PENSAMIENTOS SOBRE LA SUERTE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De entrada consigno que no hay tal cosa como suerte propiamente dicha ya que los sucesos son consecuencia de nexos causales o razones que los provocaron. Incluso el resultado de tirar los dados no es debido a la suerte sino que deriva del peso de los mismos, la fuerza con que fueron arrojados, el roce del paño y demás elementos físicos presentes.

 

Cuando alguien dice que tuvo suerte de encontrarse con fulano o mengano, en verdad es porque el sujeto en cuestión no previó los procesos anteriores al encuentro que inevitablemente lo produjeron.

 

En esta misma línea argumental, en rigor no es pertinente aludir a la casualidad puesto que se trata de causalidad en el campo de la física o la biología y las razones o motivos en el campo de las ciencias sociales.

 

Es en un sentido coloquial que se afirma que uno tuvo suerte de haber nacido en el seno de la familia que lo hizo, la salud que tiene, el trabajo que obtuvo, el cónyuge con quien convive, los hijos que tuvo y así sucesivamente, pero como queda dicho, no es suerte en el sentido estricto del vocablo que no tiene lugar nunca bajo ninguna circunstancia, tampoco se trata del azar o la fortuna como equivalentes de la suerte.

 

A continuación dedicaremos algún espacio a una obra especialmente pertinente para el tema que aquí abordamos, pero antes es conveniente siquiera mencionar el aspecto central de lo que se conoce como nuestro destino. Si hemos comprendido que los seres humanos no somos solo kilos de protoplasma, no somos loros determinados, sino que contamos con estados de conciencia, mente o psique y, por ende, de libre albedrío para que tenga sentido el razonamiento, las ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad, si hemos comprendido esto decimos, concluimos que cada uno de nosotros forjamos nuestro propio destino en el ámbito de lo que hace a nuestras decisiones, lo cual, claro está, no quiere decir que seamos adivinos respecto a sucesos futuros que desconocemos por completo. La incertidumbre constituye un rasgo que nos envuelve.

 

Mucho se ha escrito sobre la suerte pero hay un libro que estimamos de gran interés en la materia sobre el que aludimos en este breve escrito y es La suerte de Nicholas Rescher con quien “he tenido la suerte” (en verdad un privilegio) de comunicarme en su momento por la vía cibernética en distintas oportunidades en relación a algunas de sus muchas obras. Rescher ha enseñado en Oxford y Salamanca, de nacionalidad alemana pero radicado en Estados Unidos donde presidió la American  Philosophical Association y fue director del Centro de la Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Pittsburg.

 

Rescher construye su libro en base al antedicho uso coloquial del concepto de suerte y abre su trabajo comentando “la suerte” que tuvo la población de Kokura en la Segunda Guerra puesto que las nubes que la cubrían hizo que se abandonara el proyecto de arrojar la bomba atómica y en su lugar se hizo sobre Nagasaki con el consiguiente espanto y horror.

 

Este autor ve el tema de modo distinto al que hemos comentado al comienzo de esta nota periodística y afirma que como tenemos un conocimiento muy limitado y fragmentado “estamos inevitablemente a merced de la suerte”. Apunta que esta visión permite que cuando a uno le salen las cosas mal en lugar de asumir la responsabilidad endosamos el hecho a la “mala suerte” y solo atribuimos los éxitos al mérito propio: “la suerte es un utilísimo instrumento de autoexculpación”.

 

En este libro, Rescher sostiene que el asunto de la llamada suerte no procede de la suma cero, lo cual ilustra con quien se gana la lotería que puede afirmarse que tuvo suerte (siempre en el contexto de la definición del autor), de lo cual no se desprende que pueda sostenerse que los que no se llevan el premio tienen mala suerte porque no está presente el factor sorpresa o lo inusitado sino que es la resultado de las probabilidades. Del mismo modo ocurre con un accidente aéreo: suele decirse que los pasajeros accidentados en un vuelo tuvieron mala suerte, pero no se habla de la buena suerte de quienes en otros vuelos llegaron bien a destino ya que “la suerte es la antítesis de la expectativa razonable” puesto que “supone un desvío respecto a lo esperable”.

 

En este libro se destaca la manía de no pocas personas que desde muy antiguo consultan oráculos, astrólogos y equivalentes debido a “nuestra incapacidad predictiva” que es consecuencia de nuestra colosal ignorancia.

 

En estrecha conexión con lo dicho, antes he escrito y ahora reitero que hay autores que concluyen que los aparatos estatales deber re-distribuir los talentos naturales puesto que no son fruto del mérito de la persona que los posee sino del azar o la suerte en el sentido coloquial de esas expresiones. Este es el caso de Amartya Sen, John Elster, John Roemer, Ronald Dworkin y, sobre todo, John Rawls.

 

En estos casos, la atención se centra en la desigualdad de talentos que la naturaleza ha puesto en cada persona lo cual no resulta de sus respectivos esfuerzos. Básicamente, aquellos autores sostienen que sería injusta una sociedad que no redistribuyera los frutos de esos talentos desiguales, descontados los que surgen como consecuencia del esfuerzo individual, es decir, se limitan a los talentos innatos.

 

Hay varios problemas con este modo de analizar la desigualdad. En primer término, los talentos que resultan del esfuerzo individual están también conectados con lo innato en cuanto a las potencialidades o capacidades para realizar el esfuerzo en cuestión. El sujeto actuante puede decidir la utilización o no de esas potencialidades pero éstas se encuentran distribuidas de distintos modos entre las diversas personas. Por tanto, para seguir con el hilo argumental de aquellos autores, habría que redistribuir el fruto de todos los talentos.

 

En segundo lugar, la información que pretende tener el planificador social respecto de los talentos no se encuentra disponible ex ante de las respectivas acciones, ni siquiera para el propio sujeto. Los talentos se van revelando a medida que se presentan oportunidades e incentivos varios. Si los incentivos no existen, por ejemplo, porque los resultados de su aplicación serían expropiados, esos talentos no aparecerán. Por su parte,  en la sociedad libre se abre la posibilidad de que cada uno utilice sus conocimientos los cuales no son conocidos por otros, por tanto, no resulta tampoco posible conocer los méritos de cada uno, es decir, tampoco podemos saber cómo utilizó y con qué esfuerzo esos conocimientos, lo contrario conduciría a la arbitrariedad.

 

En tercer lugar, no hay posibilidad de comparación de talentos intersubjetivamente ni de establecer medidas (montos posibles) entre el talento de un ingeniero y un pianista. Si se respondiera que la valuación y la correspondiente diferenciación podría realizarse a través de lo que se remunera en el mercado, quedarían en pie dos objeciones. En primer lugar, seguiría sin saberse en qué proporción utilizaron sus talentos y cuales fueron los méritos respectivos. Uno podría haberse esforzado en el 5% de su capacidad y obtener más que otro que se esforzó al máximo. En segundo término, no parece congruente desconfiar del mercado y, sin embargo, finalmente recurrir a ese proceso para la evaluación.

 

Cuarto, si fuera posible la equiparación de los frutos de los talentos, es decir, la nivelación de ingresos y patrimonios, se derrumbaría la función social respecto de la asignación de recursos según sean las respectivas eficiencias, con lo que la capitalización tampoco tendrá lugar con el resultado de una mayor pobreza generalizada, especialmente para los de menores talentos y los más indefensos frente a la vida. Por eso es que Simon Green (en Market Socialism: A Scrutiny) afirma que esos “métodos fracasan y que la ambición subyacente es incoherente. [En última instancia, l]a distinción entre igualdad de ingresos e igualdad de talentos no puede sostenerse: la segunda se convierte en la primera. Más aún, apuntar a la igualdad de talentos disminuirá necesariamente la cantidad y calidad de aquellos recursos disponibles para toda la comunidad y para beneficio de todos. El igualitarismo radical resulta ser, después de todo, igualitarismo milenario [el tradicional redistribucionismo] y con los mismos resultados desastrosos”. Por su parte, independientemente de lo que hemos dicho, en la obra mencionada Rescher nos dice que “los esfuerzos en este sentido [la compensación por la suerte diversa] suelen estar destinados al fracaso. Si tratáramos de compensar a las personas por su mala suerte, simplemente crearíamos mayor margen para la intervención de la suerte. Pues sea cual fuere la forma de compensación que se adopte -dinero, mayores privilegios, oportunidades especiales-, lo cierto es que algunas personas están en mejor posición de aprovecharlas que otras, de modo que la suerte que echamos por la puerta regresa por la ventana”. Habría que compensar la compensación y así sucesivamente.

 

Por último, también vinculado al punto anterior, Friedrich Hayek señala (en Los fundamentos de la libertad) que la pretendida igualación por los méritos induciría al derroche y revertiría la máxima del mayor resultado con el menor esfuerzo y haría que se remunere de distinta manera por el mismo servicio (según lo que se estime subjetivamente es el mérito).

 

Antes de resumir lo dicho, debemos aclarar que en este escrito no nos desviamos al debate entre el mundo determinado (de Copérnico a Newton) frente al mundo probabilísitico (a partir de la física cuántica y luego por Popper pero en sentidos distintos) porque estimamos que en este contexto complicaría innecesariamente nuestro breve análisis.

 

En resumen, aunque en rigor la suerte no existe puesto que los sucesos son consecuencia de nexos causales anteriores en ciencias naturales o de motivos en ciencias sociales, se suele recurrir a esa expresión de modo coloquial para aludir a ocurrencias no previstas. En este último contexto se hace referencia a la “ruleta de la vida” ya que la mayor parte de lo que tiene lugar está sujeto a la incertidumbre,  razón por la cual se requiere humildad que en el plano político es una condición de la que adolecen los planificadores de vidas y haciendas ajenas para enfrentar acontecimientos que surgen en libertad de la coordinación de conocimiento fraccionado y disperso que es “consecuencia de la acción humana más no del diseño humano” como ha sentenciado Adam Ferguson hace ya más de tres siglos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Información asimétrica y conflicto de objetivos en el Banco Central

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 23/12/15 en: http://www.rionegro.com.ar/diario/informacion-asimetrica-y-conflicto-de-objetivos-en-el-banco-central-8031812-9539-nota.aspx

 

El fundamento de la conducta individual bajo incertidumbre se caracteriza porque las decisiones derivadas de esos comportamientos −maximizadores de utilidad−, ya sean en la contratación de un seguro, un juego de azar y la compra o venta de derechos contingentes a determinado evento, encuentran en el mercado su adecuada contrapartida.

Sin embargo ahora, además de contribuir a determinar los ingresos, rentas o recompensas, se tienen que distribuir los riesgos. Por ello es preciso analizar cómo se requiere una mutua coincidencia de disposiciones entre varios agentes económicos, ya sea para llevar a cabo una negociación bilateral o bien para ilustrar el comportamiento altamente polarizado de las múltiples transacciones en el mercado.

La eficiencia de esta nueva tarea es tan importante como las demás funciones. Pues en incontables situaciones, en sus aspectos económicos o no, el riesgo, la incertidumbre o la información imperfecta son insoslayables y afrontarlos adecuadamente es un elemento básico del orden institucional.

Justamente este es el caso particular que debió atender el presidente del Banco Central de la República Argentina, Federico Sturzenegger, luego de que la administración de Alejandro Vanoli, extitular de la entidad, usara los contratos de dólar futuro (acuerdos por los cuales el vendedor, en este caso la autoridad monetaria, se compromete a entregar en una fecha futura una cantidad de divisas a un precio preestablecido) para mantener subvaluado el tipo de cambio y se abrió así un nuevo frente de conflicto con el sistema financiero.

Debe advertirse que una parte importante de las dificultades, asociadas a problemas de información, proceden del conflicto entre la función de distribución eficiente de riesgos y la provisión de incentivos para la consecución de rentas o ventajas del intercambio. Además, tan importantes como los problemas son las soluciones que han generado el propio mercado u otras instituciones y contratos, implícitos o explícitos, en la relación.

La consideración de la eliminación del riesgo es obvia: para que un agente pueda aceptar el contrato, alguien tiene que estar dispuesto a ofrecer el seguro como contrapartida. En el mundo actual este rol lo desempeñan las compañías de seguro. Pero en este escenario, mediante una inédita práctica de excepción, actuó como contrapeso de aseguramiento la autoridad monetaria de la Nación, el Banco Central de la República Argentina (BCRA). Debe aclararse que este contrapeso debe estar dispuesto a ofrecer contratos equitativos que reúnan la siguiente condición: no valorar el riesgo negativamente, ya que acepta voluntariamente incurrir en él.

Con el fin de acordar un plan para desbaratar los pactos de futuros, Sturzenegger se reunió primero con los representantes del Mercado Abierto Electrónico (MAE) −el mercado en el que operan mayoritariamente los bancos−, ya que ante una inminente devaluación podrían costarle al BCRA hasta $ 80.000 millones.

En el mercado local, tanto en el Rofex como en el MAE, los contratos se negocian en pesos al tipo de cambio oficial. Así, frente a un ajuste del tipo de cambio –inevitable en la actualidad−, el Central tiene que emitir miles de millones de pesos para pagarlos. Y esa cantidad de pesos no sólo podría presionar en el mercado cambiario, sino que pondría en riesgo cualquier plan de contención contra la inflación.

En un esquema microeconómico, la distribución eficiente de riesgos tiene lugar en el punto de intersección de las curvas de indiferencia –solo si se asumen agentes aversos al riesgo, lo que ilustra el comportamiento más frecuente o racional para la ortodoxia económica−, lo cual sugiere la condición de eficiencia de Pareto. Básicamente, la tangencia de los arcos nombrados da lugar a la curva de contrato en la distribución de riesgos o el proceso de negociación que agota las posibilidades de intercambio mutuamente ventajosas; por ejemplo, los 15 pesos libres de intervenciones que se pautaban en el mercado de Wall Street para enero del 2016. El tipo de cambio que resulta del proceso descentralizado del mercado. Sin embargo, en la entidad presidida por Vanoli se ofrecían contratos de futuro a 10 pesos por dólar para enero próximo y, naturalmente, se asumían las perdidas.

Otra mirada moderna la aporta la teoría de la agencia de la economía industrial. La separación entre propiedad y administración es muy ventajosa porque se permite contratar a personas calificadas para asumir la dirección con el compromiso de cooperar. El conflicto puede suscitarse cuando los intereses de los propietarios o accionistas, representados en este caso por los cuarenta y dos millones de argentinos, difiere del de los directivos del Banco Central. Originariamente, según el artículo 3 de la Carta Orgánica, el BCRA debía mantener el valor del dinero.

Pero ese objetivo ha sido modificado y ampliado en el 2012 por el siguiente texto: “El banco tiene por finalidad promover, en la medida de sus facultades y en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”. Todo lo cual disminuye la independencia y, consecuentemente, los grados de libertad de la entidad monetaria.

Ahora, el conflicto en cuestión ocurrió cuando el presidente del BCRA, Alejandro Vanoli, dio lugar a que se persiguieran objetivos de corto plazo con el fin de beneficiar al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner; así lo explicitó y, al mismo tiempo, buscó deslindar su responsabilidad en la renuncia presentada el pasado 9 de diciembre: “Hay que tener en cuenta, por lo demás, que está vigente una ley de Emergencia Económica que delega en el Poder Ejecutivo la formulación de la política económica ejecutada por el Banco Central”.

Y las consecuencias de las asimetrías informativas –que se prestan a un sinnúmero de arbitrariedades− se enfrentan a diversos tipos de problemas tales como: selección adversa, riesgo moral y screening (la estrategia para combatir la selección adversa o selección negativa).

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular e Investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Capitalistas ganadores

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 15/6/14 en: http://www.libremercado.com/2014-06-15/carlos-rodriguez-braun-capitalistas-ganadores-71871/

 

Jorge Otero escribió en publico.es sobre “Los capitalistas que siempre ganan”. Su visión del capitalismo es tan generalizada como errónea.

Todo el artículo invita al recelo hacia unas personas poco recomendables:

España es una auténtica ganga para los grandes inversores. Todo el mundo sabe que los activos españoles están baratos. La crisis ha tirado los precios –y los salarios– por los suelos y siempre hay gente dispuesta a sacar tajada comprando barato para luego, en un futuro indeterminado, vender más caro.

¿Ah, sí? ¿Todo el mundo lo sabe? Pues si fuera verdad, entonces todo el mundo compraría, los activos dejarían de estar baratos y los precios y los salarios subirían. Nada de esto ha sucedido todavía, precisamente por un aspecto crucial del papel empresarial que el señor Otero ignora: la incertidumbre; porque los empresarios, como descubrió Richard Cantillon hace mucho tiempo, conocen el valor de lo que compran, pero nunca están seguros del valor de lo que pueden vender.

 

Según don Jorge, hay ricos riquísimos como Bill Gates, George Soros, Amancio Ortega, Warren Buffet o Carlos Slim que “siempre ganan cuando se trata de hacer negocios”. Pues no es así, porque no todas sus inversiones han tenido éxito. Pero además nos cuenta el señor Otero que “Bill Gates, al que tampoco se la da nada bien perder dinero, adquirió el pasado octubre el 6% de la constructora de Esther Koplowitz” y “compró barato”. ¿Qué pasa con la señora Koplowitz, una mujer muy rica? ¿Acaso es tonta, perdió dinero al vender barato al odioso extranjero?

Pues claro que no. La verdad es que don Jorge no sabe si Bill Gates ganó con esa compra y Esther Koplowitz perdió. Eso sólo lo puede decir el tiempo, porque, al revés de lo que dice su artículo, no es verdad que los capitalistas ganen siempre.

Otro error habitual es asociar las inversiones de los ricos a la malvada e improductiva especulación:

La economía productiva en España sigue bajo mínimos –26% de paro– pero la especulativa despegó en 2013.

Con ese argumento, cuando el paro estaba en el 8% en España no había “especulación”, lo que, dada la evidencia de la burbuja inmobiliaria, es un apreciable desvarío.

Y, por fin, esta joya de la coherencia progresista:

El entusiasmo del Gobierno del PP es evidente, pero no puede ocultar una realidad: los magnates invierten en España, sí, pero una diminuta parte de sus enormes fortunas.

¿En qué quedamos, señor Otero? Si sus inversiones no son buenas, ¿para qué queremos que inviertan más?

 

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

 

 

Recuerden que el socialismo es imposible

Publicado por Adrián Ravier el 28/10/13 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/10/28/recuerden-que-el-socialismo-es-imposible/

El Socialismo parece resurgir de sus cenizas en los últimos días tras la elección legislativa argentina que colocó a Pino Solanas como Senador por la Ciudad de Buenos Aires. Esto generó mucha literatura enInfobae con críticas socialistas al capitalismo y propuestas de cambio.

Mi reacción fue esta nota, recordando que el socialismo es imposible a través de argumentos expuestos por Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y James M. Buchanan durante el siglo pasado, como un llamado de atención al socialismo para que responda preguntas que hasta el momento no tienen respuesta.

 

Recuerden que el socialismo es imposible

Si algo tienen en común los partidarios del socialismo y la economía pura de mercado es su crítica a las inconsistencias del capitalismo intervenido. El intervencionismo que se viene aplicando, gobierno tras gobierno, sólo suma parches que atienden a cuestiones “urgentes”, pero nunca resuelven los problemas de fondo, las cuestiones “importantes”. Los socialistas, sin embargo, fallan en dos aspectos centrales: primero, en diferenciar el sistema capitalista “puro” -como lo han entendido y defendido Adam Smith y Friedrich Hayek-, del sistema capitalista “intervenido” -con los parches propuestos por John Maynard Keynes y Paul Samuelson-; segundo, en comprender que “el socialismo es imposible”, como han demostrado Ludwig von Mises en su artículo de 1920 y su libro 1922, y Friedrich Hayek en distintos documentos de los años 1930 y 1940, con un argumento que continúa sin respuesta, pero que muestra su validez en el fracaso de las distintas formas de socialismo en toda Europa, y ya casi podemos decir en todo el mundo.

En este artículo sólo podré concentrarme en este último punto, el que ha sido tratado ampliamente en un libro del catedrático español Jesús Huerta de Sototitulado “Socialismo, cálculo económico y función empresarial”. El libro cuenta con más de 400 páginas, pero el lector puede acceder a una reseña que personalmente escribí sobre este debate, y que fuera publicado en la revista Cuadernos de Economía (Vol. 30, Nº 54), de la Universidad Nacional de Colombia. El argumento básico explica que en un mundo de incertidumbre y conocimiento disperso, la propiedad privada es necesaria para dar lugar a los precios, pues sólo ellos pueden permitir a los empresarios advertir de ganancias y pérdidas en sus proyectos de inversión, y con ello asignar con relativa eficiencia los recursos escasos. Más en limpio, si no tenemos propiedad privada de los medios de producción, no tenemos mercados para esos medios de producción. Sin mercados para esos bienes de producción, no habrá precios. Sin precios, los empresarios no pueden advertir si sus proyectos de inversión son rentables.

Si algo funciona -aún en el capitalismo intervenido– es precisamente ese proceso de prueba y error, en donde los empresarios van probando distintas inversiones, y sólo cuando son rentables, los proyectos se mantienen.Ganancias y pérdidas contables representan una información en el mercado acerca de si estamos asignando bien o mal los recursos. Y vale recordar que esos resultados son consistentes con la soberanía del consumidor, donde gana el que sabe satisfacer las necesidades del consumidor, y pierde el que no logra la demanda de sus consumidores. El socialismo propone terminar con la propiedad privada, terminar con estas señales de mercado, terminar con la función empresarial y reemplazar todo ello por la propiedad pública de los medios de producción. Aquí se abren un abanico de opciones, pero nunca ha quedado claro qué es lo que en definitiva proponen los socialistas. Y el problema es que el propio Marx careció de una propuesta concreta de cómo funcionaría el socialismo.

De un lado, se propone que el gobierno administre públicamente esos medios de producción, como de hecho ocurrió en Alemania Oriental, en Rusia o actualmente es en Cuba. Aquí los problemas son al menos dos. Primero, como señaló el Premio Nobel en Economía James M. Buchanan –recientemente fallecido- el gobierno puede no tener los mejores incentivos para administrar “solidariamente” estos recursos. Si asumimos que los individuos siempre persiguen su propio beneficio, ¿por qué vamos a suponer que las personas que lleguen al poder van a tender a interesarse por el “bien común”Buchanan insistía en que lo más probable es que estas personas tiendan siempre a alejarse de ese “bien común” y persigan más bien su propio beneficio y de aquellos a quienes representan, o que han financiado sus campañas electorales. Cuando uno mira la Argentina, ¡cuánta razón tenía!

El segundo problema fue mencionado por otro premio Nobel en Economía, en este caso, Friedrich Hayek. Si aceptamos que el problema económico consiste en advertir cuáles son los bienes y servicios que deben producirse, en qué cantidad y calidad y de qué manera distribuirlos, debemos comprender que ese “conocimiento” no es dado a nadie en particular. Los bienes y servicios que necesitamos producir son los que la gente quiere. Y ese conocimiento está disperso en la sociedad, en las preferencias individuales de cada sujeto, en la forma de bits de información que cada uno tiene en su propia mente. ¡Es información no revelada! Salvo que permitamos que la gente demande y comunique esa información a los empresarios a través de los precios, precisamente.

Los socialistas del siglo XXI han dado un paso atrás. Ahora se hacen llamar “socialistas de mercado”, y afortunadamente han dejado de sugerir la propiedad pública de los medios de producción. En realidad se han dado cuenta de que nada es mejor que permitir que la producción de bienes y servicios la lleve adelante el mercado, lo que se traduce en alimentos, ropa y todo tipo de bienes y servicios en calidad y bajos precios, lo que es resultado precisamente del proceso competitivo.

La discusión ahora se resume al rol del Estado. El “socialista de mercado” o aquellos que buscan un mayor “Estado de bienestar” piden un Estado que, paradójicamente, “intervenga”, que ofrezca “bienes públicos”, que evite o minimice “externalidades negativas” y subsidie las “externalidades positivas”. Que aplique “políticas antimonopólicas” y “redistribuya los ingresos” de manera conveniente. Lo que no han advertido aún es que ese Estado al repartir la torta se queda con una porción enorme de la renta para beneficio propio, lo que impide la reinversión de quienes la generan -creando potenciales puestos de trabajo- y dejando a las clases más desfavorecidas sin salida.

Dirán algunos pocos socialistas que este “socialismo de mercado” no es socialismo. Yo estoy de acuerdo. Dirán otros socialistas que la propuesta ideal tampoco es la propiedad pública de los medios de producción, sino la propiedad “comunal” de los medios de producción. En este caso se trataría de pequeñas comunidades de personas que manejarían las “empresas”, y  nótese que estas comillas no son arbitrarias. En tal caso las preguntas sin respuesta son cuantiosas. ¿Cómo se distribuyen los ingresos de esta empresa? Se dirá, quizás, que se lo hará igualitariamente, según las horas trabajadas. ¿Ganará lo mismo un ingeniero que un obrero? ¿Qué incentivo tendrá el ingeniero para capacitarse si finamente sus ingresos serán iguales? ¿Qué incentivo tendrá un obrero para trabajar eficientemente si los otros obreros no lo hacen? “Conocimiento” e “incentivos” son los dos grandes problemas del socialismo. Dejemos el socialismo para otro mundo. ¡Y por favor, dejemos de destinar tinta a un debate acabado!

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Reflexiones sobre el famoso discurso de Steve Jobs

Por Pablo Guido. Publicado el 3/4/13 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

En 2005 Steve Jobs dio un discurso en la ceremonia de graduación de Stanford University. El fundador de Apple dividió el mismo en tres historias personales. Las tres, breves y simples, son memorables. Pero es la primera de ellas la que voy a comentar ahora. Jobs contó los motivos por los cuales había abandonado la universidad, cómo sus padres adoptivos gastaron todos sus ahorros en la matrícula del joven Jobs, etc. En la historia personal Jobs menciona la relación entre un curso de caligrafía que había tomado en su breve paso por la universidad y el éxito comercial como la computadora Macintosh. Así termina Jobs su historia: “…no puedes conectar los puntos hacia adelante, solo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tienen que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienen que confiar en algo: el instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea. Porque creer que los puntos se conectarán les darán la confianza de confiar en sus corazones”.

¿Por qué me pareció interesante esta historia? Porque la mayoría de alumnos que pasan por las universidades, fundamentalmente en los primeros años de la carrera (y yo no fui una excepción), no alcanzan a vislumbrar los beneficios que tendrá para su posterior vida laboral (pero también en otros ámbitos de la vida) haber pasado por tal o cual curso y estudiar tales o cuales contenidos. Probablemente haya contenidos académicos que nunca nos servirán de nada, otros de algo y unos últimos de mucho. Lo que Steve Jobs nos dice es que no sabemos cuáles de aquellos contenidos académicos pueden generarnos un “big-bang” o “turning point” en nuestras vidas. La vida es incertidumbre y así debemos aceptarlo, convivir con eso e intentar por todos los medios de aprovecharnos de esa incertidumbre. Porque donde hay incertidumbre hay oportunidades latentes listas para ser aprovechadas por aquellas personas que las descubran. Y cuando se descubren oportunidades y nos va bien es cuando crecemos, tanto laboral como personalmente. 

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

 

Más que nunca: es la economía, estúpido

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 10/6/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3573

La combinación de recesión con inflación se está haciendo realidad. Por eso, ahora más que nunca se impone la frase de Clinton: es la economía, estúpido.

En mayo, la producción de autos cayó el 24% con relación a mayo del año pasado, en tanto que las exportaciones de automóviles disminuyeron el 45,7%. En los primeros 5 meses del año la producción disminuyó el 20,5% y las exportaciones el 26,5%. La industria automotriz, la nave insignia que venía empujando el aumento de la producción industrial ya no empuja, principalmente porque Brasil viene desacelerando su economía.
La venta de maquinaría agrícola cayó a la mitad en los primeros 5 meses del año. La demanda laboral de abril de este año, en Capital Federal y el Gran Buenos Aires, volvió a caer y está un 2,3% por debajo de abril del 2002, el peor mes del peor momento de la crisis del 2002. Mientras tanto, la construcción se desploma y la actividad inmobiliaria agoniza.
Podría seguir con más datos para mostrar que la economía argentina se está frenando de golpe, pero, para no aburrir al lector dejo el tema aquí y, finalmente, le recuerdo que Renault suspendió 2000 trabajadores por falta de demanda.
La combinación de recesión con inflación se está haciendo realidad, a pesar de las acusaciones de agorero que recibí durante mucho tiempo y la agresión de los ciberk que siempre me decían que pronostico la crisis y nunca llega. Hoy el descontento de la gente se palpa en la calle. Por eso, ahora más que nunca, cae como anillo al dedo aquella frase de Bill Clinton en la campaña electoral de 1992 en EE.UU: es la economía, estúpido.
Si bien el gobierno, siguiendo su estrategia de acomodar el discurso a su conveniencia, pasó a decir que el modelo estaba blindado de la crisis internacional a sostener que el mundo se nos cae encima para no hacerse responsable de los líos que hizo, la realidad es que el problema económico que tenemos por delante es más por torpezas del gobierno que por la crisis internacional.
Sin duda que Brasil impacta en la economía argentina, el problema es que sin el viento de cola que tuvieron durante varios años, las inconsistencias del modelo quedan a la vista. Es más, no solo quedan a la vista, sino que, encima, las medidas adicionales que va tomando el grupo de inexpertos, que cada día ven qué pueden inventar para zafar del lío que hicieron el día anterior, aceleran la desconfianza y profundizan la crisis. Solo en mayo el sistema financiero perdió U$S 1.543 millones de depósitos en dólares, y el dólar marginal se disparó por encima de los $ 6. La desconfianza de la gente en el futuro económico es manifiesta. Cuando un operario ve que cuando en la empresa no reponen al personal que se va, cuando ve que le recortan las horas extras, los turnos, etc., entra en pánico y comienza tener temor a perder su trabajo. ¿Qué hace en ese caso? Restringe el consumo y trata de no usar la tarjeta de crédito para comprar en 12 cuotas el televisor porque no sabe si va a poder pagarlo. Encima ve como el billete de 100 pesos ya es cambio chico, porque sirve para comprar muy pocas cosas.
El gran interrogante es: ¿qué hará el gobierno ante el lío económico que tiene por delante? Hasta ahora, cada vez que tuvo un problema económico, redobló la apuesta, confiscando y regulando más la economía. Y eso lo sigue haciendo. El diputado Depetri estaría por presentar un proyecto de ley para pesificar la economía, que es lo mismo que pretender derogar la ley de gravedad por ley. Lo que quiere hacer el diputado kirchnerista es establecer que si Ud. se tira del piso 11 va a flotar. Claro que no va a ser él que se tire primero para demostrar que su ley funciona, en todo caso tirará a la sociedad desde el piso 11 para ver si la gente flota.
Lo del kirchnerismo es permanente relato inventado y puro golpe de efecto. Cristina Fernández cree que la gente va a vender sus dólares para pasarse a pesos porque ella anuncie por cadena que va a pesificar sus ahorros en dólares y colocarse a tasa de interés. Por cierto, sería bueno que, también por cadena, muestre el papelito en el cual concretó la operación de vender sus 3 millones de dólares al tipo de cambio oficial y colocó los pesos a una tasa de, digamos, el 10% anual. Pero volviendo al anuncio, la gente no va a rifar sus ahorros pasándose a pesos para que la inflación se los devore. Cada medida que toman y cada discurso que dan terminan espantando más a la población.
¿Cambiará CFK de política económica? En general, los gobiernos que aplican políticas económicas populistas no suelen cambiar de política económica, lo máximo que puede llegar a hacer es anunciar algunas medidas de austeridad que no sirven para nada porque no constituye un plan económico consistente de largo plazo. Doy dos ejemplos: cuando en el segundo gobierno de Perón se acabaron las reservas del BCRA, tuvo que recurrir al famoso: de casa al trabajo y del trabajo a casa, para no decir que venía el ajuste. Pero no había nada concreto de fondo en su propuesta y, además no era creíble. Otro caso, el de Alfonsín anunciado que se iba a privatizar todo lo que fuera necesario y a bajar el gasto público. El hombre hizo el anuncio pero luego no llegó a nada.
El caso de Cristina Fernández es más complicado porque ella sabe que, en estos 9 años, ella y su marido construyeron su poder político en base a las políticas económicas populistas. Girar 180 grados implicaría perder el poder disciplinador de la billetera. Aunque, en rigor, ese poder lo va a perder porque el Estado nacional no tiene ni para financiar sus propios agujeros fiscales. Si pierde la billetera, como está ocurriendo, no solo perderá el apoyo de los gobernadores e intendentes, que no recibirán un peso a cambio de subordinarse a sus caprichos, sino que, encima, tampoco podrá frenar el descontento social. Porque, para decirlo directamente, acá el ajuste que se viene es de una dureza inusitada por la magnitud de la distorsión de precios relativos y por el disparatado nivel de gasto público que ya es infinanciable.
Pero hagamos un ejercicio de ciencia ficción y supongamos que CFK decide despedir a Moreno y a la legión de incompetentes que la rodea. ¿Quién estaría dispuesto a asumir el cargo sabiendo que ni bien recupere un poco la economía, la presidente puede volver a las andadas? Sería como buscar a un kamikaze que quisiera asumir el rol de otro Celestino Rodrigo que tuvo que destapar la olla que había dejado hirviendo Gelbard con su inflación cero.
Algunos consideran que esto se resuelve con un mínimo de racionalidad. Por supuesto que un mínimo de racionalidad institucional y económica sería mejor que lo que tenemos, pero lamentablemente ya no alcanza. Es tarde. Ahora solo queda ver cómo evoluciona la crisis económica, si el descontento social tiende a desbordarse y cómo reaccionará el gobierno ante este escenario inédito para ellos que es mandonear sin plata.
Es casi matemático. Mientras hay plata y fiesta de consumo la gente mira para otro lado en los temas institucionales, de corrupción y atropellos a los derechos individuales. Cuando no hay plata, desaparecen los distraídos y todos esos temas ya no se toleran. Bien, ahora no hay plata y la fiesta de consumo se acaba.

Estamos en un avión que entró en emergencia y los pilotos tiraron el manual de procedimientos por la ventanilla, porque creen que con discursos en cadena con buena escenografía van a poder aterrizar sin problemas el avión. Veremos si el discurso desde el atril con buena puesta en escena puede reemplazar a las leyes de la economía.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

YPF y la Incertidumbre de Régimen

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 17/4/12 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/04/17/ypf-y-la-incertidumbre-de-rgimen/

Se ha dicho mucho en las últimas 24hs sobre la decisión K de expropiar YPF. Independientemente de cómo se quiera llamar a esta medida, qué adorno institucional se le de en la escribanía que se ha vuelto el Congreso argentino, y qué retórica K se use, el caso es que en cuestión de minutos el gobierno se ha hecho cargo de facto de una de las empresas más grandes del país.

No conozco los detalles del mercado de energía en Argentina. Tampoco conozco en detalle cual debería haber sido el camino legal si el estado está interesado en ser accionista de la empresa, pero claramente no es lo que sucedió ayer. Este caso ilustra el efecto del “regime uncertainty” que Bob Higgs ha estudiado en la Gran Depresión.

No hay ningún secreto sobre a qué se debe el crecimiento y desarrollo en los países. Desde que Adam Smith publicó su Riqueza de las Naciones la respuesta es clara y concisa. No hace falta más que ver la historia de los distintos países para tener una ilustración de este fenómeno. Quiero usar el caso de Repsol YPF para ilustrar 4 puntos:

  1. El crecimiento y desarrollo no es fácil. Requiere de recursos, trabajo, acumulación y administración de capital, etc. Todo esto sucede en un entorno de incertidumbre. El productor no sabe a ciencia cierta cuál va a ser el retorno que va a recibir, ni por cuanto tiempo el mercado en el que opera será rentable. Pero esta incertidumbre sucede dentro de ciertas reglas de juego, o régimen. Distinto es al caso cuando la incertidumbre cae sobre las reglas de juego, y no dentro de ellas. ¿Se levantará el presidente algún día con ganas de expropiar una compañía? Si no hay recursos… ¿ajustará gastos e ingresos o decidirá expropiar los fondos de los futuros jubilados? Durante el New Deal, empresarios americanos se encontraban con un alto grado de incertidumbre de régimen dado que muchos de ellos veían posible que el país se volviese la segunda Unión Soviética. No sorprende que ante ese nivel de incertidumbre la economía no se recuperase. En las últimas 24hs han salido notas en el Financial Times, CRMonitor, Free Exchange de The Economist (y posiblemente otras) preguntándose si Argentina no se está volviendo la próxima Venezuela. Indistintamente de qué tan cierto pueda o no ser ese análisis, el hecho es que así es como se ve el país desde el mundo, y evidentemente este nivel de incertidumbre no atrae inversiones, sino oportunismo.
  2. No es sorpresa, entonces, que en este clima las inversiones que vienen al país no sean de largo plazo, sino inversiones con intenciones de corto plazo sin interés de desarrollo a largo plazo, dado que el largo plazo en Argentina parece estar muerto. Estas políticas atraen a los típicos “empresarios” que tanto suelen criticar los populistas y los críticos del “capitalismo corrupto o de amigos.” ¿Qué inversiones puede atraer un país que en su prontuario reciente cuenta con situaciones como el caso Skanska, la valija de Antonini Wilson, la bolsa de Felisa Micelli, los fondos del gobierno desviados por Shocklender y las Abuelas de Plaza de Mayo, la nacionalización de los fondos privados en las AFJP, los billetes de Boudu, la performance de Aerolíneas Argentinas? El Indec es el caso más explícito de un gobierno que le falta a la verdad a sus propios ciudadanos. Es un gobierno que ignora los fallos de la Corte Suprema y el Congreso, supuesto órgano de control del ejecutivo, mira para otro lado.
  3. Es común escuchar la retórica de los “intereses nacionales,” los “recursos del país” y otros similares. No hay ningún beneficio económico particular en que una empresa sea de capitales nacionales o extranjeros. La economía no posee fronteras, las fronteras son una cuestión política, no económica. La riqueza se encuentra en la producción eficiente de bienes y servicios, no en el dinero. Así y todo, este dinero “expatriado” vuelve al país vía exportaciones por parte del país “expropiador de dividendos.” Pero más allá de estos detalles, el mayor problema es que esta actitud no es libre de influencias nacionalistas. ¿Cómo se sustenta este tipo de posición de intereses nacionales sin nacionalismo? Los nacionalismos han creado más problemas que beneficios a lo largo de la historia.
  4. Un último punto sobre la “expatriación de dividendos.” Sólo pueden girarse dividendos en la medida que haya inversiones previas. Las inversiones deben financiar los costos operativos, y sólo después de cubrir estos costos se pueden girar dividendos, que es la tasa de retorno de los accionistas. Para verlo en números redondos, un retorno del 10% implica que por cada dólar de dividendo se han invertido 10USD. Dado que los dividendos se pueden distribuir luego de cubrir los costos operativos, esta inversión permite el pago de proveedores, empleados, etc. Aquel se opone a que se giren dividendos, en los hechos se opone a 10USD de inversiones extranjeras por cada dólar de dividendos.

Es un auto-engaño ver en este tipo de medidas un futuro próspero. Crecimiento y desarrollo es un proceso de largo plazo, en el corto plazo, en el día a día, incluso en el año a año, los efectos nocivos no se ven de manera clara. Para cuando estos efectos son innegables, el tiempo ha pasado, y el costo de alcanzar al resto de los países que no se han vencido a la tentación política de corto plazo no ha hecho más que agrandarse, no sólo en recursos, sino en años.

Argentina no necesita un cambio de gobierno, sino un cambio de estructura de Estado. Un gobierno que puede operar por encima de la ley no es un gobierno que funcione bajo un orden republicano. La división de poderes, el estado de derecho y la república no es una cuestión de papeles, es una cuestión de hechos y actitudes que durante la era K han brillado por su ausencia. Los resultados de la falta de principios repúblicanos y estado de derecho están a la vista: alcanza con mirar la correlación entre libertad económica y bienestar económico.

Nicolás Cachanosky es Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE), y Doctorando en Economía, (Suffolk University). Es profesor universitario.