UN MILAGRO EN LA IGLESIA CATÓLICA

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 6/12/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/12/06/un-milagro-en-la-iglesia-catolica/

 

Tal vez esté de más subrayar que todo lo que consigno en esta nota periodística es de mi entera responsabilidad y, como en todos los casos en que escribo, no compromete la opinión de ninguna de las personas que menciono.

Después de batallar durante décadas con las ideas atrabiliarias por parte de algunos representantes de la Iglesia sobre temas económico-sociales al efecto de refutar propuestas estatistas que hunden a la gente en la pobreza, ahora aparece un Papa que enfatiza aquellas ideas contraproducentes. Es cierto que no son pocos los preocupados con estas propuestas empobrecedoras, tanto sacerdotes como laicos, pero henos aquí que ahora se publica un libro del Padre Martín Rhonheimer -suizo que vive en Viena, pertenece al Opus Dei, de familia judía, doctor en filosofía, profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma y presidente del Instituto Austríaco de Economía y Filosofía Social- titulado Libertad económica, capitalismo y ética cristianaEnsayos sobre economía de mercado y pensamiento cristiano (Madrid, Unión Editorial, 2017, editado por Mario Silar).

Resume la tesis de toda esta obra en el primer párrafo del primer capítulo donde se lee que “Es un hecho histórico que el sistema económico capitalista, tal y como se ha desarrollado en Europa desde la industrialización, ha significado para las masas –por primera vez en la historia de la humanidad– la liberación del hambre y de la miseria, es más, la ´democratización´ del bienestar”.

El libro me lo adelantó mi distinguido ex alumno de una maestría en economía -Gustavo Hasperué- un filósofo de fuste quien  me dio una sorpresa sumamente agradable en vista de tantos sacerdotes que insisten en políticas desacertadas que naturalmente tienen connotaciones éticas de envergadura.

Reitero parcialmente lo que he escrito antes  al efecto de aclarar lo dicho.  A raíz de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, consigné que el Papa Francisco lamentablemente vuelve a insistir con sus ideas estatistas y contrarias a la sociedad abierta reflejada en los mercados libres. Sin duda esto tiene una clara dimensión moral puesto que la tradición del liberalismo clásico y sus continuadores modernos se basan en el respeto recíproco y la asignación de los derechos de propiedad como sustento moral de sus propuestas filosóficas, jurídicas y económicas. De allí es que el primer libro de Adam Smith, ya en 1759, se tituló The Theory of Moral Sentiments, preocupación mantenida por los más destacados exponentes de esa noble tradición.

El aspecto medular del documento (que comentaremos brevemente puesto que el espacio no nos permite abarcar todos los aspectos) se encuentra en el segundo capitulo. No dudo de las mejores intenciones del Papa, pero lo relevante son los resultados de medidas aconsejadas. Para darnos una idea del espíritu que prima en la referida Exhortación, se hace necesario comenzar con una cita algo extensa para que el lector compruebe lo dicho en palabras del texto oficial.

“Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata. […] Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

En verdad, las reflexiones del Papa resultan sorprendentes debido a las inexactitudes que contienen. En primer lugar y antes que nada, debe precisarse que el mundo está muy lejos de vivir sistemas de competencia y mercados abiertos sino que en menor o mayor medida ha adoptado las recetas del estatismo más extremo en cuyo contexto el Leviatán es cada vez más adiposo y cada vez atropella con mayor vehemencia los derechos de las personas a través de múltiples regulaciones absurdas, gastos y deudas públicas colosales, impuestos insoportables e interferencias gubernamentales cada vez más agresivas, todo lo cual no es siquiera mencionado por el Papa en su documento.

Sin embargo, la emprende contra la competencia y los mercados libres que dice “matan” como consecuencia de la supervivencia de los más aptos, sin percatarse que no pocos de las que hoy acumulan las mayores riquezas, en gran medida no son los empresarios más eficientes para atender las demandas de su prójimo sino profesionales del lobby que, aliados al poder político, explotan miserablemente a los más necesitados. También omite decir que la desocupación es una consecuencia inevitable de legislaciones que demagógicamente pretenden salarios superiores a los que las tasas de capitalización permiten como si se pudiera hacer ricos por decreto. Tasas que desafortunadamente son combatidas por las políticas gubernamentales que prevalecen. Dichas tasas constituyen la única causa de la elevación en el nivel de vida de la gente, si no somos racistas y nos damos cuenta que las causas no residen en el clima imperante ni en los recursos naturales. El “derrame” es una mala caricatura del antedicho proceso.

Llama la atención que el Papa se refiere a la compasión del modo en que lo hace, puesto que, precisamente, aquella contradicción en términos denominada “Estado Benefactor”es lo que no solo ha arruinado especialmente a los más necesitados y provocado la consecuente y creciente exclusión, sino que se ha degradado la noción de caridad que, como es sabido, remite a la entrega voluntaria de recursos propios y no el recurrir a la tercera persona del plural para echar mano compulsivamente al fruto del trabajo ajeno.

Los valores y principios de una sociedad abierta no matan, lo que aniquila es el estatismo vigente desde hace ya mucho tiempo. Es importante citar el Mandamiento de “no matar”, pero debe también recordarse los que se refieren a “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En este sentido, estimo de una peligrosidad inusual el consejo papal basado en una cita de San Juan Crisóstomo cuando escribe el Papa: “animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: ‘No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos’ ” (tengamos presente las riquezas del Vaticano).

Debe precisarse, por un lado, que en una sociedad libre la desigualdad de rentas y patrimonios es inexorable consecuencia de las compras y abstenciones de comprar que lleva a cabo la gente en los supermercados y equivalentes en la medida que considere la satisface el empresario en cuestión. El comerciante que acierta obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos. Por otra parte, las desigualdades fruto del privilegio significan un asalto al fruto del trabajo ajeno por parte de ladrones de guante blanco a través de bailouts y otros fraudes que destrozan las vidas de quienes no tienen poder de lobby.

También es pertinente apuntar la importancia de la igualdad ante la ley anclada en la Justicia del “dar a cada uno lo suyo” y tener en cuenta que la igualdad es ante la ley, no mediante ella a través de la guillotina horizontal.

En esta línea argumental, es de gran importancia tener presente consideraciones bíblicas sobre pobreza y riqueza material para constatar el significado de estos términos en el contexto de los valores morales que deben primar sobre toda otra consideración, en concordancia con los dos Mandamientos antes mencionados que hacen referencia a la trascendencia de la propiedad privada, lo cual es del todo armónico con los postulados de una sociedad abierta. Así, en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona):   “la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24).

En este cuadro de situación es de interés tener presente lo estipulado por la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede que consignó el 30 de junio de 1977 en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana que “el teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y leninismo […] Si se recurre a análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados”.

En resumen, la obra del R.P. Dr. Rhonheimer -inherente a la filosofía moral cristiana de respeto recíproco- curiosamente hoy constituye una especie de milagro formidable en el seno de la Iglesia católica debido a lo que viene ocurriendo, es de esperar que su nuevo libro sea leído por un público numeroso y atento.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

Populismo vs individualismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 26/12/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/12/populismo-vs-individualismo.html

 

Conteste hemos explicado en repetidas oportunidades, el populismo no es ninguna otra cosa que una derivación del colectivismo, y por dicha razón muchas -o casi todas- las características que particularizan a éste son enteramente aplicables a aquel. Como tal, el populismo se enfrenta -por supuesto- al individualismo, ámbito este último donde se desarrolla y se afinca la auténtica moral:

“La única atmósfera en la que el sentido moral se desarrolla y los valores morales se renuevan a diario en la libre decisión del individuo es la de libertad para ordenar nuestra propia conducta en aquella esfera en la que las circunstancias materiales nos fuerzan a elegir y de responsabilidad para la disposición de nuestra vida de acuerdo con nuestra propia conciencia. La responsabilidad, no frente a un superior, sino frente a la conciencia propia, el reconocimiento de un deber no exigido por coacción, la necesidad de decidir cuáles, entre las cosas que uno valora, han de sacrificarse a otras y el aceptar las consecuencias de la decisión propia son la verdadera esencia de toda moral que merezca ese nombre.”[1]

El populismo lesiona, por lo tanto, la genuina moral, porque inhibe la libertad individual para poder optar por diversas alternativas. Al erigirse como barrera para nuestras decisiones económicas (e incluso vitales) el populismo se alza como muralla casi infranqueable para la consecución de una legítima vida humana, reduciéndonos a la condición de casi animales al servicio del déspota de turno: el jefe populista. Esta fue la experiencia vivida en la Argentina de los Kirchner, y la que aun sufren algunos otros países de la región, tales como Venezuela donde el comunismo castrochavista aun resiste los embates de las fuerzas democráticas, y -en menor escala- en Bolivia y Ecuador, donde los dictadorzuelos Morales y Correa respectivamente pretenden eternizarse en el poder. Otras experiencias también populistas, como la de Chile con Bachelet y Brasil con Roussef, aparecen algo mas diluidas, aunque no menos peligrosas en la medida que persistan. La manera en que el colectivismo populista destruye la moral, ha sido maravillosamente descripta con las siguientes palabras:

“Es inevitable, e innegable a la vez, que en esta esfera de la conducta individual el colectivismo ejerza un efecto casi enteramente destructivo. Un movimiento cuya principal promesa consiste en relevar de responsabilidad no puede ser sino antimoral en sus efectos, por elevados que sean los ideales a los que deba su nacimiento. ¿Puede dudarse que el sentimiento de la personal obligación en el remedio de las desigualdades, hasta donde nuestro poder individual lo permita, ha sido debilitado más que forzado? ¿Qué tanto la voluntad para sostener la responsabilidad como la conciencia  de que es nuestro deber individual saber elegir han sido perceptiblemente dañadas? Hay la mayor diferencia entre solicitar que las autoridades establezcan una situación deseable, o incluso someterse voluntariamente con tal que todos estén conformes en hacer lo mismo, y estar dispuesto a hacer lo que uno mismo piensa que es justo, sacrificando sus propios deseos y quizá frente a una opinión pública hostil. Mucho es lo que sugiere que nos hemos hecho realmente más tolerantes hacia los abusos particulares y mucho más indiferentes a las desigualdades en los casos individuales desde que hemos puesto la mirada en un sistema enteramente diferente, en el que el Estado lo enmendará todo. Hasta puede ocurrir, como se ha sugerido, que la pasión por la acción colectiva sea una manera de entregarnos todos, ahora sin remordimiento, a aquel egoísmo que, como individuos, habíamos aprendido a refrenar un poco.”[2]

Lo anterior expone la falsedad del populismo cuando predica una supuesta “inclusión social”. Por su propia definición el populismo es un factor de exclusión social, posiblemente el más importante de ellos, por cuanto limita sus “beneficios” a sólo un sector de la población, prescindiendo del resto. Acorde ha demostrado la experiencia argentina, la parte beneficiada por las medidas populistas se han circunscripto meramente a un tercio del total de los habitantes, merced a políticas asistencialistas que, a su turno, eran financiadas por los dos tercios restantes a través de diferentes mecanismos expoliatorios utilizados típicamente por el populismo, tales como transferencias fiscales, controles cambiarios y de precios, manipulaciones monetarias,  inflación, etc.  De los dos tercios no alcanzados por las dádivas populistas, que –consecuentemente- se vieron obligados a “pagar la fiesta”, hay que tener en cuenta que aquellos que se encontraban en el sector formal de la economía fueron los más perjudicados, ya que sufrieron un impacto directo sobre sus bolsillos por la vía tributaria. Esto significa que el daño fue menor para quienes se encontraban por fuera de la economía formal (aproximadamente dos tercios del total de la ciudadanía). Lo dicho, brevemente, en cuanto a las consecuencias económicas del populismo, respecto de las secuelas morales el conjunto social encontró menoscabo, ya que el populismo demuele todos los valores morales por igual, es decir tanto de los subsidiados como los de los que se ven forzados a subsidiar. Desde el momento que la gente se acostumbra a que sea el estado—nación el que se responsabilice por la suerte de todos, y que determine hacia donde deben ir dirigidos los recursos de la sociedad, es a partir de ese instante en que se consolida el resquebrajamiento moral de la sociedad en pleno.

“Lo cierto es que las virtudes menos estimadas y practicadas ahora -independencia, autoconfianza y voluntad para soportar riesgos, ánimo para mantener las convicciones propias frente a una mayoría y disposición para cooperar voluntariamente con el prójimo- son esencialmente aquellas sobre las que descansa el funcionamiento de una sociedad individualista. El colectivismo no tiene nada que poner en su lugar, y en la medida en que ya las ha destruido ha dejado un vacío que no llena sino con la petición de obediencia y la coacción del individuo para que realice lo que colectivamente se ha decidido tener por bueno. La elección periódica de representantes, a la cual tiende a reducirse cada vez más la opción moral del individuo, no es una oportunidad para contrastar sus normas morales, o para reafirmar y probar constantemente su ordenación de los valores y atestiguar la sinceridad de su profesión de fe mediante el sacrificio de los valores que coloca por debajo en favor de los que sitúa más altos.”[3]

[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. págs. 256-257

[2] Hayek, ídem. pág. 256-257

[3] Hayek, ídem. pág.  257

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Los mayores errores de la gestión Kicillof

Por Adrián Ravier: Publicado el 13/8/15 en:

 

El ministro de Economía, Axel Kicillof, fue entrevistado recientemente por Joaquín Morales Solá y nos dejó -en 35 minutos- interesantes argumentos para defender su administración de la política económica.

En la entrevista arremetió una vez más contra los economistas ortodoxos, defendió la política de desendeudamiento, de reindustrialización y de inclusión social, enfatizó el fuerte crecimiento económico que el país experimentó desde 2003, recordó la recuperación de YPF y Aerolíneas Argentinas. Se apoyó sobre ciertos economistas como Miguel Ángel Broda, Orlando Ferreres y Carlos Melconian para señalar que la economía está bien, creciendo un 1 %, que la inflación se desaceleró de un 40 % a un 25 % -sin recetas ortodoxas-, que las reservas están estables, que no hay problemas con los vencimientos de deuda, lo que deja una buena herencia para el próximo Gobierno, garantizando continuidad del modelo luego de 2015.

Cuando se le cuestionó el bajo crecimiento, el ministro de Economía explicó el complejo contexto internacional que nos acompaña, con caída en los precios de los commodities, con las locomotoras de China y Estados Unidos bajo ciertas dificultades y con Brasil en recesión.

Es precisamente ese contexto el que lo obligó a decidir aplicar una política contracíclica desde principios de 2014 para estimular el consumo interno mediante planes y programas, apoyado en un supuesto consenso de los economistas en las recetas keynesianas que se presentan en todos los manuales de macroeconomía y política económica.

Dejando de lado los discutibles números del ministro de Economía -que él mismo se ocupó de criticar antes de asumir funciones oficiales-, presentaré a continuación mis problemas con su administración de la política económica, que se pueden resumir en ocho puntos fundamentales.

1. No hubo crecimiento, sino recuperación.

El ministro de Economía enfatiza que la economía argentina duplicó el PIB en dólares desde 2003 a la fecha. Este puede ser un dato cierto, pero sesgado. La Argentina no logró en este período expandir su capacidad productiva, sino tan solo recuperar la actividad económica de la devaluación de 2001. En términos económicos, la receta de “impulsar la demanda para crecer” puede tener resultado visibles mientras hay capacidad ociosa, pero una vez que la economía se acerca al pleno empleo, el crecimiento económico solo puede ser generado a través de un proceso de ahorro e inversión. Tomando en cuenta que el propio ministro solo administró la política económica de este último Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el rumbo debió cambiar desde el consumo a la inversión, y sin embargo, se sostuvo en una dirección -con un diagnóstico equivocado-, manteniendo el relato de 2001, cuando la realidad que le tocó enfrentar ya era diferente.

2. La recuperación está basada en un enorme gasto público que empuja la demanda y crea empleo público, el que no se puede sostener en el tiempo.

El tamaño del Estado, medido como gasto público sobre PIB, ha alcanzado una proporción que es récord en el continente, y que no puede financiarse ni siquiera con la mayor presión tributaria de nuestra historia, que a la vez es récord en el mundo. Devolver a la Argentina a un nivel de gasto sostenible y reducir la presión tributaria a niveles normales solo puede dejar un alto desempleo y una nueva recesión que pone en duda el éxito del modelo. La Argentina se encuentra en el dilema de sostener la burbuja del gasto público, pero sin crecimiento económico, o equilibrar las finanzas públicas pero a costa de un alto desempleo estructural cuya solución fue solo temporal. Si en lugar de crear estas proporciones de empleo público, la economía argentina hubiera alentado realmente la inversión privada, entonces el aprovechamiento de esta década dorada para la región habría sido de largo plazo y el problema de desempleo estructural habría empezado a recibir una solución más genuina.

3. Comete los mismos errores del menemismo, multiplicando el déficit.

El ministro de Economía no pierde oportunidad para identificar las comparaciones entre el kirchnerismo y el menemismo, pero esto constituye una falsa dicotomía. Ambos modelos surgen del mismo partido político, pero lo más importante es que ambos han cometido el mismo error fundamental, que -como bien explicó- nos obsesiona a los economistas ortodoxos. Nos referimos al déficit fiscal. El ministro de Economía reconoció en la entrevista un déficit fiscal financiero de 3,7 % del PIB para 2014, el que dijo ser más bajo que el de Estados Unidos (4,2 %), Brasil (5,2 %) y el promedio de la región (4,9 %). Sin embargo, y sin entrar a cuestionar “sus” números, no es menor que la Argentina mantenga este déficit después de la enorme carga tributaria que señalamos con anterioridad, además de que los analistas pronostican que el déficit para este 2015 estará entre un 6 % a un 8 % del PIB. Este nivel de déficit aun está algo lejos de aquel que condujo a la economía argentina al Rodrigazo (12,1 %) y el fin de la tablita de José Martínez de Hoz (11,3 %), pero se acerca a aquel que condujo a la hiperinflación de 1988-89 (8,5 %) y al fin de la convertibilidad (7 %).

4. La política del desendeudamiento es un mito, si consideramos la deuda interna con el Banco Central y Anses.

El ministro de Economía muestra como un logro del oficialismo el bajo nivel de deuda externa sobre el PIB. Es un dato que debemos reconocer. Sin embargo, este resultado no se generó por medio de una política conservadora, sino por haber financiado el mencionado déficit fiscal con otras alternativas, como ser la emisión monetaria del Banco Central y los recursos de Anses. Lo dicho ha generado un Banco Central en quiebra bajo cualquier estándar contable, además de la mayor inflación del continente -después de Venezuela-, y de hipotecar el futuro de la población activa, gastando incluso los 30.000 millones de dólares que estaban en manos de las administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones (AFJP) al momento de la nacionalización. Resulta curioso que parte de los logros del kirchnerismo son herencia directa del menemismo, pues se han gastado los recursos ahorrados en la década anterior y se ha apoyado el “crecimiento” de esta década en la infraestructura que expandió el Gobierno anterior.

5. La inflación no es necesaria.

El ministro de Economía lanzó una inflación estimada del 18 %, pero al margen de este número discutible, enfatizó que la oposición redujo sus estimaciones de 40 % a 25 %. Es cierto que la inflación se desacelera en este último año, sin embargo, surgen dos cuestiones para señalar. Por un lado, que la desaceleración de la inflación va acompañada de una desaceleración de la actividad económica, mostrando en este último Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner un preocupante estancamiento económico, con pérdida de empleo. Por otro lado, el ministro de Economía parece estar convencido de que la inflación -a estos niveles- es necesaria, lo que obliga a los argentinos a convivir con una moneda enferma, que afecta y reduce el potencial de crecimiento de los próximos años.

6. La devaluación es una consecuencia inevitable por la enorme expansión de la circulación y el bajo nivel de reservas.

Con estos niveles de inflación que el ministro de Economía reconoce, la dolarización espontánea es una consecuencia obvia. Pretender que la gente acepte la pesificación porque existe “estabilidad en la política económica”, que genera a su vez una “inflación estable” superior al 20 %, es confundir causalidad. Si realmente deseamos la pesificación, debemos empezar por la estabilidad monetaria, que el Ministro de Economía declaró que es un aspecto secundario como objetivo de política económica. Si a la vez tenemos en cuenta la relación pesos en circulación frente a dólares en reservas netas del Banco Central, la tendencia ofrece un tipo de cambio de largo plazo superior a $ 20, que es lo que -en definitiva- marca la expectativa del mercado. Quienes hoy especulamos con una devaluación, lo hacemos porque entendemos que es una consecuencia inevitable de la política monetaria del Banco Central, que solo se puede postergar a costa de seguir perdiendo reservas, aun con innumerables cepos que la economía ya no puede soportar.

7. El tipo de cambio que importa es el real, no el nominal.

En este aspecto, preocupa además la comparación que hace el ministro de Economía con Brasil. Mientras Argentina pasó el tipo de cambio oficial de 3 a 9 pesos por dólar, en Brasil pasaron de 4 reales por dólar -cuando asume Lula da Silva- a 3,30 reales por dólar hoy, comparación que ilustró para identificar su problemática apreciación cambiaria. Habría que señalarle al ministro de Economía, sin embargo, que la evolución del tipo de cambio nominal no representa nada, y menos aun en un país como Argentina, donde la inflación ha tenido valores elevados. Reconocer esta situación lo llevaría a comprender que la misma apreciación cambiaria que criticó en Brasil es la que sufre hoy la economía argentina, y no como consecuencia del desarrollo productivo, sino como consecuencia de la política económica elegida.

8. La “fatal arrogancia” de creer que se puede controlar todo el mercado.

El ministro de Economía señaló que es natural que los importadores soliciten un dólar más barato, mientras los exportadores pretenden un dólar más caro. Ofreció el ejemplo de un industrial que resultó librecambista para el insumo, pero proteccionista para el producto. A partir de allí justificó el proteccionismo, los cepos y una política económica selectiva, dirigida y coordinada por él y su equipo. Esto atrasa el debate de política económica, por lo menos, hasta 1810, cuando Manuel Belgrano enfrentó los intereses creados de todos aquellos que se veían favorecidos por la política económica de la colonia. También cae el ministro de Economía en la fatal arrogancia de creer que realmente puede controlar todas las operaciones del mercado. El ministro de Economía no parece saber distinguir entre empresarios y pseudoempresarios, o entre industriales y pseudoindustriales. El objetivo de la política económica debería estar basado en la igualdad ante la ley, lejos del clientelismo político y tendría que dar lugar -de una buena vez- a los empresarios en serio, sean chicos o grandes.

Cierro con las sabias palabras de Frédéric Bastiat (1850): “Yo, lo confieso, soy de los que piensan que la capacidad de elección y el impulso deben venir de abajo, no de arriba, y de los ciudadanos, no del legislador. La doctrina contraria me parece que conduce al aniquilamiento de la libertad y de la dignidad humanas.”

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

“Igualdad de oportunidades”

Por Gabriel Boragina: Publicado el 30/7/13 en http://economiaparatodos.net/igualdad-de-oportunidades/

Es bastante difícil encontrar personas que no estén a favor de la “igualdad de oportunidades”, pero -al mismo tiempo- no es menos dificultoso hallar quienes se hayan detenido a pensar si lograr dicha meta es fácticamente posible, siquiera en alguna medida mínima

Lamentablemente, lo que se ha dado en llamar el ideal igualitario o igualitarista, es imposible de ser alcanzado -y esto último- no por defectos o malas intenciones en (o de) la naturaleza humana, sino por motivos más de fondo, que radican -en última instancia- en circunstancias fácticas, de tipo físico (incluido el biológico) y psicológico. 

El Dr. Krause explica: 

“Entre las tantas cosas que nuestras sociedades modernas demandan de sus gobernantes se encuentra extendida aquella que se resume en la frase “igualdad de oportunidades”. No obstante, a poco que pensemos sobre ello nos daremos cuenta que la misma, en su sentido literal, es imposible. El conocimiento se encuentra inevitablemente disperso, como también los talentos y capacidades, y así también los recursos. 

Es más, si efectivamente lográramos tener un gobierno que alcanzara dicho objetivo, sería uno en el cual se extinguiría todo vestigio de libertad individual y el respeto por muchos de los derechos que ahora también exigimos que esos gobiernos respeten y garanticen. Tenemos distintas preferencias y nos proponemos alcanzar distintos fines en nuestras vidas y ése es un conocimiento que sería imposible transmitir a un agente tal como el gobierno para que nos lo otorgue. 

La función del gobierno, entonces, no puede ser garantizarnos ciertos resultados particulares a cada uno de nosotros sino generar ciertas condiciones generales en las que tengamos “más” oportunidades para perseguir, y eventualmente alcanzar, cualesquiera que sean nuestros objetivos particulares. Es mantener dicho orden, formado por un marco de normas, tanto formales como informales, que tampoco el gobierno mismo ha generado en su totalidad sino que es el resultado de largos procesos evolutivos.”

“Inclusión social”

En los últimos tiempos se ha puesto de moda otra alocución que se usa en lugar del ya clásico eslogan de la “igualdad de oportunidades”, y el que ya se ha convertido en una muletilla de políticos, periodistas y muchas otras personas, que hablan incesantemente de la “inclusión social”. Sin embargo, nadie acierta a definir con exactitud a qué se quiere referir con esta novedosa fórmula, lo que no impide, a poco que quien intente explicarla lo haga, descubrir que detrás de esta nueva expresión no encontramos otra cosa que a nuestra antigua conocida “igualdad de oportunidades”. Parece ser que esta es una nueva estrategia de “progresistas” y “populistas” para escapar a la necesidad de probar cómo sería posible conseguir aquella utópica “igualdad de oportunidades”. No obstante, el punto de estos “modernos” demagogos sigue siendo esta hipotética “igualdad” imposible de obtener. 

La “inclusión” que se pide, es la de los “desfavorecidos” en el círculo de los “favorecidos”, y esta declamada “inclusión” sólo podría lograrse mediante el añejo expediente de quitarles a aquellos “favorecidos” lo que les pertenece, y entregárselo a los que no les pertenece (los “desfavorecidos”), con lo que nos volvemos a topar con otro eslogan mas pretérito aun: el de “la justicia social”, que ya hemos examinado otras veces. Y si se negara, diciendo que se tratan de “cosas diferentes”, ello nos llevaría de retorno al concepto de “igualdad de oportunidades”. 

 “La “igualdad de oportunidades” carece de trascendencia en los combates pugilísticos y en los certámenes de belleza, como en cualquier otra esfera en que se plantee competencia, ya sea de índole biológica o social. La inmensa mayoría, en razón a nuestra estructura fisiológica, tenemos vedado el acceso a los honores reservados a los grandes púgiles y a las reinas de la beldad. Son muy pocos quienes en el mercado laboral pueden competir como cantantes de ópera o estrellas de la pantalla. Para la investigación teórica, las mejores oportunidades las tienen los profesores universitarios. Miles de ellos, sin embargo, pasan sin dejar rastro alguno en el mundo de las ideas y de los avances científicos, mientras muchos outsiders suplen con celo y capacidad su desventaja inicial y, mediante magníficos trabajos, logran conquistar fama.”

Casi todos los gobiernos -y no sólo los populistas y progresistas que venimos sufriendo desde hace décadas-, persiguen la utopía igualitaria, y buscan ese mundo plano y chato en el que nadie sobresalga ni destaque sobre su prójimo. Lo que obtienen es la paralización del progreso y del mejoramiento humano, al tiempo que las riquezas y el poder económico se acumulan en manos de una clase política que, habiendo pasado por el poder o permaneciendo en el mismo en cualquiera que sea sus niveles, es cada vez menos igual a aquellas masas de gentes que demagógicamente dicen que quieren “igualar en oportunidades”. La única “igualdad de oportunidades” que jamás estarán dispuestos a compartir es la oportunidad de hacerse con el poder absoluto y totalitario con el cual someten a sus gobernados. Prueba de ello, son las demagogias sudamericanas en manos de los Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano. 

El sistema que brinda mayores oportunidades para todos es el capitalismo, como lo explica el Dr. Mansueti cuando dice de él: 

“No es perfecto, aunque es muy superior a cualquier otro para generar ahorros e inversiones, que llevan a la formación o “acumulación” de capital. Es ideal para los trabajadores, porque la competencia incrementa sus oportunidades de empleo y opciones para escoger entre numerosos empleadores, y la acumulación de capital aumenta su productividad e ingresos reales. Y quienes mejor lo saben son los propios obreros: ellos se trasladan, casi siempre con sacrificios y altos costos, desde sitios donde hay relativamente menos libertades y oportunidades, a destinos donde hay (relativamente) más; y nunca a la inversa.”

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

La colonización del Estado

Por Eduardo Filgueira. Publicado el 12/4/13 en http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2013/04/la-colonizacion-del-estado.html 

“….existen dos clases de personas: los gobernantes y los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, lleva a cabo todas las funciones políticas, monopoliza el poder y goza de las ventajas que a él están unidas; mientras la segunda, más numerosa, está dirigida y regulada por la primera en modo más o menos legal, o más o menos arbitrario y violento, y a ella provee, por lo menos aparentemente, los medios materiales de subsistencia y aquellos que a la vitalidad del organismo político son necesarios…” Gaetano Mosca

 
La Democracia supone una forma de organización social que expresa la voluntad del conjunto social. Esto es decir que: debiera ser una forma de organización que encuentra su representación en el Estado, para que las decisiones colectivas sean adoptadas por el pueblo. Desde una perspectiva más amplia aún, la democracia es una forma de convivencia social, que se posibilita a través de sus instituciones – surgidas libres y espontáneamente y no de manera contractual[1] como proceso evolutivo de la sociedad[2] – que se supone resguardan los intereses y las necesidades de la ciudadanía.
Existen varias formas de democracia, porque sus variantes son posibles en función de lo que para cada pueblo resulta aceptable o necesario. Existen algunas en las que el sistema es representativo – democracia indirecta [3] – la que es ejercida con mayor o menor “calidad” en la representación y otras en la que, en base al discurso o las acciones políticas y el efecto aglutinador con que se puede convocar a la ciudadanía, se actúa en función del interés público.
Pero el discurso político es siempre “discurso de necesidad” de los políticos, ya que su capital son “los votos”, para lo que con frecuencia no se escatiman esfuerzos en el disfraz y dadas las imperfecciones del mercado político, el discurso puede conducir a la creencia en ocasionales mayorías, que existe correlación entre el mismo y la realidad, lo que le explica y fundamenta la concesión de su voto.
La brecha existente entre el discurso de necesidad y la realidad hace a las democracias diferentes: por un lado esa brecha es mayor cuando las democracias aparentan representar (pero no lo hacen) el real interés de la ciudadanía a las que denominamos “democracias devaluadas” y por otro en las que la brecha es menor, pues son más abiertas y plurales, lo que las convierte tanto en verdaderamente representativas, como en custodia de los intereses generales y por lo mismo más republicanas.
Hablamos de República cuando el Estado fundamenta su accionar en el imperio de la ley (La Constitución) y la igualdad ante la misma como forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno sobre los ciudadanos y de las mayorías sobre otros de menor poder, así como con el objeto de proteger los derechos fundamentales [4] y las  libertades civiles de los ciudadanos, así como otros derechos incorporados [5], de los que no puede sustraerse nunca un gobierno legítimo.
Lo cierto es que una república está fundamentada en el “imperio de la ley” (la Constitución) y no en el “imperio de los hombres” y el hecho político que más la jerarquiza es la independencia de sus instituciones de los aconteceres y pensamiento políticos circunstanciales.
Los conceptos aceptados que participan del contenido de la “República” son:
la periodicidad en los cargos;
la publicidad de los actos de gobierno (ya que no debería ser posible el secreto de Estado);
la responsabilidad de los  de políticos y funcionarios públicos;
la separación y control entre los poderes;
la soberanía de la ley;
el ejercicio de la ciudadanía (que es quien pone y depone);
la práctica del respeto, y tolerancia, para con las ideas opuestas;
la igualdad ante la ley y
la idoneidad como condición de acceso a los cargos públicos.
Por lo que:”….solo un montón de gente no es una república”. (Aristóteles)
Con el nacimiento de la concepción del Estado-Nación la participación política fue mutando de “partido de notables” a “partidos de masas”, lo que obligó a los políticos a modificar su estrategia para lograr incrementar su masa de afiliados o adeptos.
Los partidos debieron “ampliar su discurso” e involucrar a la mayor cantidad posible de gente, dirigiéndose a la sociedad en general, con plataformas y enunciados amplios, flexibles y poco definidos. La elección de los “candidatos visibles”, reconocidos, que “midan bien” y tengan credibilidad y aceptación popular es su tarea de mayor importancia, sin que la mayor o menor coincidencia política constituya impedimento alguno, ya que se espera de ellos que “traccionen” votos, que es su mayor cauce de alimentación.
Pero esto es solo el comienzo de una serie de concesiones – alimentadas en la identificación del votante con el candidato – y que responden al supuesto de satisfacer sus demandas y necesidades, lo que representaría – en el imaginario colectivo – “el Bien Común”. [6]
Los políticos suelen leer muy bien, para ajustar su discurso, el pensamiento o ideario preferente de su votante potencial. Este pensamiento no es casual: se sustenta en una serie de valores y creencias, reforzadas con cada discurso político, que lo identifica y potencia para “su” interés.
Desde esta visión no parece cierto que los políticos surgen de la sociedad “con sus valores”,.. sino que ellos surgen por reclutamiento desde la sociedad y cada uno accede a la clase política como resultado de una intensa lucha por su preeminencia, para lo que se basa en principios y tendencias que la sociedad sustenta y que varían con las culturas, pero que sabe leer adecuadamente.
En nuestra sociedad que sufre enormes carencias, y que se multiplican en cada generación y con cada nueva frustración, el discurso político abarca desde el “patriotismo”, la lucha “contra los poderosos” (a los que se acusa de ser el origen de todos los males), hasta la ansiada “inclusión social”, con todo lo cual (y otros ingredientes) se diseña un anhelado y pomposo discurso “nacional y popular”, que solo el Estado puede llevar adelante.
Sin la intensión de pasar por el historicismo, debo reconocer que ese discurso colectivista, de depositar la esperanza en el estado benevolente y benefactor,.. el que resolverá todos nuestros males, es cierto que tiene raíces muy profundas en nuestra historia.
Una vez que abandonamos el pensamiento preconizado por Sarmiento y Alberdi [7] (entre muchos otros), que nos condujo a épocas de importante crecimiento, llegando a integrar la legión de los países más desarrollados de esos tiempos (con uno de los mayores PBI/cápita), padecimos de un progresivo deterioro producto que las ideas colectivistas – que eran nacientes en la Europa de esos días y nosotros recibimos importadas – que la población adoptó rápidamente y nuestros políticos supieron explotar para su conveniencia. Todo el arsenal discursivo les estaba servido.
Los políticos asaltaron el poder con el discurso de representar “el bien común”. Obtuvieron así el favor y el voto de las mayorías. Así como fueron beneficiarios de sus esperanzas. Pero una vez instalados debieron responder a las demandas de la población – siempre infinitas – y por lo menos hacer creer que satisfacían sus necesidades con recursos – siempre finitos – del Estado. Y en nuestra sociedad asignar recursos de unos para distribuirlos discrecionalmente en otros, asumiendo además los beneficios políticos de la intermediación, no representa ningún riesgo y posibilita enormes ventajas, más allá de la mala asignación. Porque las acciones políticas se saben impunes.
Lo expresado supondría que no existen políticos honestos,.. cuestión que resultaría un exceso hipotético. Pienso que si, existen políticos honestos, pero en las condiciones que describo les resulta difícil destacarse, sobrevivir, llegar al poder y llevar a cabo sus proyectos, pues no siempre se les permite el enfoque top-down, ya que deberían luchar con la burocracia estatal ya previamente establecida. Y por otra parte – inexorablemente – deberá negociar con otros miembros de la corporación política.  
Las concesiones siempre van creciendo a la par de las demandas sociales (siempre infinitas), por lo que se relajó el aparato del Estado, convertido en aparato político del gobierno de turno. 
Ambos quedaron rehenes: los políticos de obtener el voto y los ciudadanos de ser clientes,.. dependientes del favor político y además engañados. Los políticos encaramados en el poder solo gustan de mantener este esquema.
Lo cual nos permite afirmar que tampoco es cierto declamar, como lo hace algún filósofo trasnochado (neo-marxista) que reivindica el clientelismo político (populismo) como una forma de participación social y democrática. [8]
El populismo tiene un trayecto inequívoco: conduce a la degradación de la sociedad, a su pauperización económica, a la aceptación de conductas de ciudadanos dependientes, que han claudicado su libertad, depositan una vana esperanza en “el todo” (como preconizaba j. J. Rousseau) [9] y son sujetos de la manipulación política.
En nuestra región solo cuatro los países transitan este camino del “populismo”: Venezuela, Ecuador, Bolivia y el nuestro. Los demás parecen haber comprendido que este no es el mejor para la transformación de las democracias en repúblicas, ni del desarrollo social y económico, ni el de sociedades más abiertas [10], tolerantes y capaces de promover una mayor cohesión social, mejorar los intercambios y posibilitar un mayor desarrollo. Pero para ello la intervención del Estado debe tener un límite preciso.
Como ejemplo vale decir que el PBI de estos cuatro países – cuyos gobiernos son populistas – no alcanza a ser el 10% del total de países de la región. [11]
Por el contrario, a pesar de su discurso “progresista”, las sociedades populistas son fuertemente intervencionistas – no solo por convicción, sino porque su la misma les provee de recursos para su financiamiento – y por ello intervienen (aún sin ideas claras) en la economía, se esfuerzan permanentemente en encontrar “afuera” algún adversario, u oponente, al que descalifican para avanzar siempre en sus proyectos orientados a establecer un pensamiento único y hegemónico, que se debe imponer a cualquier costo.
Cuando las políticas económicas fallan, la culpa la tienen los economistas, que sufren el descrédito popular, sin decir – aunque economistas existen de todo tipo y no todos tienen sustento teórico o académico suficiente – que las políticas económicas son siempre resultantes de la distorsión política.
El Estado se entromete en todas las actividades y las distorsiona. En algunas para regularlas y obtener financiamiento y en otras – las sociales y culturales – para reforzar su credibilidad y discurso.
De esta forma se confunde el rol del gobierno con el rol del Estado, porque este es utilizado para fortalecer y sostener al gobierno que utiliza para su beneficio sus instrumentos.
La necesidad de perpetuación del poder es consustancial a los gobiernos populistas, porque son menos republicanos y porque consideran – en un grave culto a la personalidad – que solo ellos pueden llevar adelante “el proyecto” que en realidad se confunde con sus intereses.
Y para ello nada se hace más importante que acallar las voces opositoras y limitar la libertad de prensa. No existe gobierno alguno que no haya recurrido a silenciar la prensa no domesticada, o que no se avenga a sus designios e intensiones.
En nuestro país la cooptación, coerción no solo sobre las voces opositoras, sino contra la prensa independiente, tienen su corolario final en la Ley de Medios sancionada (ahora en stand-by en sus artículos 45 y 161 por consideración de inconstitucionalidad en la Justicia), esta es la forma por la que  el Estado pretende recuperar el monopolio de la información (que ya hace a través de una innumerable cadena de medios adeptos, afines o cooptados.
Los avances contra la libertad de expresión es un denominador común de los gobiernos populistas – como así de también otros – que pretenden silenciar las voces adversas y que tienen como objetivo final la instalación de un pensamiento único y hegemónico.
Ello atenta contra el desarrollo social – como cualquier intervención que realice el Estado – pero muy especialmente cuando la intervención restringe libertades fundamentales, ya que se requiere de una multiplicidad de voces, ideas e intercambios, que permitan diferentes opciones y que la libre elección de cada uno le posibilite optar o elegir el mejor camino para concretar sus objetivos de vida.
A su vez para su financiamiento el Estado recurre al endeudamiento (incluso la aberración de echar mano a diferentes cajas que supone a su disposición: ANSES, PAMI, etc.), a expropiaciones lisa y llanas – como las efectuadas a empresas (casos YPF y AA) o a los ahorros de los particulares (caso AFJP) – como a impuestos y otras fuentes de ingresos, como es el  irresponsable incremento de la masa monetaria (vía Banco Central que debiera ser independiente para cumplir su función prioritaria: “resguardar el valor de la moneda”) mediante la emisión, que registra un incremento del 40% interanual.
Con relación a la presión impositiva: “….considerando los impuestos nacionales y provinciales, la recaudación pasó, entre los años 2002 y 2012, del 19,9% al 36,7% del PBI. Es decir que bastante más de un tercio del ingreso generado por el país es apropiado por el Estado a través de los impuestos. Si se agregaran los tributos municipales y el impuesto inflacionario la presión impositiva supera con holgura el 40% del PBI…(…)… Este proceso responde a la creciente necesidad de recursos que demanda el vertiginoso aumento del gasto público. Prueba de ello es que el incremento de la presión tributaria se viene dando junto con la masiva apropiación de fondos del Banco Central, la ANSES y otros organismos del sector público.” (12) Inevitablemente estas acciones de la política conducen a desincentivar el ahorro y la inversión. Los grupos de interés se dirigirán en el sentido de captar parte de los recursos que gasta el Estado en diversas formas de asociatividad con los funcionarios, pero sin generar empleo genuino, ni otras fuentes de producción. Por ello crece más el empleo público que el empleo privado.
Y la presión impositiva aumenta necesariamente más, a la medida de las crecientes necesidades del Estado, mientras lo que los servicios que el Estado brinda son malos e ineficientes, es decir no mejoran a la par de los recursos que se recaudan o la moneda que se emite.
La pérdida del poder adquisitivo de la moneda, cuando la emisión incrementa la masa dineraria más allá de la demanda, se expresa en una creciente inflación de la que el Estado es el principal beneficiario y los más perjudicados son los más necesitados: el “impuesto inflacionario”, (que llega hoy al 30% anual).
Los defensores del incremento irresponsable del gasto público – en general adeptos de las teorías keynesianas – se apoyan en el aparente bienestar que el incremento del consumo inicial produce. No reparan en las consecuencias alejadas, que en el caso de nuestro país han sido disimuladas o salvadas por el endeudamiento interno o los ingresos producidos por las retenciones a las exportaciones. Sin mencionar la mentira oficial de las estadísticas del INDEC.
A no tan largo plazo y luego de una etapa de expansión del consumo, el incremento del circulante es el principal – aunque no el único – factor desencadenante de la inflación.
El temor y la desconfianza se instalan: pero ya no es posible dar marcha atrás. El consumo se desacelera, con el agravante de que tampoco es posible ya el ahorro – y cundo lo es los actores se refugian en una moneda más “dura” comparativamente – aunque sean acusados de “desestabilizadores”. Nuevos controles se instalan que no hacen más que agravar la situación.
Por sus políticas el gobierno: malgasta el dinero de los contribuyentes, subsidiando a muchos que los quiere dependientes como a sus socios de grupos de interés quitándoles a los que producen, termina siendo deficitario endeudándose o emitiendo, generando inflación en vez de reducir el gasto público, distribuye privilegios de unos a expensas de otros y no alienta el desarrollo productivo, genera mercados cautivos y anula la competitividad, incrementa la cantidad de empleados públicos que a fuerza de oprimir las actividades productivas no encuentran otra opción, y con ello aumenta a su favor los votantes dependientes del presupuesto público y desalienta a los votantes libres de influencia. (13)
Pero ello no importa pues cualquier fracaso será luego atribuido a los economistas, sin reconocer la manipulación política de las variables económicas. La intervención del Estado es siempre nefasta, porque los políticos la necesitan para adecuarla a sus fines.
“…El laissez-faire no significa: dejen que operen las desalmadas fuerzas mecánicas. Significa: dejen que cada individuo escoja como quiere cooperar en la división social del trabajo; dejen que los consumidores determinen cuales empresarios deberían producir. Planificación significa: dejen que únicamente el gobierno escoja e imponga sus reglas a través del aparato de coerción y compulsión…” (14)
Y ello conduce inevitablemente a una fase de desaceleración de la actividad económica, acompañada de una situación crítica y recesión.
El gobierno igualmente debe protegerse, así es que siempre encuentra medios alternativos para continuar con sus políticas económicas expansionistas, a cualquier costo y ello más aún en períodos pre-electorales, cuando precisa mantener las ilusiones y esperanzas de su votante cautivo.
Las políticas públicas se distorsionan y se mal asigna el gasto público.
En nuestro país con un importante déficit energético – dadas las malas políticas en el área – supone que se requieren importaciones por aproximadamente 15.000 millones de u$s para el 2013. Pero esta circunstancia – grave porque repercute en toda la actividad económica – no los amilana, aunque sea un importante problema a solventar.   
El gasto público aumenta hasta niveles inusitados en relación al PBI. Y ello paradojalmente induce a más estatismo, populismo y arbitrariedad política.
Y es importante destacar  que a este proceso siempre lo acompaña siempre la corrupción. Y nuestra sociedad tolera, sin inmutarse ante la carencia de comportamientos éticos por parte de los funcionarios, aunque sus consecuencias la afectan directamente porque además de ser una enorme carga pública: “la corrupción mata”.
De esta forma ingresamos en el camino que estos gobiernos populares a fuerza de ejercer su poder y expectativas de perpetuación, transitan del manejo autoritario y progresivamente, a actitudes totalitarias, distinción que solo reconoce una tenue, imperceptible y fina línea de separación.
Los gobiernos autoritarios sin una ideología tan elaborada, sostienen al líder de forma meramente propagandística, sin buscar el apoyo de las masas sino solo someterlas mediante la relación de dependencia, e imponer su voluntad en la sociedad sin realizar grandes cambios.
Cuando transitan al totalitarismo conciben la sociedad como sometida a una voluntad hegemónica, e intentan justificar sus acciones mediante una ideología que les explica su intervención en todos los ámbitos de la actividad social, ya sea (en mayor o menor medida): cultural, económica, familia o religión.
Para ello requieren la concentración absoluta del poder.
De hecho ya el Poder Legislativo es hoy en día en nuestro país una simple escribanía que consolida los actos y deseos del Poder Ejecutivo. Los que se dicen representantes del pueblo no lo son en la medida que el mismo pueblo que los votó ni los conoce, ya que son “colgados del cabeza de lista” que es el que “mide bien” en la intensión de voto.
Nos encontramos así sin representación política real parlamentaria, que únicamente beneficia al gobierno que ejerce el poder ejecutivo y solo se convalida en las mayorías, que circunstancialmente le otorga la fuerza de las mayorías legislativas. Así es que Poder Ejecutivo y Legislativo – aunque sean el resultado de elecciones separadas – marchan con frecuencia de la mano; ya que quien designa a los representantes son socios del mismo gobierno que tiene el respaldo de su propio peso. Pocos gobiernos han debido transitar con un Poder Legislativo no adicto.
En una democracia con vocación de república, las mayorías deben actuar con respeto a las minorías ya que no pueden ni deben imponer sin más, su criterio.
En nuestro país el procedimiento de las “listas sábana” se ha institucionalizado y cuando se ha reclamado por la abolición del sistema, los políticos han encontrado la forma de neutralizar otras opciones. Por ejemplo: rediseñando a  su medida los distritos electorales.  
Y como si todo lo expresado fuera poco, en un rapto de increíble desenfado, asistimos hoy al avance del poder político sobre la Justicia, con una pomposa denominación de “democratización de la Justicia”, que solo puede entusiasmar a sus adeptos o a algún distraído. Los proyectos de Ley – a ser aprobados por un parlamento adicto – presentan dos aspectos fundamentales que interesan al gobierno y ponen la democracia muy lejos de posibilitar la república.
Por un lado la incorporación de modificaciones procedimentales y explícitas para posponer o eliminar la posibilidad de que los ciudadanos se resguarden de los excesos del Estado, mediante amparos. Esta iniciativa para regular las medidas cautelares de empresas y particulares y de crearse la Cámara de Casación en lo Contencioso Administrativo, los reclamos basados en urgencia y demora se dilatarán hasta la sentencia de fondo: las mismas pueden extenderse por plazos indefinidos, lo que beneficia al más fuerte: el gobierno que elude de esta forma sus compromisos.
Lo que obedece a eliminar todo tipo de reclamos que afecten las alicaídas arcas del Estado que no puede recaudar más – dada la ya alta presión impositiva actual – necesita en un momento pre-electoral asignar recursos según sus intereses, y no distraerlos en atender justos reclamos de los ciudadanos que son permanentemente avasallados por el Estado. Por ejemplo: los múltiples juicios de los jubilados, con sentencia firme que a pesar de ello no son satisfechos y que suman millonarias deudas del Estado.
Y por otro lado el control partidario del Consejo de la Magistratura, órgano parlamentario, cuyo dominio permitiría coaccionar sobre los Jueces en especial a los de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que todavía se mantienen independientes ante los avances del poder político.
Los Jueces podrán actuar pero siempre con “la espada de Damocles” sobre sus cabezas, la coacción para sus nombramientos y la permanente amenaza de su destitución significará una constante presión para que sus fallos favorezcan al gobierno, más allá de la partidización política del único poder que se considera independiente: la Justicia.
Seguramente el origen de este proyecto fue el fracaso del gobierno en sus avances contra el Grupo Clarín por la Ley de Medios.   
El Estado de Derecho supone – como he mencionado antes – la “separación de poderes del Estado” y este es un principio que lo caracteriza.
Paradojalmente el Estado existe con la finalidad de proteger al hombre de otros hombres. Cada ciudadano, sacrifica una completa libertad por la seguridad de no ser afectado en su derecho a la vida, la integridad, la libertad y la propiedad. Sin embargo, la existencia de ese Estado no garantiza la defensa de los derechos de la persona. Es decir que, muchas veces el hombre se encuentra protegido contra otros hombres, más no contra el propio Estado, el cual podría oprimirlo impunemente mediante las facultades coercitivas que le ha otorgado la propia colectividad.
Antiguamente las funciones del Estado se encontraban monopolizadas por una sola persona: el monarca. Esta situación – que se denominó despotismo – fue la que motivó la rebelión liberal. La misma estableció los fundamentos del constitucionalismo en el que se basa el Estado moderno, a través de lo que se dio en llamar ”cheks and balances” (controles y contrapesos) y se refiere a una serie de procedimientos mediante los que una rama del poder puede controlar limitar la acción de otra. (15)
La separación de poderes no es una caprichosa idea de cientistas políticos y filósofos, sino una idea esencial para el libre juego democrático que permite instrumentos al ciudadano para resguardarse del poderoso poder político.
El Poder Judicial debe actuar de manera independiente y no puede ser colonizado. (16).  – como se intenta – por el poder político partidario. La idea de “democratizar la Justicia” suena atractiva, pero es solo un canto de sirenas: más allá de las apariencias supone serios riesgos para nuestra devaluada democracia, por el posible sometimiento y coacción al que puede ser sometido el Poder Judicial.
Planteado de esta forma la superación de los problemas que afectan a nuestra democracia, parece una difícil cuando no imposible y utópica lucha.
La posibilidad de confrontación por fuera de las alternativas democráticas no pasa ni remotamente por nuestra idea. Tampoco la posibilidad de plebiscitar el descontento: los costos de transacción son muy altos, como para lograr una aceptable organización de las espontáneas manifestaciones ciudadanas.
Sin embargo no hay nada que altere más a los políticos que las expresiones públicas de descontento – y aunque no se detendrán por ello – con seguridad intentarán disfrazar o disimular sus aspiraciones hegemónicas, que hoy explayan sin tapujos.
Creo que – debemos fundar nuestro accionar – y podemos ser optimistas, porque la innovación tecnológica nos permite comunicarnos y coordinar nuestras acciones para hacer sentir nuestro repudio a estas acciones políticas de políticos inescrupulosos y sin límites.
La política – por la naturaleza y consecuencias de su accionar – no debería ser una profesión para perversos,.. y creo que en algún momento encontrará la forma de auto-depurarse. Nuestro papel de ciudadanos es hacérselo saber de manera contundente.
 
(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima
Director del CEPyS
Magister en Sistemas de Salud y seguridad Social.
Magister en Economía y Ciencias Políticas.
 
Buenos Aires, Abril 12 de 2013
 
<!–[if !supportFootnotes]–>Referencias:


1) Existen autores llamados “contractualistas” como Hobbes, T. ; Locke, j.; Rousseau, J. J.; etc.
2) Hayek, F. “Los fundamentos de la libertad” (1960)
3) Democracia indirecta o representativa cuando la decisión es adoptada por personas reconocidas por el pueblo como sus representantes
4) Entiéndase los derechos a: la vida, la libertad individual, la propiedad, y a la búsqueda por cada quien de lo que entienda es su felicidad.  
5) Se refiere a los Derechos de 2ª y 3ª generación.
6) Filgueira Lima, E. “Los riesgos del Bien Común”, (2011)
7) Alberdi, J. B. “La omnipotencia del Estado”, (1880)
8) Laclau, E. “La razón populista”, (2005)
9) Rousseau, J. J. “El Contrato Social” (1762)
10) Popper, K. “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945)
11) Melconián, C. “Las cuatro fases del populismo” (2013)
12) IDESA (Inf. Nº 487, Marzo de 2013) www.idesa.org
13) Simonetta, M. “Conferencia homenaje a J. Buchanan”, (Fundación Bases, 2013)
14) Mises, L. “Política económica”, (1958)
15) Montesquieu, C. L (de Secondat et de La Brede); Del Espíritu de la Leyes (1748). Alianza Ed. (Según el autor, el poder judicial no debe concentrarse en las mismas manos, que los otros poderes. Es una teoría de contrapesos, donde un poder equilibra al otro.
16) Laje, A. “Se consolida la neo-dictadura: la colonización de la Justicia” (2013)

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social, Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

Confirmado: se nos ríen en la cara

Por Roberto H. Cachanosky: Publicado el 2/6/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3545

Mientras Cristina Fernández afirmaba que viene un nuevo mundo, pero algunos están atados al viejo y reclamaba que los argentinos no piensen en dólares, que lo hagan en pesos, Aníbal Fernández, en una entrevista radial con Magdalena Ruíz Guiñazú, casi a los gritos decía que el tiene dólares porque se le canta. También a los gritos le respondía a la periodista, cuando le preguntaba si tenía dólares: “Y Ud. que le importa”.
Si esa preguntara me la formularan a mí, la respuesta de Fernández sería la correcta, pero resulta que el ex duhaldista devenido en ultra kirchnerista fue jefe de gabinete, ahora es senador por el oficialismo y pocos días atrás afirmaba, en otra entrevista radial, que los argentinos tenemos que ir acostumbrándonos a pensar en pesos.
Si todo el gobierno viene afirmando esta pavada de tratar de pesificar de facto la economía, la respuesta de Fernández es un descaro. En efecto, él dijo que había comprado dólares en tiempos pasados, no ahora, como una forma de justificar la tenencia de dólares. El problema es que esa no es una excusa para seguir teniendo dólares. Si, como él afirmó y el resto del gobierno insiste, los argentinos tenemos que empezar a pensar en pesos,  lo que debería hacer Fernández, para ser creíble en su discurso, es vender los dólares al tipo de cambio oficial, de la misma forma que el gobierno obliga a los exportadores a vender sus divisas al dólar oficial, y hacer un depósito a plazo fijo en pesos al 9 o 10 por ciento anual. Total, si como dice el INDEC oficial, la inflación es del 9%, no va a perder plata. Salvo que piense que la inflación va a ser del 30% anual.
¿Acaso no es el gobierno el que dice que no hay que pensar en dólares y que los que fugan capitales son traidores a la patria? Bueno, para demostrar su patriotismo y fe en el modelo, que venda sus dólares, los coloque a plazo fijo en pesos así los bancos pueden prestarle a la gente sus ahorros. Esa es la forma en que funciona el mercado crediticio. Unos ahorran vía el mercado de capitales para prestarles a otros para que consuman o inviertan.
Pero con los dichos de Fernández quedó en claro que la inclusión social del kirchnerismo es en base a la plata del trabajo ajeno, porque de la de ellos no parecen estar dispuestos a poner un peso.
Pero aquí no termina la historia. El gobierno fue cerrando la compra de dólares para los particulares mediante mecanismos arbitrarios. La AFIP autoriza al que se le da la gana violando todos los principios constitucionales, persiguen a la gente con perros por la calle para ver quién anda con dólares, hay que explicarle a la AFIP dónde viajo, porqué viajo, con quién viajo, etc. para poder comprar dólares, las empresas no pueden girar utilidades al exterior, las importaciones se autorizan como se le canta a Moreno y ahora se espantan porque dicen que hay una operación mediática para asustar a la gente con la pesificación. Son ellos los que hacen lo imposible para asustar a la gente. Y hacen todo eso porque la realidad es que el Central no tiene los U$S 47.000 millones que dice tener.
Dijo Cristina Fernández: “Quiero convocar a todos los argentinos a que más que lo que leen piensen en lo que pasó en el país en los últimos nueve años, y allí encontrarán la clave de lo que somos capaces de hacer y, también, de lo que nunca seremos capaces de hacer”. Coincido, en estos nueve años ignoraron los fallos de la Corte Suprema de Justicia, confiscaron nuestros ahorros en las AFJP, destrozaron el sistema energético,  la política ganadera hizo que consumieran 15 millones del stock ganadero, nos prohíben comprar dólares como si fuésemos delincuentes, confiscaron las acciones de Repsol sin indemnización previa y ley, Moreno es un burócrata todo poderoso que, sin firmar una resolución, da órdenes por teléfono diciendo qué hay que vender, a qué precio, en qué cantidades, adelantaron a su antojo las elecciones del 2009, y el listado sigue.
Cuando analizo lo que han hecho en estos nueve años para ver qué son capaces de hacer la respuesta es clarísima: pueden sobrepasar todos los límites imaginados a la hora de cometer barbaridades económicas, ignorar el orden jurídico y confiscar a diestra y siniestra, sabemos qué pueden llegar a hacer y qué es seguro que no van a hacer: someterse al Estado de derecho.
En 2003 el Estado Nacional recaudó $ 72.248 millones. En 2012 ingresaron en las arcas estatales $ 540.134 millones, es decir, en pesos multiplicaron por 7,5 veces los ingresos solo del Estado Nacional, es decir, sin contar la carga tributaria provincial y municipal. Y a pesar de haber multiplicado por 7,5 los ingresos fiscales hoy tiene déficit en las cuentas públicas y no saben qué caja manotear. Eso han demostrado de lo que son capaces de hacer en estos 9 años.
Si medimos la recaudación en dólares, pasó de U$S 25.516 millones en 2003 a U$S 130.769 millones en 2012. Multiplicaron por 5,3 los ingresos fiscales medidos en dólares y encima no les alcanzan los dólares para pagar la deuda pública al punto que fuero por las reservas del BCRA y encima no le dejan comprar libremente dólares a la gente. Eso han demostrado de lo que son capaces de hacer en estos 9 años.
Con estos datos solamente podemos advertir de lo que son capaces de hacer: despilfarrar los recursos de los contribuyentes en una orgía populista para acumular poder.
Cristina Fernández también afirmó: “Se han perdido muchos silo bolsa en Carlos Casares, en Azul, por las inundaciones, que no es nada bueno. Yo desde acá les dije no especulen, vendan que está a buen precio. La avaricia, tener mucho y querer más, es un pecado”. La verdad es que el crecimiento patrimonial de los Kirchner no parece coincidir con este párrafo de doña Cristina.
Apelando a la paciencia del lector transcribo otro párrafo del discurso de la presidente: “Olviden la especulación, piensen en sus hijos y vean lo que está pasando en el mundo. A todos nos gusta tener siempre más, es una conducta del hombre, pero cuando esto traspasa algunos límites trasciende la racionalidad humana“. Dígame realmente el lector si, definitivamente, no se nos ríen en la cara amparados en la impunidad que les otorga el monopolio de la fuerza que les delegamos.
Finalmente, ante las denuncias de eventuales coimas en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires, el kirchnerista Ottavis dijo: “Es mi teléfono el de la foto. (…) Clarín pone una foto confusa, trucha, poco clara, y dice algo que no es real. La impunidad de este diario, de violar la intimidad de un trabajador, de una persona, asusta. Mienten porque lo de ayer es histórico”. Ottavis se queja porque dicen que violan su intimidad. ¿Qué tenemos que decir el resto de los mortales que para comprar un dólar debemos darle a la AFIP información privadísima o para viajar al exterior tenemos que contar nuestra vida particular? Insisto, amparados en la impunidad que otorga el monopolio de la fuerza, si nos ríen en la cara. Pero, como dice el dicho, ojo que el que ríe último, ríe mejor. No vaya a ser cosa que un día las cosas se den vuelta y se les borre la sonrisa de la cara cuando, restablecida la república, tengan que dar explicaciones de infinidad de causas que hoy duermen en el los escritorios de algunos jueces.  

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

Las medidas arbitrarias son hijas del proyecto político

Por Roberto Cachanosky. Publicado el  24/3/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3409

No existe tal cosa como un modelo de inclusión social, solo tácticas de corto plazo para sostener el financiamiento del populismo. Por eso las crecientes arbitrariedades en materia política económica .

Al momento de redactar esta nota, la última medida de Moreno fue prohibir la importación de libros, revistas, etc. y complicar la compra de libros que, por ejemplo, se hacen por Amazon. En rigor yo diría que esta medida perjudica a la gente de menos recursos, porque para los más adaptados a las tecnologías, esta medida les causa gracia. Basta con comprar un E-book y resuelve el problema. Quien dispone de una Kindle touch de Amazon, cuesta U$S 139, puede comprar libros sin que pasen por la Aduana. Por U$S 10 puede comprar un libro y llevar casi una biblioteca consigo en un simple apartito del tamaño de una hoja de papel.
Pero más allá de la tecnología y de la violación a derechos básicos, como la de poder comprar un simple libro o revista editado en el exterior, muchas veces la gente me formula la siguiente pregunta: ¿por qué el gobierno toma estas medidas tan absurdas? Desde mi punto de vista, la respuesta a este interrogante tiene dos partes. En primer lugar, como siempre digo, el gobierno subordina la política económica a sus necesidades de construcción de poder político. No exista tal cosa como el famoso modelo, solo existe un objetivo: acumular poder. Y la política económica está armada para lograr ese objetivo. Lo del crecimiento con inclusión social es solo una frase armada para el discurso desde la tribuna y el atril.
La segunda parte tiene que ver con el día a día. Al no existir una política consistente de largo plazo, el gobierno va adoptando medidas con el solo objeto de congraciarse con la gente con medidas demagógicas. Digamos que “compra” el apoyo de la gente con medidas económicas que tienen efecto de muy corto plazo, pero como esas medidas en el mediano o largo plazo, crean problemas, lo “resuelven” con otra medida demagógica que tiene efectos más adversos, y así sucesivamente. Por eso las medidas económicas son cada vez más arbitrarias y autoritarias. Pero esa arbitrariedad y autoritarismo lo está llevando a enredarse cada vez. Veamos algunos ejemplos de medidas demagógicas que luego tuvieron un costo.
En 2005 Néstor Kirchner, desde la tribuna, decía que los productores agropecuarios lucraban con el hambre del pueblo argentino. Acto seguido prácticamente prohibió las exportaciones de carne. Esta medida tuvo el efecto de corto plazo de bajar el precio de la carne. Si uno disminuye artificialmente la demanda, es obvio que el precio baja. Bien, al frenar las exportaciones se frenó la demanda externa y el precio de la carne bajó. El resultado fue que el productor fue desalentado en su negocio y liquidó su stock ganadero. En el mediano plazo disminuyó la oferta de carne, aumentó su precio y hoy hacer un asado es todo un lujo. De 77 kilos por habitante por año que se consumían de carne por el populismo del gobierno se cayó a 55 kilos por habitante por año. Ese es el costo que hubo que pagar por prohibir las exportaciones de carne.
El otro ejemplo es el de la energía. El gobierno quiso energía barata para todos y no permitió que los productores aumentaran el precio del gas. Se desestimuló la producción de gas y petróleo, aumentó la demanda gracias a la energía barata para todos y ahora estamos importando U$S 9.000 millones de combustibles para sostener precariamente el sistema energético. El beneficio de bajar artificialmente el precio de la energía se tradujo en más dólares destinados a la importación de combustibles. Como hoy le faltan dólares al gobierno, entonces cierra la economía.
Al cerrar la economía frena la producción industrial interna porque faltan insumos. Ya destruyeron la industria frigorífica y ahora están paralizando diferentes sectores productivos porque no disponen de componentes para poder sustituir las importaciones. Esta medida está llevando a que las empresas adelanten vacaciones, se corten horas extras, se disminuyan los turnos en la industria y medidas por el estilo. El resultado es que la supuesta defensa del trabajo argentino con el cierre de las importaciones se traduce en destrucción del trabajo argentino. Basta con ver el índice de demanda laboral que elabora la Universidad Torcuato Di Tella para advertir que la demanda laboral está muy cerca del piso de lo peor de la crisis del 2002. Sí, aunque el gobierno no lo acepte y cuente una historia diferente, hoy la demanda de personal está como en el peor momento de la crisis del 2002.
Otro ejemplo, en su táctica de corto plazo de “comprar” el apoyo de la gente, el gasto público ha alcanzado niveles récord. Como la recaudación impositiva no alcanza para financiar ese nivel de gasto, a pesar de la enorme carga tributaria, el BCRA emite moneda, genera inflación y la gente termina siendo perjudicada. El remedio de Moreno es controlar los precios y generar desabastecimiento.
Pero la necesidad de financiamiento del tesoro, tanto en pesos como en dólares, es tan grande que ahora reformaron la Carta Orgánica del BCRA para hacer una orgía de emisión monetaria. Si se combina la expansión monetaria del 35% anual con menos bienes y servicios por el cierre de las importaciones y los problemas de insumos que tienen las empresas, lo que cabe esperar es una inflación mucho más aguda en los próximos meses. Y seguramente Moreno va adoptar medidas más arbitrarias y autoritarias para “solucionar” el problema.
En rigor Moreno cumple con el mandato que le da Cristina Fernández usando cualquier instrumento a su alcance. El problema es que lo que él considera una solución, es una demolición de la economía.
Para graficarlo voy a dar un ejemplo. Supongamos que a Cristina Fernández le molesta un moquito que hay en una casa. Lo llama a Moreno y le dice, no quiero más ese mosquito en la casa. Moreno, como buen soldado que es, obedece y con la delicadeza que lo caracteriza, decide dinamitar la casa. Mientras pone la dinamita el mosquito se fue por la ventana. Moreno dinamita la casa y le dice a Cristina: ¿viste que el mosquito no está más en la casa? Dinamité la casa y ya no hay, por lo tanto el mosquito ya no está dentro de la casa. Pero el mosquito se le reí desde el jardín. Es lo que pasa con sus medidas de control cambiario, el mercado marginal de cambio y el contado con liquidez. Moreno dinamitó el sistema cambiario, pero los dólares se siguen yendo por el mercado marginal.
Como el mundo ya no ayuda y se acaban los recursos, lo que cabe esperar es que las medidas que vayan tomando sean cada vez más violentas y arbitrarias. Por lógica Moreno tiene que aplicar medidas cada vez más salvajes porque el grado de deterioro de la economía es mayúsculo. Los problemas ya no los tapan con parches chicos. Las medidas arbitrarias ahora tienen que ser a los cañonazos, bombas nucleares y aprietes de todo tipo, porque el lío que armaron y la destrucción del stock de capital son tan grandes que necesitan dinamitar la casa para que el mosquito no moleste.
El problema es que la economía argentina ya parece Kosovo de tantas bombas que tira el gobierno para tratar dominar una situación cada vez más desbordada. No hace falta abundar en explicaciones para darse cuenta que nadie invierte en un país cuya economía es constantemente bombardeada por el gobierno.
Por eso, a la pregunta de por qué el gobierno toma medidas tan arbitrarias como las que toma, la respuesta es que el famoso modelo con inclusión social no existe. Esa frase es solo parte del discurso oficial. Lo que existe es un gobierno que, por mantener como sea el poder, todos los días adopta una nueva medida arbitraria para tratar de disimular el lío del día anterior.
Debo reconocer que no soy muy optimista sobre el futuro de la economía argentina porque el gobierno será cada vez más brutal en sus arbitrariedades económicas. Es más, creo que ellos lo saben, y también saben que la situación es lo suficientemente complicada como para que por la causa más insospechada y en el momento menos pensado se produzca un alto grado de conflictividad social, conflictividad que ocurriría cuando ya se agoten las escasas municiones que tiene para financiar el populismo. No es casualidad, entonces, la ley antiterrorista en la que los que protesten en las calles o digan que vamos rumbo de colisión, terminen en la cárcel por desestabilizadores del gobierno. Digámoslo de otra manera, me parece que el gobierno se está preparando para reprimir el descontento popular cuando ya no le quede más pólvora en la santabárbara para financiar el populismo.
Mucha gente que durante todos estos años disfrutó de la fiesta de consumo, hoy empieza a sentir en carne propia lo que le hicieron a otros en otro momento. Es más, el kirchnerismo hasta se ha lanzado contra sus ex amigos y aliados. Moyano y una legión de empresarios que eran amigos del poder hoy ven como los atacan sin piedad. Con este dato basta para advertir hasta dónde puede llegar el gobierno cuando la situación económica se complique todavía más.
Por eso, ante la pregunta de por qué el gobierno adopta medidas tan arbitrarias, la respuesta es muy sencilla: es la única manera que conocen de sostenerse en el poder ante el creciente deterioro económico de su política populista que ellos llaman modelo de inclusión social.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.