Economía del conocimiento y seguridad jurídica

Por Martín Krause. Publicado el 30/1/20 en: https://www.cronista.com/columnistas/Economia-del-conocimiento-e-inseguridad-juridica-20200130-0061.html?utm_source=ecc_nota&utm_medium=cms&utm_campaign=refresh

 

¿Cómo podemos esperar que haya inversiones si cada cambio de gobierno modificamos las reglas de juego? La inversión siempre espera resultados a futuro, que pueden estar más cerca o más lejos. Dado que si hay algo que no conocemos con certeza es el futuro, toda inversión es incierta y todo inversor trata de reducir ese riesgo al mínimo.
Los gustos de los consumidores pueden cambiar (fíjese si hubiera invertido en Blockbuster), las dotaciones de recursos pueden modificarse (el shale oil no era considerado un recurso hace un par de décadas), pueden surgir nuevas tecnologías. Para invertir, además, hace falta una moneda que permita realizar cálculo económico en base a un valor relativamente previsible varios años hacia adelante.
Por último, mínimamente hay que saber cuáles serán los impuestos a pagar, la evolución de los salarios, los costos sobre la mano de obra, el acceso a divisas. Los países que reciben inversiones son aquellos que pueden ofrecer reglas de juego favorables (bajos impuestos y regulaciones) y estables.

También recursos, pero la definición de recurso ya no tiene que ver con factores provistos por la naturaleza sino con capacidad, educación, iniciativa, empresarialidad. Por eso son ricos Singapur o Hong Kong, sentados sobre un par de rocas.
Nos hemos cansado de escuchar que Argentina tiene muchos de esos recursos y últimamente también tiene los vinculados con el conocimiento, a punto tal que se espera, o esperaba, que estas industrias alcanzaran a ser la segunda o tercera exportación, detrás de los productos del agro.
Unanimidad y consenso
El año pasado se aprobó una Ley de Economía del Conocimiento, que pasó por el Congreso en forma prácticamente unánime. Supuestamente esto refleja un elevado grado de consenso y sería una señal de estabilidad en las reglas de juego para que los inversores desplieguen todos sus proyectos.
En nuestro caso, sin embargo, eso no es suficiente. Se acaba de suspender la aplicación de la ley hasta que se dicte una nueva reglamentación y ya se anuncian importantes cambios que han de modificar el cálculo económico de los inversores. Esta vez, la “estabilidad” duró unos pocos meses.
¿Cuál es la razón de que incluso normas aprobadas en forma unánime no puedan garantizar estabilidad? La respuesta es que ese consenso era falso. La centralización del poder en Argentina ha llevado a que el Congreso apruebe leyes de carácter muy general y luego delegue en el Poder Ejecutivo la capacidad de fijar las reglas de juego reales. Esto lo hace a través de la reglamentación.
Es decir, se aprueba una ley en la cual se sanciona la felicidad del pueblo argentino, o de un determinado sector, y todos están de acuerdo. Pero luego, los números son el resultado de la reglamentación.

Entonces, ahora, incluso quienes votaron a favor de la ley van a apoyar los nuevos cambios porque dirán que no estaban de acuerdo con lo reglamentado, o sostendrán que esto iba en contra del “espíritu” de la ley. Algunos quieren bajar a otros de los beneficios recibidos (“entraban hasta cervecerías artesanales”); otros quieren que el tren pare en su estación para subirse a los beneficios (pymes industriales). La calesita volvió a funcionar y la perinola está en juego.
Gobierno y oposición son responsables, porque disfrazan como consenso la delegación de funciones al ejecutivo, algo que el Congreso ha estado haciendo en estas décadas de estatismo centralista que nos ha dejado una simple fachada de la división de poderes.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

ASALTOS EN NOMBRE DEL CAPITALISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como he consignado antes la expresión “capitalismo” no es la que más me entusiasma puesto que remite a lo material y la sociedad libre se base en valores que van mucho más allá de lo crematístico. Se base ante todo en principios éticos. Por eso prefiero la tan atractiva e ilustrativa palabra “liberalismo” que como lo he definido hace tiempo en uno de mis primeros libros es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. De todos modos autores como Michael Novak derivan de caput la idea de capitalismo en el sentido de creatividad, iniciativa, emprendimientos, imaginación y conceptos equivalentes.

