Dalrymple y la sanidad pública

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 2/1/20 en: https://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/dalrymple-y-la-sanidad-publica/

 

El admirable médico, psiquiatra y ensayista inglés que escribe bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple es un referente del pensamiento crítico de nuestro tiempo. Ha sido capaz de desafiar dogmas y lugares comunes, y de señalar problemas de fondo de la civilización, que siempre son asuntos éticos, y de poner en solfa la supuesta superioridad moral de nuestro Sentimentalismo tóxico, como se titula el libro que publicó en Alianza Editorial. Su propia experiencia como terapeuta también ha sido materia de reflexión, y acaba de poner el dedo en una llaga que nadie se atreve a tocar: la sanidad pública.

Nigel Lawson, fue ministro de Economía de Margaret Thatcher, dijo en una ocasión que el National Health Service (NHS) es lo más parecido que hay en el Reino Unido a una religión. Y este es el punto de partida de Dalrymple, que constata que, efectivamente, una mayoría de británicos cree firmemente que la sanidad pública es algo que debe ser protegido como un tesoro, y, al mismo tiempo, que cualquier duda acerca de sus virtudes es herejía. “El mito es muy sencillo. Antes de que fuera establecido el NHS en 1948, los pobres ingleses no tenían sanidad. Después, la sanidad fue universal, gratuita y de calidad. Esto constituyó una especie de paraíso igualitario en términos de salud, preferible a cualquier otra cosa que haya en la tierra. El NHS era y sigue siendo la envidia del mundo”.

Los datos, sin embargo, no lo confirman. No se trata de que la sanidad pública sea mala, que no lo es, sino que tampoco es ningún milagro, ni mucho menos gratuito: “Las tasas de supervivencia después de un ataque al corazón son menores en Inglaterra que en los demás países de Europa, y la falta de buenos tratamientos es una de las razones. Lo mismo sucede con las tasas de supervivencia después de un cáncer, que son las más bajas de Europa Occidental”. Para colmo, tampoco la sanidad pública es igualitaria: la diferencia entre la esperanza de vida de los más ricos y los más pobres, que se había mantenido estable durante décadas, empezó a aumentar después de establecido el NHS, y, asimismo, “esa diferencia se amplió cuando el gasto público en sanidad se incrementó considerablemente”.

El doctor recoge el testimonio de organizaciones que defienden la sanidad pública, pero que denuncian su ineficiencia, y se asombra de que un pueblo libre como el inglés no solo la acepte, sino que la aplauda en nombre de la igualdad y la seguridad.

Es verdad que el análisis de Theodore Dalrymple se limita al Reino Unido, pero creo que sus reflexiones podrían ser extendidas con provecho a otros países, incluido el nuestro.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

Cuba hoy: ¿Más de lo mismo o evolución?

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 19/7/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2154467-cuba-hoy-mas-de-lo-mismo-o-evolucion

 

Cuba, más allá de la presencia de su nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, sigue estando efectivamente en poder de los dinosaurios castristas. El Comité Central de su Partido Comunista y su Politburó, de 17 miembros, siguen incluyendo al veterano Raúl Castro, de 87 años, como su primer Secretario General. Y a su compañero de toda la vida, José Ramón Machado Ventura, también de 87 años de edad, como su segundo Secretario General. Díaz-Canel es tan sólo el tercero en el escalafón del poder. La “guardia vieja” comunista histórica cubana continúa entonces con el timón del poder firmemente en sus manos. Entre ellos, siguen encaramados en la cima del poder cubano tanto el llamado “comandante” Ramiro Valdés, de 85 años. Como Guillermo García Frías, otro “comandante” de la primera hora, que hoy tiene 90 años de edad.

Díaz-Canel es sólo más de lo mismo. Un continuador y no un reformista. Un gestor del momento y no un líder distinto. De aspecto duro, tiene mirada de pocos amigos. Con ojos fríos, duros, que no expresan sentimientos y que son hasta amenazadores. Por esto, por el momento al menos no enciende a una juventud que, como la cubana, busca un futuro que no aparece y vive sumergida en un nivel de vida lamentable, con pocas esperanzas ciertas de mejora. Lo cierto es que esa juventud ha vivido en medio del prologado estancamiento cubano y esa es su “normalidad”, la de la postergación.

