Un tributo al periodismo independiente

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/3/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/03/07/un-tributo-al-periodismo-independiente/

 

Hablar de periodismo independiente es una redundancia colosal pero, dadas las sumamente pastosas cuando no desfachatadas circunstancias que tienen lugar en no pocos países, el énfasis amerita puesto que desafortunadamente hay quienes se dicen periodistas pero se han degradado a la condición de apéndices cuando no esbirros del poder de turno, mutando en verdaderos asaltantes y descuartizadores de la decencia.

De todos modos es del caso destacar a quienes hacen honor a su oficio con creces corriendo todo tipo de riesgos y peripecias. A estos personajes todos les debemos mucho. Si no fuera por ellos en gran medida estaríamos en la penumbra para no decir en la total oscuridad. Quienes investigan e informan a la opinión pública son personas de una envergadura moral superlativa. No se francamente si se les debería llamar el cuarto poder o en homenaje a su ejemplo de integridad más bien debiera aludirse al primer poder.

El caso argentino es paradigmático: en los últimos largos años han sido la tabla de salvación para los espíritus libres. Rindo entonces este modesto tributo a estos periodistas de gran valía. Les agradezco muy sentidamente su coraje, constancia y perseverancia. La prensa oral y escrita en todas partes da batallas cotidianas para oponerse al abuso del poder. Estas mujeres y hombres del periodismo saben que su función es la crítica para mantener los aparatos estatales en brete cualquiera sea su color. Saben que ser condescendientes atenta contra su sagrada misión.

En otras oportunidades he escrito sobre la trascendencia de la libertad de prensa, pero en este caso es pertinente volver en parte sobre este aspecto crucial. Para incorporar algo de tierra fértil en el mar de ignorancia en que nos debatimos, se hace necesario recabar el máximo provecho del conocimiento existente, por su naturaleza disperso y fraccionado entre millones de personas. Con razón ha sentenciado Einstein que “todos somos ignorantes, sólo que en temas distintos”. Al efecto de sacar partida de esta valiosa descentralización, es indispensable abrir de par en par puertas y ventanas para permitir la incorporación de la mayor dosis de sapiencia posible. Esto naturalmente requiere libertad de pensamiento y la consiguiente libertad de expresarlo, lo cual se inserta en el azaroso proceso evolutivo de refutaciones y corroboraciones siempre provisorias.

Esta libertad es respetada y cuidada como política de elemental higiene cívica en el contexto de una sociedad abierta, no sólo por lo anteriormente expresado, sino también porque demanda información de todo cuanto ocurre en el seno de los gobiernos, para así velar por el cumplimiento de sus funciones específicas y minimizar los riesgos de extralimitaciones y manotazos a las libertades.

Este es el sentido por el que los Padres Fundadores en Estados Unidos otorgaron tanta importancia a la libertad de prensa y es el motivo por el que se insertó con prioridad en la mención de los derechos de las personas en su carta constitucional, la cual, dicho sea de paso, fue tomada como punto de referencia en la sanción de la argentina.

Resulta especialmente necesaria la indagación por parte del periodismo cuando los aparatos de la fuerza que denominamos Gobierno pretenden ocultar información bajo los mantos de la “seguridad nacional” y los “secretos de Estado”, alegando “traición a la patria” y esperpentos como el “desacato” o las intenciones “destituyentes” por parte de los representantes de la prensa. Debido a su trascendencia y repercusión pública internacional, constituyen ejemplos de acalorados debates sobre estos asuntos los referidos a los llamados Papeles del Pentágono (tema tan bien tratado por Hannah Arendt) y el célebre caso Watergate, que terminó derribando un Gobierno.

Por supuesto que nos estamos refiriendo a la plena libertad sin censura previa, que no es óbice para que se asuman con todo el rigor necesario las correspondientes responsabilidades ante la Justicia por lo expresado en caso de haber lesionado derechos de terceros.

Hasta aquí lo básico del tema, pero es pertinente explorar otros andariveles que ayudan a disponer de elementos de juicio más acabados y permiten exhibir un cuadro de situación algo más completo. En primer lugar, la existencia de ese adefesio que se conoce como “agencia oficial de noticias”. No resulta infrecuente que periodistas bien intencionados y mejor inspirados se quejen amargamente porque sus medios no reciben el mismo trato que los que adhieren al Gobierno o que los que la juegan de periodistas y son directamente megáfonos del poder del momento. Pero en verdad, el problema es aceptar esa repartición estatal en lugar de optar por su disolución, de modo que cuando los Gobiernos deban anunciar algo simplemente tercericen la respectiva publicidad. La constitución de una agencia estatal de noticias es una manifestación autoritaria a la que lamentablemente no pocos se han acostumbrado.

Es también conveniente para proteger la muy preciada libertad a la que nos venimos refiriendo que en este campo se dé por concluida la figura atrabiliaria de la concesión del espectro electromagnético y asignarlo en propiedad para abrir las posibilidades de subsiguientes ventas, puesto que son susceptibles de identificarse del mismo modo que ocurre con un terreno. De más está decir que la concesión implica que el que la otorga es el dueño y, por tanto, tiene el derecho de no renovarla a su vencimiento, además de otras complicaciones y amenazas a la libre expresión de las ideas que aparecen cuando se acepta que las estructuras gubernamentales se arroguen la titularidad, por lo que en mayor o menor medida siempre pende la espada de Damocles.

Otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos, puesto que esos recursos pueden apuntar a que se les “devuelva favores” por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado: las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de prensa, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.

Afortunadamente han pasado los tiempos del Index Expurgatoris con el que los Papas pretendían restringir lecturas de libros, pero irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la importación de libros, intervienen en la producción y distribución de papel, pretenden reglamentar las versiones digitales, todo lo cual al decir del decimonónico Richard Cobden, significa el establecimiento de repugnantes “impuestos al conocimiento”.

La formidable invención de la imprenta por Pi Sheng en China y más adelante la contribución extraordinaria de Gutemberg no han sido del todo aprovechadas, sino que a través de los tiempos se les han interpuesto cortapisas de diverso tenor y magnitud.

Esto ocurre debido a la presunción del conocimiento de gobernantes, que sin vestigio alguno de modestia, y a diferencia de lo sugerido por Einstein, se autoproclaman sabedores de todo cuanto ocurre en el planeta, y se explayan en vehementes consejos a obligados y obsecuentes escuchas en verborragias imparables.

Dados los temas controvertidos aquí brevemente expuestos -que no pretenden agotar los vinculados a la libertad de prensa-, considero que viene muy al caso reproducir una cita de la obra clásica de John Bury titulada Historia de la libertad de pensamiento: “El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente […] Una nueva idea contradictoria respecto a las creencias que sustenta significa la necesidad de ajustar su mente […] Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el porqué y el para qué de principios aceptados es considerado un elemento pernicioso”.

Por supuesto que se puede discrepar con lo dicho o escrito por periodistas independientes, pero eso no es para nada motivo para siquiera rozar la idea de la infame mordaza, abierta o encubierta. El debate es necesario en todos los ámbitos al efecto de ventilar todas las perspectivas y cada uno saca sus conclusiones en un proceso de constante aprendizaje.

En resumen, es indispensable oponerse con la necesaria energía a cualquier manifestación implícita o explícita que pretenda coartar de una u otra manera la faena de la prensa, tan vital para el oxígeno mismo de los derechos individuales consagrados en todas las constituciones republicanas. Como queda dicho, el centro de la tarea periodística se refiere a la defensa contra las tropelías de los aparatos estatales por lo que son desviados y alejados de esa misión específica aquellos que no solo operan bajo el paraguas del poder del momento sino cuando reclaman avances sobre las libertades por parte de posibles gobiernos venideros o hacen la apología de tiranos anteriores. Estos desconocimientos brutales del tronco principal de la libertad de prensa marcan la decadencia que es contrarrestada por los verdaderos periodistas. En este contexto y por todo esto es que resulta muy pertinente recordar un pensamiento de Thomas Jefferson: “Frente a la posibilidad de un gobierno sin libertad de prensa o libertad de prensa sin gobierno, me inclino por esto último”.

Cierro esta columna con un pensamiento de William Faulkner reflejado en un reportaje que le concedió a Jean Stein en 1956, una reflexión que no solo va para los siempre esmerados periodistas sino para todos los humanos: “Nunca hay que estar satisfecho con lo que se hace. Nunca es tan bueno como podría serlo. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que es posible hacer. No hay que preocuparse simplemente por ser mejor que los contemporáneos o que los predecesores. Hay que tratar de ser mejor que uno mismo”. Esto es lo que pensaba con sabiduría el Nobel de literatura de 1949, el maestro de la narrativa con visos cinematográficos, de los diálogos interiores, de las frases largas y del manejo de los tiempos y los flash-backs.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿ARISTÓTLES EJECUTIVO DE EMPRESA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hace poco en una de mis columnas semanales subrayaba la importancia de la enseñaza clásica de las humanidades, hoy prácticamente olvidadas en la mayor parte de las facultades  de las universidades más destacadas del mundo. Importancia para la formación de la persona antes que el aprendizaje estrictamente  profesional al efecto, entre otras cosas, de mejorar el rendimiento en la propia profesión. Evitar “la desarticulación del saber” como señalaba Ortega y Gasset.

 

En otra oportunidad escribí sobre lo que denominé “la distribución del conocimiento”: en una punta se encuentra el diletante que habla de todo pero sabe bien poco de lo que expone y, en la otra, el especialista extremo que sabe cada vez más y más de menos y menos. La división del trabajo reclama la especialización, lo cual no es óbice para escarbar en otras direcciones al efecto de contar con una formación adecuada que ayuda a la propia especialización. En términos económicos, el balance tendrá en cuenta los beneficios y los costos marginales de cada cual.

 

Ahora me topo en mi biblioteca con un libro que he leído hace tiempo y que recuerdo disfruté mucho. También en  esa oportunidad le escribí al autor Tom Morris, quien obtuvo un doctorado en la Universidad de Yale y fue durante mucho tiempo profesor de filosofía en la Universidad de Notre Dame (pasando por los tres niveles que existen en el mundo académico estadounidense: assistant, associate y full professor) y luego dedicado a enseñar la relevancia de los valores tradicionales en el mundo de los negocios. La obra de marras se titula If Aristotle Ran General Motors para ilustrar su propuesta. Morris respondió muy amablemente a mi misiva y se extendió en señalar otros proyectos que en aquél momento tenía en carpeta en la misma línea argumental.

 

Actualmente preside el Morris Institute for Human Values que mantiene como clientes a corporaciones tales como Toyota, General Motors, Ford Motor Company, Merrill Lynch, IBM, Coca Cola,  Wells Real Estate Funds, Price Waterhouse, NBC Sports, Business Week Magazine, Bayer, Deloitte and Touche, Federated Investors, Prudential, Citi Mortgage, Goldman Sachs (como banca comercial después de 2008), Campbell Soup, The American Heart Association, United Health Group y The Young President’s Organization.

 

Antes de comentar el libro de Morris, menciono tres apectos clave para situar en contexto los temas que trata la obra. En primer lugar, el estar en guardia de los empresarios en el sentido que si bien los que se destacan lo hace debido a su notable intuición para percibir oportunidades donde conjeturan que los costos están subvaluados en términos de los precios finales y, por tanto, sacan partida del correspondiente arbitraje. Sus cuadros de resultados permiten timonear la administración adecuada de los siempre escasos recursos en dirección a las necesidades de la gente. Pero, el empresario, independientemente del talento mencionado, por ser empresario no necesariamente tiene que entender el significado del proceso de mercado y, por tanto, a la primera tentación de privilegios ofrecidos por el poder de turno los acepta y así se convierte en un destructor del sistema denominado de libre empresa.

