Los problemas del sector externo argentino:

Por Guillermo Luis Covernton. Publicado el 7/8/19 en: https://issuu.com/desafioexportar/docs/desafio_exportar_n__169/8

Urge retornar a una genuina libertad cambiaria, para promover la estabilidad y previsibilidad del sector externo.

 

El problema al que vamos a aludir no es reciente. Y se puede afirmar que ha impactado en las decisiones macroeconómicas argentinas desde hacen décadas. El principal motivo por el que hoy cobra actualidad y se viraliza el debate, radica en que, mal que les pese a muchos, el gobierno actual se mueve mucho más ceñido a las instituciones, respetando en mayor medida que muchos de los anteriores, el estado de derecho, la libertad de comercio y los derechos individuales que ampara nuestra constitución. Entre los que, la libertad de comprar y vender divisas en un mercado abierto, no es una anécdota, sino la base de la estabilidad del sector.

Por estas razones, el equilibrio del sector externo es una condición ineludible para la estabilidad del tipo de cambio. El equilibrio fiscal es otra variable insoslayable si se pretende eliminar la inflación y darle previsibilidad al comercio exterior.

Arrastramos décadas de inestabilidad cambiaria. Un precio de la divisa que se dispara al alza y que periódicamente es planchado por el gobierno, con intervenciones en el mercado, financiadas con deuda externa, no permite proyectar ni hacer rentable importaciones y exportaciones. El programa de financiamiento implementado con el FMI implicaba que el gobierno, al igual que se le exige a todos los países que este organismo financia, debe renunciar a la manipulación del tipo de cambio. Pero esta política ha recibido un “impasse”, frente a lo que el Fondo considera “urgencias electorales”[i]. Por lo cual, hoy tenemos un tipo de cambio atrasado, que seguirá esa tendencia, al menos, hasta asegurar la continuidad de este gobierno, tras las elecciones. Que es lo que esperan los mercados mundiales.

Eso ocasiona una situación de indefinición, potencial volatilidad futura y riesgo cambiario. Que debe eliminarse de raíz, implementando un tipo de cambio libre, sin intervenciones ni eufemismos y dejando operar el mercado de futuros de divisas, sin operaciones bajistas, por parte del BCRA que, en cualquier otro mercado mundial de referencia, se sancionan como “abuso de posición dominante”[ii]. El Banco Central no debe interferir en el proceso de formación de precios del tipo de cambio a futuro. De esa forma, el precio de la divisa permite asignar recursos, planificar el comercio exterior, asignar inversiones, analizar proyectos y calcular tasas de repago y el valor de cada proyecto con criterios profesionales.

Por supuesto, para lograr esta meta, se debe erradicar de raíz la inflación, ya que si esto no es así, las pautas cambiarias operan como una profecía auto cumplida, proyectando la inflación esperada.

Esto nos lleva a la segunda parte de este análisis. El del tipo de cambio de equilibrio a largo plazo. Y aquí es cuando las intenciones de exportar, siempre sobrevaloradas desde la esfera oficial, empiezan a sufrir una discriminación y un ataque sin tregua, cuando se materializan, luego de mucho sacrificio e inversión. Porque un país que incrementa sus exportaciones a paso firme, al originar un ingreso de divisas creciente, da lugar a una caída del tipo de cambio de equilibrio a largo plazo, que saca de la zona de confort a todas las demás industrias y actividades comerciales. Porque, al abaratarse la divisa, se encarecen los precios de los insumos no transables que se contratan en el mercado local. Lo cual quita competitividad, no solo a los demás exportadores, sino, asimismo, a quienes proveen el mercado interno, que se ven, por esa razón, acorralados por la competencia de bienes extranjeros, ahora a precios competitivos, que, en libertad de comercio, van a ejercer una competencia feroz. La solución, por supuesto, no es cerrar las importaciones, no solo porque eso haría caer el salario real, al encarecer los productos, sino que ese tipo de medidas, al disminuir la demanda de divisas para importar, termina generando el resultado inverso al buscado. Porque cuanto más se impide la competencia, más rubros se hacen competitivos.

