Pensemos juntos en el concepto de la deuda pública externa

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 14/3/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/03/14/pensemos-juntos-en-el-concepto-de-la-deuda-publica-externa/

 

Adelanto que en el texto que sigue no estoy pensando en determinada circunstancia o en determinado país sino en la formulación de reflexiones que pueden aplicar a todos como un principio general de finanzas públicas circunscriptas al sector externo. Mucho menos estoy pensando en gobernantes que usan como pretexto la dificultad del repago de deudas para al poco tiempo volver a las andadas, siempre para financiar un aparato estatal gigantesco y creciente.

Cuando Thomas Jefferson estaba a cargo de la embajada estadounidense en Francia recibió la flamante Constitución de su país y dijo que si hubiera podido introducir un agregado hubiera sido la prohibición del gobierno de contraer deuda externa, pues eso afecta los patrimonios de futuras generaciones que no han participado en la elección del gobernante que contrajo la deuda.

En épocas contemporáneas el premio Nobel en economía James M. Buchanan ha consignado lo mismo vía sus sugerencias de reforma constitucional para imponer presupuestos equilibrados. Su énfasis sigue la misma línea argumental que Knut Wicksell sobre la inmoralidad de la deuda pública externa, principal aunque no exclusivamente en sus textos Public Principles on Public Debt y, con Robert Wagner, en Democracy in Deficit.

Sobre los privados que contraen deuda adquiriendo títulos públicos de los diferentes estados nada hay que objetar, dadas las alternativas disponibles eligen proceder de esta manera en vista de los intereses y los reembolsos del capital que se prometen y asumen los riesgos correspondientes, especialmente respecto a insolvencias gubernamentales.

El análisis referido a organismos internacionales de carácter estatal tiene sus bemoles en el sentido de que son financiados coactivamente con recursos provenientes de los contribuyentes de diversos países. Es pertinente detenernos un minuto en el caso del Fondo Monetario Internacional al efecto de ilustrar el punto.

Antes he escrito sobre el FMI pero es del caso reiterar lo dicho en este contexto. Esta entidad fue una creación en Breton Woods inspirada por John Dexter White y John Maynard Keynes, primero como banquero de banqueros centrales y luego como prestamista.

Entre otros, al decir de economistas de la talla de Peter Bauer, Doug Bandow, Robert Barro, Karl Brunner, Ronald Vauvel y Raymond Mickesell, esa institución sirve para financiar a gobernantes ineptos que cuando están por renunciar o, empujados por la realidad a revertir sus fracasadas políticas estatistas reciben cuantiosos recursos a bajas tasas de interés con períodos de gracia al efecto de continuar con aparatos estatales sobredimensionados a los que generalmente aconsejan incrementar aun más las cargas impositivas y otras medidas al efecto de equilibrar sus presupuestos, pero no reducir el tamaño del Leviatán.

Sostienen estos profesionales que ese ha sido el caso repetidamente en Argentina, México, Bolivia, Republica Dominicana, Haití, Indonesia, Irak, Pakistán, Tanzania, la ex Camboya, Filipinas, Ghana, Nigeria, Sri Lanka, Zambia, Uganda, El Salvador, Egipto y Etiopía. En este contexto Harry Johnson ha consignado que “el llamado nuevo orden internacional no es nuevo, ni orden ni internacional sino que es una copia del mercantilismo del siglo XVI”.

En su visita a Buenos Aires, Yuri Yarim Agaev, enviado por Vladimir Bukouvsky -uno de los más destacados disidentes de la ex Unión Soviética junto con Alexander Solzhenistin- informó que luego del derrumbe del Muro de la Vergüenza liberales rusos estuvieron a punto de acceder al gobierno “si no fuera por la apresurada irrupción del FMI que dotó de millones de dólares a miembros de la nomenclatura de donde finalmente surgió el actual gobierno”.

Fue muy difundido el caso del general Mobutu Sese Seko, quien usurpó el poder en Zaire, el mayor receptor de ayuda por parte del FMI en relación a su población. El poder de Mobutu fue absoluto condenando a la gente a los suplicios más horripilantes en un contexto de saqueo permanente que permitió que ese sátrapa acumulara una fortuna de ocho mil millones de dólares de esa época.

Entonces, debido a su antes referida trayectoria y a la fuente de recursos de la que echa mano es que autores como los mencionados al comienzo de esta nota sugieren la liquidación de esa entidad, a los que debe agregarse el jugoso ensayo de Anna Schwartz titulado “Es tiempo de terminar con el FMI y el Departamento de Estabilización del Tesoro” y los suculentos libros, por una parte, de Melvyn Krauss titulado Development Without Aid y, por otra, el de Dambisa Moyo titulado Cuando la ayuda es el problema en los que se detallan innumerables casos patéticos de países que reciben cuantiosos recursos en medio de corrupciones alarmantes y dislates económicos fomentados por la ayuda que, como queda dicho, proviene coercitivamente de bolsillos ajenos.