 

Este comentario va para reforzar la educación en cuanto a la trasmisión de valores y principios compatibles con la sociedad abierta como resguardo para que la opinión pública demande marcos institucionales que no permitan el bandidaje de los empresarios prebendarios que, como queda dicho, demuelen el sistema de la libertad de mercado tan necesaria para atender las necesidades de la gente.

 

En segundo lugar y por la misma incomprensión señalada, lo que se ha dado en llamar “responsabilidad social del empresario” muestra hasta que punto no se ha comprendido que el empresario exitoso que opera en mercados abiertos y competitivos hace un bien enorme a la comunidad ya sea a través de medicinas, alimentación, recreación, tecnología, vestimenta, transporte, comunicación y cuanta área se nos ocurra. Sin embargo aquella figura de la actividad “social” del empresario se lleva a cabo bajo el complejo de inferioridad suponiendo tácitamente que debe “devolver” a la sociedad algo que le ha quitado con lo que se demuestra que no se ha entendido nada del proceso económico ni del rol de las ganancias y las pérdidas para orientar la producción.

 

En tercer y último lugar, también en estrecha relación a lo que comentaremos sobre la obra de Morris, es menester que nos percatemos que en un mercado laboral libre bajo ninguna circunstancia hay tal cosa como desocupación involuntaria. Los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas y el recurso por excelencia es el factor laboral sea intelectual o manual ya que no se concibe la producción de ningún bien o servicio sin el concurso del trabajo. Desde luego que los salarios podrán ser altos o bajos según sea la dosis de inversión, pero no sobra aquello que por definición es escaso. Sin duda que si los salarios no son libres, por ejemplo, a través del establecimiento de salarios mínimos que son superiores a los de mercado, es decir, a los que las tasas de capitalización permiten, en ese caso, necesariamente habrá desempleo debido al espejismo de que los ingresos pueden aumentarse por decreto.

 

Dicho esto, lo que sigue es lo que muy resumidamente transcribo en mis palabras de lo que consigna el profesor Morris en el libro mencionado. Todo lo que dejo escrito a continuación es lo que presenta este autor.

 

Muchas veces se piensa que para tener éxito en la actividad empresaria, además del talento, debe tenerse en cuenta lo que hacen colegas alrededor que han mostrado buenos resultados y, en su caso, leer libros contemporáneos sobre la gestión empresarial al efecto de compenetrarse de las técnicas de reingeniería, estrategias gerenciales, tecnologías, focus groups, nuevos paradigmas de auditoria, finanzas y administración y equivalentes. Sin embargo, hace mucha falta compenetrarse y repasar textos con enseñanzas clásicas que ponen en el centro de todo al ser humano. Y esto es lo que en primer lugar, en definitiva, está atrás de todo emprendimiento.

 

No es suficiente el incremento salarial o de honorarios, ni la promoción a jerarquías más elevadas, ni aumentar el bonus, ni las compensaciones no monetarias, se trata de que el ser humano que trabaja no viva en estado de ansiedad, ni de inseguridad y que esté debidamente reconocido en su autoestima. En última instancia, igual que en otras facetas de la vida, se trata de evitar la crisis espiritual para lo cual resulta indispensable el sentido de plenitud que otorga satisfacción y sentido de autorrealización, todo lo cual, entre otras cosas, permite un rendimiento mucho mayor.

 

El trabajador intelectual o manual da todo lo mejor de si cuando opera en un clima que le permite disfrutar de lo que hace al tiempo que se siente reconocido por sus logros. Todo lo contrario ocurre en un ámbito de conflicto y sistemas de incentivos pobres.

 

No se trata simplemente contar con paz interior asimilada a la quietud y la pasividad, en ese sentido esta actitud solo se logra con la muerte. La vida sana implica una tensión con metas con las que el trabajador está compenetrado de su valor y peso en la organización y en su propia trayectoria.

 

Ahora bien, como es sabido, todos los seres humanos son únicos e irrepetibles por una sola vez en la historia de la humanidad y, por ende, cada uno tiene un sentido de plenitud en muy diferentes campos y planos pero hay cuatro dimensiones aristotélicas que pueden generalizarse en la empresa.