Es de esperar que, pasadas las contiendas electorales, el gobierno retorne la senda de transparencia que el comercio internacional necesita. Promoviéndose así un ambiente de previsibilidad macroeconómica que permita radicar las inversiones imprescindibles para un crecimiento sostenido.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, y Emprendimiento de Negocios en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Ha sido profesor de Microeconomía, y Economía Política en la misma universidad. Fue Profesor Titular de Proceso Económico en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, (UFM). Fue secretario de Confederaciones Rurales Argentinas, corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Fue director académico de la Fundación Bases. Es empresario y consultor.  Preside la asociación de Ex alumnos de ESEADE.

 

[i] https://www.efe.com/efe/usa/economia/fmi-respalda-medidas-tomadas-por-banco-central-argentino-en-mercado-cambiario/50000106-3963997

[ii] https://www.cronista.com/finanzasmercados/El-dolar-salta-40-centavos-pese-a-intervenciones-del-BCRA-en-el-mercado-20190729-0016.html

La cláusula gatillo no genera inflación, pero puede destruir empleo

Por Iván Carrino. Publicado el 24/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/la-clausula-gatillo-no-genera-inflacion-pero-puede-destruir-empleo/

 

En la discusión salarial argentina, ni el gobierno ni los sindicatos dan en el clavo.

Arranca un nuevo año en Argentina y el debate que ocupa los principales medios de comunicación es el salarial.

Obviamente, la madre de todas las batallas es la pugna que tiene la Provincia de Buenos Aires con los gremios docentes, lo que deriva siempre, casi sin excepción, en una demora de varios días en el comienzo del dictado de clases.

Ahora bien, el tema que está siendo más intensamente conversado en este último tiempo es el de la llamada “cláusula gatillo”. Es decir, una cláusula en el acuerdo salarial que indexe los salarios a la inflación esperada por el gobierno pero que, en caso que ésta no se cumpla, active un alza aún mayor.

Así, un acuerdo salarial con cláusula gatillo se firmaría con un aumento anual del 15% (la meta de inflación del Banco Central para este año), pero si la inflación terminara siendo del 18%, entonces se pagaría un plus por la diferencia.

De haber cláusula gatillo, los salarios de la economía argentina seguirían perfectamente a la inflación.

Para los líderes sindicales y dirigentes de otras fuerzas políticas, esta es la mejor forma de “defender el poder de compra de los trabajadores”. El gobierno, sin embargo, dejó ver que sin esta cláusula especial, el proceso de desinflación sería “más fácil”.

Gobierno y sindicatos están de acuerdo

Algo curioso de este aparente enfrentamiento entre quienes quieren que haya cláusula gatillo y quienes no, es que, en el fondo, ambos  están de acuerdo.

¿Por qué? Porque lo que desean ambos bandos es que los salarios de la economía argentina se ajusten a la evolución del Índice de Precios al Consumidor.

La diferencia, entonces, estriba en que el gobierno dice que la inflación va a ser 15% y los sindicalistas sostienen que ésta va a ser superior.

En este marco de proyecciones dispares, la cláusula gatillo parece una buena forma de resolver la cuestión. Si la inflación es 15% o menos, la cláusula no se activa; si es más de 15%, los salarios no pierden contra la inflación.

Todo muy lindo, pero…

Los salarios no generan inflación

Una de las formas en que se interpretó lo que dijo el gobierno fue que indexar salarios generaba (o perpetuaba la) inflación.

De acuerdo con un comunicado de los economistas del “Frente Renovador”, como el gobierno ya no sabe qué hacer para controlar la escalada de precios, “la idea es intentar con la vieja receta de retrasar los sueldos”.

El trasfondo de esta teoría sería así: si los sueldos suben menos que la inflación, los trabajadores tienen menos poder de compra y, por tanto, demandan menos. Dado que hay menos demanda, los precios dejan de subir a tasas tan aceleradas. Controlar salarios, entonces, baja la inflación.

Pero el argumento es por lo menos inconsistente: es que si los salarios fueran la causa de la inflación, no habría nunca una ganancia o pérdida en términos reales. Si salarios suben 10%, lo mismo hará la inflación. Si caen 1%, habrá 1% de deflación.

Sin embargo, es perfectamente posible que existan aumentos (o descensos) salariales, sin que esto impulse al alza (o a la baja) el IPC.

Por ejemplo, en una economía con perfecta estabilidad, si el día de mañana todos los salarios aumentan 10%, no hay motivos para que aumente la inflación.

Sin un incremento en la cantidad de dinero, el mayor consumo de los trabajadores habrá sido consecuencia de su mayor productividad (mayor cantidad de bienes), o consecuencia de un menor consumo por parte de los empresarios que decidieron aumentar la compensación de sus empleados.

En cualquiera de los dos casos, no hay mayor inflación.

Es que, como decía Milton Friedman, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario y si bien “los sindicatos producen múltiples daños a la economía… uno de los crímenes por los que son totalmente inocentes es el de provocar inflación”.

… pero destruyen empleo

Ahora bien, aun cuando es cierto que los sindicatos que piden cláusula gatillo no generan inflación, también es cierto que no están exentos de generar otros efectos indeseados.

Es que incluso cuando la inflación terminara siendo del 15% anual y la cláusula gatillo no se activara, la indexación salarial, combinada con un mercado laboral rígido como el argentino, es candidata a generar desempleo.

He aquí el verdadero problema. Es que en nuestro país los sindicatos acuerdan ajustes salariales por “rama de actividad”. Así, si una megaempresa automotriz firma un acuerdo con el sindicato de mecánicos por un aumento salarial igual a lo que varía el IPC, éste mismo acuerdo rige también para un taller PYME que podría perfectamente no estar en condiciones de pagar dicho aumento.

Lo mismo pasa en toda la economía. Si los acuerdos salariales cierran todos con ajuste al IPC, habrá empresas que no estén en condición de hacer frente a dichos aumentos en sus costos. Si éste es el caso, entonces les quedarán tres alternativas:

—> bien despiden personal,

—> o bien cierran el negocio,

—> o bien se vuelcan a la economía informal.

Las primeras dos alternativas son infinitamente peores para los trabajadores que un acuerdo donde pierdan poder de compra frente a la inflación. Es que, en dichos casos, el salario cae un 100%, porque el trabajador se queda sin empleo.

En la tercera alternativa, si bien se pierde poder de compra, al menos se preservan las fuentes de trabajo.

Pasando en limpio, ni la cláusula gatillo ni la indexación salarial tradicional generan o perpetúan la inflación. Los precios suben como reflejo de la caída del poder de compra del dinero, cuyo responsable es únicamente el gobierno a través del Banco Central.

Sin embargo, la indexación sí puede generar desempleo, porque hay empresas que sencillamente no están en condiciones de pagar esos aumentos.

La solución a este tema no es eliminar la cláusula gatillo. Ni siquiera lo es bajar la inflación. La verdadera solución es tener un mercado de trabajo mucho más flexible, donde los salarios se fijen libremente entre empresarios y trabajadores, pero atendiendo a cada situación particular.

En pocas palabras, la mejor solución es liberar el mercado laboral.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Argentina: ¿Es la divergencia entre los tipos de interés doméstico y externo un asunto que el gobierno debiera atender?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 8/8/16 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2016/08/argentina-es-la-divergencia-entre-los-tipos-de-inter%C3%A9s-dom%C3%A9stico-y-externo-un-asunto-que-el-gobierno.html

 

La relación entre las variaciones en el tipo de cambio y los movimientos en las tasas nominales de interés ha estado siempre en el centro de discusión sobre la determinación y el comportamiento de las tasas de cambio.

Los diferenciales de tipo de interés resumen la interpretación que realizan los mercados de los fundamentos macroeconómicos, desequilibrios y asimetrías entre países. Cuando se introducen expectativas, surgen ciertas fallas macroeconómicas de coordinación; éstas muestran el juego de conjeturas hacia el futuro y los rendimientos esperados de tipos de interés y, de cambio.