En esta secuencia que presentamos es importante subrayar que no resulta apropiado establecer un correlato de la deuda pública con la privada en cuanto al retorno sobre la inversión en el sentido de evaluar las ventajas de abstenerse de consumir en el presente para la obtención de beneficios en el futuro. En primer término porque no hay tal cosa como “inversión pública”, ya que la naturaleza de la inversión es necesariamente voluntaria al estimar ventajas futuras en relación al presente por lo que se procede a ahorrar y a colocar esos recursos. El uso de la fuerza en la exacción de fondos nunca puede traducirse en inversión; “inversión forzosa” constituye una contradicción en los términos. De lo que se trata en el ámbito gubernamental es del gasto corriente o el gasto en activos fijos pero, como decimos, no tiene sentido ni rigor alguno la parla de “inversión pública”. Si se le arrancara la billetera al lector y el asaltante dijera que le invertirá el fruto del asalto para beneficio del asaltado, quedaría clara la incoherencia puesto que el titular le hubiera dado otro destino al fruto de su trabajo y aun en el supuesto que le hubiera dado el mismo queda el perjuicio del atropello (por otra parte, la única manera de definir preferencias es dejar que el dueño de los recursos las manifieste).

Viene ahora otro asunto también de gran trascendencia y es que todo compromiso efectuado libre y voluntariamente debe ser honrado por quien lo contrajo. En nuestro caso, todas las promesas de repago por préstamos concedidos deben cumplirse, de lo contrario los incumplidores deben sufrir las sanciones correspondientes sin atenuantes.

Pero el asunto adquiere características diferentes si se compromete por la fuerza el patrimonio de personas que no han dado su consentimiento. La conclusión de marras queda clara en las relaciones particulares pero es pastosa cuando es el gobierno el que asume compromiso en nombre de los gobernados.

A esta altura es pertinente detenerse en lo que se conoce en la ciencia política como “el contrato social”, esto es un acuerdo tácito o implícito por el que los gobernantes proceden en concordancia con el resto de los miembros de la sociedad.

También en otra oportunidad he escrito sobre este tema, pero también se hace necesario reiterar parte de lo dicho. Desde Hobbes en adelante, hay una larga tradición que acepta la existencia de un así llamado “contrato original” para la constitución del monopolio de la fuerza, lo cual ha sido refutado enfáticamente por autores como James Burckhard quien llega a la conclusión que “La hipótesis contractual para explicar la fundación de un Estado es absurda” (en Reflexiones sobre la historia universal), en el mismo sentido John Stuart Mill escribió que “la sociedad no está fundada en un contrato” (en On Liberty) y, por otra parte, Joseph Schumpeter afirma que “La teoría que asimila los impuestos a un club o la adquisición de servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo alejada que está esta parte de las ciencias sociales de la aplicación de métodos científicos” (en Capitalismo, socialismo y democracia).

Como explica David Hume, se trata de una ficción por la que nada obliga a los miembros de la comunidad a atender un andamiaje inventado que pretende justificar cierta estructura institucional, así dice: “Es evidente que ningún contrato o acuerdo fue expresamente establecido […este supuesto] no está justificado por la historia ni por la experiencia de ningún país del mundo […] Se dice que al vivir bajo el dominio de un príncipe, todos los individuos han dado un consentimiento tácito a su autoridad por el que prometen obediencia” (en su ensayo titulado “On the Social Contract”). Y en otra obra, el mismo autor concluye: “Si se preguntara a la mayor parte de la gente de una nación si han consentido a la autoridad de sus gobernantes o si han prometido obedecerles, estarán inclinados a pensar de un modo extraño de quien formula la pregunta” (en A Treatise on Human Nature).

En una dirección similar y con mayor extensión, R. E. Barnett apunta que “aquellos que justifican el deber de obedecer la ley en base al ´consentimiento de los gobernados´ deben explicar exactamente como y donde we the people -usted y yo y todos los demás- consentimos en obedecer las leyes [de la jurisdicción en la que vivimos]” (en The Righs Retained by the People) y a continuación en la misma obra afirma que no puede argumentarse seriamente que uno está representado cuando es derrotado el candidato que hemos votado ya que no estamos representados por los actos del gobierno del oponente, justamente el candidato que votamos en contra. Y continúa diciendo que incluso si ganara el candidato que hemos votado, no quiere decir que adhiramos al sistema puesto que eventualmente podemos solo intentar la minimización del mal, para no decir nada de los que no votan o votan en blanco, precisamente como señal de protesta o simplemente porque la legislación hace obligatorio el voto.

Seguidamente escribe Barnett que cuando se hace referencia a un sistema en el que se consiente algo, esto quiere decir que se puede no consentir, de lo contrario pierde por competo el sentido de “consentir o acordar”. Sigue diciendo el mismo autor que en nuestros sistemas políticos resulta muy curioso que se repita que los ciudadanos están “consintiendo” cuando no hay manera de expresar el no consentimiento: “Cara, usted consiente, seca también consiente, no se tira la moneda, ¿adivine qué? Usted también consiente. Esto no es consentir”. Por último Barnett pone de manifiesto el pseudoargumento de que se “consiente” por el mero hecho de haber nacido en tal o cual país, lo cual presupone que el gobierno es el dueño del país en cuestión y del lugar donde uno vive, razonamiento que pretende un correlato del todo improcedente “como si se estuviera viviendo en la casa de otro”. Además, como marcan Michell y Simmons, “los votantes no pueden discriminar entre promesas específicas y deben descansar en promesas generales que no pueden legalmente hacerse cumplir” (en Beyond Politics. Markets, Welfare and the Failure of Buracracy).

