Gran Bretaña: después de la tormenta

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 30/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1913999-gran-bretana-despues-de-la-tormenta

 

Los británicos eligieron claramente salir de la Unión Europea . Parecía una opción indeseable, pero los votos finalmente dijeron lo contrario. Los ciudadanos mayores impusieron a la juventud británica un camino que ella no quería, empujándola hacia un futuro de encierro que las encuestas demuestran no es precisamente el que los jóvenes pretendían.

Esa es la realidad, innegable por otra parte. A partir de ahora cabe esperar un proceso de pérdida creciente de influencia británica en todos los escenarios del mundo. Y un momento, quizás prolongado, de fuerte inestabilidad y de intensa fragilidad política doméstica.

El costo de la decisión británica ha sido -para todos- inmenso en términos de destrucción de valor. Más allá de la propia Gran Bretaña. El gran responsable político de lo sucedido, el primer ministro conservador, David Cameron , ya ha renunciado. Ha pasado claramente a la historia como el inepto causante de esta tremenda tormenta, cuyos efectos serán de largo plazo.

El orden europeo se ha fracturado y sus cimientos están conmovidos. Los dos principales partidos políticos británicos quedaron sumidos en las naturales luchas por atribución de responsabilidades y las pretensiones de inmediatos nuevos liderazgos. Tanto el conservador David Cameron, como el laborista Jeremy Corbyn, están hoy en la mira de sus propios correligionarios, con una baja capacidad de supervivencia. El ascenso del conservador Boris Johnson, que pretende reemplazar a David Cameron puede no ser nada simple. Sucede que hay muchos, entre los conservadores, que le asignan buena parte de la responsabilidad central por lo acontecido, desde que Johnson estuvo entre los partidarios encendidos de alejarse de la Unión Europea.

El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, anunció rápidamente una visita a Bruselas y Londres para evaluar las opciones de su país en el futuro inmediato. Mientras desde la OTAN se pronunciaba la primera verdad: “Gran Bretaña será, en más, un socio menos efectivo y menos confiable en el escenario del mundo”. Por decisión propia, curiosamente. Se ha dado entonces un paso más en lo que es un lento proceso británico de decadencia.

Londres, como centro financiero, será sensiblemente menos atractivo. Muchas de sus operaciones y actividades están siendo ya presurosamente transferidas a Dublin, Frankfurt o Berlín. Por ahora, al menos. La libra está en su nivel más bajo de los últimos treinta años, perjudicando a sus tenedores, que han visto evaporarse velozmente buena parte de su poder adquisitivo. Las acciones de los bancos europeos cayeron de inicio un fuerte dieciocho por ciento. La sombra de la crisis del 2008 ha vuelto a aparecer.

Como en todo divorcio, los términos de la separación de bienes entre la Unión Europea y los británicos comenzarán pronto a ser discutidos, con un horizonte de no más de dos años de conversaciones y tratativas. Hablamos de un proceso que hasta ahora no ha sido recorrido sustancialmente por nadie. Lleno de incertidumbre, en consecuencia, que proyecta todo lo contrario a las sensaciones de claridad, previsibilidad, confiabilidad y certeza que los empresarios, con razón, siempre priorizan. Hasta que aclare, la actitud general está ya a la vista: las empresas congelan el empleo y postergan sus inversiones. Así de simple.

Como consecuencia de lo sucedido, es también bastante previsible que la propia Unión Europea se transforme en una organización algo más proteccionista. Especialmente en el sector agrícola, al impulso de sus voces menos librecambistas: las de Francia e Italia. Lo que puede afectar las lentas conversaciones que apuntan a un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Gran Bretaña, ahora en libertad de acción, podría quizás lograrlo bilateralmente.

En materia de tecnología, propiedad industrial y telecomunicaciones, las voces que propugnan mayor regulación y menor libertad de acción seguramente aumentarán su impacto y su sonoridad. Algo parecido podría ocurrir en lo que tiene que ver con las normas que aseguran la libre competencia, que previsiblemente serán interpretadas más flexiblemente, debilitando en paralelo a los respectivos organismos reguladores.

La dosis de apoyo a la libertad económica y a los mecanismos de mercado que ha prevalecido en la Unión Europea puede disminuir, mientras -en contrapartida- las voces proteccionistas, intervencionistas y hasta simplemente dirigistas previsiblemente se entonarán.

En paralelo, en la propia Unión Europea crecerán presumiblemente las propuestas populistas y nacionalistas que han infectado ya a muchos de los Estados miembros. Y probablemente las propuestas de expansión del número de Estados miembros, incluida la tan delicada que tiene que ver con Turquía, deberán seguramente esperar.

Ocurre que la utopía de una Europa sin Estados-nación y sin conflictos, dirigida por unaelite que nadie eligió en las urnas no tiene el respaldo de la gente. Por lejana, opaca y hasta por arrogante.

Además, porque en esencia esa utopía no es, ni pretende ser, democrática. Por eso el aumento del escepticismo, primero, y el creciente deseo de cambio, ahora.