 

En  cualquier caso lo que intento demostrar en esta nota periodística es que resulta esencial comprender que el capitalismo definido como la libertad contractual y la consiguiente preservación de los derechos de las personas, comenzando con su propia vida y siguiendo con la libertad de expresar sus ideas y usar y disponer de lo adquirido legítimamente, se contrapone en el sentido más riguroso a cualquier alianza entre el poder político y mal llamados empresarios (mal llamados porque no compiten en mercados abiertos sino que apuntan a mercados cautivos al efecto de esquilmar a sus semejantes).

 

En este sentido tienen razón los críticos del capitalismo cuando observan que en su nombre se cometen todo tipo de asaltos a los miembros de la comunidad. Por las razones expresadas, la crítica se dirige a un blanco equivocado puesto que no se trata de capitalismo sino de un aparato infame de intervencionismo estatal y una lesión grave a los procesos de mercado y a los marcos institucionales civilizados.

 

Ya Adam Smith proclamó en 1776 en su libro más conocido que “Siempre está en interés del comerciante ampliar su mercado y reducir la competencia. La ampliación del mercado es frecuentemente del agrado del público, pero reducir la competencia es contrario a sus intereses y sólo sirve para que los comerciantes aumenten sus ganancias sobre lo que naturalmente hubieran  sido  así imponer, para su propio beneficio, un impuesto absurdo sobre el resto de sus compatriotas”. Y más contundente aun en la misma obra Smith declara sobre el empresario prebendario “tiene generalmente interés en engañar e incluso en oprimir al público y que por ello lo han engañado y oprimido efectivamente en muchas ocasiones”.

 

En la actualidad, en pleno siglo xxi, tal vez el libro más gráfico sobre lo dicho sea Bought and Paid For de Charles Gasparino, periodista que escribe en el Wall Street Journal, en Newsweek y comentarista senior de Fox News. En este libro se detallan con nombre propios las empresas y los ejecutivos que reiteradamente se alían con el poder de turno en Estados Unidos para sacar tajada a expensas de su prójimo y tejer los más sucios negociados, algo que no puede menos que definirse como un pantano hediondo en perjuicio de los trabajadores que no tienen poder de lobby. Transcribo de esta obra una de las conclusiones más relevantes del autor: “Me he dado cuenta que a menos que algo cambie (y pronto), a menos que el contribuyente estadounidense – el votante ordinario- actúe para revertir la expansión sin precedentes del gobierno que está convirtiendo lo que solía ser el bastión del capitalismo en un estado intervencionista, a menos que esto ocurra el presente siglo no será el siglo estadounidense”.

 

Algo está muy podrido en Dinamarca diría Shakespeare. En la medida en que se generalice esta alianza infernal las bases de la sociedad libre se carcomen a pasos agigantados y, como queda dicho, se desdibuja y se confunde el capitalismo con su opuesto. Es realmente bochornoso que se critique el capitalismo en un mundo donde no solo avanzan los ladrones de guante blanco mal llamados comerciantes donde  se incrementa la deuda estatal, se hacen más pesadas las cargas tributarias, se manipula la moneda, se eleva el gasto público a niveles elefantiásicos y se incrementan las regulaciones en proporciones insostenibles.

 

Sin duda que todas las críticas no son inocentes, en muchos casos lo que se pretende es debilitar aun más el sistema que resulta claro hace agua por los cuatro costados debido al avance de las ideas socialistas.