Con su pelo plateado, Díaz-Canel no porta el uniforme verde oliva, el de la disconformidad. Y el de la soberbia. Tampoco usa saco, normalmente. De profesión ingeniero eléctrico, se mueve con indisimulada comodidad con su “I-pad” y con su “I-phone”, como cualquier funcionario ejecutivo moderno. Habla poco. Y hasta es algo enigmático, por elección.

Suele actuar con un estilo reservado. Como si de pronto no quisiera necesariamente liderar. Se sospecha que nunca visitó los EE.UU. y que conoce al país del norte apenas por dichos y referencias indirectas. Trabajó, en cambio, algún tiempo en la atribulada Nicaragua, que no está ciertamente entre los países que, por avanzados, deslumbran en el mundo moderno. No es, entonces, un hombre “de mundo”, sino uno de escenarios chicos y angostos.

Nacido en 1960, después de la revolución comunista, Díaz-Canel lleva en su mochila una curiosa experiencia militar, desde que estuvo tres años a cargo de los misiles defensivos con los que cuenta Cuba. Su padre fue, recordemos, un temprano y prominente miembro del Partido Comunista cubano.

Desde 1987 está actuando en la política. Siempre en el único andarivel posible cubano: el del Partido Comunista. No hay otro.

Originario de Villa Clara -emplazada en el centro mismo del país, a unas tres horas de La Habana- sus primeros pasos en la política fueron en la provincia de Holguín, en el este de su país. Ha sido vicepresidente del país desde el 2013. Y tiene un hijo músico, que curiosamente reside en la República Argentina. Entre sus éxitos políticos tiene el de haber defendido con éxito a un club gay que en su momento fuera objeto de persecución: “El Mejunje”.

En 2003, con mucha precocidad, Díaz-Canel devino el miembro más joven del Politburó del Partido Comunista de Cuba. Una estrella que estaba entonces en curso de comenzar a nacer, desde la opacidad. No es, ni aspira a ser, fulgurante, pretensión que, por lo demás, en el ambiente político de la isla caribeña evidenciaría una actitud peligrosa.

Se lo tiene por sólido, tenaz, y por serio en su accionar. Por un hombre circunspecto. Es confiable, al menos para los dirigentes cubanos comunistas. Para muchos es -por sobre todo- el delfín y, más aún, el protegido -cercano y dilecto- de Raúl Castro, del que fuera uno de sus allegados guarda-espaldas.

Su prioridad en materia de política exterior es la de privilegiar la relación con la Venezuela bolivariana, la de Nicolás Maduro. La que increíblemente le da de comer a Cuba, por encima de a los venezolanos. Ocurre que Cuba, que alguna vez estuviera literalmente “colgada” de la Unión Soviética, hoy está -en cambio- “colgada” de Venezuela. Es su insólita “mantenida”. Como si ello fuera normal o digno. Lo que conlleva que Cuba comparte el riesgo del repentino “colapso” de Venezuela, que no es menor atento la incapacidad e ineficacia de su liderazgo actual.

Habrá que ver qué es lo que finalmente Díaz-Canel hace con las casi 600.000 pequeñas empresas que nacieron (especialmente el en sector de los servicios turísticos) durante la opaca gestión presidencial de su mentor, Raúl Castro. Si las sofoca o si, en cambio, las promueve, alimenta y aumenta. Cuba está económicamente empantanada, sin crecer. Paralizada. Y Díaz-Canel no luce como un reformador audaz sino, más bien, todo lo contrario.

Ocurre que Cuba está repleta de ineficiencia, inundada por la corrupción y que la productividad de su economía es pésima. Hasta la producción tradicional cubana, la del azúcar, parece haber colapsado por los constantes errores de gestión y los malos manejos. La pobreza y las desigualdades son cada vez más evidentes. Dos sectores claves, el de la educación y el de la salud están también en una suerte de caída libre. Y la población -en promedio- ha envejecido mucho.