El sueño de una indefinida federación europea ha dejado de cautivar. Muchos quieren menos y no más Europa. La voluntad política requerida para profundizar la integración en cuestiones en curso, tales como la unión monetaria, un mercado común de capitales, un esquema conjunto de garantía de los depósitos cambiarios, la emisión de bonos europeos como mecanismo de financiamiento común, un esquema conjunto de defensa y seguridad, quedarán demoradas. Por un buen rato, presumiblemente.

Una organización creada en su momento para evitar las guerras entre sus miembros ha caminado ya por casi seis décadas, pero su ciclo está hoy en una fase que ahora transmite la necesidad de generar ordenadamente alguna desintegración. De devolver alguna soberanía a sus Estados miembros, en temas concretos.

Hay escepticismo, es cierto, pero además se advierte nativismo, populismo y nacionalismo, tendencias que no son precisamente el alimento requerido para una aceleración de la integración. Sino, todo lo contrario. Mal momento para la Unión Europea. No necesariamente terminal, pero desilusionante por cierto. Y peligroso para la marcha en común, ahora amenazada, que ya no será acompañada por una Gran Bretaña que eligió el portazo.

A manera de reflexión final, cabe señalar que, pese al resultado específico del reciente referendo británico, hay quienes creen que el mismo no es necesariamente definitivo. Esto quiere decir que, podría eventualmente haber una nueva convocatoria a un segundo referendo para tratar de revertir el resultado del primero.

Para ello recuerdan que tanto Dinamarca, como Irlanda, tuvieron primeros referendos con resultados adversos a la Unión Europea, que luego se corrigieron mediante un segundo referendo sobre el mismo tema que no convalidó la primera decisión.

En el caso de Dinamarca cuando, en 1992, sus ciudadanos votaron por el rechazo del Tratado de Maastricht. En el de Irlanda cuando, en 2001, los irlandeses no aceptaron el Tratado de Niza y, otra vez, cundo en 2008, se pronunciaron en contra de ratificar el Tratado de Lisboa.

¿Qué habría que hacer para lograr, esta vez, una nueva convocatoria? Primero, desde la Unión Europea, emitir alguna señal de que hay disposición para permitir -provisoriamente- poner algún límite o cuota anual al derecho de los ciudadanos de los demás países que integran la Unión Europea de residir en Gran Bretaña. En rigor, en cualquiera de los Estados miembros. Segundo, que los dirigentes británicos interpreten que ello permitiría una nueva consulta popular. ¿Es posible? Casi todo lo es, pero en este caso la alternativa no luce nada probable.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

U.S.-Cuba Embassy Deal: New Relationship, Persistent Problems

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 21/7/2015 en: http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2015/07/21/u-s-cuba-embassy-deal-new-relationship-persistent-problems/

 

July 20 brought the reversal of a decades-long U.S. policy stance toward Cuba. More than 50 years after the United States and Cuba first cut diplomatic ties back in 1961 (on the heels of Fidel Castro’s revolution), the Cuban flag sways outside the embassy on 16th St. NW in Washington DC.

The flag now also hangs in the State Department, side by side all the other countries with which the United States maintains friendly diplomatic ties. This change ushers in a new era of U.S.-Cuba relations, albeit with much less pomp and circumstance than the ceremony outside the embassy.

 

In his first-ever visit to the U.S., Cuban Foreign Minister Bruno Rodriguez led the ceremony in front of around 300 guests, including journalists and diplomatic team members to raise the island’s flag. In his remarks, Rodriguez praised the normalization of relations between the U.S. and Cuba, but was unwilling to stray from contentious topics: Rodriguez called for an end to the trade embargo and the dismantling of the U.S.’s Guantanamo naval base.
The Obama administration’s new policy still faces an uncertain future. Battles remain. The trade embargo can only be lifted by Congress, and Congress will have the final say on whether the President is able to post a U.S. Ambassador to Cuba.
Cuba will be a hot-button topic in 2016

Indeed, not everyone agrees with President Obama’s assertion that this policy reversal constitutes a “historic step forward.” Rodriguez’s remarks at the embassy underscore some of the tensions at play in normalizing Cuba-U.S. relations. Since its early stages, the deal has caused splintering on both sides of the aisle—and Cuba is likely to become a hot-button topic in the upcoming 2016 election.

Marco Rubio and Ted Cruz, both potential contenders in next year’s presidential race (and both of whom hold personal ties to Cuba), have openly stated that they do not support the actions of the Obama administration. Rubio has said that, if elected, he plans to roll back on Obama’s policy and cut ties with Cuba until democracy is fully restored in the island. Opponents, which also include former Florida Governor Jeb Bush, have expressed fears that President Obama’s actions signal tolerance toward an intolerant regime.

Senator Rand Paul broke stance with other Republican figureheads, however, by declaring that he believes opening Cuba could be a positive step towards a much-needed regime change in the island. Paul is on the same page as presidential hopeful Hillary Clinton, who was a proponent of the normalization of U.S.-Cuba relations while Secretary of State. Public opinion polls also reflect support for the shift, especially in areas like Miami, which boast a high density of Cuban-Americans. According to Pew Research Center, 63% of Americans approve of the deal—yet only 32% believe that renewed ties to the U.S. will make Cuba a more democratic country.

