Un discurso y un adiós…

Por Gabriela Pousa: Publicado el 2/3/16 en: http://economiaparatodos.net/un-discurso-y-un-adios/

 

Si a Cristina Kirchner se le pedía que hable de inflación, el silencio era ensordecedor. Si acaso se demandaba alguna alusión a la inseguridad, ese término se acallaba en la oratoria presidencial. Nunca el kirchnerismo respondió a las demandas perentorias del pueblo. Es más, las carencias de la sociedad eran consideradas “sensaciones”, inventivas de apátridas, cipayos, oligarcas y desestabilizadores. 

Durante los últimos días, incesantes fueron los pedidos a Mauricio Macri para que hiciese hincapié en cómo recibió el país después del 10 de diciembre. Pues bien, casi la mitad de los 62 minutos que duró el discurso, el Presidente demostró que escuchó y aludió a la herencia de la gestión anterior. Un cambio de singular trascendencia en lo que respecta a la dirigencia. 

La inseguridad no es una sensación. Es un flagelo negado sistemáticamente, que a su vez generó otra violencia, la verbal. Hoy la argentina es un país próspero para los narcotraficantes“. Ambas frases sitúan a Macri en un punto de partida realista. Ya no existe el país de maravillas que pintaba Alicia, perdón Cristina. De ese modo, el discurso consiguió un equilibrio básico entre lo caótico de la situación y las posibilidades de enmendarlo. 

No hubo optimismo exitista sino conciencia de la realidad y destierro del relato. Un gran paso dado. La década ganada se desojó en un santiamén: “Entre 2006 y 2015 pagamos 694.000 millones de dólares más que en la década anterior. Encontramos un Estado destruido. Faltan documentos, no hay estadísticas. Cuesta encontrar un papel”. Si acaso el ahorro es la base de la fortuna como alguna vez supo ser, Macri desnudó los infortunios: “En estos años de vacas gordas no ahorramos, sino que nos cominos nuestras reservas”. A ese “nos comimos las reservas” hay que agregarle que con ellas también deglutimos parte del futuro.

Claro que toda deuda que se hereda hoy atañe a lo económico, y en la apertura de sesiones del Congreso quedó claro esto: “Nos encontramos con un Estado plagado de clientelismo. Al servicio de la militancia política y que destruyó el valor de la carrera publica“. A esa destrucción debe sumarse la desaparición lisa y llana de valores, principios, tradiciones, cultura y educación.

La pirámide de jerarquías se hizo trizas. Los docentes, los policías, los mismísimos padres de familia quedaron superados por infantes con “derechos” ampliados, es decir con el extraño derecho a menoscabarlos, a no escucharlos, a ignorarlos. Ese default de moral se plasmó con más ahínco todavía en la administración pública donde el interés particular superó al interés público o social. 

Macri no titubeó: “La corrupción mata, como lo demostró Cromañón, Once y rutas de la muerte. La corrupción no puede quedar impune”. La gente hoy, además de pedir un freno a la inflación, quiere ver responsables tras las rejas. Es cierto que ese deseo no debe terminar siendo similar al del revanchismo instaurado por el kirchnerismo. Existe el peligro de crear una corriente macrista tan extremista y fundamentalista como lo fueron los militantes de Néstor y Cristina. 

El pedido de justicia es lícito pero no es al jefe de Estado a quién debe hacérselo. Hay un poder judicial que debe recuperar su naturaleza intrínseca: la independencia a la hora de actuar, la dignidad, la valentía. “Será una tarea de la Justicia determinar si esta herencia que recibimos es fruto de la desidia, de la incompetencia o de la complicidad”. El mandatario le mandó así el mensaje a jueces y magistrados.

Lo cierto y rescatable es la conciencia que hay en la actual administración por restaurar los cimientos éticos perdidos durante el kirchnerismo. Hay una crisis cultural profunda que Macri descubrió al decir que “la negatividad es el principal problema de la Argentina. El creer que la corrupción era una forma de ser de los argentinos, que la pobreza no tiene solución. Quiero denunciar esa visión triste, aplastante, frustrante, porque no es verdad, puede cambiar y ya lo estamos cambiando”.

Esto implica la necesidad de cambiar el ser más allá del tener. El discurso fue por eso también, un pedido desesperado del Presidente: solo no puede. Lo había dicho durante la campaña: “si quieren un mago voten a Copperfield”, sonó desafiante y poco sutil pero certero hasta el tuétano. A muchos no les gusta la verdad, la mentira les seduce más. Hoy están desahuciados porque la ficción solo pueden verla en cine o televisión.

Tenemos que alejarnos definitivamente de la viveza criolla mal entendida. Hay que cambiar la cultura del atajo por la cultura del trabajo y el esfuerzo que dignifica”, un modo sencillo y claro de advertir que el clientelismo pasará a ser cosa del pasado. El Estado al servicio de la gente no es un Estado benefactor que reduce al ciudadano al rol de esclavo.

La inflación existe porque el gobierno anterior la promovió como herramienta económica válida. Siempre estuvimos en contra de esa mirada. La inflación es perversa. Destruye el poder adquisitivo de los más débiles”, el objetivo de máxima en lo económico quedó claro en la alocución aunque los ciudadanos prefieran verlo plasmado en actos más que en enunciados. Ese es ahora, el desafío del Presidente de la Nación.

Breve, conciso, critico pero conciliador fue el discurso de hoy. El kirchnerismo interrumpió salvajemente recordándonos que tienen la naturaleza del escorpión. Se sintieron aludidos, un buen síntoma porque significa que reconocen el error. De todos modos, esperar un mea culpa es como esperar a Godot. Ese germen populista y demagogo subsiste en la política argentina. Van a fagocitarse, los kirchneristas no morirán por acciones ajenas a sus miembros sino por implosión.

La astucia del nuevo mandatario se plasmó en la referencia a la asignación universal por hijo y en el 40 aniversario del golpe de Estado. Algunos dirán que eso sigue inflando el gasto público, pero el caudal electoral de Cambiemos en la última elección obliga a optar por gradualismo y no shock. Macri develó la cuestión, y a su vez fue un modo de decir que no vino a destruir y recordar que estamos frente a un gobierno democrático. Hay sectores de la sociedad que olvidan eso con facilidad.

Un año atrás, a quienes no comulgábamos con el quehacer oficial se nos acusaba de “Idiotas, necios, estúpidos”, sin eufemismos. Esos fueron los vocablos elegidos por Cristina en las 4 horas de relato en marzo pasado. Los gritos fueron desproporcionados, la ira de la ex mandataria signó el año que pasó. Macri no se inmutó frente a los carteles que llevó la oposición, no insultó ni buscó enemigos. Recalcó la necesidad de unir a los argentinos, algo que por el momento no parece que vaya a suceder.

El odio sembrado está cosechando, una pena sí, pero también una verdad insoslayable que no puede negarse.  Los modos son distintos, distinta es la perspectiva de Argentina con miras al futuro. Antaño se nos pintó un país de maravilla donde todo había sido hecho e inventado entre el 2003 y el 2015.  Hoy la cosa cambió: se nos mostró la Argentina sin maquillaje pero con la posibilidad de volver a verla producida y radiante.

Sin embargo, el jefe de Estado fue claro: todos estamos involucrados. Hasta no entenderlo seguiremos viviendo del acervo patrimonial heredado. Las medidas que enunció son promisorias: devolución IVA alimentos, el camino al 82% móvil a jubilados y sobre todo el concepto de “gobierno abierto” y acceso a la información pública. Asignaturas pendientes que parecían jamás iban a rendirse. Luego habrá que ver cómo sale el examen. La teoría y la práctica son cosas diferentes.

Hoy Macri debía hablar no hacer. El hacer se evaluará después.Y habló. Habló lo suficiente, lo óptimo, lo hizo con corrección, énfasis y también discreción. Eso votó la ciudadanía. Adiós desmesura, adiós.

