Larga vida al nuevo Rey

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 16/6/14 en http://www.eldiarioexterior.com/larga-vida-al-nuevo-rey-43955.htm

 

Aunque de toda la vida tengo simpatía por las monarquías europeas, por razones que no vienen al caso, mi obligación es intentar un análisis racional del tema. Resulta que Juan Carlos I de España abdicó en el momento de menor popularidad. Según una encuesta del CIS, en abril la Corona tenía una valoración de 3,72 sobre 10 cuando en 1995 llegaba a 7,5; aunque los sindicatos y los políticos estaban peor. En 2012, el 37 % de los españoles prefería la República frente al 53% que optaba por la monarquía. Ahora, según publica El Mundo, el 76% considera que «era necesaria» la abdicación, decisión que produjo un repunte entre quienes apoyan a la Corona, el 56%, superando en 20 puntos a los republicanos. Por su lado, la imagen positiva de Felipe VI crece llegando hoy al 76,9% pero deberá hacer un buen reinado porque, entre los jóvenes de 18 a 29 años, el futuro del país, el 46,1% prefiere la monarquía mientras que el 46,3% no.

En fin, a raíz de la abdicación, algunos plantearon abolir la monarquía. Pero lo cierto es que el paradigma de autoridad, de gobierno, en que se basan las repúblicas modernas es falso y, como estos reyes «reinan pero no gobiernan», tienen la oportunidad de ser mejores conductores. Efectivamente, hoy la República está basada en el monopolio de la violencia porque, supuestamente, sería imposible la autoridad sin poder coactivo para forzar las leyes. La falacia de que la violencia pueda resultar positiva ya la negaron los griegos y la copia santo Tomás de Aquino asegurando que «la violencia se opone directamente a lo voluntario como también a lo natural». Así, la «autoridad» basada en la violencia, al oponerse a la naturaleza de las cosas sólo puede destruir, de aquí que el estatismo, el exceso regulaciones coactivas, conduce a la pobreza.

Se le atribuye el término «poder blando» al profesor Joseph Nye, de Harvard, lanzado en su libro «Bound to Lead: The Changing Nature of American Power» (1990), que luego desarrollaría en «Soft Power: The Means to Success in World Politics» (2004). Al fin se empieza a notar que no es verdad que el poder real, la autoridad, debe estar basado en la fuerza. «¿Por qué todavía existen (las monarquías), huérfanas de poder real?»… «La explicación reside en… el ´poder blando´… base de la influencia de… organizaciones desprovistas del… poder… militar… respetado por el ´poder duro´», asegura Joaquín Roy.

La iglesia Católica, y su Estado Vaticano prácticamente sin armas, ha sobrevivido a todos los imperios incluidos los nucleares y los supera en autoridad, por caso, tuvo mucho que ver en la caída de la URSS, la poderosa tiranía que no pudieron voltear los «gobiernos» occidentales y, además, entre sus muchas acciones positivas, es la mayor institución educadora del mundo con sus universidades, escuelas y demás. Así, según el ranking 2013 de Forbes, el Papa Francisco es el cuarto hombre más poderoso del mundo. Internet, por otro ejemplo, existe sin más autoridad que el liderazgo moral de personas que hacen aportes efectivos. Las sociedades no existen gracias al Estado con «poder» policiaco capaz de «contener la maldad humana», sino porque naturalmente el hombre tiene vocación social y es, básicamente, moral: si todos salieran a robar, no habría guardias para detenerlos. Según Aldous Huxley, «las sociedades se mantienen, no por el miedo… al poder coactivo… sino por una difundida fe en la decencia de los demás».

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.