Soberanía, pueblo e impuestos

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/10/soberania-pueblo-e-impuestos.html

Difícilmente exista un ser humano que domine todos (absolutamente todos) los aspectos de una misma materia (por lo menos nosotros no conocemos ninguno), ya que cualquier materia es objeto de diferentes enfoques, según quien la estudie y la divulgue. Somos partidarios de la convicción de que el conocimiento nunca está acabado, sino que es un proceso continuamente evolutivo, sin fin, caso contrario seguiríamos creyendo que la Tierra es plana como antigua y popularmente se creía, y desconoceríamos la ley y gravedad como sucedía antes de que Newton la descubriera. Pero decimos notar cierta arrogancia del autor citado[1] cuando dice que las definiciones diferentes a la suyas “pecan …porque son parciales, así como lo es su propio enfoque de la materia”, porque daría la impresión que el sí posee el enfoque totalizador de la materia y no simplemente uno parcial.

“4. Diferencias entre impuestos y tasas. Se suele caer en confusionismo al analizar las raíces de ambas instituciones. Probablemente más de una errónea calificación del impuesto se origina en la confusión que se introduce, si no en la doctrina, en la práctica, al intentar la caracterización del impuesto y de la tasa. Ruzzo nos da la línea separatoria de la que es tan fácil desviarse. “Las diferencias entre impuesto y tasa nacen de este concepto fundamental: en el caso del impuesto, el Estado lo aplica en virtud de soberanía política, y en el caso de la tasa procede como empresario de ciertas actividades que, a menudo, tienen carácter industrial.”[2]

Para analizar esta cita primero debemos enmarcar el concepto de soberanía. Procedamos a hacerlo:

“Soberanía.

Para la Academia, calidad de soberano. | Autoridad suprema del poder público.

En el terreno jurídico, el problema de vieja y tradicional discusión es el de determinar en quién recae la soberanía, solución que depende del punto de vista que se adopte.

Sánchez Viamonte, escribiendo sobre el constitucionalismo, ha explicado con acierto y claridad que, en las repúblicas democráticas, no puede haber más soberanía interna o externa que la popular, por lo que, desde un punto de vista político, la soberanía es la voluntad de la mayoría, si bien la validez de la expresión de la voluntad mayoritaria ha de estar sujeta a su conformidad con el ordenamiento jurídico, precisamente porque la democracia es el Estado de Derecho, sometido a éste en la totalidad de su existencia y manifestación, de modo que la soberanía política quede subordinada a la soberanía jurídica, problema vinculado con los de la vigencia constitucional y de la supremacía de la Constitución. El mismo autor llega a definir la soberanía diciendo que es “la plenitud lograda por la voluntad política del pueblo para determinarse y para manifestarse, de suerte que está comprendida en ella la autolimitación o la sujeción de determinadas normas, establecidas como condición para su validez, y así, las formas jurídicas adquieren la importancia y jerarquía de condiciones impuestas a la soberanía… y de cuyo cumplimiento depende la legitimidad y validez de la voluntad política”.[3].

Siendo esto así, la soberanía política recae en el pueblo y no en el “estado” con lo que la definición de Ruzzo es equivocada. Pero hay más para decir a este respecto. El “pueblo” -como tal- tampoco existe como no existe el “estado”. Se trata de otra entelequia.

“Pueblo.

 En una acepción equivalente a población, ciudad, villa o lugar. | También conjunto de personas que componen un pueblo, provincia o nación. | Gente común y humilde de una población.

Este último sentido va perdiendo su importancia conforme van nivelándose las clases sociales.”[4]

La clave que nos da la definición anterior está en las palabras personas y gente. De donde la soberanía política que se dice reside en el pueblo significa -en último grado- que la unidad mínima de esa soberanía se localiza en cada individuo (persona, gente) que conforma esa etiqueta (pueblo) que es tal simplemente para designar a un conjunto de personas que viven en un determinado lugar, de igual manera que la palabra sociedad (de alcance más amplio) es otra etiqueta para designar a un grupo de personas en el sentido anterior (lugar) o temporal (por ejemplo cuando se habla de la sociedad antigua, contemporánea, etc.).

Entonces, y derivado de todo lo anterior, la soberanía política no es más que la suma de las soberanías individuales, y no puede ser al revés, ni puede ser independiente una de la otra sin caer en contradicción.

La unidad soberana es el individuo. Con lo que nuevamente Ruzzo está doblemente equivocado.

Ahora bien, si la soberanía política no es otra cosa que la suma de las soberanías individuales (personas, gente) no puede ser -al mismo tiempo- solamente la soberanía de la mayoría, con lo que Sánchez Viamonte también está equivocado, aun cuando pretenda subordinar esa soberanía mayoritaria a otra soberanía de orden jurídico.

Olvida el ilustre jurista que el ordenamiento jurídico no es un dato, no es algo “dado”, sino que su origen reside precisamente en la soberanía política, que es la que crea y -eventualmente- modifica ese mismo orden jurídico.

La historia de los numerosísimos derrocamientos, golpes de estado, revoluciones, tiranías y demás dictaduras desconociendo el orden jurídico preexistente a su establecimiento deberían ser prueba suficiente para convencerse que el “orden jurídico” no es un absoluto inamovible, y que no todos, ni en todos los tiempos se ha coincidido en el mismo. Es que hablar del “orden jurídico” en abstracto es irrealista. Lo que importa es estudiar el contenido de eso que se llama “orden jurídico” porque a este rótulo recurrieron todos los dictadores del mundo de todas las épocas para calificar al conjunto de las “leyes” dadas por sus regímenes despóticos. Si es por caso, ni la Alemania nazi, ni la Italia fascista, ni la Rusia comunista carecieron de un régimen legal, y a este régimen legal sus dictadores les llamaron del mismo modo “orden jurídico”.

Pero volviendo al tema, y para no extendernos sobre lo que pareciera una digresión, pero no lo es, porque es fundamental definir términos y aclarar conceptos, por todas estas razones Ruzzo se equivoca y su definición es inaceptable. Menos aun cuando -en función de la misma- autoriza a su entelequia (“estado”) a actuar como empresario.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein M. Ibidem.

[3] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553

[4] Ossorio, ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

FREUD Y EL CRISTIANISMO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 23/2/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/02/freud-y-el-cristianismo.html

 

Nuevos avances sobre Freud, el cristianismo y el liberalismo

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Libertad, derechos y obligaciones

Por Gabriel Boragina Publicado el 16/9/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/09/libertad-derechos-y-obligaciones.html

 

