La ideología económica de los argentinos

Por Carlos Newland: 

 

Argentina es un caso único de involución económica. De pertenecer a principios del Siglo XX al conjunto de países de mayor ingreso per cápita, ha ido perdiendo puestos en la carrera mundial del crecimiento y hoy en día su tamaño a nivel global se ha reducido a la mitad de su peso en 1910. Sin duda un gran responsable de esta situación ha sido un entramado regulatorio institucional perverso que ha puesto todo tipo de frenos al desarrollo de sus fuerzas productivas. En el último Índice Fraser (2018) que mide la calidad institucional económica global, Argentina aparece en el puesto 160 de 162 naciones. Sólo es superada negativamente por Libia y Venezuela. Prácticamente todas las naciones africanas tienen mejores marcos de funcionamiento que la Argentina y sin duda un anhelo de sus habitantes debiera ser algún día parecerse más al continente negro.  ¿A qué tipo de instituciones se refiere el Índice Fraser?  A las regulaciones aplicadas sobre la iniciativa privada, el respecto a la propiedad, al tamaño del gobierno y de los subsidios, el proteccionismo, la inflación y el déficit fiscal, y la presión impositiva. Puede postularse que el marco institucional argentino no es consecuencia de algún factor aleatorio y circunstancial, sino que es en gran media una consecuencia del tipo de cultura económica poseída por su población, o su ADN ideológico, como se lo ha denominado recientemente en los medios de comunicación.

Prácticamente no hay estudios de la ideología predominante en la población argentina, por el que su análisis queda limitado a opiniones o manifestaciones culturales puntuales. Un ejemplo significativo lo brinda lo que es en la práctica el segundo himno nacional argentino. El primero es el Himno Nacional de 1812, una canción patriótica entonada por el ejército revolucionario en sus acometidas contra las tropas españolas. El segundo, tan cantado como el primero, es la marcha peronista, últimamente vocalizado jovialmente en reuniones de dos principales partidos argentinos, el macrista y el kirchnerista (para llamarlos de alguna manera). Este también es un himno de guerra, pero no contra realistas, sino contra el capitalismo. Así dice en una de sus estrofas:

Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo,
combatiendo al capital.

Que en 1947, cuando la composición fue interpretada por primera vez públicamente en la Casa Rosada, se enunciara tal objetivo es sorprendente. Ya para entonces existía a nivel global un gran consenso de que la acumulación de capital era un ingrediente principal para el logro del crecimiento económico y que toda nación desarrollada debía poseer un alto stock de este factor de la producción. Queda claro que el pensamiento económico de los argentinos presentaba ya entonces algunos rasgos muy particulares, los que se encarnaron de pleno en las políticas peronistas de aumento del tamaño del Estado, proteccionismo y regulación. Pero esta mentalidad no era nueva. Ya en 1928 José Ortega y Gasset marcaba que los argentinos tenían incorporada en su cultura la idea de un Estado hipertrófico y excesivo. A la vez, no vivían conectados con su contexto y realidad, sino más bien proyectados en un futuro idealizado e ilusorio.   El economista argentino contemporáneo Emilio Coni, apoyando la visión del filósofo español, aclaraba en 1930 que los argentinos eran grandes creyentes en el “Estado-Providencia”, una entidad que el ciudadano esperaba solucionara sus problemas laborales ofreciéndole empleo sin pedirle mucho a cambio. Esta valoración del Estado, unido a un cierto irrealismo, parece ofrecer las condiciones ideales para prácticas populistas de incremento de las erogaciones sin una evaluación de su financiamiento ni de su impacto a largo plazo. Y así la historia argentina destaca por un continuo déficit fiscal, y por una insoportable inflación, su contracara.  Pero podemos retroceder aún más hasta mediados del siglo XIX y evocar al pensamiento de Juan Bautista Alberdi, inspirador de la constitución de 1853. Para Alberdi el principal impedimento para el desarrollo de la Argentina -y de toda América Hispana- era la falta de apreciación social de la figura empresarial. Los héroes a los que se levantaban monumentos públicos, dedicaban obras poéticas y libros de historia eran siempre políticos o militares, quienes para este pensador eran primordialmente destructores y no creadores de riqueza. No ocurría lo mismo con los que debían ser lo verdaderos héroes, los emprendedores. Alberdi consideraba era necesario lograr un nuevo paradigma social, el del empresario desarrollador tanto de proyectos industriales como agropecuarios. Escribía en las Bases en 1852:

[l]a nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar en las costumbres del pueblo, como estímulo moral, la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa, el patriotismo belicoso por el patriotismo de las empresas industriales que cambian la faz estéril de nuestros desiertos en lugares poblados y animados…

Queda claro que la descripción de Alberdi o de Ortega y Gasset sigue vigente en la actualidad. El anticapitalismo imperante se asocia muy bien con la otra característica que señalaba el filósofo, una mentalidad fantasiosa y poco realista.  En particular ello explicaría el por qué en los contextos de gasto o déficit fiscal crítico se implementan planes económicos excesivamente optimistas y condenados al fracaso por los desequilibrios que causan: típicos han sido los esquemas que para contener la inflación en lugar de recortar los gastos generan una dañina revaluación de la moneda. Por otra parte, todo intento de reforma, de “achicar el gasto” sólo perdura en los primeros momentos de los gobiernos: pronto las demandas sociales aplastan tales intenciones.   Ciertamente las políticas económicas argentinas cumplen una regularidad: se reiteran situaciones de populismo que incluyen gasto público exacerbado, inflación, aumento de deuda y revaluación de la moneda, seguidas por crisis en el sector externo, en la actividad productiva y de empeoramiento de los salarios reales. Dentro de cada ciclo también se produce otra repetición: el nuevo gobierno que busca solucionar el desequilibrio generado por su predecesor repite luego de un tiempo las mismas conductas. La apreciación en 1933 del economista Luis Roque Gondra sobre la política económica del general golpista José Uriburu parece poder aplicarse a muchos otros períodos: “Como otros cómicos, seguíase representando la misma comedia demagógica momentáneamente interrumpida por (el cambio de gobierno)”. Un buen ejemplo lo relata el Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz que en 1978 presentó a la Junta Militar dos alternativas para, de una vez por todas, dominar la inflación heredada del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La primera era bajar la emisión, lo que claramente implicaba un recorte del gasto. La segunda era “pisar” el tipo de cambio, lo que traccionaría a la baja las expectativas de aumentos de precios. La segunda medida claramente no solucionaba estructuralmente el tema y sólo podía tener efectos de corto plazo. La opción de la Junta Militar en favor de la esta última opción fue, según el ministro, “contundente”. Otro caso lo ofrece el economista Ricardo López Murphy quien como ministro en 2001 propuso al presidente Fernando de la Rua un recorte del gasto, una propuesta que sería (considerando lo que ocurrió posteriormente) bastante modesta. Pero el presidente decidió reemplazarlo por Domingo Cavallo quien parecía ofrecer una salida más indolora a la crisis. Los gobernantes, ha manifestado López Murphy, tienen una propensión en situaciones críticas a escuchar diagnósticos y propuestas optimistas, que por otra parte estiman les permiten no perder su popularidad. Los primeros años del gobierno de Mauricio Macri no escapan a esta ley: en lugar de reducir el tamaño gigantesco del Estado y el altísimo déficit heredado de Cristina Kirchner, postuló en cambio que el gasto se reduciría naturalmente gracias al gran crecimiento económico propulsado por una presunta lluvia de inversiones externas. Como siempre, por tal fantasía se pagó y se está pagando un altísimo costo recesivo: entre 2018 y 2019 la caída acumulada del PBI rondará el 5%. Lentamente, pero a paso seguro, Argentina se está convirtiendo así en una economía latinoamericana más, incluso siendo superada por otras naciones otrora pobres de la región, como Chile.