 

En este último sentido, es del caso subrayar que el método más eficiente para la penetración socialista es el sistema fascista que significa que se permite el registro de la propiedad pero usa y dispone el gobierno, a diferencia del socialismo más abierto que usa y dispone la propiedad directamente el gobierno sin atajo alguno. El  fascismo hace de precalentamiento y prepara el camino a la socialización total. Esto es así no solo porque resulta en general más digerible para la gente la manipulación desde el gobierno respecto a la expropiación lisa y llana, sino que frente a los desaguisados que provoca el sistema el gobierno se escuda en el hecho de que los responsables son los titulares aunque se deba al intervencionismo.

 

Esto del fascismo puede aparecer como una receta alejada pero está encima nuestro diariamente. Veamos los sistemas educativos en los que las denominadas instituciones privadas en verdad están privadas de decidir en su totalidad la estructura curricular que debe ser aprobada por ministerios de educación y similares. Veamos algo tan pedestre como los taxis en la mayor parte de las ciudades: el color con que están pintados, los horarios de trabajo y las tarifas están determinadas por los gobiernos con lo que la propiedad es otra vez nominal y así sucesivamente en los sectores y áreas más importantes.

 

Mi libro titulado Las oligarquías reinantes, que lleva un muy generoso prólogo de Jean-François Revel que subraya la tesis que expongo, está prácticamente dedicado a las componendas de estos barones feudales y sus socios para el saqueo de sus semejantes con la careta del empresariado. A continuación voy a reproducir parte de un pequeño relato de este libro al efecto de ilustrar el tema grave que estamos comentando.

 

Estaba caminando por un terragal en Chichicastenango, era un día de feria de modo que incluso las calles alejadas estaban abarrotadas (casi más turistas que locales). En Guatemala cada pueblito tiene sus atuendos particulares. Los más vistosos y atractivos son los huípiles, una especie de poncho de largo variado con coloridos y dibujos trabajados cuidadosamente en telares caseros y que usan las mujeres en combinación con faldas más bien lisas. En el huípil de Chichicastenango predomina el violeta, matizado con verdes fuertes y un negro retinto con algunos bordados de pájaros de la zona. Algunos turistas recalcitrantes los ponen en bastidores y los cuelgan en sus livings iluminados por las consabidas dicroicas.

 

El aire en ese lugar es de una pureza que acaricia los pulmones, probablemente debido a la altura y, en esa época del año, el cielo está casi siempre azul sin nubes a la vista. La temperatura acoge a los transeúntes con la más amable de las hospitalidades. En realidad estaba yo en busca de un San Juan Bautista tallado en un palo de procesión. Pero no logré mi cometido, puesto que ni siquiera llegué a la plaza principal donde se desplegaban las largas mesas con los cachivaches de la feria (mucho más adelante mi María me consiguió lo que ese día andaba buscando).

 

Confieso que el turismo más bien me disgusta y que los tumultos me trasmiten una mezcla de desconcierto y de temor irrefrenable. En cualquier caso, me llamó la atención la cara de un hombre mayor que estaba conversando con un chiquito en una de las maltrechas veredas del lugar por donde se filtraba pasto y algún arbusto que tozudamente se abría paso empujando piedras y otros materiales de construcción evidentemente colocados sin escuadra y, aparentemente, sin mucho esmero. No soy muy afecto a la conversación con extraños (incluso en mis viajes en avión si me toca de vecino un entusiasta de lo cotorril, de inmediato alego problemas en las cuerdas vocales), pero en este caso no sé si por la mirada tierna de esta persona o por la gracia que me hizo el chico, el hecho es que me detuve frente a la solicitud del anciano para que lo atendiera. Hablaba un español por momentos atravesado con su dialecto maya (Chomsky dice que la diferencia entre un dialecto y una lengua estriba en que esta última es impuesta por las armas).

 

No soy bueno para calcular edades pero tendría poco más de ochenta primaveras sobre los hombros. Pude constatar un cuadro de situación que no es nuevo pero al recibirlo de primera mano se torna más patético. Más dramático resultaba el cuento cuando uno miraba los profundos y significativos surcos cincelados por una vida ruda en el rostro de este indito anciano y anfitrión de la jornada.

