La distribución del ingreso y el populismo que hunde a la Argentina

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/12/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/12/26/la-distribucion-del-ingreso-y-el-populismo-que-hunde-a-la-argentina/?fbclid=IwAR3rj7HioboirryNccenVXjTjXqwSBJkmuTz7UeTkxJ-UMRXDbmClK0b70o

 

De los datos informados por el Indec para el tercer trimestre, surge que el promedio del decil de mayores ingresos gana 19 veces más que el decil inferior

En general, los políticos, sociólogos y economistas suelen prestar atención a los datos de distribución del ingreso, básicamente al coeficiente de Gini, que es una medida ideada por Conrado Gini, un estadístico italiano. El coeficiente muestra si el ingreso en una sociedad se distribuye en forma pareja o unos pocos ganan mucho y muchos ganan poco.

Se trata de un indicador que varía entre 0 y 1. Si da cero, se dice que hay igualdad perfecta porque todos ganan lo mismo. Mientras que 1 quiere decir que una sola persona tiene todos los ingresos y el resto ninguno.

Por ejemplo, para que se entienda, si uno calculara el coeficiente de Gini para los bolsos con euros, daría algún valor cercano a 1, K.

Políticos, sociólogos y economistas suelen indignarse cuando los datos de distribución del ingreso tienden a empeorar, señalando lo injusto del sistema económico y la necesidad que el estado intervenga en la economía para mejorar la distribución de los recursos monetarios.

Las lecturas ligeras pueden inducir a error

Sin embargo, el dato de distribución del ingreso es engañoso y puede llevar a decir barbaridades en términos de intervención del Estado. Puesto de otra manera, no todo crecimiento en la desigualdad de la distribución del ingreso es mala. Veamos un ejemplo.

Supongamos que en el momento 1 los sectores que menos ganan tienen un ingreso de $100 y los que más ganan tienen un ingreso de $1.000. La diferencia entre el que más gana y el que menos gana es de 10 veces.

Ahora bien, supongamos que en ese país se aplica una política económica consistente que reduce el gasto público, la carga impositiva, flexibiliza el mercado laboral, se incorpora al mundo bajando aranceles y demás medidas que estimulan la capacidad de innovación de la gente, atraen inversiones y reducen la pobreza a niveles cercanos a cero. Luego de aplicar esas políticas, el que menos gana tiene un ingreso de $1.500 y el que más recibe 18.000 pesos.

En este ejemplo el coeficiente de Gini va a dar que empeoró la distribución del ingreso porque la diferencia entre el que más gana y el que menos se amplió de 10 a 12 veces.

Por lo tanto, si bien el coeficiente de Gini empeoró, los que menos ganan están mucho mejor que cuando el indicador medía mejor.

La conclusión es que los políticos, sociólogos y economistas podrán gritar porque empeoró el coeficiente de Gini, pero lo cierto es que los más humildes mejoraron notablemente su nivel de vida.

Como dice Mancur Olson en su libro Poder y Prosperidad: hoy en día los economistas disponemos de tal herramental matemático, estadístico y econométrico, que podemos torturar los números hasta que confiesen lo que queremos. O, como decía un economista amigo: hay tres tipos de mentiras, la mentira lisa llana, la mentira piadosa y las estadísticas.

Prueba ácida irrefutable

En definitiva, muchas veces se utilizan las estadísticas para tergiversar la realidad y aplicar políticas populistas mostrando datos que no dicen nada. El ejemplo más categórico al respecto es ver el período K, cuando sus funcionarios se llenaban la boca hablando de la distribución del ingreso, pero al final del día dejaron un tercio de la población bajo la línea de pobreza y ellos terminaron con grandes fortunas. Por ejemplo con departamentos por más de USD 70 millones en Miami.

El punto que me parece importante resaltar es que no interesa tanto cómo es la distribución del ingreso, sino cómo terminar con la pobreza y lograr que la gente gane cada vez mejor. Cuando se pone el acento en la distribución del ingreso, el paso siguiente es decir que uno es pobre porque el otro es rico.

El populismo es especialista en alimentar el resentimiento y el odio. Ud. es pobre porque aquél es rico, así que vengo yo a hacer justicia y le voy a aplicar impuestos progresivos a los que más ganan, en nombre de la solidaridad social y la igualdad en los ingresos de la gente. El resultado es que se desestimula la inversión, baja la productividad, cada vez se crean menos puestos de trabajo y la pobreza comienza a crecer.

¿Por qué tenemos esta larga decadencia con una pobreza impensada para Argentina? Porque a los largo de décadas, se vino enarbolando la redistribución del ingreso en nombre de la solidaridad social y ello implicó más gasto público, impuestos, regulaciones y, obvio, el caldo de cultivo para la corrupción.

El problema de fondo de los amantes de la redistribución del ingreso es que ven la riqueza como algo estático. Un determinado stock que hay que redistribuir equitativamente. No ven que la riqueza se genera y se puede crear más riqueza en la medida que estén dadas las condiciones institucionales que, justamente, son exactamente las opuestas a las que proponen quienes hablan de la redistribución del ingreso.

Los políticos ven la riqueza de un país como una pizza que hay que repartir en porciones iguales, no piensan en crear las condiciones para que en vez de una pizza haya cada vez más pizzas.

En definitiva, la mayor preocupación de los políticos no debería concentrarse en la distribución del ingreso, sino en cómo lograr terminar con la pobreza generando inversiones y más puestos de trabajo. De tanto ocuparse por la distribución del ingreso, crearon legiones de piqueteros, planeros de todo tipo y subsidios infinanciables desarrollando la cultura de la dádiva destruyendo la cultura del trabajo.

En definitiva, en nombre de mejorar la distribución del ingreso, denigraron a la gente y crearon legiones de pobres y planeros.

Conclusión: a los políticos, olvídense del coeficiente de Gini y concéntrese en crear las condiciones para atraer más inversiones y crear más puestos de trabajo. Lo que importa es cuántas inversiones y puestos de trabajo de alta calidad se consiguen. Los datos de la distribución del ingreso déjenlos para los resentidos.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE 

No es cierto que la inflación esté bajando

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 17/4/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/04/17/no-es-cierto-que-la-inflacion-este-bajando/

 

Cuando uno ve que empiezan a justificar la inflación porque subieron las tarifas de los servicios públicos, la carne, comenzaron las clases o los repollitos de bruselas, entonces no están dando una explicación del problema

Cuando uno ve que empiezan a justificar la inflación porque subieron las tarifas de los servicios públicos, la carne, comenzaron las clases o los repollitos de bruselas, entonces no están dando una explicación del problema inflacionario sino que está buscando excusas.

Claramente el BCRA cometió dos errores al errarle en sus metas de inflación. Para 2017 se había establecido una meta de inflación del 12/17 por ciento y terminó siendo del 24,7%. Para el año en curso habían establecido una meta del 10%, luego la corrigieron al 15% y hoy esa meta ya parece inalcanzable. La inflación promedio mensual abril-diciembre debería ser del 0,84% mensual para cumplirse con la meta del 15%.

Un BCRA que carga sobre sus espaldas haber destruido 5 signos monetarios desde 1935 y encima errar la meta de inflación dos meses seguidos, lamentablemente no genera la confianza como para que el peso sea creíble.

El primer dato a considerar es que la inflación núcleo que estima el INDEC no contempla los bienes con estacionalidad, ni los que tienen alto componente impositivo, vivienda, electricidad, transporte público, etc. Justamente en marzo, la inflación núcleo se disparó alcanzando el 2,6% de incremento en marzo respecto a febrero. Es más, el IPC da un aumento del 25,4% marzo 2018 versus marzo 2017 y la inflación núcleo, en el mismo período, tiene un aumento del 22,4%, es decir, seguir insistiendo con que la inflación es causa de las tarifas de los servicios públicos o el bife de chorizo no parece muy razonable desde el punto de vista económico. Puede ser que, puntualmente, los aumentos de tarifas de los servicios públicos o del tipo de cambio impacten en el IPC, pero esos aumentos puntuales no pueden explicar una inflación sostenida.

Gráfico 1

El otro argumento que usan desde el gobierno es que la inflación está bajando. En ese punto también tenemos un problema de interpretación. Depende con qué momento se compare, ¿la inflación está bajando o no? Si comparamos 2017 contra 2016, hay una baja por el ajuste de tarifas y salida del cepo cambiario, pero luego la inflación se mantiene en el orden del 25% anual que es la misma inflación que había en la era k.

Gráfico 2

El gráfico 2 muestra que la inflación del 2017 efectivamente fue menor a la de 2016 pero está en los mismos niveles que en la era k desde el 2007 cuando, salvo en 2009 por la crisis mundial, bajó la tasa de expansión monetaria. Si tomamos marzo 2018 versus marzo 2017 la inflación se mantiene en el 25% anual.

Lo que ocurre es que el gobierno compara contra el 2016 y muestra esa baja en la tasa de inflación que puede verse en el gráfico 2 al comparar 2017 con 2016 que tuvo una inflación del 40,7% contra el 24,7% de 2017. Pero el dato es engañoso.

Y el dato es engañoso porque si uno observa la evolución del IPC de los últimos 11 meses puede ver que, efectivamente baja respecto a 2016 pero claramente la inflación está estancada en un piso del 23% y un techo del 25% anual cuando se van comparando cada uno de los meses con igual mes del año anterior, como puede verse en el gráfico 3

Gráfico 3

Lo que muestra el gobierno es la baja respecto al 2016, pero no muestra el estancamiento que se ve en el círculo a partir de junio de 2017.

El problema que tiene el gobierno para quebrar la inflación es el déficit fiscal. Es falso que la suba de salarios o cualquier otro costo de producción generen inflación. Los precios de los costos de producción los determinan los precios que la gente esté dispuesta a pagar por cada bien. Dicho de otra manera, es falso que una empresa pueda sumar cualquier costo de producción, agregarle una utilidad y así establecer el precio de venta de sus productos. En la realidad el sistema funciona al revés. Es el precio que el mercado está dispuesto a pagar por cada producto y la cantidad que la empresa puede vender de ese producto, el que determina los costos de producción.

Supongamos que contrato 20 secretarias, 30 economistas, alquilo las oficinas más caras de Buenos Aires y me muevo en una limousine con chofer. Sumo todos esos costos, le agrego mi utilidad y por cada conferencia mía sobre la situación económica pido U$S 1 millón. Dudo que alguien vaya a contratarme. Lo que hago es estimar cuántas conferencias puedo dar, estimar qué precio el mercado está dispuesto a pagar por mis conferencias y en base a esos ingresos puedo establecer en que costos de producción puedo entrar para sostener mi estudio. Exactamente lo mismo le pasa a las empresas. Por eso, no es cuestión de controlar precios, costos de producción o márgenes de utilidad. Esa es una burrada típica del pensamiento fascista para controlar los precios.

Gráfico 4

La clave del problema inflacionario está en el gráfico 5. El BCRA está emitiendo a una tasa anual que está en el rango del 27 al 35 por ciento anual. ¿Con esa tasa de emisión monetaria pretenden bajar la  inflación? Y la razón de esa emisión monetaria es el déficit fiscal.

Dardo Gasparré explica en su nota del sábado pasado (http://bit.ly/2HpZMjn) que la economía está subordinada a las necesidades electorales del gobierno. En otras palabras, toda la política económica está al servicio de las necesidades electorales del gobierno. Es cierto que ese mecanismo le está sirviendo para ganar las elecciones…por ahora, pero también es cierto que seguir subordinando la economía a las necesidades políticas del gobierno incrementa el problema heredado del kirchnerismo. Al lío del gasto público, presión impositiva, distorsión del tipo de cambio, sobredimensionamiento del sector público y déficit fiscal, ahora le sumamos un monumental stock de LEBACs, junto con una creciente deuda pública que no es sostenible en el tiempo como forma de financiar el déficit fiscal, además de agregar problemas como la distorsión del tipo de cambio y el déficit de cuenta corriente del balance de pagos.

En definitiva, la inflación no baja porque el gobierno no está dispuesto a pagar el costo político de bajar el gasto público heredado del kirchnerismo. Opta por privilegiar votos antes que solucionar el problema económico, algo que, a mi entender, es un error, porque tal vez el gobierno podría invertir parte de su capital político para bajar el gasto público, equilibrar las cuentas del estado y reducir la inflación con el consiguiente beneficio político. Bajar la inflación mediante la reducción del gasto público, podría generar grandes dividendos políticos a la hora de contar los votos. Salvo, claro está, que la apuesta sea a que, dada la presencia de opositores que espantan votos, es mejor sostener esta inflación que la gente parece bancarse porque la opción política es peor y continuar apostando a que el financiamiento externo se mantenga indefinidamente.

Finalmente, subir la tasa de interés si la inflación no cede, no es a mi juicio una solución. En todo caso aumentará el arbitraje tasa versus dólar y generará una mayor gasto cuasifiscal.

Que se entienda, las medidas financieras o cambiarias no son sustituto de las reformas estructurales.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Gradualismo… al socialismo

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 25/6/17 en: https://alejandrotagliavini.com/2017/06/30/gradualismo-al-socialismo/

 

Así como alentó el rumor de que se ascendería a emergente, faltando mucho, el gobierno enarbola un crecimiento dudoso. Así nos ve el mundo: las inversiones no llegan -salvo para bicicletear-, allí está la clasificación del MSCI y el riesgo país (EMBI +) está en 434 pb, y sube en tanto, Evo Morales, consiguió 189 y baja. La palabra de moda es “gradualismo” -la principal crítica al gobierno- cuando el problema es que va a contramano. Gradualista -fiel a su cultura milenaria- es China, cuyo PIB per cápita llegó a crecer más de 14% anual.

Veamos el crecimiento según el Indec. El PIB del primer trimestre 2017 habría subido 0,3% interanual. El aumento demográfico anual esta entre 1,3 y 1,8%, de donde el PIB per cápita -el mejoramiento personal- habría caído más de 1%. Dice que terminó la recesión al haberse sumado tres trimestres consecutivos con crecimiento respecto del anterior: 0,1%; 0,7% y 1,1%. Descontado el aumento poblacional, 0,4% trimestral, la progresión del PIB per cápita sería -0,3%; 0,3% y 0,7%.

Y veremos cómo sigue. El Indec, acaba de informar que el EMAE desaceleró su crecimiento en abril (0,6% contra 1,5% en marzo) y, por múltiples razones, contra todos los pronósticos, creo que seguirá cayendo hasta tornarse negativo.

De paso, mientras para el Indec la industria creció 2,7% interanual en mayo después de 15 meses, Ferreres -que esperaba una caída del PIB del 0,3% en el primer trimestre- dice que “en mayo, la industria creció 3,9%… tercer mes consecutivo positivo”. Mientras que para FIEL la industria creció 4,3% en mayo luego de tres caídas consecutivas. ¿Quién acierta?

El mejor argumento entre quienes dicen que el país crecerá, es tomar a la construcción -artificialmente apalancada desde el Estado- y aplicar el modelo auto regresivo. Pero esto supondría un crecimiento del Estado -y las empresas amigas- en detrimento del mercado: así, el de Macri, es el camino “capitalista” al socialismo. De hecho, según el gobierno, en abril el empleo creció solo 0,1%, gracias a 13.000 puestos nuevos en el Estado mientras caen en el sector privado.

En cualquier caso, por la ley de marginalidad, es imposible el crecimiento genuino si crece la pobreza, el desempleo y el delito. Dice la Real Academia que pueblo (Del lat. popŭlus.) es un “Conjunto de personas de un lugar…”, y eso es el mercado: personas normales trabajando y cooperando voluntariamente y atendiendo, primero, las necesidades primarias.

Por el contrario, según el profesor Peter Klein, las grandes firmas avasallantes surgen en mercados interferidos por los gobiernos, porque tienen gran capacidad de lobby y logran leyes que las benefician. Terminemos recordando que destacados profesores de Moral y Teología en la Salamanca del siglo XVI, desarrollaron la teoría del mercado y era un estudio del comportamiento moral (natural) del hombre común y sus relaciones pacíficas y voluntarias en pos del desarrollo social.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El Estado: la principal causa de la pobreza en Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 15/3/17 en:  http://www.ivancarrino.com/el-estado-la-principal-causa-de-la-pobreza-en-argentina/

 

No es el liberalismo, sino el estatismo el que nos hunde en la pobreza.

Recientemente se conocieron en el país nuevos datos de pobreza. La Universidad Católica Argentina, que en ausencia de un INDEC creíble tomó el rol de ser la institución referente en este tema por los últimos 10 años, divulgó sus nuevas estimaciones y puso en evidencia una cruda realidad. Tres de cada diez argentinos son pobres.

El dato conocido recientemente representa un aumento de casi 4 puntos en comparación con el año anterior y es el registro más elevado de los últimos 11 años. Una verdadera catástrofe social.

Ahora bien, mirando los números a más largo plazo, nos encontramos con que, desde el regreso de la democracia (el primer dato es de 1985, dos años después), el promedio de la pobreza en el país fue de 29,3 %. Además, también encontramos que la cantidad de pobres no muestra una tendencia a la baja (como sí lo hace en el mundo), sino que oscila en torno al promedio, con saltos bruscos cada  determinado número de años.

¿Cómo es esto posible?

carrino

Para entender por qué en Argentina hay 13 millones de personas en estado de pobreza, es necesario entender a qué se deben esos saltos bruscos que impiden que esta situación mejore con el correr del tiempo.

Si se mira el gráfico de más arriba, observamos que la pobreza superó el 30 % en 1988-1990; en 2001-2005; y también en 2016.

O sea, los aumentos fuertes de la pobreza en Argentina están directamente relacionados con las crisis económicas que el país tiene a menudo. ¿Y cuál fue la característica distintiva de esas crisis económicas? El estallido inflacionario, que hizo que los precios suban increíblemente más que los ingresos de la población.

En 1989 explotó el modelo populista de Raúl Alfonsín. Luego de décadas de inflación crónica, la emisión monetaria crecía a niveles insostenibles y los precios llegaron a subir 20.000 % anual en un mes. La economía colapsó y la pobreza se duplicó de un año a otro.

En 2002, producto de la salida de la convertibilidad, los precios treparon 40 %, mientras que los ingresos prácticamente no se movieron. El resultado fue un brutal salto de 20 puntos en la tasa de pobreza.

En 2016 sucedió lo mismo. La inflación de la ciudad de Buenos Aires marcó un aumento del 41 % anual, mientras que los salarios no treparon más allá del 30 %. La suba de 4 puntos en la tasa de pobreza puede explicarse por este fenómeno.

Como podemos observar, hay una relación directa entre inflación y pobreza, por lo que todo lo que vaya en el sentido de terminar con la inflación, será netamente positivo para mejorar la situación de los más vulnerables.

Ahora para comprender verdaderamente las causas de este fenómeno en el país, tenemos que profundizar todavía un poco más en el argumento. Después de todo, la pregunta más importante a responder es qué y quiénes son los responsables por la inflación. Ahí aparece, entonces el déficit fiscal y los políticos que gastan más de lo que ingresan como origen del problema.

El déficit fiscal genera inflación porque, para financiar el desequilibrio de las cuentas públicas, el Banco Central emite dinero en exceso que pierde poder de compra. Durante el fin de la convertibilidad, la relación no fue tan directa, pero fue el déficit lo que hizo que la convertibilidad fuera insostenible, y fue eso lo que dio origen a la tumultuosa salida que originó el estallido inflacionario.

A diferencia de lo que sucede en el mundo tomado como un todo, la pobreza en nuestro país aumenta y  —como promedio— no baja del 29 % hace 32 años. Ahora contrariamente a los que muchos quieren hacernos creer, esta situación no responde a la implementación de “políticas neoliberales”, sino a algo muy distinto.

Es el gobierno, con sus planes demagógicos, el que genera déficit fiscal. Y es el déficit el que, a la larga, termina generando crisis económicas con estallidos inflacionarios.

El verdadero liberalismo económico exige un menor rol para el gobierno y cero déficit público. Si esa receta se hubiese seguido en nuestro país, nos hubiésemos ahorrado al menos 3 crisis económicas y hoy otros serían los temas de preocupación.

A la luz de estos datos debe quedar claro que el único responsable por la pobreza es el estatismo, y que solo alejándonos de sus recetas podremos dar vuelta esta negra página de la historia argentina.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Argentina: ¿la envidia de Donald Trump?

Por Iván Carrino. Publicado el 14/2/17 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2017/02/14/argentina-envidia-donald-trump/

 

(La Nación) Argentina
El oro, la plata, o el dólar, no son más que bienes cuya cantidad estará siempre definida por la oferta y la demanda. (La Nación)

 

A menos de un mes de asumir como presidente de Estados Unidos, Donald Trump apunta a ser el más polémico de la historia.

Una de sus mayores preocupaciones es el déficit comercial que su país tiene con el mundo y en particular con México y China.

El déficit con México fue de casi USD $60.000 millones en 2016 y para el presidente norteamericano esto demuestra que el acuerdo de libre comercio entre los dos países “benefició a un solo lado”.

Si lo que dice Trump fuera cierto, Argentina debería estar festejando: según el INDEC, la balanza comercial en 2016 arrojó un superávit de USD $2.128 millones.

Sin embargo, el presidente de los Estados Unidos se equivoca y, en este tema, su pensamiento tiene 241 años de retraso.

¿Por qué? Porque está 100 % en línea con lo que planteaban los tempranos mercantilistas antes de que Adam Smith publicara La Riqueza de las Naciones, en 1776, y sepultara su teoría.

Previo a dicha fecha, se creía que la riqueza de los países radicaba en la acumulación de oro y plata. Para lograr este objetivo, los gobiernos manipulaban el comercio internacional, restringiendo las importaciones para que la balanza comercial fuera positiva.

Fue Adam Smith quien primero expuso las falacias de este argumento:

“[Los argumentos mercantilistas] eran sofistas al suponer que preservar o aumentar la cantidad de metales preciosos requería más la atención del gobierno que preservar o aumentar la cantidad de cualquier otra mercancía útil que la libertad de comercio, sin tal atención, nunca no suministra en la cantidad adecuada”

 

Pasando en limpio, Smith sostenía que no es sensato que el gobierno busque aumentar la cantidad de metales preciosos y no la de, por ejemplo, el vino, o cualquier otro bien de la economía. El oro, la plata, o el dólar, no son más que bienes cuya cantidad estará siempre definida por la oferta y la demanda.

Entonces, ¿qué quiere decir que un país tenga un déficit comercial y que “pierda dólares”?. En términos sencillos, que la gente en ese país tiene más dólares de los que demanda y que decide, por ello, canjearlos por bienes y servicios en el mercado internacional.

En mi casa y en la tuya, todos los años tenemos un déficit comercial con el supermercado. Le damos más dinero del que él nos da a nosotros. Sin embargo, a cambio de nuestro dinero recibimos los bienes que deseamos para vivir. Ellos ganan dinero, nosotros bienes, y el intercambio genera riqueza para ambos.

Claro que si tenemos déficit comercial con todo el mundo, o sea que gastamos (en total) más de lo que ingresamos, alguien tiene que estar prestándonos la diferencia. Pero esto refleja que nuestros acreedores nos tienen confianza, lo que está lejos de ser algo negativo.

El déficit comercial, de nuevo, no es un problema, de la misma forma que el superávit no es una virtud. Lo que verdaderamente importa, en realidad, es el valor total del comercio. Y, con cerca de USD $5 billones comerciados, Estados Unidos es el verdadero campeón mundial en este rubro.

Volviendo al caso argentino, la balanza comercial dio positiva en 2016, pero las importaciones cayeron 6,9 %, reflejando la recesión que atravesó la economía. A su vez, nuestro comercio total se redujo en 2,7 %. ¿Cuál es la buena noticia?

Para analizar bien el estado de la economía, mejor olvidarnos del resultado comercial y preocuparnos por aumentar el volumen del comercio. Más comercio es más riqueza… en Estados Unidos, en la China, y también en Argentina.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Mi discurso imaginario ante el Congreso

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 21/2/16 en: http://economiaparatodos.net/mi-discurso-imaginario-ante-el-congreso/

 

No le pido un sacrificio a la gente que trabaja. Le pido a los que no trabajan y viven de los que producen que se pongan a trabajar

Estimados compatriotas, es mi obligación como presidente de la república informar a sus habitantes sobre el estado en que se encuentra la nación. El pueblo tiene derecho a saber qué ha dejado el anterior gobierno y como vamos a encarar las soluciones a los múltiples problemas que el kirchnerismo le ha dejado, no a este presidente, sino al pueblo de la nación. A cada uno de Uds. Los problemas que le ha dejado Cristina Fernández a los que me votaron y a los que no me votaron.

Entre la infinidad de problemas que la señora Cristina Fernández le ha dejada a cada uno de mis compatriotas, se encuentra el fiscal. En su desaforado populismo y escándalos de corrupción, ha llevado el gasto público hasta niveles nunca antes alcanzados. Pero también la señora Cristina Fernández ha aumentado la presión tributaria hasta niveles de verdadera confiscación del fruto del trabajo de cada uno de Uds. A pesar de esa presión impositiva salvaje las cuentas fiscales no cierran. El estado gasta más de lo que le ingresa por impuestos y por lo tanto tiene déficit fiscal. Ese déficit fiscal fue financiado con emisión monetaria produciendo la inflación que todos Uds. padecen y que, durante años, el populismo k se encargó es esconder destruyendo el INDEC.

El fenomenal aumento del gasto público no se ha traducido en más seguridad para la gente, educación, salud, mejores rutas o bienes públicos que beneficien a la población. Por el contrario, el estado ha sido destruido para cumplir sus funciones básicas de proteger el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas y fue transformado en un botín que tomaron por asalto y en beneficio propio las anteriores autoridades. El estado se ha transformado en el principal saqueador de los habitantes.

Para que mis conciudadanos tengan una idea del uso del estado en beneficio de una facción política le doy el siguiente dato: tomando la nación, las provincias y los municipios, el total de empleados públicos era de 2,4 millones de personas en 2003 dejando, en 2015, 4,2 millones de empleados estatales. Han duplicado la cantidad de empleados públicos pero Ud. no tiene mejor salud, educación o seguridad.

Estimados compatriotas, a Uds. le han quitado el fruto de su trabajo a través de una feroz presión impositiva para mantener a gente que no hacía nada útil para Ud. Por el contrario, el estado abusó de su poder para quitarle su trabajo y dárselo a militantes del kirchnerismo para beneficio de los jerarcas de ese partido.

Ahora bien, frente al enorme déficit fiscal que nos ha dejado Cristina Fernández algunos asesores me dicen que no baje el gasto público, sino que estimule el ingreso de capitales. Ese ingreso de capitales movilizará la economía, habrá más actividad, más recaudación tributaria, menor déficit fiscal y, finalmente, menor necesidad de emitir moneda para financiar el agujero fiscal y menor inflación.

Considero que este camino no es el adecuado. En primer lugar porque nadie va a invertir en Argentina mientras tengamos esta presión impositiva y esta alta tasa de inflación. Es imposible estimar la posible rentabilidad de una inversión cuando hay inflación porque no pueden proyectarse los costos en el largo plazo. En consecuencia, no veo como una salida posible esa opción.

Pero aun suponiendo que esa estrategia tuviera éxito, no estaría cumpliendo con mi deber republicano de cuidar los intereses de los habitantes porque estaría derrochando los recursos de la gente en un gasto improductivo.

Suponiendo que ingresaran esos capitales y el estado recaudara más, cobrar impuestos para mantener ñoquis no es ético ni contribuye a establecer valores de honestidad en nuestra patria.

Si no hacemos nada para bajar el gasto público y reducir el déficit fiscal, las opciones que tenemos por delante son las siguientes:

1)   Aumentar la presión impositiva. Cobrarle más impuestos a Ud. que ya está agobiado por la carga tributaria que tiene que soportar. Espantaríamos a quienes quieren invertir y no habría nuevos puestos de trabajo para la gente

2)   Emitir más moneda acelerando la inflación y deteriorando más rápidamente el poder de compra de los salarios

3)   Tomar deuda interna. Actualmente el Banco Central está tomando deuda en el mercado interno para financiar el déficit fiscal. Esto quiere decir que al crecer la deuda crece el gasto público por los intereses que hay que pagar por ese creciente stock de deuda agravando la situación fiscal y generando una situación explosiva hacia el futuro. Por otro lado, al quedarse el estado con escaso crédito interno, el sector privado se queda sin financiamiento para invertir o la gente para adquirir con financiación bienes de consumo

4)   Tomar deuda externa. En ese caso podremos tener una reactivación en el corto plazo porque el estado podrá gastar más sin cobrar más impuestos, pero, como en otros momentos de nuestra historia, esa deuda habrá que pagarla junto a los intereses produciendo otra grave crisis futura.

Compatriotas, como Uds. pueden ver aquí no hay magia posible. No hay artilugios financieros, monetarios o cambiarios que pueda resolver el problema estructural que hemos heredado: un gasto público exorbitante que no le brinda servicios a la población y ahoga a la economía.

Por las razones expuestas, considero que el camino más justo para la gente decente que vive de su trabajo y el más eficiente y beneficioso para el país, es bajar el gasto público.

Esto significa que todos aquellos que hoy viven del trabajo ajeno como son los ñoquis y legiones de gente que se consideran con derecho a no trabajar y a ser mantenidos con planes llamados sociales tendrán que salir a buscar un trabajo como lo hace cualquier de Uds. Luego explicaré cómo será esa transición para los que hoy viven del trabajo ajeno.

La función del gobierno es crear las condiciones institucionales y económicas para generar una gran corriente inversora que cree esos puestos de trabajo para que esa gente que hoy vive de sus impuestos empiece a vivir de su propio trabajo.

La herencia recibida nos deja, entonces, ante el dilema de no bajar el gasto público y continuar con el déficit fiscal, la inflación y el endeudamiento, o bien bajar el gasto público, devolverle poder de compra a la gente reduciendo impuestos y crear nuevos puestos de trabajo.

Por cada peso de impuestos que bajemos, gracias a la reducción del gasto público, el contribuyente tendrá un peso más para gastar, habrá más trabajo en el sector privado y quienes hoy cobran un sueldo por no hacer nada productivo en el sector público podrán conseguir un puesto en el sector privado pero trabajando y haciendo algo útil para el resto de la sociedad.

La economía cambiará porque ahora, en vez de producir uno (el contribuyente) y consumir dos: el contribuyente y el ñoqui de lo que produce el contribuyente, los dos producirán. Habrá más bienes y servicios en el mercado y mejorará el nivel de vida de la población.

En definitiva, frente a la herencia recibida que castiga a la gente  con la inflación y la expoliación fiscal, la baja del gasto público es necesaria para terminar con esta penuria de la población que día a día trabaja decentemente para sostener un aparato estatal gigantesco que no le provee de los servicios públicos más esenciales.

Por otro lado, la baja del gasto público es comenzar a cambiar esta cultura perversa que se ha instalado en nuestro país por el cual todos se sienten con derecho a ser mantenidos por el trabajo ajeno. Consideran que tienen derecho a recibir bienes y a no trabajar. Y los políticos corruptos han estimulado ese comportamiento. Por eso nosotros quisimos llegar el gobierno. Porque decíamos Cambiemos estos valores de la cultura de la dádiva por la cultura del trabajo.

A la Argentina la construyeron nuestros abuelos que cruzaron el océano para venir a trabajar. No vinieron a buscar un plan social.

En definitiva, compatriotas, la baja del gasto público que proponemos es para terminar con el clientelismo político, la corrupción y restablecer la cultura del trabajo. Ser simplemente un país de gente decente y laboriosa.

No le pido un sacrificio a la gente que trabaja. Le pido a los que no trabajan y viven de los que producen que se pongan a trabajar. Eso no es un sacrificio, ni un ajuste. Es un acto de justicia.

En síntesis, propongo que Cambiemos la cultura de la dádiva por la cultura del trabajo para recuperar el camino de grandeza que hace tiempo construyeron nuestros abuelos y en una parte de la historia lo perdimos para caer en esta decadencia de la que les ofrezco salir.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

¿Postransición de cornisa?

Por Mario Serrafero. Publicado el 16/12/15 en http://elestadista.com.ar/?p=9445

 

El Presidente ha dado motivos para que el kirchnerismo, paradójicamente, levante las banderas de la República.

El Gobierno asumió sin transición. Sean cuales fueren las razones, la ex Presidenta decidió vaciar el acto de traspaso del mando ordenando a sus filas en el Congreso a no integrar la Asamblea Legislativa. Ya es pasado. Pero la actitud de Cristina será histórica. Quita de colaboración en un momento inaugural. Apenas hace falta señalar que tampoco lo realizado por la ex Mandataria, desde la primera vuelta, poco tiene que ver con el comportamiento esperable de un presidente que se retira. Nombramientos, designaciones, gastos que serán un gran peso para el nuevo Gobierno, etcétera. Aquí se mencionó que la Argentina necesita una ley de transición presidencial. Ya no cabe ninguna duda.

El nuevo Presidente comenzó su mandato con una gran cantidad de gestos. Como también se dijo aquí, el electorado más que cambio de políticas tuvo en mente renovación de la dirigencia, esto es, personas, estilos y comportamientos. Y entre esos gestos cabe mencionar su discurso que puso fuerte acento en el diálogo y la integración de los argentinos, la Justicia independiente, la lucha contra el narcotráfico y la intolerancia frente a la corrupción. En pocos días hubo predisposición abierta hacia la prensa, reunión con los candidatos derrotados, encuentro con todos los gobernadores y posterior conferencia con los medios. Habrá regulares reuniones de gabinete y un trabajo en equipo. Gestos y actitudes que intentan delinear un nuevo estilo.

Hasta ahora fueron gestos y actitudes que, además de delinear un nuevo estilo, intentan articulaciones políticas e institucionales para construir un tejido de gobernabilidad. Pero no sólo se trata de gestos de diferenciación con el anterior Gobierno. También parece que será el modo de construcción política. Néstor Kirchner construyó poder para contrarrestar su exiguo 22% electoral con la confrontación y el conflicto como costumbre y método. Mauricio Macri se presenta como un componedor que enhebrará los consensos que sean necesarios. Los Kirchner construyeron con el discurso de la inclusión del mayor número de gente en sus políticas. Macri intentará incluir la mayor cantidad de dirigencia, al menos en este primer momento de gestión. La reunión con gobernadores y distintos sectores tiene también este objetivo. El tiempo presente y próximo que viene se utilizará para hacer la transición que no fue, conocer a fondo los números del Estado, realizar y presentar el balance de lo recibido, calcular los tiempos para lanzar políticas y ver cómo va reaccionando una ciudadanía expectante.

¿Cabe esperar medidas de shock? ¿O el nuevo Presidente transitará el gradualismo? Probablemente utilizará ambos ritmos, según los temas y los tiempos. ¿Seguirá el método de publicidad de propuestas, ensayo y error y, en su caso, pronta rectificación? El método Cristina era el previo secreto, la decisión consumada y la ausencia de rectificaciones. La neutralización de los organismos de control y su mayoría en el Congreso lo permitían. Solo podían existir ecos en los medios de aquellos errores que nunca se corregían. El principal objetivo del Gobierno es crear confianza, lo cual significa evitar bolsones de incertidumbre y cambios drásticos de políticas, pero en equilibrio con la necesidad de comenzar a cumplir promesas electorales. Algunas son de fácil inicio como la reorganización del Indec, la desactivación del Memorándum con Irán o la quita de retenciones a las exportaciones industriales y a la mayor parte de la producción agropecuaria con una baja gradual (5%) de la soja. Otros más complejos como la resolución del cepo cambiario, una inflación que se ha disparado, la resolución de la crisis energética, el aumento de las tarifas o los problemas de inseguridad.

Por ahora no se convocarán sesiones extraordinarias. El Presidente deberá recurrir al acercamiento entre dirigentes y sectores para compensar la vía de la acción unilateral. Sin Congreso reunido, hasta comienzos de marzo –como ya se ha adelantado en otra columna anterior– cabe esperar la recurrencia a decretos de necesidad y urgencia para los casos y situaciones que se consideren necesarios. Aquí también hay una dinámica de gobierno que es el reverso de la era Cristina. La ex Presidenta no acordaba sus políticas con nadie y obtenía sus leyes de un Congreso oficialista, sordo y mudo. Macri deberá consensuar sus políticas con distintos sectores, pero la norma será la acción unilateral plasmada en decretos.

Macri deberá ser prudente para que la oposición le permita que en la postransición pueda generar recursos institucionales y políticos de poder. Deberá evitar errores cruciales. ¿Cómo explicar la designación de dos magistrados de la Corte por decreto? El artículo 99 inciso 4 establece que el Presidente “nombra los magistrados de la Corte Suprema con acuerdo del Senado por dos tercios de sus miembros presentes, en sesión pública, convocada al efecto”. Aquí el texto de 1994 fue más riguroso que el artículo 86, inciso 5, de 1853/60 al exigir mayoría calificada y sesión pública, que no las requería el anterior. Pero el Presidente –al no contar con ese número en el Senado- recurre al inciso 19 que dice que “puede llenar las vacantes de los empleos, que requieran el acuerdo del Senado, y que ocurran durante su receso, por medio de nombramientos en comisión que expirarán al fin de la próxima Legislatura”. La medida así es legal –siempre que consideremos a un juez de la Corte “un empleado”–, pero no parece coherente con el discurso presidencial. Ni con la Historia. Ni con las prácticas institucionales. Se atrevió a hacer algo que Cristina no hizo, quizá por la ignorancia y el amateurismo de sus funcionarios del área de la Justicia. Que no se recurriera a este expediente fue una práctica paraconstitucional que quedó establecida. Salvo Bartolomé Mitre –y por razones obvias–, ningún presidente llenó una vacante de estos “empleos” en la Corte Suprema por decreto. De nada sirve decir que se trata de dos respetados juristas –que lo son–, y que uno se encuentra cercano al radicalismo y otro al peronismo. El problema es otro. Aquí el Presidente no es el reverso de Cristina. Macri parece tan kirchnerista como Cristina. La acción de Macri, ¿llega como prevención contra una Corte que dictó un fallo –el de la coparticipación– que le puede alterar la ecuación de recursos financieros al Gobierno? ¿Será para respaldar futuras medidas unilaterales de la Presidencia? Sea lo que fuere, el precedente puede ser nefasto para el futuro. Además, ¿era necesario ahora hacer estos dos nombramientos en comisión? Seguramente surgirá una polémica que no será beneficiosa para Macri. Probablemente el Presidente ha dado motivos para que el kirchnerismo, paradójicamente, levante las banderas de la República. Y también podría provocar división en el propio frente. En la tarea de engrosamiento de la legitimidad y la construcción de gobernabilidad rifar capital político no es una virtud, ni menos aún una demostración de prudencia política. ¿Tendrá Macri un período de “luna de miel” en su Gobierno o comenzó a transitar una postransición de cornisa?

 

Mario D. Serrafero es Doctor en Ciencia Política y en Sociología, por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad de Buenos Aires. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Es investigador del Conicet. Escribió el libro Reelección y sucesión presidencial . Es profesor de Análisis Institucional en ESEADE.