Un ejemplo de tal secuencia de eventos ha podido observarse en la Argentina de fines de los ochenta, cuando las expectativas de devaluación de la moneda local, el austral, generaron persistentes turbulencias acerca del tipo de cambio frente al dólar, las tasas de interés y la inflación esperada.

Con frecuencia, se indica que el tipo de cambio spot (o de contado), en algún período determinado, podría diferir del valor esperado o futuro mediante la incorporación de nueva información y, consecuentemente, se sugiere que en países donde no hay grandes expectativas de que se modifiquen los determinantes del tipo de cambio, dichos tipos de cambio deberían ser innecesariamente volátiles.

Algunos autores, relacionados tradicionalmente con el enfoque de activos, sostienen que existen relaciones opuestas entre las dos variables. La razón básica de esa divergencia radica en cuál se considera que debe ser el nexo causal entre los stocks de dinero internos o externos: la paridad de intereses; la paridad en el poder de compra, PPP (purchasing power parity).

La paridad de tasas de interés se basa en dos supuestos centrales: la movilidad del capital y la sustitución perfecta de los activos nacionales y extranjeros. Si se tiene en cuenta el equilibrio del mercado de divisas, la condición de paridad de tipos de interés implica que el rendimiento esperado de los activos domésticos sea igual al rendimiento esperado de los activos en moneda extranjera ajustado por tipo de cambio.

La paridad del poder adquisitivo es una de las medidas más apropiadas para comparar la producción de bienes y servicios, con ventajas sobre el producto bruto interno nominal per cápita, ya que toma en consideración la variación de precios. Este indicador elimina la ilusión monetaria ligada a la variación de tipos de cambio, tal que la apreciación o depreciación de determinada moneda no cambiará la paridad del poder adquisitivo del país en cuestión, porque los habitantes de ese país reciben sus salarios y realizan transacciones en la moneda local. Situación que manifiesta el tratamiento diferencial que reciben los bienes transables y no transables de la economía.

En la Argentina de hoy, una atildada referencia para explicar los acontecimientos de hecho económicos fue expuesta en los años sesenta por Robert Mundell, un profesor de la Universidad de Columbia, y Marcus Fleming,  investigador del Fondo Monetario Internacional, quienes analizaron el funcionamiento de las políticas fiscal y monetaria en una economía con tipos de cambio flexible y libre movilidad de capitales, dando lugar al reconocido modelo de Mundell-Fleming. Si bien el análisis ha sido refinado en investigaciones posteriores, la fundamentación teorética aún hoy goza de plena vigencia.

Según el Presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, el banco central no interviene en el mercado de divisas, sino que el tipo de cambio debe ajustarse para vaciar el mercado, de modo que la oferta y demanda de moneda extranjera se igualen. Por lo tanto, sin la intervención citada, el balance de pagos debe ser igual a cero. De hecho, cualquier déficit de la cuenta corriente (que incluye bienes y servicios, más transferencias) debe ser financiado con entradas de capital privado, y cualquier superávit con salidas de capital. En consecuencia, los ajustes de tipo de cambio aseguran el equilibrio de las cuentas corriente y de capital. Pero hay una implicancia esencial: solo cuando el tipo de interés doméstico es igual al del resto del mundo, no habrá entradas ni salidas continuas de capital. Una clara señal del desequilibrio de la economía argentina frente al resto del mundo.

La cuenta capital del balance de pagos está influida por la tasa de interés. Tasas de interés altas provocan una entrada neta de capitales y, a contrario sensu, tasas bajas implican una salida neta de capitales. Sin embargo, el flujo de inversiones hacia nuestro país tiene, entre otros, dos destinos primordiales: el circuito financiero y la compra –a precios de remate− de empresas del sector alimenticio. A pesar de la enorme liquidez global, el riesgo propio de nuestro país, Argentina, tiene un nombre específico: ¡el flagelo del déficit fiscal!

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.