 

La dimensión intelectual que apunta a la verdad, la dimensión estética que apunta a la belleza, la dimensión moral que apunta a la bondad y la dimensión espiritual que apunta a la integridad de la persona.

 

La primera dimensión remite a la necesidad de ideas en cualquier área de que se trate. La mente necesita de buenas ideas, del mismo modo que el cuerpo necesita de buen alimento. Nadie en la vida puede operar a ciegas, requiere de un mapa para moverse y en esto residen las ideas que conducen a la verdad. Esto está íntimamente ligado a la confianza y a la honestidad intelectual. Cualquiera sea el problema demanda de una buena idea para resolverlo, tendencia que está estrechamente vinculada a la excelencia y a la noción de superación. En este contexto, resulta mucho más productiva y constructiva la competencia con uno mismo para mejorar la marca que medirse respecto a la performance del vecino.

 

La segunda dimensión se conecta con el medio en el que se desarrolla la empresa: la arquitectura, las pinturas, las esculturas, la iluminación, los ventanales, los paisajes y la música funcional que inspiran, que refrescan, que liberan energía, que mueven a la creatividad.

 

La tercera dimensión se dirige al centro de las relaciones interindividuales cual es el respeto por el otro, al valor de la palabra empeñada, al coraje para no dejarse arrastrar por el conformismo y, como un eje central del trabajo en equipo tener en cuenta las contribuciones y el mejoramiento del grupo cuando no se cede a las presiones de lo políticamente correcto ni a corruptelas que a veces se dan por sentadas. Por último, en esta tercera dimensión no debe confundirse la bondad con la imposible renuncia al interés personal ya que no hay acción sin que el sujeto actuante revele su interés por actuar en esa dirección, siempre en un clima de buenos modales.

 

La cuarta dimensión en este análisis se identifica con la no partición de la persona, integrando su trabajo a su personalidad. No se trata de un comportamiento en la casa y otro en el trabajo, la integración resulta inexorable para fortalecer el espíritu corporativo, mientras que la escisión conduce a incomodidades insalvables.

 

Termino con una cita de la obra de Morris que venimos comentando: “El trabajo en equipo que la organización debiera promover no es la mentalidad del rebaño que conduce al grupo en la dirección equivocada, en línea con la conformidad y la obediencia ciega a las ordenes autoritarias. Es precisamente lo opuesto, un estado mental y un patrón de conducta en que los individuos se unen a sus asociados para hacer cosas juntos que no hubieran podido hacer el soledad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Laura Alonso:

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 7/5/12 en: http://www.larazon.es/noticia/2528-laura-alonso-por-carlos-rodriguez-braun

Me entero, gracias a la crónica de Ángel Sastre, el corresponsal de LA RAZÓN en mi Buenos Aires querido, de la existencia de Laura Alonso, diputada del PRO, el partido del alcalde porteño, Mauricio Macri, uno de los pocos que se ha manifestado en contra de la expropiación de YPF; su mérito queda acrecentado si contrastamos su actitud con el espectáculo que brindó la política argentina hace pocos días, dentro y fuera del Congreso. En ese grupo selecto sobresalió la señora Alonso, que no solo votó en contra de la confiscación, sino que además defendió su posición con valentía en medio de insultos lanzados desde el hemiciclo y también desde las tribunas, donde se enseñorean aún más la demagogia y el populismo. Doña Laura Alonso no se inmutó, lanzó una acusación tras otra en contra de «los que se dicen patriotas y nunca apercibieron a las empresas y las sancionaron en el momento que correspondía», y formuló el diagnóstico más duro y verdadero sobre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su pandilla de patoteros: «Este Gobierno fue y es parte del saqueo». Mientras decía algo tan cierto, de la turba aulladora brotó lo que para ellos debía ser el peor de los insultos: «¡Española!», le gritaron. No conozco de nada, como digo, a la señora Alonso, pero escuchando ese momento tan bochornoso di gracias a Dios por la existencia de una mujer libre y digna en esa vorágine de nacionalismo antiliberal. Y, sí, ella también es argentina.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.