 

Según parece este personaje, en sus épocas mozas, trabajaba mediodía en casa de un conocido empresario en la ciudad. Por ese entonces no vivía en Chichicastenango sino a unos diez kilómetros al sur de Guatemala. Tenía otros compinches que hacían diariamente el mismo recorrido. Todos en bicicleta. Entre algunos pobladores estaba muy generalizado este medio de locomoción. Si mal no recuerdo, las bicicletas costaban poco menos de ciento veinte quetzales hasta que se produjo el desastre para esta gente laboriosa y cumplidora: los rodados de ese tipo subieron a bastante más del doble del precio. Al principio las reposiciones se fueron estirando con arreglos en general precarios, pero finalmente la situación se hizo insostenible especialmente para las nuevas generaciones que debían trabajar y no les resultaba posible mudarse a la ciudad. Aquel instrumento de trabajo se tornaba inaccesible. Antes de la abrupta suba, las bicicletas eran en su mayoría importadas de Taiwan. Ahora una de las cámaras locales de empresarios convenció al gobierno que prohibiera la importación a los efectos de permitir que los guatemaltecos abastecieran sus propios requerimientos y así “promover la industria nacional y el pleno empleo”.

 

Además se recurrió al anzuelo envenenado al argüir que de ese modo el país podría contribuir a su independencia y, pasado un tiempo, después de acumular experiencia, la industria local podría mostrar su competitividad y consolidar beneficios para todos.

 

¿Cuáles beneficios? Si antes compraban un artículo más barato y de calidad superior evidentemente estarán peor. Si había empresarios que consideraban que podían mejorar la marca, nada les impedía poner manos a la obra y si la evaluación de ese proyecto mostraba que habría pérdidas en los primeros períodos que serían más que compensadas en los siguientes, debieron darse cuenta que nada justifica que los referidos quebrantos sean trasladados, a través de aranceles, sobre las espaldas de los consumidores ajenos al negocio. Lo que sucede es que resulta más cómodo que buscar socios para financiar el emprendimiento y más provechoso contar con un mercado cautivo que facilita las más ambiciosas aventuras, ya que si se toma como parámetro la rentabilidad frecuentemente resulta en un cuento chino (con perdón de los chinos).

 

Ocurre que para esos fantoches como los de nuestra historia -acotada para esta nota periodística- resulta más atractivo explotar a los demás que servirlos en competencia. Esta acrobacia verbal de la que hacen alarde estos pseudoempresarios está en alguna medida sustentada por algunos ingenuos capaces de tragarse cualquier sapo y por quienes despliegan ideas que con desfachatez llaman “proteccionistas”.

 

Aquel tipo de empresarios requiere de estos apoyos, puesto que sería insostenible la argumentación basada en que necesitan mejores mansiones, automóviles más confortables y adornar con joyas a sus mujeres o amantes. El apoyo logístico es indispensable. Los intereses creados tienen que escudarse en presentaciones de apariencia filosófica para poder prosperar. Sin duda que allí donde se ofrecen privilegios habrá largas filas para solicitarlos. De lo que se trata es de producir cambios institucionales de características tales que imposibiliten o por lo menos obstaculicen en grado sumo la dádiva. Para ser ecuánimes debemos cargar más las tintas en el clima de ideas que hace posible el mercado cautivo que en la voracidad empresarial que sólo responde a los accionistas quienes no demandan filosofía sino retorno sobre la inversión, en este caso mal habido.