After living so many decades with little or no hope, most of those on the island also favor the deal. But Rubio and Cruz are not running for office in Cuba—they do not mind being unpopular there. Their principled stance, based on the respect of political and economic freedoms, and for all the liberties we take for granted, means little for those who have been brainwashed by half a century of constant government indoctrination.
Diplomatic relations do not guarantee progress

The Obama administration and the “Rand Paul” libertarians are not alone in their support for increased openness. Successful leaders of the U.S.-Cuban business community, as those gathered in the Cuba Study Group, favor the current policies. Their optimism is mostly genuine but few are ready to jump in with large investments.

Diplomatic relations do not guarantee progress. Nor do inexistent embargoes. Take the case of Venezuela, a country whose leaders trumpet that they would like to be like Cuba. A first hand witness, Luis Henrique Ball, believes there is nothing in the current agreement that would prevent Cuba from continuing to impose the same policies that have condemned its citizens and Venezuelans to poverty or exile.

Even some Cuban exiles—who complain the current agreement has ignored the rights of the victims of communism—believe there is a chance that the material conditions will improve. One of them, Alberto Mestre, forecasts that the transition might be like Vietnam (which he recently visited): “Our tour guide told us the communists still rule, and that is bad, but I am living better.” Cuban-born Otto J. Reich, former U.S. Ambassador to Venezuela, forecasts that the Cubans will follow the model of Putin’s Russia. The military will likely maintain power after the Castros’ deaths and will try to capture businesses inside and outside the country, thus consolidating power.

Likely alliances between crony military and crony capitalist interests

And though it may seem there would be less need for “spy games,” the opening of the embassies will likely expand spying on both sides. It will get cheaper, and soft collection of intelligence will be less risky. Those at the State Department Latin American desk tend to be more fearful of instability than of challenges against freedom. They will be monitoring trends and leadership. Cuba is only 90 miles away from the U.S. and if confronted with major instability and even more poverty, hundreds of thousands if not millions, might try to flee to Florida.

My forecast is that we will see alliances between crony military and crony capitalist interests. The former will have access to all the information gathered by the Cuban intelligence agencies, the latter, will help open the doors of business ready to make deals is someone guarantees their profits. If the rewards are high, dealing with tyrants becomes attractive.

Those of us who love freedom will have to make an extra effort to continue to document and expose the human rights abuses committed by Cuban communists over all these decades as well as their support for terrorist and subversive activities. We will have to resist the temptation to create a strategic blindness and silence in order not to hamper the possibility of progress. Progress that for some might mean more privileged business deals, but for us should mean increased freedoms.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

¿Se debilita el vínculo de los Estados Unidos con Israel?

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/3/15 en:  http://www.lanacion.com.ar/1773579-se-debilita-el-vinculo-de-los-estados-unidos-con-israel

 

La comunidad internacional -representada en este caso por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (el llamado “G-5”), más Alemania- e Irán continúan avanzando con miras a cerrar un acuerdo de principios y criterios generales sobre el peligroso programa nuclear iraní antes del 24 de marzo próximo. El mismo, de alcanzarse, sería luego seguido por un acuerdo detallado, que debería firmarse antes del 30 de junio de este mismo año. Para la paz del mundo éste sería un paso muy significativo, aunque no definitivo. Para los Estados Unidos hay aún temas importantes que no se han acordado.

Con ese objetivo, las reuniones de trabajo de alto nivel se han sucedido en la ciudad de Ginebra, en Suiza. Ellas están lideradas ahora por un “grupo chico” conformado, por una parte, por el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, acompañado por el Secretario de Energía, Ernest Moniz, y por la otra, por el canciller iraní, Javad Zarif, a quien acompaña Ali Akbar Salehi, el director de la Agencia Iraní de Energía Atómica. El resto del amplio grupo negociador de la comunidad internacional sigue de cerca el tema, totalmente al corriente de lo que sucede.

EL ESQUELETO DEL ACUERDO ANTICIPADO

Si bien es cierto que sólo los negociadores y los líderes de sus respectivos países saben con exactitud dónde se encuentran las conversaciones y cuáles son los temas concretos que continúan abiertos, en los últimos días ha trascendido lo que podría aparentemente ser el esqueleto del posible acuerdo que se negocia. El propio presidente Barack Obama, con sus comentarios, ha sido uno de los responsables de esos trascendidos.

El plazo del acuerdo a celebrarse con Irán se reduciría a diez años, durante los cuales Irán convendría en no operar más que un número reducido de las centrífugas de las que dispone, con las que produce el uranio enriquecido necesario para poder eventualmente tener armas atómicas. Irán, sin embargo, sigue señalando que ese plazo es demasiado largo.

