Patoterismo populista: ahora con YPF:

Por Pablo Guido: Publicado el 17/4/12 en: http://chh.ufm.edu/blogchh/

Ayer, la presidente argentina anunció que el Estado expropiaría el 51% de las acciones de YPF, la empresa petrolera insignia del país. Solo para ponerlo en contexto: la empresa YPF fue privatizada en la década del 90 porque las pérdidas eran tan grandes que no había manera de mantener la exploración, producción y refinación del petróleo suficiente para abastecer al mercado. El mismo partido gobernante y casi los mismos políticos que aplaudieron a rabiar la privatización hace poco más de 10 años ayer aplaudieron a rabiar la estatización, por ahora parcial de la misma empresa. En segundo lugar, como en otros mercados la intervención estatal ha generado escasez de productos como consecuencia de la falta de inversiones. Desde el año 1998 no sólo ha bajado la producción de petróleo sino también las reservas petroleras (lo que se estima con cierta probabilidad que existe debajo de al superficie por las exploraciones realizadas). Además, la refinación de petróleo también está muy limitada. Algunos números: en el año 2006 las exportaciones del rubro combustibles y energía llegaban a 7,800 millones de dólares y las importaciones del mismo rubro a 1.700 millones, alcanzando un superávit comercial energético de 6.000 millones aproximadamente. En el año 2011 las exportaciones energéticas fueron de 6.500 millones y las importaciones de 9.400 millones, haciendo un déficit energético de casi 3.000 millones de dólares. Claro que esta situación de desabastecimiento fue anunciada hace más de dos años en un informe redactado por 8 ex secretarios de energía de la nación. Obviamente que fueron calificados por el gobierno poco menos como traidores a la patria. 

La pregunta es: ¿por qué no se invierte en la Argentina en el rubro energético? La respuesta es de manual: por los controles de precios, que hacen no rentable dichas inversiones. Pero como el gobierno argentino ha generado esta política populista de “combustible y energía barata para todos” y ahora llega el momento donde la escasez energética provoca una sangría de recursos para pagar importaciones fenomenal, entonces ahora se preocupa y desesperadamente estatiza YPF. Como podemos observar en el gráfico, desde que los rumores de la estatización comenzaron a arreciar a principios de año el precio de la acción se desplomó un 50%: en 3 o 4 meses la caída fue de los $40 a los $20 dólares. Ayer, después del anuncio de la estatización parcial las transacciones de la acción de YPF, tanto en la bolsa de New York como de Buenos Aires, tuvo que ser suspendida por la caída estrepitosa que se venía en el precio de la misma.   

Según los datos oficiales, el valor de mercado de la empresa llega a unos 8 mil millones de dólares, muchísimo menos que los 18 mil que valía hace un par de meses, antes que comenzara su andanada de rumores estatizadores. De todas maneras, el presidente de Repsol dice que reclamará un pago de unos 10 mil millones de dólares. Y a partir de ahí tendría que comenzar a invertir miles de millones de dólares anuales para recomponer no sólo el nivel de reservas perdidas en la última década sino también la producción y refinación de petróleo. Esto, según los expertos, no llevaría menos de 3 o 4 años, si se comenzara ya el proceso de inversiones. Pregunta obvia: ¿quién invertirá en la Argentina, prestándole al gobierno argentino, miles de millones de dólares en el sector petrolero después de lo que ha pasado ayer?

 Mañana seguimos contando esta medida que forma parte de una novela populista de bajo calibre, apoyada por la mayoría del electorado argentino.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

 

La nacionalización de YPF II

 Por Adrián Ravier. Publicado e 16 de abril de 2012 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/04/16/la-nacionalizacion-de-ypf-ii/

En junio pasado, antes de las elecciones en las que Cristina Kichner resultó victoriosa con más de un 50 % de los votos, hicimos un análisis de la economía argentina bajo el kirchnerismo ( 1),  concluyendo que el gobierno argentino debía encarar tres desafíos si quería evitar una nueva crisis económica en los próximos años:

Cualquiera sea el resultado de la próxima elección presidencial, los desafíos centrales de la política económica post-elecciones son 1) el crecimiento de la economía, 2) el control del gasto público y 3) evitar que se dispare la inflación.

El kirchnerismo amagó con ajustes sobre los subsidios, pero los conflictos sociales no tardaron en llegar. Es por ello que cambió el rumbo, y se volvió sobre la profundización del modelo. A la estatización de las pensiones, se sumaron la apropiación de las reservas del BCRA y ahora la expropiación de YPF, aspecto que temíamos hace unos días.

Nestor Kichner -como muestra el video- (2),  había apoyado la iniciativa menemista de privatizar YPF, pero las necesidades fiscales del gobierno pudieron más. De hecho, si no se recortan los subsidios, ni se reduce al gasto público, la alternativa para financiarlo sería le emisión de moneda, pero eso aceleraría la inflación.

El gobierno tiene ahora -para el corto plazo- un recurso adicional para evitar el descalabro financiero de la nación (YPF en números) (3), pero estimo que el daño “institucional” no tendrá reparos al menos en una década.

Mi pregunta a los lectores es si este daño institucional impactará en la economía en el cortísimo plazo a través de caída de la inversión, lo cual acelerará la llegada de la crisis, o si esta política le dará aire al gobierno, y el daño institucional será un legado más para lo que vendrá después.

(1) http://www.elcato.org/entendiendo-la-economia-argentina

(2) http://www.lanacion.com.ar/1465449-expropiacion-de-ypf

(3) http://www.lanacion.com.ar/1464436-ypf-en-numeros

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Inflación, estabilidad del sistema financiero o impulso a la reactivación:

Por Guillermo Luis Covernton: Publicado el 11/3/12 en http://guillermoluiscovernton.wordpress.com/

Probablemente coincidamos en aceptar  que de lo que más se habla, lee y escribe en estas últimas semanas, o en lo que va de este año, es sobre la discusión entre impulsar el consumo, apoyar la demanda, y disponer de las reservas del banco central para otorgar créditos. O, en opinión de los que sostienen ideas opuestas, combatir la inflación, mantener bajo control la expansión monetaria, preservar la independencia del banco central, conservar el poder adquisitivo del ahorro y dar reglas de juego sostenibles en el tiempo, que permitan encarar inversiones de largo plazo.

No quiero debatir sobre quiénes tienen más razón en estos enfoques, todavía. Pienso que es mucho más importante analizar otras cuestiones de fondo, importantísimas, que probablemente obtengan mucho más consenso.

Y sobre las que es muy difícil encontrar desacuerdos, al menos por parte de  estudiosos serios y desprejuiciados que se dediquen al análisis de coyuntura.

En concreto, voy a referirme a estos dos temas: La confianza y la asignación de recursos. Y como puede influir ellas en el debate al que aludimos recién.

Muchos voceros oficiales se desviven en destacar que el gobierno actual recibió amplio apoyo en las últimas elecciones. Y que eso indica adhesión a lo que llaman “el modelo”.

Pero sobre esto, cabe hacer otra interpretación: Aunque la  lista oficial haya recibido más del 50 % de los votos válidos en los últimos comicios, eso, haciendo una lectura alternativa, indica claramente que todos los demás, los que votaron a otros, los que no votaron y los que anularon su voto, están abiertamente en desacuerdo con el programa propuesto. Porque este programa era ampliamente conocido: Era la política oficial que se estaba llevando a cabo. Y si los demás no estuvieran disintiendo, hubieran colocado su apoyo en la urna.

¿Y porque es tan importante observar esto? Porque, al margen de los consensos electorales, para que una sociedad pueda llevar adelante proyectos consistentes en el ámbito económico son imprescindibles las dos cuestiones que acabo de mencionar: Confianza y correcta asignación de recursos. Las mayorías incidentales no juegan un papel demasiado importante en el crecimiento económico.

Se debate sobre reformar la carta orgánica del banco central, a efectos de que sus autoridades puedan desligarse de la obligación de preservar el poder adquisitivo de la moneda doméstica. Y así puedan dedicarse a otras funciones, que hoy se pretende jerarquizar más. Se alega que es necesario apoyar la inversión concediendo créditos con las reservas internacionales que hoy están respaldando al peso.

Pero no se ve claro, o se pretende ocultar, que semejantes medidas destruyen la confianza imprescindible para el logro del objetivo enunciado. Habrá quienes suponen que las prohibiciones al libre comercio de divisas, sostenidas con la persecución policial, impedirán que los individuos asustados, huyan del peso y se refugien en la moneda extranjera o en otros activos. Pero quienes hemos superado la barrera de los 40 años, aunque no constituyamos una mayoría electoral suficiente para influir en el congreso, sabemos perfectamente algunas cuestiones:

Me refiero a que sabemos que no bastan todas las bayonetas del mundo, ni las persecuciones políticas para impedir que si hay apenas un tercio de la población de un país que cree que el dinero se va a devaluar, como en una profecía  auto-cumplida, esto va a ocurrir inevitablemente. Ya hemos experimentado la vorágine hiper-inflacionaria más de una vez.

Voy a intentar explicar esto. Detengámonos un instante en este tema de las elecciones y las votaciones:

Presidente se elige cada cuatro años. Legisladores, cada dos. Pero si vamos a conservar el peso o lo vamos a cambiar por dólares u otros activos, eso se elige todos los días. Y también elegimos cotidianamente si vamos a llevar nuestros ahorros a los bancos, o vamos a mantenerlos en otra forma. Las prohibiciones al libre comercio de divisas solo van a lograr que las personas hagan una huída hacia los bienes reales. Si una gran empresa no puede comprar dólares para conservar el poder de su capital de trabajo, adquirirá inmuebles. O aumentará sus stocks de materias primas. O mantendrá más altos sus stocks de productos terminados. Esto impulsará la demanda de estos bienes en desmedro de la demanda de moneda. Esto es claramente inflacionario.