La masa universitaria, por su parte, está disminuida y las Universidades hoy prácticamente vegetan. Casi sin ideas, ni recursos.

El sector estatal sigue siendo enorme y muy poco se ha hecho por reducirlo, de modo que sigue drenando recursos a una economía obsoleta y sin diversificar, atada a una receta del pasado que poco tiene que ver con el mundo actual, ni con el del futuro.

La inversión extranjera sigue siendo mínima, desde que nadie parece confiar demasiado en el futuro de una Cuba frustrada como experiencia dispar. Se habla de la necesidad de atraer un flujo de capitales externos del orden de los 2.000 millones de dólares anuales, que simplemente no existe. Ese es, apenas, el valor de las cuatro de las canchas de golf que el gobierno cubano está tratando de construir para, con ellas, defender un tímido flujo turístico, hoy en disminución. En lo que va del año, ese flujo cayó casi un 7%.

Díaz-Canel es, entonces, esencialmente parte del pasado, pese a que pertenece presuntamente a una “nueva” generación de políticos cubanos que, en rigor, es sólo “más de lo mismo”. Es un continuista y no un revolucionario. Dice “defender la revolución”, lo que supone, en los hechos, aferrarse al fracaso. Podría, de pronto, permanecer en el poder por dos mandatos seguidos. O sea hasta el 2021. Y frustrar desgraciadamente la necesidad de cambio que tiene Cuba, para poder modernizarse.

La dictadura cubana ha estado en el poder desde 1959. Fidel Castro, que falleciera a los 90 años de edad, es historia. Pero su familia es aún muy poderosa en la isla. Se dice que Alejandro Castro Espín, el único hijo varón de Raúl Castro, es hoy una de las personas más influyentes y poderosas, como parte de una oligarquía política que no ha abandonado, sino retenido, el timón del poder económico en Cuba.

Por el momento, el presidente norteamericano Donald Trump no ha embestido contra Cuba. Pero no la ayudará, obviamente. A lo que cabe agregar que Trump no deja de señalar que seguirá “ocupándose” de ella. Mensaje elíptico que ciertamente no es de simpatía, ni de apoyo.

A estar por lo ya adelantado por el diario “Granma”, Cuba va camino a establecer una nueva Constitución. Ella, que deberá aprobarse por un referendo, instituirá la figura del Presidente de la República, con un mandato máximo de dos períodos consecutivos de cinco años cada uno; esto es una presencia presidencial total máxima de no más de diez años consecutivos. El presidente, no obstante, no será elegido directamente por el pueblo, sino indirectamente por los miembros de la Asamblea Nacional. Todo un cambio, particularmente si no nos olvidamos que Fidel Castro estuvo en el poder durante casi cinco décadas. Desde 1959 hasta el 2008. Una frustrante eternidad.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

¿Qué retraso cambiario?

Por Aldo Abram: Publicado el 9/9/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/09/09/que-retraso-cambiario/

 

Algunos industriales han planteado sus quejas sobre un supuesto retraso cambiario. Pero habría que entender a qué se refieren, ya que suele ser a que el tipo de cambio no es lo suficientemente alto como para compensar la ineficiencia de su empresa. En realidad, podemos definirlo en términos sencillos como que el poder de compra de un dólar en el mercado local es percibido como bajo. Esto no es raro. De hecho, desde el 17 de diciembre de 2015, cuando salimos del cepo y el tipo de cambio se ubicó en $14, el valor de la moneda estadounidense a nivel internacional cayó alrededor de 20%. O sea, debería comprar menos acá y en todo el mundo.

Por otro lado, en la medida que todavía siguen existiendo gran cantidad de restricciones a la importación que disminuyen la demanda argentina de divisas, tampoco es extraño que su poder adquisitivo local baje. Si se quiere que suba, hay que abrir la economía mucho más para aumentar la demanda de divisas; pero las presiones son para cerrarla. Lo cual sin duda es contradictorio y, por ende, absurdo.