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

Una sociedad que cosecha lo que siembra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2511

 

Se suele decir que los países tienen los gobiernos que se merecen. Quizás sea más apropiado sostener que tienen los gobiernos que ellos mismos producen. Si se dice que son los gobiernos merecidos, parecería que alguien externo a ellos (un juez, un tribunal) les aplica un castigo o les da una recompensa. Si, en cambio, decimos que son gobiernos producidos, aparece la idea de la generación por mano propia. No es otro quien decide el merecimiento, se trata de una responsabilidad exclusiva e indelegable de la sociedad.
Desde hace largas y penosas décadas, una masa crítica de la sociedad argentina es responsable absoluta de los gobiernos rigen al país. Primero, porque los vota. Y, segundo, porque los va conformando en muchos aspectos a su propia imagen y semejanza. Una sociedad que finge tiene gobiernos mentirosos, una sociedad dada a la corruptelas cotidianas (coimas, palancas, atajos pseudolegales, evasiones impositivas, etc.) termina pariendo gobiernos corruptos, una sociedad hipócrita vive bajo gobiernos que crean relatos cínicos y falsos, una sociedad intolerante es una fábrica de gobiernos autoritarios (a propósito, negar la intolerancia de esta sociedad es, en sí, una forma de hipocresía), una sociedad violenta consigue gobiernos que acrecientan la inseguridad, una sociedad adictiva (a drogas, alcohol, psicofármacos, tarjetas de crédito) vivirá anestesiada por el consumismo con gobiernos que alientan el narcotráfico, una sociedad indiferente tendrá un gobierno que la trata con indiferencia, una sociedad anómica producirá gobiernos que se burlen de la ley y sus instituciones.
Una significativa mayoría de la sociedad argentina responde a las características enumeradas. Y esto se manifiesta en todos los niveles sociales, económicos y culturales y en todas las ideologías políticas. Es una verdadera transversalidad, palabra que tanto gusta a los políticos oportunistas.

Al ocupar el cargo que él ocupaba, al ocurrir en el momento en que ocurrió, al tener la información de la disponía, al acusar a quienes acusó  y al producirse del modo en que se produjo, aun si la muerte del fiscal Alberto Nisman  fuera técnicamente un suicidio, no dejaría de ser un asesinato. Real o metafórico, es un asesinato. Cuando se busque a los asesinos no hay que olvidarse de esa masa crítica de la sociedad, autora e instigadora intelectual al haber creado las condiciones para esta atmósfera mafiosa con su indiferencia, con su oportunismo, con su vista gorda, con su pancismo. La sociedad del “yo no fui”, del “por algo será”, del “yo no sabía”, del “a mí me va bien”, del “no es mi problema”, del nacionalismo de ocasión (que desempolva para los campeonatos mundiales y para las nominaciones de Oscares a la mejor película extranjera), la sociedad que se desentiende del futuro colectivo y de las visiones comunes y nada hace por ellos, termina tarde o temprano viviendo bajo los códigos de la mafia, códigos que se instalan en el poder, desarticulan los restos de las instituciones republicanas, carcomidas por la mala praxis, y convierten a los mecanismos democráticos en un simulacro. Mientras la mayoría silenciosa calla sus responsabilidades y sigue calentando el caldo en el que cuece sus gobiernos, una minoría arrinconada vive indefensa y desesperanzada en un clima que ni merece ni produce.

 

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

 

NO JUZGAR

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 25/8/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2013/08/no-juzgar.html

 

De “Filosofía para los amantes del cine”, 1991.
Volvemos a Woody. Esta vez, con una de sus más típicas creaciones: “Ana y sus hermanas”. La película gira en torno a diversos episodios de la vida de Ana, Lee y Holly, (las tres hermanas) a las cuales podríamos agregar un cuarto personaje, el mismo Woody, siempre profundo y desopilante, quien toma en la película el nombre de Michey Sachs.
Será difícil realizar una síntesis de la película, pues ésta va narrando diversas historias, que afectan a cada uno de los personajes, en forma paralela. De todos modos, debemos intentar destacar algunos de los elementos centrales de dichas historias, dado que, como habitualmente hacemos, después será el material de nuestra reflexión filosófica.
Se podría decir que hay dos ejes narrativos en torno a los que los demás personajes van apareciendo. Uno es la historia de Eliot y Lee, otro, la historia de Michey Sachs, a quien diremos Woody de aquí en adelante. Cuando nos refiramos a Woody en cuando guionista y director, diremos su apellido.
Ambiente: una familia neoyorquina de ingresos normales, judía. Contemporánea. Ana (Hannah) estuvo casada con Woody, pero después se separaron y ahora vive con Eliot. A este lo veremos en la primera escena, en una reunión familiar del día de Acción de Gracias, mirando nostálgicamente a Lee. Lee vive con Frederick, un intelectual, mayor que ella, introvertido y no muy sociable, cuyo única relación afectiva es Lee. Pero Eliot está, parece, profundamente enamorado de Lee. Trata de sacar de su mente ese amor por la hermana de quien ahora es su esposa, pero no puede. Trata de sublimarlo hablando de literatura y poesía, pero el intento es vano, porque encontrará en la poesía su medio para expresar ese amor. En escenas llenas de un humor dulce y comprensivo de los desvelos humanos, Woody Allen va describiendo risueñamente las peripecias de esta relación. Eliot finge la casualidad en un encuentro callejero con Lee, a quien logra invitar a una vieja librería neoyorquina para compartir su gusto común por la literatura inglesa y norteamericana. Alli, Eliot le regala un libro de poemas de E. Cummings, señalándole especialmente una poesía. Esta decía así:
“Tu delicada mirada
me descubre fácilmente
aunque me he cerrado, como dedos,
tú me abres siempre,
pétalo por pétalo,
tal como la primavera abre
(tocándola hábil y…
misteriosamente)
su primera rosa
(no sé qué hay en tí que
abre y cierra
sólo algo en mi comprende que
la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
nadie, ni siquiera la lluvia
tiene manos tan suaves”
Bueno! Lee, que ya estaba dubitativa, queda definitivamente “tocada” por esta vehemente expresión de afecto de Eliot, a través del viejo arte literario. Pero no sabe qué hacer. Es el marido de su hermana!
Pero el proceso se había iniciado, y era ya difícil frenarlo. Vuelven a encontrarse nuevamente en una frustrada venta de cuadros de Frederick. Mientras éste se pelea con su eventual comprador, Eliot pregunta a Lee sobre el poema, pero Lee sigue dando respuestas evasivas. Eliot se ordena a sí mismo proceder con calma. Pero, como tantas veces sucede en la vida humana, hace absolutamente lo contrario de lo que su razón le dicta. Intempestivamente, besa a Lee, segundos antes de que aparezca Friederick tras concluir la discusión con su frustrado comprador. Lee no tiene tiempo de hacer o decir algo. Eliot está a punto de infartarse, figuradamente dicho. La escena está magníficamente actuada. Eliot sale a caminar, diciendo que necesita aire… Y en verdad lo necesitaba! Trata de encontrar una cabina telefónica, pero Lee se le adelanta. Conversan sobre la cuestión, apurada y nerviosamente. Lee insiste sobre la gravedad del problema. Pero Eliot insiste con una pregunta: si su deseada cuñada siente algo parecido. Ella no dice que no. Eliot está feliz. “Tengo mi respuesta!”, exclama.
Ahora vamos a dejar por un momento a nuestra singular pareja para dirigirnos a otro eje narrativo más singular todavía: Woody.
Woody es guionista de programas cómicos para televisión. Lo veremos casi correr por los pasillos de un canal noeyorquino mientras discute sobre un diálogo que en unos minutos debía salir al aire. Así, en medio de semejante y contínua paz oriental (…) transcurre su vida. Vida que, en lo personal, había tenido serias dificultades. Había estado casado con Ana, pero esa relación hizo crisis debido a la esterilidad de Woody. En una increíble escena, ambos piden esperma prestado a un matrimonio amigo. La solución adoptada no soluciona la crisis de la pareja. Woody había intentado salir después con otra de las hermanas de Ana, Holly, de quien hablaremos con más detalle después. Por ahora, digamos que esa relación tampoco funcionó. Uno amaba el jazz, la otra el rock; uno odiaba el rock, la otra el jazz. No encontraron un punto en común.
Ahora, Woody tiene otro problema: se enfrenta una vez más con su hipocondría galopante. Cree tener un tumor en el cerebro. Se somete a todo tipo de análisis, que Woody Allen caricaturiza con su estilo inconfundible. Los primeros análisis no son alentadores. Woody desespera. Trata de tranquilizarse. “Nada te va a pasar”, se dice a sí mismo. “Estás en medio de New York, tu ciudad”. Pero, obviamente, eso no tranquiliza a su torturado espíritu. La idea de la muerte lo aterra. (Nada raro, no?). La idea de su muerte lo aterra (como Unamuno aclararía).
Finalmente, los análisis dan bien. Nada tiene. Woody sale saltando y bailando de la clínica. Corre por las calles de su ciudad, festejando que no va a morir. Pero repentinamente se detiene. No va a morir, en efecto, pero… Por ahora no va a morir. Y, entonces, la muerte, como problema a enfrentar, se instala en su mente. Había mandado esa cuestión “al fondo de su mente”, pero, ahora, necesita respuestas. La muerte, inexorable presencia, temido límite de nuestra existencia, inexorable y dramática mostración de nuestra finitud, golpea al espíritu de Woody, que necesita una respuesta, que quiere saber si todo acaba con la muerte o no. Clásico y constante problema de la vida de toda persona, es también clásico problema de la filosofía, cuyos temas son concomitantes con los más esenciales de la vida humana.
A partir de aquí, Woody comienza su frenética búsqueda. Vanamente intenta un primer diálogo con una compañera de trabajo, que concluye en una inútil y heterodoxa recomendación de escapismo. Pero Woody no quiere posponer el problema, porque sabe que eso no lo soluciona. Así, lo veremos salir de una biblioteca, decepcionado por las respuestas filosóficas de algunos de mis colegas. Trata entonces de saciar su sed en las fuentes de la religión. Habla primero con un representante de los Hare Krishna; después, con un sacerdote católico. Ambos le dan libros y no fuerzan su decisión. Lo más curioso es la discusión con sus padres. Recordemos que Woody es judío de raza. Woody parece anunciarles algún tipo de curiosidad y/o entusiasmo por el catolicismo romano. Escucharemos llorar y agarrarse la cabeza a la madre, mientras que su padre exclama: por que no tu propia religión? O, en todo caso… el budismo!
Pero Woody no se conforma. Inquiere a su padre por el sentido del mal. Por qué el mal en el mundo? Inquiere también por la inmortalidad. Qué sucede con la muerte? Todo acaba? Su padre no le da respuestas. Woody no encuentra eco de sus preocupaciones en su familia. La vigorosa fe del judaísmo parecía haberse debilitado en ellos.
Mientras tanto, qué había pasado con Eliot, Lee y su amor casi imposible? Pues que intentan hacerlo posible por un tiempo. Inician una secreta y hotelera relación. Friederick se da cuenta, y después de una amarga discusión, donde éste se reencuentra con su soledad, Lee decide cortar con él. Eliot piensa confesarse con Ana, pero no lo logra. Su relación con su esposa es difícil y distante; ella advierte que algo pasa, pero no sospecha que haya otra mujer. Mientras tanto, Eliot se confiesa con un psicoanalista, al cual expresa su sentimiento de culpa. Al cabo de un año, la relación entre Lee y Eliot se hace también cada vez más difícil. Lee conoce a un profesor de Literatura y decide cortar con Elliot. Este tiene esa noche otra discusión con Ana, a la cual reprocha una especie de sobreprotección. Veremos este detalle después. Pero esa misma noche, Elliot se reencuentra con Ana, quien, al acostarse junto a su esposo, llora y exclama que todo está muy oscuro. Elliot le dice que la ama, y no le miente. Y se abrazan.
Supondrás que ahora volveremos a Woody. No, no por ahora. Antes, debemos prestar atención a un torturado personaje: Holly, de quien algo ya habíamos dicho en ocasión de Woody. Holly se presenta ante nuestros ojos como la imagen del fracaso. Sus trabajos son inestables; sus parejas, también; intenta cantar, escribir, pero no lo logra; y, además, de vez en cuando, calma sus angustias con algo de cocaína (como otros con la nicotina). La veremos montar, junto con su amiga April, una empresa de servicios de comida; allí conocen juntas a un arquitecto, David, quien las invita a recorrer la ciudad (escena en la cual Woody Allen despliega, fílmicamente, las maravillas edilicias de New York). Las veremos a ambas competir por el afecto de ese hombre, y  veremos a la pobre Holly totalmente vencida en esa competencia. Veremos también a Holly intentar probar suerte con el canto; tiene una audición; April también canta en la misma audición. April es la que triunfa. No comments!
Pero la búsqueda de la felicidad es, en el ser humano, afortunadamente insaciable. Holly intenta una vez más. Pide a Ana un préstamo para poder dedicarse a escribir una novela.
Tiempo después, Holly y Woody se encuentran mirando libros en una librería. Se saludan con afecto. Recuerdan sus viejas salidas y peleas, pero risueñamente y sin rencores. Holly cuenta a Woody lo que está haciendo, y lo invita a leer sus originales. Woody acepta. Y queda encantado. Elogia intensamente el libro de Holly. Esta no lo puede creer. Está feliz. Y la relación entre ambos renace.
Entonces Woody le cuenta a su reencontrada amiga la historia de su búsqueda por la verdad más profunda del ser humano. (Como vemos, volvemos ahora a Woody). Esta parte es una de las más significativas filosóficamente.
Woody se encontraba ya casi desesperado por el fracaso de su búsqueda existencial. En términos más elaborados, la angustia existencial de Woody había llegado al límite. Esa angustia existencial, la angustia por el sentido último de la propia existencia, se produce cuando el ser humano asume total y absolutamente, sin ambigüedades, la conciencia de su propia finitud al mismo tiempo que no ve salida alguna al acabamiento total que esa finitud sola, sin Dios que la sostenga, implica. Habíamos dicho en los comentarios anteriores que la vida humana, finita y contingente, se encuentra sostenida por una especie de soga, que es el contínuo acto de Dios causando nuestro ser, sin el cual caeríamos en la nada. La angustia existencial es la sensación de estar cayendo en esa nada, cuando por algún motivo no vemos al Dios absoluto que nos sostiene.
Qué hace Woody en esa circunstancia? Intenta suicidarse. Pero, por supuesto, con el humor que sólo Woody Allen sabe poner en esos momentos. Woody, murmurando frases de auténtica desesperanza, coloca un fusil en su cabeza. Todavía, empero, no se ha decidido a disparar. Repentinamente, el fusil se dispara, con el tiro desviado. Un espejo recibe el balazo y se rompe en mil pedazos. Los vecinos comienzan a tocar el timbre. Woody trata de responder, aturullada y desordenamente, que no es nada. Entonces sale de su departamento, a caminar, o a correr, o a lo que fuere; en realidad, sale, no sabe a qué, sumido en la más absoluta confusión. Como una salida, esta vez más inofensiva para sí mismo, entra a un cine, sin siquiera averiguar de qué película se trataba. Lentamente Woody va descubriendo de qué se trata. Era una película cómica, norteamericana, de la década del 30. Absolutamente cómica, ingenua, inocente, e intrascendente en el sentido filosófico del término, esto es, un humor que no se plantea los problemas que preocupan a Woody. Más o menos, como distraerse viendo a los Tres Chiflados.
Entonces Woody encuentra una salida. No una respuesta, pero sí una especie de escape a la pregunta, una especie de escape permanente, una especie de narcótico para su angustia. Ve a todos en la película, divirtiéndose, y entonces llega a esta fórmula: “divertirse mientras tanto”. No puede solucionar el sentido último de la vida; no pudo averiguar si hay algo después; pero, mientras tanto, no le sirve angustiarse; mejor olvidar el tema y divertirse, sin hacer mal a nadie, lo que se pueda, hasta que el inevitable final llegue. Como vemos, no es un escape autodestructivo, pues el asunto es estar vivo para poder reir. Woody optó por la salida “cómico-existencial”. Esto es importantísimo, y volveremos a esto más adelante.
Antes de pasar a comentarios generales, nos ha quedado en el tintero alguien de quien podríamos decir lo habitual: que no por última es la menos importante. Se trata de Ana. Ana, en medio de los desvelos de Holly y de Woody, en medio del comportamiento extraño de su marido y su hermana Lee, y en medio de las peleas y problemas de sus padres, angustiados por la juventud perdida y viejos en su vejez, trata de adoptar una actitud componedora, conciliatoria y protectora. Pero logra poco. No lo logra con Holly, a quien trata de anunciar el irrealismo de muchos de sus propósitos. En una memorable escena, donde las tres hermanas se encuentran a almorzar, como es su costumbre, Ana y Holly comienzan a discutir, y Lee, que en ese momento está en medio del problema con Elliot, comienza a llorar, y trata de descargar su angustia y su sentimiento de culpa defendiendo a Ana. Pero Ana entiende poco qué es lo que está ocurriendo. Riñe, como dijimos, con Elliot, sin entender, tampoco, qué está ocurriendo. En la fiesta de Acción de Gracias donde Elliot corta con Lee (o, mejor dicho, al revés), Ana se entera de que la línea argumental de la novela de Holly tiene mucho de su relación con Elliot. Sin sospechar que la fuente de transmisión de información es Elliot-Lee-Holly, Ana inquiere a Elliot con quién estuvo comentando sus cuestiones personales. Elliot no contesta, pero recrimina a Ana su sobreprotección y su supuesta falta de conciencia de los problemas, no sólo de los demás, sino también de sí misma. Ana queda muy confundida. Es allí cuando, al acostarse junto a Elliot al final de esa noche, expresa su angustia. Y es allí cuando se reconcilian.
El relato de Woody Allen termina con una tercera fiesta de Acción de Gracias. Allí veremos a Lee casada con su profesor de literatura. Veremos a Elliot, mirando a Lee, pero esta vez con otra expresión, más calma y tal vez más sabia, diciéndose a sí mismo cuánto amaba y ama a Ana, mucho más de lo que él mismo imaginaba. Y veremos a Woody y Holly, casados. El último diálogo que escucharemos es un digno final de Woody Allen. Woody abraza a Holly y le expresa lo maravillado que está por ese amor que los une. Holly sonríe, embelesada. Y, mirándolo a los ojos, le dice algo importante.
“Querido, estoy embarazada”
THE END!
De la película, claro, no de nuestro comentario, que en alguna medida ya se insinuó.
Antes que nada, una aclaración. No intentaremos profundizar en los detalles psicológicos de cada uno de los personajes; dejamos ese interesantísimo trabajo, no porque no nos interese, sino porque no queremos invadir otros terrenos profesionales para los cuales no estamos preparados. Pero, obviamente, la psicología y la filosofía están relacionadas, y por lo tanto tocaremos cuestiones psicológicas en la medida que sean pertinentes a esa relación.
Hay dos aspectos que queremos destacar. Uno, filosófico-moral; otro, de antropología filosófica, más filosófico-existencial.
A lo largo de todo el relato hemos visto una serie de desvelos humanos, de anhelos, de sentimientos encontrados, de frustraciones, de angustias. La hemos visto a Lee dudando frente al amor de tres hombres; lo hemos visto a Elliot luchando contra un sentimiento que no puede refrenar, compitiendo con otro sentimiento hacia Ana, también profundo, aunque distinto; la hemos visto a Holly, luchando casi desesperadamente por algo de paz; lo hemos visto a Woody, corriendo atrás del remolino de su existencia, torturado frente al miedo por su muerte, angustiado, buscando la respuesta a la pregunta más profunda, y escapando por medio de la risa. Y la hemos visto a Ana, tratando de mantenerse equilibrada y pacífica, pero encontrándose también con sus propios desvelos, calmados sólo por el amor de Elliot, quien encontró en Ana algo más esencial que la belleza de su hermana Lee.
Todo esto, como dijimos, sería fascinante para ciertos análisis psicológicos específicos que no son nuestro oficio. Lo que a nosotros nos corresponde destacar es, en este caso, una cuestión filosófico-moral. En efecto, seguramente te habrás visto tentado a juzgar, de algún modo, la conducta de algunos de los personajes que entran en escena. Está bien o está mal lo que hizo Elliot, junto con Lee? ¿Hace bien Holly en calmar sus angustias con cocaína? ¿Hizo bien Woody en intentar pegarse un tiro? Y, así, podríamos seguir preguntándonos muchas cosas, cuya respuesta implicaría un juicio sobre la persona de cada uno de los personajes que aparecen en el relato.
Es la oportunidad para que reflexionemos sobre una distinción muy importante. Una cosa es el juicio moral sobre una norma, objetivamente considerada y en abstracto, y otra cosa es el juicio sobre la conciencia subjetiva de una persona, considerada en concreto. Son dos cuestiones distintas, aunque relacionadas. Veamos un ejemplo.
Para que tú y yo no discutamos mucho, buscaré un ejemplo sobre el cual, al parecer, quizás estemos de acuerdo, en la medida que no entremos en detalles. Digamos que matar a otro persona, excepto defensa propia proporcionada, está moralmente mal. Sobre eso, al menos, estoy seguro. Ahora vamos a suponer que alguien, digamos Juan, mata, no entrando en juego la excepción aludida. Entonces podremos decir que lo que Juan hizo está moralmente mal. Pero de allí a decir “Juan es malo”, o algo parecido, hay un gran paso. ¿Por qué? Porque para decir eso, deberíamos conocer integralmente el conjunto total de circunstancias que rodean toda la historia personal de Juan; deberíamos conocer con certeza qué hay en lo más íntimo de su conciencia, para saber si lo hizo con total frialdad y malicia, o no; deberíamos conocer con certeza total el grado de su salud psíquica; deberíamos conocer con certeza los detalles de su formación moral, para saber en qué medida hay en su conduca negligencia o error insalvable. Ahora bien, piensa tranquilo, ponte la mano en el corazón. ¿De quién sabes, con plena certeza, todo eso? Te diré: sólo Juan puede tener una idea aproximada de todo eso; nosotros, conjeturas; y, plena certeza, absoluta y total plena certeza, sólo Dios.
Este es el fundamento de que no debamos juzgar a los demás, en la medida que “juzgar” implique realizar un juicio sobre la conciencia subjetiva de la otra persona. En cambio, sí podemos juzgar su conducta; podemos decir que su conducta no esta bien, en la medida que su conducta sea un caso particular de una conducta que, en abstracto, sabemos que es incorrecta moralmente. Pero no podemos juzgar con certeza su conciencia, porque ese juicio sólo lo puede hacer Dios.
En este sentido, hay algunas aclaraciones que hacer. Tal vez estés pensando que lo moralmente bueno o malo es subjetivo y/o relativo, y que yo estoy partiendo de presuponer lo contrario. Es cierto que estoy partiendo de lo contrario; es cierto que considero que la razón humana puede, aunque con dificultad, determinar lo que moralmente está bien o mal; pero, como ya hemos comentado en ocasión de las películas anteriores, no parto de ello como de un postulado sin demostrar, sino como una conclusión demostrada a partir de la existencia de Dios. Porque el bien moral no es más que el camino, conforme a tu naturaleza humana, que te dice por dónde llegar a tu fin último, que es Dios, fin último que, como hemos visto también, no puedes no querer, aunque muchas veces no lo identifiques con Dios: en tu deseo más profundo de felicidad total y absoluta está la búsqueda del absoluto que es Dios.
Si Dios no existiera, es cierto que tú mismo fijarías el fin de tu existencia, pero, dado que existe, El es el fin último objetivo a tu naturaleza, y de allí se desprende que hay ciertas conductas objetivamente incompatibles con el perfeccionamiento de tu naturaleza. Por lo tanto, hay normas morales objetivas.
Pero, por el mismo motivo, Dios es el único que puede juzgar la conciencia del prójimo. Es aparentemente paradójico que, aunque muchas personas duden de que Dios exista, sin embargo juzgan y condenan permanentemente a su prójimo. Es realmente paradójico que quienes saben o creen que Dios existe juzguen la conciencia de su prójimo, ocupando un lugar que sólo Dios puede ocupar, porque sólo El tiene el infinito conocer y la infinita justicia. Y, podríamos suponer, dado que es el Bien infinito, su misericordia, posiblemente, también sea infinita.
La película de Woody Allen que estamos comentando sugiere una cuestión que tiene mucho que ver con todo lo que acabamos de mencionar, que tal vez te suene algo abstracta, pero que no te imaginas lo presente que está, de manera constante, en nuestra vida cotidiana. Se trata de la comprensión, la comprensión profunda hacia nuestro prójimo, y también, por qué no, la actitud de perdón. Este último -el perdón- está ahora apenas insinuado, pero será enfáticamente tratado en otra obra de Woody Allen que comentaremos hacia el final.
En ningún momento Woody Allen se ríe despectivamente de sus personajes; en ningún momento los desprecia y/o los condena. Sólo en una oportunidad lo hemos visto casi destruir a un personaje -hablaremos de ello más adelante-, pero no en esta película, mucho menos en esta película. Lo que hace es, sencillamente, mostrarnos tal cual somos, con pleno respeto y consideración. Muestra nuestras angustias, nuestros desvelos, nuestra permanente búsqueda de felicidad, tantas veces frustrada. Muestra, también, nuestros errores, nuestras faltas, graves muchas de ellas. Pero no condena.
 ¿Qué hay detrás de ello? Algunos verán un cierto relativismo moral, esto es, que nada es objetivamente bueno o malo, lo cual, por cierto, no es nuestra posición. Es una interpretación no imposible, pero poco probable, sobre todo teniendo en cuenta la evolución de las películas posteriores de Woody Allen. Lo que yo veo es una actitud de  comprensión y consiguiente perdón, lo cual es incompatible con el relativismo moral. Trataré de explicarte mi opinión.
La actitud de comprensión y perdón es una norma moral que te estoy proponiendo, basada en las consideraciones anteriores. Comprender a una persona significa tratar de tener en cuenta todo el conjunto de circunstancias que puede influir en su conducta. “Tener en cuenta” implica saber que existen, aunque, precisamente, no podemos conocerlas todas. Justamente por ello, la conducta humana tiene motivaciones subjetivas sumamente complejas, tales que nos impiden abrir juicio certero sobre la culpabilidad y/o malicia de alguien. Eso sólo Dios puede hacerlo. Entonces, debemos siempre tratar de comprender. Claro, esto sería tal vez fácil en caso de que consideremos que no hay bien y mal, o Dios al que rendir cuentas, pero lo valioso moralmente es hacerlo cuando estamos seguros de que tal o cual conducta no es correcta. Porque, en ese caso, y como ya te dije, podemos juzgar la conducta como tal, pero no la conciencia interna de quien se conduce de ese modo. Y, al mismo tiempo, eso nos abre a la actitud de perdón. Esto es, tener nuestros brazos abiertos para olvidar, para recibir en nuestro corazón otra vez a quien nos hizo daño e hizo algo incorrecto, precisamente para ayudarlo a perseverar en el bien. Esto no implica que el otro deba hacer un anuncio explícito de su cambio de conducta. Implica, más que un acto formal de perdón, una actitud permanente de perdón, lo cual es distinto. Esto es, estar permanentemente abiertos y alertas a la más mínima señal de que la otra persona está demandando nuestro afecto; es estar permanentemente alertas al más mínimo bien que le podamos hacer. Pero no hablo de la persona que queremos entrañablemente, sino también y, en este caso, sobre todo, de la persona cuya conducta es mala y perjudicial. Porque esa actitud de nuestra parte es lo único que puede ayudarla a cambiar. Podemos declararle la guerra, pero en la guerra alguien muere. Y la moral que te propongo no es para matar a nadie, sino para revivir y reencontrar lo perdido.
Y el perdón que te propongo es útil para la otra persona aún en caso de que supieras que esa persona, y no sólo su conducta, es mala. Porque se trata, justamente, de ayudarla a cambiar.
Nada de lo que te propongo implica no defenderse o no tratar de corregir al otro. Puedes defenderte sin contradecir esa actitud de perdón. Algunas prácticas orientales tienen mucha sabiduría en esto. El Aikido, la más ética y pacífica de las artes marciales japonesas, no detiene el golpe, sino que lo deja pasar, lo desvía y lo neutraliza. Creo que nosotros debemos hacer lo mismo en nuestra vida. Una cosa es que debas distanciarte circunstancialmente de alguien, para que no te dañe; otra cosa es que, con odio y rencor, incompatibles con el progreso de tu espíritu, intentes destruírlo. Son dos actitudes absolutamente distintas.
Tampoco implica que no puedas señalar oportunamente una falta a alguien, a ese alguien en persona, si esa persona te lo permite. Esto es: siempre que adviertas que “tienes pista” para poder aterrizar. Para esto, la amistad sincera es esencial. Pero, justamente, nunca te “autorizarán” a hacer esto si tu actitud no ha sido la de comprensión y perdón anteriormente referida.
Esto último que hemos dicho es importante porque de lo contrario puede confundirse a la comprensión de la que estamos hablando con una actitud de despreocupación por la mala conducta, ajena o propia. No, de ningún modo se trata de eso. No se trata de que no debemos corregir a la conciencia equivocada. Se trata simplemente de que no debemos entrar en la conciencia de otro sin permiso. O, con términos más exactos: sin prudencia.
No sé si estarás de acuerdo conmigo o no. Pero, aún en el caso de que estés de acuerdo, es interesante reflexionar sobre lo difícil que es para nuestro duro corazón hacer todo esto. Constantemente estamos murmurando, condenando, insultando, “mandando al infierno” a los demás. Por eso, lo interesante es advertir que podemos reflexionar tranquilamente sobre estos temas al ver, desde afuera, una película como Ana y sus hermanas. Sentados en la butaca del cine, nos reímos, pensamos, comprendemos, y hasta podemos encariñarnos con los personajes aún cuando no coincidamos con algunas de sus conductas. Precisamente, porque se trata de una historia que no nos afecta personalmente. Ahora bien, lo que Woody Allen ha hecho es retratar un conjunto de dramas y problemas que pueden ser los de cualquiera de nosotros. Y, en ese caso, ¿qué actitud adoptaremos? Si tú fueras hermana o hermano de Ana y te enteraras de que tu hermana Lee se acostó con  tu cuñado, qué harías?
No te creas que tengo la respuesta exacta; no te creas que yo sé perfectamente lo que haría. Sé que acostarse con quien no sea tu cónyuge es malo moralmente; sé también que no debo juzgar sobre la culpabilidad de nadie, y lo que quiero transmitirte es precisamente el desafío permanente que ello nos plantea. El desafío de vivir, en nuestra existencia cotidiana, la comprensión, el perdón, y, al mismo tiempo, la no complicidad con el mal. No es fácil. Pero es lo que debe hacerse. A veces fallaremos. Pero la filosofía moral tiene la peculiaridad de que plantea a nuestra vida desafíos y exigencias concretas. Las normas morales son, como tales, universales y abstractas; cada acción humana libre es, empero, singular y concreta. Y en esa singularidad es donde debemos plasmar vitalmente la universalidad de nuestros planteos. La virtud que facilita esa concreción es la prudencia. Ser prudente no es ser timorato, como a veces cierto uso coloquial ha deformado el contenido del término. Es hacer lo bueno en el momento preciso. Lo cual incluye tanto no actuar como dar un golpe sobre la mesa y decir “no!”. En fin, también se puede decir `no’ sin golpear la mesa.
Hemos reflexionado suficientemente sobre este punto. Ha sido uno de los más difíciles, vitalmente, hasta ahora, pero justamente por ello conviene dejarlo sedimentar por sí solo. Creo que es conveniente pasar ahora al segundo eje de reflexión que quería proponerte. Se trata de la búsqueda de Woody por el sentido de su existencia, y la solución que adopta.
Hemos reflexionado ya sobre el sentido de la existencia humana, y no quiero insistirte sobre ese punto. Hay algunos otros aspectos que destacar en esta oportunidad.
En primer lugar, fíjate que Woody asume plenamente el problema. Lo encara de frente, no le huye. Eso es positivo. Es positivo sencillamente porque es asumir una parte importante del punto de partida del problema existencial humano: somos limitados, mortales, estamos como colgados sobre la nada. No me malinterpretes. No te digo que debas estar todo el tiempo pensando en esto. No. No se trata de un determinado momento, no se trata de un horario, no se trata de decir “hoy ya he pensado sobre el sentido de mi vida, ahora puedo ver la televisión” (bueno, por ahí pescás una película de Woody Allen y…). Se trata de un momento más existencial, no relacionado con el reloj. Se trata de que llegue a tu vida un instante existencial en el cual, para madurar, te hayas planteado a fondo cuál es su sentido último. Allí tu existencia se vuelve sobre sí misma, se interroga a sí misma, y evita la “alienación” constante de estar pasando a través de sí misma como a través del cristal de un anteojo. Si este momento no llega, tú jamás te verás como lo que manifiesta más intensamente tu esencia limitada. Esto es, vivirás en el olvido permanente de que vas a morir. Tal vez en este momento me estés diciendo de todo. Si, te comprendo, yo me rebelo humanamente frente a la muerte, igual que vos. Pero vivir en el olvido de que vas a morir es, salvando las distancias, como vivir creyendo en los Reyes Magos.
Una vez que se asume el problema, hay dos salidas. Una, positiva, que es encontrar precisamente en el hecho de nuestra contingencia (manifestada existencialmente en nuestra mortalidad) la premisa para demostrar que Dios existe y encontrar en El la esperanza y el sentido último de nuestra vida. Es la vía que te he propuesto, filosóficamente, aunque también se puede llegar a Dios por vía religiosa. Ambas vías son complementarias, pero sobre eso hablaremos más adelante. Otra salida es negativa, y tendría varias subdivisiones. Puedes asumir la angustia de que no puedes solucionar el problema y vivir en ella de modo permanente (como Frank, en la película anterior), aunque hay que ver si la psiquis humana soporta eso de modo permanente; en realidad, esa angustia existencial permanente es enfermante y para amortiguar su dolor el ser humano recurre a todo tipo de escapismos y narcóticos, de toda gama, desde los más peligrosos (la droga, por ejemplo) hasta otros más de largo plazo (el endiosamiento de cosas en sí mismas buenas que “pateen” el problema permanentemente para adelante; por ejemplo, “sumergirse” en el propio trabajo).
Ahora bien, la salida asumida por Woody en la película es un escapismo muy particular; se trata de la salida “cómico-existencial” al problema, como la hemos llamado. Woody Allen es directo. El problema está planteado con tal magnitud, que lo que nos dice es: si no lo resuelves, o te pegas un tiro o te matas de la risa. Y Woody opta por lo segundo. No sabemos si Woody Allen. Es más, conjeturamos que está encontrando la salida positiva. Pero el Woody de Ana y sus hermanas pasa por las dos fases de la salida negativa: o llegas al colmo de la angustia, o te ensordeces totalmente ante ella con la risa. Es una salida habitual. Muchos filósofos la han utilizado. Hay muchos escépticos absolutos que son maestros de la ironía y el humor. Son coherentes: o lloran o lo toman todo a broma. Lo segundo permite una mayor supervivencia.
“Pasa por esta vida sin sentido lo más divertido que puedas”. Es una salida absolutamente comprensible para evitar el dolor. Pero, claro, no es solución. Sólo es anestesia. E ilusoria. No podrás reírte siempre. Y el Woody de la película, en el fondo de su corazón, lo sabe.
Yo no te propongo que no te rías. Al contrario, saber qué es tu fin último, y fundar en ello tu esperanza más profunda, es motivo de una alegría paralelamente más profunda. Una alegría y una sonrisa que surgen de lo más profundo de tu espíritu, totalmente compatible con tu risa mientras ves a Los Tres Chiflados, cuando contás un chiste en una reunión de amigos, y cuando contemplás, sereno, la caída del sol. Una alegría que se convierte en tu fuerza secreta cuando sufres, cuando lloras, cuando los problemas de este mundo parecen vencer tus resistencias. Es la esperanza que te mantiene firme ante la muerte, frente a la cual nuestra humanidad grita de manera permanente. Es la señal de que hemos tomado la mano de Dios.

 

Pero tú no tienes ni siquiera que elevar tu brazo. Es Dios quien te toma de la mano. Tú, simplemente, no le digas que no.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

18-A: nueva y multitudinaria movilización en Argentina

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 24/4/13 en http://www.elimparcial.es/america/18-a-nueva-y-multitudinaria-movilizacion-en-argentina-122021.html

¿Cuántos sentimientos se entremezclaron en la masiva protesta del 18 de abril pasado contra el gobierno de Cristina Kirchner? Hartazgo e impotencia por un lado, un genuino compromiso ciudadano y participativo por otro… Como sea, parece evidente que la multitud que invadió las calles de los principales centros urbanos del país lo hizo para expresar a ritmo de cacerolas su generalizado descontento en una semana clave en más de un sentido.

En efecto, días antes, gracias a una exhaustiva investigación periodística, habían tomado estado público los escandalosos negociados de un presunto testaferro de Néstor Kirchner que, mediante vuelos privados, habría sacado de la provincia de Santa Cruz con destino a Panamá, Belice y otros paraísos fiscales millones y millones de euros de muy dudoso origen que se sospecha corresponden, al menos en parte, a sobreprecios y sobornos en contratos de obra pública.

Asimismo, en las mismas horas en que se desarrollaba la protesta se debatía en la Cámara de Senadores el proyecto de “democratización de la Justicia” que la Presidenta había enviado para su aprobación a libro cerrado pero que afortunadamente tropezó con observaciones venidas de todos los rincones. Como se sabe, el proyecto amenaza con destruir lo que queda de un Poder Judicial que, en la década kirchnerista, ha sido víctima y a veces cómplice de recurrentes intentos de manipulación por parte del Ejecutivo.

Pero esta breve referencia al 18-A no sería ecuánime si no señaláramos que la protesta, aun estando mayormente centrada en la corrupción, la inseguridad, la inflación, las deudas del Estado con la sociedad en materia de obras infraestructura y desde luego en el reclamo por una Justicia independiente, también supuso un claro mensaje a los dirigentes de la oposición para que, más allá de las diferencias personales que los separan o aun los distintos modelos de país que respectivamente defienden, sean capaces de cerrar filas en defensa de la Constitución y de los valores de la democracia republicana que, como continúen siendo violentados, terminarán confinados a un museo de antigüedades sin poder garantizar siquiera la existencia de una minoría opositora.

Que la Argentina transita por un camino de servidumbre es un hecho incontestable. Con todo, el 18-A ha demostrado una vez más que una proporción grande de nuestra población no está dispuesta a que esta servidumbre sea consentida.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.

 

Democracia de proximidad

Por Enrique Zuleta Puceiro. Publicado el 30/11/12 en http://elestadista.com.ar/?p=2955

Los instrumentos de la democracia tradicional dejan paso a la intervención de una ciudadanía atenta y cada vez más impaciente.

El conflicto de las interpretaciones no bastará para minimizar la importancia objetiva de los cambios cada vez más profundos que se vienen produciendo en las formas de manifestacion politica de la ciudadanía.

La Argentina es sólo un capítulo más dentro de un vasto proceso extendido a lo largo y ancho de la geografía de las democracias contemporáneas. Las movilizaciones de septiembre y el 8-N configuran, en efecto, junto con el paro general del 20-N, manifestaciones típicas de un nuevo género de accion política y por completo diferente de la ya conocida. De allí la inutilidad de comparaciones forzadas con respecto al tipo de movilizaciones propias de la política tradicional.

Cualquiera que haya sido el número de personas que el pasado 8 de noviembre ocuparon las calles de casi todas las ciudades grandes y medianas del pais, ese dato puede ser lo de menos, si se tiene en cuenta que no estuvo allí el núcleo esencial de la energía ciívica de la protesta. Importan mucho más los oyentes y televidentes que siguieron las alternativas de la movilización a traves de los medios radiales y televisivos, y los portales infomativos. Los principales informativos por lo menos triplicaron sus niveles de audiencia.

Un encendido del 70% en el prime time de las 19.30 horas en todas las pantallas y radios del país explica los resultados de la docena de encuestas difundidas con posterioridad y los más de 500 artículos y columnas de análisis reunidos por este cronista con el auxilio de un buscador estándar de Internet. Algunos porcentajes hablan a las claras de la nueva dimensión a la que ha entrado de lleno la política argentina, siguiendo tendencias comunes a casi todas las sociedades del mundo.

Según una encuesta nacional de OPSM en los días posteriores al 8-N, cerca del 95% de la poblacion siguió directamente las alternativas de la jornada. El 67,6% cree que la protesta será importante para el futuro político del país y 72,5% está de acuerdo con sus propósitos básicos. El 60,8% estima que la protesta social fue espontánea y 34,2% cree, en cambio, que obedeció a un armado político. El 86,1% prevé que este tipo de demostraciones se repetirá próximamente y 46,7% adelanta desde ya su intención de participar de algún modo en futuras demostraciones de protesta. Después de todo, el 77,3% juzga muy o algo justificado el fondo de los reclamos.

Si bien la dirigencia tradicional se ha apresurado a denunciar el carácter “difuso” de este tipo de manifestaciones, lo cierto es que la agenda fue clara y precisa: la inseguridad, la inflación, corrupción pública, impedir la rereelección presidencial y defender la independencia de la Justicia fueron las demandas básicas recnocidas por los participantes, según el sondeo nacional comentado, efectuado sobre una muestra de 1.200 residentes en 65 localidades de todo el país.

Para quienes ven la realidad de la politica por el ojo de cerradura de la competencia electoral, es posible que los cambios sean mínimos. Las multitudes del 8-N expresan tendencias similares a las que, en los últimos meses, han venido evidenciando las encuestas nacionales. Ellas revelan un empeoramiento gradual de casi todos los indicadores de apoyo y evaluacion de desempeño de un gobierno que parece haber comprendido que hacerse cargo de los cambios pendientes implica costos políticos necesarios e inevitables.

De allí que en el plano del voto, el oficialismo conserve lo sustancial de su caudal electoral ante la ausencia de propuestas y liderazgos alternativos. Sin embargo, el paro general ilumina otro costado diferente de la realidad: el de la situacion de la propia coalición de gobierno. El éxito de la huelga será capitalizado por sectores del peronismo que cuestionan las premisas mayores del modelo kirchnerista. Descuentan la imposibilidad de una reforma constitucional y se anticipan a la cuestión sucesoria, hasta ahora un verdadero tabú para la sensibilidad del oficialismo.

Si en el 8-N el Gobierno midió sus fuerzas con los sectores medios, independientes y potencialmente opositores, a partir del 20-N pasa a enfrentar a sus propios demonios interiores. Para quienes tratan de ver la realidad profunda y a largo plazo de la política argentina, un análisis desapasionado del nuevo clima de movilizaciones enciende luces de alerta imposibles de ignorar. Un primer dato, avizorado ya en 2001 es que, al igual que la mayor parte de las sociedades actuales, la Argentina ha incorporado a sus prácticas políticas la perspectiva de lo que muchos denominan, en todo el mundo, una “democracia de proximidad” .

Los instrumentos de la democracia tradicional – partidos, urnas, campañas, militancias y PASO- dejan paso a la intervención, la vigilancia y el control de una ciudadanía informada, atenta y cada vez más impaciente. Un nuevo actor – la ciudadanía impaciente e indignada– ocupa ya no sólo las plazas mayores de todas las ciudades del mundo: monopoliza también todos los segundos del encendido radial y televisivo de todas las señales públicas y privadas del espectro audiovisual. No sólo se opone: tambien propone, discompone y descompone. Está muy lejos del “que se vayan todos” del 2001. Más bien postula que sigan todos, que se hagan cargo de sus responsabilidades y, sobre todo, que no pretendan representar ni expresar a nadie.

Los nuevos indignados abominan de la política pero están dispuestos a soportarla todo lo que haga falta. Está en tela de juicio el sistema tradicional de representación y, por un buen tiempo, las soluciones tardarán en articularse. Desde este punto de vista, la contabilidad tradicional de la política tiene poco para aportar. No hay punto de comparación entre este nuevo género de movilización, cognitiva y afectiva y las manifestaciones populares propias de la política tradicional. Ningún líder, partido ni plataforma puede alcanzar la importancia de las nuevas convocatorias.

¿Quién osará en el futuro próximo superar los registros del 8 o el 20-N? Es casi una la línea demarcatoria entre el pasado y el futuro. En Madrid, la última manifestacion de “indignados” duplicó cómodamente la participacion de la convocartoria en repudio del “tejerazo”, la más importante en la Historia de España. Preguntarse por el grado de “espontaneidad” de este nuevo tipo de fenómenos es también algo ocioso y de escasa utilidad. Nada en la sociedad de la hiperinformación es totalmente casual ni espontáneo: la realidad se construye y reconstruye de modo constante.

En el fondo, también nos construye desde perspectivas múltiples y cambiantes, a la luz de las cuales nociones ortodoxas tales como “amigo y enemigo” , “propio y ajeno” , “ganadores y perdedores” y “ellos y nosotros” tienden a perder la significación estratégica de los tiempos heroicos de la vieja política.

Enrique Zuleta Puceiro es Profesor de la UBA, Sociologo y miembro del Consejo directivo de ESEADE.

 

 

Enrique Zuleta Puceiro es Profesor de la UBA, Sociologo y miembro del Consejo directivo de ESEADE.

 

¿Una primavera argentina?

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 19/9/12 en http://www.elimparcial.es/america/una-primavera-argentina-111326.html

Ninguna comparación resulta posible (ni sería ecuánime) con lo sucedido en el mundo árabe. Sin embargo, la tentación de aludir a una “primavera” es grande en vista de las imágenes de esas multitudes lanzadas a las calles a raíz de una convocatoria generada por las redes sociales.

El hecho se produjo simultáneamente en los principales centros urbanos del país, el pasado jueves 13 por la noche, y el reclamo se centró en cuatro ejes principales: la inseguridad, la corrupción, la inflación y lo que se percibe como un paulatino cercenamiento de las libertades individuales, como la de “entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino”, prevista en el artículo 14 de la Constitución Nacional, cuyo ejercicio se ve hoy enormemente dificultado por las restricciones impuestas a la compra de divisas. Que la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos), de organismo recaudador de impuestos se haya convertido en una suerte de brazo no armado de los servicios de inteligencia, es otro hecho sintomático de la creciente injerencia de un Estado que pretende controlarlo todo y que, seguramente, suscitó también en parte esta reacción.

Por cierto que el oficialismo minimizó la protesta con argumentos tan banales como indicativos de una llamativa incapacidad para ver la realidad sin las distorsiones que provoca la ideología. En efecto, lejos del pragmatismo rampante de Néstor Kirchner, Cristina ha ideologizado tanto la acción de gobierno que ha fracturado a la sociedad entre los buenos y los réprobos, los que están con “la causa” y los golpistas de cualquier extracción social que, por el mero hecho de no adherir a pie juntillas a los dogmas instalados desde la Casa Rosada, merecen la condenación eterna o la expulsión del país de las maravillas que algunos se empeñan en contarnos.

Hablar de jacobinismo puede resultar anacrónico. No menos anacrónico, sin embargo, que esta Argentina que nos desvela y nos cuesta entender.

 Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.

 

La marihuana sale del armario

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 1/7/12 en http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/la-marihuana-sale-del-armario-01-07-2012

 Poco a poco, la batalla por la legalización de las drogas va abriéndose camino y haciendo retroceder a quienes, contra la evidencia misma de los hechos, creen que la represión de la producción y el consumo es la mejor manera de combatir el uso de estupefacientes y las cataclísmicas consecuencias que tiene el narcotráfico en la vida de las naciones.

Hay que aplaudir la valerosa decisión del gobierno de Uruguay y de su presidente, José Mujica, de proponer al Parlamento una ley legalizando el cultivo y la venta de cannabis. De ser aprobada –lo que parece seguro pues el Frente Amplio tiene mayoría en ambas cámaras y, además, hay diputados y senadores de los partidos de oposición, Blanco y Colorado, que aprueban la medida–, ésta infligirá un duro revés a las mafias que, de un tiempo a esta parte, utilizan a ese país no sólo como  mercado de la droga sino como una plataforma para exportarla a Europa y Asia. Esta ley forma parte de una serie de disposiciones encaminadas a combatir la “inseguridad ciudadana”, agravada de un tiempo a esta parte en Uruguay, al igual que en toda América Latina, por la criminalidad asociada al narcotráfico.   

“Alguien tiene que ser el primero”, declaró el presidente Mujica a O’Globo, de Brasil. “Alguien  tiene que empezar en América del Sur. Porque estamos perdiendo la batalla contra las drogas y el crimen en el continente”. Y el ministro de Defensa de Uruguay, Eleuterio Fernández Huidobro, señaló, como razón central de este paso audaz, que “la prohibición de ciertas drogas le está generando al país más problemas que la droga misma”. No se puede decir de manera más lúcida y concisa una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gansteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos cárteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir al narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narcoestados.

Según las primeras informaciones, este proyecto de ley pondrá en manos del Estado uruguayo el control de la calidad, cantidad y precio de la marihuana y los compradores deberán registrarse y tener cumplidos 18 años de edad. Cada comprador podrá adquirir un máximo de 40 porros al mes y los impuestos que graven la venta se emplearán en tratamientos de rehabilitación y de prevención y en la creación de un centro de control de calidad del producto. En un comentario a la iniciativa uruguaya que leo en Time Magazine, por lo demás muy favorable a la medida, se recuerda el mal administrador que suele ser el sector público, y con buen juicio se deplora que  no  se deje en libertad al sector privado de llevar a cabo esta tarea, eso sí, bajo una estricta regulación.

En ese mismo ensayo se examina lo ocurrido en Portugal, donde desde hace una decena de años se legalizó de manera parcial la marihuana sin que ello haya traído consigo el aumento del consumo de drogas más fuertes, que es lo que suelen alegar que ocurrirá los que se oponen de manera irreductible a la legalización de las llamadas drogas blandas. Time Magazine recuerda además que, según las últimas encuestas, un 50% de los ciudadanos de Estados Unidos se declaran a favor de la legalización del cannabis. Extraordinaria evolución cuando uno recuerda la tempestad de críticas, y hasta de injurias, que recibió hace algunas décadas Milton Friedman cuando defendió la legalización de las drogas y predijo el absoluto fracaso de la política de represión en las que los gobiernos de Estados Unidos han gastado ya muchos billones de dólares.

El Gobierno del Uruguay, al atreverse a legalizar la marihuana, hace suyos muchos de los argumentos y estudios que viene difundiendo la Comisión Latinoamericana de Drogas y Democracia, que encabezan los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México, y de la que yo mismo formo parte con otras dieciocho personas, de distintas profesiones y quehaceres, de la región. Recibida al principio con reticencias y preocupación, y a veces duras críticas, esta Comisión ha ido ganando audiencia y respetabilidad por la seriedad de sus trabajos, en los que han participado siempre especialistas destacados, por su espíritu dialogante y la clara vocación democrática que la inspira.

El problema de la droga ya no sólo concierne a la salud pública, al descarrío de tantos niños y jóvenes a que muchas veces conduce, y ni siquiera a los terribles índices del aumento de la criminalidad que provoca, sino a la misma supervivencia de la democracia. La política represiva no ha restringido el consumo en país alguno, pues en todos, desarrollados o subdesarrollados, ha seguido creciendo de manera paulatina, y sí ha tenido en cambio la perversa consecuencia de encarecer cada vez más los precios de las drogas. Esto ha transformado a los cárteles que controlan su producción y comercialización en verdaderos imperios económicos, armados hasta los dientes con las armas más modernas y mortíferas, con recursos que les permiten infiltrarse en todos los rodajes del Estado y  una capacidad de intimidación y corrupción prácticamente ilimitada.

Lo ocurrido en México es sumamente instructivo. El Presidente Calderón, consciente del enorme riesgo para el funcionamiento de las instituciones que representaba el narcotráfico, decidió combatirlo de manera frontal, incorporando al Ejército a esta lucha. Los 50 mil muertos que esta guerra lleva ya en su haber no parece haber hecho mayor mella en las actividades criminales de los mafiosos, ni haber disminuido para nada el consumo de drogas blandas o duras en la sociedad mexicana, y sí, en cambio, ha desatado una creciente desesperanza y decepción hacia el gobierno, al que se reprocha incluso, con dureza, “haber declarado una guerra que no se podía ganar”. ¡Fantástica conclusión! ¿Había , pues, que bajar los brazos, rendirse, mirar para otro lado, y dejar que los pistoleros y traficantes de la droga se fueran apoderando poco a poco de todas las instituciones de México, que pasaran a ser ellos los verdaderos gobernantes de ese país?

Evidentemente, ésa no podía ser la solución. ¿Cuál entonces? La que, con gran mérito, está emprendiendo el gobierno uruguayo. Cambiar de táctica, pues la puramente represiva no sirve y es contraproducente, ya que beneficia a la mafia, a la que enriquece y confiere más poder. En las actuales circunstancias, la primera prioridad no es poner fin a la producción y al consumo de drogas, sino acabar con la criminalidad que depende íntimamente de estas actividades. Y para ello no hay otro camino que la legalización.

Desde luego que legalizar las drogas implica riesgos. Deben ser tomados en cuenta y combatidos. Por ello, quienes defendemos la legalización siempre subrayamos que esta medida debe ir acompañada de un esfuerzo paralelo para informar, rehabilitar y prevenir el consumo de estupefacientes perjudiciales para la salud. Se ha hecho en el caso del tabaco y con bastante éxito, en el mundo entero. El consumo de cigarrillos ha disminuido y hoy día quedan pocos lugares donde los ciudadanos no sepan los riesgos a los que se exponen fumando. Si quieren correrlos, sabiendo muy bien lo que hacen, ¿no es su derecho hacerlo? Yo creo que sí y que no está entre las funciones del Estado impedir a un ciudadano que goza de sus facultades llenarse los pulmones de nicotina si le da su real gana.

Siempre he tenido una gran simpatía por el Uruguay, desde el año 1966, en que fui a Montevideo por primera vez y descubrí que América Latina no era sólo una tierra de gorilas y terroristas, de revolucionarios y fanáticos, de explotadores y explotados, que podía ser también tierra de tolerancia, coexistencia, democracia, cultura y libertad. Es verdad que Uruguay pasó a vivir luego la atroz experiencia de una dictadura militar. Pero la vieja tradición democrática le ha permitido recuperarse más pronto que otros países y hoy, quién lo hubiera dicho, bajo un gobierno de un Frente Amplio que parecía tan radical, y un presidente de 77 años que fue guerrillero, es otra vez un modelo de legalidad, libertad, progreso y creatividad, un ejemplo que los demás países latinoamericanos deberían seguir.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.