Pero a los efectos del argumento supongamos que la ficción del contrato original no fuera tal, ¿el atropello gubernamental no tiene límite? Supongamos que el gobierno decide con apoyo del voto popular decapitar a los rubios. ¿Ellos tiene que ofrecer mansamente sus cabezas? En el caso que nos ocupa en esta nota periodística, cierro con varias preguntas que giran en torno al mismo asunto crucial para que pensemos juntos en posibles respuestas con los lectores: ¿La gente debe aceptar hacerse cargo de cualquier volumen de deuda contraída por su gobierno? ¿No hay límite alguno? ¿Incluso si proyecciones razonables muestran que los pagadores del futuro quedarán literalmente exhaustos sin recursos por ser exprimidos por sus gobiernos para “honrar la deuda”? Siempre hay pensamientos iniciales que pueden eventualmente cambiar paradigmas; esto viene ocurriendo desde el arco y la flecha, que si no se hubiera aceptado estaríamos aun solo con el garrote.

La última vez que lo invité a Buchanan a Buenos Aires se pronunció en los medios por repudiar la deuda pública externa contraída por gobiernos de facto; ahora nos preguntamos si hay limitaciones para el volumen de la deuda gubernamental también en gobiernos considerados de jure. Soy consciente de que estos interrogantes alarmarán al espíritu conservador atado al statu quo. De todos modos, el asunto amerita ser tratado. Es para pensar y también para debatir con colegas. Suele ocurrir que de estos intercambios surgen criterios prudenciales de gran fertilidad.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Elogio del liberalismo

 

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/1/19 en: https://elcultural.com/revista/letras/Elogio-del-liberalismo/41823

 

John Stuart Mill, inspirador de muchas de las tesis de Ruiz Soroa

 

Este es un libro valiente, porque hay que ser valiente para titular una obra Elogio del liberalismo, y escribir allí cosas como: “el capitalismo ha sido algo positivo y sus logros son impresionantes” o “la economía de libre mercado es el sistema más eficiente para crear riqueza que el mundo ha conocido”.

El liberalismo de José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) trasciende la economía, como debe ser, y apunta a la salvaguardia de los individuos, porque la esencia del liberal es “no perder nunca de vista el reinado inapelable de los derechos de las personas individuales”, y tener presente que “el único agente moral que cuenta es la persona”. La gente ha de decidir su propio bien, no “el Gobierno o las comisiones de expertos, o el algoritmo… el sujeto que hay que proteger no es la nación, ni la grande ni la pequeña, sino las personas”. Como es lógico, critica a los radicales, populistas, nacionalistas, comunistas, etc.

Todo esto confluye en “la receta liberal por excelencia: miedo y desconfianza ante el poder, incluso ante el poder de los ciudadanos”. Es necesario “dividir el poder para neutralizar su amenaza”.

Dirá usted: ¡olé! Sin embargo, temo que el profesor Ruiz Soroa quiere conservar la tarta y a la vez comérsela, en la estela de su admirado John Stuart Mill, un autor mucho más confuso de lo que suele pensarse.

La confusión estriba en creer que la propiedad no es una condición de la libertad, y que la sociedad puede distribuir la producción como mejor le parezca: lo dijo Stuart Mill en sus Principios de 1848 y lo repite Ruiz Soroa, cuya defensa de la libertad individual se detiene ante los bienes de los ciudadanos. Poner énfasis en la defensa de dichos bienes es apoyar el liberalismo económico, “hijo bastardo del liberalismo político”, “darwinista social”, “manchesteriano y dogmático”, y propio de “ultraliberales” y “fundamentalistas del mercado”.

Insistirá usted: se puede ser individualista liberal pero sin subrayar la propiedad privada. Se puede, pero corremos el riesgo de proclamar al mismo tiempo una cosa y la contraria. Es el caso del libro que nos ocupa. El doctor Ruiz Soroa, como tantos en la apacible kermés del pensamiento único, propicia la intervención redistribuidora del Estado, y no cree que haya que frenarlo por principio sino por circunstancias y oportunidad: “Hay fallos del mercado y hay fallos de la política”, por lo que no cabe sostener que “uno debe maximizarse y otro jibarizarse”. En ningún caso el liberalismo debe defender un Estado pequeño en economía; la contraposición Estado-mercado es “plenamente equivocada”, porque se trata en ambos casos de construcciones artificiales. Así, el liberal recomienda que el Estado mantenga el mercado libre, pero no “dejar hacer”. Esta es la clave: “La alternativa no lo es entre más o menos intervención pública sino entre mejor y peor gobierno”. Es decir, si el gobierno es bueno: ¿por qué no va a ser grande?

Más aún, dice seriamente que ante la globalización “el Estado se ha quedado pequeño”. Usted igual desconfía, porque sus impuestos no se han empequeñecido, precisamente. Pero aquí, de precisión hay poco (y de impuestos, nada). Desde el entusiasmo por el contrato social como fuente del poder hasta la identificación entre poder político y poder económico, frente al cual también necesitaríamos protección, como si para su libertad, señora, representaran intimidaciones idénticas Amancio Ortega y la Agencia Tributaria.

Al final, para ser libres… no debemos serlo. Y en este lío el profesor Ruiz Soroa insiste en llamar liberales a hombres que propugnaron la expansión del Estado, como John Maynard Keynes, o que la llevaron a cabo sin pudor ni reparos, como Franklin D. Roosevelt, a quien Mussolini llamó “un verdadero fascista”. José María Ruiz Soroa, por tanto, reclama simultáneamente más libertad y menos.

En fin, he dicho que Elogio del liberalismo es un libro valiente, y lo mantengo. Exigirle coherencia ya sería demasiado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Michelin Short Business (And Personal) Guide

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 19/12/18 en: https://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2018/12/19/michelin-short-business-and-personal-guide/#3361ad1f722b

 

Michelin is a French surname, but it is also a synonym for quality tires and restaurant recommendations. This article, however, is not about the current state of this $18 billion company but about some of its most important roots: the principles that guided François Michelin (1926-2015). Major corporations from around the world have seen their brands tarnished but not so Michelin. It consistently ranks among the companies with the best reputations.

I only spent a few days with Mr. Michelin, though I recently re-read a book titled And Why Not?, which carries a lengthy interview describing his views. The processes and compounds used in manufacturing the tires are carefully guarded, but the reasons that Michelin believed led to their success are free for all to follow.

The work of major corporations is greatly influenced by government intervention, be it barriers or support. Michelin was a private-sector man who did not look to government for solutions or directions, and his company was built that way. He knew that the private sector is not perfect, but he saw “the vast number of small errors made by all the actors in the economy as a whole is infinitely less dangerous than the major mistakes committed by a dozen technocrats working in their own little areas of responsibility.”

Government bureaucrats can use the power of government to make people buy things, but not so private companies. Michelin explained: “If somebody does not want to buy our tires, I cannot do anything to make them buy our tires…. It can never be stressed enough that the customer is the real owner of the business. He is the one who decides to buy your products…or those of your competitors because yours are too expensive or not as good.”

Keynesianism, the body of policies that developed from the writings of John Maynard Keynes (1883-1946), is still in full force today. The ideas of this famous economist are cherished and perpetuated by those who champion interventionism. Michelin did not have much liking for what he regarded as Keynes’ major legacy: “Inflation is the granddaddy of all vices. Keynes, who obtained the financing for Hitler’s national socialism from the Bank of England, said it quite well: ‘I am an immoralist because I know that inflation is able to pervert the conscience.’ Inflation is an organized lie. A drug that can have tragic consequences.” I have not found that exact quote in Keynes’s writings, but I lived through the corrupting effects of inflation in Argentina, my native country, where economic policy has been mostly dominated by his followers.

Another little-understood “Michelin lesson” is taxation. Michelin was clear also on this topic: “When people talk about lowering taxes, they say that it is going to cost the government! Where is the taxpayer? What happens to his purchasing power, the foremost element of economic life?” He concluded: “We know that the real engine of growth would be a massive lowering of public spending, which means lower taxes. This is the only way to give customers back their purchasing power and to make it possible and desirable for them to buy, save and take risks.”

And Why Not? a book based on an interview of François MichelinALEJANDRO CHAFUEN PICTURE OF BOOK COVER

Companies, however, are built with human beings, and Michelin’s lessons are also valuable here. His book is subtitled “The Human Person at the Heart of Business.” He wanted people to find meaning in their work.  “Each time I meet someone,” he said, “I ask myself: What diamond is hidden in this person? All these jewels that surround us make an incredible crown, when we have learned how to open our eyes and see them.” His remarks on this topic reminded me of a short essay by Father Jaime Balmes(1810-1848), “Relations between Manufacturers and Workers.” Balmes recommended that employers create environments that would benefit the workers and also “make them” good. He stressed that without forgetting the need for profits, the owner, within the limits of justice and equity, should show that he is ready to make sacrifices.

Michelin goes further: “You have to want other people’s freedom, you have to desire to give them the capacity to conduct experiments and to make mistakes sometimes as well.” He recommended humility:  “You become a dictator as soon as you no longer acknowledge the fact that the other person has a part of the truth.” Being challenged inside and outside the business is also healthy: “The absence of competition leads to the phenomenal loss of substance.”

In the end, what counts is self-knowledge and continued learning. “Be who you are, do not try to be your father or your grandfather. Be genuine, with all your strengths and weaknesses, but open your eyes, open them wide. Go into the workshops.”

Michelin was a man of faith. “Beauty is another name for God” was one of his aphorisms. The late Sir John Templeton (1912-2008) wrote that Michelin “is ultimately concerned with higher things” and “sees their meaning made real in the apparently ordinary happenings of everyday life.” There is considerable beauty in the restaurants that Michelin ranks as the best. For those of us who love cars, there is even beauty in good tires.

Ultimately, as no one can give what he does not have, Michelin reflected upon his life as an invitation to other business leaders to ponder: “You think that you are building a family or a company. And, in the final analysis, it is yourself that you are building. In my own personal case, I believe that I am working all the time.”

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

La Reserva Federal y la regla de la tasa de interés natural

Por Adrián Ravier. Publicado el 11/12/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/12/11/la-reserva-federal-y-la-regla-de-la-tasa-de-interes-natural/

 

En 2014 ofrecimos, junto a Erwin Rosen, una regla monetaria para que la Reserva Federal (Fed, de aquí en más) evite seguir generando burbujas bursátiles e inmobiliarias de impacto global, como las de 1930, 2001 y 2008, entre otras. El trabajo se publicó en el Quarterly Journal of Austrian Economics, y se puede ver aquí. Lo interesante del caso es que hoy la Fed parece seguir esta regla.

¿Qué es la tasa de interés natural y qué ocurre cuando la Fed se aleja de ella?

El economista sueco Knut Wicksell escribió un trabajo en 1898 donde diferenciaba entre la tasa de interés natural que surge por la dinámica del mercado, y la tasa de interés “de mercado”, que es la que se ve influenciada por las políticas monetarias de la Reserva Federal. Explicó con claridad que cuando la tasa de mercado está por debajo de su nivel “natural”, la economía se sobre-expande. Por el contrario, cuando está por encima, se frena.

Fue Ludwig von Mises quien tomó la posta de aquella contribución y elaboró la teoría austriaca del ciclo económico, combinando la distinción de Wicksell sobre la tasa de interés con la política monetaria de David Ricardo y la teoría del capital de su maestro Eugen von Böhm Bawerk. Cabe resaltar que en el marco de esta teoría Mises prefirió hablar de mala inversión en lugar de sobreinversión, evidenciando que la tasa de interés es un precio que transmite información acerca de aquello que ocurre en el mercado de créditos, y que un nivel inferior al natural significaría enviar información falsa a los empresarios, quienes podrían entender que hay más recursos financieros disponibles para la inversión que aquello que los ahorristas están dispuestos a ofrecer. Con una tasa menor a su nivel natural, proyectos de inversión que no eran rentables ahora se vuelven rentables y sobreviene un “auge insostenible” que más tarde se sigue de fases de crisis y depresión. La teoría austriaca del capital logra mostrar “detalles microeconómicos” del impacto de estas políticas dentro de la estructura intemporal de la producción.

En el ya famoso y clásico debate entre Friedrich Hayek y John Maynard Keynes (resumido en estos dos entretenidos videos de rap) se pueden observar dos posturas frente a esta regla. Mientras Hayek sugería seguir la regla para evitar generar ciclos económicos, Keynes advertía que era una posibilidad para estimular la economía de acuerdo con el ciclo político, desconociendo los efectos de largo plazo, hoy ya reconocidos en la literatura.

¿Pero puede medirse la tasa natural? Si bien conceptualmente seguir la tasa de interés natural evitaría seguir generando ciclos económicos, la dificultad de conocer su nivel ha generado dudas sobre la posibilidad concreta de seguir una regla como la de Wicksell. Respondiendo concretamente a la pregunta, no, no se puede medir con precisión su nivel.

Pero si al menos la Fed intentara estimar y seguir esa tasa natural, en lugar de intentar estimular y frenar la economía a discreción para buscar el objetivo del pleno empleo, entonces el aporte ya sería significativo.

Con Erwin Rosen estudiamos aquellas estimaciones hoy disponibles de la tasa natural y encontramos que el trabajo de Laubach y Williams, dos economistas que ya ofrecen estimaciones para la Fed y el Banco Central Europeo, medían esta posible tasa natural de interés. Su nivel surge de tomar en cuenta, entre otros factores, la brecha que existe entre el PBI real y potencial.

En nuestra investigación descubrimos que la medición de la tasa natural en el período 2001 y 2005 estaba en torno al 5%, lo que manifiesta el “too low too long” (o “demasiado bajo por demasiado tiempo”) que hoy es moneda corriente en la explicación de los economistas sobre las causas de la burbuja inmobiliaria que terminó en la gran recesión de 2008.

¿Qué relevancia tiene esta regla después de 2008? La regla de la tasa de interés natural es importante porque deja entrever que, tras la crisis de 2008, la Fed podría estar generando nuevas burbujas con su tasa de interés cero, la que de hecho mantuvo en niveles muy bajos por casi una década.

Lo interesante del caso es que la baja de tasas de 2008 se justificaría de acuerdo con el nivel que adquirió la medición de Laubach y Williams en los años siguientes, justificado quizás por el “saving glut” o acumulación de ahorros que proviene de Asia.

La corrección hacia arriba del nivel de tasas de interés también parece responder a esta regla, subiendo lentamente desde 2016 hasta llegar al 2,25% actual.

Si bien el mercado ya descontaba una nueva suba de un cuarto de punto en diciembre de 2018 y al menos otras dos para 2019, el nuevo presidente de la Reserva Federal Jerome Powell abrió dudas sobre una eventual pausa argumentando precisamente que “están justo por debajo de su nivel de equilibrio”.

Lo cierto es que la tasa de interés actual en 2,25% ya estaría superando el nivel medido por Laubach y Williams, lo que significa que seguir incrementando su nivel impone a la economía un innecesario freno.

¿Qué relevancia tiene esta “eventual pausa” para el futuro? Que cambia el escenario de relativa iliquidez que el mercado ya había descontado, lo cual vuelve más optimista a los inversores para abandonar la idea de buscar una potencial mayor tasa de bonos americanos a 10 años y volver a la economía real. Reduce la posibilidad de una nueva crisis global, al tiempo que las subas previas evitan seguir inflando una posible burbuja bursátil. En otros términos, siguiendo a Wicksell, si la Fed sigue la regla de la tasa de interés natural, ni estimula ni frena a la economía, lo que en definitiva es lo que una medida ortodoxa debería buscar.

Para Argentina, la noticia no puede ser mejor en el año electoral. Un escenario de menor iliquidez, sumado a la reciente reunión exitosa del G20 en Buenos Aires, que entre otras conclusiones parece poner pausa también a la guerra comercial entre China y Estados Unidos, podría significar inversiones reales en el país que formen un motor adicional para la necesaria y esperada recuperación económica.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

A Philosopher For Supply Side Economics Tackles Inequality

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 25/7/18 en: 

 

In Rich and Poor: Equality and Inequality, Spanish philosopher Leonardo Polo (1926-2013) offers profound thoughts which can serve as a foundation to change the debate on inequality. Polo inspired thousands of students during his academic career, mostly at the University of Navarra, but also in other schools. His collected works fill almost 20 volumes. Think tanks and research centers studying his work have been founded in at least seven countries, and he directed more than 40 doctoral dissertations.