Inicialmente se hablaba, cabe recordar, de 20 años de congelamiento del programa. Esa duración se habría reducido a la mitad. Durante ese plazo Irán quedaría sometido a inspecciones permanentes, operaría tan sólo un número reducido de sus centrífugas y se mantendría siempre al menos doce meses distante de la posibilidad ostensible de comenzar a fabricar armas atómicas (nos referimos al llamado período de “breakout”). Se asume que, si esa decisión eventualmente se detectara o se materializara, la comunidad internacional dispondría de un año de plazo para, por los medios que entonces fueren necesarios, “disuadir” a Irán.

Los trascendidos recientes sugieren que además, vencido el mencionado plazo inicial de diez años, habría una suerte de período adicional de “normalización” que sería de cinco años, durante los cuales Irán iría dejando atrás -progresivamente- las restricciones que aceptaría para el inicio del programa. Y podría entonces comenzar a producir combustible, teóricamente destinado a su planta nuclear de Bushehr a la que los rusos dejarán de abastecer en 2021.

Para algunos, esto equivale a institucionalizar una suerte de autorización “indirecta” o “velada” en función de la cual Irán podría transformarse paulatinamente en una potencia nuclear militar, si así lo decide. Esto, por cierto, no es fácil de digerir para algunos y podría desatar una “carrera” en esa misma dirección en la que participarían algunos de los países árabes “sunnis” del Golfo, que han sugerido que -por razones de seguridad- no podrían quedarse paralizados, observando como Irán se transforma en potencia militar nuclear, sin ingresar -ellos mismos- en esa categoría. Por razones esencialmente defensivas. Peligrosísimo, por cierto. Particularmente en una región del mundo donde la recurrencia a la violencia es, desgraciadamente, una lamentable y frecuente realidad.

No obstante, lo cierto es que la capacidad de las centrífugas para producir uranio enriquecido no depende sólo de su número, sino también de su eficiencia, la que puede -de pronto- aumentar sustancialmente como consecuencia de futuros avances tecnológicos que las transformen en más efectivas que las actuales, lo que no puede descontarse.

Por esto, si de pronto se permite que operen -como parecería probable- unas 6000 centrífugas iraníes, sus posibilidades diferirán en función de sus capacidades individuales de enriquecimiento. Está, además, el tema adicional de cuánto uranio enriquecido se permitirá a Irán mantener, como inventario, en su propio país en cualquier momento. Por oposición a tenerlo depositado en Rusia, que se ha ofrecido al efecto.

Mientras tanto Irán, que sigue comprando ilegalmente por el mundo materiales y equipos para su reactor de Arak, está muy alerta respecto de lo que sucede en el mercado internacional de las centrifugas.

No hay que olvidar que, en paralelo, Irán sigue adelante, a toda marcha, con su ambicioso programa de misiles de largo alcance, difícil de justificar sin pensar en la eventualidad de equiparlos con cabezas atómicas. A lo que debe sumarse que Irán continúa, desafiante, sin contestar las principales preguntas de la Agencia Internacional de Energía Atómica sobre aspectos concretos de su programa nuclear militar, como si simplemente no existieran.

Para la administración norteamericana, el acuerdo con Irán puede cerrarse sin necesidad de contar para ello con la aprobación del Congreso. Pero ocurre que esa aprobación legislativa es indispensable si de levantar algunas de las sanciones económicas impuestas a Irán se trata. Y no hay acuerdo posible, sin que esas sanciones, que tanto daño hacen a Irán, se dejan sin efecto, quizás progresivamente.

EL “DESACUERDO” CON ISRAEL

Israel, por su parte, obviamente no confía en Irán. Supone que, para la teocracia iraní, Israel es esencialmente un blanco a destruir. Y, frente al riesgo existencial, no está conforme con el curso aparente de la negociación con Irán. Posición que ciertamente no esconde. En rigor, sólo aceptaría que el programa nuclear iraní se discontinuara. Del todo. Esto es, que se desmantele. Para Irán, un imposible.

Por esto, Benjamin Netanyahu habló -el martes pasado- ante el Congreso norteamericano, en una sesión conjunta de ambas cámaras que despertó enorme interés, en la que fuera una invitación inusual y sin precedentes, para reafirmar allí su posición, absolutamente contraria al acuerdo que se negocia con Irán.

La presencia de Netanyahu en el podio del Congreso del país del norte supuso, para algunos, un intento de bloquear el posible acuerdo con Irán. Netanyahu compareció invitado por el “speaker” de la Cámara baja, John Boehner -un legislador republicano que representa a Ohio- sin que nadie hubiera consultado sobre esto a la Casa Blanca, lo que es patológico. Por esto, 44 de los 188 demócratas de la Cámara baja y 7 de los 44 senadores demócratas anunciaron su no concurrencia. Lo que habla de una polarización entre los demócratas en este tema.

Pese a la enorme intimidad que efectivamente existe en la relación bilateral entre Israel y los Estados Unidos, en los últimos seis años ha quedado claro que la “química personal” entre Obama y Netanyahu es pobre. Particularmente desde el 2012, cuando Obama decidiera mejorar la relación con Irán con un intento de acercamiento, al menos en algunos temas, como el de la lucha contra el Estado Islámico.