Si alguien logra que protejan a su sector, éste puede sobrevivir a un tipo de cambio real demasiado bajo para su competitividad. Sin embargo, hunde aún más el valor local de las monedas extranjeras; por ende, a los sectores exportadores y a otros que compiten con importables que no fueron protegidos. Para generar un dólar de producción ineficiente (no puede competir con las importaciones), se desalienta la producción de los exportadores, que son eficientes. Si en nuestro trabajo priorizamos hacer aquello en lo que somos más improductivos, difícilmente logremos progresar. Como país pasa lo mismo, fomentar producción ineficiente desincentivando la de los eficientes termina disminuyendo el bienestar del conjunto de la comunidad. Lo malo es que hay economistas que piensan que pueden hacer magia y terminan empeorando las cosas.

Si cerramos la economía, permitimos que los productores locales puedan vendernos productos caros y peores; ya que no tienen que competir con los bienes que se ofrecen en el exterior. De esta manera, en la Argentina, todos esos productos serán caros respecto a lo que valen afuera y eso no tiene nada que ver con el tipo de cambio. En vez de poner a los empresarios al servicio de los consumidores, el proteccionismo pone a la gente al servicio de engrosar las ganancias de empresarios ineficientes. Otro absurdo.

No cabe duda que otro factor que hace caro los productos en la Argentina es el mayor costo tributario, laboral, regulatorio y de logística que gestaron nuestros gobiernos; lo que afecta también a los productos importados. La producción nacional de autos es un ejemplo que, más allá de ser una industria que en su mayor parte es viable con grandes restricciones a la importación, sufre una presión tributaria elevadísima. O sea, los vehículos son carísimos en el país por ambos factores, protección e imposición. Pretender resolver las comentadas causas del alto “costo argentino” con una devaluación es un placebo coyuntural, que baja los costos internos momentáneamente, y luego deja una resaca peor que la de antes.

Un caso clarísimo de encarecimiento por prebendas sectoriales es el del precio mínimo del crudo y el alto valor fijado para el gas, para favorecer la producción local. Menos energía importamos, menos dólares se demandan y, por ende, menos conviene producir divisas (exportar) o sustituir otras importaciones. Además, se elevan los costos internos de producción de las demás actividades, por lo caro del flete o de los insumos derivados del petróleo, haciéndolas menos competitivas y bajando su producción. También, se le quita demanda a otros sectores de la economía; ya que todos tienen que ajustarse el cinturón para pagar más al llenar el tanque. Conclusión, con la excusa de salvar unos miles de empleos se termina ahogando otras actividades y dejando a otras decenas de miles sin trabajo.

Sumemos otro ejemplo de cómo encarecer la Argentina,  la propuesta de obligar a los supermercados a dedicar un porcentaje de las góndolas a productos regionales, como hacen en Ecuador (¿un país a imitar por su progreso y desarrollo?). Si es para bajar los precios, es una medida absurda. Si esos bienes no están en la góndola, es precisamente porque es caro ponerlos allí. Por lo tanto, no hay forma que el aumento de los costos de comercialización de la cadena termine bajando los precios. Si el fin es que se promuevan las producciones regionales, es distinto. Ese instrumento puede servir para ello; pero aumentará el costo de intermediación y, por ende, los argentinos deberíamos asumir que pagaremos más caro lo que se vende en los supermercados. Este es el tipo de “mágicas” medidas arbitrarias que abundan actualmente y que si queremos desarrollarnos, debemos desmantelar, no incrementar.

Por último, el día que alguien investigue la cantidad de regulaciones innecesarias, tasas municipales absurdas e impuestos provinciales y nacionales astronómicos que cargan sobre todo el aparato logístico y de comercialización de la Argentina, entenderemos por qué pagamos lo que pagamos los argentinos en las góndolas. Hasta que no exijamos que se desmantele esta maraña de prebendas, de excesos de regulaciones absurdas y se busque un estado eficiente que podamos pagar, nos tendremos que conformar con ingresos de bajo poder adquisitivo.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .