¿SE DAN CUENTA AHORA DE LO QUE ES EL ESTADO OTORGANDO PERMISOS?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 31/5/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/05/se-dan-cuenta-ahora-de-lo-que-es-el.html

 

 

En el 2001 la Universidad Austral obtuvo la admisión definitiva, no provisoria, por parte del Ministerio de Educación. El rector de entonces envió por email la buena noticia a todos. Yo le respondí: Sr. Rector, lamento que la Universidad Austral dependa de un permiso del Estado para existir. Obviamente, no recibí respuesta, sino que gané un punto más, obviamente, en la hermosa carrera de loco inadaptado que tengo desde que nací.

Nadie se da cuenta, nadie en el mundo, pero mucho menos en Argentina, la estatolatría hecha sociedad por excelencia, de la ridiculez, inmoralidad e ilegalidad de un estado dando permisos para ejercer las libertades individuales. Inmoralidad porque si es un derecho, no se pide permiso; ilegalidad porque toda persona puede ejercer libremente todos sus emprendimientos excepto que viole el Código Penal (NO inflado como el actual) de acuerdo a los arts. 14 y 19 de la Constitución. Oh, pero qué tonto, yo citando la Constitución en Argentina. ¿Ven que soy un inadaptado?

La obsesión reglamentarista (https://www.libertadyprogreso.org/2016/06/15/la-obsesion-reglamentarista/) ha producido una oferta y demanda obsesivo-compulsiva de permisos estatales que los argentinos han incorporado a su mundo como si fuera algo normal. Permiso para institutos educativos, de salud, empresas, comercios, llenos, cada uno, de millones de trámites; permiso para lavarse los dientes a la noche……

Pero nadie se daba cuenta, excepto, por supuesto, los liberales “dogmáticos”, inadaptados como yo, no como la gente “seria”, claro (que sería de nosotros sin la gente seria? 😊)….. Hasta que……………..

Hasta que los argentinos descubrieron que AHORA tienen que pedir permiso para salir de su casa, para dar una vuelta manzana, para visitar a sus papá de 90………. Y para abrir sus YA reglamentadas y “permitidas” actividades. Oh fascinante progreso. Antes el esclavo le pedía al dueño de la granja permiso para caminar dentro de la granja. Ahora el dueño le dice cuándo y si está “justificado”. Impresionante.

Inútil es decir, por supuesto, que ningún virus admite moral y jurídicamente semejante cosa.

Tal vez ahora los argentinos se den cuenta de lo que es vivir pidiendo permiso al dueño de la granja de esclavos en la cual vivían tan inadvertidamente.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Economía y Moral

Por Gabriel Boragina. Publicado el 5/9/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/09/economia-y-moral.html

 

Es interesante examinar las numerosas implicaciones que existen entre la moral y la economía, por cuanto son muy frecuentes las veces en que se las soslayan, y es de suma importancia que se den ciertas condiciones para tener una economía moral y no cualquier otra. Será bueno analizar entonces de qué manera algunas doctrinas económico-políticas -aparentemente «positivas» o «beneficiosas»- atacan, en realidad, y terminan destruyendo a la moral. Comencemos, pues, con el populismo, con esta excelente cita:

«El populismo no solo es ineficiente como organización económica, sino que es fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo requiere.»[1]….» Dentro de este pensamiento autoritario en materia económica, que es una especie de iluminismo económico y monopolio de la bondad de los políticos, no hay lugar para entender que la competencia es un proceso de descubrimiento. Descubrir qué demanda la gente, qué precios está dispuesta a pagar por cada mercadería y qué calidades exige. Por eso el populismo económico inhibe la capacidad de innovación de la gente y los “empresarios” millonarios son, en su mayorista, simples lobbistas que hacen fortunas con negociados turbios gracias a sus influencias con los corruptos funcionarios. Es en este punto en que el intervencionismo deja de ser ineficiente para transformarse en esencialmente inmoral porque los beneficios empresariales no nacen de satisfacer las necesidades de la gente, sino de esquilmar los bolsillos de los consumidores. Y como para esquilmarlos necesitan el visto bueno de los funcionarios públicos, ese acuerdo se transforma enorme corrupción donde la riqueza surge de expoliar a la gente mediante pactos corruptos.»[2]

La inmoralidad nace -como bien se observa- de la dinámica propia del sistema intervencionista, que requiere del latrocinio para beneficiar a unos a costa de otros. Incluso la inmoralidad surge aunque las intenciones del burócrata tengan como base firmes convicciones acerca de la «corrección» de su actuación. Una acción es intrínsecamente inmoral con independencia de que el agente que la provoca conozca o no sus vínculos causales con la moral, en tanto y en cuanto, desde el punto de vista objetivo, la intervención viole la regla moral.

De cualquier manera, en la mayoría de los casos donde intervienen los gobiernos, las normas morales se violan en forma consciente de que se lo está haciendo. No interesa demasiado que el político sepa o no que está vulnerando las normas morales con sus políticas intervencionistas, lo relevante es de qué modo sus acciones favorecen o perjudican –potencial o concretamente- a los demás. Y, en tanto y en cuanto, se adopten políticas populistas (que siempre han de ser -por definición- intervencionistas) hemos de tener por seguro que las reglas morales han de ser transgredidas violenta o no violentamente.

Entonces, desde un punto de vista legal, los frecuentes contubernios habidos entre funcionarios y empresarios, sindicalistas, o de cualquier otro sector social, pueden ser jurídicamente válidos, lo que no quita ni quitará jamás que –asimismo- sean moralmente repudiables. Para lo cual, no es necesaria –y esto es importante reiterarlo y destacarlo- la existencia concreta de un perjuicio, sino que basta la mera probabilidad de haberlo provocado. La acción será doblemente inmoral si el daño -al final de cuentas- se consuma. Y basta que sea uno solo el afectado para que la inmoralidad se materialice.

«Pero además de ser más eficiente la economía de mercado, su gran diferencia con el intervencionismo es que está basada en principios morales y éticos en que nadie se apropia de lo que no le corresponde. No se usa al Estado y a sus funcionarios para que, con el monopolio de la fuerza, se desplume a trabajadores y consumidores. No se hace de la corrupción una forma de construcción política en que las voluntades se compran.»[3]

La diferencia entre la economía de mercado (o economía liberal conforme preferimos llamarla) y los demás sistemas es que, aunque no existieran normas legales, siempre van a preexistir normas morales que deben ser respetadas, y en el punto donde se quebranten será en ese mismo momento y lugar donde habrá desaparecido la economía de mercado, capitalista o liberal. El tema se entronca con el de la ley moral, que se diferencia de la ley inmoral. Ambos tipos de leyes podrán tener por igual imperio legal, pero sólo será justa la ley moral y no la inmoral. La moralidad del capitalismo se encuentra en que cada ser humano respeta el fruto del trabajo ajeno, en tanto que en todos los demás sistemas que lo adversan ocurre exactamente lo contrario. Es esto lo que hace del capitalismo un régimen moral superior a los demás.

«Como se ve, no estamos hablando solo de eficiencia económica cuando hablamos de capitalismo versus populismo. Estamos diciendo que la economía de mercado es un imperativo moral frente a la inmoralidad del populismo intervencionista, dado que en este último imperan la corrupción y el saqueo. La decencia, la honestidad en la función pública y la transparencia en los actos de gobierno no son la esencia del populismo. Por eso el populismo no solo es ineficiente como organización económica, sino que es fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo requiere.»[4]

La idea básica, entonces, es que un robo no es ilegal porque la ley jurídica así lo declara, sino que es ilegal porque infringe la ley moral. Las leyes jurídicas no pueden hacer «legal» (ni menos aun «moral») lo que la ley moral declara ilegal. Y menos todavía -como hemos consignado- la ley legal puede hacer «justo» lo que moralmente es injusto. Y de esto se trata precisamente la moralidad del capitalismo, en contraste con la inmoralidad de todos los demás sistemas anticapitalistas, como son los populismos e intervencionismos de distinto signo. Son inherentemente inmorales, aunque sean declarados «legales» desde lo jurídico. Y todos los entramados anticapitalistas están basados en el robo y el latrocinio, reconocidos incluso en documentos tales como sus Constituciones y códigos.

[1] Roberto Cachanosky. «El populismo es esencialmente inmoral». Publicado originariamente en «Economía para todos»http://economiaparatodos.net/ y reproducido posteriormente por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.http://www.atlas.org.ar/ pág. 1

[2] Cachanosky R. «El populismo…» op. Cit. pág. 2

[3] Cachanosky R. «El populismo…» op. Cit. pág. 2

[4] Cachanosky R. «El populismo…» op. Cit. pág. 3

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.