La decisión de Netanyahu ha llenado de alguna tensión a una relación bilateral que estaba algo lastimada. Pero que sigue siendo sólida. Y profunda. De respaldo sustancial a Israel. Más allá de las diferencias estratégicas. Y de las divergencias que aparecen cuando el prisma con el que se miran los temas es regional, por oposición a internacional.

Porque, además, como algunos sostienen, el discurso de Netanyahu tiene un sesgo electoral doméstico, desde que el premier compite en elecciones parlamentarias israelíes hasta ahora reñidas, que tendrán lugar dos semanas después de pronunciado su discurso ante el Congreso norteamericano. El 17 de marzo próximo. Netanyahu procura por esto reafirmar ante sus electores su imagen de “Sr. Seguridad”.

No es sorprendente entonces que su rival político, Isaac Herzog, lo acuse de provocar malestar -y hasta algún deterioro- en la relación bilateral de su país con los Estados Unidos, con fines subalternos, esto es electorales. Con el riesgo de provocar una retracción en el apoyo norteamericano a Israel, que hasta ahora siempre ha sido “bipartidista”, incluyendo a los dos grandes partidos políticos norteamericanos.

No es imposible que Netanyahu haya tratado de generar una mayor preocupación norteamericana sobre las posibles consecuencias que -en su opinión- podría tener la negociación de la comunidad internacional con Irán sobre su programa nuclear. Para inducir a la administración de Obama a ser más firme frente a un país como Irán que -en función de su historia reciente- no tiene confiabilidad, ni credibilidad alguna.

¿UNA RELACIÓN BILATERAL DEBILITADA?

¿Ha puesto Netanyahu en crisis la relación de su país con los Estados Unidos? No necesariamente. Ella sigue siendo, en lo esencial, sólida.

Prueba de esto ha sido la reciente encendida defensa de Israel por parte del secretario John Kerry ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Denunciando que ese organismo tiene un reprobable andar -torcido y hasta abusivo- cuando de temas o cuestiones que tienen que ver con Israel se trata. Lo que es ciertamente así.

Ocurre que el compromiso de los Estados Unidos con Israel tiene que ver con valores permanentes compartidos. Lo que es distinto de las posiciones tácticas frente a una coyuntura que puede, de pronto, provocar desacuerdos circunstanciales. El fuerte respaldo norteamericano parecería seguir intacto, entonces. Pero el tablero grande de Medio Oriente ha cambiado. Por esto John Kerry acaba de visitar a Arabia Saudita, incluyéndola en el análisis global de la situación.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Las negociaciones de paz entre Israel y Palestina se complican

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/4/14 en http://www.lanacion.com.ar/1679353-las-negociaciones-de-paz-entre-israel-y-palestina-se-complican

 

Después de nueve meses de febriles -pero infructuosos- esfuerzos por parte del Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, para tratar de sacar al proceso de paz entre Israel y Palestina del pantano en que se encuentra, los hechos de la semana pasada sugieren que la posibilidad de sellar algún acuerdo sustantivo entre las partes parece haberse alejado significativamente.

Pese a que los negociadores, Tzipi Livni, por Israel; Saeb Erekat, por Palestina; y Martin S. Indyk, por los Estados Unidos , se han seguido reuniendo, tratando de llegar a alguna conclusión antes del 29 de abril, la fecha final prevista para las conversaciones en curso. La puerta sigue abierta, entonces, pero la hendija que queda es realmente angosta.

En efecto, la semana pasada el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, presentó formalmente la solicitud de admisión para que Palestina ingrese -de inmediato- a quince diferentes organismos internacionales, lo que se había comprometido expresamente a no hacer hasta el 29 de abril próximo. Aprovechando así el reconocimiento obtenido por Palestina como estado observador en la ONU , en el 2012.

Con anterioridad, a fin de marzo pasado Israel se había negado a liberar al último contingente de prisioneros palestinos comprometido conforme a lo que fuera convenido al comienzo de esta etapa de las conversaciones. Hablamos de prisioneros que, en rigor, debieron haberse liberado hace ya 20 años, como parte de los fallidos acuerdos de Oslo.

Esto sirvió de excusa al moderado -y desacreditado- Mahmoud Abbas para justificar su decisión unilateral de actuar como si las negociaciones hubieran fracasado. Quizás porque políticamente, su situación doméstica era casi insostenible.

Mientras tanto, Palestina no está dispuesta a reconocer a Israel como estado judío. Esto es bastante más, ciertamente, que reconocer simplemente el derecho del Estado de Israel a existir y tiene implicancias serias sobre la cuestión de los refugiados palestinos y su ambición de regresar alguna vez a las que fueran sus tierras. También impacta sobre la quinta parte de la población israelí, que tiene identidad palestina. Pero es, para Israel, un tema que se ha transformado en absolutamente crucial, que hace ciertamente a la defensa de su propia identidad y a su futuro.

Tampoco parece haber acuerdo sobre la presencia futura de las tropas israelíes en el Valle del Jordán. Ni sobre temas complicados, como lo son el status de Jerusalén, el tema de los refugiados, y las fronteras entre ambos Estados.

Ante los sucesos aludidos, un descorazonado -pero realista- John Kerry canceló su viaje a la región, sumiendo así a las negociaciones de paz en una suerte de limbo del que, cabe presumir, no será nada fácil salir, al menos en el corto plazo. Pese a que la retórica de todos no descarta que una reanudación de las conversaciones, después del 29 de abril, sea siempre posible. Y ciertamente, en teoría lo es.

 

Esto sucedió cuando John Kerry, también consciente de la falta de avances, impulsaba una prórroga de los plazos de la negociación en curso, para estirarlos hasta entrado el año 2015. Israel, en ese escenario, debía comprometerse a liberar a unos 400 prisioneros adicionales y a disminuir, asimismo, el ritmo de construcción de asentamientos, tanto en Jerusalén Este, como en Cisjordania. Los Estados Unidos , por su parte, liberarían (a la manera de incentivo adicional) a un conocido espía israelí, detenido desde hace más de 25 años. Me refiero a Jonathan J. Pollard, un ex oficial de inteligencia de la marina norteamericana condenado a prisión perpetua por espionaje en favor de Israel que, no obstante, podría tener derecho a solicitar ser liberado, provisoria y condicionalmente, en el 2015. Palestina, por su parte, debía comprometerse a mantener el status quo.

Algunos creen que, en contrapartida, los palestinos podrían requerir la liberación del carismático Marwan Barghouti, de 54 años. Es el prisionero más popular entre ellos. Para los israelíes, en cambio, es responsable directo de numerosos asesinatos. Por esto tiene sobre sus hombros cinco condenas seguidas a prisión perpetua. No obstante, defiende la solución basada en la tesis de los dos Estados y, para muchos, es el candidato con más probabilidades de ser el futuro presidente de Palestina, si la paz de pronto se alcanzara.

La alternativa descripta no está muerta, pero ciertamente luce difícil de implementar para evitar lo que aparece como un posible colapso de las conversaciones de paz.

Cabe señalar que el marco externo de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos no ayuda. Nada. Porque no proyecta ni previsibilidad, ni tranquilidad. Más bien, todo lo contrario: incertidumbre y una multitud de alternativas y riesgos peligrosos.

Más allá de la gravísima crisis que afecta a Ucrania -que hoy concentra las preocupaciones en el escenario externo- lo cierto es que en Medio Oriente , concretamente, Siria sigue sumergida en una guerra civil salvaje. En ella, Irán y Hezbollah, con Rusia, parecieran haber logrado un fortalecimiento relativo del régimen alauita de los Assad, que ya no luce como candidato inexorable a caer. Mientras el fundamentalismo musulmán, que ahora domina -en el terreno- a la insurgencia, sigue siendo dueño y señor de importantes pedazos del castigado país.

 

Egipto , por su parte, ha regresado a manos de los militares, pero está sumamente lejos de vivir en orden y tranquilidad. Por su parte, el convulsionado Líbano sigue frágil y está en el borde mismo del abismo que supondría una abierta guerra interna facciosa.

Si las negociaciones para la paz en Medio Oriente se diluyen, no es imposible que iniciativas como el boicot a Israel comiencen a ser impulsadas con más vigor, complicando las cosas. Ni que Israel vuelva a hacer difícil algunas iniciativas concretas que han avanzado, como la llevar los servicios de telefonía 3G a Gaza.

Para Benjamin Netanyahu , el cuadro es complicado. Porque a lo antedicho se agrega que tiene, en su propio gabinete, un arco iris de visiones bien disímiles. Sino opuestas. Como las de la encargada misma de impulsar las negociaciones de paz, Tzipi Livni, y las del ministro de vivienda, Uri Ariel, que procura aumentar el ritmo de construcción de los asentamientos, particularmente en Gibo, en el este de Jerusalén, lo que en nada facilita la marcha de las negociaciones de paz.

En síntesis, la realidad sugiere que en Medio Oriente las conversaciones de paz han llegado a una situación donde es imposible disimular una realidad: están empantanadas y sin demasiadas posibilidades de salir de esa situación en el corto plazo. Lo que pueda abrir una verdadera Caja de Pandora. Dejarlas morir sería un tremendo error. Por esto defender el status quo es un objetivo de mínima, quizás. Pero crucial. Mantener vivas las negociaciones no es, sin embargo, nada sencillo. Porque deberán seguramente enfrentarse hasta peligros nuevos, atento a que lo que ocurre es para algunos -en ambos lados de la mesa- una oportunidad para dinamitarlas. Lo que sería una verdadera tragedia.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Ucrania: se abre un espacio para la diplomacia

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/4/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1677278-ucrania-se-abre-un-espacio-para-la-diplomacia

 

La  reciente -y sorpresiva- anexión de Crimea a la Federación Rusa con el poco convincente disfraz de un referendo es un hecho consumado. Ilegítimo e ilegal. Con consecuencias geopolíticas serias.