Although he was much better known as a philosopher, Polo also delved into economics. Polo pays attention to some of the great influencers in this field, from John Maynard Keynes to Milton Friedman. As he did with philosophy, he also goes beyond traditional arguments and methods. He pays attention, for example, to “spatial economics” or the influence of geography in economic development. He saw Brussels, placed strategically in the productive corridors of Europe, as destined to increase its political economic power. However, he did not like the Belgian model which, according to him, rested “entirely on big business whose guarantors are, at the same time, its parasites.”

Leonardo Polo essay on inequality appearing for the first time in an accessible booklet in EnglishMANUEL CASTELLS AND LEONARDO POLO INSTITUTE OF PHILOSOPHY

The writer who perhaps had more influence on Polo’s views on wealth is George Gilder. Labels are almost always dangerous, but Polo can be justly described as a supply-sider philosopher of economics. He called to leave most of Keynesianism behind, preferring the views of Jean Baptiste Say (1767-1832). The latter emphasized the importance of supply rather than demand, the latter being the pet peeve of Keynesians of all colors.

Polo argues that the essence of true capitalism is giving. By this it is meant the type of giving that requires taking risks without knowing if one would ever be able to recoup the investment. The true entrepreneur, and a healthy capitalism, gets corrupted by the Keynesian vision. While the true entrepreneur is someone who sees an opportunity to create, and has the talent and willingness to attract resources and invest in them before seeing a result, the Keynesian entrepreneur, according to Polo, is someone who likes to ride the coattails of higher growth, assuming little or negligent risks.

Keynes policies lead “to the rise of what we could call businessmen of convenience, not by vocation. This type of people, in which the eagerness for risk is very limited, have been the real promoters of the consumer society.” By consumer society, Polo understands a society where most actors focus on the material side of economics. These types of entrepreneurs are more interested in being “spies of the signs of demand (practice of marketing) than discovery, creation and assuming risk.”

 

Polo has special views on distributive justice which, unlike the typical redistributionist interpretations, are consistent with the free society. For him, “distributive justice guarantees what is usually called the common good, that is, that the interplay of human endeavors in society be good to all.” The two main forces working for this kind of justice are the family, with its functional inequality, and the risk-taking entrepreneur. Both are based on giving rather than taking, and as the work of the entrepreneur benefits people who are far from his family, it seems that it involves more immediate generosity than that of a family member.

Polo makes it clear that redistribution and subsidies rather than helping solve the problem of poverty tend to make it worse. Despite its inefficacy, Keynesians and bureaucrats seemingly love this approach. “Risk” Polo wrote, “does not attract the socialist bureaucracy either, both the Keynesian businessman as well as the social-democratic politician are incapable of promoting human dignity: they are shot through with inauthenticity, their activity is intimately unattended, he pays no heed to distributive justice.”

Through his academic work at the University of Navarra, Leonardo Polo influenced thousands of students and academicians around the globe MANUEL CASTELLS

The giving which is essential for a just and free society is not only material, it is also spiritual and must derive from what is ours rather than from what belongs to the common pool. Polo adds: “[S]trictly speaking, distributive justice compels one to be daring: in the case of the businessman, to not wait until one has a guaranteed buyer before producing, to trust in supply.” Polo’s views are different from the traditional classic Aristotelian and Thomistic view of distributive justice: that which deals with the rules needed for maintaining and distributing what is held in common (public buildings, the proceeds from taxes, government appointments, etc.), but they do not contradict it. Polo is aware that commutative justice (justice in contracts), despite its importance, does not guarantee a free and just society. Contracts also need to be complemented by distributive justice. The rules that determine distributive justice, however, are even more difficult to discern.

Polo’s views about distributive justice are more in line with neglected notions of social justice, which regard redistribution as a problem but consider it a virtue to work for the common good. An entrepreneur who risks advancing supply could be looked upon as favorably as a philanthropist – if not more so. This kind of social and distributive justice is essential, but is beyond courtroom justice. No one can be taken to court for being unwilling to assume risks.

Polo’s theories would benefit from a greater emphasis on the role of free prices to help guide entrepreneurs so that “endeavors in society be good to all” or at least to most. That was a key insight in the teachings of Nobel laureate F. A. Hayek and also of Ludwig von Mises. Polo does not quote Von Mises but reaches similar conclusions when he writes that “accumulating capital is an activity of a spiritual nature.” In Human Action, his most important treatise, Von Mises wrote: “The ‘productive forces’ are not material. Production is a spiritual, intellectual, and ideological phenomenon. It is the method that man, directed by reason, employs for the best possible removal of uneasiness. What distinguishes our conditions from those of our ancestors who lived one thousand or twenty thousand years ago is not something material, but something spiritual. The material changes are the outcome of the spiritual changes.”

Polo is a strong critic of the current views that distributive justice consists of taking from the rich and subsidizing the poor. He correctly saw that the weakening of the entrepreneurial spirit leads to the weakening of the common good. He was very concerned about bureaucracy which he saw affecting not only government but also large corporations.

Relevance for today’s Spain

Adam Smith, the most famous economist of all times, sometimes labeled the “father of economics,” was a moral philosopher. His views greatly influenced economic policies since their introduction during the 18th century Scottish Enlightenment. Since then, there is a declining proportion of economists who make an effort to understand and incorporate philosophical analyses into their work. Philosophers similarly tend to avoid economic matters. Leonardo Polo is a healthy exception. He never abandoned his philosophical language, difficult and sometimes unique, but he nurtured his analyses by reading some of the best economists.

His economic philosophy can play a salutary role in providing direction to the platforms of center-right and conservative parties in Spain. It combines understanding of economics and includes profound insights about the human condition.

As Spain’s political scene is being rebuilt and given the growing interest in the work of this philosopher, Polo’s views might become more influential than ever. He was not a typical conservative, his father died in exile for siding with the opponents of Francisco Franco. His economic views are likely to be more attractive to the parties that favor the free-market, like the rejuvenated Popular Party, which, after some contention, decided to name Pablo Casado Blanco, an attractive and intelligent 37-year-old as its leader. The budding Vox party, the most conservative force but still very small, can also learn from Polo’s views. Ciudadanos the party led by Alexis Rivera, also an appealing leader, might agree more with Polo’s economics than his views on the family. Ciudadanos is still searching for the right combination of principles that will increase its national appeal.

On the left, the Partido Socialista Obrero Español (PSOE), which leads the current eclectic government coalition, could also learn, but they will have to reject part of their bourgeois socialism. Polo wrote that during the 1980s, the PSOE was rejecting Keynesianism, but still endorsing redistribution because “socialism becomes uneasy when someone has more than another.” Alberto I. Vargas, a co-founder of the U.S.-based Leonardo Polo Institute of Philosophy asserts that the PSOE could adopt some of the social and communitarian views of Polo as well as his views on workers, who, when better informed about the conditions and decisions of their companies and markets, are also creative entrepreneurs. The road to reduce poverty lies not in reducing inequality but in creating wealth by liberating and enhancing the entrepreneurial-giving spirit in both workers and investors. Vargas concludes: “Polo’s views on how to help the poor are very rich and far from paternalism, rather in the line of freedom and the power of giving.”

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.

El Fondo Monetario Internacional

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 14/5/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/El-Fondo-Monetario-Internacional-20180514-0013.html

 

El FMI fue una creación de Bretton Woods inspirada por John Dexter White y John Maynard Keynes, primero como banquero de banqueros centrales y luego como prestamista. Entre otros, al decir de economistas de la talla de Peter Bauer, Doug Bandow, Robert Barro, Karl Brunner, Ronald Vauvel y Raymond Mickesell, esa institución sirve para financiar a gobernantes ineptos que cuando están por renunciar o, empujados por la realidad, revertir sus fracasadas políticas estatistas reciben cuantiosos recursos a bajas tasas de interés con períodos de gracia al efecto de continuar con aparatos estatales sobredimensionados a los que generalmente aconsejan incrementar aun más las cargas impositivas y otras medidas al efecto de equilibrar sus presupuestos, pero no reducir el tamaño del Leviatán.

 

 

Sostienen estos profesionales que ese ha sido el caso repetidamente en Argentina, México, Bolivia, Republica Dominicana, Haití, Indonesia, Irak, Pakistán, Tanzania, la ex Camboya, Filipinas, Ghana, Nigeria, Sri Lanka, Zambia, Uganda, El Salvador, Egipto y Etiopía. En este contexto Harry Johnson ha consignado que “el llamado nuevo orden internacional no es nuevo, ni orden ni internacional sino que es una copia del mercantilismo del siglo xvi”.

 

En su visita a Buenos Aires, Yuri Yarim Agaev, enviado por Vladimir Bukouvsky -uno de los más destacados disidentes de la ex Unión Soviética junto con Alexander Solzhenistin- informó que luego del derrumbe del Muro de la Vergüenza liberales rusos estuvieron a punto de acceder al gobierno “si no fuera por la apresurada irrupción del FMI que dotó de millones de dólares a miembros de la nomenclatura de donde finalmente surgió el actual gobierno mafioso”.

 

Fue muy difundido el caso del general Mobutu Sese Seko que usurpó el poder en Zaire que fue el mayor receptor de ayuda por parte del FMI en relación a su población. El poder de Mobutu fue absoluto condenando a la gente a los suplicios más horripilantes en un contexto de saqueo permanente que permitió que ese sátrapa acumulara una fortuna de ocho mil millones de dólares de esa época.

 

Como es sabido, el FMI se financia coactivamente con el fruto del trabajo ajeno aportado por los distintos países miembros. Entonces, debido a su antes referida trayectoria y a la fuente de recursos a la que echa mano es que autores como los mencionados al comienzo de esta nota sugieren la liquidación de esa entidad, a los que debe agregarse el jugoso ensayo de Anna Schwartz titulado “Es tiempo de terminar con el FMI y el Departamento de Estabilización del Tesoro” y  los suculentos libros, por una parte, de Melvyn Krauss titulado Development Without Aid y, por otra, el de Dambisa Moyo titulado Cuando la ayuda es el problema en los que se detallan innumerables casos patéticos de países que reciben cuantiosos recursos en medio de corrupciones alarmantes y dislates económicos fomentados por la ayuda que proviene coercitivamente de bolsillos ajenos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

 

Qué son en realidad las tasas de interés y qué sucede cuando el gobierno interviene para fijarlas?