¿Qué es la libertad? ¿Qué se puede decir de la libertad?
Comúnmente se confunde la libertad con la idea de que cada uno haga lo que le venga en gana, (sea bueno o sea malo, este bien o este mal) con su persona y con la de los demás.
La libertad es un concepto social. Tiene sentido en un marco social. Carece de significado en el mundo físico, donde la concepción de libertad es siempre relativa y limitada, ya que existen determinadas condiciones físicas que los seres humanos no pueden violar. Por ejemplo, no somos libres de vivir sin oxígeno, o de volar como los pájaros. De manera tal que, las supuestas refutaciones a la idea de libertad en base a ejemplos tomados del universo físico no son pertinentes, ya que es por todos sabidos que hay explícitas situaciones naturales y físicas que limitan o restringen el campo de la libertad humana y no humana también (los peces no son libres de vivir fuera del agua, y los humanos tampoco sumergidos en ella sin equipos de buceo adecuados, que nunca son utilizables por tiempo indeterminado). Las piedras, los árboles y los animales no son libres, y sólo en un alcance metafórico o poético puede decirse que lo sean.
Entonces, la libertad, su pensamiento, estudio y análisis tienen valor cuando se los circunscribe al ámbito humano y social, que es el único campo donde resultan útiles. La libertad no es una noción natural, sino eminentemente social.
La expresión libertad acompañada del adjetivo individual también supone (aunque a primera vista suene lo contrario) la inserción del individuo dentro de la sociedad, que es el campo en cual podrá ejercer esa libertad. Involucra que cada individuo es libre por sí mismo. Y en esta acepción es prácticamente una redundancia. En cambio, la locución libertad social carece de coherencia. La sociedad no es ni puede ser libre, sólo sus individuos pueden serlo. Pero es aceptable usar esta fórmula cuando se describen procesos políticos o económicos, siempre teniendo en cuenta que, desde el ángulo filosófico y liberal, la sociedad no puede ser libre o dejar de serlo, porque la sociedad no es más que una abstracción compuesta de individuos concretos. Es, por lo dicho, que creemos que el vocablo libertad sólo puede ser aplicado a estos últimos.
No obstante, aun dentro de este radio social, podemos advertir que la libertad tampoco es ilimitada, excepto que se le quiera reconocer libertad a un solo individuo, pero en este caso ya no es apropiado usar la palabra “libertad”. Donde un solo individuo tiene libertad frente a todos los demás no hay allí libertad alguna, sino tiranía. La libertad -en ese contexto- deja de ser un concepto social pasando a ser una utopía o un ideal. Si sólo uno es libre, expresa que todos los demás son esclavos, y entonces ese único individuo “libre” no es en realidad “libre”, sino que es un tirano y, por ende, también es esclavo, sólo que lo es de su condición tiránica. Si su libertad es el precio de la negación de la libertad ajena no hay allí libertad alguna, sino dependencia y opresión de y en su propia condición que conjetura “libre”. No es libre, desde el momento que esa “libertad” única que pretende detentar en su favor lo es al costo de controlar y someter diariamente a sus semejantes para que no puedan ser libres.
Por ello, la libertad tiene como característica esencial que la de uno de los miembros de la sociedad no puede involucrar la negación de la libertad de los demás miembros. En este único enfoque cabria hablar de la libertad como un bien público y así entenderla. La libertad, o es de todos o no es de nadie. Allí, donde uno somete a los demás, o donde los demás someten a uno no hay libertad. Esas no son las mal llamadas “sociedades libres”.
La libertad incluye contar con la posibilidad de optar por más de una alternativa. Y luego de efectuada la opción, tener la potencialidad de ejercerla, con el límite de que este ejercicio no viole análogos derechos ajenos.
Se ha criticado la dicción libertad absoluta, especialmente ella objetada por parte de juristas, periodistas, economistas, etc. Pero dicha critica presume, a menudo, un mal entendido, ya que dentro de la órbita de específicos individuos la libertad de cada uno de ellos es absoluta, entendiéndose por esta fórmula que, no puede ser invadida por terceros, y que todos absolutamente gozamos de los beneficios de la libertad. La confusión, a mi juicio, viene de la identificación que se hace comúnmente entre libertad y derecho, nociones que no son sinónimas si bien están estrechamente emparentadas. En tanto que, la libertad es absoluta en la interpretación de que todos han de gozar de ella y a nadie se le debe negar, lo que no son absolutos son los derechos. En esta última trascendencia la libertad siempre es ilimitada, los derechos no lo son porque están limitados por su contrapartida: las obligaciones. Por eso, no es estrictamente lo mismo decir “la libertad de uno termina donde comienza la del otro”, sino que lo correcto sería expresar “el derecho de uno termina donde empieza el del otro”.
Adentrándonos más en el tema descubrirnos que, en realidad, la libertad comprende un plexo de derechos y obligaciones. Y no solamente de derechos como se la entiende en forma habitual. La demanda constante de “nuevos derechos” sin el paralelo reconocimiento de similares derechos para con los demás es otra manera de negar la libertad. Y en la línea que estamos siguiendo, esto importa atentar contra el bien público.
Una obligación no es ninguna otra cosa que la relación que tiene una persona respecto del derecho de otra. Esta puede ser de dos tipos: activa o pasiva. Activa es cuando se trata de una obligación de hacer o de dar, y pasiva cuando prevé una abstención respecto del derecho ajeno. Por ejemplo, es una obligación pasiva respetar la propiedad del otro absteniéndome de turbarla. Siendo, del lado opuesto, la misma obligación que tiene un tercero de respetar mi propiedad. Del otro lado, el ejemplo de una obligación activa es cuando tengo el deber de pagar una deuda contraída con un acreedor. A su vez, la contrapartida de cada una de estas obligaciones es un derecho análogo desde el punto de vista de mi acreedor (en el último ejemplo) o del propietario de la cosa cuya propiedad debe ser respetada.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.