Todo lo presentado es plausible, ¿pero hasta qué punto es un cuadro objetivo?  Una cuantificación de la mentalidad anticapitalista o anti mercado de la población argentina lo ofrece el Índice Global de Pensamiento Pro Mercado  (FMMI) elaborado por el que escribe estas líneas junto a Pal Czegledi y que fuera presentado en 2018 en diversas publicaciones. La materia prima de este ranking son preguntas incluidas en la Encuesta Mundial de Valores, un emprendimiento global que investiga las actitudes de la población de muchas naciones sobre diversos temas culturales, sociales, religiosos, económicos y políticos. Entre las preguntas que incluye se encuentran algunas cuyas respuestas se han tomado para caracterizar la ideología económica media nacional. Ellas incluyen opiniones sobre la valoración de la competencia, la apreciación de la iniciativa privada sobre la estatal, la idea de que todas las partes se benefician del intercambio y la necesidad de que el individuo pueda actuar con libertad en sus acciones económicas. El índice da como resultado que los países más pro capitalistas del globo son aquellos pertenecientes a la Anglósfera: Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Este grupo es seguido por naciones del Norte Europeo, como Alemania o Suecia, y por los países de la Sinósfera, como Japón, Taiwan o China. ¿Cuál es el conglomerado mundial más anticapitalista? Es Europa del Este, cuyo largo paso por el comunismo parece haber dejado una marca indeleble. ¿Y dónde está Argentina? No es sorprendente que mi nación se ubique en los últimos puestos de la tabla, compartiendo posiciones con Rusia y Ucrania. Argentina es ideológicamente como aquellas naciones educadas durante décadas en la ideología socialista anti mercado. Claro que en Argentina no fue necesaria la imposición de una indoctrinación comunista para llegar a tal estadio.

Quien escribe estas líneas pudo discutir con frecuencia tales cuestiones con su maestro Ezequiel Gallo, quien sin duda compartía plenamente el diagnostico de Ortega y Gasset y Alberdi. Y ¿cuál hubiera sido la conclusión practica o de acción de este gran historiador argentino? Posiblemente ninguna. Ezequiel era un gran creyente en la evolución social y estaba muy lejos de esperar mucho de cambios entusiastas generados por gobiernos revolucionarios. Aunque él era claramente miembro de una minoría liberal, no hubiera de ninguna manera deseado aplicar sus ideas a la fuerza o con la ayuda del Estado. Simplemente hubiera concluido que lo óptimo era, luego de escuchar al opositor ideológico, intentar convencerlo amablemente. Y el mejor convencimiento era logrado en el caso de un historiador, por mesuradas y meditadas contribuciones al conocimiento del pasado argentino y sobre las trabas que han existido a su desarrollo.

Bibliografía

CONI, Emilio. El hombre a la ofensiva. Buenos Aires, 1930.

GONDRA, L. Elementos de Economía Política. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1933.

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “How is the pro-capitalist mentality globally distributed?Economic Affairs 2018. 38,2: pp. 240-256.-

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “Measuring Global Free Market Ideology 1990-2015” en: Gwartney et al. Economic Freedom of theWorld. 2018 Annual Report (Incluye el Ïndice Fraser).

GOMEZ, Alejandro y NEWLAND, Carlos.“Alberdi, sobre héroes y empresarios”. Cultura Económica, 2014.

ORTEGA Y GASSET, J. (1962b). “El hombre a la defensiva”. En su “Meditación del Pueblo Joven” (pp. 15- 51).  Revista de Occidente. Madrid: 1962. (Publicado inicialmente en1929).

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

EL CASO DE JUDAS EXTENDIDO

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Tal vez la traición más denostada, conocida y escandalosa sea el caso de la llevada a cabo contra Jesús. Mateo relata que “Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo ´Qué me quereís dar y yo os lo entregaré?´ Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle”. Como es bien sabido, Jesús anticipó el hecho según consigna el mismo Mateo: “Al atardecer, se puso a la mesa con los doce. Y mientras comían dijo: ´Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros´ ”.

 

Judas fue el traidor más famoso pero por cierto no el único y también debe destacarse la patraña más vergonzosa al imputar de traidor a Dreyfus por la tristemente célebre judeofobia denunciada por el gran Zola en ese caso y por tantos otros en muchas otras de esas infames y espantosas persecuciones.

 

Originalmente en la historia romana la traición se refería a conceptos militares de entrega al enemigo (perduellio) y en la historia inglesa y estadounidense también hay signos de lo mismo que en el primer caso aludía a la lealtad al rey. Así hubieron debates sobre el Treason Act de 1695 en Inglaterra y sobre la Sección 3 de la Constitución estadounidense junto a las reflexiones de Madison en el número 43 de los Papeles Federalistas y las medidas precautorias al efecto de evitar abusos contra las libertades individuales en nombre de la “traición a la patria”.