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 5/2/17 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2017/02/05/traduccion-que-son-en-realidad-las-tasas-de-interes-y-que-sucede-cuando-el-gobierno-interviene-para-fijarlas/

 

La tasa de interés es uno de los conceptos más confusos en economía. ¿Qué son en realidad? ¿Cuál ha sido su rol en las distintas tales como la burbuja inmobiliaria de los 2000s?

Lo primero que hay que aclarar es lo que la tasa de interés no es. Algunos seguidores de las teorías de John Maynard Keynes sostienen que la tasa de interés es “el precio del dinero”. Esto debe ser dicho tan claro como sea posible: la tasa de interés no es el precio del dinero.

Veámoslo con un ejemplo simple. Supongamos que Juan le entrega 10 manzanas a Pedro a cambio de recibir 11 manzanas dentro de un año. Es claro que este acuerdo es un préstamo. También es claro que se aplica una tasa de interés del 10%. Sin embargo, este acuerdo no involucra dinero.

¿Diría usted que porque este préstamo se realizó en manzanas la tasa de interés es el precio de las manzanas? Probablemente no.

De hecho, las tasas de interés no son un fenómeno monetario. El ejemplo del préstamo de las manzanas pudo haber ocurrido en una época pre-monetaria de la economía. Es decir, las tasas de interés existieron antes que el dinero.

El Precio del Dinero y el Precio del Tiempo

Entonces, ¿qué es el precio del dinero y qué son las tasas de interés? Primero, el precio del dinero, como el de cualquier otro bien, es lo que un individuo debe pagar por comprar dinero. Cuando usted va a la cafetería a comprar un café, usted compra el café entregándole dinero a la cafetería. En el mismo acto la cafetería le compra su dinero vendiéndole café.

Vender bienes es comprar dinero. Cuando compramos un bien estamos vendiendo dinero al comerciante.

¿Qué es, pues, una tasa de interés? Hemos aprendido que una tasa de interés no es el precio del dinero. Una tasa de interés es el precio del tiempo.

Consideremos de nuevo el ejemplo de las manzanas donde Pedro le pide a Juan 10 manzanas prometiéndole devolver 11 manzanas un año después. Si el préstamo fuera por más de un año Pedro debería devolver más de 11 manzanas.

Si usted me pide que le preste 100 dólares que yo podría gastar hoy, usted debería devolverme más de 100 dólares. ¿Cuánto más? Eso dependerá de cuánto yo esté dispuesto a esperar teniendo en cuenta lo que yo puedo comprar hoy con esos 100 dólares. Así como los precios de mercado reflejan el valor de intercambio de los bienes, las tasas de interés reflejan el valor de intercambio del tiempo.

De dónde proviene la confusión

¿De dónde proviene la idea de que la tasas de interés es el precio del dinero? Podemos señalar dos fuentes. Primero, a través de la influencia de las ideas de Keynes, que no sólo se expresaron en sus textos sino también en numerosos manuales de texto y modelos económicos.

Segundo, así como no podemos guardar el tiempo en una caja e intercambiarlo por otro bien, tampoco podemos observarlo en forma directa. En consecuencia, para poder hacer una transacción que lo represente necesitamos la ayuda de algún otro bien. El bien más conveniente para esta tarea es el bien más comúnmente utilizado en los mercados: el dinero. Por eso el banco le presta dólares, no manzanas. Los préstamos se hacen en dinero porque es conveniente, no porque la tasa de interés es el precio del dinero.

Pizzas y Casas

Ahora que sabemos que la tasa de interés es el precio del tiempo, podemos decir algo acerca de los efectos de manipular las mismas. Consideremos el caso más común, que es cuando el banco central baja las tasas de interés. Desde el punto de vista del consumidor, los incentivos a ahorrar se reducen. Hay, en consecuencia, un incremento del consumo a expensas de la inversión. Esto resulta así porque el beneficio de esperar ha disminuido. Desde el punto de vista del consumidor los incentivos para ahorrar son menores.

Desde el punto de vista del productor, el costo del tiempo ha disminuido. Esto es importante porque para producir cualquier bien se requiere tiempo. Para producir pizzas usted necesita bienes de capital (un horno), bienes intermedios (queso, harina, etc.) y también tiempo (20 minutos, más o menos). Pero ahora el tiempo tiene un precio relativamente más bajo que los otros bienes intermedios o finales. Esto significa que todos los productores a lo ancho de toda la economía desearán utilizar más tiempo del que deberían en sus respectivos procesos de producción.

Se realizan nuevas inversiones en actividades que demandan demasiado tiempo –más del que deberían en una situación normal de equilibrio-. Este error de asignación de recursos en el tiempo puede provocar serios desequilibrios, no sólo en la economía real sino también en los mercados financieros donde se realizan la mayoría de las transacciones de tiempo (créditos.)

Si además de incrementar el crédito el gobierno introduce regulaciones que canalizan la mayor parte del crédito creado hacia mercados específicos se pueden crear burbujas en esos mercados. Esto, en síntesis, es lo que se produjo durante la burbuja inmobiliaria y la crisis subprime en 2007-2008.

Dado que las tasas de interés dirigen el modo en que los recursos son destinados a la producción a través de toda la economía, las equivocaciones en el nivel de las tasas determinadas por el banco central pueden ocasionar muy serias consecuencias para todos nosotros.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.