 

Esta parte del relato que estampo en el mencionado libro muestra apenas un rincón de los avatares de los bandidos que se refugian en la figura del empresario que nada tiene que ver con el significado del empresario en una sociedad libre donde cada uno debe esforzarse por atender a su prójimo y si da en la tecla obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos, siempre sin privilegio alguno. Es obligación moral de todos desenmascarar aquellos filibusteros que arruinan nuestras vidas aunque el costo resulte alto porque como ha dicho José Martí con volcánica temperatura moral: “mas vale un minuto de pie que una vida de rodillas”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

La Argentina puede volver a ser un país rico

Por Iván Carrino. Publicado el 8/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1896355-la-argentina-puede-volver-a-ser-un-pais-rico

 

La pregunta que todos se hacen en la Argentina es si, en algún momento, las medidas económicas que se están tomando nos permitirán volver a crecer. Según el FMI, el producto caerá 1% este año, a lo que se agrega una inflación que se acercará al 35 por ciento. La estanflación no debería sorprendernos. Después de todo, la venimos arrastrando hace ya 5 años. Además, siempre que se intentó salir de esquemas populistas el resultado fue el mismo: salto en los precios, caída del PBI y reducción del salario real.

Me permito ser optimista. La Argentina no sólo podría volver a crecer hacia el final de este año, con una caída de la inflación, sino que puede volver a ser un país próspero, tal como lo fue a principios de siglo. Para que esto suceda, deben cumplirse dos condiciones.

La primera es superar la pesada herencia que dejó el kirchnerismo. Las bombas económicas fueron el control de cambios, la inflación reprimida, el déficit fiscal récord y el desacato en la justicia norteamericana por el caso de los holdouts. Si el nuevo gobierno logra cierto orden y previsibilidad en este nivel, será mucho lo que hayamos ganado.

La segunda condición es que tiene que modificarse radicalmente el ecosistema emprendedor. Las personas podemos ser verdaderas creadoras de riqueza. Cuando emprendemos una actividad productiva, creamos algo innovador, o sencillamente ofrecemos un servicio que satisface las necesidades de nuestros conciudadanos, estamos agregándole valor a la sociedad. Los empresarios son la semilla del progreso en cualquier país. En el nuestro, emprender se convirtió en una tarea casi imposible.

Los argentinos pagamos 96 impuestos diferentes, la presión fiscal es similar a la de Gran Bretaña y cada ciudadano en edad de trabajar debe gastar $ 69.900 al año para sostener al Estado. Además, la burocracia y las regulaciones están a la orden del día. Constituir una empresa legalmente toma 25 días, 14 procedimientos burocráticos y cuesta el 9,7% del PBI per cápita. En Nueva Zelanda, el trámite lleva medio día, un procedimiento burocrático y cuesta el 0,3% del ingreso per cápita. No extraña que ocupemos el puesto 121 del Índice Haciendo Negocios, del Banco Mundial, mientras ellos ocupan el segundo. Y sus ingresos cuadruplican los nuestros.

El Gobierno hoy busca lidiar con las bombas heredadas. Es decir, se está enfocando en la primera condición.

De cara al futuro, debería poner especial énfasis en la segunda. Si comprende que la semilla del progreso descansa en la creatividad y la iniciativa de los privados, y que su rol principal es sacarles el pie de encima reduciendo impuestos y removiendo trabas, estaremos transitando por la buena senda. La Argentina no sólo se transformará en un país mucho más libre, sino que volverá a formar parte del club que nunca debió deja. El de los países más ricos del planeta.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

UN TRABAJO NOTABLE DE EMIL LUDWIG

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es sabido, el gran Emil Ludwig se exilió del régimen nazi y primero se nacionalizó suizo y luego viajó a Estados Unidos donde escribió la mayor parte de sus numerosas obras. Entre muchos otros trabajos, es autor de las célebres (y voluminosas)  biografías de Beethoven y de Goethe. En esta oportunidad aludo a su libro titulado El Mediterráneo, mar en torno del cual el autor relata la historia de pueblos que han resultado clave para la civilización (“el Mediterráneo ha sido el centro de la historia cultural” escribe Ludwig en el Prefacio).

 

Es uno de los libros de historia más profundos que he abordado hasta el presente, fruto de una magnífica pluma (y un extraordinario traductor: Federico López Cruz)) con la mira puesta en las ocurrencias de lo privado y no circunscripto a los menesteres de los gobernantes. Su ejemplo favorito de civilización son los fenicios quienes no buscaban conquistas militares sino las ventajas del libre comercio y la consiguiente expansión de la riqueza recíproca y el conocimiento que brinda el contacto con otras poblaciones, los modales que enseñan las relaciones mercantiles como el cumplimiento de la palabra empeñada y la cortesía junto al abandono de los siempre destructivos sentimientos nacionalistas y con un adecuado sistema de pesas y medidas en el contexto de un lenguaje propicio para la comunicación eficaz (ellos fueron los fundadores de los puertos-ciudades más descollantes de la época como Cartago, Cádiz y Trípoli). Es en realidad llamativo y resultado de las ideas socialistas que muchas veces se recurre a la expresión “fenicio” para hacer referencia peyorativa al espíritu empresarial (de la misma manera que se usa con ironía la expresión “burgués” para aludir a una persona sin iniciativas, cuando en verdad los burgos eran los pueblos liberados del sistema feudal en donde los valores supremos eran los de la propiedad privada, la familia y el fomento a la creatividad).

 

En esta ocasión, en lugar de glosar la obra, he optado por limitarme a citar algunos pocos pasajes del libro al efecto de trasmitirle al lector una idea más directa del trabajo aunque naturalmente no pueden transcribirse párrafos largos y razonamientos y explicaciones extensas y solo mostrar apenas  retazos muy salteados y fragmentarios, no solo por el tema de los derechos de autor sino porque esta nota periodística se convertiría en algo tedioso y contradeciría el objeto de interesar al lector en que explore la obra completa. Dejo mis comentarios para el final (especialmente la aplicación de la utilidad marginal a la financiación de procesos educativos oficiales).

 

  • “Bajo la superficie de este libro se observará una filosofía política definida. Está escrito desde el punto de vista de un individualista que siempre ha creído en el predominio de la inteligencia sobre la fuerza”.

 

  • “Las obras de la mente y del arte sobreviven a sus creadores; pero las acciones de los reyes y estadistas, papas, presidentes y generales cuyos nombres llenan algunos períodos de la historia, perecen con sus autores o poco después de ellos”.

 

  • “Cualquiera que viva a la orilla del mar, cuya mirada se vuelva constantemente hacia la inconmensurable distancia, captará mucho más profundamente las grandes emociones porque no tiene la costumbre de desviar los ojos hacia pequeñeces”.

 

  • “La historia de Atenas demostró que una nación puede entender y cultivar al mismo tiempo la riqueza y el intelecto, el comercio y la belleza. La voluntad pura de poder es lo que, a la larga, convierte en bárbaro a un pueblo”.

 

  • “Una consecuencia fatal de sojuzgar a los vecinos es que esa determinación tenía que aumentar forzosamente el poder del estado sobre el individuo”.

 

  • “Esparta presenta un modelo perfecto de los ideales que predican y para los cuales viven los estados totalitarios. En efecto, era una nación en armas, en la cual la única educación era la guerra; se desdeñaba la inteligencia; se dictaban disposiciones estableciendo cuando debía casarse un ciudadano y cuando el estado debía sustraerlo de su familia; se restringía todo movimiento y existía un estado autárquico”.

 

  • “Y así la libertad, la belleza y los goces de la vida desaparecieron en el estado militar mediterráneo de Esparta, en el cual, andando el tiempo, no quedó nada. En el estado marítimo de Atenas, por el contrario, todo deriva de la libertad, inmortalizando el concepto de Grecia. El hecho de que un día Esparta fuera victoriosa [en las guerras del Peloponeso que duraron veintisiete años], sólo produjo un muy breve interludio en la imperecedera gloria de Atenas”.

 

  • “El sentido romano del estado, construido sobre la base de la libertad y el orden se convirtió en el verdadero cimiento de un creciente imperio mundial”.

 

  • “Diocleciano fue el primer socialista de estado y, puesto que era hijo de esclavo y también dictador nos recuerda doblemente a varios de sus colegas de nuestros días: como éstos, privó a sus súbditos de libertad, a cambio de una especie de garantía de alimentos y albergue a cargo del estado […] La primera lista de precios máximos de la historia, de la cual poseemos fragmentos, regulaba salarios y precios de los artículos, desde el oro y la púrpura hasta los huevos de gallina”.

 

  • “De las tres religiones [monoteístas] la islámica fue la más tolerante”, lo cual naturalmente no quita que hayan islámicos que faltan el respeto a creencias diferentes a la suya, igual que en otras denominaciones, por ejemplo, la cristiana en épocas de la Inquisición y las “guerras santas”, pero no son por la religión sino debido al espíritu criminal de la persona que comete el crimen.

 

En resumen, Ludwig pasa revista a los sucesos más relevantes de la historia antigua haciendo gala de una nutrida documentación y con observaciones de gran calado que son del todo aplicables a nuestros días. Describe una y otra vez como “el cerebro de un solo sabio o poeta puede producir el derrumbe de una época y el encumbramiento de otra, pero ningún conquistador ha podido hacerlo” por eso es que los derrumbes tipo el romano (y todos los demás) no fueron ni son el resultado de “invasiones bárbaras” sino consecuencia del deterioro y la descomposición moral interna fruto de la decadencia de valores sobreponiendo otras ideas a contracorriente de las republicanas, puesto que “la opresión embota a los individuos”.

 

Es de desear que se reflexione sobre aspectos del pasado en base a consideraciones como las que proporciona Ludwig en el tratado que hemos comentado a vuelapluma, al efecto de evitar lo dicho por Cicerón en cuanto a que estamos condenados a repetir problemas si no decantamos con esmerada atención lo ocurrido a través de la historia. Tropezar con la misma piedra no parece una manifestación de inteligencia. Y, sin embargo, es lo que sucede una y otra vez como si el ser humano fuera incapaz de mirar por el espejo retrovisor al efecto de continuar el rumbo sin recaer en viejos errores.

 

En este sentido, es del caso recordar la reiterada sentencia de los Padres Fundadores en Estados Unidos en cuanto a que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”. Nada puede darse por sentado, si queremos ser respetados debemos contribuir diariamente a que se entiendan los fundamentos de una sociedad abierta. Tal como escribía Alexis de Tocqueville, “es frecuente que los países que han disfrutado de progreso moral y material lo den por sentado, este es el momento fatal” porque ocupan espacios tradiciones de pensamiento autoritarias que desplazan al espíritu liberal con lo que se arremete contra las autonomías individuales y los consiguientes derechos.

 

Dado que en este contexto lo más importante es la educación a los efectos de fortalecer los valores y principios a que alude Emil Ludwig, debemos evitar la repetición de la falacia grotesca de la “educación gratuita” puesto que nada es gratis, siempre alguien paga y, en este caso, la educación estatal siempre la pagan principalmente los más pobres. Esto es así debido a que las cargas fiscales que pagan los relativamente más ricos recaen sobre los más pobres ya que la retracción en las inversiones repercute directamente sobre sus salarios. Si aplicamos el concepto de la utilidad marginal comprenderemos que -aunque en estos terrenos no hay posibilidad de referencia a números cardinales ni comparaciones intersubjetivas- en general un peso para un pobre no es lo mismo que un peso para un rico por lo que concluimos que el sacrificio de la referida educación estatal recae mayormente sobre los pobres que la deben financiar compulsivamente aunque no la usen, lo cual implica que se hacen cargo de los estudios de los más pudientes.

 

Por otra parte y por último, tengamos presente que Ludwig escribe “estado” con minúscula por respeto al individuo puesto que el aparato gubernamental está subordinado a quienes representa para proteger sus vidas, libertades y propiedades y no para conculcar, atropellar y aplastar esos derechos. En todo caso habría que escribir “Individuo” con mayúscula. Como ha consignado Collingwood, el célebre historiador de Oxford, toda la historia es la historia del pensamiento y el pensamiento lleva implícita la libertad. Por eso aquello de Benedetto Croce de “la historia como hazaña de libertad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.