciales se volvían sus cualidades de liderazgo y su inteligencia, factores determinantes para la felicidad y salud de sus súbditos. Tanto para Enrique como para su hijo, seguir tales parámetros era inviable. Ambos intuían que debían crear un nuevo vínculo interactuando con la gente y basando su liderazgo en hechos concretos y visibles.

Del mismo modo que Enrique IV derroca a Ricardo II, un rey entregado al narcisismo y a los placeres, Enrique V propone una nueva política que no solo da por tierra con los oscuros augurios heredados, sino que, sobre la base de instancias concretas, desarrolla un proyecto soberano que, como tal, pretende afianzarse en el presente diferenciándose del pasado feudal.

Enrique V logra consolidar lo que su padre (en definitiva, un monarca de transición) no pudo hacer: crear un orden político que se concibe en términos de una realpolitik, concepto que inspirará muchos años después a Isabel  I. Se trata de un estilo de gobierno que pone el foco en lo concreto y no en lo ideal.

Al respecto, dice Maquiavelo[3]:

Me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas que la simple imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación.

Shakespeare incluye en las dos obras dedicadas a Enrique IV al personaje de Sir John Falstaff, una de sus más célebres creaciones, que también aparece en la comedia Las alegres comadres de Windsor y en el drama histórico Enrique V.

Falstaff juega un rol crucial porque le brinda al Príncipe Hal (el heredero del trono) un profundo conocimiento de la cultura y el lenguaje de la gente común, hecho que lo convierte en un líder diferente a los otros que aparecen en las obras de Shakespeare.

La relación que se da entre ambos es sumamente interesante. El Príncipe Hal escucha y aprende de Falstaff, aunque es consciente del abismo social que los separa.

En varias de sus obras, Shakespeare incluye algunos personajes “tontos” y de estratos sociales bajos con el objetivo de que les enseñen algunas lecciones difíciles a los protagonistas, debido a que aquellos poseen un tipo de conocimiento que no está presente en las personas de clase alta cercanas al poder.

Falstaff representa otra manera de mostrar esta lección: Shakespeare crea un personaje que mantiene una relación duradera con el Príncipe, a partir de la cual éste aprende sobre la vida, el lenguaje y las costumbres del pueblo.

Para nuestra sociedad, Falstaff sería un personaje de clase media. Fue nombrado caballero y había sido un soldado sumamente activo en el pasado. Tenía muy poco dinero y es representado por Shakespeare como un gordo pícaro, amante de la bebida y de las mujeres y sumamente querible.

Ahora bien, es legítimo preguntarse ¿qué lecciones pueden aprenderse de un ex soldado gordo, borracho y mujeriego?

Como respuesta inicial a este interrogante, podemos afirmar que se trata de alguien que está fuera de los círculos del poder, por lo que puede aportar una perspectiva distinta acerca del funcionamiento de la organización. El filósofo Ludwig Wittgenstein afirmaba que no puede esperarse nada inteligente de una persona que nunca hizo tonterías.

En las dos obras en las que aparece, Falstaff transmite su mensaje de una manera no convencional e informal, lo que contrasta con la educación formal y la seriedad del Príncipe Hal. De esta manera, Shakespeare nos muestra que, a veces, los líderes necesitan salir de su postura seria y aburrida, para ver las cosas desde otro ángulo.

Por eso el autor nos muestra al futuro rey aprendiendo lecciones acerca de los seres humanos, del liderazgo y de la vida en general de un gordo pícaro de clase inferior.

La presencia de Falstaff le otorga al Prìncipe Hal un tipo de compañerismo y de educación que nunca hubiera podido tener con su padre, el Rey Enrique IV. Falstaff lo quiere al Príncipe por lo que es en ese momento, no por lo que pudiera llegar a ser en el futuro.

 

Tina Packer  sostiene que[4]:

Falstaff es una figura materna para el Principe Hal. La esposa del Rey Enrique IV prácticamente no aparece en la obra. Es Falstaff quien parece adoptar el rol materno de querer al hijo sin importarle nada más, de manera incondicional.

Falstaff estaba fuera de Londres cuando se entera de la muerte de Enrique IV, el padre de su amigo, el Principe Hal. Con la ilusión de recibir favores de su amigo Hal, ahora convertido en el Rey Enrique V,  Falstaff cabalga toda la noche para asistir a la coronación.

Dado que llega demasiado tarde para entrar a la Abadía de Westminster, tiene que quedarse fuera junto con la multitud y saluda al Rey a los gritos cuando pasa a su lado.

Pero el Rey no reconoce a su viejo amigo y le dice[5]:

No te conozco, anciano. Ve a tus oraciones. ¡Qué mal sientan los cabellos blancos a un loco y a un bufón! Largo tiempo he soñado con un hombre de esa especie, tan hinchado por la orgía, tan viejo y tan profano. Pero, despierto, he despreciado mi sueño.

No es precisamente la clase de bienvenida que esperaba Falstaff de su amigo, luego de haber cabalgado toda la noche.  El Rey Enrique continuó diciendo[6]:

No presumas que soy lo que fui; porque el cielo lo sabe y el mundo se apercibirá, que he despojado en mí el antiguo hombre y que otro tanto haré con aquellos que fueron mis compañeros. Cuando oigas que soy lo que fui, acércate y serás lo que fuiste, el tutor y el incitador de mis excesos. Hasta entonces, te destierro, bajo pena de muerte, como he hecho con el resto de mis corruptores; y te prohíbo permanecer a menos de diez millas de mi persona.

A pesar de ello, ni el flamante Rey ni Shakespeare pueden disimular el afecto que sienten por Falstaff. Por eso, el Rey le ofrece una pensión, en contra de la opinión de su entorno que consideraba a Falstaff como una mala influencia y sostenían que debía ser ejecutado. El flamante Rey le dice[7]:

En cuanto a medios de subsistencia, yo los proveeré, para que la falta de recursos no te empuje al mal: y si sabemos que os habéis reformado, entonces, de acuerdo con vuestras facultades y méritos, os ocuparemos.

Falstaff, incrédulo, le dice a uno de sus compañeros que el Rey está montando un espectáculo en público y que, seguramente, luego lo va a recibir en privado para poner las cosas en su lugar.

Rápidamente es interrumpido por el hermano del Rey, quien lo lleva a prisión hasta que se cumpla la expulsión de Londres.  En la corte estaban todos impresionados por el tratamiento que le dio el Rey a su viejo compañero de andanzas. Finalmente Falstaff, rechazado por su amigo, muere de un ataque cardíaco.

Las sociedades y las organizaciones necesitan personas que con su manera de pensar cuestionen los paradigmas establecidos. Shakesperare nos muestra que dichos cuestionamientos no suelen surgir de los beneficiarios del paradigma actual (en este caso, los nobles y los caballeros), sino de los sectores marginales.

Antes de morir, Enrique IV aconseja al futuro Rey que priorice la conquista de los  territorios franceses. Esa estrategia le permitiría al joven Rey probar su valor en la guerra y diluir la dudosa reputación  asociada con sus antiguos compañeros.

Enrique V sabía que el primer paso en este sentido consistía en distanciarse de Falstaff. Por supuesto, se trata de una situación que admite distintas interpretaciones: mientras que a algunos puede parecerle que el Rey estaba limpiando su imagen,  otros pueden opinar que con ese acto de deslealtad la está manchando.

En las dos partes de Enrique IV y en Enrique V, Shakespeare muestra de manera evidente que el derecho de sangre sobre el que se apoya la monarquía feudal es objeto de constantes ataques. En el Renacimiento inglés, esta mitología ya no resulta aplicable y muestra signos de caducidad. En su detrimento opera una nueva concepción de política de vertiente maquiavélica que propugna la separación entre la esfera espiritual y la terrenal, y la consolidación de esta última. Si la sangre ya no da cuenta de las prerrogativas reales por sobre el resto de los sujetos, lo empírico es el punto sobre el que el rey se esgrime como legítimo soberano.

La transición de una concepción de poder a otra puede resultar, sin embargo, desestabilizadora para la propia monarquía; es por eso que la obra deja en claro que los fundamentos feudales son prescriptibles, pero no la monarquía  como forma de administrar el poder. Si bien la filosofía política medieval decae, no es sustituida por una república, sino por una nueva forma de monarquía más moderna.

El caso de Enrique IV nos muestra claramente las consecuencias que puede tener una decisión arbitraria. Harold Bloom[8] se pregunta qué hubiera sido de la vida de Bolingbroke si Ricardo II no hubiera abusado de su poder, confiscándole los bienes.

Por otra parte, una mala decisión de quien detenta el poder no necesariamente lo vuelve ilegítimo, aunque muchas veces se utiliza como excusa para derrocarlo. Las actitudes de algunos políticos argentinos nos muestran que estas cuestiones no han cambiado demasiado desde la época de Shakespeare.

Es muy difícil salir indemne luego de haber ejercido una posición de mucho poder. Esas consecuencias se agravan aún más cuando se accede al poder de una manera ilegítima, como en el caso de Enrique IV, a pesar que el ser humano siempre construye algún relato que justifica sus acciones.

 

 Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anexos

 

[1] Ver Anexo

[2] “Ricardo II”  Acto III. Escena 3

[3] Maquiavelo, Nicolás. 1993. El príncipe. Barcelona: Altaya. Trad.: Helena Puigdomenech.

[4] Packer, Tina & Withney, John. (2000). Power Play. Simon & Schuster. New York, USA

[5] “Enrique IV. Parte 1”. Acto 2 Escena 4

[6] “Enrique IV. Parte 2”. Acto 5 Escena 5

[7] “Enrique IV. Parte 2”. Acto 5 Escena 5

[8] Harold Bloom es probablemente el crítico más aclamado de la obra de Shakespeare. Autor de numerosos libros, entre los que se destaca  “Shakespeare. The invention of the human”. (1998) Riverhead. New York, USA