El gran criterio económico de Jaime Balmes

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/7/18 en: http://www.redfloridablanca.es/gran-criterio-economico-jaime-balmes-alejandro-chafuen/

 

Aquellos que aprendimos de las bondades de la economía de mercado, incluso en países de habla hispana, seguramente fuimos primero atraídos a la libertad económica por autores de habla inglesa o traducciones de los grandes economistas austríacos. Entre los primeros es obvio que Adam Smith ocupaba un lugar especial, pero también libros más populares como el de Henry Hazlitt, Economía en una Lección. Los libros de Ludwig von Mises y F.A. Hayek también han sido enormemente influyentes. Los más especializados también fueron influenciados por los trabajos de Eugene Böhm-Bawerk y Carl Menger. Los autores de la escuela de Chicago, especialmente Milton Friedman y su Capitalismo y Libertad son otros que ayudaron a formar escuela.

Pese a que todos estos autores tocan el tema del valor económico, ninguno mencionó el gran ensayo de Jaime Balmés “Verdadera idea del valor.” Los grandes historiadores del pensamiento económico, como Joseph Schumpeter y Henry Spiegel, tampoco mencionan a Balmes en sus obras más importantes. No debería ser, pero muchos consideran que cuanto más desconectados los autores de ciencias sociales son con nuestras culturas, menos relevantes son para nosotros. Por suerte y por justicia, profesores y escritores de hoy están ayudando a dar nueva vida a los escritos económicos de Balmes.

León Gómez Rivas, profesor de historia de las ideas en la Universidad Europea, en un artículo para el Instituto Juan de Mariana, resume bien como vieron y ven a Balmes otros españoles. Escribe Gómez Rivas:

“En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, «aunque sería exagerado llamar a Balmes economista», en su artículo «la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión». Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor «tomista» fue «capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger.»”

Billlete de 5 pesetas con el retrato de Jaime Balmes

Ubiratán Iorio, un profesor brasilero que influyó en miles de estudiantes, dedica un capítulo de su libro sobre orígenes de la economía austríaca a Jaime Balmes, y lo señala como uno de los grandes precursores de una correcta noción del valor económico.

Los párrafos esenciales de Balmés que sintetizan su análisis reconocen que el coste del trabajo contribuye “al aumento del valor de la cosa; pero es accidental siempre y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella.” “El valor económico depende de dos factores, la utilidad y la escasez”: “siendo el valor de una cosa su utilidad o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas, tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular” por lo que “hay una dependencia necesaria, una proporción entre el aumento y disminución del valor, y la carestía y abundancia de una cosa.”

Pero no solamente de valor escribió Jaime Balmés. En otro artículo para la Red Floridablanca resumí sus críticas al socialismo que aparecieron en una serie de siete ensayos que con claridad describían lo peligroso y dañoso de estas doctrinas.

Otros temas de relevancia para la economía donde Balmés hizo contribuciones es en el tema de las innovaciones tecnológicas, a las que no temía; el rol de los empresarios como patronos y como miembros de la sociedad civil; y el tema fiscal. Dada la importancia para España acerca de este tema, solo resumiré sus ideas sobre este último punto.

Para este sacerdote catalán, “los nuevos tributos son con harta frecuencia origen de motines y trastornos; quizás no se encuentra otro motivo que los haya causado en mayor número.” Añadía que “de esta clase de resistencia no se eximen las monarquías más absolutas[1]. Señalaba tres causas principales por los problemas fiscales: la pérdida de las rentas que el Estado percibía de la lglesia; los excesivos gastos militares; y la multiplicación de empleados públicos. Este último factor es el más relevante para hoy, Balmes repetiría que “el ministro de Hacienda que no atienda al origen del mal, no hará más que agravarle: en materia de hacienda los paliativos son fatales, su resultado es la bancarrota”. “No ignoramos que eran necesarias reformas en distintos ramos de administración; pero de aquí a multiplicar indefinidamente las oficinas  . . . hay una distancia muy grande”. Para solucionar el problema recomendaba “por de pronto no nombrar otros” y no copiar el sistema burocrático francés.

En El Criterio, una de sus obras más famosas, Jaime Balmes trató de combinar la mejor teología con la mejor ciencia del momento. En economía fue un avanzado. Un verdadero progresista. Volvamos a aprender de su estupendo criterio económico.