 

En cualquier caso, en este escrito apunto en otra dirección. Es común la traición, esto es la deslealtad a valores convenidos, la entrega al enemigo, el darle la espalda a lo acordado, pero hay otra forma de traición a la que me refiero en esta nota periodística, y es la traición a uno mismo que esta presente en toda traición pero ahora la circunscribo a lo interindividual, a no ser fiel a las propias convicciones. Igual que la traición en general, a veces se lleva a cabo de modo conciente como cuando se dice o hace algo que pretende desconocer lo que está bien y otras de modo inconciente. En el fuero interno ocurre lo mismo, muchas veces se procede de modo deliberado y conciente y otras sin detenerse a analizar lo que se piensa o lo que se hace.

 

Como queda dicho, en el caso de este escrito apunto a un aspecto clave de lo que hacemos con nosotros mismos independientemente de cómo procedemos con quienes nos rodean. Sabemos que para la convivencia civilizada es menester que exista el respeto recíproco, sin embargo hay quienes, por una parte, proceden de un modo que no conduce al referido respeto y, por otra, hay quienes sin participar activamente en esa dirección son pasivos frente a los desmanes. Actúan como observadores de hechos como si fueran ajenos a lo ocurrido y solo se quejan cuando directamente les faltan el respeto a ellos mismos, lo cual hace que resulte tarde para reaccionar puesto que se dejó que la falta de respeto a otros avanzara demasiado y se enquistara en las costumbres y se naturalizaran los atropellos.

 

La traición  a uno mismo es seguramente la peor de las traiciones pues es un abandono a la propia dignidad. La genealogía de lo digno proviene de merecer un trato lo cual aplicado al ser humano remite a su libre albedrío, a su libertad, consecuentemente a sus derechos. Entonces todas las actitudes tendientes a coartar o enmudecer las autonomías individuales son contrarias a la dignidad humana.

 

No pocos espíritus autoritarios la emprenden contra la dignidad en provecho propio y concientes de su atropello, pero otros reclaman medidas contra la dignidad sin saberlo pensando que están por el buen camino. Los primeros se traicionan  a sabiendas, los segundos lo hacen inconcientemente pero en todo caso se trata de traidores a la naturaleza humana, con lo que por añadidura se empobrecen no solo moralmente sino materialmente puesto que obstruyen y aplastan la energía creadora y destrozan los mecanismos de cooperación social al atacar el derecho de propiedad.

 

Pero en todo esto hay cortocircuitos que hay que tratar  de evitar. Por ejemplo, el tema del Fondo Monetario Internacional. Los liberales y las izquierdas coinciden en que es una institución nefasta. Los liberales se oponen a esa entidad, en primer lugar, porque se financia coactivamente con recursos detraídos de los contribuyentes de distintos países y, en segundo lugar, porque el FMI es para ofrecerles apoyos a gobiernos fallidos. En los momentos que están por renunciar o corregir sus desatinos en cuanto al estatismo rampante, resulta que llegan carradas de dólares con tasas de interés inferiores a las del mercado y con períodos de gracia extendidos.

 

Las izquierdas se oponen porque estiman que se trata de una organización capitalista, pero como han señalado innumerables autores es una entidad que nada tiene que ver con el capitalismo y que habría que liquidar cuanto antes. Una concepción bastante retorcida, purulenta y absurda del significado del capitalismo. En verdad, el FMI en última instancia hace de apoyo logístico para mantener y alimentar a los antedichos gobiernos fallidos que son tales precisamente por adherir al estatismo (además de haber pasado por alto tremendas corrupciones como lo atestiguan países africanos y casos como el de Rusia y Turquía).

 

Todas las personas de buena fe quieren el bienestar de sus semejantes pero lo relevante consiste en centrar la atención en los medios idóneos para lograr ese cometido. No da lo mismo proceder en cualquier dirección. Se trata en primer lugar de contar con marcos institucionales civilizados al efecto de permitir la mayor dosis posible de ahorro interno y externo para que los salarios e ingresos en términos reales resulten lo más altos posibles. El rol del empresario es clave en este proceso: en un mercado libre está obligado a atender los reclamos de sus congéneres si desea prosperar y si no atiende satisfactoriamente a su prójimo incurre en quebrantos. Esto debe ser claramente separado de los prebendarios que se alían con el poder político para explotar a la gente a través de mercados cautivos.

