Aunque “juegue solo”, el Banco Central sí puede bajar la inflación

Por Iván Carrino. Publicado el 7/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/aunque-juegue-solo-el-banco-central-si-puede-bajar-la-inflacion/

 

La experiencia de Paul Volcker echa luz sobre el presente argentino.

“Con la tasa de interés no se baja la inflación”.

“Con este desorden fiscal, la inflación solo puede mantenerse alta”

Frases como las anteriores son cada vez más escuchadas en el debate económico actual.

Es que con una meta que en 2017 era de 17% como máximo, pero una inflación rozando el 25%, las críticas al sistema de inflation targeting toman recobrado estímulo.

Ahora bien, ¿tienen validez?

Teoría y Práctica

A priori, la observación parece tener sentido.

Un gobierno con un elevado déficit fiscal que no quiera ni subir impuestos ni bajar el gasto público, siempre encontrará tentador que el Banco Central monetice dicho déficit. Si los agentes del mercado descuentan que esto en algún momento –pero efectivamente- sucederá, entonces no mejorarán las expectativas de inflación, dificultándose el proceso de su baja.

La realidad, sin embargo, muestra otra cosa.

En 1979, cuando Estados Unidos enfrentaba la peor inflación de su historia en tiempos de paz, Paul Volcker tomó el mando de la Reserva Federal. En su momento, las cuentas del gobierno dejaban mucho que desear, pero empeoraron incluso más una vez que Reagan llegó al poder.

Jimmy Carter, presidente demócrata, no había sido precisamente un símbolo de la austeridad fiscal, pero Ronald Reagan incrementó el desequilibrio, al bajar los impuestos para reactivar la economía. El déficit pasó de 2,5% del PBI (1981) a 5,9% (1983).

Volcker, que en su época de estudiante ya rechazaba la idea de que “un poco de inflación era buena”, no tardó en poner manos a la obra. En su segunda reunión como presidente de la Fed decidió la primera suba de la tasa de política monetaria. Era septiembre de 1979.

Un mes después, la Fed decidió pasar a un sistema más apoyado sobre el control directo de los agregados monetarios, pero sin dejar de mirar lo que pasaba con la tasa de interés. Se tomaban como dos caras de la misma moneda.

Tras el cambio, la inflación se resistía a bajar, y no fueron pocos los que mencionaron al déficit fiscal como el origen de todos los problemas. Milton Friedman, Premio Nobel de Economía y padre del monetarismo moderno, fue uno de ellos.

Tuvo que llegar el año 1980, cuando en medio de la campaña presidencial, y a pocas semanas del triunfo de Reagan, Volcker decidió que la tasa de descuento (que los bancos del sistema de la Reserva Federal le cobran a los bancos comerciales) subiera 1 punto porcentual.

Fue una movida inesperada. Nadie creía que el Banco Central fuera a actuar así en medio de un período electoral. Pero la señal enviada fue clara. A la autoridad monetaria le preocupaba solo una cosa: derrotar la inflación.

2018.02.01

El ciclo alcista de tasas (que llevó a la de descuento desde el 10% al 14% anual), duró hasta octubre de 1981.

Los resultados fueron los buscados. Un año más tarde, la inflación se ubicó en 5% anual. Doce meses después, el registro fue de 2,8%.

A pesar de la desprolijidad fiscal, la política monetaria había logrado vencer a la inflación.

Sí, se puede

¿Cómo fue esto posible?

La respuesta es que cuando hay déficit fiscal creciente, una posibilidad es endeudarse a más no poder y, si el mercado “se cansa”, volver a financiar el desequilibrio emitiendo papelitos. Esto, obviamente, no reduce la inflación, o al menos no de forma permanente.

Otra posibilidad es que el Banco Central se ponga tan firme en su objetivo, que cierre definitivamente la posibilidad de volver a monetizar un déficit.

Visto en perspectiva, ésa fue la vía que siguió Paul Volcker.

Así, el vínculo entre el déficit y la inflación, que es directo cuando se espera que la autoridad monetaria rescate al tesoro, terminó rompiéndose para siempre. A partir de ese entonces, la inflación alta jamás regresó a Estados Unidos, pero sí el crecimiento económico, la creación de empleo y el aumento de la riqueza.

Es una experiencia histórica para mirar con atención, especialmente desde Argentina, donde la política monetaria busca bajar la inflación con un déficit fiscal en niveles históricamente elevados.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Una sugestiva llamada de Trump disgusta a China

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 8/12/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1965351-una-sugestiva-llamada-de-trump-disgusta-a-china

 

Entre los distintos temas de política exterior que Donald Trump abordara específicamente durante su reciente campaña electoral, el de la relación de su país con China ocupa un lugar central. Ocurre que, de alguna manera, la política comercial del gigante asiático es la razón principal de las propuestas proteccionistas de Donald Trump que, entre otras cosas, apuntan a gravar con derechos de importación del orden del 45% el acceso de los productos chinos al mercado norteamericano, lo que podría ciertamente derivar en una guerra comercial que hasta ahora siempre ha podido ser evitada.

Por ello una sorprendente llamada telefónica que tuviera lugar el viernes pasado agitó inmediatamente el ambiente en China. Y generó reacciones y comentarios ansiosos de disgusto, incluyendo desde la agencia oficial de noticias “Xinhua”, vocero del gobierno chino. Porque con ella se volvió a poner sobre la mesa una larga y sensible disputa aún no resuelta, que estaba semi-aletargada: la que enfrenta a China con Taiwán.

Me refiero a la conversación que Donald Trump mantuvo -inesperadamente- con la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen, quien fuera electa este año encabezando a un partido político -el Demócrata Progresista- que propugna abiertamente la independencia de Taiwan respecto de China. La llamada en cuestión fue iniciada por la presidente Tsei, pero es bien difícil suponer que ella no hubiera sido previamente acordada entre ambos líderes. Es más, hay quienes afirman que había sido discreta y cuidadosamente planeada.

Taiwán, recordemos, está separado de China desde 1949 cuando el ejército comunista al mando de Mao Zedong derrotara al nacionalista comandado por el General Chiang Kai-shek, quien se refugió en Taiwán que desde entonces se ha gobernado a sí mismo. Ambas partes consideran, por igual, que tienen derechos soberanos que cubren la integridad territorial de China, en su totalidad. Para las dos se trata, entonces, de un tema realmente existencial.

Esa disputa se transformó en uno de los temas centrales de la Guerra Fría en Asia. La Unión Soviética reconoció a la República Popular China, mientras que los Estados Unidos apoyaron a Taiwán.

No obstante, aceptando la realidad, la banca de las Naciones Unidas (con su derecho de veto) pasó a manos de la República Popular China en 1971 y, al año siguiente, los Estados Unidos reconocieron explícitamente a la República Popular China, con el llamado “Comunicado de Shangai”.

En 1978, bajo la presidencia de Jimmy Carter, el país del norte reconoció a la República Popular China como “la única China”. Sin por ello abandonar a su suerte a Taiwán, a la que desde entonces apoyaron militarmente y mantuvieron como a una contraparte cercana y funcionalmente independiente. La relación de intimidad continuó a través de mecanismos diplomáticos “ad-hoc”, que hasta emiten visas y prestan toda suerte de servicios consulares.

Desde 1992, ambas potencias adoptaron semi-oficialmente la llamada política de “una sola China”, diseñada entonces por Henry Kissinger, quien (a los 93) años, ha vuelto a estar muy activo en el tema y acaba de visitar al presidente Xi Jingping en Beijing. Kissinger es considerado como un asesor muy escuchado por Donald Trump.

Con el largo tiempo transcurrido desde 1978, no es demasiado sorprendente que, en Taiwán, particularmente los más jóvenes defiendan la que entienden es su propia identidad: la “taiwanesa”. Ocurre que Taiwán, a diferencia de la República Popular China, hoy aloja a una democracia vibrante y a una sociedad abierta y moderna.

La conversación telefónica a la que nos hemos referido no modifica la política mencionada, ni la alude. Pero parecería abrir un interrogante acerca de cómo será la relación hacia adelante. Genera entonces incertidumbre y una cuota de fragilidad. Todo lo contrario a la previsibilidad.

Para hacer las cosas más complejas, Donald Trump se refirió a su conversación con la presidente de Taiwán como una que fuera mantenida con “la presidente” de esa nación. Y se preguntó, no sin alguna razón, cómo se puede tratar de impedir que el presidente electo norteamericano hable por teléfono con la Jefa de Estado una nación a la que su país vende constanteente toda suerte de pertrechos militares de última generación, con el propósito ostensible de asegurar su defensa.

Es cierto que reconocer el carácter de presidente de Tsai no está muy distante de aceptar y tratar a Taiwán como nación independiente. El diálogo de Donald Trump y la presidente Tsai augura una relación distinta entre ambas partes después de nada menos que 37 años de un “status quo” cuyo protocolo Donald Trump acaba, a su manera, de quebrar.

Por esto en Taiwán se habla ya de un cambio “histórico” de dirección en su relación bilateral con los Estados Unidos. Y es posible que así sea.

Queda visto que, aún antes de acceder al poder, Donald Trump está provocando preocupaciones. No sólo respecto de Taiwán. También con relación al controvertido presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, un hombre acusado de violar los derechos humanos de su pueblo, con quien Trump ha mantenido otra inesperada conversación telefónica. Y a Nawaz Sharif, a quien prometiera visitar Pakistán, un país sospechado de tener vínculos cercanos con grupos del terrorismo islámico, ante el comprensible asombro de muchos, incluyendo a la India.

El tema de China, sin embargo, tiene otro perfil, también complejo. El de la belicosa y desafiante Corea del Norte y sus ambiciones de todo orden que, sin el concurso de China, difícilmente podrá ser encarrilado por la comunidad internacional.

Por esto, todo lo que tiene que ver con la relación entre los Estados Unidos y China es un tema particularmente delicado, en el que cada paso o señal no pueden perderse de vista. Porque como señala el mencionado Henry Kissinger en su reciente libro sobre China, la relación entre los Estados Unidos y China es simplemente “esencial para la paz y estabilidad del mundo”. Para la Argentina, que ha estructurado una “relación estratégica” con China, la prudencia debe ser la regla en la cuestión de Taiwán.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Barack Obama y su visita a Cuba

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/2/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1874541-barack-obama-y-su-visita-a-cuba

 

En el marco del deshielo y normalización de las relaciones bilaterales entre Cuba y los Estados Unidos el presidente Barack Obama acaba de anunciar que hará una esperada visita a Cuba el 21 y 22 de marzo próximos en un viaje que luego incluirá una visita a Buenos Aires. Su esposa Michelle lo acompañará en su periplo.

Será el primer presidente norteamericano que, en ejercicio de su mandato, llega a la isla desde que, en 1928, Calvin Coolidge lo hiciera para asistir a la Sexta Conferencia Panamericana. Harry Truman, en su momento, estuvo en Guantánamo, pero sin entrevistarse con funcionarios del gobierno cubano y Jimmy Carter -que fuera presidente del país del norte entre 1976 y 1980- visitó a Cuba en el 2002 y en el 2011, aunque sólo como ex presidente.

En los últimos meses la relación bilateral entre Cuba y los Estados Unidos ha mejorado. Quizás menos de lo que muchos esperaban. Pero la marcha hacia una relación normal después de medio siglo de desencuentros no es fácil.

No obstante, algunos de los obstáculos regulatorios norteamericanos han sido superados mediante una actitud de flexibilidad tanto respecto del comercio como del turismo, que se ha incrementado un 54%. Otros subsisten inevitablemente, desde que no dependen del accionar, ni de la voluntad, del Poder Ejecutivo, sino que requieren acción del Congreso de los EE.UU. como sucede concretamente con el levantamiento del embargo comercial que los republicanos -que controlan el Poder Legislativo- no acompañan. Esto y la necesidad de que Cuba posibilite la plena vigencia de los derechos humanos y libertades civiles y políticas, conforman las dos principales cuestiones pendientes en la agenda de trabajo.

Pero hay un cambio enorme. Las puertas ahora están abiertas. Y se usan. El aislamiento y hasta el antagonismo automático van quedando atrás, con cadencia lenta. Se acaban, por ejemplo, de aprobar vuelos comerciales regulares entre los EEUU y Cuba. Pronto habrá 20 vuelos regulares desde los EEUU a La Habana y otros 10 a otras ciudades cubanas. Y las remesas de ayuda familiar desde los EEUU a Cuba se han incrementado. Cuba, aunque demasiado lentamente, ha empezado a caminar -a su vez- en dirección a más accesos inalámbricos y a la banda ancha. A lo que se agrega que una fábrica norteamericana de tractores pequeños, Cleber, producirá mil unidades por año en la isla con destino a los agricultores independientes que todavía hoy deben operar con tractores de propiedad del estado (de nadie entonces) y de cooperativas, lo que está lejos de ser lo ideal.

Barack Obama aclara que su visita apunta esencialmente a contribuir a “mejorar la vida de los cubanos”. Esto es a sacarlos de la postergación relativa, en materia de nivel de vida, en la que el comunismo los ha sumergido.

Lo hace advirtiendo prudentemente a todos que su país “no pretende imponer un cambio”, con lo que la valiente e independiente “bloguera” cubana Yoani Sánchez coincide, acotando desde su 14ymedio.com, que “el mandatario norteamericano no podrá cambiar a Cuba” y que “es mejor que ni lo intente, porque este entuerto nacional es nuestra responsabilidad”. A lo que agrega, sin embargo, que la visita de Obama generará “alegría y alivio” entre los cubanos, pese a ser “más simbólica que política”.

No es lo mismo un apretón de manos en el extranjero visto por televisión que una visita personal a la isla. Particularmente si Obama va a tener la oportunidad, como ha anunciado, “de reunirse con los miembros de la sociedad civil, empresarios y cubanos de todos los ámbitos de la sociedad”, lo que específicamente incluye, según uno de sus principales asesores, Ben Rhodes, a los disidentes que quedaron de lado en la reciente visita del Papa Francisco a Cuba.

Yoani, sin embargo, nos alerta en el sentido de que Obama “debe aprovechar la oportunidad para enviar un mensaje fuerte y claro frente a los micrófonos”. Tendrá la oportunidad de hacerlo, desde que está previsto que Obama pueda dirigirse directamente al pueblo de Cuba en oportunidad de su visita. Allí seguramente señalará que no está intentando convalidar el status quo, sino ayudar a que ocurra “un cambio en las vidas, libertades y posibilidades económicas” de los cubanos. Y defenderá, previsiblemente, la plena vigencia de los derechos humanos y libertades civiles y políticas, de todos por igual.

Como cabía esperar en un año intensamente electoral, los líderes de la oposición norteamericana se pronunciaron rápidamente en contra de la visita presidencial a Cuba. Entre ellos, Jeb Bush, Marco Rubio y Ted Cruz, quienes señalaron, contundentemente, que -a su modo de ver las cosas- en Cuba la represión no ha terminado.

Lo cierto es que, como señalara Josefina Vidal, a la manera de portavoz de la Cancillería cubana, Obama tendrá la oportunidad de “apreciar la realidad cubana”. De primera mano. Cimentando de ese modo un proceso de acercamiento entre las dos naciones que no debe detenerse. Haciéndolo, de alguna manera, irreversible. Aún ante un eventual cambio de partido de gobierno en los Estados Unidos. Mirando hacia adelante, entonces, razón por la cual hasta ahora no se ha previsto una entrevista con Fidel Castro, el símbolo máximo de un pasado que ha frustrado a varias generaciones de cubanos, condenándolos al atraso.

En la agenda bilateral entre los EE.UU. y Cuba hay muchas cuestiones pendientes. No sólo el levantamiento del embargo. También aparecen Guantánamo y los reclamos cruzados de reparaciones, conformados por una parte por los reclamos norteamericanos por las confiscaciones sufridas, que en 1960 se estimaron en unos 2 billones de dólares y, por la otra, por un pedido cubano de compensación por los daños pretendidamente derivados del embargo, estimado en el 2014 ante las Naciones Unidas como del orden de algo más de un billón de dólares. Y no cabe olvidar los temas de la agenda que tienen que ver con la libertad y los derechos humanos, así como los referidos al flujo que alimenta la emigración de cubanos a los EEUU, que no se ha detenido. Mucho que hacer, entonces. Cuando el Partido Comunista de Cuba se apresta a seleccionar a quien lo conducirá desde el 2018, cuyo apellido seguramente no será Castro.

Sin entrar de lleno en lo referido a la visita de Obama a la Argentina inmediatamente después de su paso por Cuba, llama la atención la simpática y temprana referencia a ella de Ben Rhodes, asesor presidencial en materia de seguridad del presidente Barack Obama, quien generosamente señaló que nuestro país es un “indicio de que el futuro se muestra brillante para los EE.UU. en el hemisferio”. Es así. Quizás porque que los lamentables arreos y los absurdos encierros en sí misma que, impulsada por bolivarianos, sufriera nuestra región ya no son posibles. La Argentina ha dicho claramente que quiere volver a ser ella misma. Y, como tal, trabajar intensamente con la región a la que ciertamente pertenece. Era hora.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.