El reino del revés

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 11/12/16 en: http://www.elheraldo.hn/opinion/columnas/1025202-469/el-reino-del-rev%C3%A9s

 

¡Se pone divertido el mundo! El globo va por caminos que desafían a la inteligencia y obligan a razonar. Y enhorabuena por esto de razonar, que las personas se tomen el trabajo de pensar objetivamente en lugar de repetir los mismos eslóganes que nos enseñan en la historia oficial desde la escuela.

Decía la cantautora María Elena Walsh, en una canción para niños, que “…en el Reino del Revés, nadie baila con los pies… un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres”.

Para empezar, visto que Trump dice que llevará a los Estados Unidos hacia una mayor cerrazón, parece que Alemania -atacada, cuando era nazi, por los Aliados en nombre de la libertad- pasará a liderar la lucha ideológica por las libertades individuales. Solo los germanos -en esta Europa con su “estado de bienestar” fracasado que provoca el resurgimiento del aislacionismo de derecha- parecen mantener la chispa de la libertad. Seis meses después del Brexit, la renuncia del proeuropeo primer ministro italiano Matteo Renzi a raíz de su fracaso en el referéndum, produjo la mayor sacudida del año con una depreciación del euro y notables caídas en el sector bancario.

Muerto el comandante cubano, el vicepresidente Miguel Díaz-Canel parece el favorito para suceder a Raúl Castro. De los dinosaurios, solo quedan tres con poder: Castro, Ramiro Valdés y José Ramón Machado. Aunque muy lentamente en este ultraconservador país, los cambios son inevitables sobre todo en áreas como el turismo, la inversión extranjera, la pequeña empresa –dicen que pronto se formalizaría la existencia de pymes– y la agricultura ya que Cuba importa más del 40% de los alimentos.

Sin dudas, ha ayudado el gradual levantamiento del embargo por parte de Estados Unidos -que no es sino coartar la libertad de sus ciudadanos para relacionarse con los cubanos-, cosa que Trump pretende terminar. Así, en el mundo del revés, Cuba intentará ser un país más libre y Washington intentaría complicar el camino.

Pero la mayor ironía es que el “capitalismo” le dejará a la China “comunista” ser la primera potencia. Según el FMI, ya en 2014 pasó a ser la primera potencia global, cuando su PIB superó los US$ 17,500,000 millones (EE UU, 17,400,000). Pero América no perdió su liderazgo desde que superó al Reino Unido en 1872, por varios motivos, para empezar porque el cálculo del PIB es caprichoso. Luego porque China llega a esa cantidad debido a que tiene cuatro veces más habitantes, pero EE UU todavía tiene una productividad superior gracias a un mayor desarrollo tecnológico, científico y, sobre todo, a un sistema más eficiente desde que es más libre y con menor peso del Estado.

Pero esto podría cambiar. Con Trump por primera vez un presidente de EE UU, desde que en 1979 Washington reconoció a la República Popular de China y rompió con Taiwán, habló con la presidenta de la isla. Y en Twitter preguntó si China pide permiso a los EE UU para devaluar su moneda, imponer aranceles o expandirse militarmente. “¡No lo creo!”, se responde él mismo.

Trump impondría 45% de arancel a los productos chinos, así desatará una guerra comercial. Y dejaría el Acuerdo Trans Pacífico (TPP), con lo que ya le han advertido que su lugar podría ser ocupado por el gigante asiático. Todas estas medidas contrarias a la libertad traerían ineficiencia a la economía y entonces, sí, China podría ocupar el primer lugar en la medida en que libere su mercado.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Un tipo de cambio real alto para la transición

Por Adrián Ravier: Publicado el 21/12/15 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2015/12/21/un-tipo-de-cambio-real-alto-para-la-transicion/

 

El nuevo equipo económico avanza en el cumplimiento de sus promesas de campaña. Primero, redujo retenciones de exportaciones a cero para todos los cereales —e incluso para la industria—, excepto la soja, que bajó de 35 a 30 por ciento. Segundo, eliminó el cepo cambiario, estabilizó su valor oficial en torno a 13,90 pesos. Algunos analistas esperaban que su valor fuera un poco más elevado, pero eso obligaría al Banco Central a desembolsar mayor cantidad de pesos por la excesiva —y quizás fraudulenta— venta del dólar futuro durante la gestión de Alejandro Vanoli.