 

En realidad el Judas moderno es el que traiciona los valores y principios de la moral y la responsabilidad individual para entregarse a las fauces del Leviatán que termina por crucificar la libertad. Antes he citado un pasaje de Aldous Huxley de su libro Ends and Means que estimo es la mejor descripción de lo que nos ocurre en el mundo de hoy: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”.

 

Así es, por una parte la corrupción que significa el abuso del poder. A veces se circunscribe la corrupción al robo de dinero pero las corruptelas pueden ser de muy diversas maneras y tal vez la más ponzoñosa y generalizada sea precisamente el atropello a los derechos de otros de la entidad supuestamente encargada de proteger y garantizar esos derechos. En el otro caso a que apunta Huxley aparecen los timoratos que se dejan manosear de la manera más ofensiva.

 

En este sentido también lo he citado a Leonard Read que en su obra Government an Ideal Concept señala lo que a su juicio ha sido un error del comienzo al consignar que “nosotros en Estados Unidos nos equivocamos al recurrir a la expresión ´gobierno´ puesto que significa mandar y dirigir lo cual debemos hacer cada uno de nosotros con nosotros mismos pero no con el prójimo. Usar esta palabra es lo mismo que referirse al guardián de una fábrica como gerente general”. Exactamente eso, la idea original alude en verdad a una agencia de protección y no al gobernar, mandar o administrar las vidas y haciendas ajenas. Es en este contexto que Etienne de la Boétie ha escrito con razón que “Son, pues, los propios pueblos lo que se dejan, o mejor dicho, se hacen encadenar que con solo dejar de servir romperían sus cadenas”. Si nadie hace caso a los disparates gubernamentales el gobierno no se sostiene.

 

Ese es el sentido de la recomendación de Thomas Jefferson en su correspondencia a James Madison el 30 de enero de 1787 en el sentido de que “Sostengo que una pequeña rebelión aquí y allá es una buena cosa, tan necesario en el mundo político como lo son las tormentas en el físico” y agrega que un gobierno republicano “no debería desalentarlas demasiado. Es una medicina necesaria para la firme salud del gobierno” al efecto de mantenerlo en brete. Más aún, Jefferson, en la misma carta, afirma que una de las formas de la sociedad es “sin gobierno como entre los indios” lo cual dice que “no está claro en mi mente si esa condición no es la mejor”. Esto es para mostrar el espíritu presente en los Padres Fundadores, muy lejos de las bellaquerías del presente, un espíritu que hizo de los Estados Unidos la tierra de la libertad y el respeto recíproco. Lamentablemente de un tiempo a esta parte ese coloso del Norte ha terminado por copiar la adoración al aparato estatal y a subestimar el valor primordial de las autonomías individuales. Se han traicionado esos valores y, pero aun, muchos son los que piden con sus votos que los traicionen. Muchos se han convertido en animalitos que demandan un dueño.

 

El sentido de autoestima se ha perdido en gran medida. Y para los que miran la debacle pasivamente, hay que recordar lo apuntado por  José Ortega y Gasset  en La rebelión de las masas “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

 

Es indispensable retomar en rumbo perdido y tener el coraje moral (en el hombre siempre es moral, pero dados los sucesos del momento vale el énfasis) y asumir la condición humana  y la propia responsabilidad y no traicionarse, humillarse y rebajarse al nivel de las bestias. No podemos convertirnos en Judas de nuestro propio ser por más cantos de sirenas gritadas por las mentes autoritarias para imponer sus nefastos designios.

 

En todos lados ha habido gente digna que da voces de alarma  e intenta contribuir a que se pongan las cosas en su lugar. En el caso argentino es del caso repasar con mucha atención los trabajos de Juan Bautista Alberdi, el autor intelectual de la Constitución liberal argentina de 1853, quien dicho sea al pasar siguió los consejos de autores dedicados a sentar las bases de la sociedad abierta como el filósofo moral y economista Adam Smith. Debemos cifrar las esperanzas en los que no aceptan ser dominados por los Judas de nuestra época que renuncian a los valores insustituibles del respeto recíproco.

 

Termino con un pasaje shakeaspeareano de Hamlet en su idioma original y que resulta de una contundencia didáctica notable: This above all, to thine own self be true.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La tarea de velar por el respeto recíproco:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 222/12/14 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2014/12/22/la-tarea-de-velar-por-el-respeto-reciproco/

 

Nadie puede tirar la primera piedra, todos podemos hacer las cosas mejor, pero hay algo que se hace cada vez más imperioso analizar. Para este propósito sugiero comencemos con una cuidadosa reflexión sobre tres pensamientos de gran calado, uno de Thomas Jefferson, otro de John Stuart Mill y, por último, uno de José Ortega y Gasset.

Jefferson ha dicho que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”, y Mill ha consignado que “las malas personas requieren para lograr sus propósitos que las buenas no hagan nada” (lo cual ha sido también atribuido a Edmund Burke, en el sentido de que “todo lo necesario para el triunfo del mal es que las personas de bien no hagan nada”). En la misma dirección ha sentenciado Ortega y Gasset: “Si quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización pero no se preocupa por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

Como es sabido, la condición humana se caracteriza por el libre albedrío, por el propósito deliberado, por la capacidad de elección; en otros términos, por la libertad que diferencia al hombre de todas las especies conocidas. Ese espacio de libertad permite que cada cual se encamine hacia sus proyectos de vida personales sin la interferencia prepotente de otros. Esa es, por otra parte, la definición de libertad: ausencia de coacción por parte de otros hombres.

Hay infinidad de metáforas y extrapolaciones ilegítimas de otros campos a la esfera de las relaciones sociales. Se ha dicho que no se es libre de bajarse de un avión en pleno vuelo, que no se es libre de ingerir arsénico sin sufrir las consecuencias, que no se es libre de dejar el cigarrillo, pero estas consideraciones son aplicables a otras áreas, como la biología o la física.

Cuanto más se cercene la libertad, naturalmente menor será el espacio que el hombre pueda decidir y menor el radio en el que pueda administrar su vida, hasta llegar a solo ser libre en el territorio de su pensamiento si no se le inyectan sustancias que le hagan perder el conocimiento o disminuir su capacidad analítica. La pérdida de la libertad equivale a la pérdida de la vida humana, convierte al hombre en un artefacto sujeto a manipulaciones.

Pues bien, la imprescindible libertad no aparece por ósmosis, es la consecuencia del esfuerzo sistemático de seres humanos concretos que se preocupan y ocupan por que ella tenga vigencia a través de normas civilizadas. Cuando esto se descuida sobreviene el estrangulamiento de la libertad, es decir, el estrangulamiento de la vida propiamente humana.

Esta faena de cuidar la libertad equivale a la ardua tarea de vigilar y proteger el respeto recíproco que constituye el eje central de la sociedad abierta. Faena que es responsabilidad ineludible de cada uno, no importa a qué se dedique ni cual sea su profesión; todos estamos interesados en que se nos respete.

Por tanto, no es pertinente que estas tareas vitales se endosen a otros. Es inadmisible que se actúe como si se estuviera en la platea de un teatro, frente a un escenario en el que los actores son los que asumen la responsabilidad por lo actuado mientras que los de la platea son simples espectadores. En nuestro caso, ese comportamiento es inadmisible y de una irresponsabilidad manifiesta.

Todos y cada uno somos responsables de velar por nuestro entorno para que se nos respete, como decimos, cualquiera sea nuestra ocupación y cualquiera sea el lugar geográfico en que estemos ubicados. Resulta indignante escuchar a los que pontifican en reuniones sociales lanzando críticas a lo que ocurre, luego de lo cual se dedican a sus arbitrajes, cuestiones personales o simplemente a dormir la siesta de la vida. Los intereses de cada uno serán muy legítimos, pero son insuficientes si no se dedica algún tiempo a permitir que esos intereses personales puedan realizarse en lugar de delegar sobre los hombros de otros esa responsabilidad.

Los canales más fértiles para contribuir a que se acepten los valores y principios que permiten vivir en una sociedad abierta son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero hay infinidad de vías y procedimientos para ayudar a que se comprendan aquellos valores y principios. Uno de los caminos es el book club, esto es, la reunión periódica de cinco o seis personas para discutir un buen libro, en la que uno expone por vez y los otros discuten, y al año siguiente cada uno de los participantes forma un nuevo grupo y así sucesivamente. Sin duda que hay muchos otros métodos, pero en todo caso, no cabe la mala excusa de que hay personas capacitadas y preparadas sobre las que debe recaer este trabajo; como queda dicho, todos necesitamos el oxigeno vital del respeto recíproco.

Cuando se aproxima el período electoral, las discusiones sociales y mediáticas se concentran en torno de los candidatos que mejor miden en las encuestas. Ya es sabido que los ciudadanos votarán al que, a su criterio, es el menos malo. Pero el asunto no da para más y no permite una discusión de alto vuelo, está al nivel del zócalo y no es nada conmovedora, por cierto. El tema serio y medular estriba en indagar qué hace cada uno diariamente para revertir el cuadro de situación, influyendo en ideas que contrarresten lo que viene ocurriendo y muestren horizontes con mayor riqueza que la miseria del presente.

Principalmente, lo que se requiere es esfuerzo y constancia para estudiar, actualizarse y difundir los valores y principios del respeto recíproco en el campo de la ética, la historia, el derecho, la economía y la filosofía. Mirar para otro lado significa que los distraídos son cómplices directos de lo que sucede. No hay derecho al pataleo si no se procede en consecuencia.

Constituye una retribución sumamente gratificante cuando los estudiantes o lectores dicen que el alimento recibido les ha hecho ver otra dimensión y otra perspectiva completamente distinta respecto a los lugares comunes y archiaburridos que se vienen repitiendo con machacona insistencia a pesar de los reiterados fracasos que producen las visiones estatistas y retrógradas.

Por otro lado, si bien las incomprensiones se deben a la alarmante apatía e indiferencia de gran cantidad de personas que, como decimos, se ufanan en sostener que la actividad de preservar y sostener los pilares de la sociedad libre la deben llevar a cabo otros, también debemos hacernos la autocrítica por la calidad del mensaje que emitimos, al efecto de pulirlo y mejorarlo, para lo cual debe mejorar la gimnasia de la empatía, poniéndonos en los zapatos de los interlocutores para tocar el espíritu de personas de buena fe y honestas intelectualmente que simplemente no reciben bien lo que se desea trasmitir.

No hay tal cosa como un bloque de conocimientos que integran un sistema terminado; muy por el contrario, todo está en evolución en el contexto de asuntos que son siempre provisorios y sujetos a refutación. Pero, precisamente, para mantener abiertas de par en par puertas y ventanas e incorporar nuevos conocimientos y reducir nuestra colosal ignorancia, se hace indispensable la libertad como marco irremplazable, es el sine qua non de todo lo demás y, nuevamente repetimos, para contar con esto las personas tienen que sentirse responsables y actuar en consecuencia todos los días.

Y no se trata de dedicarse a la política, puesto que eso es poner la carreta delante de los caballos. Los políticos son megáfonos de la opinión pública. Se trata de influir sobre ésta para permitir que en la esfera política se articulen discursos compatibles con el espíritu liberal.

No tiene sentido sorprenderse de la decadencia de los valores: es una consecuencia inevitable de la cantidad de gente que se mantiene al margen y observa inerte hechos que se suceden sin solución de continuidad. Por eso la prueba definitiva para los que se quejan es preguntarles que hacen cotidianamente para frenar la avalancha. Si la respuesta es “nada”, la consecuencia natural es lo que vemos en las noticias.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Mitos antiliberales

Por Gabriel J. Boragina. Publicado el 1/7/13 en http://www.hacer.org/latam/?p=29092

La mitología antiliberal es muy vasta y antigua, y también lo es así la literatura tejida en torno de ella. Los enemigos del liberalismo trabajan en campos muy diversos e, incluso, muchos militan dentro de sus propias filas.

José Ortega y Gasset atribuía el antiliberalismo al espíritu de rebaño:

“La actitud del hombre frente a la libertad nos da la pauta del liberalismo. Ya decía José Ortega y Gasset en El Espectador: “Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir la nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín. El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino`. Y aplicando este concepto a un histórico caso concreto, opina: “A esto lleva el intervencionismo del Estado: el pueblo se convierte en carne y pasta que alimentan el mero artefacto y máquina que es el Estado. El esqueleto se come la carne en torno a él. El andamio se hace propietario e inquilino de la casa. Cuando se sabe esto, azora un poco oír que Mussolini pregona con ejemplar petulancia, como un prodigioso descubrimiento hecho ahora en Italia, la fórmula: todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado. Bastaría esto para descubrir en el fascismo un típico movimiento de hombres masa. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente construido no por él, sino precisamente por las fuerzas e ideas que él combate: por la democracia liberal. Él se limita a usarlo incontinentemente; y sin que yo me permita ahora juzgar el detalle de su obra, es indiscutible que los resultados obtenidos hasta el presente no pueden compararse a los logrados en la función política y administrativa por el Estado liberal. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo, que difícilmente equilibra la acumulación de poderes anormales que le consienten emplear aquella máquina en forma extrema”.

Estas palabras de Ortega y Gasset escritas en 1931 asombran por su actualidad y vigencia, a la luz de los acontecimientos que se viven en el mundo de nuestros días y -en particular- en la Latinoamérica populista. Recordemos que en el año que el insigne filósofo español escribía estas palabras, Hitler aun no había ascendido al poder en Alemania, de quien se podrá decir otro tanto o peor que lo que escribía sobre Mussolini.

Hay pues en el antiliberalismo un trasfondo psicológico, por el cual el antiliberal teme a hacerse cargo de su propia vida y le aterra la idea de enfrentar y construir su propio destino. Para ello estima que debe servirse de otros por un lado y esclavizar al resto por el otro. O quizás mejor expresado, servirse de esos pastores y mastines de los que habla Ortega, para que estos -a su turno- obliguen a entrar en el rebaño a quienes se niegan a tener un destino de dóciles ovejas sometidas.

Indudablemente, en el antiliberalismo operan también otras negativas emociones humanas, tales como la envidia, el recelo al exitoso y la vanidad, entre otras, las que actúan todas emparentadas, para dar como triste fruto a la personalidad antiliberal. Estas características humanas tan lamentables, son infaltables en el perfil de todo dictador o aspirante a serlo.

“…para Carlos Sánchez Viamonte “el liberalismo no es otra cosa que el sistema jurídico institucional creado en el siglo XVIII y aplicado en el siglo XIX con el propósito de asegurar la libertad para el individuo humano, y así contemplado es evidente que no ha perdido su vigencia para nuestro tiempo. Desde nuestro punto de vista realista —decía B. Mirkine Gueizevich en 1935—, el derecho interno es la técnica de la libertad, y el derecho internacional, la técnica de la paz”. Distingue el liberalismo político del liberalismo económico. “El término liberal y el concepto de liberalismo han tenido siempre dos aplicaciones distintas según se trate del liberalismo político o del liberalismo económico» es decir, según se refiera a los derechos de la personalidad humana o a las relaciones patrimoniales que suscita la convivencia. Solamente los juristas y economistas especializados en esta materia han hecho el distingo entre uno y otro liberalismo, y han comprendido a ambos en la denominación.”

En realidad, no estamos de acuerdo con esa distinción entre liberalismo “económico y político” ya sea como opuestos o como simplemente diferentes. El error –a nuestro juicio- cosiste en creer que existe una especie de divorcio entre esas “relaciones patrimoniales que suscita la convivencia” y “los derechos de la personalidad humana”, cuando -en realidad- las primeras derivan de los segundos. Si se quiere mantener dicha artificial “separación” entre ambos, es admisible hacerlo teniendo en claro que se tratan de dos fases o etapas de un mismo proceso, ya que las llamadas “relaciones patrimoniales” no consisten en otra cosa, en última instancia, más que de transferencias de derechos de propiedad de las personas, sobre todo o parte de ese patrimonio que se menciona, de donde se deduce que no existe tal tajante “separación”, más que la de un proceso temporal.

Por otro lado, también resulta un equívoco que se suponga que los “derechos de la personalidad humana” deriven de un proceso político, ya que sostenemos –siguiendo a otros autores- que los derechos de los individuos no son fruto ni creación de ningún proceso político, sino que son originarios y anteriores a cualquier proceso o fuente política. En todo caso, podrá hablarse (y con reservas) de liberalismo político para hacer mención al sistema que reconoce esos derechos.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.