Murray Rothbard y la ley natural. Desde Artistóteles y Platón fueron todos estatistas, hasta que Locke basó la ley natural en la libertad

Por Martín Krause. Publicado en: http://bazar.ufm.edu/murray-rothbard-la-ley-natural-desde-artistoteles-platon-fueron-todos-estatistas-locke-baso-la-ley-natural-la-libertad/

 

Con los alumnos de la materia Ética de la Libertad completamos las lecturas con lecturas de Mises, Liberalismo; Bastiat, La Ley, y Murray Rothbard en el texto que tiene el mismo nombre de la materia. De éste, vemos su análisis sobre la ley natural y Locke:

“Como ya hemos indicado, el gran fallo de la teoría de la ley natural —desde Platón y Aristóteles, pasando por los tomistas, hasta Leo Strauss y sus actuales seguidores— es haberse inclinado en el fondo más del lado estatalista que del individualista. Esta teoría «clásica» de la ley natural sitúa el lugar del bien y de las acciones virtuosas en el Estado, con estricta subordinación de los individuos a las instancias estatales. Y así, a partir del correcto dictum de Aristóteles de que el hombre es un «animal social» y de que su naturaleza se desenvuelve mejor en un clima de cooperación social, los clásicos se deslizaron ilegítimamente hacia la identificación virtual de la «sociedad» con el «Estado» y consideraban, por consiguiente, al Estado como el lugar principal de las acciones virtuosas.1, 2 Por el lado contrario, los niveladores o igualitaristas, y de modo especial John Locke, en el siglo XVII inglés, transformaron la ley natural clásica en una teoría basada en el individualismo metodológico y, por ende, político. Del énfasis lockiano en el individuo como unidad de acción, como ente que piensa, siente, elige y actúa, se derivó su concepción de la ley natural como poder dotado de capacidad para implantar, en el ámbito político, los derechos naturales de cada individuo. Esta tradición individualista lockiana ejerció una profunda influencia en los posteriores revolucionarios norteamericanos y en la tradición predominante en el pensamiento político liberal de la nueva nación revolucionaria. En el marco de esta tradición liberal de los derechos individuales se quieren desarrollar las ideas de este libro.

El célebre Second Treatise on Government de Locke ha sido, sin duda, una de las primeras elaboraciones sistemáticas de la teoría libertaria e individualista de los derechos naturales. La semejanza entre los puntos de vista de Locke y la teoría que se expondrá más adelante se hace evidente en el siguiente pasaje:

… cada uno de los hombres es propietario de su propia persona. Nadie sino él tiene derecho sobre ella. Podemos decir que el trabajo de su cuerpo y las obras de sus manos son estrictamente suyos. Cuando aparta una cosa del estado que la naturaleza le ha proporcionado y depositado en ella y mezcla con ella su trabajo, le añade algo que es suyo, convirtiéndola así en su propiedad. Ahora existe a su lado, separada del estado común de la naturaleza puesta en ella. Con su trabajo le ha añadido algo que la excluye del derecho común de las demás personas. Dado que este trabajo es propiedad indiscutible del trabajador, nadie puede tener derecho sobre aquello que ha añadido… Lo que él alimenta con las bellotas que selecciona cuidadosamente bajo los robles, o las manzanas que recoge de los árboles del bosque, sin duda se convierten en propiedad suya. Nadie puede negar que este sustento es suyo. Pregunto, pues, ¿cuándo comenzaron estas cosas a ser suyas?… Es patente que si no las hizo suyas la primera recolección, ninguna otra cosa puede hacerlo. Este trabajo establece una diferencia entre él y el resto de la gente. El trabajo añade algo que sobrepasa lo que ha hecho la naturaleza, madre común de todo; y así, aquellas cosas pasan a ser su derecho privado. ¿Podrá alguien decir que no tiene derecho a esas bellotas o a esas manzanas de que se ha apropiado, porque no ha obtenido el consentimiento de todo el género humano para hacerlo? Si un tal consentimiento fuera verdaderamente necesario… el hombre se moriría de hambre, a pesar de toda la abundancia que Dios le ha concedido. Vemos en los campos comunes, que se conservan así por convenio, que cada uno toma una parte de lo que es común y al separarlo del estado que la naturaleza puso en ella comienza la propiedad; y, sin eso, no puede usarse lo que es común.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

James M. Buchanan y la Escuela de la Elección Pública

Por Adrián Ravier.  Publicado el 26/7/18 en: https://www.juandemariana.org/comment/6729#comment-6729

 

Antes de las dos Guerras Mundiales, la participación del Estado sobre la economía era mínima. En la segunda mitad del siglo XX alcanzó niveles elevados. En este contexto, James Buchanan se preocupó esencialmente por entender “cómo funciona la política en la práctica”…

Nacido en EE. UU. el 3 de octubre de 1919, James McGill Buchanan estudió en la Universidad de Tennesse y se doctoró, en 1948, en la Universidad de Chicago. Luego, emprendió una carrera académica en la George Mason University y también fue una figura central de la Escuela de Economía Política de Virginia.

Si bien realizó numerosos aportes a la ciencia económica, sus contribuciones quedarán marcadas en la historia del pensamiento económico y político por sus estudios sobre el “funcionamiento real de los procesos políticos”, caracterizado por la aplicación de las herramientas del análisis económico a la política.

Las inquietudes acerca de este campo de investigación surgieron en relación con el notable incremento de la intervención del Estado en la economía tras la Segunda Guerra Mundial y la incapacidad de los economistas para comprender este fenómeno.

Más allá de algunas excepciones como Arthur Bentley, según Buchanan, “los economistas no estaban dedicando mucha atención a cómo funcionaba el Gobierno porque estaban preocupados por cómo funcionan los mercados y cómo las personas se comportaban en relaciones de mercado”.

En este marco, ejerció gran influencia sobre su pensamiento una obra de Knut Wicksell titulada A New Principle of Just Taxation (Un nuevo principio de imposición justa). En palabras del propio Buchanan:

“Wicksell decía a los economistas: dejen de actuar como si estuviesen aconsejando a un déspota benévolo. No los van a escuchar de todos modos, así que deténganse, desperdician su tiempo y gastan sus fuerzas. Y dijo: si quieren mejorar los resultados políticos, entonces tienen que cambiar las reglas. Nunca van a lograr que los políticos hagan otra cosa que representar los intereses de los votantes a quienes representan. Así que si tienen una cámara legislativa, deberán esperar que el congreso genere resultados que gozarán del apoyo de la mayoría de los grupos representados por esta legislatura. Puede o no surgir un resultado eficiente de esto, pueden o no surgir buenos proyectos que valgan su costo. ¿Cómo cambiar esto? Cambiando las reglas, avanzando de la regla de la mayoría hacia la regla de unanimidad, hacia un consenso”

Buchanan definió a este programa de investigación, sobre el que trabajó durante más de medio siglo, como la “política sin romance”. Quitándonos las “gafas rosadas” —según sus propias palabras— con las que percibimos a la política, podremos verla como lo que realmente es.

Así, ¿cuál es el terreno de juego de la política? ¿Cómo se comportan los políticos y los votantes? 

En un artículo titulado “La perspectiva de la elección pública”, Buchanan definió a su teoría de la “elección pública” como aquella “perspectiva acerca de la política que surge de una extensión y aplicación de las herramientas y métodos de los economistas a la toma de decisiones públicas o colectivas”.

Guiado por su individualismo metodológico, Buchanan entiende que, en última instancia, los que toman las decisiones de gobierno son los individuos. El “homo politicus” es “homo economicus” y, al igual que un empresario, el hacedor de políticas públicas actúa fundamentalmente guiado por su propio interés.

De esta forma, Buchanan pone en cuestión uno de los conceptos elementales de la democracia representativa: la delegación de los asuntos de los ciudadanos en manos de políticos profesionales.

Precisamente, esta delegación hace que las pensiones, la educación, la salud, las relaciones laborales y también el medio ambiente queden a merced de decisiones burocráticas en manos de políticos que no necesariamente se guían por el “bien común”.

Pero, ¿cuál es la alternativa a este paradigma? 

Siguiendo a Wicksell, propone un cambio de reglas. Imaginemos que se presenta un proyecto público, ¿cómo estar seguros que amerita el gasto? Buchanan afirma que “el costo lo amerita si los que se benefician pagan lo suficiente para cubrir los costos del proyecto. Así que debe haber algún tipo de arreglo o esquema tributario por medio del cual uno puede lograr un acuerdo general unánime. Se puede utilizar la regla de la unanimidad como una medida contra la cual se calcula el nivel de eficiencia en el sector público”.

De esta forma, la regla de la unanimidad se presenta como la contrapartida “política” del óptimo de Pareto. Alcanza el óptimo porque implica la adhesión voluntaria a un determinado orden social por parte de “todos” los participantes, o en términos económicos, elimina la posibilidad de externalidades negativas como resultado de decisiones colectivas.

Claro que, al mismo tiempo, la unanimidad en la toma de decisiones colectivas eleva considerablemente el costo del proceso decisorio. Teniendo en cuenta estos costos, que pueden llegar en muchos casos a impedir la toma de decisiones, Buchanan y Tullock sostienen que el individuo enfrentado a una elección constitucional podría decidir voluntariamente aceptar alguna regla menos rigurosa para la decisión de cuestiones de menor importancia.

Por esa razón, cuestiones tales como el respeto a la vida, la propiedad y otros derechos individuales requerían del consenso unánime, mientras que otro tipo de decisiones menores podrían ser tomadas con grados de consenso menores, y por ende, con costos decisorios también menores.

Este principio llevó a Buchanan a trabajar en lo que hoy se conoce como Economía Constitucional: “Mientras se tenga una constitución con la cual las personas están en consenso básico, se puede procurar ciertos resultados en términos de las reglas operativas que la constitución permite desarrollar. Desplazamos la norma wickseliana [de la unanimidad] hacia el nivel constitucional y argumentamos que, de hecho, es más probable alcanzar un acuerdo a ese nivel por la sencilla razón de que las personas no conocen el impacto que una regla particular tendrá sobre su interés personal identificable. Es más probable alcanzar un consenso entre más elevada sea la regla”.

La pregunta que surge entonces es: ¿a qué nivel corresponde una decisión acerca del grado de la gobernabilidad de la organización social? 

Para algunos, sobre todo economistas utilitaristas, se requiere una aproximación caso a caso y un cuidadoso análisis empírico para medir los pros y contras de la centralización y la descentralización, pese a que admiten que la heterogeneidad de las preferencias e intereses individuales lleva a que las distintas alternativas favorezcan o dañen determinados intereses con lo cual resulta difícil alcanzar conclusiones sin el apoyo de juicios de valor.

Esto es así porque sus modelos llevan implícito un modelo político basado en un déspota benevolente y eficaz que persigue (y alcanza) el bien común. Esto se articula principalmente en la denominada “función de bienestar social”, el “bien común” que el déspota ilustrado habrá de perseguir.

Otras escuelas económicas, particularmente la Escuela Austriaca o lal Public Choice, abandonan —como se ha dicho— esa presunción de benevolencia reemplazándola con la indiferencia o incluso con la malevolencia.

Siguiendo con la aplicación de las herramientas del análisis económico a la política, Buchanan, tal como lo hiciera Tiebout originalmente, también asimiló el consumidor al votante quien, de la misma forma en que elige en el mercado el que considera mejor bien o servicio según sus necesidades, elige la comunidad “que mejor satisface sus preferencias por bienes públicos”.

En este sentido, el federalismo y la descentralización servirían para limitar las posibilidades de abuso tanto del Gobierno federal como de los Gobiernos locales, del primero porque los recursos se encuentran repartidos entre distintos niveles de gobierno, de los segundos porque existe la posibilidad de movilizarse.

Galardonado con el Nobel de Economía de 1986 por sus trabajos en el área de Public Choice (elección pública), Buchanan publicó unos 300 artículos y 23 libros donde trató asuntos de finanzas públicas, tópicos monetarios y de política económica. Entre éstos, el más influyente ha sido The Calculus of Consent (1962), que escribió junto a Gordon Tullock, donde presenta un análisis económico de las estructuras constitucionales, la mirada de un economista sobre los fenómenos políticos.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Economía Feminista, de Mercedes D’Alessandro

Por Iván Carrino. Publicado el 20/9/17 en: http://www.ivancarrino.com/economia-feminista-de-mercedes-dalessandro/

 

*Reseña originalmente publicada en RIIM Revista de Instituciones, Ideas y Mercados No 64-65 | Mayo-Octubre 2016 | Año XXXIII. La versión original puede leerse en formato PDF en este link.

Miguel se despierta temprano por la mañana. Se da una ducha y marcha directo a la cocina. Saca el pan de la heladera y comienza a hacer tostadas, al mismo tiempo que enciende la máquina de café y deja la leche lista para hacer café con leche. Mientras tanto, Ana, su esposa, se despierta y se prepara para ir a trabajar, él despierta a sus hijos, Matilde, de 5 años, y Ramiro, de 7. Una vez que todos están en la mesa, Miguel sirve el desayuno, prepara el almuerzo de los chicos y lo introduce en la lunchera. Ana le dice que llega tarde, le da un beso y sale a toda velocidad a buscar el auto para dirigirse a la oficina. Miguel escucha el timbre y acompaña a los chicos a que tomen la combi. Al regresar a casa, se pone a lavar los platos y ordenar la casa. Lo espera un largo día de limpieza y quehaceres del hogar.

¿Acaso esta situación parece anómala? Si Miguel y Ana tuvieran los roles invertidos, quizás no nos sonaría tan raro. ¿Es limpiar la casa y preparar la comida una tarea más propia de una mujer que de un hombre? ¿Debe el hombre ser el que sale al mercado a trabajar mientras la mujer se queda administrando el hogar “detrás de escena”? Por otro lado, ¿por qué, incluso cuando mujeres y hombres trabajan en el mercado, hay diferencias en los salarios? ¿Son las mujeres una clase explotada? ¿Debemos aspirar a una sociedad en donde las familias sean como las de Ana y Miguel?

Algunas de estas preguntas y temáticas son las que aborda la doctora en economía Mercedes D’Alessandro en su obra Economía Feminista. Con un estilo ameno y descontracturado, la autora se propone introducirnos en un mundo hasta el momento poco explorado por la literatura económica local: el del análisis económico de las “cuestiones de género”. Autoproclamada feminista y formada en el marxismo, D’Alessandro nos propone un análisis centrado en la desigualdad, no de riqueza y patrimonios como otros teóricos referentes en esa materia, sino en la desigualdad de género. Es decir, entre hombres y mujeres tomados como conjuntos agregados.

Economía Feminista es una buena introducción para cualquiera que quiera entender cuál es el argumento económico a favor de las políticas de discriminación positiva hacia las mujeres y cuáles son las críticas que, desde este espacio que va tomando cada vez más impulso, se lanzan al statu quo y fundamentalmente a la economía de mercado. Además, se trata de una obra que, si bien es muy fácil de leer, no deja de estar bien investigada y plagada de menciones a otros autores, lo que le permitirá al lector profundizar en estos temas.

Sin embargo, también es necesario mencionar que la obra trae consigo algunas contradicciones, problemas argumentales y, en última instancia, un diagnóstico desacertado sobre el estado de cosas que podría llevar a los hacedores de políticas públicas a tomar decisiones que terminen siendo perjudiciales para la sociedad en su conjunto y también para quienes se intenta defender.

A continuación analizaremos el libro en base a varios aspectos: sus presupuestos metodológicos, su análisis del mercado laboral y del capitalismo, su noción de libertad, y su aplicación a políticas públicas.

I.                   Los presupuestos metodológicos

El economista Ludwig von Mises escribió en 1962 que “ninguna proposición sensata relacionada con la acción humana puede hacerse sin referencia a lo que los individuos persiguen y lo que consideran como éxito o fracaso, ganancia o pérdida”, y que “el colectivo no tiene existencia y realidad sino en las acciones de los individuos. Solo existe por las ideas que mueven a los individuos a comportarse como miembros de un grupo definido y deja de existir cuando el poder persuasivo de esas ideas se apaga. La única manera de conocer un colectivo es el análisis de la conducta de sus miembros” (Mises, 2013).

Gran parte del conocimiento económico hoy está basado en un abordaje metodológico individualista. Sabemos que la curva de demanda tiene pendiente negativa porque, dado que tenemos una restricción de presupuesto, cuando aumenta el precio del bien A, no nos queda otra que reducir nuestro consumo de dicho bien. Y esto lo entendemos porque nos sucede a todos y cada uno de nosotros a nivel individual (ceteris paribus). Sabemos que, en competencia, las empresas buscarán bajar sus precios para atraer más clientes, porque entendemos que así los accionistas, tomados individualmente, mejorarán su bienestar en la medida que ese mayor volumen de ventas incremente la rentabilidad de la compañía.

De la misma forma podemos entender la naturaleza de los intercambios. Sabemos que Juan intercambiará un bien con Pedro en la medida que espere recibir más de lo que da, y que a Pedro le suceda lo mismo. Ambos, individualmente considerados, deberán estar mejor después del intercambio. Si no esperaran que eso fuera así, no habría intercambio.

Otra lección del individualismo metodológico es que las entidades colectivas no eligen ni toman decisiones. En una empresa, las decisiones las toman los gerentes y directivos. En el caso de un país (más allá de cómo se lo plantee en una nota periodística) Rusia no impone sanciones económicas a China, sino que lo hace su presidente o el Poder Legislativo, que está compuesto por personas de carne y hueso que votan en una asamblea. Finalmente, y yendo directamente al caso que nos compete, no podemos sostener que, como un colectivo, las mujeres piensan, deciden, eligen, de la forma “X” o de la forma “Y”.

El colectivo conocido como “mujeres” está, en realidad, formado por millones de personas individuales. Para ser exactos, se estima que las mujeres de este mundo son alrededor de 3.650 millones que pertenecen a distintas religiones, nacionalidades, familias, culturas y colores de pelo y piel. En este sentido, parece problemático analizar cuestiones de género como si realmente se pudiera abordar fenómenos que abarquen a tan vasto y heterogéneo grupo de personas. Sin embargo, en Economía Feminista vamos a encontrar repetidas referencias a este colectivo como si se tratara realmente de un todo homogéneo.

En la introducción, D’Alessandro sugiere que “… este es un libro de economía y es feminista porque propone pensar una forma de organización social en la que las mujeres tienen un rol diferente del que les toca hoy”. ¿A qué rol se refiere? ¿Al que tiene mi madre, retirada como profesional de Marketing? ¿Al de mi maestra en el colegio primario? ¿Al de Christine Lagarde, directora mundial del Fondo Monetario Internacional?

Esta no es la única referencia de este estilo. Frases como “las mujeres siguen estando limitadas”, “las mujeres ganan menos que los varones”, “las mujeres tienen pocas chances de ser ricas”, “las chicas sólo quieren ganar igual”, o “las mujeres no deciden espontáneamente ser amas de casa” atraviesan esta obra cuyo objetivo es ir contra las diferencias económicas que supuestamente aquejan al sexo femenino.

Desde un punto de vista individualista en lo metodológico, estas frases pueden llevar a errores de diagnóstico. Por ejemplo, se puede plantear que es injusto que las mujeres ganen menos que los hombres cuando se mira la “brecha salarial”. Sin embargo, es posible que a nivel individual haya elecciones concretas que justifiquen estos números y que no generen la ira ni el sacrificio de nadie más que de los analistas externos.

II.                Análisis del mercado laboral

A lo largo de todo el análisis que vamos a encontrar en Economía Feminista está la idea de que las mujeres tienen una mayor cuantía de trabajos “no pagos” o “no remunerados”.  La línea de razonamiento es la siguiente: de acuerdo con las estadísticas, 9 de cada 10 mujeres argentinas hacen tareas domésticas, mientras que solo 6 de cada 10 hombres las realizan. Como por el trabajo del hogar, que puede consistir en cocinar, limpiar la casa, u ocuparse de los hijos, no se recibe un salario ni hay un contrato de trabajo de por medio, la autora sostiene que tales tareas equivalen a trabajos no remunerados, “explotación”, y “empobrecimiento de su vida cotidiana”.

Lo primero que debería decirse acá es que la idea de trabajo no remunerado es errónea. En el contexto de una pareja, que puede estar constituida por un hombre y una mujer, por dos hombres, dos mujeres, o las variantes que el lector tenga en mente, podemos asumir que se da el caso que uno de los miembros permanece en el hogar. De mutuo acuerdo, “A” organiza la vida del hogar mientras que “B” sale al mercado a trabajar a cambio de recibir un ingreso. En muchas familias, esta es efectivamente la organización existente. Ahora bien, es cierto que A realiza un trabajo dentro del hogar, de la misma forma que B lo realiza fuera de él. Sin embargo, no es cierto que “A” no sea remunerado por lo que hace.

En definitiva, los ingresos de B se transforman en el ingreso familiar y sirven para proveer a todo el grupo. La familia, o la pareja, en estos casos, funciona como un equipo que se divide las tareas, pero ambas tareas son igualmente remuneradas. B trabaja en el mercado a cambio de un salario, mientras que A trabaja en el hogar a cambio de la remuneración, que llega en la forma de: a) poseer un hogar donde vivir, b) consumir lo que ambos deciden comprar en el supermercado, c) tener un vehículo propio o utilizar el de la pareja, y d) disfrutar de un viaje de turismo, etc.

En el caso de las mujeres y los varones, existió una razón histórica por la cual ellas se quedaron principalmente en el hogar mientras ellos salían al mercado a trabajar. Sin embargo, no fue esto recibido como una mala noticia, sino como una muy buena. De acuerdo con Steven Horwitz (2007), durante las etapas previas al capitalismo industrial, mujeres y hombres trabajaban a la par en conjunto con sus hijos, dado que la familia era la unidad productiva principal y se buscaba, principalmente, la subsistencia. Durante la primera etapa del capitalismo, también sucedió que mujeres y niños trabajaran en las fábricas. Sin embargo, en la medida que el capitalismo dio lugar al crecimiento económico e hizo crecer los salarios en términos reales, las familias comenzaron a retirar a los hijos y a las mujeres de los espacios de trabajo fabriles. Este mayor crecimiento económico y riqueza permitieron que las mujeres se liberaran de los pesados trabajos industriales y se dedicaran a darles cobijo a sus hijos. Así, podría decirse que hubo una decisión masiva de mujeres a favor del trabajo que D’Alessandro llama “no remunerado”, en perjuicio del remunerado que hacían previamente.

Desde nuestra perspectiva, sin embargo, sostenemos que se trata de un trabajo remunerado y en mejores condiciones para la trabajadora del que tenía dentro de la fábrica.

III.             Análisis del capitalismo

No obstante el argumento anterior, habría que mostrar que, gracias al desarrollo del capitalismo, la crítica sobre el trabajo hogareño va perdiendo cada vez más sustento. La tendencia de la organización familiar continuó modificándose durante el siglo XX, haciendo que las mujeres (en promedio) comenzaran nuevamente a salir del hogar para ofrecer su trabajo en el mercado: “Dos cosas comenzaron a suceder en el siglo XX que eventualmente desharían lo que parecía una forma familiar finalmente estable. En primer lugar, la innovación tecnológica lentamente comenzó a producir artefactos que ahorraban tiempo de trabajo en la producción hogareña. En segundo lugar, el crecimiento económico liderado por la economía de mercado incrementó la demanda de empleo (incluyendo el empleo de mujeres) y continuó elevando el poder de compra de los salarios” (Horwitz, 2007).

Es decir, gracias al crecimiento de la economía de mercado, cada vez se hizo menos necesaria la presencia de una persona que estuviera permanentemente en el hogar, por lo que la idea básica de un hombre en el mercado y una mujer en el hogar fue perdiendo sustento. Esto es reconocido, a su vez, por D’Alessandro a la hora de mostrar la evolución de numerosos datos sobre brechas salariales y participación laboral de las mujeres: “En los años sesenta, sólo 2 de cada 10 mujeres trabajaban fuera del hogar, hoy son casi 7 de cada 10”. Por otro lado, la autora también sostiene que, si bien en los Estados Unidos, por cada dólar que cobra un hombre, en promedio, una mujer recibe 79 centavos de dólar, este número solía estar en 59, por lo que creció nada menos que 20 puntos en los últimos 50 años.

Finalmente, D’Alessandro también observa la mejora que se ha dado dentro del mundo corporativo: “En las últimas décadas las mujeres mejoraron su acceso a cargos altos. Según el censo de los Estados Unidos, en 1980 sólo el 7 por ciento tenía un empleo administrativo o de manager en comparación con el 17 por ciento de los varones. Para 2010, esta brecha prácticamente había desaparecido.” A pesar de reconocer estas tendencias favorables, la autora no deja de afirmar que “las diferencias salariales entre varones y mujeres llevan ya un par de cientos de años y no hay señales de que vayan a cambiar sustancialmente”, lo que luce un poco contradictorio con las cifras que menciona apenas párrafos antes.

Además, a pesar del avance que el capitalismo significó para la libertad de las mujeres, la autora insiste en ligarlo con la explotación de género. Desde su punto de vista, dado que el capitalismo funciona con relaciones monetarias, el hecho de realizar tareas hogareñas que no reciben directamente dicha compensación equivale a una exclusión. Citando a Silvia Federici, sostiene: “En una sociedad configurada por relaciones monetarias, la falta de salario ha transformado una forma de explotación en una actividad natural”.

Sin embargo, si la pareja está fundada en acuerdos voluntarios entre las partes, y el trabajo del hogar recibe una remuneración en especie, ¿en dónde está la explotación?

Otro punto interesante a destacar sobre el rol del capitalismo y la evolución de la institución familiar es el creciente número de divorcios observado en las últimas décadas. De acuerdo con Horwitz, el sistema de la libre empresa es quien está detrás de estos desarrollos. Al aumentar los ingresos reales y abrirle las puertas del mercado laboral a las mujeres, los matrimonios y uniones de pareja comenzaron a originarse más por amor y “satisfacción emocional” que por la necesidad de subsistencia. Así, “en la medida que el matrimonio comenzó a estar basado en el amor, también creció el deseo de abandonar los matrimonios cuando no eran emocionalmente satisfactorios (…) ha habido un cambio cultural y económico en la naturaleza del matrimonio que dotó a las mujeres con suficiente independencia financiera y suficientes oportunidades laborales para que puedan valerse en la vida por sí mismas” (Horwitz, 2007).

Resulta claro que esta no es la realidad de todas las mujeres de este mundo, pero también es cierto que si queremos mejores condiciones para ellas, entonces tendríamos que reclamar más capitalismo,  y no menos.

IV.             La noción de libertad

Economía Feminista asume que cuando mujer dedica su tiempo principalmente a las tareas domésticas, mientras el hombre sale al mercado, se trata de una situación no deseada para la mujer. Como algo que “le tocara” en la rueda del destino, pero que ella no decide por sí misma.

Por ejemplo, cuenta la historia de Sheryl Sandberg, COO de Facebook, quien afirma en su libro Lean In: Women, Work and the Will to Lead (2013) que “llegado el momento de la maternidad, gran parte de sus compañeras de estudios – muchas de ellas independientes y brillantes – tuvieron que dejar de trabajar” (D’A, 80).

Al comentar unas estadísticas de Argentina, sostiene que “los niños en el hogar hacen que las mujeres trabajen menos (fuera de la casa) y los padres más: en ausencia de hijos, la brecha de participación es de 15 por ciento y se duplica cuando hay más de dos hijos” (D’A, 69).

Otro ejemplo lo vemos cuando escribe que cuando las madres desean trabajar, lo hacen “a costa de recortar estudios, paseos, viajes, encuentros con amigos e incluso trabajos buenos pero inflexibles” (D’A, 67).

De algunas de estas reflexiones de D’Alessandro parecería desprenderse que a las mujeres les toca un destino que no desean, como si se tratara de un destino inexorable del que no pueden escapar. Sin embargo, ¿acaso no se tratan de decisiones libres e individuales o de la pareja? Una de las consecuencias de no implementar el individualismo metodológico es precisamente considerar sólo las variables agregadas y sacar de ellas conclusiones erróneas. Por ejemplo: observar que las mujeres trabajan menos en el mercado y sostener que eso debe ser un problema para ellas.

Por si quedan dudas, la autora las despeja citando nuevamente a Silvia Federici: “Según Federici, las mujeres no deciden espontáneamente ser amas de casa, sino que hay un entrenamiento diario que las prepara para este rol” (D’A, 55). El argumento considera a las mujeres como un todo homogéneo y oprimido. A la vista de los datos que mencionamos más arriba, esta apreciación es difícil de sostener. En un mercado libre y con generación de mayores niveles de riqueza, las personas tienen más posibilidades de elegir el destino de sus vidas. Esto aplica a hombres y mujeres por igual, algo que los números ya señalados avalan.

Volviendo al punto sobre la libertad de elegir, todos enfrentamos decisiones donde tenemos que sacrificar una alternativa a favor de otra. De eso se trata, esencialmente, la vida humana. En el plano de la economía, cada ser humano elige una opción de consumir o producir, y deja de lado todas las demás. Lo mismo sucede con una mujer que decide dedicar más tiempo a ser madre y menos tiempo a perseguir una descollante carrera profesional en una empresa multinacional.

Ceteris paribus, toda decisión es libre aunque sujeta a restricciones. Es claro que hay casos en donde esas restricciones son mayores que en otros, por ejemplo, cuando se tienen pocos recursos. Sin embargo, para que estas situaciones se repitan cada vez menos, lo que tenemos que comprender es que un mayor desarrollo del capitalismo aumenta las oportunidades de progreso y la mejora del ingreso en términos reales para cada vez más personas.

V.                Aplicaciones a políticas públicas

En las cerca de 200 páginas de Economía Feminista no encontramos ningún apartado específico dedicado a las propuestas concretas para resolver los aparentes problemas planteados. En ese sentido, se trata más de una investigación descriptiva y no tanto una proclama de políticas públicas. No obstante, sí pueden encontrarse algunas ideas sobre lo que debería hacerse. Hacia el final, la autora se limita a ofrecer propuestas con las que nadie podría estar muy en desacuerdo: “barrer con los estereotipos, aspirar las ideas arcaicas y tirarlas a la basura, criar a los hijos en el respeto, la tolerancia y el amor por los demás, cuidar a nuestros adultos mayores y aprender de ellos”. Estas propuestas no tienen nada específicamente femenino, como tampoco económico.

En otros lugares del libro se plantea “desarrollar políticas orientadas a la igualdad de género (licencias familiares compartidas, sistemas de cuidados)”, pero sin ahondar mucho en cada una de estas ideas.

En el apartado “Feministros y perspectivas de género. ¡Porque estamos en 2016!”, D’Alessandro parecería avalar los cupos femeninos en la política, al sostener que “es lógico esperar que gobiernos con pretensiones de ser representativos de la población tengan una composición que la refleje”, en referencia al casi 50% y 50% de hombres y mujeres en que se divide la población argentina. Justamente, una iniciativa de este tipo fue aprobada en la Provincia de Buenos Aires, donde las mujeres deberán ocupar el 50% de las bancas de la legislatura (Télam, 2016).

El cuerpo político tiene derecho de dictarse sus propias reglas, así como el dueño de la propiedad tiene derecho a hacer lo mismo en su casa. Sin embargo, imponer un cupo por género equivale a desconocer las características personales y priorizar las características genéticas de una persona. Una discriminación positiva a favor de las mujeres desprecia las convicciones, valores y carácter de los futuros diputados, y pone por encima una característica física de su cuerpo. Que haya existido alguna vez discriminación en contra de las mujeres es digno de reproche. Sin embargo, la desigualdad no es algo que se vaya a resolver aplicando la misma discriminación, pero con el signo contrario.

Volviendo a las propuestas de Economía Feminista, vemos que ofrece una suerte de propuesta de política pública: “En cuanto a la brecha salarial de género podemos decir con toda seguridad que el capitalismo no ajusta por sí solo. Los países que más avanzaron en esta agenda lo hicieron a partir de políticas orientadas específicamente a cerrar las distintas brechas de género. Es necesario estimular el pago igualitario” (DA; 46). Entre estos países que se mencionan destacan los nórdicos, como Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Finlandia, donde “desde los setenta se vienen desarrollando políticas orientadas a cerrar las brechas de género y concientizar a los varones de lo importante que es su aporte en estas tareas cotidianas”.

Un dato curioso es que D’Alessandro ve como un logro de este proceso la sanción de una ley de “pago igualitario” en Islandia en 1976. Sin embargo, también muestra que ese tipo de leyes existen en los Estados Unidos (la Equal Pay Actde 1963) desde mucho antes y que, a pesar de ello, sigue habiendo brecha salarial a favor del hombre.

Retomando, Suecia, país considerado “paraíso feminista”, efectivamente es un caso de estatismo igualador. Sin embargo, las políticas familiares en ese país han tenido consecuencias no intencionadas y, sin dudas, indeseables. Al respecto Mario Silar explica que en Suecia, “algunas estadísticas demográficas son desoladoras; revelan que, en la actualidad, uno de cada dos suecos vive solo (es la tasa más elevada del mundo), y que uno de cada cuatro suecos muere en soledad… lo que es más estremecedor… existen muchos cadáveres que no son reclamados por ningún otro ser humano, y personas que fallecen solas en su domicilio y pasa largo tiempo hasta que son identificadas” (2016).

A la hora de identificar las causas de esta situación, el autor se remonta a 1972, año en que el gobierno sueco implementó un programa denominado “La familia del futuro: una política socialista para la familia”:

“El programa buscaba independizar al individuo de los lazos familiares. En efecto, el programa establecía la independencia o autonomía como un derecho humano fundamental: el individuo es un ser autónomo y puede, si así lo quiere, tener una familia pero puede liberarse de “las cargas familiares”, que generan dependencia” (Silar, 2016, negrita original).

Esto es música para los oídos de los autores feministas, que acusan a la carga familiar de impedir a las mujeres ser más libres y elegir perseguir carreras universitarias. Sin embargo, como lo  muestra el caso sueco desde hace cuarenta años, han terminado por deteriorar los vínculos familiares y de amistad más básicos. Por lo tanto, no pueden ignorarse los efectos colaterales no buscados de las políticas que buscan igualar el género, liberando a los miembros de la familia de sus propios lazos familiares.

Conclusión

El libro de Mercedes D’Alessandro es una buena recopilación de un tema que está cada vez más sobre la mesa de debate económico, político y social – la desigualdad de género-, que la Economía Feminista percibe como un problema a solucionar.

Sin embargo, creemos que el libro adolece de problemas argumentales, como la carencia de un enfoque metodológico correcto, la identificación errónea del trabajo del hogar como trabajo no remunerado, la incorrecta crítica al capitalismo como generador de desigualdades, y la negación de la posibilidad de que las desigualdades sean producto de elecciones libres. Todas estas inconsistencias, que a veces dan lugar a contradicciones, derivan en propuestas de políticas públicas que pueden tener consecuencias indeseables, como en Suecia.

El bienestar de la mujer, así como el de la humanidad entera, pasa por profundizar la libertad y la igualdad de todos ante la ley. En el plano cultural la sociedad occidental moderna está en permanente cambio; es bienvenida la idea de cambiar algunos paradigmas con el fin de que haya mayor espacio para la expresión libre de las mujeres. Sin embargo, utilizar argumentos de género como parte de una nueva receta económica para seguir regulando el capitalismo es desoír las lecciones de la historia.

Referencias

Agencia Télam, “Es ley la paridad de género en los cargos electivos de la Provincia”, 4 de octubre de 2016.

D’Alessandro, Mercedes, Economía Feminista, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2016.

Federici, Silvia, Caliban y la bruja, Madrid: Traficantes de Sueños, 2010.

Horwitz, Steven, “Capitalism and the Family”, The Freeman: Ideas on Liberty, Julio de 2007, 26-30.

Mises, Ludwig von, Los fundamentos últimos de la ciencia económica, Madrid: Unión Editorial, 2013.

Sandberg, Sheryl, Lean In: Women, Work and the Will to Lead, New York, Random House, 2013.

Silar, Mario, “El infernal ‘paraíso’ de la soledad sueca”, Instituto Acton Argentina, 23 de noviembre de 2016. URL: http://institutoacton.org/2016/11/23/el-infernal-paraiso-de-la-soledad-sueca-mario-silar/

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿ERA MISES ANARCO-CAPITALISTA?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 28/12/14 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/12/era-mises-anarco-capitalista.html

 

Punto 4 de la parte 3 de mi art. “La filosofía política de Ludwig von Mises”, en Procesos de Mercado, Vol. VII, Nro. 2, Otoño 2010.

Para Mises el estado es el aparato social de fuerza y compulsión cuyo fin es proteger los derechos individuales, mientras que el gobierno es el conjunto de personas encargadas de cumplir la función de estado[1]. Esas dos definiciones, aparentemente sencillas, esconden algunas cuestiones que ahora pasamos a considerar.

Primero, siempre nos llamó la atención positivamente que Mises destaque que la fuerza y la coacción forman parte de la naturaleza misma del estado. Respetamos y no negamos todas aquellas filosofías políticas donde el estado es la autoridad legítima encargada del bien común, donde la fuerza no es el elemento esencial, pero en el estado-nación contemporáneo, la autoridad política legítima tiene, tal vez no como “esencia” pero sí como “accidente propio” el uso de la fuerza. Si no se entiende esto, no se entiende la diferencia entre cualquier autoridad legítima y la autoridad del estado en un orden constitucional. Siempre cabe recordar, por ello, que un poder político ilegítimo no tiene, según la clásica analogía de San Agustín, ninguna diferencia con una banda de ladrones, y habría que analizar cuidadosamente qué poder político en la historia se salva de tan interesante comparación.

Ahora bien, si la fuerza es, moralmente, siempre el último recurso (supuesto moral que no creo que sea exclusivo de una mentalidad liberal…. ¿O no?), es comprensible que la legitimidad del estado requiera siempre una cuidadosa justificación. En el caso de Mises, es ese “fin” del estado (custodiar las libertades) el que le da dicha justificación, colocándose en ese sentido en una posición diferente a la del anarco-capitalismo (posición que reitera claramente en La Acción Humana[2]). Ante esto, y comprensiblemente, algunos libertarios[3] han destacado que el mismo Mises aclara su acuerdo con el derecho a la auto-determinación, no tanto de “los pueblos” sino de los individuos frente a una instancia administrativa[4]. Llevado hasta sus últimas consecuencias, es verdad, ello sería incompatible con el estado liberal clásico que Mises apoyaba. Pero Mises nunca llegó a esas últimas consecuencias, y es inútil forzar sus textos al respecto. Queda como una tensión dentro de su pensamiento, posiblemente porque, a pesar de su prédica anti-belicista, el derecho a la defensa ante las agresiones totalitarias –que tiene mucho que ver con la historia de su vida- nunca le dejó dar ese paso conceptual con claridad.

Por lo demás, al definir al gobierno como “conjunto de personas” es evidente que Mises tiene muy clara la función del individualismo metodológico[5] en estas cuestiones. Esto es, en ningún momento concibe al gobierno y al estado como algún tipo de entidad ontológicamente diferentes a las personas cuyos roles los conforman. Precisamente, el gobierno son personas cuyo rol social es el de estado. No sólo se inscribe esto en las finalidades inter-subjetivas de los mundos de vida según Schutz[6] –que fuera asistente a su privat seminaren Viena- sino que, coherentemente, aleja cualquier noción colectivista ontológica del estado, que tanto ha invadido las ciencias sociales y los presupuestos cotidianos del lenguaje, haciendo con ello incomprensibles cuestiones que para un liberal clásico al estilo Mises son obvias. Las personas reclaman al estado o gobierno, indistintamente, acciones o provisiones de dinero como si ese estado no estuviera constituído por personas que concretamente deben recurrir a recursos de otras para ejecutar sus acciones. La ceguera sobre este punto ha convertido a ciertos usos y costumbres sociales en difusores mudos de una visión omnipotente de eso que llamamos estado que no es más que un humilde grupo de personas, en general muy ineficientes y con conocimiento tan limitado como el resto y con problemas morales tan habituales como en el resto. Mises lo sabía y por eso tuvo que asistir con asombro a un endiosamiento del gobierno por parte de personas que pensaban que “el que pensaba al revés” era él…

 

[1] Liberalismo, op.cit., cap. 1 punto 7.

[2] Op.cit., cap. VIII, punto 2.

[3] Ver al respecto los comentarios de Hulsmann en Mises…., op.cit., cap. 19.

[4] Liberalismo, op.cit., cap. 3, punto 2. Hay que citar el párrafo completo para verlo en su contexto: “…Como es evidente, el derecho de autodeterminación al que el liberal alude nada tiene que ver con ese supuesto “derecho de autodeterminación de las naciones”,  porque el liberalismo lo que defiende es la autodeterminación de los individuos habitantes de toda zona geográfica suficientemente amplia para formar su propia entidad administrativa. Y esto hasta el punto de que, si fuera posible conceder el derecho de autodeterminación a cada individuo, el liberal entiende también habría de serle otorgado. No es posible, desde luego, en la práctica, estructurar tal planteamiento, por  razones puramente técnicas, en razón de que a la zona de que se trate por fuerza ha de tener bastante entidad como para ser posible administrativamente gobernarla. La autodeterminación, por eso, no puede ir más allá de los habitantes de aquellas unidades territoriales que tengan cierto peso demográfico”. Pag. 136, las itálicas son nuestras.

[5] Sobre el tema del individualismo metodológico, hemos aclarado algunas cuestiones ontológicas en nuestro libro El método de la economía política, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2004.

[6] Ver Schutz, A.: ver The Phenomenology of the Social Word, Northwestern University Press, 1967; Las estructuras del mundo de la vida (junto con Luckmann), Amorrortu, Buenos Aires, 2003; Estudios sobre Teoría Social II, Amorrortu, Buenos Aires, 2003, y  On Phenomenology and Social Relations, University of Chicago Press, 1970.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Lo individual y lo colectivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 18/4/13 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7761

 Como ha puntualizado Robert Nozick, no hay tal cosa como “el bien social”, no cabe el antropomorfismo de lo social, no es una entidad con vida propia. Es la persona, el individuo, que piensa, siente y actúa. En el extremo, resulta tragicómico cuando se afirma que Inglaterra propuso tal o cual cosa a lo que le contestó África de esta o aquella manera, en lugar de precisar que fue fulano o mengano el que se expresó en un sentido o en otro.

La Escuela Escocesa, especialmente Adam Smith y Adam Ferguson, señalaron que en una sociedad abierta cada persona siguiendo su interés personal satisface los intereses de los demás con lo que crean un sistema de coordinación más complejo de lo que cualquier mente individual puede concebir. En libertad, las relaciones sociales se basan en la necesidad de satisfacer al prójimo como condición para mejorar la propia situación. Esto va desde las relaciones amorosas y la simple conversación a los negocios cotidianos de toda índole y especie.

El interés personal es la característica central de la condición humana, en verdad resulta en una tautología puesto que si no está  en interés del sujeto actuante no habría acción posible. Todos las acciones -sean éstas sublimes o ruines- se basan en el interés personal. Está en interés de la madre el cuidado de su prole y está en interés del asaltante que le salga bien el asalto. Está en interés personal (está en sus valores y preferencias) la donación de quien realiza una obra de caridad, y está en interés personal del canalla llevar a cabo la canallada. Los marcos institucionales de una sociedad libre apuntan a minimizar los actos que lesionan derechos, es decir, el fraude y la violencia.

El individualismo suscribe la prelación de las autonomías individuales de las personas, lo cual para nada se traduce en la autarquía sino, muy por el contrario, en la apertura más completa a la cooperación social en el contexto de la división del trabajo. Es el colectivismo el que bloquea y restringe los arreglos contractuales libres y voluntarios entre las partes que deja de lado el hecho que el conocimiento está fraccionado y está disperso entre millones de personas, para en cambio concentrar ignorancia al pretender la regimentación de la vida social.

En los procesos de mercado, es decir, en los procesos en los que la gente contrata sin restricciones (siempre que no se lesionen derechos de terceros), los precios constituyen las señales e indicadores para poder operar. Cuando los aparatos estatales se inmiscuyen en estos delicados mecanismos, inevitablemente se producen desajustes y desórdenes de magnitud diversa. Como se la destacado reiteradamente, en la medida en que los precios no reflejan en libertad las recíprocas estructuras valorativas, se obstaculiza la evaluación de proyectos y la contabilidad y se oscurece la posibilidad de conocer el aprovechamiento o desaprovechamiento del siempre escaso capital. Esa es la razón técnica del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín: la pretensión de eliminar la propiedad privada barre con los precios y, por ende, por ejemplo, no se sabe si es más económico fabricar caminos con oro o con asfalto.

El colectivismo -el ataque a la propiedad privada- conduce a lo que Garret Hardin bautizó ajustadamente como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie y se termina por destrozar el bien en cuestión. El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de plastilina, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.

Como queda expresado, el individualismo abre las puertas de par en par para que se lleven a cabo obras en colaboración, ese es el sentido por el que el hombre se inserta en sociedad (la autarquía empobrece y embrutece). No es entonces para que lo dominen sino para cooperar con otros produciendo ventajas recíprocas. El mismo mercado es una obra en colaboración así como lo es el lenguaje y tantas otras manifestaciones de la vida social. En un sentido más directo, George Steiner escribe en Gramáticas de la creación que “La historia del arte nos enseña que en muchas pinturas han trabajado varias manos. Algunas de las piezas consideradas las más características de tal o cual maestro son, en realidad, compartidas. Ayudantes, discípulos, cofrades artesanos del taller o de la comisión ciudadana han proporcionado el contexto, han pintado los personajes o los motivos secundarios y puede que hayan completado totalmente el lienzo […] En música […] conocemos partituras híbridas reunidas por más de un compositor”.

No debe perderse de vista que los múltiples trabajos en colaboración remiten a la consideración y satisfacción del individuo. Por eso, cuando se dice que debe contemplarse el bien común y no la satisfacción individual se está incurriendo en un error conceptual. Como han explicado Michael Novak y Jorge García Venturini, el bien común es el bien que le es común a cada uno, es decir, el bien del conjunto es precisamente la satisfacción legítima de cada cual.

Prácticamente todo es el resultado de obras en colaboración: nuestras ideas son fruto de innumerables influencias de otros pensadores, no hay más que mirar una máquina de afeitar para imaginar los cientos de miles de personas que colaboraron, desde la fabricación del plástico, la combinación del metal, las cartas de crédito, los bancos, los transportes, los departamentos de marketing etc. Solo los megalómanos estiman que sus arrogantes decisiones son consecuencia de su sola voluntad y participación.

El individualismo abre paso a notables prodigios en un clima donde se desarrolla al máximo la energía creadora en libertad. En cambio, el colectivismo es la aniquilación del individuo y la glorificación de la masa sin rostro ni personalidad.

Ya ha reiterado el antes mencionado Nozick en Anarchy, State and Utopia que el hombre es un fin en si mismo y nunca debería utilizárselo como un medio para los fines de otros. Por su parte, Arnold Toynbee en su crítica al colectivismo en Civilization on Trial escribe que “La proposición de que el individuo es una mera parte de un conjunto social puede ser cierta para los insectos, abejas, hormigas y termitas, pero no es verdad en el caso de seres humanos”.

En resumen, individualismo y colectivismo son términos mutuamente excluyentes. Esta última visión está escindida y amputada del prójimo, mientras que la primera, tal como se ha consignado, se traduce en el valor supremo de la dignidad de la persona y abre paso a la estrecha vinculación entre individuos, lo cual resulta en un camino inexorable para la propia prosperidad. Se pretende hacer aparecer como que el colectivismo se basa en la cooperación recíproca pero, como también se ha visto, es su antítesis y significa la aniquilación de la noción de persona y el consiguiente respeto recíproco.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.