El hombre y la naturaleza.

Por Armando Ribas. Publicado el 24/4/16 en: http://prensarepublicana.com/hombre-la-naturaleza-armando-ribas/?mkt_hm=18&utm_source=email_marketing&utm_admin=74814&utm_medium=email&utm_campaign=Por_qu_la_

 

La tristeza que surge de las recientes noticias al respecto de las muertes y destrucciones causadas por los terremotos en Ecuador y Japón no pueden menos que hacerme recordar  lo ocurrido a causa del terremoto de Lisboa, ocurrido en 1755. En esa oportunidad dice la historia que Lisboa era una de las capitales más importantes de Europa, entre otras razones porque disponía de los recursos de Brasil, que era su colonia. Fue a partir de ese hecho lamentable ocurrido en Occidente que surgió una discusión ético-filosófica al respecto, entre dos figuras trascendentes de la historia filosófica occidental: François Marie de Aruet-Voltaire y Jean Jacques Rousseau. Voltaire, tomando en cuenta la muerte de numerosos niños en la Catedral de Lisboa se rebeló contra la naturaleza como causante de las desgracias del hombre. Rousseau por el contrario culpó al hombre como causante de la catástrofe por haber construido la Catedral. Y Voltaire dijo: ¿Qué culpa tenían los niños que estaban en la Catedral?

Esa discusión está presente en sus diferentes manifestaciones. Existe políticamente la tendencia a culpar al capitalismo por los daños que hace a la naturaleza y que repercuten sobre la sociedad, tal como es recalentamiento global. En estos tiempos Voltaire se habría preguntado ¿Qué culpa tiene el hombre de los dos terremotos y no olvidemos, tampoco el Tsunami reciente de Japón y el terrible terremoto de Haití? La discusión pertinaz presente implica el desconocimiento del sistema que por primera vez en la historia permitió la creación de riqueza. Pero me voy a permitir citar al respecto a un sofista griego que diría tiene la mayor vigencia hoy en día. Fue Protágoras quien dijo: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son que son y de las que no son que no son”. Es decir de los aciertos y los errores.

No hay dudas de que a través de la historia los errores del hombre, le provocaron vivir en lo que se llama el estado de naturaleza. Y no precisamente porque la naturaleza fuese favorable, como pretendía Rousseau, sino por la ignorancia vigente respecto a las causas de los males que causara la naturaleza. En ese proceso de errores no puedo tampoco ignorar que el eje de los males causados por los hombres era la guerra y consecuentemente la descalificación ética del interés personal. Todavía Kant en pleno siglo XVIII, escribió en su “Idea Para Una Historia Universal”: “El hombre desea la concordia, pero la naturaleza, conociendo mejor qué es bueno para sus especies, desea la discordia”. Y Hegel siguiendo los pasos de Kant, por más que éste no lo reconociera, dijo: “La guerra es el momento ético de la sociedad”. Y llegó Marx, que está presente,  y planteó como alternativa a la guerra entre los estados, la lucha de clases.

En un reciente libro, “The Birth of Plenty” (El Nacimiento de la abundancia), William Bernstein muestra claramente cómo hasta hace sólo unos doscientos años el hombre vivía como vivía Jesucristo. Y en todo ese período el hombre sufría los males de la naturaleza tales como las epidemias, hambrunas, inundaciones. Por supuesto destaca la falta de libertad como causante de la pobreza y se refiere al hecho de que “en el período medieval la Iglesia tenía la clase de poder ideológico absoluto que podría haber sido envidiado por Stalin, Hitler o Pol Pot”. Y al respecto destaca otro hecho trascendente que ha sido la confusión al respecto que ha sido la teoría de Weber de creer que el protestantismo de Lutero y Calvino han sido los artífices de la libertad y en particular de la libertad religiosa. Así dice: “Martín Lutero usó la prensa de Gutenberg como ariete para derribar la autoridad de la Iglesia y la reemplazó con una igual odiosa tiranía”  y “En diecisiete años de guía de Calvino condenó a ochenta y nueve personas a la muerte por brujería”.

Considero importante las anteriores conclusiones a fin de lograr determinar cuáles fueron los factores que determinaron el progreso del mundo por primera vez en la historia, y por supuesto el origen de la libertad y que hoy está en juego en nombre de la igualdad. La libertad comenzó en Inglaterra con la Revolución Gloriosa de 1688. Y recordemos que el anglicanismo no era más que catolicismo con el rey de Inglaterra a la cabeza. Esa tendencia a la libertad incluida la religiosa se continuó en Estados Unidos con la Constitución de 1787. Y debo destacar que la libertad religiosa entre los protestantes en Estados Unidos surgió por las razones dadas por Adam Smith: “Habrá libertad religiosa cuando haya multiplicidad de sectas”. Y esa conclusión es importante tanto como considero que tampoco es la cultura la que determina la libertad sino el sistema ético político que determina los comportamientos. Y ese es el sistema que está en juego hoy incluso en Estados Unidos, por el candidato Republicano que ignora a los Founding Fathers.

Pero volviendo directamente a nuestra discusión original, no podemos menos que reconocer que Rousseau está presente respecto al recalentamiento global. Por supuesto mi conocimiento científico al respecto no me permite discutir cuáles son las causas del mismo. Mi planteo es que el mismo no se debe políticamente a la mala fe de los empresarios productores de petróleo o de gas. A partir de esa falacia ética continúa Rousseau a la cabeza de quienes creen o usan el criterio que es la propiedad privada la causante de la desigualdad entre ricos y pobres. Por supuesto Voltaire ha desaparecido estaríamos a punto de culpar al hombre por las atrocidades de los terremotos. Así se ignora políticamente que ha sido el hombre con el desarrollo del conocimiento, y la actitud y comportamiento empresarial, quien ha logrado supera en gran medida los daños causados por la naturaleza. Quizás el mejor ejemplo de esa realidad ha sido el avance de la medicina y de la invención de los productos que curan o evitan las enfermedades.

Todo este cuestionamiento ideológico es la amenaza que enfrenta el sistema ético político que cambió la historia de la humanidad y que se le llama descalificatoriamente capitalismo. En Argentina se ignora que fue el tercer país del mundo en imponerlo, y por ello a principios del siglo XX estaba entre los primeros países del mundo. Y no fue por la cultura ni por los bienes agrícolas. Cuando me dicen que ese éxito fue gracias a la pampa húmeda me permito decir que “Se humedeció en 1853 y se secó en 1945”. La conclusión anterior la considero trascendente pues ya deberíamos saber que no es la naturaleza ni la cultura la que determina que haya países pobres y países ricos. Ello depende del sistema que surge de una clase política consiente de las ideas en que se basa la creación de libertad y de riqueza y las pone en práctica. Y esas ideas como he repetido hasta el cansancio dependen de la conciencia respecto a la naturaleza humana y en función de ella limitar el poder político y respetar los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y el derecho a la búsqueda de la propia felicidad.

Cultura vs. Civilización

Por Armando Ribas. Publicado en: http://www.laprensapopular.com.ar/13088/cultura-vs-civilizacion-por-armando-p-ribas?utm_medium=Email&utm_source=Newsmaker&utm_campaign=Newsmaker%20-%20el-populismo-contra-la-libertad%20-%2013-03-2014

 

En su formidable obra Tiempos Modernos, Paul Johnson en el primer capítulo planteó un problema que llega hasta nuestros días, y que es la relación entre la civilización y la cultura. Y más aún, tenemos la necesidad de ponernos de acuerdo sobre el significado de estos dos vocablos trascendentes. Una de las mayores confusiones al respecto fue la definición que fuera dada por Spengler en su lamentablemente exitosa obra La Decadencia  de Occidente. En esa obra, que fuera publicada en 1918, es decir al fin de la Gran Guerra, este representante de “Los Maestros Pensadores” define a la civilización como el anquilosamiento de la cultura. Es decir, la decadencia producida por lo que considera la artificialidad frente a la dinámica creativa de la cultura. Así dice: “La civilización es el destino inevitable de la cultura… Las civilizaciones son los estados más externos y artificiales de los cuales una especie del desarrollo humano es capaz. Son una conclusión, sustituyendo la cosa que es a la cosa que está siendo; la muerte que sigue a la vida, la rigidez sucediendo a la expansión.

Alemania, pues, después de la Gran Guerra estaba a la espera de un reverdecimiento de la cultura y así volvió la “cosa siendo” en el nazismo supuestamente de la mano de la “voluntad de poder” de Hilter. Aquí entra Nietzsche en acción que considera a la aristocracia del superhombre como la alternativa y ahí tenemos a Hegel entre Spengler y Nietzsche. Ya Nietzsche había dicho igualmente que la única ventaja de la Revolución Francesa fue que ella permitió el surgimiento de Napoleón. O sea otra aristocracia sin nobleza, al decir de Ortega y el águila imperial daba la tónica del nacionalismo como sustituto de las monarquías.

Por supuesto, en su conceptualización, Nietzsche desprecia al buen salvaje, ya así como a la búsqueda del hombre nuevo, exaltada por Jean Jacques Rousseau. “Así, en su Discurso sobre las ciencias y las artes, don “Jacobo” nos decía: “Hemos visto a la virtud volar tan pronto como la luz de las ciencias y las artes se elevan sobre el horizonte, y el mismo fenómeno ha sido observado en todo tiempo y lugar”. Me suena que estas palabras reflejan el sentimiento spengleriano de la decadencia preñada de civilización. Pero el ilustre ginebrino intentaba, no obstante, crear una alternativa y así propuso la creación de un “hombre nuevo” (no se parece como al superhombre sino que parecería ser racional y moral). Así en el Contrato Social nos dice: “cualquiera que se atreva a encarar la tarea de instituir una nación, se debe sentir capaz de cambiar la naturaleza humana; así decía: “de transformar a cada individuo que en sí mismo es un todo completo y solitario, en parte de un todo mayor del cual en este sentido recibe su vida y su ser”. Ahí estaba esperando Hegel pero, entre tanto, surgía la figura trascendente del hombre nuevo en Robespierre, el incorruptible, seguido de Marat, el representante del pueblo, de Babeuf y su conspiración de los iguales y no olvidemos al carnicero de Lyon, el Sr. Fusleé.

Pero volviendo a Hegel, en este proceso de creación del hombre nuevo, supongo que en aras de la cultura, mal que le pese a Nietzsche, Rousseau le sirvió en bandeja de plata igualmente la “voluntad general” encarnada en la soberanía indivisible e inalienable. El Estado prusiano se encargaría igualmente en otro desliz de la cultura, Kant y Hegel mediante, de devolver la soberanía a las sienes del monarca, supongo que por efecto de la voluntad de poder que se apoderaba así de la voluntad general.

Ya vendría Marx para devolverle al pueblo la voluntad general, y el nuevo hombre nuevo y valga la redundancia, se apoderaba de la voluntad general a través de la dictadura del proletariado. Así, después de los múltiples avatares bélicos y revolucionarios de la “virtuosa” historia europea, llegó finalmente la dictadura del proletariado allende los Urales en un tren alemán. Lenin, el hombre nuevo encargado de hacer los nuevos “hombres nuevos” en función de la “voluntad general”. La soberanía volvía así al “pueblo” y Lenin, tanto como el nuevo monarca sin corona, representaba el poder de la subjetividad como última decisión de la voluntad… tal como había propuesto Hegel.

No podría decir que la “voluntad general” del hombre nuevo, Lenin, carecía de voluntad de poder. Dado que la salud de Nietzsche no le permitió ver la luz del siglo XX, no podemos saber cuál habría sido su valoración de este nuevo Robespierre incorruptible al igual que él, y que sustituyera a los comité de “salud pública” por la cheka que con el hombre de acero (Stalin) se convertiría en la KGB encargada de eliminar todo intento de no participar de la naturaleza del hombre nuevo. El intento fallido de crear hombres nuevos tuvo un costo enorme en vidas, donde quiera que apareciera este Estado que respondía a la dictadura del proletario, perdón, del proletariado.

Cuando Spengler escribía su Decadencia de Occidente, parece que no estaba muy seguro de que bien Rusia no fuera Occidente o que al igual que Nietzsche, no compartía las virtudes del hombre nuevo, ya fuera con el ciudadano de Ginebra o con el filósofo de Treves . Al poco tiempo de la llegada de la cultura a Alemania, al menos de la “voluntad de poder” del “pintor”, Adolfo Spengler entregaba su alma. Por consiguiente, si bien sabemos de su teoría, poco sabemos de su experiencia, que en general en estos casos la brecha entre la teoría moral y la praxis política ha sido, es y seguirá siendo enorme.

Lo que sí sabemos es que estos dos caracteres, hombre nuevo y superhombres, léase Stalin (sucesor de Lenin) desde las estepas y el superhombre de la Selva Negra, se dieron la mano en 1939 a través de sus representantes, Molotov y Ribentrop. El propósito era dividirse el mundo hasta que el superhombre encontró que el hombre nuevo no estaba a su altura, y la “Operación Barbarroja” decidió que el “milenio” se acortara tanto como le había ocurrido a su predecesor que al paso de la Marsellesa terminara en Elba como paso previo a Santa Elena y Beethoven se inmortalizara en “La Heroica”.

Cualquier atisbo de libertad en estos mundos del “deber ser” inspirado en el imperativo categórico kantiano, es un sueño imposible y la realidad una pesadilla de la historia. El triunfo de las huestes del “hombre nuevo” amparado por el “Préstamo y Arriendo” y acordado en “Yalta” lograra en gran parte su proyecto pactado con el “superhombre” y se quedó con la mitad de Europa. Las casacas rojas permanecerían y durante toda la llamada “Guerra Fría” encontraron en las “camisas negras” la descalificación más absoluta de todo intento de salir de aquella trampa tendida por Zeus entre el hombre nuevo del buen salvaje, al buen salvaje del superhombre.

Todo este prolegómeno viene a mano con un objetivo esencial y es mostrar que existe una alternativa real y manifiesta a la predicción spengleriana entre Rousseau y Nietzsche. Para ello vale recordar que los ingleses en medio de su cultura también descripta por Shakespeare, desde los climas de su insularidad en los tiempos de los Tudor y de los Estuardo no se diferenciaban demasiado, salvo en el idioma de sus congéneres, los Romanov, Habsburgos, Horhenzollern, Borbones, etc que imperaban del otro lado del Canal de la Mancha. Y tanto que al respecto escribiera David Hume en su Historia de Inglaterra, refiriéndose a los tiempos de Elizabeth I: “En esa época los ingleses se encontraban tan completamente sometido, que como los esclavos del Este, estaban inclinados a admirar aquellos actos de violencia y tiranía que eran ejercidos sobre ellos y a sus propias expensas.”

No parecería pues que fue el clima o la cultura la que produjo la Revolución Gloriosa de1688, casi desconocida por no haberse matado a nadie, y respecto a la cual Hume igualmente dijo: “Y puede decirse con justicia, y sin ningún peligro de exageración, que en esta isla, desde entonces hemos disfrutado sino el mejor sistema de gobierno, al menos el más completo sistema de libertad que fuera conocido por la humanidad”. Precisamente porque antes de esa fecha no existía la libertad en Inglaterra que los peregrinos cruzaron el Atlántico en el Mayflower y a partir de 1787 iniciaron el proceso civilizador más grandioso que conociera la historia.

Basta leer El Federalista, para encontrar los principios elementales de la libertad,  que como bien había señalado John Locke, se definían por el respeto a los derechos individuales; la vida, la libertad, la propiedad y el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Y en sentido similar se pronunció Hume sobre las condiciones de la estabilidad en la sociedad: “la seguridad en la posesión, la transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas”. Pero recuérdese que Hobbes también era inglés y en su Leviatán había justificado igualmente la voluntad de poder como antítesis supuesta de la voluntad general de Rousseau.

Entonces, puedo coincidir con Hume que la civilización es un aprendizaje de la historia y la libertad es el perfeccionamiento de la sociedad civil. Y por supuesto sostiene que la verdadera libertad incorpora las restricciones de la ley, “Requiere aquellas limitaciones que son necesarias para que el individuo esté seguro del daño causado por otros individuos o por el gobierno.” Y por supuesto, esa realidad era reconocida por Hamilton que en El Federalista escribió: “una peligrosa ambición subyace más detrás de la espaciosa máscara del celo por los derechos del pueblo, que bajo la apariencia prohibida del celo por la firmeza y la eficiencia del gobierno.”

Creo que he mostrado que la libertad es un aprendizaje de la historia y no surge de la cultura sino que se impone por sobre la cultura. Y si faltaba un ejemplo de esta realidad, lo encontramos en el proyecto argentino de la segunda mitad del siglo XIX, basado en la Constitución de 1853-60. Por supuesto, en las ideas de Alberdi, que ya había sabido distinguir entre la libertad anglosajona y la que denominara libertad latina y a la que se refiere así: “Es la libertad de todos referida y consolidada en una sola libertad colectiva y solidaria de cuyo ejercicio exclusivo está encargado un libre Emperador o un Zar liberador. Es la libertad del país personificada en su gobierno y su gobierno todo entero personificado en un hombre.”

A partir de allí, Argentina dio un vuelco en su historia, superando la cultura del fanatismo y de las leyes de India para alcanzar la civilización. Tanto así que de las “culturas” europeas venían los inmigrantes en busca de la libertad que había sido establecida no por la cultura sino precisamente por su superación. Alberdi así no sólo descreía de la voluntad general, sino que describía a Nietzsche antes de que este escribiera sobre la “voluntad de poder” (will of power). Tanto así que Sarmiento en sus Comentarios a la Constitución de 1853 dice: “Dícenos que los pueblos no están en estado de usar instituciones tan perfectas. Si hubiéramos de juzgar por ciertos hechos de la República Argentina, diríamos que esos pueblos no están preparados, sino para degollar, robar, haraganear, desvirtuar y destruir. Pero hay otro orden de hechos que muestra que esos pueblos en nada ceden a otros americanos en cuanto a su capacidad de aprender el juego de las instituciones.”

De las anteriores palabras, surge que era posible, y así fue, superar la cultura por la civilización, lo que no logró Europa Occidental hasta la llegada de los tanques Sherman y el Plan Marshall en 1945. Y precisamente igualmente podemos decir que la involución argentina resultó de que cuando Europa accede a la civilización, Argentina impone a su política el pensamiento que había perdido la guerra. O sea al respeto de los derechos individuales, que la había caracterizado, es sustituido políticamente por el pensamiento de la voluntad de poder y así el superhombre Perón alcanza el poder ante la misma disyuntiva europea de enfrentar al hombre nuevo y la voluntad general. Ésta es, lamentablemente, la disyuntiva que en nombre de la democracia, o sea de los derechos del pueblo, sigue vigente en Argentina, y los resultados están a la vista. No la menor expresión de libertad; el argentino hoy teme por su seguridad amenazado por el gobierno y en la calle por otros argentinos. Por ello es que insito en que en la falacia de Braden o Perón la alternativa sigue siendo Alberdi o Perón. Y mientras siga ganando Perón en ausencia de una oposición que interprete y rescate a Alberdi, continuaremos inmersos en la desesperanza, la inseguridad y la pobreza.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.