Argentina inició, con estas y otras medidas, un proceso de cambio de modelo económico que todavía necesita definir en sus aspectos fundamentales. Uno de ellos trata acerca de la integración comercial global, a través del mantenimiento de las relaciones con el Mercosur y con China, pero también de la integración con Estados Unidos y Europa, aspecto que se comenzará a profundizar en la cumbre del Mercosur en Paraguay. No estoy en la mesa chica del PRO, pero creo que la ambición de pertenecer al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) o generar acuerdos bilaterales con Europa y el Primer Mundo es una de las intenciones del nuevo Gobierno.

Al respecto, uno de los temas que deben discutirse es de qué modo desmantelar todo el arsenal de medidas proteccionistas que el kirchnerismo formó durante estos últimos doce años para proteger a la débil industria local de la “amenaza extranjera”. Recordemos que uno de los requisitos para ingresar en estos bloques es no contar precisamente con este tipo de obstáculos a la inversión extranjera, ni tampoco a los productos extranjeros.

Tanto en campaña como también durante estas dos primeras semanas de gobierno, el tema giró en torno a liberar el tipo de cambio y que sea determinado por la oferta y la demanda, pero nada se ha dicho sobre eliminar aranceles o, al menos, unificarlos en un valor para todas las ramas industriales, para no generar arbitrariedades entre sectores. Esto es precisamente el camino que tomó Chile tras las recomendaciones de Milton Friedman, al unificar todos los aranceles en el 10% y luego ir descendiendo año a año un uno por ciento. Con ello, en diez años se llega a una economía libre de aranceles.

Argentina necesita abrir el debate acerca de esta transición que le permita ordenar también las relaciones con el mundo y el modo en que se librará de numerosas intromisiones del Estado en el ámbito comercial.

El desafío no es menor, ya que hoy toda la estructura productiva —apoyada sobre este arsenal de medidas proteccionistas— genera manufacturas que abastecen el mercado interno, al tiempo que crea millones de puestos de trabajo que no podrían ser reemplazados en el corto plazo por el esperado desarrollo de la agroindustria.

Más de un lector ahora mismo estará recordando la década de 1990, la que —se dice— avanzó en levantar intromisiones del Gobierno para importar productos extranjeros, lo que generó un aluvión de importaciones que barrieron con la débil industria local y obtuvieron un alto desempleo. En línea con aquella argumentación, la débil industria argentina heredada del poskirchnerismo no podría competir en condiciones de libre mercado con las baratas manufacturas importadas de China o Brasil, lo que en definitiva produciría un fuerte desempleo que pondría en riesgo, incluso, el avance de la transición.

Este tema fue estudiado en profundidad por Eduardo Conesa, doctor en Economía en la University of Pennsylvania, en su libro titulado Desempleo, precios relativos y crecimiento económico (Ediciones Depalma). En sus clases de Macroeconomía II en la Universidad de Buenos Aires, a las que tuve la oportunidad de asistir en 1999, Conesa planteaba que uno de los errores fatales de los años noventa fue fijar una convertibilidad 1 a 1 con un tipo de cambio real bajo, sobrevaluado, el que sólo podía terminar con el hiperdesempleo que todos conocimos. A partir de allí, y sobre la base de estudios empíricos en la misma Argentina, Chile, Corea, Japón o Alemania, concluía Conesa que el desarrollo económico debía iniciar con un tipo de cambio real alto, acompañado, por supuesto, con equilibrio fiscal y estabilidad monetaria.

Esta medida, de fijar un tipo de cambio real alto, puede resultar atractiva para el Gobierno como punto de partida del nuevo modelo y como transición para eliminar las otras intromisiones en el ámbito del comercio internacional, pero teniendo en claro que, una vez que el desarrollo económico avance y que esto repercuta en mejoras salariales reales, el Gobierno evitará volver a devaluar el tipo de cambio para conseguir una nueva mejora en la competitividad. Así permitirá que el tipo de cambio real alcance su valor de equilibrio.

Ejemplo de este tipo de transición lo observamos bajo el Gobierno de Arturo Frondizi, cuando Álvaro Alsogaray era ministro de Economía y de Trabajo. Alsogaray vio que el tipo de cambio que había llegado a 100 pesos moneda nacional en mayo, retrocedió hacia 83 en agosto, gracias a mayor confianza y a la entrada de capitales, lo que condujo al Banco Central a establecer una paridad fija antes de que siga apreciándose hacia su valor de equilibrio.

Recordemos que la propuesta presenta ventajas y desventajas. Entre las primeras, se puede señalar que un tipo de cambio real alto deprime el nivel de salarios, lo que permite que la industria de manufacturas cuente con mano de obra más barata para enfrentar la competencia extranjera. Entre las segundas, se puede indicar el mismo factor, ya que un bajo nivel de salarios perjudica a los consumidores, que verán reducida su capacidad de ahorro y de consumo. Otra desventaja, no menor, es que el tipo de cambio real alto encarece la importación de insumos, lo que en definitiva afectará también transitoriamente a parte de la industria local y a parte de los propios exportadores.

Debemos reconocer, sin embargo, que, en los términos planteados por Conesa, un tipo de cambio real alto y permanente, como cualquier control de cambios que se quiera fijar, impide un desarrollo sano de la economía y de la población, ya que, a medida que el crecimiento económico va generando mejoras salariales, el Gobierno o la autoridad monetaria reducirán esa mejora con políticas sucesivas de devaluación. Esto no es otra cosa que el fracaso continuo al que se nos ha expuesto en nuestra historia macroeconómica argentina.

Argentina puede fijar inicialmente el tipo de cambio real alto para compensar transitoriamente el desmantelamiento de las políticas proteccionistas, pero una vez que la economía empiece a crecer y los salarios se vayan recuperando de la devaluación, es importante que la estructura productiva se vaya configurando sin contar con nuevas devaluaciones al tipo de cambio. A medida que la economía argentina se desarrolle y el tipo de cambio real se vaya apreciando, las empresas deben emprender un proceso de mejoras en la competitividad incorporando las nuevas tecnologías, a la vez que el Gobierno debe avanzar en una fuerte reducción tributaria que permita bajar costos y quitar obstáculos al desarrollo empresarial.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Chau cepo, no te vamos a extrañar

Por Iván Carrino. Publicado el 17/12/15 en: https://igdigital.com/2015/12/chau-cepo-te-vamos-extranar/

 

Finalmente, con algunos días de retraso, el gobierno de Macri cumplió con su promesa más osada: el fin del cepo cambiario. La economía argentina celebrará la medida.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner se caracterizaron por el fuerte sesgo intervencionista de su política económica. El intervencionismo no solo se destaca por creer que el estado debe manejar la economía, sino también porque, frente a cada fracaso de su política, da un nuevo paso hacia un mayor grado de intervención.

Precisamente esto es lo que pasó con el cepo cambiario. En 2011 la inflación promedió el 25% anual y, previendo una continuidad del gobierno de Cristina, la gente se volcó a comprar dólares para preservar su patrimonio de lo que serían más años de alta inflación y destrucción del poder adquisitivo de la moneda. Frente a esta situación, en lugar de corregir el rumbo, Cristina Fernández decidió intervenir todavía más y lanzó el cepo cambiario, que fijó un precio arbitrario para el dólar y restringió sobremanera el acceso al mismo.

Lo primero reprochable del cepo fue su dudosa legalidad, debido a que atacó la propiedad privada de todos nosotros cuando quedó expresamente prohibido comprar dólares para atesoramiento. En este sentido, era curioso que algunos funcionarios del gobierno señalaran que el dólar del mercado negro era ilegal cuando, en realidad, lo ilegal era el régimen cambiario que habían inventado.

El segundo punto censurable del cepo cambiario fue su efecto sobre la economía. Es que el control de cambios no es otra cosa que un control de precios aplicado al dólar. Así, al igual que el resto de los controles, no solo no fue efectivo para controlar el precio de la divisa yanqui, sino que trajo aparejado un sinfín de problemas adicionales.

El cepo cambiario fue un fracaso absoluto en su afán por cuidar el precio del dólar. Durante su vigencia, en el mercado “oficial”, el billete verde pasó de $ 4,40 a $9,8, un aumento del 123%. Sin embargo, en el mercado paralelo, donde no existían restricciones para la compra y la venta, se disparó un 230%. Por otro lado, en el mismo período nuestro país fue el que más reservas internacionales perdió de toda la región, superando los USD 20.000 millones.

Además de su incapacidad para evitar la devaluación y cuidar las reservas, el cepo creó una serie de problemas adicionales.

El sector inmobiliario colapsó, ya que se trata de un mercado dolarizado y sin dólares no pudo seguir su operatoria normal. Las exportaciones se desplomaron, dado que el dólar oficial constituía un verdadero impuesto a las ventas externas. Por otro lado, al tiempo que condenaba a todos a ahorrar en una moneda que se depreciaba día a día, subsidió el consumo de lujo, lo que se evidenció en las visitas de argentinos a Miami curiosamente celebradas por Cristina Fernández de Kirchner.

Pero así como el dólar barato fijado por el gobierno fomentó el turismo en el exterior, también generó un aliento para las importaciones, frente a lo que el gobierno decidió intervenir nuevamente, frenándolas con todo tipo de trabas burocráticas.

El resultado fue el estancamiento de la economía. Sin incentivos para producir y exportar, y sin insumos importados para fabricar para el mercado interno, la economía argentina languideció por años, y solo se salvó de que crezca el desempleo por la “generosa” política de contratación pública y el efecto de desmotivación de quienes buscan trabajo, algo que no es motivo de festejo.

En este contexto, la eliminación del cepo cambiario se convierte en el mejor anuncio económico  de los últimos 5 años.

Claro que esta medida tendrá ganadores y perdedores, pero entre los perdedores se encontrarán todos aquellos que (como los compradores de “dólar ahorro” o algunos importadores con los contactos adecuados) tenían el privilegio de acceder al mercado oficial de cambios.

Los ganadores serán los que producen, tanto para vender en el extranjero como para vender en el país. Por otro lado, también será beneficiada la inversión extranjera, un bien que el kirchnerismo convirtió en escaso en los últimos años pero que tan necesario es para el desarrollo. Por último, se beneficiarán todos los que antes no podían comprar dólares, aunque deberán pagar un precio realista por él.

La medida del fin del control de cambios y la liberación del precio del dólar se suma al anuncio del Banco Central respecto de que se ocupará principalmente de bajar la inflación. Todos estos son indicios de un bienvenido y esperado proceso de normalización de la economía argentina.

Igualmente, es claro que estas son solo algunas de las bombas que el kirchnerismo dejó y que había que desactivar. Todavía queda la batalla más difícil: la del déficit fiscal y el gasto público, los verdaderos responsables de todos estos desequilibrios.

Esperemos que, con la misma convicción con la que eliminaron el cepo ayer, encaren el problema fiscal. Solo así el país tendrá oportunidad de crecer de manera sostenible y soñar con ser parte del club de los desarrollados.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Los verdaderos números del atraso argentino

Por Iván Carrino. Publicado el 18/6/15 en: https://igdigital.com/2015/06/los-verdaderos-numeros-del-atraso-argentino/

 

El kirchnerismo es solo una etapa más de un largo proceso de deterioro de la economía y el estándar de vida de nuestro país. En esta nota verás la magnitud y duración de la caída que, de no haber cambios importantes, no se revertirá.

El 10 de diciembre asumirá en nuestro país un nuevo gobierno. Los ciudadanos decidirán si el triunfante es el oficialismo, representado por Daniel Scioli, quien acaba de definir una fórmula que garantiza la continuidad del kirchnerismo, o la oposición, representada por Mauricio Macri, el mejor ubicado en las encuestas para ese sector.

Sin embargo, lo que ni los ciudadanos ni el nuevo presidente podrán decidir será la herencia que recibirán de la saliente administración Kirchner. Tal como detallamos in extenso en nuestro informe especial “Los archivos desclasificados de Argentina”, el gobierno que se va deja una serie de problemas graves que se deben resolver cuanto antes. Entre ellos:

  • El déficit fiscal. El año pasado llegó al 5,3% del PBI y se espera que este año represente el 7,0%, su nivel más elevado desde 2001.
  • La inflación. La inflación en Argentina es, incluso de acuerdo con el INDEC, cinco veces el promedio mundial y en septiembre se cumplirán 10 años de inflación de dos dígitos.
  • El cepo cambiario. El control de cambios no evitó la devaluación del peso ni la pérdida de reservas, pero si colaboró reduciendo la competitividad y los incentivos a invertir.
  • Las instituciones. No hay ránking internacional de respeto por las instituciones y los límites al poder en que el país no haya mostrado un deterioro en estos años.

Esta combinación de malas políticas económicas nos han relegado a la cola del mundo, con una inversión extranjera que llega en cuenta gotas, unas tasas de interés propias de países de frontera y una economía que no crece hace 4 años.

Frente a este panorama uno podría cargar todas las tintas contra el kirchnerismo. Sin embargo, este no debe ser juzgado de manera aislada. Después de todo, Argentina arrastra ya 85 años de decadencia. El kirchnerismo es, simplemente, una nueva etapa en este proceso de deterioro.

La afirmación no es arbitraria. El camino de la decadencia es el que se desprende de observar la relación entre nuestra riqueza per cápita y la de 12 de los países más importantes del continente europeo. Lo que se observa en el gráfico es que por muchos años nuestro ingreso anual medido en dólares osciló entre un 80% y un 120% de aquél de los países desarrollados de Europa. Sin embargo, esa paridad cayó hoy a cerca del 40%, con lo que hoy un argentino gana menos de la mitad de lo que gana un europeo en un año.

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¿Qué nos pasó?

La crisis del ’30 fue un duro golpe para la economía mundial. En nuestro país produjo dos efectos. El efecto de corto plazo fue el desplome de las exportaciones, producto del freno a las compras desde los centros principales que ahora se volcaban al proteccionismo. A más largo plazo, los efectos serían aún peores. Es que en ese período se instaló en Argentina el encanto de las soluciones fáciles, el populismo y la demagogia, de la mano del primer golpe de estado exitoso, a cargo de José Félix Uriburu. El golpe del ’30 dio paso a la presidencia de Agustín P. Justo, que implementó a nivel local las políticas económicas del New Deal de Estados Unidos, que proponían el gasto deficitario como solución a la crisis.

Así, no solo se incrementaron el gasto público y el déficit sino que también lo hizo la participación del estado en la vida económica del país. En 1931, por decreto, se instaló el primer control de cambios de la historia. Al año siguiente se decretó el establecimiento del “impuesto a los réditos”, un supuesto impuesto de emergencia que todavía hoy está vigente con el nombre de “impuesto a las ganancias”. Por último, en 1935 se creó el Banco Central y se eliminó la convertibilidad con el oro.

El peronismo de la década del ’40 solo se limitó a “profundizar el modelo” iniciado en los ’30. Y las consecuencias se empezaron a sentir. El gobierno de Perón fue el primero en llevar la inflación por encima del 50% anual. Acto seguido, decretó precios máximos, creó “tribunales contra la especulación” y, finalmente, estatizó el Banco Central en 1946 junto con la totalidad del sistema bancario. Por otro lado, durante su gobierno se crearon 17 organismos públicos entre cámaras, comisiones, consejos y empresas estatales. Además, se estatizaron las telecomunicaciones y se expropiaron numerosas compañías privadas.

La excesiva importancia asignada al rol del estado resultó en una economía poco dinámica y en años de déficit fiscales crónicos, con sus consecuentes deudas impagables e inflaciones demoledoras. Desde el año 1975 nuestro país padece crisis recurrentes cada 10 años. Entre estas puede mencionarse el “Rodrigazo”, la hiperinflación, el fin de la convertibilidad y la estanflación en que vivimos ahora. La consecuencia sobre los niveles de pobreza es clara. A principios de la década del ’70 la pobreza afectaba solamente al 3% de la población. Hoy no baja del 25%.

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Más allá de quién gane las elecciones en octubre, si no se modifica radicalmente el modelo inaugurado en la década del ’30 y profundizado por el peronismo y los gobiernos posteriores a él, no podemos esperar una recuperación verdadera. Tenemos que prepararnos, porque mantener este statu quo, significa mantener la decadencia, sembrando el camino para una nueva gran crisis.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

El ejemplo de Costa Rica

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 14/7/14 en: http://opinion.infobae.com/alejandro-tagliavini/2014/07/14/el-ejemplo-de-costa-rica/

 

Costa Rica, que no tiene ejército pero sí una selección de fútbol que sorprendió al mundo en Brasil, hoy está considerado el país con mayor “desarrollo social” de América Latina, con un PIB per cápita de US$ 11.156 anuales, entre Argentina (US$ 11.658) y Brasil (US$ 10264), y va por el buen camino: el contrario de la soberbia.

Sucede que el estatismo implica la coacción de “regulaciones” por parte de los políticos que, en su arrogancia, se creen con derecho y capaces de decidir vida y fortuna de los ciudadanos. En este sentido, es auspicioso que el presidente costarricense, Luis Guillermo Solís, un académico de izquierda que asumió el 8 de mayo, haya decretado la prohibición de incluir su nombre en placas de obras públicas porque éstas se erigen con “el aporte de todo el pueblo” y, además, no quiere que ver su retrato en las oficinas porque se considera un ciudadano más.

El presidente, además, ha dado muestras de sensatez, aun alejándose de ciertas tesis de su partido, como reconocer la importancia de la inversión extranjera y el libre comercio, aunque no parece dispuesto a un fuerte levantamiento de las “regulaciones” existentes. Por caso, desea reducir las tarifas eléctricas, de internet y de la gasolina, pero no termina de aceptar la eliminación de las leyes que otorgan monopolios al Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) y Recope, de modo de dar lugar a la competencia privada que abarate los precios.

Más grande la soberbia, más destruye. En Cuba, donde los Castro quieren decidir hasta lo que deben pensar las personas, el salario medio no llega a US$ 20 mensuales y la devastación no fue mayor gracias a la ayuda de países amigos, particularmente la ex URSS (tras su caída, el PBI isleño cayó en torno al 35% entre  los años 1991 y 1994 y el régimen debió abrirse al capital exterior). Pero la reciente ley de inversión extranjera sigue siendo muy restrictiva al punto que prohíbe a las empresas extranjeras contratar trabajadores de forma directa y asociarse con los emprendedores privados locales, unos 450.000 tras las reformas de 2011.

Otro caso interesante en América Latina es el de México, que logró la aprobación de la reforma en las telecomunicaciones bien intencionada aunque algo celosa. Efectivamente, si lo que se quiere es terminar con los monopolios y grupos dominantes deberían levantar las leyes que coactivamente, directa o indirectamente, dificultan la entrada de pequeños actores pero no crear un organismo burocrático, como el Instituto Federal de la Competencia, que exige al grupo que controla el 84% de la telefonía fija y el 70% de la móvil que comparta sus infraestructuras con la competencia, y a la mayor televisora del país, con el 60% del mercado, que ofrezca gratuitamente la señal a las televisiones de pago. ¿Quién es el burócrata para imponer su criterio sobre el mercado y las personas?

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Que tan neoliberal fue Argentina en los 90?

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 5/6/12 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/06/05/que-tan-neoliberal-fue-argentina-en-los-90/

 Con un gobierno que tiene la mirada siempre puesta en el pasado para justificarse a si mismo, no es sorpresa que se insista con el llamado neoliberalismo de los 90 en Argentina. Las “recetas neoliberales,” se sostiene, llevaron al país a una de sus peores crisis en el 2001. Es difícil decir a secas si Argentina fue o no neoliberal en los 90, dado que la palabra ‘neoliberal’ carece de significado concreto, al menos en la arena política, lugar donde es frecuentemente mencionada. Es que la palabra neoliberal se suele usas como comodín de crítica para eludir la tarea de tener que acompañar los cuestionamientos con verdaderos argumentos.

Si el término neoliberal significa algo, es por asociación al llamado Consenso de Washington. John Williamson, economista, resumió en un breve listado de 10 puntos (11 según Wikipedia en español) lo que él consideraba representaban un consenso en las recomendaciones de instituciones basadas en Washington para que países emergentes puedan desarrollarse y estabilizarse. ¿Qué más oportuno para sus críticos que la “receta neoliberal” se haya cocinado en Washington, la capital del “imperio capitalista”?

El Consenso de Washington consiste en los siguientes puntos:

  1. Disciplina fiscal, evitando grandes deficits respecto al PBI,
  2. Redireccionamiento del gasto público desde subsidios hacia la provisión de fondos en lugares claves para el crecimiento como educación, salud pública e inversión en infraestructura,
  3. Reforma impositiva, aumentando la base imponible pero con tasas impositivas marginales moderadas,
  4. Tasas de interés que sean determinadas por el mercado y en términos reales positivas (pero moderadas),
  5. Tipo de cambio competitivo,
  6. Libre comercio: liberar importaciones, con particular énfasis en la eliminación de restricciones cualitativas (licencias, etc.); cualquier protección debe ser a través de tasas bajas y relativamente uniformes,
  7. Liberalizar la entrada de la inversión externa directa,
  8. Privatización de empresas estatales,
  9. Desregulación: abolir la regulación que impida la entrada al mercado o restringa la competencia, excepto para aquellas actividades que puedan justificarse en base a seguridad, medio ambiente y protección al consumidor, así como una supervisión provisional de las instituciones financieras,
  10. Protección legal a los derechos de propiedad.

Presentada la receta neoliberal, ¿cumplió, efectivamente, Argentina con los 10 puntos del Consenso de Washington durante los 90? Esta pregunta se responde de manera negativa.

 

¿Cumplió Argentina con el Consenso de Washington?

Para sostener que Argentina sufrió de neoliberalismo durante los 90, entonces tendría que haber cumplido con todos, o una clara mayoría, de estos 10 puntos. Ese, sin embargo, no fue el caso. Varios puntos centrales del Consenso de Washington estuvieron ausentes, o en clara diferencia a lo que la “receta” sugiere.

La regla de la estabilidad fiscal, por ejemplo, fue claramente ignorada (ver el post déficit fiscal… déficit fiscal… déficit fiscal…); vale agregar: con el visto bueno de los acreedores internacionales. Justamente la acumulación de deuda pública para cubrir los déficits fiscales es lo que empujó la economía Argentina a la crisis del 2001. Sin la acumulación de déficits fiscales no se hubiese sufrido el default a inicios del siglo XXI. El gasto público aumentó un 90.7% entre 1991 y 2001. El stock de deuda externa sobre el ingreso nacional aumentó de 35.6% en el 2001 a 56.9% en el 2001. El primer punto sobre déficit fiscal, clave para la estabilidad económica, no estuvo presente en la supuesta Argentina neoliberal de los 90.

La política de tipo de cambio competitivo, que tanta llegada tiene en varios sectores del país, no es otra cosa que tener una moneda devaluada que facilite las exportaciones al resto del mundo. Dado que el sector industrial no es competitivo por sí mismo (en parte por las regulaciones y presiones sindicales), se recurre a políticas de moneda devaluada para facilitarle el acceso a mercados externos. Desde el punto de vista del gobierno (o banco central), esto ayuda a acumular divisas provenientes de saldos comerciales favorables y hacer frente a la deuda pública. Sin embargo, justamente una de las críticas a la economía de los 90, especialmente en los últimos años, es el del atraso cambiario, que significa lo contrario al tipo de cambio competitivo. Este no es solo otro punto de la receta ausente en la Argentina neoliberal de los 90, sino que el tipo de cambio competitivo es defendido por mas de un critico de “las políticas neoliberales.”

La llamada apertura comercial de los 90 es otro punto que presenta dificultades. La política comercial consistió en una reducción de tasas con sesgo en favor del Mercosur. Sin embargo, el promedio arancelario en Argentina (14%) era tres veces superior al de los países más libres del mundo. La apertura comercial no fue de la magnitud que los críticos suelen implicar (las importaciones no superaron el 13% del PBI en los años de mayores importaciones), sino que el sesgo hacia zonas particulares como el Mercosur produce “desvíos de comercio” que mal-asignan recursos económicos: se compra y se vende ineficientemente. A fin de cuentas, el Mercosur es un ejercicio de proteccionismo ampliado, no un ejercicio de apertura comercial en conjunto con los socios comerciales. Apertura comercial y proteccionismo ampliado son políticas opuestas, no parecidas.

Uno de los puntos más sensibles es el de las privatizaciones, al punto tal que veces pareciera ser que esto es suficiente para justificas el calificativo de neoliberal ignorando los otros 9 puntos. Las privatizaciones, sin embargo, tampoco estuvieron ausentes de graves problemas. Si bien es cierto que se privatizaron un número importante de empresas públicas, eso no quiere decir que todas las privatizaciones hayan sido bien hechas ni que detrás de las privatizaciones no se hayan impuesto fuertes regulaciones que restringen fuertemente a los nuevos actores privados. En el sector de telecomunicaciones, por ejemplo, se dividió el mercado en dos grandes monopolios por varios años. Crear estos mercados cautivos fue necesario para encontrar algún inversor dispuesto a pagar algo por ENTEL. Las privatizaciones no son en sí pro mercado si se realizan bajo regulaciones que restringen la competencia entre actores privados. Los monopolios artificiales no son parte de las políticas neoliberales, sino que son políticas en contra del espíritu de libre mercado. Las privatizaciones no estuvieron inspiradas en principios neoliberales, sino en la necesidad de financiar al Tesoro Nacional, tanto mediante la venta de activos como de la recaudación impositiva de sus actividades. Si bien uno es libre de identificar el término neoliberal con cualquier tipo de presentación, en tal caso ya no se puede asociar “neoliberalismo” con “libre mercado.”

Otro ejemplo recurrente es el de las AFJPs. Sin embrago, las regulaciones impuestas al sector forzaron a las AFJPs a invertir en títulos públicos de un gobierno crónicamente deficitario. Al 2001, el 70% de los fondos en las AFJPs estaban destinados a títulos asociados al gobierno. Si las AFJPs hubiesen sido libres de administrar sus propias carteras de inversión, el default argentino les hubiese afectado en menor medida.

Más allá de las regulaciones asociadas a las privatizaciones, otras interferencias clave no fueron eliminadas, siendo la legislación laboral una de las principales. Las regulaciones en sectores claves del mercado hacen difícil de defender un proceso claro de desregulación durante los 90. Otro punto discutible es el de la reforma impositiva. De hecho, hubo aumentos impositivos en 1995, 1996 y 1998 (más tarde Machinea también subiría los impuestos durante el Gobierno de Fernando de la Rua acelerando la caída de la actividad económica).

Tenemos, entonces, por lo menos 6 de los 10 puntos de la receta neoliberal que no se cumplieron. Otras cuestiones como redireccionamiento del gasto públicos, tasas de interés de mercado, libre entrada de inversión externa directa y defensa de la propiedad privada pueden ser más discutibles. Pero si asumimos que estos 4 puntos se cumplieron perfectamente, tenemos sólo 4 de los 10 puntos del Consenso de Washington.

En la medida que el crítico entienda por neoliberalismo los 10 puntos del Consenso de Washington, y no que haga uso del término como comodín para ahorrarse el trabajo de tener sustentar que su crítica, entonces no puede sostener que esa fue la política imperante durante los 90 cuando en el mejor de los casos se aplicó el 40%. (Aún espero ver en alguna de las tantas entrevistas televisivas donde se menciona este neoliberalismo que el entrevistador le pregunte al crítico qué entiende por neoliberalismo, y que luego le pregunte cuántos de esos puntos el país de hecho cumplió.)

Una aclaración final es necesaria. Señalar que el crítico se equivoca al calificar de neoliberal a la Argentina de los 90 no es en sí una defensa de la política económica de los 90. Pero para que la crítica produzca resultados debe estar correctamente planteada. Como todas las presidencias, la del menemismo tuvo aciertos y desaciertos; para identificar a cada uno de ellos es necesario dejar de usar el término neoliberal como calificativo y discutir los aciertos y desaciertos de las distintas medidas libre de prejuicios.

Sostener que Argentina fue un país neoliberal durante los 90 porque tuvo unos grados más de libertad respecto al gobierno de Alfonsín es quedarse con el árbol y perderse el bosque. El problema no fue el neoliberalismo que no se aplicó, sino el equilibrio fiscal y el libre mercado que no tuvieron cabida.

Nicolás Cachanosky es Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE), y Doctorando en Economía, (Suffolk University). Es profesor universitario.