Colación de grados académicos 2014.

Palabras pronunciadas en ocasión del acto de colación de grados. Por Guillermo Luis Covernton.  

 

Una nueva colación de grados académicos de nuestra querida ESEADE. Un nuevo grupo de profesionales que salen a  interactuar en nuestra comunidad, con los valores, los principios y la concepción de sociedad abierta y búsqueda de la verdad que ha caracterizado desde siempre a nuestra universidad. Una etapa que, mientras se transita, se ve como lejana, y hasta en algunos momentos, inalcanzable. Y que muchas veces nos hace creer que será la etapa definitiva en nuestra formación académica. Y afortunadamente, muchas veces nos equivocamos en esto también. La formación de un profesional es una tarea continua, que no tiene final en lo concreto, aunque pueda tener puntos finales en lo formal. ESEADE nos ha inspirado, a quienes hemos tenido la enorme fortuna de poder estudiar sus currículas académicas, un insaciable deseo de seguir profundizando en el estudio de nuestras respectivas disciplinas científicas. Apetito que muchas veces canalizamos hacia la docencia, el debate, la investigación, orientada a la publicación de elaboradas ponencias; que nos permitirán interactuar con la comunidad académica, de modo tal de poder recibir opiniones alternativas, críticas generosas, puntos de vista relevantes en los que no habíamos reparado. Descubrir puntos de investigación futuros, inspirar a nuestros condiscípulos, profesores y colegas. Establecer nuevos vínculos con aquellas personas que, al igual que nosotros, hacen de la búsqueda de la verdad un objetivo de vida.

La vida nos enseña miles de cosas. Muchísimas muy valiosas. Se aprende en el trabajo. Se aprende en la familia. Se aprende en las dificultades. Se aprende incluso en las crisis y en las imponderables calamidades.

Pero la particularidad que vamos a valorar siempre, de lo aprendido en el estudio formal y dedicado, es que se captan miles de matices alternativos que requerirían de muchas vidas para ser asimilados.

Se adquieren conocimientos generalizables y mucho más aplicables a una inmensa variedad de casos, precisamente por la sistematización en la forma en que se imparte y se comparte el conocimiento. Y esencialmente, en que se aprende a aprender, a analizar las leyes generales y su grado de aplicación al caso concreto. Y se desarrolla un enorme bagaje de conocimiento empírico, que luego se puede sistematizar y nuevamente retroalimenta a la comunidad científica a la que nos estamos integrando.

Pero una institución tan afín a los valores de la libertad, al respeto por el disenso y al desprejuiciado fomento del crecimiento de las ciencias, como ha sido siempre la característica de nuestra Universidad, desarrolla permanentemente esa cualidad de nuestros intelectos: La capacidad de cuestionar, de discutir, de disentir, de tratar de encontrar la contradicción o el aspecto aún no resuelto de todas y cada una de las temáticas que abordamos.

Y principalmente, la capacidad de autocrítica, destreza fundamental para poder aportar algo nuevo al conocimiento, al actual estado del arte. Porque, como muy bien nos ha enseñado Sir Karl Raymond Popper:

“El progreso consistía en un movimiento hacia teorías que nos dicen más y más –teorías de contenido cada vez mayor. Pero cuanto más dice una teoría, tanto más excluye o prohíbe y mayores son las oportunidades de falsarla. Así, una teoría con un contenido mayor es una teoría que puede ser más severamente contrastada. Esta consideración dio lugar a una teoría en la cual el progreso científico resultó consistir no en la acumulación de observaciones, sino en el derrocamiento de teorías menos buenas y su reemplazo por teorías de mayor contenido”. [1]

La lección que nos enseña el maestro es que tenemos que trabajar infatigablemente derribando nuestras propias elaboraciones e hipótesis, nuestras conjeturas y refutaciones, para hacer un verdadero aporte original. Esto requiere una personalidad muy fuerte. Una gran convicción. Nos obliga a ser concretos, a dar marco a una discusión fructífera. A desear que nos critiquen y que traten de destruir nuestros planteos. Nos compromete a ser tolerantes.

Asimismo, la educación formal es clave para la formación de un criterio científico. Criterio que, a su vez, será esencial para la interpretación de los acontecimientos del universo que nos rodea. La observación no garantiza la comprensión ni la percepción correcta del universo: Como muy bien explica Paul Feyerabend:

“… en cierto sentido, no se puede enseñar la investigación, … es un arte cuyos rasgos específicos solo revelan una tenue parte de sus posibilidades y cuyas reglas nunca llegan a estar permitidas para crear dificultades insuperables a la ingenuidad humana.

Estas reglas pueden ocasionalmente guiar la investigación, pero frecuentemente quedan reconstituídas por nuevas invenciones y nuevos métodos. …

Niels Bohr o William James subrayaban la inestabilidad de los logros científicos.

Por eso los presentaban históricamente como productos provisionales, dentro de un desarrollo largo y complejo y se oponían a los intentos de clarificación, independientes de la investigación”. [2]

Las conclusiones a las que podamos arribar, dependerán siempre de la rigurosidad de nuestro análisis. Y de la validez de la metodología elegida, estará, entonces en función de la aportación que puedan hacer nuestros resultados. Hay aquí un evidente campo de acción para el criterio del investigador. No solo en cuanto al método, sino también, en cuanto a las excepciones que podamos presentar al método, ya que como bien se nos ha enseñado:

“… no hay una sola regla, por plausible que sea, y por firmemente basada que esté en la epistemología, que no sea infringida en una ocasión u otra. Resulta evidente que esas infracciones no son sucesos accidentales, que no son consecuencia de una falta de conocimiento o de atención, que pudiera haberse evitado. Por el contrario, vemos que son necesarias para el progreso. …

Esta práctica liberal, repito, no constituye solo un mero hecho de la historia de la ciencia, sino que es razonable y absolutamente necesaria para el desarrollo del conocimiento”.[3]

Esta libertad es lo que debemos ejercer con plena responsabilidad, con la convicción de que estamos dedicando todos nuestros esfuerzos a la clarificacion de la verdad. A acercarnos al conocimiento de lo aún ignorado. Que nos exige imaginación, creatividad y criterio.

El tiempo compartido en este claustro académico, la guía de aquellos que fueron nuestros maestros y la discusión desprejuiciada con nuestros condiscípulos habrán sido, sin dudas, los elementos que nos permitirán, en el futuro, elegir las herramientas más adecuadas para servir a nuestra sociedad y a su comunidad científica.

Esto es lo que, todos los presentes aquí, hoy, deseamos,  para todos Uds.

Recuerden y honren siempre a su “Alma Mater”.

Muchas gracias.

[1] Popper: Karl R. “Búsqueda sin término”.  Madrid – Tecnos – 1994. ISBN: 84-309-0723-8 Pag 106 – 107

[2] Feyerabend, Paul: “Adiós a la razón”.  Madrid – Tecnos – 1992 ISBN: 84-309-1071-9 Pag 106 – 107

[3] Feyerabend, Paul: “Tratado contra el método”.  Madrid – Tecnos – 2000 ISBN:84-309-0887-0 Pag. 7.

 

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases. Es presidente de la asociación de Ex Alumnos de ESEADE.

Estado y “políticas públicas”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 13/10/13 en http://www.accionhumana.com/

La suposición de que el mercado opera dentro de un marco de anarquía es lo que ha dado origen al intervencionismo y -dentro de este- a una subespecie del mismo que recibe el respetable título de “políticas públicas”. Sin embargo, como bien señala el Dr. Krause:

“Los mercados no funcionan en un “vacío” de normas. Por el contrario, necesitan de ellas para coordinar los planes de los individuos, de forma tal de articular sus acciones y guiar sus decisiones de producción hacia la satisfacción de sus necesidades. Los mercados no son perfectos, esto supondría que los seres humanos lo somos. Entre los problemas que se presentan en su funcionamiento, suelen mencionarse las imperfecciones en la competencia, externalidades, bienes públicos e información asimétrica.”[1]

Para “superar” estas supuestas “deficiencias” es que se proponen las “política públicas”.

“Pero la solución a los problemas de fallas de mercado a través de políticas públicas no es tan obvia. Aunque la “mano visible” del estado parece una solución, no quiere decir esto que sea una solución efectiva. Puede haber serios problemas para implementar una política pública adecuada, y además, puede ser muy difícil lograr que se aplique en forma eficiente.”[2]

La mera proposición de políticas públicas no es -en rigor- suficiente y, como veremos más tarde, ni siquiera es necesaria:

“Además, el proceso de elaboración y decisión sobre políticas públicas necesita de sólidas instituciones que permitan su implementación en aras del bien común, evitando las presiones de los sectores afectados y superando los problemas de información e incentivos que afectan al mercado.”[3]

Este es un escollo importante, ya que en los hechos, observamos a diversos grupos de presión y de interés reclamar una política pública “a su medida y satisfacción”, generándose una suerte de “competencia salvaje” entre ellos, por ver qué sector social logra cazar las mejores y mayores políticas públicas. La competencia social se transforma -en este supuesto- en una lucha despiadada por la captura de mayores y mejores privilegios. Como se observa en este caso, son las ofertas de políticas públicas la que generan un ambiente social caótico.

Es importante no confundir políticas públicas con normas y -en suma- con el concepto de calidad institucional:

“la calidad institucional promueve la calidad ambiental en tanto consideramos a la primera, como lo hace el ICI, no solamente como políticas públicas sino como la existencia de normas que generan incentivos para la protección del medio ambiente, tal como los derechos de propiedad claramente definidos, precios que reflejen las valoraciones de los consumidores y la real escasez del recurso y la libertad contractual.”[4]

Estas normas permiten que los actores sociales (no necesariamente ni deseablemente políticos) sean quienes encaren las más idóneas políticas públicas.

El profesor A. Benegas Lynch (h) explica la razón por la cual se destinan más recursos a las políticas públicas que a la enseñanza:

“Es de gran importancia conectar este análisis con las llamadas “políticas públicas” por una parte, y por otra, con la investigación y la enseñanza. Si se analiza la cantidad de fondos que reciben instituciones que se dedican a políticas públicas o a propuestas coyunturales se observará que son cuantiosos en relación a los magros recursos que reciben instituciones dedicadas a la investigación y la enseñanza. Esto es así porque generalmente las políticas públicas y los comentarios coyunturales se entienden mejor puesto que están más al alcance de un mayor número de personas. Además, estos temas excitan a la gente que quiere acercarse al calor del poder político. Por otra parte la investigación y la enseñanza son más difíciles de abordar por el común de la gente y están alejadas de los vericuetos del poder.”[5]

Esto sucede porque, en la mayor parte de los casos, las llamadas “políticas públicas” en realidad no son otra cosa que políticas estatales, y de “públicas” bastante poco tienen, puesto que en definitiva terminan beneficiando a ciertos sectores sociales a costa de otros postergados. En última instancia, concluyen constituyendo un sistema de repartos de prebendas y de privilegios a unos a costa de los demás. Estos últimos, generalmente, son aquellos más alejados del amparo del calor del poder político.

Los partidarios de las políticas públicas suelen desdeñar la teoría a favor de la práctica. Pero:

“no hay políticas públicas o análisis de coyuntura que no se basen en la teoría. Esta podrá ser defectuosa o idónea pero no hay comentario práctico que no esté sustentado en un esqueleto teórico. Pretender buenas políticas públicas sin andamiaje teórico-conceptual es lo mismo que pretender que existan productos farmacéuticos sin investigación médica. El menosprecio por la investigación y la transmisión de teorías inexorablemente conduce a políticas públicas de peor calidad. Revalorizar el estudio teórico es uno de los cometidos más importantes de la sociedad moderna.”[6]

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que las llamadas “políticas públicas”, confluyen en el asistencialismo. Murray N. Rothbard nos da cuenta del fracaso de las “políticas públicas” en EEUU, lo que desembocó la “explosión del asistencialismo”:

“Esta “explosión” fue creada, en parte de manera intencional, y en una mayor parte en forma inconsciente, por funcionarios y empleados públicos que llevaban a cabo políticas públicas en relación con una “Guerra contra la Pobreza”. Y estas políticas fueron defendidas y promulgadas por muchas de las mismas personas que luego se mostraron perplejas ante la “explosión del asistencialismo”. No es sorprendente que tardaran en darse cuenta de que el problema que intentaban resolver era el mismo que habían creado.”[7]

Este proceso también fracasó en Latinoamérica, donde la “explosión del asistencialismo” dio paso al clientelismo político, que explotan los populismos de todo signo y color político hasta hoy.

 


[1] Martín Krause. “Índice de Calidad Institucional” 2012, pág. 8.

[2] Krause M. Op. Cit. Pag. 8

[3] Krause M. Op. Cit. Pag. 8

[4] Krause M. Op. Cit. Pag. 41

[5] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. Pag. 166.

[6] A. Benegas Lynch (h) ob. Cit. pag. 166-167

[7] Murray N. Rothbard. Hacia una nueva libertad. El Manifiesto Libertario. Pág. 171-173

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.