[1] Jaime Balmes, Escritos Políticos, Edición 1847,

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.

Luis Reig Albiol

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 9/6/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/luis-reig-albiol/

 

El Gobierno de Pedro Sánchez está lleno de antiliberales, posiblemente más que el de Mariano Rajoy. Y para colmo de males acaba de morir Luis Reig Albiol, ilustre ingeniero y empresario valenciano, que integró el selecto grupo de pioneros que defendieron nuestras ideas cuando eran bastante menos populares que ahora.

Jesús Huerta de Soto comentó: “Siempre fue un hombre bueno y un gran liberal. Todos,  y yo especialmente, le debemos mucho”. Estas palabras resumen bien la labor de Luis Reig.

Por un lado, impulsó la publicación en castellano de obras de los principales economistas de la Escuela Austriaca, gracias a Unión Editorial, la principal editorial liberal en lengua española, que fundó con Joaquín, su hermano, muerto en 1987, y Juan Marcos de la Fuente, que falleció el año pasado. Joaquín Reig tradujo La acción humana, de Ludwig von Mises, y Luis hizo lo propio con Derecho, legislación y libertad de Friedrich von Hayek.

Además, Luis desarrolló otra tarea de importancia: congregó a los liberales en su casa, en un seminario al que acudieron personas que tuvieron impacto en el desarrollo del liberalismo en España. Por nombrar a tres de distintas generaciones, puedo citar a Lucas Beltrán, a Pedro Schwartz y, precisamente, a Jesús Huerta de Soto, hoy catedrático de Economía de la Universidad Rey Juan Carlos y principal difusor español de las ideas económicas liberales austriacas. No solo ha creado un puñado de destacados discípulos en el mundo académico, sino que algunos de estos discípulos han dado el salto a la divulgación sin complejos de nuestras ideas, como sucede con Gabriel Calzada, Juan Ramón Rallo y otros.

Este año celebraremos en Canarias la primera reunión general en España de la Sociedad Mont Pèlerin, fundada por Hayek en 1947 y de la que formaron parte los hermanos Reig. Allí nos juntaremos los liberales y recordaremos a Luis, que fue primer premio Juan de Mariana a “una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad”.

Alguien dirá que Luis murió de tristeza por la perdurabilidad del antiliberalismo entre los políticos españoles, tanto en el PP como en el PSOE, como en los demás partidos de nuestro país. Pero es falso. Era un optimista pero también realista, e hizo una gran labor allí donde ha de extenderse primero la simpatía por el liberalismo: en las ideas y la sociedad civil.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Latinoamérica necesita empresarios, no lobistas

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 17/3/17 en: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article139230518.HTML

 

Eran los tiempos del presidente Menem en Argentina y la apertura, la desregulación y las privatizaciones parecían ameritar seminarios y “rondas de negocios” en el exterior, y colaboré con su organización hasta que, entre otras cosas, comprendí que eran inútiles.

Es que cuando la información vuela alrededor del globo, no tiene sentido que funcionarios viajen para “explicar” nada. Basta con crear las condiciones, y las inversiones solas volarán: bajar impuestos para que las personas tengan recursos para emprender con rentabilidad, y desregular liberando la creatividad y la capacidad de desarrollarlas… salvo que prefieran el lobby…

Según Jesús Huerta de Soto, “la función empresarial no exige medio alguno… es esencialmente creativa”. Es esa capacidad de crear en pos del mejoramiento social para lo que es necesario depender de los clientes –y no de los políticos– que deben inducir el camino de la eficiencia creadora.

Esta capacidad creativa supone el hallazgo de “conocimiento que se desconocía que podía existir”, dice Esteban Thomsen, como cuando un nuevo móvil supera al anterior mejorando la calidad de vida. Así “…prescindir de las típicas características de imaginación, atrevimiento y sorpresa equivale a eliminar enteramente la naturaleza humana”, remata Israel Kirzner, desmintiendo a los políticos que regulan poniéndole límites al atrevimiento.

Cuando el Estado interfiere al mercado con regulaciones que coartan la libertad creativa, destruye el rol empresario y da lugar a los lobistas, inmorales y faltos de ética desde que no responden a la naturaleza del mercado siendo que la moral es la adecuación al orden natural.

Durante aquellos seminarios daba vergüenza ajena el ver a los “empresarios” –lobistas– más importantes sentados durante horas, literalmente, en los lobbies esperando a los funcionarios que establecerían las regulaciones –monopolios, condiciones favorables, etc.– que los enriquecieran en detrimento del mercado.

Días atrás, como todos los años, fui invitado a la inauguración de Arco Madrid. Por una cuestión de ética y principios, quise evitar la coincidente “visita oficial” del presidente argentino. Pero fue inevitable encontrarlos en la inauguración, y allí estaban los más importantes “empresarios” –lobistas– argentinos…

Luego, encontré a ejecutivos españoles que participaron en la visita oficial que, entre otras cosas, me dijeron que hacer negocios con lobistas es tonto, sobre todo en países donde, por la inestabilidad, el funcionario interlocutor de hoy no es el de mañana. Y en general no invertirán en Argentina, al menos hasta las elecciones legislativas de octubre y hasta que aclare la economía, que no parece favorable a pesar de los pronósticos de los gurús.

Argentina –cuyo gobierno podría definirse ideológicamente como “peronista caviar”– crecerá en 2017 según estos gurús, cosa que dudo mientras que, irónicamente, la economía de la populista Bolivia tiene una mejor reputación internacional y se espera que crezca 4.6% en 2017. Ahora, es preocupante el que estos gurús suelen errar porque sus predicciones no tienen asidero racional, y son los mismos que suelen equivocarse y, sin embargo, siguen siendo escuchados. Así es como el país va a los tumbos.

En fin, Latinoamérica necesita elevar sus principios, su ética y su moral, y una dirigencia social, empresaria, académica, de medios, etc., más seria e ilustrada, mucho más.

 

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El Hombre Invisible

Entrevista a Gabriel J. Zanotti: Publicada el 2/1/17 en: http://institutoacton.org/2017/01/05/el-hombre-invisible-miguel-ors-villarejo/

 

¿Y quién es este Gabriel Zanotti (Buenos Aires, 1960) que la Fundación Rafael del Pino se ha traído para hablar de, atención, Antropología cristiana y economía de mercado? La víspera ha pasado por este mismo foro Paul Krugman y el contraste no puede ser mayor. El Nobel más mediático frente a este filósofo porteño, católico y liberal. Krugman concedió 20 entrevistas en dos días: 40 minutos tasados de salmodia keynesiana que recitaba de corrido y sin tropiezos, como un temario de oposición. Con Zanotti no hay prisa: nos dejan solos en un altillo de la Fundación, y creo que hasta se olvidan de que estamos ahí. Krugman generó un intenso tráfico en las redes sociales. Zanotti atraviesa el ciberespacio como un rayo de luz el cristal, sin tocarlo ni mancharlo.

Empezamos hablando justamente de eso: le cuento que algunos de los tuits que suscitó la conferencia de Krugman eran de un mal gusto extremado. Es un comentario para romper el hielo, pero Zanotti lleva siempre puesto el mono de filósofo y agarra rápidamente la anécdota para elevarla a categoría. “La invisibilidad transforma a las personas”, me dice. “No sé si conoce la última película de El hombre invisible: en el momento en que el científico protagonista logra que no lo vean, su honestidad se acaba… La mayoría de los humanos tenemos una moralidad media, muy incentivada por la mirada de los demás, pero ese control desaparece en las redes sociales y el anonimato saca nuestro lado más agresivo”.

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Es una reflexión sobre la que acabaremos volviendo, pero en principio no tiene nada que ver con el tema de su charla y que, expresado en términos más mundanos, plantea si se puede ser a la vez empresario de éxito y buen cristiano. Zanotti es católico practicante y un fogoso defensor de la Escuela Austriaca. Le duelen las reticencias que el liberalismo y el mercado aún inspiran al Vaticano, pero lo cierto es que algunas enseñanzas del Evangelio son dudosamente compatibles con el funcionamiento de una sociedad capitalista: los mercaderes son tratados a latigazos, los pobres y las rameras tienen prioridad de acceso al Cielo y los préstamos deben hacerse sin esperar nada a cambio, valorándose muy favorablemente la condonación total de la deuda (en una parábola, un siervo se niega y el rey lo entrega a los carceleros para que lo torturen).

Por no hablar del famoso encuentro de Jesús y el joven rico. Jaume Roures, el propietario de Mediapro, lo cita siempre que algún periodista le reprocha que sea millonario y trosquista. “Eso no veo yo que se lo preguntéis a los empresarios católicos. Jesús también decía: el que quiera seguirme, que lo deje todo”.

“No le falta razón a Roures”, le digo a Zanotti.

“Juan Pablo II recordaba ese pasaje en una carta apostólica de 1985”, responde. “El joven pregunta: ‘¿Maestro, qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?’ Y Jesús le dice: ‘Vende todo lo que tienes y repártelo entre los pobres. Luego ven y sígueme’. Marcos cuenta que el joven se quedó muy triste, porque tenía muchas posesiones”.

Roures ya hemos visto que entiende el mandato de forma literal, y Juan Pablo II admitía que, en el contexto del Evangelio, “se refiere sin duda a la vocación sacerdotal”. Pero al mismo tiempo invitaba a interpretarlo en un sentido más amplio. “El sígueme de Cristo se puede escuchar a lo largo de distintos caminos”. No es imprescindible hacerse apóstol.

“Para Juan Pablo II todos somos el joven rico”, dice Zanotti. La obligación de compartir no es una consigna socioeconómica, sino algo mucho más amplio, que afecta a cuanto posee el cristiano, empezando por su propia existencia. “Todos tenemos una riqueza que entregar, los talentos que Dios nos ha confiado. En mi caso es la docencia, en el suyo el periodismo y en el de otro puede ser un proyecto empresarial”.

Muchos objetarán que no es lo mismo. El empresario sigue siendo un bulto sospechoso. En el imaginario popular aún pervive el cliché marxista de que su beneficio se origina al quedarse ilegítimamente con una parte de la riqueza (la plusvalía) que crea el trabajador.

La proletarización de las masas obreras no parece una vocación compatible con el espíritu evangélico, pero el propio Marx ya tuvo que introducir algunos retoques en su teoría, porque los asalariados vivían cada vez mejor. Atribuyó el fenómeno a difusas “contratendencias” que perturbaban “momentáneamente” sus predicciones, pero la evolución de los países industrializados ha acabado refutando sus explicaciones. La actividad económica no es un juego de suma cero, en el que uno gana (el capitalista) lo que otro pierde (el obrero). Como observaría años después Joseph Schumpeter, el “fenómeno fundamental” que impulsa la creación de valor no es el trabajo del obrero ni la codicia del patrono, sino la innovación. Por supuesto que a Thomas Alva Edison o a John Ford los movía el ánimo de lucro y no el amor del prójimo cuando idearon modos más eficientes de producir luz o coches. Sus hallazgos los enriquecieron en primer lugar a ellos. Pero cuando gracias al juego de la competencia otras compañías siguieron su ejemplo, debieron rebajar los precios para no perder ventas y subir los salarios para evitar que les arrebataran a los empleados más capaces. Al final del proceso, toda la sociedad estaba mejor: el patrono, los obreros y los consumidores.

El capitalismo es un juego de suma variable y su energía productiva (que hasta el Manifiesto Comunista considera “grandiosa y colosal”) la liberan emprendedores en busca de oportunidades de ganancia. Como me explicó una vez otro ilustre austriaco, Jesús Huerta de Soto, “la URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor mundial de patatas y tractores, pero los soviéticos se morían de hambre porque los tractores estaban oxidándose en Siberia y las patatas pudriéndose en Ucrania. No había empresarios que dijeran: vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”. ¿Es eso moralmente reprensible? Apple no se ha hecho rica quitándonos algo que tenemos, como creía Marx, sino ofreciéndonos algo que no tenemos (y que ni siquiera sabíamos que queríamos, como el iPad). “En un mercado libre triunfa quien adecua sus proyectos a las expectativas del consumidor”, dice Zanotti.

Juan Pablo II explica que cada uno de nosotros debe contribuir al bienestar general aportando sus “potencialidades y capacidades”. El hombre ha de leerse a sí mismo, escribe, para luego “ser en los demás, para los demás”. En eso consiste el desprendimiento que Dios nos pide y “no es incompatible con el emprendimiento”, dice Zanotti. “Las ganancias son sólo una indicación de que el negocio ha sabido detectar necesidades insatisfechas”.

“Ya”, le digo, “pero luego esas ganancias el empresario se las queda. ¿No debería repartirlas?”

“Desde el punto de vista jurídico son incuestionablemente suyas”, dice Zanotti, “aunque deben incorporarse a esa entrega, a ese desprendimiento, y aquí entra en juego la prudencia con que cada cual maneja su relación con los bienes”.

“La experiencia histórica revela que, en general, cada cual prefiere quedárselos. Cuando la solidaridad se deja a la iniciativa particular, surgen grandes desigualdades”.

“Va usted muy deprisa”, repone Zanotti. Nada más sentarse, ha puesto sobre la mesa un librito: Ética, Mercado y Doctrina Social de la Iglesia. Lo coge, lo agita en el aire brevemente. “Eso es el capítulo cuarto. Antes déjeme que le hable de la teoría del orden espontáneo, que va en el capítulo tercero”.

Zanotti se refiere a una de las grandes contribuciones de Friedrich Hayek. Muy sucintamente sostiene que, a lo largo de siglos de ensayo y error, la humanidad ha ido creando una serie de instituciones (el lenguaje, el derecho, el dinero) que han hecho posible la civilización. Ese orden espontáneo es extremadamente complejo y, aunque podemos comprenderlo, somos incapaces de dirigirlo. “Por desgracia”, dice Zanotti, “a partir de los 50 empezó a generalizarse en Occidente una intervención gubernamental que, con el pretexto de proteger a determinados colectivos, adulteró el funcionamiento del mercado”. Y esta situación no sólo es insostenible económicamente, como vemos cada día con la crisis de la deuda, sino moralmente. “Los ciudadanos se habitúan a las prebendas del Estado de Bienestar y, cuando la escasez que el político ha echado por la puerta vuelve a colarse por la ventana, protestan”.

En este punto me asalta una duda. Ni siquiera Hayek considera que el mercado sea un ente puro. Presupone una arquitectura institucional. Y acuérdense de que también Zanotti reconocía al principio que sin la mirada del otro, es decir, sin una coacción externa, degeneramos rápidamente en trolls y llenamos el ciberespacio de injurias. Hace falta algún tipo de coerción, de Estado, pero ¿cuál es el nivel justo? Muchos austriacos consideran lícito prohibir el matrimonio homosexual, pero rechazan que Obama obligue a los estadounidenses a contratar un seguro médico. ¿Quién decide lo que es producto de ese orden espontáneo, y por tanto deseable, y lo que es una intromisión?

Zanotti no oculta que aquí los austriacos están divididos. Hayek desconfiaba de la condición humana y defendía mayores controles, pero anarcocapitalistas como Huerta de Soto creen que el Estado es la encarnación del maligno y que hay que desmantelarlo por completo. “En todo caso”, precisa Zanotti, “la prioridad hoy es eliminar privilegios. Por eso los escasos liberales clásicos que llegan al Congreso de Estados Unidos no promueven leyes. Están siempre derogando, diciendo no, no, no…”

“Pero lo que vemos a nuestro alrededor es que los países más prósperos tienen Estados grandes”, le digo. “En la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la expansión del gasto público, Occidente vivió una explosión de riqueza sin precedentes”.

“Seguro”, replica Zanotti, “pero ¿ha sido a pesar o causa de ello?”

La contrarréplica obvia sería: “Midámoslo”. Hay estudios y modelos, pero los austriacos no creen ni en las matemáticas ni en el positivismo científico. En su opinión, las decisiones humanas no se pueden agregar como manzanas y la economía no puede contrastarse. “La filosofía ha desarrollado muchas prevenciones sobre las experiencias empíricas”, dice Zanotti. “Lo que hay que tener claro es el modelo teórico, y el austriaco nos dice que Occidente siguió creciendo a pesar del gasto público, gracias al margen que se dejó a la iniciativa privada”.

Sin la injerencia del Estado, nadie se plantearía hoy la incompatibilidad entre el mercado y la justicia cristiana, porque la falta de fricciones y el oxígeno de la libertad habrían impulsado los salarios reales y el paro se habría reabsorbido.

“Muchas encíclicas se han mostrado críticas con el capitalismo”, dice Zanotti, “pero porque entendían por tal lo que veían a su alrededor, que no es en absoluto lo que preconiza la Escuela Austriaca”. Sólo en 1991, en la Centessimus Annus, Juan Pablo II se refirió a la economía de mercado en “un contexto de positiva aprobación”. ¿Empieza a volverse liberal la Iglesia? Es dudoso. Hace unos meses Benedicto XVI reclamaba en L’Osservatore Romano más “intervención pública” para impedir las crisis. Y el propio Juan Pablo II tiene textos en los que defiende la planificación.

En realidad, Cristo no reveló ningún sistema, no entró nunca en los detalles de la organización socioeconómica. “Un católico puede ser keynesiano y hasta neomarxista”, dice Zanotti. “Por eso siento una gran injusticia cuando a los austriacos se nos trata de herejes”. A él le gustaría ser más invisible, que se diera a Dios lo que es de Dios y a Hayek lo que es de Hayek.

“Juan XXIII pedía en Mater et magistra subsidios para la agricultura italiana”, dice, “pero se equivocó, es un tema opinable, no es dogma de fe. Y sería deseable que las encíclicas respetaran la autonomía de los laicos y no entraran en ciertas cuestiones. El Vaticano tiene autoridad en materia de fe y de costumbres y me parece bien que Ratzinger [Benedicto XVI] insista en la divinidad de Jesús o se pronuncie sobre el aborto. ¿Pero hay que dar subsidios a la agricultura? Que el Papa calle”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Los empresarios argentinos hacen magia para sobrevivir a los precios máximos.

Por Belén Marty: Publicado el 26/8/14 en: http://esblog.panampost.com/belen-marty/2014/08/26/los-empresarios-argentinos-hacen-magia-para-sobrevivir-a-los-precios-maximos/

 

En los países de Cristina Kirchner y Nicolás Maduro los problemas se solucionan de manera muy fácil. Al sol se lo tapa con las manos y al aumento de precios se lo combate con las políticas de precios máximos y leyes de abastecimiento.+

Argentina y, en mayor medida, Venezuelacombaten al fuego con gasolina y miran para otro lado. Mientras tanto, los empresarios que fueron forzados a acordar con el Gobierno, en las sombras, —ya sea por presión o por ventajas— improvisan trucos de magia para hacerle frente a las políticas de precios máximos que instruyen desde la cúpula gubernamental.

Los kirchneristas presentaron hace unas semanas un proyecto de ley de estilo soviético al Congreso que permitiría al Gobierno controlar qué producir, cuánta cantidad y a qué precios ofertar.

Estos precios son impuestos o acordados desde el Gobierno por debajo del precio de mercado. El Gobierno jamás va a poner, como explica muy bien el profesor Jesús Huerta de Soto, un precio máximo sobre un precio más alto que el precio del mercado, pues no tendría sentido.

En Venezuela a los precios máximos se los conoce como “precios justos“, mientras que en Argentina se los reconoce como “precios cuidados“.

Los trucos de magia empresarial

Cada vez viene menos cantidad de producto.

Los empresarios Copperfield son aquellos que deciden hacerle frente a las políticas de precios máximos disminuyendo la cantidad de un producto.

De esta manera el “truco” se logra achicando los envases, reduciendo la cantidad de unidades, disminuyendo el tamaño de lo que se venda, y bajando la calidad del envoltorio.

Los casos de las galletitas Melba u Oreo en Argentina son un claro ejemplo, que hoy en día son relativamente casi la mitad de lo que eran años atrás. Los paquetes de papas fritas o de nachos vienen casi con el paquete medio vacío y algunos aceites han reducido el tamaño de sus envases.

Otras empresas deciden directamente eludir los precios máximos disminuyendo la calidad de sus productos. Por ejemplo, las aguas saborizadas tienen cada vez más gusto a agua y menos a los sabores que proclaman.

Algunas marcas sacrifican algunos productos —es decir, producen a pérdidas o al costo— compensando con la suba de otros bienes. Sacrifican por ejemplo el precio de la lavandina, pero aumentan el producto de lavandina en gel o desinfectante en aerosol.

Por esto, muchas marcas han optado por agregarle a los envases propiedades que quizás antes también tenían, pero no publicitaban, con el objetivo de poder aumentar su precio, o hacerlo un producto premium. Como ejemplo, podemos citar el lanzamiento de los huevos con Omega 3.

Consecuencia de los precios cuidados, justos o máximos

Estos son fenómenos que suceden como síntomas previos a la escasez de un determinado producto. Son señales que hacen de alarmas en el sistema productivo. Avisan diciendo “ojo que esto no está funcionando”. Siempre que haya imposiciones cohercitivas sobre el precio de un bien, habrá faltante de ese producto.

Entonces, estamos en condiciones de afirmar que la consecuencia de asignar un precio arbitrariamente será la escasez y una merma en la calidad de los productos que termina afectando al consumidor.

Ahora el más veloz se lleva el producto, ¿pero después?

Por ahora el Gobierno argentino ha tomado como estrategia de asignación de los “productos cuidados” a las primeras personas en llegar a las góndolas de los supermercados.

Es decir, el que llega primero, se lleva el producto.

Sin embargo, si se persiste con esta metodología en el tiempo, la economía deberá asignar los productos a través cartillas de racionamiento (o a través de huellas dactilares, como ahora será en Venezuela), o mediante prebendas y favores.

No hay que ser vidente para saber lo que sucede cada vez que el Gobierno asigna arbitrariamente el precio de un bien. Es un hecho absurdo, injusto y demagógico, y es increíble que en pleno siglo XXI todavía haya individuos que crean en la ilusión del control de precios.

 

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

La estatolatría argentina

Por Adrián Ravier. Publicado el 28/2/14 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2014/02/28/la-estatolatria-argentina/

 

“La estatolatría es la mayor enfermedad social de nuestro tiempo”. Este lema representa una de las lecciones que aprendí del Dr. Jesús Huerta de Soto, uno de mis profesores en el Doctorado en Economía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Se trata de una creencia, o un fenómeno sociológico y cultural, en el que cada individuo se considera incapaz de valerse por sí mismo, y delega en el Dios Estado la solución a todos sus problemas.

En el siglo XX el Estado ha reemplazado el rol que siglos pasados jugaba la Iglesia. La gente ya no pide a Dios por trabajo, alimento, ropa, un techo o salud, sino que redirige sus peticiones al gobierno de turno. El Dios Estado se supone presente para asistir a los necesitados. Se cree en las buenas intenciones de nuestros gobernantes, y también en su omnisciencia. Se supone que el Estado detecta a tiempo cada problema y luego actúa en consecuencia.

En países presidencialistas, y en especial en etapas de auge, el presidente de turno se convierte en ídolo. Sólo cuando aparecen las fases de crisis y depresión, es cuando el ídolo cae, y se lo reemplaza por su sucesor, intentando que ahora sí, la asistencia sea la esperada.

La inmadurez de las masas es una consecuencia obvia, y ante ello, los problemas se multiplican. Hombres y mujeres abandonan su creatividad natural, y en lugar de “emprender”, esperan pasivos por una solución externa que nunca llega.

Esa pasividad es también fomentada por los propios gobiernos, por esos ídolos de turno, que saben que sólo mediante la “infantilización” de las masas pueden mantenerse en el poder y multiplicarlo. Los gobiernos han logrado distraer la atención acerca de las verdaderas causas de nuestros problemas. Se culpa al capitalismo, al ánimo de lucro, al mercado, a los empresarios, a la propiedad privada, por los problemas que el mismo Dios Estado causa, incluyendo la división de los pueblos y el conflicto permanente.

Los intelectuales, sean estos filósofos, sociólogos, economistas, juristas o historiadores, han fracasado en comprender la naturaleza de este problema. Abunda bibliografía que sólo ve la superficie de los problemas, pero muy poca atiende a lo esencial.

Aun la iglesia, o en los últimos meses el Papa Francisco, fracasan en comprender que la pérdida de fe en Dios, se ha canalizado al Dios Estado. El Dios Estado promete ofrecer en la tierra, los recursos que Dios sólo ofrecerá en la vida eterna.

En la Argentina la “estatolatría” se profundiza. Y si este es el caso, el problema no es Alfonsín, ni Menem o los Kirchner. Hay miles de Néstor o Cristina dispuestos a jugar el rol de líderes en el país. Si deseamos revertir el proceso, necesitamos un cambio cultural. Sugiero que recuperemos la fe en nosotros mismos, en nuestra creatividad empresarial, y confiemos menos en la “omnisciencia” y las “buenas intenciones” de nuestros gobernantes.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.