Hasta hace algunas horas, la crisis de Ucrania parecía ir camino a agravarse. Pero el llamado telefónico de Vladimir Putin a Barack Obama del pasado viernes parece haber abierto un espacio para la diplomacia. Esto ocurrió mientras Rusia acumulaba tropas en la frontera con Ucrania, sugiriendo así que podría intentar otro zarpazo sobre la integridad territorial del país vecino.

Los cancilleres de los Estados Unidos y Rusia, John Kerry y Sergei Lavrov, tienen ahora el delicado encargo de negociar una alternativa de contención que sea potable para todos. Estabilizadora, entonces. Con el telón de fondo relativamente tranquilizador de las declaraciones de Vladimir Putin al Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, en el sentido que no hay por parte de Rusia “intención de invadir nuevamente a Ucrania”. Las que fueron reiteradas expresamente por el propio canciller ruso, Sergei Lavrov.

Rusia ha puesto sobre la mesa sus condiciones. Son pocas. Y poco flexibles. Que Ucrania sea un país neutral. No alineado, entonces. A la manera de Finlandia o Austria. Esto es que no sueñe siquiera con ingresar a la OTAN. Que, además, adopte una estructura constitucional federal. Y acepte esa debilidad, que mañana Rusia podría aprovechar para intentar otra aventura expansionista. Que se proteja la identidad de las minorías rusas en Ucrania. Esto último tiene principio de ejecución, desde que el gobierno provisional ucraniano ha vetado la provocativa -e inoportuna- norma en virtud de la cual desde el Parlamento se había eliminado el ruso como segundo idioma oficial de Ucrania.

Las conversaciones entre las dos grandes potencias están en curso. Suceden cuando la propia Ucrania, desde la deposición del corrupto ex presidente Viktor Yanukovich, no tiene autoridades cuya legitimidad pueda ser reconocida por todos. Sólo posee un gobierno interino, de transición. Débil, entonces.

En rigor, Ucrania va, como debe ser, camino a elecciones nacionales, que tendrán lugar el próximo 25 de mayo. En ellas se enfrentarán, por ahora, varios contendores.

Entre ellos, un billonario fabricante de chocolates: Petro Olekseyvich Poroshenko, de 48 años. Dueño de “Roshen”, una gran empresa chocolatera ucraniana, con presencia en Rusia. Un hombre serio y respetado, que participó en las protestas de la Plaza Maidan, en Kiev. Aquellas que tumbaron a Yanukovich. Poroshenko es un hombre de centro y un no violento. Hoy es, además, claramente proeuropeo. Con una amplia experiencia política, desde que ha sido diputado. Fue proruso en sus comienzos. A partir de 2001 militó en la Revolución Naranja. Además, ha sido canciller, ministro de Economía y Presidente del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Apoyándolo, el campeón de boxeo Vitali Klitschko, que hasta no hace mucho fuera candidato presidencial, lo acaba de endosar, retirándose de la carrera. Aunque reservándose expresamente para competir por la alcaldía de Kiev.

Del lado de la oposición, aparece asimismo la ex premier, Yulia Tymoshenko, que acaba de salir de la cárcel, después de dos años y medio de duro cautiverio.

Poroshenko tiene hoy una amplia ventaja en las encuestas de opinión, la que debería crecer luego del apoyo de Klitschko.

A ellos dos se agrega un seguidor del depuesto Yanukovich. Otro billonario. En este caso, Mikhail Dobkin, proruso. Tiene pocas posibilidades de ganar, particularmente luego de la unificación de las dos principales fuerzas políticas opositoras proeuropeas.

La conducta del Vladimir Putin ha dejado claro que tiene resentimientos contra Occidente derivados de la derrota que Rusia sufriera en la Guerra Fría. Fenómeno que Putin siente como una verdadera humillación y al que ha denominado “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

 

A lo que suma su preocupación estratégica por la expansión de la OTAN en torno a su país, que incluye a ex miembros del Pacto de Varsovia. Por ello Putin aspira a conformar una “zona de influencia” con las naciones vecinas, con Rusia como eje. Para esto Putin tiene un horizonte de mediano plazo.

En los últimos tiempos ha sumado algunos éxitos que parecen haberlo envalentonado. Como el rescate de Bashar Assad, en Siria, y el haber acogido -desafiante- a Edward Snowden. Por ello la revista Forbes lo destacó -el año pasado- como “el hombre más poderoso del mundo”.

Además de Ucrania, Rusia ha invadido militarmente a Georgia en 2008, donde sus tropas aún ocupan los dos enclaves rusos. Los de Osetia del Sur y Abkhazia. Ha asimismo forzado a Armenia a alejarse de la Unión Europea. Y ahora amenaza a Moldova por Transnistria, otro enclave ruso en el exterior.

Como actor central de la comunidad internacional, con lo sucedido en Crimea Putin ha perdido credibilidad. Restablecer la confianza hoy extraviada no será nada fácil. Ni ocurrirá rápidamente. Porque detrás de su cara impávida está claro que existe un huracán nacionalista. Hablamos de un hombre audaz, al que se le ha perdonado hasta el hecho de haber plagiado su tesis de graduación como abogado, según cuenta Masha Gessen, en su excelente biografía del líder ruso, escrita en 2012 El hombre sin cara. El improbable ascenso de Vladimir Putin.

Lo cierto es que, como consecuencia de lo sucedido en Ucrania, hay cosas que parecen haber cambiado.

Por ejemplo, la aletargada OTAN puede haber recuperado su razón de ser. La alianza militar de 28 estados para su defensa colectiva iba camino a una reunión a celebrarse en septiembre, en Gales, donde iba a discutir su futuro, que hoy parece estar algo más claro. Porque la anexión de Crimea a Rusia puede haberle dado una nueva “razón de ser”.

Dos de sus miembros más jóvenes han decidido duplicar sus presupuestos militares, llevándolos al 2% de los gastos totales. Ellos son Latvia y Lituania, muchos de cuyos habitantes tienen aún presente el horror de su existencia durante la era soviética.

Hasta el totalitario y estalinista presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, preocupado, se refiere ahora a lo sucedido en Crimea como a algo que ha sentado “un mal precedente”. Ocurre que sabe que el memorando por el que, en Budapest, en 1994, Rusia garantizara su respeto a la integridad territorial de Ucrania, ha quedado en el olvido. Y que Rusia se ha auto asignado el derecho de intervenir militarmente cada vez que cree que hay una minoría rusa en el exterior a la que no se respeta. En Bielorrusia hay un 11% de población rusa y el 70% de la gente habla ruso. Bielorrusia, como Ucrania -cabe recordar- entregó también su arsenal atómico, a cambio de una garantía idéntica a la que recibiera Ucrania con relación a su integridad territorial, hoy hecha añicos.

Europa sabe ahora que debe apuntar seriamente a cortar su dependencia energética de Rusia. No sólo porque Rusia cierra esa canilla cuando quiere. Como sucediera en 2009. También porque advierte que es demasiado vulnerable frente a una potencia que no inspira confianza puesto que no respeta el derecho internacional.

En Crimea misma, la minoría tártara ha sido objeto de intimidaciones. Sabe que está en peligro. Hablamos del 13% de la población de la península, cuya religión es la musulmana. Maltratada y expulsada en tiempos de la Unión Soviética, cuando gobernaba José Stalin, que los acusó de haber colaborado con los nazis, está nuevamente intranquila.

Rusia, después de lo sucedido en Crimea, estará aislada de la comunidad, por un rato. Ya ha sido excluida del G8 -el club más exclusivo del mundo industrializado- al que pertenecía desde 1998. Porque su conducta es inaceptable para ese grupo. Particularmente cuando de responsabilidades compartidas se trata. Lo que supone que Rusia puede haber dejado de pertenecer a la categoría -no escrita- de “país normal”. Lo que es grave.

A todo ello se suman las tibias sanciones impuestas a algunos de los rusos a los que se tiene por co-responsables de lo sucedido en Ucrania. Así como a una entidad financiera a la que se considera vinculada con lo más alto del poder en Rusia.

Habrá también que ver cómo se comporta, en más, Rusia en las negociaciones entre la comunidad internacional e Irán respecto del programa nuclear del país persa. Las conversaciones, es cierto, siguen por ahora adelante en Viena, sin que Rusia haya abandonado su actitud constructiva. Pero su representante no pudo evitar una amenaza velada, aludiendo a que esas conversaciones son parte de “un juego a escala mundial”. Y que Rusia “podría cambiar de actitud”.

Rusia, por lo demás, no está económicamente bien. Ya no crece al ritmo del 7%, sino al 1,3% anual y enfrenta una fuga de capitales a un ritmo de 60 billones de dólares por año. El rublo ha perdido, en dos años y medio, un 11% de su valor frente al dólar.

Pero no nos engañemos. El futuro de Ucrania depende sustancialmente de ella misma. Está financieramente quebrada. Por la acumulación de años de mal manejo y corrupción. Recibirá un paquete de ayuda financiera del orden de los 27 billones de dólares, incluyendo los 18 billones de dólares que le suministrará el FMI. Sus líderes no pueden usarlo irresponsablemente, como hicieron con los seis “stand-by” recibidos por Ucrania del FMI entre 1995 y 2010. Deberán ordenar la casa. Esto es recortar gastos, eliminar subsidios, llevar los precios de los servicios a niveles razonables y flexibilizar sus cepos cambiarios. Por sobre todas las cosas, deberán gobernar con honestidad, en una oportunidad que no será nada fácil de repetir si se la dilapida.

Para Ucrania es hora de construir. Con orden y seriedad. Sin caer en extremismos. Respetando a las minorías. Abriéndose al mundo, sin exclusiones. Edificando, paso a paso, al país del futuro. Con una conducta eficiente y, por sobre todas las cosas, responsable. Algo que lamentablemente ha estado ausente en Ucrania desde 1991, cuando se separara de la Unión Soviética.

Para la comunidad internacional, a su vez, es hora de recordar y no repetir los errores cometidos en los acuerdos de Munich con Adolfo Hitler, en 1938, y de Yalta con José Stalin, en 1945.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.