Si un ahorrista no logra  acceder al mercado de cambios para preservar el poder adquisitivo de sus rentas, es muy posible que tampoco acepte apostar estas rentas a la estabilidad del peso, y que prefiera retirarlas del mercado financiero, disminuyendo los depósitos bancarios y haciendo imprescindible apelar a las reservas para devolver estas colocaciones. Estas opciones son claramente alcistas para la tasa de interés bancaria. Y esto retroalimenta las expectativas inflacionarias. Y ya ha sido incorporado a la lógica del gobierno, quien reconoce que los bancos deberán levantar sus coeficientes de reservas, afectando fondos que antes se destinaban al crédito.

¿Qué va a hacer el ahorrista con estos fondos que retira de los bancos? Comprará inmuebles, bienes de refugio, o en el peor horizonte, los consumirá. Nuevamente impulsando la demanda de bienes de refugio o de bienes de consumo, en desmedro de la demanda de dinero local. Y esto es muy inflacionario.

Si un asalariado, que no se especializa en estas cuestiones, empieza a dudar de que mañana pueda comprar lo mismo que puede comprar hoy, adelantará su decisión de compra: Esto aumenta la velocidad de circulación del dinero y es claramente inflacionario. Así lo entienden casi todas las corrientes de pensamiento.

Y si un empresario asume que el poder adquisitivo del dinero puede caer y que el salario real se vería disminuido por esta misma razón, difícilmente invertirá para producir más bienes de consumo, cuya demanda supone en disminución. Y si entiende que su demanda actual no es sostenible en el tiempo, porque los individuos no ahorran, porque no pueden preservar estos ahorros del impuesto inflacionario, tampoco ampliará su capacidad de producción. Que además se erosiona día a día por desgaste u obsolescencia. Esto afecta la inversión, la productividad y la oferta de bienes. E impulsará los precios al alza.

Pero volvamos al tema de nuestras elecciones cotidianas: Cuando nos equivocamos al elegir presidente, padecemos por 4 años. Y cuando nos equivocamos al elegir legisladores, sufrimos por 2. Pero si nos equivocamos en elegir nuestra cartera de activos, lo podemos remediar mañana. Unas elecciones son rectificables mucho más rápido que otras.

Los especialistas en toma de decisiones hablan de probabilidades asociadas a cada una de las situaciones alternativas posibles, o estados de naturaleza, ya sean esos favorables o desfavorables. Estudiemos este tema en detalle: Si los horizontes posibles, para quien mantenga sus tenencias en pesos, pueden ser, o perder o quedar igual, nadie tomará el riesgo de perder.

Y entonces, veremos con más claridad cual puede llegar a ser la decisión de aquellos operadores económicos más informados. Y de los que tienen la obligación de tomar sus decisiones respaldados en mecanismos objetivos, como es el caso de los administradores de grandes empresas que cotizan en bolsa o de bancos o entidades cuya viabilidad depende de la confianza que el público deposite en ellas..

Alguien también podrá alegar que no le importa demasiado el punto de vista de estas personas, cuando los diarios muestran que hay mayorías muy importantes que piensan lo contrario. Pero aquí se olvidan otras cuestiones que son esenciales para la comprensión del fenómeno económico: Quien tiene ahorrados 10 pesos, vota 10 veces. Quién ahorro 1.000, vota 1.000 veces. Y quién ha recolectado 1.000.000 de pesos, así sea como administrador de un fondo de inversión, o como ejecutivo jefe de un gran conglomerado industrial, estará votando 1.000.000 de veces. Ellos son los que más influyen en la asignación de los recursos en la economía. Y lo seguirán siendo, salvo que el gobierno plantee implementar un sistema colectivista, totalitario y de decisión centralizada, como los que imperan en Corea del Norte, Cuba, Venezuela, por ejemplo. Y condenar a su población a los mismos niveles de pauperización que sufren estos países. Y a la misma falta de democracia.

Aquí el voto es calificado. Y las opiniones de los especialistas sí que importan. Las que no van a tener ninguna influencia serán las de aquellos que por su juventud, falta de preparación, o de experiencia de vida, no alcanzan a comprender la esencia del fenómeno inflacionario. O la de aquellos de nuestros conciudadanos menos afortunados, que no han podido educarse, o carecen de trabajo y por ende de ahorros y de salarios.

A ellos, el gobierno los estará dejando completamente desamparados. Sus salarios se verán nuevamente destrozados. Los subsidios que antes recibían se verán licuados. La disponibilidad de bienes de consumo se verá reducida. La inflación, acompañada por el estancamiento tan característico de este fenómeno, destrozará sus expectativas de una mejor calidad de vida.

Es posible que esto preocupe muy poco a los funcionarios oficiales. Para los estrategas electorales del gobierno, hay algo muy claro: Estos desamparados  solo votan cada cuatro años. O en el mejor de los casos, cada dos. Y si por ellos fuera, y reforma constitucional mediante, dejarían de votar, tal como en las aberrantes dictaduras de Corea del Norte, Cuba o Venezuela, por mencionar solo las más conocidas.

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases.