Resurgimiento liberal

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 8/12/19 en:  https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/resurgimiento-liberal.html

 

¿Cómo puede afirmarse lo que se consigna en el título de esta nota periodística cuando se observa en el mundo de hoy la xenofobia, el nacionalismo y el mal llamado “proteccionismo” en el contexto de un estatismo galopante? Es que como han señalado Milton y Rose Friedman en un célebre ensayo titulado “La corriente en los asuntos de los hombres” (traducido y publicado con permiso de los autores en la revista académica Libertas, Buenos Aires, No. 11, Año VI, octubre de 1989), lo que vemos al momento es lo que surge en la superficie pero debe bucearse y detectar las corrientes y contracorrientes que vienen gestándose bajo la superficie al efecto de poder espiar el futuro.

 

Escrutando así lo que viene en la próxima oleada, pongo por ejemplo la situación argentina. Puede conjeturarse con sobrados elementos de juicio que en el corto plazo la noche será oscura, pero si se mira bajo la superficie el cuadro de situación se presenta alentador. Las ideas liberales de Juan Bautista Alberdi permitieron un país floreciente luego de la tiranía rosista, desde la Constitución de 1853 hasta desbarranque colosal del golpe fascista del 30 y con mucha mayor velocidad en el declive a partir del golpe del 43 que nos encuentra a los argentinos desde entonces en un descalabro sistemático.

 

Decimos que bajo la superficie las perspectivas se manifiestan alentadoras debido a lo que principalmente ocurre con una proporción llamativamente grande de gente joven que estudian y difunden los valores y principios de una sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana). Por ejemplo, lo que viene sucediendo en instituciones notables como la Fundación Naumann, Federalismo y Libertad en Tucumán, las fundaciones Libertad y Bases en Rosario, la Fundación Libre en Córdoba, el Club de la Libertad en Corrientes, lo que ha realizado la Fundación Alberdi en Mendoza, en Buenos Aires Libertad y Progreso y el Instituto Amagi. Todas entidades que reúnen numerosos profesionales que publican artículos y ensayos, dictan clases y exhiben tesis doctorales con alto grado de excelencia.

 

Estos jóvenes reunidos en esas y otras instituciones y cátedras universitarias son estudiosos de historia para evitar que se repita aquello que señaló Aldous Huxley: “La lección más importante de la historia es que no se ha comprendido la lección de la historia”. En el denominado Salón Literario inaugurado en Buenos Aires, en 1837, el antes mencionado Alberdi expresó en una de sus ponencias que “mal nos será dado caminar si no sabemos de dónde venimos ni dónde vamos” y su colega Esteban Echeverría, en la misma asociación, aseveró que “no nos basta el entusiasmo y la buena fe, necesitamos mucho estudio y reflexión, mucho trabajo y constancia”.

 

Es de interés recordar que los argentinos estábamos a la vanguardia del mundo civilizado antes de la avalancha populista que aun nos persigue con una perseverancia digna de mejor causa. Reitero que antes de este aluvión,  los salarios de los peones rurales y los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Las oleadas inmigratorias a nuestro país competían con las costas de Estados Unidos.

 

Luego ocurrió lo que podríamos bautizar como “el síndrome Tocqueville”, autor que sostuvo que es común que en países de gran progreso moral y material los habitantes dieran eso por sentado. Y ese es el momento fatal, puesto que se dejan espacios a otras tradiciones de pensamiento, en nuestro caso el keynesianismo, el cepalismo y los socialismos que fueron lo que el matrimonio Friedman denomina la contracorriente bajo la superficie que anticipó lo que luego desafortunadamente sucedió.

 

En un plano más amplio, hay otros síntomas que aparecen como halagüeños en el mundo hispanoparlante, por ejemplo que una editorial comercial estime que será negocio la traducción y publicación de un libro como El problema de la autoridad política de Michael Huemer (Deusto Editores, 2019), obra que adelanta debates muy suculentos que ameritan tener muy en cuenta pues nuevamente calan bajo la superficie.

 

También y fuera del caso argentino es muy interesante el de nuestros hermanos uruguayos -antes “la Suiza de América latina”- que presentan rasgos de reacción frente al populismo que, entre otros recientes, puede ilustrarse con la faena tan encomiable y productiva por parte del Centro de Estudios para el Desarrollo.

 

Sin duda que las acciones que contrarrestan lo señalado son muchas y vienen de largo puesto que no es un invento liberal el otorgar relevancia trascendental a la educación, pero lo atractivo de esta aventura del pensamiento es que cuando las audiencias son expuestos a razonamientos y argumentos de peso se vuelcan al liberalismo que no es más ni menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros.

 

Es de esperar que las personas honestas intelectuales hoy en otra posición se percaten que cuando se dice que los aparatos estatales deben hacer una cosa o la otra, son los vecinos los que se hacen cargo al ser esquilmados en el fruto de sus trabajos y esto indefectiblemente perjudica a todos, muy especialmente a los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La ideología económica de los argentinos

Por Carlos Newland: 

 

Argentina es un caso único de involución económica. De pertenecer a principios del Siglo XX al conjunto de países de mayor ingreso per cápita, ha ido perdiendo puestos en la carrera mundial del crecimiento y hoy en día su tamaño a nivel global se ha reducido a la mitad de su peso en 1910. Sin duda un gran responsable de esta situación ha sido un entramado regulatorio institucional perverso que ha puesto todo tipo de frenos al desarrollo de sus fuerzas productivas. En el último Índice Fraser (2018) que mide la calidad institucional económica global, Argentina aparece en el puesto 160 de 162 naciones. Sólo es superada negativamente por Libia y Venezuela. Prácticamente todas las naciones africanas tienen mejores marcos de funcionamiento que la Argentina y sin duda un anhelo de sus habitantes debiera ser algún día parecerse más al continente negro.  ¿A qué tipo de instituciones se refiere el Índice Fraser?  A las regulaciones aplicadas sobre la iniciativa privada, el respecto a la propiedad, al tamaño del gobierno y de los subsidios, el proteccionismo, la inflación y el déficit fiscal, y la presión impositiva. Puede postularse que el marco institucional argentino no es consecuencia de algún factor aleatorio y circunstancial, sino que es en gran media una consecuencia del tipo de cultura económica poseída por su población, o su ADN ideológico, como se lo ha denominado recientemente en los medios de comunicación.

Prácticamente no hay estudios de la ideología predominante en la población argentina, por el que su análisis queda limitado a opiniones o manifestaciones culturales puntuales. Un ejemplo significativo lo brinda lo que es en la práctica el segundo himno nacional argentino. El primero es el Himno Nacional de 1812, una canción patriótica entonada por el ejército revolucionario en sus acometidas contra las tropas españolas. El segundo, tan cantado como el primero, es la marcha peronista, últimamente vocalizado jovialmente en reuniones de dos principales partidos argentinos, el macrista y el kirchnerista (para llamarlos de alguna manera). Este también es un himno de guerra, pero no contra realistas, sino contra el capitalismo. Así dice en una de sus estrofas:

Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo,
combatiendo al capital.

Que en 1947, cuando la composición fue interpretada por primera vez públicamente en la Casa Rosada, se enunciara tal objetivo es sorprendente. Ya para entonces existía a nivel global un gran consenso de que la acumulación de capital era un ingrediente principal para el logro del crecimiento económico y que toda nación desarrollada debía poseer un alto stock de este factor de la producción. Queda claro que el pensamiento económico de los argentinos presentaba ya entonces algunos rasgos muy particulares, los que se encarnaron de pleno en las políticas peronistas de aumento del tamaño del Estado, proteccionismo y regulación. Pero esta mentalidad no era nueva. Ya en 1928 José Ortega y Gasset marcaba que los argentinos tenían incorporada en su cultura la idea de un Estado hipertrófico y excesivo. A la vez, no vivían conectados con su contexto y realidad, sino más bien proyectados en un futuro idealizado e ilusorio.   El economista argentino contemporáneo Emilio Coni, apoyando la visión del filósofo español, aclaraba en 1930 que los argentinos eran grandes creyentes en el “Estado-Providencia”, una entidad que el ciudadano esperaba solucionara sus problemas laborales ofreciéndole empleo sin pedirle mucho a cambio. Esta valoración del Estado, unido a un cierto irrealismo, parece ofrecer las condiciones ideales para prácticas populistas de incremento de las erogaciones sin una evaluación de su financiamiento ni de su impacto a largo plazo. Y así la historia argentina destaca por un continuo déficit fiscal, y por una insoportable inflación, su contracara.  Pero podemos retroceder aún más hasta mediados del siglo XIX y evocar al pensamiento de Juan Bautista Alberdi, inspirador de la constitución de 1853. Para Alberdi el principal impedimento para el desarrollo de la Argentina -y de toda América Hispana- era la falta de apreciación social de la figura empresarial. Los héroes a los que se levantaban monumentos públicos, dedicaban obras poéticas y libros de historia eran siempre políticos o militares, quienes para este pensador eran primordialmente destructores y no creadores de riqueza. No ocurría lo mismo con los que debían ser lo verdaderos héroes, los emprendedores. Alberdi consideraba era necesario lograr un nuevo paradigma social, el del empresario desarrollador tanto de proyectos industriales como agropecuarios. Escribía en las Bases en 1852:

[l]a nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar en las costumbres del pueblo, como estímulo moral, la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa, el patriotismo belicoso por el patriotismo de las empresas industriales que cambian la faz estéril de nuestros desiertos en lugares poblados y animados…

Queda claro que la descripción de Alberdi o de Ortega y Gasset sigue vigente en la actualidad. El anticapitalismo imperante se asocia muy bien con la otra característica que señalaba el filósofo, una mentalidad fantasiosa y poco realista.  En particular ello explicaría el por qué en los contextos de gasto o déficit fiscal crítico se implementan planes económicos excesivamente optimistas y condenados al fracaso por los desequilibrios que causan: típicos han sido los esquemas que para contener la inflación en lugar de recortar los gastos generan una dañina revaluación de la moneda. Por otra parte, todo intento de reforma, de “achicar el gasto” sólo perdura en los primeros momentos de los gobiernos: pronto las demandas sociales aplastan tales intenciones.   Ciertamente las políticas económicas argentinas cumplen una regularidad: se reiteran situaciones de populismo que incluyen gasto público exacerbado, inflación, aumento de deuda y revaluación de la moneda, seguidas por crisis en el sector externo, en la actividad productiva y de empeoramiento de los salarios reales. Dentro de cada ciclo también se produce otra repetición: el nuevo gobierno que busca solucionar el desequilibrio generado por su predecesor repite luego de un tiempo las mismas conductas. La apreciación en 1933 del economista Luis Roque Gondra sobre la política económica del general golpista José Uriburu parece poder aplicarse a muchos otros períodos: “Como otros cómicos, seguíase representando la misma comedia demagógica momentáneamente interrumpida por (el cambio de gobierno)”. Un buen ejemplo lo relata el Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz que en 1978 presentó a la Junta Militar dos alternativas para, de una vez por todas, dominar la inflación heredada del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La primera era bajar la emisión, lo que claramente implicaba un recorte del gasto. La segunda era “pisar” el tipo de cambio, lo que traccionaría a la baja las expectativas de aumentos de precios. La segunda medida claramente no solucionaba estructuralmente el tema y sólo podía tener efectos de corto plazo. La opción de la Junta Militar en favor de la esta última opción fue, según el ministro, “contundente”. Otro caso lo ofrece el economista Ricardo López Murphy quien como ministro en 2001 propuso al presidente Fernando de la Rua un recorte del gasto, una propuesta que sería (considerando lo que ocurrió posteriormente) bastante modesta. Pero el presidente decidió reemplazarlo por Domingo Cavallo quien parecía ofrecer una salida más indolora a la crisis. Los gobernantes, ha manifestado López Murphy, tienen una propensión en situaciones críticas a escuchar diagnósticos y propuestas optimistas, que por otra parte estiman les permiten no perder su popularidad. Los primeros años del gobierno de Mauricio Macri no escapan a esta ley: en lugar de reducir el tamaño gigantesco del Estado y el altísimo déficit heredado de Cristina Kirchner, postuló en cambio que el gasto se reduciría naturalmente gracias al gran crecimiento económico propulsado por una presunta lluvia de inversiones externas. Como siempre, por tal fantasía se pagó y se está pagando un altísimo costo recesivo: entre 2018 y 2019 la caída acumulada del PBI rondará el 5%. Lentamente, pero a paso seguro, Argentina se está convirtiendo así en una economía latinoamericana más, incluso siendo superada por otras naciones otrora pobres de la región, como Chile.

Todo lo presentado es plausible, ¿pero hasta qué punto es un cuadro objetivo?  Una cuantificación de la mentalidad anticapitalista o anti mercado de la población argentina lo ofrece el Índice Global de Pensamiento Pro Mercado  (FMMI) elaborado por el que escribe estas líneas junto a Pal Czegledi y que fuera presentado en 2018 en diversas publicaciones. La materia prima de este ranking son preguntas incluidas en la Encuesta Mundial de Valores, un emprendimiento global que investiga las actitudes de la población de muchas naciones sobre diversos temas culturales, sociales, religiosos, económicos y políticos. Entre las preguntas que incluye se encuentran algunas cuyas respuestas se han tomado para caracterizar la ideología económica media nacional. Ellas incluyen opiniones sobre la valoración de la competencia, la apreciación de la iniciativa privada sobre la estatal, la idea de que todas las partes se benefician del intercambio y la necesidad de que el individuo pueda actuar con libertad en sus acciones económicas. El índice da como resultado que los países más pro capitalistas del globo son aquellos pertenecientes a la Anglósfera: Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Este grupo es seguido por naciones del Norte Europeo, como Alemania o Suecia, y por los países de la Sinósfera, como Japón, Taiwan o China. ¿Cuál es el conglomerado mundial más anticapitalista? Es Europa del Este, cuyo largo paso por el comunismo parece haber dejado una marca indeleble. ¿Y dónde está Argentina? No es sorprendente que mi nación se ubique en los últimos puestos de la tabla, compartiendo posiciones con Rusia y Ucrania. Argentina es ideológicamente como aquellas naciones educadas durante décadas en la ideología socialista anti mercado. Claro que en Argentina no fue necesaria la imposición de una indoctrinación comunista para llegar a tal estadio.

Quien escribe estas líneas pudo discutir con frecuencia tales cuestiones con su maestro Ezequiel Gallo, quien sin duda compartía plenamente el diagnostico de Ortega y Gasset y Alberdi. Y ¿cuál hubiera sido la conclusión practica o de acción de este gran historiador argentino? Posiblemente ninguna. Ezequiel era un gran creyente en la evolución social y estaba muy lejos de esperar mucho de cambios entusiastas generados por gobiernos revolucionarios. Aunque él era claramente miembro de una minoría liberal, no hubiera de ninguna manera deseado aplicar sus ideas a la fuerza o con la ayuda del Estado. Simplemente hubiera concluido que lo óptimo era, luego de escuchar al opositor ideológico, intentar convencerlo amablemente. Y el mejor convencimiento era logrado en el caso de un historiador, por mesuradas y meditadas contribuciones al conocimiento del pasado argentino y sobre las trabas que han existido a su desarrollo.

Bibliografía

CONI, Emilio. El hombre a la ofensiva. Buenos Aires, 1930.

GONDRA, L. Elementos de Economía Política. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1933.

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “How is the pro-capitalist mentality globally distributed?Economic Affairs 2018. 38,2: pp. 240-256.-

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “Measuring Global Free Market Ideology 1990-2015” en: Gwartney et al. Economic Freedom of theWorld. 2018 Annual Report (Incluye el Ïndice Fraser).

GOMEZ, Alejandro y NEWLAND, Carlos.“Alberdi, sobre héroes y empresarios”. Cultura Económica, 2014.

ORTEGA Y GASSET, J. (1962b). “El hombre a la defensiva”. En su “Meditación del Pueblo Joven” (pp. 15- 51).  Revista de Occidente. Madrid: 1962. (Publicado inicialmente en1929).

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

Otra vez sobre la importancia de dolarizar

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 17/9/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Otra-vez-sobre-la-importancia-de-dolarizar-20180916-0010.html

 

Otra vez sobre la importancia de dolarizar

 

En estos días volví a publicar sobre la dolarización como un medio para salir del maléfico proceso inflacionario que carcome salarios a pasos agigantados. Estoy con esta cantinela desde que me incorporé hace tiempo a la Academia Nacional de Ciencias Económicas en la que titulé mi presentación “Dolarización, banca central y curso forzoso”.

 

Es un pretexto para abandonar la nefasta institución de la banca central creada por los conservadores del 30 y para que la gente pueda elegir libremente la moneda con la que prefiere llevar a cabo sus transacciones. El premio Nobel en economía Friedrich Hayek ha escrito que “hemos tardado doscientos años en darnos cuenta del bochorno de unir a la religión con el poder político, es de desear que no demoremos otro tanto en darnos cuenta que la unión del dinero con el poder político es solo para succionar el fruto del trabajo ajeno”.

 

Desde luego que dolarizar no implica una medida de naturaleza distinta sino una cuestión de grado ya que se ata la moneda local a otra autoridad monetaria, pero si se elimina el curso forzoso al peso o si se comienza por instaurar el curso legal también al dólar para que cada uno puede revelar sus preferencias en los contratos, ese primer paso abre las posibilidades para futuros caminos de libertad.

 

Es de gran interés recordar que, por ejemplo, en la declaración de la Unión Cívica Radical encabezada por Leandro Alem se lee que “El banco oficial constituye siempre un peligro permanente, porque siempre será un medio político sujeto a la influencia de las pasiones partidarias”. Y en el discurso de Alem en la legislatura con motivo del debate sobre la federalización de Buenos Aires, aconsejó: “gobernad lo menos posible, porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad”. Por su parte, Juan Bautista Alberdi, el padre de nuestra Constitución fundadora, escribió “Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno el poder omnímodo  vivirá inalterable como un gusano roedor en el corazón de la Constitución”.

 

Como he consignado antes, no repitamos tropelías nacionalistas en cuanto a que la moneda es símbolo de soberanía puesto que sería lo mismo que alegar la soberanía de la zanahoria o la papa. Tal como reza el cuento del lobo feroz, el manejo del dinero por el gobierno es solo para comernos mejor. Es como ha escrito Milton Friedman, otro premio Nobel en economía, en su última contribución sobre temas monetarios: “el dinero es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de banqueros centrales”.

 

Por su puesto que si seguimos con gastos públicos elefantiásicos, impuestos insoportables y deudas colosales, no habremos resulto nuestros problemas acuciantes, pero si se dolariza en el sentido apuntado o a través de otras combinaciones que llegan al mismo puerto, por lo menos habremos eliminado la desgracia superlativa de la inflación.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La Argentina hoy

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 1/9/18 en https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/argentina-hoy.html

 

Es importante tener presente que los argentinos estuvimos a la vanguardia de las naciones civilizadas desde su Constitución liberal de 1853 hasta los golpes fascistas, primero del 30 y con mucho más furor en el del 43 y a partir de entonces hace más de setenta años que venimos a los tumbos.

 

Recordemos que Argentina contaba con los salarios en términos reales de peones rurales y de obreros de la insipiente industria superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. La población de duplicaba cada diez años durante el período señalado. Las corrientes migratorias competían con Estados Unidos debido a la calidad de vida que ofrecía Argentina.

 

Luego de los estatismos galopantes vino la decadencia. Se apropiaron del fruto del trabajo ajeno a través de sistemas denominados de “seguridad social” en verdad de una colosal inseguridad antisocial que con aportes obligatorios reemplazaron ahorros destinados a comprar terrenitos y departamentos, inversiones que fueron aniquiladas por leyes de control de alquileres y desalojos. Los sindicatos fueron fabricados a imagen de la Carta de Lavoro de Mussolini implantando la figura totalitaria de la personería gremial en lugar de la simple personería jurídica de toda asociación libre y voluntaria.

 

Comenzaron a expropiarse empresas para establecer esas contradicciones en los términos conocidas como empresas estatales, en lugar de comprender que la actividad empresaria implica poner en riesgo recursos propios y que la misma constitución de la “empresa estatal” significa asignar los siempre escasos recursos en áreas distintas de las preferidas por la gente (si van a hacer lo mismo que elige la gente no tiene sentido que los aparatos estatales intervengan).

 

La manipulaciones monetarias y cambiarias resultaron fatales a través de la banca central creada al efecto en prejuicio de todos pero muy especialmente de los más necesitados. Las exacciones fiscales fueron en aumento creando una maraña de impuestos sobrepuestos y una deuda pública sideral para financiar a un Leviatán cada vez más adiposo junto a regulaciones que asfixian la productividad.

 

Como es del dominio público, en estos momentos está instalado el gobierno de Cambiemos pero la ciudadanía se encuentra a la espera del cambio. Por ahora el gasto gubernamental no se ha detenido, solo ha habido amagues de podas pero igual que con la jardinería las podas hace que el crecimiento sea más vigoroso. También se insiste en que el gasto público deba ser eficiente sin percatarse que si algo es  inconveniente y se lo hace más eficiente es mucho peor. De lo que se trata es de eliminar funciones incompatibles con un sistema republicano.

 

Se habla del déficit primario sin atender que lo relevante es el déficit total que se ha incrementado exponencialmente debido al incremento de la deuda estatal durante esta gestión. Tampoco se trata de disimular el gasto a través de un crecimiento (que no solo no llega sino que estamos en plena recesión) para modificar la ratio gasto/producto.

 

En esta situación se acercan las elecciones presidenciales del año próximo, frente a una así llamada oposición que en parte arrastra el lastre fenomenal del gobierno anterior que no solo acentuó el estatismo sino que tal como demuestran las investigaciones en curso corrompió en un grado alarmante en planos decisivos del ejecutivo y también en áreas del judicial en el contexto de un legislativo adicto.

 

Por otro lado y para resumir un apunte telegráfico en una nota periodística, el gobierno actual recurrió al Fondo Monetario Internacional, como es sabido una entidad financiada coactivamente con recursos detraídos de los contribuyentes de diversos países y que presta ayuda a gobiernos en general fallidos, situaciones que se hubieran corregido de no mediar la cantidad de dólares entregados con tasas de interés menores a las de mercado y con períodos de gracia y perdones de diversa naturaleza. En lugar de pedir asistencia el FMI, el gobierno actual debería haber hecho los deberes durante los más de dos años que lleva en funciones.

 

Es cierto que la administración ahora en funciones no cuenta con mayoría de ambas Cámaras en el Congreso y que la batalla cultural es difícil pero de lo que se trata de evitar errores no forzados como el haber inaugurado su mandato con nuevos ministerios y pretender la designación de dos miembros de la Corte por decreto y similares.

 

Nunca es tarde para rectificar el rumbo. Todas las personas de bien mantienen la esperanza puesto que un fracaso más resultaría nefasto para los argentinos y para nuestros queridos vecinos.

 

Termino con un pensamiento de Juan Bautista Alberdi, el autor intelectual de la antedicha Constitución de 1853: “El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública […] ¿qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La Argentina debe retomar la senda del liberalismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/7/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2157472-la-argentina-debe-retomar-la-senda-del-liberalismo

 

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

 

Al contrario de lo que desafortunadamente muchos sostienen, es de desear que nuestro país retome la senda del liberalismo iniciada por el padre de nuestra Constitución fundadora, Juan Bautista Alberdi. La aplicación de estas recetas nobles permitieron que la Argentina se ubicara entre las naciones más prósperas del planeta.

Desde la Constitución de 1853 hasta los golpes fascistas, primero del 30 y luego del 43, nuestros salarios e ingresos en términos reales de los peones rurales y de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes a estas costas competían con los ámbitos atractivos estadounidenses. Las exportaciones se encontraban a la altura de las de Canadá y Australia. En el Centenario, miembros de la Academia de Francia comparaban los debates de esa entidad con los que tenían lugar en nuestro Parlamento dada la versación y elocuencia de sus integrantes.

Luego vino el derrumbe estatista, provocado por gastos públicos siderales, déficit fiscales monumentales, regulaciones asfixiantes, impuestos exorbitantes y deudas gubernamentales galopantes. Y las crisis se sucedieron sin solución de continuidad.

A pesar de este cuadro de situación lamentable hay quienes critican un liberalismo inexistente al que pretenden sustituir por el adefesio de un denominado “neoliberalismo” con el que ningún intelectual serio acepta identificarse. Bajo tamaña etiqueta fantasiosa, irrumpen en escena timoratos que aconsejan no prestar atención a las pocas voces liberales y machacan con la mediocridad del estatismo. El liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Por su lado, todos formamos parte del mercado cuando en libertad llevamos a cabo nuestras transacciones diarias.

Veamos el tema medular de los derechos de propiedad. Lo primero es entender que la preservación de la vida es una condición indispensable para subsistir. Es una verdad de Perogrullo, es una tautología. Para alimentar y desarrollar la vida en plenitud se hace necesario proteger lo que cada cual produce y lo que recibe legítimamente, es decir, el uso y la disposición de lo propio.

Como no vivimos en Jauja y no hay de todo para todos todo el tiempo, se hace necesario, por una parte, respetar el derecho de propiedad para evitar invasiones y usurpaciones y, por otra, para que los usos y disposiciones sean los más eficientes posibles. Esto último es así en una sociedad abierta, por definición ausente de privilegios, puesto que cada uno para progresar y mejorar su estado patrimonial inexorablemente debe atender las necesidades de su prójimo. En este contexto el que acierta en las demandas de sus congéneres obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos.

El que vende naturalmente lo hará al precio más alto que pueda, no el que quiera puesto que si excede lo que resulta posible la demanda decaerá o será nula. Del mismo modo, el que percibe una retribución por su trabajo intentará que sea la mayor posible. Esto último depende exclusivamente del volumen de inversiones que, a su turno, proceden de ahorros internos y externos al país en cuestión y no de la voluntad de las partes contratantes. Y este proceso tiene lugar allí donde los marcos institucionales son confiables y predecibles, no donde el derecho se confunde con el pseudoderecho, a saber, la facultad de asaltar el fruto del trabajo ajeno.

Cuando se producen quejas respecto a tal o cual precio de tal o cual producto o servicio no se contemplan dos aspectos cruciales. En primer lugar, el respeto a la propiedad, lo cual significa que el titular puede sugerir el precio que le venga en gana de lo que le pertenece, lo cual, como queda dicho, no quiere decir que logre concretar una venta. De lo que se trata en este contexto es de subrayar la libre disposición de lo propio y no dejarse atropellar por manifestaciones de quienes simplemente se quejan pero que son incapaces de producir lo que estiman es caro.

El mismo razonamiento debe aplicarse a las relaciones laborales. Quienes se emplean en no pocas ocasiones suponen que el lugar de trabajo les pertenece y actúan con la pretensión de disponer de lo que es de otros como si fueran los dueños del lugar, en lo que fuera una relación contractual mutuamente beneficiosa. Esto revela una tergiversación de valores, lo cual perjudica especialmente a los más necesitados. Derroches y ataques a la propiedad generan daños a todos pero sobre los más débiles la carga es más contundente y recae con mayor fuerza debido a la sensibilidad y repercusión en las franjas de ingresos bajos.

Por otra parte, como se ha señalado reiteradamente, a medida que las intromisiones de los aparatos estatales se intensifican se van deteriorando y desfigurando las únicas señales que tiene el mercado para operar. Esas señales indican dónde es más atractivo invertir y dónde no conviene hacerlo. Al fin y al cabo los precios no son más que transacciones de derechos de propiedad. Si se elimina la propiedad como reclaman los marxistas se derrumba el sistema de señales. En este sentido, como he ejemplificado otras veces, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto cuando desaparecen las referidas señales. Y sin llegar a ese extremo, cuando los gobiernos intervienen en el sistema de precios se va deteriorando y desdibujando la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general.

En buena parte del llamado mundo libre, hoy observamos legislaciones que van a contracorriente de lo dicho y, por ende, ponen palos en las ruedas a la productividad y, consecuentemente, al progreso de las personas que se encuentran atrapadas en un laberinto infame. Es interesante detenerse a repasar conceptos vertidos por Alberdi, quien escribió en 1854, en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853: “La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública”.

Por eso es que también James Madison, el padre de la Constitución estadounidense (en la que se inspiró Alberdi junto a la Constitución de Cádiz de 1812), ha consignado en 1792 en “Property” (compilado en James Madison: Writings): “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este ha sido el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. La misma Justicia es inseparable de la propiedad ya que como bien reza la definición clásica de Ulpiano se trata de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad de cada cual.

Mientras sigamos con la cantinela de la redistribución de ingresos no progresaremos puesto que la distribución cotidiana que todos hacemos de modo pacífico en el supermercado y afines contradice las antedichas asignaciones políticas que se llevan a cabo coactivamente. Recordemos una vez más a Alberdi en la obra ya citada: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

A RAÍZ DE MAQUIAVELO SOBRE EL PODER Y LA GUERRA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Un personaje difícil de desentrañar. Hay autores que lo consideran un malvado, hipócrita y corrupto, otros imbuido de las mejores intenciones que deseaba el bienestar del pueblo y, por último, los que sostienen que se limitó a describir lo que consideró es la política. Tal vez haya una mezcla de estas visiones tripartitas pero lo que prima es la última interpretación.

 

Maquiavelo considera la política como la búsqueda del poder a cualquier costo con total independencia de toda consideración moral, lo cual es en gran medida ajustado a la realidad. Es la virtú que en el lenguaje del florentino significa precisamente la voluntad de alcanzar el poder. Es por ello que en esta instancia del proceso de evolución cultural los partidarios de la sociedad abierta se afanan por establecer límites adicionales al aparato estatal.

 

Sus tres obras más conocidas se dirigen a aquellos objetivos. Su meta era la unificación de las ciudades-estados como Venecia, Milán, Florencia, Génova, Bolonia y Ferrara y su modelo de príncipe era César Borgia (hijo del Papa Alejandro VI) por su crueldad y ambición, por más que aquí y allá se separa de la monarquía para intercalar loas al sistema republicano. En realidad Hobbes en cierto sentido sistematizó y llevó hasta sus últimas consecuencias la idea del positivismo y el poder absoluto sembrados por Maquiavelo un siglo antes.

Dado que una de las preocupaciones centrales de Maquiavelo para mantener el poder fueron los ejércitos y la guerra, reitero aquí parte de lo que he consignado en otra oportunidad sobre la materia bélica, que no solo viene al caso por lo escrito por el autor florentino sino debido a lo que en gran medida ocurre de un largo tiempo a esta parte en nuestro mundo. Es del caso entonces abrir este tema y descomponerlo en sus partes sobresalientes al efecto de calibrar adecuadamente su significado.

En la antigüedad, los vencidos eran masacrados por las fuerzas victoriosas en la contienda. Los adultos eran degollados, las mujeres profetizaban con las entrañas de los muertos, se construían cercos con los huesos de los derrotados y los niños eran sacrificados para rendir culto a los dioses. Luego, en un proceso evolutivo, los ejércitos vencedores tomaban como esclavos a sus prisioneros (“herramientas parlantes” como se los denominaba, haciendo uso de una terminología que revelaba la barbarie del procedimiento).

Mucho mas adelante, se fueron estableciendo normas para el trato de prisioneros de guerra que finalmente fueron plasmadas en las Convenciones de Ginebra y, asimismo, fueron suscitándose debates aun no resueltos sobre temas tales como la “obediencia debida” y los “daños colaterales”. En el primer caso, algunos sostienen con razón que si bien en la cadena de mando no tiene sentido permitir la deliberación y la discusión de las órdenes emanadas de la jerarquía militar y menos en plena trifulca, hay un límite que no puede sobrepasarse. Es decir, tratándose de órdenes aberrantes no puede alegarse la “obediencia debida” como excusa para cometer actos inaceptables para cualquier conducta decente, aun en la guerra.

El segundo caso alude a la matanza, la mutilación o el daño a personas que nada tienen que ver en la contienda y la destrucción de bienes que pertenecen a inocentes. Esto se ha dado en llamar “daños colaterales” por los que se argumenta deben responder penalmente los agresores. Porque solo se justifica la defensa propia, esto es, el repeler un ataque pero nunca se justifica una acción ofensiva y tras la máscara de los daños colaterales se esconde no simplemente la mera acción defensiva, sino el uso de la fuerza para propósitos de agresión. En este sentido, el cuadro de situación es el mismo que cuando se asalta un domicilio: los dueños del lugar tienen el derecho a la defensa propia pero si llegaran a matar o herir a vecinos que nada tienen que ver con el atraco, se convierten de defensores en agresores por lo que naturalmente deben hacerse responsables.

Resulta que en medio de estos debates para limitar y, si fuera posible, eliminar las acciones extremas que ocurren en lo que de por sí ya es la maldición de una guerra, aparece la justificación de la tortura por parte de gobiernos considerados baluartes del mundo libre, ya sea estableciendo zonas fuera de sus territorios para tales propósitos o expresamente delegando la tortura en terceros países, con lo que se retrocede al salvajismo mas cavernario.

Cesare Beccaria, el pionero del derecho penal, afirmaba en De los delitos y de las penas que “Un hombre no puede ser llamado reo antes de la sentencia del juez […] ¿Qué derecho sino el de la fuerza será el que otorgue potestad al juez para imponer pena a un ciudadano mientras se duda si es reo o inocente? […] Este abuso no se debería tolerar”.

Los fines no justifican los medios. En el fin están presentes los medios. No es posible escindir fines y medios. Descender al nivel de la canallada para combatir a la canallada en el caso terrorista (y en cualquier otro), convierte también en canallas a quienes proclaman la lucha contra el terror. Por este camino se pierde autoridad moral y la consecuente legitimidad. Incluso si se conjeturara que una persona posee la información sobre la colocación de una bomba que hará estallar el planeta no es justificable abusar de una persona. No caben análisis utilitarios sopesando unas vidas frente a otras. Nadie puede ser usado como medio para los fines de otros. Toda persona tiene un valor en si misma. No pueden sacrificarse algunos para salvar a muchos otros. Una vez que se acepta colocar a seres humanos en balanzas como si se tratara de una carnicería, se habrá perdido el sentido de humanidad y los valores éticos sobre los que descansa la sociedad abierta.

El caso hipotético de la bomba que hará estallar el planeta supone más de lo permisible. Supone que el torturado en verdad posee la información, que la bomba realmente existe, que no es una falsa alarma, que se puede remediar la situación, que el torturado trasmitirá la información correcta (la información recabada durante la tortura no es confiable, lo cual es confirmado por quienes manejan detectores de mentiras).

Michael Ignatieff explica que la tortura no solo ofende al torturado sino que degrada al torturador y sugiere que para evitar discusiones inconducentes sobre lo que es y lo que no es una tortura, deberían filmarse los interrogatorios y archivarse en los correspondientes departamentos de auditoria gubernamentales.

También en la actualidad se recurre a las figuras de “testigo material” y de “enemigo combatiente” para obviar las disposiciones de la antes mencionada Convención de Ginebra. Según el juez estadounidense Andrew Napolitano el primer caso se traduce en una vil táctica gubernamental para encarcelar a personas a quienes no se les ha probado nada pero que son detenidas según el criterio de algún funcionario del poder ejecutivo y, en el segundo caso, nos explica que al efecto de despojar a personas de sus derechos constitucionales se recurre a un subterfugio también ilegal que elude de manera burda las expresas resoluciones de la Convención de Ginebra que se aplican tanto para los prisioneros de ejércitos regulares como a combatientes que no pertenecen a una nación.

En diferentes lares se ha recurrido a procedimientos terroristas para combatir a las bandas terroristas. En lugar de la implementación de juicios sumarios, con la firma de actas y responsables, se optó por el asesinato y la inadmisible figura del “desaparecido” y la apropiación de bebes falsificando identidades. A través de estas formas tremebundas, eventualmente se podrá ganar una guerra en el terreno militar pero indefectiblemente se pierde en el terreno moral. El procedimiento de los encapuchados y la clandestinidad no solo conduce a que los supuestos defensores del derecho se equiparen a los terroristas sino que desaparece toda posibilidad de control una vez que se da carta blanca a la impunidad, con lo que los abusos se extienden en grado exponencial en todas direcciones.

De mas está decir que lo dicho no justifica la bochornosa actitud de ocultar y apañar la acción criminal del terrorismo que no solo tiene la iniciativa sino que pretende imponer el totalitarismo cruel y despiadado que aniquila todo vestigio de respeto recíproco. No solo esto, sino que estos felones tampoco reconocen ciertos terrorismos de estado, por ejemplo el impuesto a rajatabla en la isla-cárcel cubana durante el último medio siglo. Esta grotesca hemiplegia moral está basada en el desconocimiento más palmario del derecho y en una burla truculenta a la convivencia civilizada.

Curiosamente, en algunos casos, para combatir al terrorismo se opta por aniquilar anticipadamente las libertades a través de la detención sin juicio previo, el desconocimiento del debido proceso, se vulnera el secreto bancario, se permiten escuchas telefónicas y la invasión al domicilio sin orden de juez competente. Incluso se pretenden disminuir riesgos imponiendo documentos gubernamentales de identidad únicos, sin percibir que es el mejor método para acentuar la inseguridad ya que con solo falsificar esa documentación quedan franqueadas todas las puertas en lugar de aceptar registros cruzados y de múltiples procedencias. Tal como explica James Harper, posiblemente se perciba este error si se sugiere que el gobierno establezca obligatoriamente una llave única para abrir la puerta de nuestro domicilio, la caja fuerte, la oficina, el automóvil y, además, provisto por una cerrajería estatal.

En algunas oportunidades se suele hacer referencia a las sociedades primitivas con cierto dejo peyorativo, sin embargo, algunas de ellas ofrecen ejemplos de civilidad como es el caso de los aborígenes australianos que circunscribían los conflictos armados a las luchas entre los jefes, o los esquimales que los resolvían recitando frente a la asamblea popular según la resistencia de cada bando en pugna, tal como relata Martin van Creveld.

Las guerras aparecen hoy entre naciones, no sabemos si en el futuro tendrán cabida estas concepciones políticas ya que la aventura humana es un proceso en constante estado de ebullición y abierto a posibles refutaciones. Solo podemos conjeturar que las divisiones y fraccionamiento del planeta en jurisdicciones territoriales, por el momento, a pesar de las extralimitaciones observadas (lo relevante es imaginarse los contrafácticos), hacen de reaseguro para los fenomenales riesgos de concentración de poder que habría en caso de un gobierno universal. Desde luego que de este hecho para nada se desprende la absurda xenofobia por la que las fronteras se toman como culturas alambradas e infranqueables para el tránsito de personas y el comercio de bienes.

En 1869, en París, se organizó un concurso sobre la guerra. Juan Bautista Alberdi preparó El crimen de la guerra. En ese trabajo, entre otras cosas, leemos que  “La guerra no puede tener mas que un fundamento legítimo, y es el derecho de defender la propia existencia. Así, el derecho de matar, se funda en el derecho de vivir, y solo en defensa de la vida se pude quitar la vida”, pero advierte que fuera de ello “la defensa se convierte en agresión, el derecho en un crimen”.

El ansia de poder político, los nacionalismos y la intolerancia religiosa han sido y son las causas principales de las guerras. Finalmente tengamos muy en cuenta que, como bien dice el actor principal de Lord of War, “nada hay mas costoso para un traficante de armas de guerra que la paz”.

En resumen, la forma en que se expresa Maquiavelo sobre la guerra y el  poder conducen en definitiva a la liquidación de las autonomías individuales, pero no quiero terminar sin mencionar el excelente título del capítulo 23 de El príncipe: “Como huir de los aduladores” (“los más sumisos, serviles, estúpidos y abyectos de los hombres” escribe Erasmo).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Cuando no había piqueteros que demandaran ayuda social como un derecho, los argentinos se ayudaban entre sí

Por Martín Krause. Publicado el 30/1/18 en: http://bazar.ufm.edu/cuando-no-habia-piqueteros-demandaran-ayuda-social-derecho-los-argentinos-se-ayudaban/

 

Los pobres de entonces cubrían los riesgos resultantes de problemas de salud y previsión a través de un mecanismo comunitario, de seguro social, conocido como “socorro mutuo”. Estas organizaciones son definidas como: “toda organización formal de entrada y salida libre, producto de una decisión de un grupo inicial de individuos de asociarse de manera duradera para compartir o hacer juntos determinadas actividades, de acuerdo a reglas que ellos mismos se dan o a las que adhieren expresamente” (Di Stefano et al, 2002, p. 16). Nótese la importancia de la libertad asociada a la libre entrada y salida y al nacimiento voluntario de estas organizaciones. En un país de inmigrantes, los recién llegados se asociaron principalmente según sus colectividades nacionales para compartir los riesgos que pueden provenir de la pobreza: la falta de trabajo, salud, educación, vivienda. La legislación, además, libera a este tipo de organizaciones de la formal aprobación estatal, siendo ahora necesario solamente su constitución formal y su registro. Los gobiernos liberales de entonces favorecieron este tipo de asociaciones como un elemento esencial para el desarrollo de la sociedad civil y el fortalecimiento del espíritu republicano. Era el espíritu que transmitiera a la Constitución Nacional de 1853 quien fuera su principal inspirador, Juan Bautista Alberdi[1].

[1] “Observaré entretanto, para acabar de hablar del gasto público que no todo él consiste en el gasto con que la sociedad satisface sus necesidades de orden público por conducto del gobierno, sino también en el que hace ella directa e inmediatamente, por la mano de sus habitantes, en la mejora, comodidad y perfeccionamiento de sus ciudades, en el socorro y alivio de las clases desgraciadas, y en fin en todo ese orden de servicios que la sociedad se hace a sí misma, sin el intermedio de la autoridad, en el sentido de su prosperidad más rápida y completa. A este gasto pertenecen las calles, los empedrados, las calzadas, los caminos, puentes, desagües, mejoras locales, monumentos, socorros públicos y eventuales, que se hacen por suscripciones voluntarias levantadas en el vecindario” (Alberdi, [1854] 1993, p. 355).

Un destacado autor, Emilio Coni, escribe (1918, p. 544):

“La República Argentina, por el hecho de haber desarrollado y arraigado profundamente en sus habitantes el espíritu y la conciencia mutualista y cooperativista, puede ser considerada en éste, como en tantos otros aspectos, una nación grande y moderna. En efecto, están vinculados por la mutualidad y la cooperación 593.172 de sus habitantes”.

“La mutualidad se ocupa especialmente de los seguros contra los enfermos y contra la invalidez por enfermedad crónica o por vejez; de los seguros contra los accidentes de trabajo y sobre la vida. En todos estos casos, el capital que aporta el socio a la institución mediante las cuotas periódicas, no goza de un interés material, en efectivo, porque todas las utilidades líquidas pasan al fondo de reserva de la misma institución”. “En una sociedad mutualista, el capital se forma generalmente mediante cuotas periódicas, o bien los socios no desembolsan cuota alguna, pero se declaran solidaria e ilimitadamente responsables de las obligaciones que contrae la institución”.

El temprano desarrollo de estas organizaciones voluntarias, o de mercado, para reivindicar sus verdaderas características, es evidenciado por el mismo Coni (1918, op. cit., p. 547):

“En la Capital Federal la sociedad de socorros mutuos más antigua existente es ‘L’Union et Secours Mutuels’, fundada el año 1854; siguióle, en 1856, la sociedad ‘San Crispín’, denominada así porque el núcleo principal de sus fundadores pertenecía al gremio de operarios en la industria de calzado cuyo patrono es San Crispín. En 1857 se fundan la ‘Tipográfica Bonaerense’, ‘La Catalana’ y la hoy poderosa ‘Asociación Española de Socorros Mutuos’; en 1858 la ‘Unione e Benevolenza’, la ‘nonna’ de las sociedades italianas; en 1859 la ‘Francaise’; en 1861 la ‘Nazionale Italiana’, etc., etc.”. “Las mutualidades en ejercicio el 31 de diciembre de 1916 eran 1.205. De éstas, 1.202 son suciedades de socorros mutuos, y 3 sociedades de rentas y de seguros sobre la vida”.

El socorro mutuo floreció sobre todo en las comunidades de inmigrantes. No es de extrañar, el traslado a un país lejano había quebrado los lazos familiares con los que se contara durante siglos. Por mucho tiempo, en sociedades básicamente agrícolas, la relación familiar proveía un cierto seguro: los padres cuidaban de sus hijos cuando éstos no podían mantenerse por sí mismos y luego éstos hacían lo propio con sus padres. La emigración, tanto a las ciudades como al extranjero aunque mucho más en este caso,  rompe este vínculo y surge entonces una solución voluntaria para cubrir ese vacío. Evidentemente, la forma más sencilla de agruparse es alrededor de aquellos elementos que el grupo tenga en común, y en este caso era principalmente el origen nacional, también el lugar de trabajo o la profesión.

Resulta sumamente ilustrador mencionar las mutuales fundadas en los primeros años de este siglo en Buenos Aires: Club Sindical de Empleados, Sanatorio Mutualista para Empleados de Correos y Telégrafos, Sociedad Mutua de Obreros de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad, Asociación Mutualista Argentina, Sociedad Mutual de Funcionarios y Empleados Judiciales, Ordenanzas Unidos, Sociedad de Socorros Mutuos entre Empleados de Ferrocarriles, Unione Alessandrina, Asociación Mutual de Empleados Públicos, Asociación Mariano Moreno, Banco de Seguros Mutualistas, Cantinas Maternales, Asociación Escolar Mutualista, Fédération des Mutualités Francaises en Argentine, Federazione delle Associazioni Italiane, Associazione Italiana di Mutualitá ed Istruzione, fusión de las siguientes sociedades de socorros mutuos: Camilo Benso, C. di Cavour, Fratellanza Militare, Giuseppe Garibaldi, La Patriottica, Le Italiane al Plata, Margherita di Savoia, Trionfo Ligure, Unione e Benevolenza, Unione Italiana al Plata.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Mariquita Sánchez, la precursora

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Sin la pretensión de hacer comparaciones de dotes intelectuales con  Madame de Staël y Victoria Ocampo, Mariquita Sánchez (se llamaba María Josefa Petrona de Todos los Santos, primero casada con Martín Thompson y luego con Jean-Baptiste Mendeville) ocupa un lugar preponderante en su relación con el ideario liberal.

Primero por sus tertulias en  su quinta de San Isidro a las que asistieron personalidades como Manuel Belgrano, Vicente López y Planes, Juan José Castelli, Juan Larrea,  Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes y Feliciano Chiclana, salones en donde se forjaron y consolidaron las ideas independentistas en lo que luego fue la República Argentina.

 

En esa quinta se cantó por vez primera la Marcha Patriótica (hoy Himno Nacional). Y mucho más adelante se discutieron los principios y valores liberales en su casa de la calle San José (actualmente Florida, en el centro de Buenos Aires) con Juan Bautista Alberdi, Esteban Echevarría, Juan María Gutiérrez, Félix Frías y Florencio Varela quienes también  participaron con Mariquita en su exilio de la tiranía rosista en Montevideo.

 

Sus escritos son pocos e incompletos (Diario Recuerdos del Buenos Aires virreinal junto a la resumida bibliografía de Pastor Obligado, la muy difundida obra de María Sáenz Quesada, la de Graciela Batticure y la compilación de Clara Vicaseca) pero la fecundidad de su organización y la calidez de su hospitalidad para las aludidas tertulias y debates fueron de una enorme fertilidad, realizadas en momentos que estaba muy mal visto que una mujer se involucrara en faenas intelectuales de esa envergadura y acompañada de tamañas personalidades.

 

Quería despegarse a toda costa de lo que había escrito como un clima en el que tres factores dominaban la situación en la que vivió tempranamente, “Tres cadenas sujetaron este gran continente de la Metrópoli: el terror, la ignorancia y la religión católica […donde] había una comisión del Santo Oficio para revisar todos los libros que venían, a pesar de que venían de España donde había las mismas persecuciones”.  Juan Bautista Alberdi escribió que Mariquita fue “la personalidad más importante de la sociedad de Buenos Aires, sin la cual es imposible explicar el desarrollo de su cultura y buen gusto”.

 

Después de Caseros vuelve a Buenos Aires desde su exilio en Montevideo y se ocupa principalmente de la Sociedad de Beneficencia que presidió durante un tiempo y especialmente dedicó su tiempo en esta institución a las niñas a los efectos de trasmitirles el sentido de independencia y dignidad en épocas en las que prevalecían criterios de machistas acomplejados y miedosos de la competencia, incompatibles con el sentido de una sociedad abierta.

 

Este estilo de comportamiento y las convicciones sobre los principios liberales, fue luego seguido y muy desarrollado por mujeres de la talla de Madame de Staël y Victoria Ocampo sobre las que he escrito antes y que ahora reitero solo en parte las observaciones entonces formuladas.

 

En esa misma línea entonces, Anne Louise Germanie Necker (Madame de Staël) fue tal vez de todos los tiempos la mujer que más contribuyó a establecer cenáculos y reuniones de gran jerarquía para el debate de ideas en la Europa decimonónica. Sus obras completas ocupan diecisiete tomos incluyendo su abultada correspondencia.

 

Mostró una muy especial reverencia por las libertades de las personas: “No hay valor mayor que el respeto por la libertad individual, lo cual constituye el principio moral supremo”. Consideraba que la tolerancia religiosa formaba parte de la columna vertebral de la sociedad civilizada: “La intolerancia religiosa es lo más peligroso que pueda concebirse para la convivencia pacifica”.

 

En prácticamente todas sus biografías que fueron muchas se destaca un dicho que recorría los distintos medios de la época: “Hay tres grandes poderes en Europa: Inglaterra, Rusia y Madame de Staël”.

 

Sus arraigados principios liberales, su carácter firme pero afable, sus cuidados modales, su sentido del humor y su don de gente la hacían especialmente propicia para el manejo de los encuentros intelectuales, todos ordenados con temas generalmente prefijados y tratados en profundidad en los que se hacía uso de la palabra por riguroso turno. Algunas de las figuras más prominentes que asistieron a sus encuentros fueron Gothe, Schiller, Chateaubriand, Edward Gibbon, Voltaire, Diderot, D´Alambert, Byron, Wilhem von Schelenger, Talleyrand y el más cercano y célebre de todos: Benjamin Constant.

 

Como buena liberal, Germanie Necker sostenía que las fronteras cumplían el solo propósito de delimitar países a los efectos de evitar la monumental concentración de poder que surgiría de un gobierno universal. Con razón mantenía que el fraccionamiento y la dispersión vía el federalismo dentro de las fronteras proporcionaba un reaseguro adicional a las extralimitaciones de los aparatos políticos y, a su vez, era una notable expositora de la libertad de comercio.  Asimismo, se hubiera disgustado mucho con la existencia de la figura del “inmigrante ilegal” propia de regimenes absurdos. Desde luego que nuestra autora no tuvo que vérselas con aquella contradicción en términos denominada “estado benefactor” cuyos “servicios gratuitos” naturalmente están siempre colapsados y demandan más recursos de los contribuyentes. Pero esto no debería servir de pretexto para bloquear los movimientos migratorios libres (salvo antecedentes delictivos). Si bien es cierto que el problema reside en el “estado benefactor” y no en los inmigrantes, se debería impedir que estos recurran a los referidos “servicios gratuitos” para no agravar la situación fiscal y simultáneamente debería eximírselos de aportes que impliquen el descuento del fruto de sus trabajos para mantener esas prestaciones (con lo que serían ciudadanos libres como muchos desearían ser). Por último, en aquellos tiempos tampoco se esgrimía la peregrina idea de que en un mundo donde los recursos son escasos y las necesidades ilimitadas, los inmigrantes restan posibilidades laborales a sus congéneres en lugar de ver que liberan ofertas de trabajo para otras tareas hasta ese momento imposibles de encarar (igual que ocurre cuando se introduce un método de producción más eficiente).

 

Luego de muchas y muy variadas experiencias europeas, Madame de Staël concluyó que las acciones bélicas siempre resultaban en graves prejuicios para todas las partes involucradas y que, lo mismo que sostuvieron enfáticamente los Padres Fundadores en Estados Unidos, tarde o temprano se traducirían en el desmesurado agrandamiento en el tamaño del Leviatán cuyas deudas y desórdenes de diversa naturaleza finalmente comprometerían severamente las libertades individuales por las que ella abogó toda su vida. Se inclinaba al principio civilizado de actuar como “ciudadanos del mundo” cuyos únicos enemigos declarados eran los que rechazaban la libertad, en cuanto al resto, le resultaba irrelevante la nacionalidad, el color de la piel o la religión siempre que el interlocutor se basara en los valores universales del respeto recíproco.

 

Por otro lado, no hay escritor hispanoparlante ni lector serio de ese mundo que no tenga conciencia del inmenso agradecimiento que se le debe a la editorial y a la revista Sur, que es lo mismo que decir Victoria Ocampo puesto que ella las sufragaba para beneficio de las letras y la cultura universales. Nació a fines del siglo diecinueve, épocas que en Buenos Aires se pretendía cargar a las criaturas con los nombres de buena parte de su árbol genealógico y del santoral: se llamaba Ramona Victoria Epifanía Rufina.

 

Victoria Ocampo reunió en sus salones a intelectuales como Otega y Gasset, Octavio Paz, Paul Valéry, Albert Camus, Victor Massuh, Eduardo Mallea, Aldous Huxley, Alfonso Reyes, Borges, Bioy Casares, Alicia Jurado, Igor Stravinsky, Carl Jung y Julián Marías.

 

Siempre estuvo del lado de quienes aclaman la libertad como un valor supremo. Sufrió persecución y cárcel durante la dictadura peronista por sus manifestaciones claramente liberales (“En la cárcel -escribe- uno tenía al fin la sensación de que tocaba fondo”). Los nacionalistas de la época intentaron por todos los medios de sabotear sus tareas, incluso, en 1933, la Curia Metropolitana la declaró persona non grata porque “Tagore y Krishnamurti, dos enemigos de la Iglesia, son amigos suyos”.

 

En momentos de escribir estas líneas en buena parte del mundo hay una crisis mayúscula de valores, parecería que en gran medida se ha perdido el sentido de dignidad y la autoestima y se ha abdicado en favor de los mandones de turno, pero en homenaje a personalidades como Victoria Ocampo en su lucha por la libertad y la cultura no debemos cejar en la trifulca de marras, porque como ha escrito Benedetto Croce “la libertad es la forjadora eterna de la historia” ya que “es el ideal moral de la humanidad” y por eso “el dar por muerta la libertad vale tanto como dar por muerta la vida”.

 

Doña Victoria abogó por los derechos de la mujer en igualdad con los de los hombres en línea con la gran Mary Wollstonecraft, la pionera en el genuino feminismo y no como algunas versiones degradadas modernas. Se rebelaba contra las imposiciones de machos incompetentes que no resisten las opiniones sesudas de mujeres porque se sienten disminuidos y, por ello, prefieren relegarlas a tareas puramente domésticas.

 

En su momento, Ocampo había escrito que “toda buena traducción es una manera de creación, jamás un trabajo mecánico ejecutado a golpes de diccionario […] Tanto una bella prosa como un bello poema no tienen más traducción que la de las equivalencias; equivalencias que a veces se alejan del texto para serle fiel”, del mismo modo que ella fue siempre fiel a si misma.

 

Mariquita Sánchez fue la precursora en estas faenas de reunir a personalidades al efecto de debatir las ideas de la libertad y así contribuir a despejar las falacias del autoritarismo. Es en este sentido es un ejemplo a seguir, especialmente para los apáticos e indolentes que consideran que el respeto recíproco es algo automático que no necesita ser defendido y cuidado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

Argentina, del desarrollo al subdesarrollo

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 19/9/17 en: http://www.infobae.com/america/opinion/2017/09/19/argentina-del-desarrollo-al-subdesarrollo/

 

El país es un raro caso, ya que involucionó en materia económica. El deterioro de la calidad de sus instituciones fue la clave en este proceso

 

Argentina debe dejar la cultura de la dádiva y el proteccionismo por la cultura del trabajo y la competencia.
Argentina debe dejar la cultura de la dádiva y el proteccionismo por la cultura del trabajo y la competencia.

En su libro Institutions, Institutional Change and Economic PerformanceDouglas North analiza los problemas institucionales y cómo éstos impactan en el crecimiento económico.

En un párrafo del libro, North afirma que tanto en la historia económica como en los casos de actualidad pueden encontrarse ejemplos de países que logran crecer y otros que directamente se estancan o declinan. North entiende que para poder explicar estos casos hay que estudiar qué características institucionales les han permitido plasmar su performance y cuáles son las causas por las que los países que no crecen o se estacan tienen instituciones ineficientes.

Claramente Argentina es un raro caso, ya que pasó del desarrollo al subdesarrollo y, siguiendo la línea de análisis de North, es evidente que ha sido la calidad de sus instituciones la que nos permitió, primero ser un país en constante crecimiento, y luego un país en constante decadencia.

En 1853/60, establecido el nuevo marco institucional con la Constitución Nacional, se sientan las bases para entrar en una senda de crecimiento de largo plazo. Aclaremos que por instituciones entendemos las normas, leyes, códigos y costumbres que regulan las relaciones de los particulares entre sí y de los particulares con el estado.

Como dijo Juan Bautista Alberdi, la Constitución Nacional no era otra cosa que una gran ley derogatoria de la legislación hispana que habíamos heredado e impedía la creación de riqueza.

La combinación de esa generación del 37 que inspiró la Constitución y la generación del 80, hoy denostada pero que fue la que produjo el milagro argentino, transformó a la Argentina en un país próspero. Si bien el proceso de mayor crecimiento se da a partir de 1880 con la consolidación nacional, presidentes como Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y Pellegrini fueron estadistas. No buscaron la reelección, salvo el caso de Roca y, a pesar de sus duros enfrentamientos, todos tenían un proyecto en común que era atraer inversiones e incorporar la Argentina al mundo.

Argentina tuvo una gran corriente inmigratoria luego de terminar con los malones que cruzaban de Chile a la Argentina a robar ganado y venderlo en el país trasandino (tema que hoy parece querer volver a instalarse). La inmigración junto con la fuerte corriente inversora hizo que liderásemos América Latina.

En su libro La Economía ArgentinaAlejandro Bunge nos proporciona los siguientes datos. En 1923 el 50% del comercio exterior latinoamericano (exportaciones + importaciones) era realizado por Argentina.

De los 88.000 kilómetros de líneas férreas que tenía Sudamérica, el 43% estaba en territorio argentino, transportando el 60% de la carga total y el 57% del total de pasajeros de Latinoamérica.

Con respecto a las líneas telefónicas, de los 349.000 teléfonos que funcionaban en Sudamérica, 157.000 correspondían a la Argentina. En 1924 circulaban 214.000 automóviles en América del Sur, de ese total el 58% estaban en Argentina. Podría seguir agregando datos, pero lo relevante es que entre 1900 y 1913, un año antes de la Gran Guerra, el saldo entre emigraciones e inmigraciones de y hacia la Argentina fue de 1.564.900 personas.

¿Por qué los europeos venían a la Argentina? Obviamente porque tenían una perspectiva de futuro y esa perspectiva estaba basada en las instituciones que nos transformaron en un país pujante.

Australia es un país que también se construyó en base a inmigrantes y tenía una dotación de recursos naturales parecidos a los de Argentina.

Tomando los datos de Angus Maddison, podemos ver en el GRÁFICO 1 que hasta principios de la década de 1930 el ingreso per capita de ambos países evolucionaba en forma pareja y casi en los mismos niveles.

GRÁFICO 1

Ambas curvas comienzan a separarse a mediados de la década del 30, pero es a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial que es más marcada la separación.

Si asumimos que en 1945 se produce el gran quiebre en Argentina y vemos las tasas de crecimiento del PBI per capita de ambos países observamos que en Australia el ingreso per capita creció a una tasa anual del 2% anual entre 1945 y 2010 y en Argentina creció a una tasa del 1,3% por año.

El derrumbe económico de Argentina se produce a partir del estatismo, el intervencionismo y las políticas de distribución del ingreso en forma compulsiva.

Las regulaciones comienzan en la década del 30 con las juntas reguladoras y demás medidas intervencionistas como consecuencia de la crisis de esos años. Recordemos que en 1935 se crea el BCRA. El estatismo y las políticas redistributivas se consolidan con Perón junto con el aislamiento económico.

El vivir con lo nuestro pasa a ser una forma vida y la cultura de vivir del trabajo ajeno pasa a ser un derecho y ningún gobierno posterior al de Perón se animó a cambiar esa cultura de la dádiva, a diferencia de la cultura que imperó con la vigencia de la Constitución de 1853/60 en que las reglas de juego eran la cultura del trabajo y el esfuerzo personal.

De lo anterior se desprende que las sistemáticas crisis económicas que vivimos son el resultado de una calidad institucional tan baja que dispara el gasto público hasta hacerlo infinanciable y se llega a un punto en que hay que confiscar ahorros, declarar el default o bancarse una hiperinflación. Estas locuras nos muestran como un país cuya institucionalidad es que cada 10 años nos volvemos todos locos y empezamos a confiscar ahorros, “defaultear” la deuda y entrar en procesos inflacionarios agudos o hiperinflaciones.

Cualquiera que mira nuestra historia económica y piensa en invertir en Argentina dice: estos tipos cada 10 años se vuelven todos locos, así que si voy a invertir tengo que tener una tasa de rentabilidad tan alta que me permita recuperar el capital invertido antes de que se vuelvan locos, lo cual significa pedirle a una inversión una tasa de rentabilidad que solo el narcotráfico puede bancarse. El resultado es baja tasa de inversión, alta desocupación y bajos salarios por la mínima productividad.

Si Douglas North viviera y nos asesorara no se concentraría tanto en ver cómo están armados los números del presupuesto 2018 que hoy todos miran. North sabría que lo relevante consiste en cambiar las reglas de juego que rigen en Argentina.

Dicho de otra manera, es imposible resolver el problema de la inflación, la pobreza y la desocupación si no cambiamos la cultura de la dádiva por la cultura del trabajo. La cultura del proteccionismo por la cultura de la competencia. La cultura del estatismo por la cultura de dejar desarrollar la capacidad de innovación de la gente. La cultura de los políticos buscando ganar solo las próximas elecciones por la cultura de los estadistas que gobiernan para 20 años hacia adelante.

En definitiva, nuestro problema económico es el emergente de unas reglas de juego que solo producen un lucha por una distribución de un ingreso cada vez más chico por la falta de inversión. Por eso la política de shock no es, como muchos pretenden vender, despedir a un millón de empleados públicos de un día para otro. La política de shock es marcar un rumbo económico donde no solo se busque el equilibrio fiscal, sino que fundamentalmente se busque reconstruir las instituciones que alguna vez nos hicieron ser uno de los países más prósperos del mundo. Sencillamente volver a los valores que regían en nuestra Constituciónde 1853/60. No hay mucho más para inventar.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.