Riesgos de la memoria histórica

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 17/11/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/riesgos-de-la-memoria-historica/

 

En su notable libro, Elogio del olvido, dice David Rieff: “La realidad, por desagradable que sea, es que la rememoración colectiva no siempre ha sido un estímulo beneficioso para la paz y la reconciliación, como tampoco la falta de recuerdo o, más precisamente, recordar ‘adecuadamente’, empleando el término de Blustein, y la injusticia que haya sufrido un grupo particular, no siempre es nociva para sus sociedades”.

No se opone el autor a perseguir a los criminales, pero advierte contra quienes “se niegan a considerar la posibilidad de que cuando hacen un llamamiento por la justicia, sobre todo por el fin de la impunidad, las consecuencias a largo plazo podrían tener efectos perjudiciales duraderos…Los que afirman que no puede haber paz sin justicia se ciegan a ellos mismos y no ven la realidad. El hecho lamentable es que la historia está repleta de casos en los que el desenlace trajo la una negando la otra”.

Pierre Nora señala el peligro de las emociones, de insertar la rememoración en el seno de lo sagrado: “El drama sacro es la antítesis de cualquier política justa, pues en cuanto se invoca lo sagrado ya no puede haber acuerdo entre los adversarios, sólo su rendición incondicional. En la medida en que eso pueda aún llamarse política, es la política del totalitarismo”.

El traer el pasado al presente, como apunta Freud, puede ser terapéutico en el caso de una persona, pero no políticamente “cuando las naciones, los pueblos o los grupos sociales tratan sus traumas colectivos”. En este caso, la memoria puede impedir los pactos y animar el fanatismo: “lejos de garantizar la justicia, es la fórmula del agravio y la venganza interminables”. Y no es historia: “Con la posible excepción de los judíos…la memoria histórica colectiva no es respetuosa con el pasado”.

Tzvetan Todorov denunció en El País la manipulación política de la memoria en la Argentina, donde muchos parecen creer que la violencia empezó con el golpe de los militares en 1976, y los Montoneros no hicieron antes nada.  Concluyó: “Hay pocos fenómenos más socialmente incontrolables y, por ende, más peligrosos políticamente, que un pueblo o un grupo social que se tiene a sí mismo por víctima”.

Elogia la transición española como pacto de olvido entre izquierdas y derechas, “esencial para el acuerdo político que restauró la democracia”. Curiosamente, también elogia la Ley de Memoria Histórica de 2007: dice que siguió en esa línea y es una suerte de ley de “olvido histórico”. Es llamativo, porque la izquierda en nuestro país la está utilizando con claridad en el sentido divisivo y peligroso que Rieff denuncia cuando habla de la rememoración como “poco más que el presente travestido”.

En España tanto la izquierda como los nacionalistas han tendido a politizar la memoria, y les vale el diagnóstico de Rieff: “tienden a restar importancia, cuando no lo desestiman categóricamente, al riesgo de que sus acciones tengan consecuencia políticas y sociales negativas”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

El principio de “no intervención” y los derechos humanos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 3/8/17 en:  http://www.lanacion.com.ar/2049577-el-principio-de-no-intervencion-y-los-derechos-humanos

 

El  argumento no se le cae de la boca al autoritario Nicolás Maduro . Tampoco al también autoritario presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Ni al vicepresidente de Cuba, José Machado. Todos ellos responden a las crecientes acusaciones de que los regímenes que encabezan violan los derechos humanos de sus pueblos con el argumento sintonizado de que señalarles objetivamente esa circunstancia implica una violación del principio de “no intervención” en los asuntos internos de sus respectivos países.

¿Es así? Ciertamente no, como enseguida veremos.

Primero, ¿Qué sostiene el principio de “no intervención? Muy simple: que cada Estado tiene el derecho soberano de conducir sus propios asuntos, sin ser perturbado por injerencia extranjera alguna. Lo que está expresamente previsto, tanto en varias resoluciones especiales sobre el tema de la Asamblea de las Naciones Unidas, como en la propia Carta de la Organización de los Estados Americanos. Salvaguardia que, sin embargo, no es absoluta.

Diversos internacionalistas latinoamericanos fueron, en sus momentos, decisivos con sus contribuciones doctrinarias, al nacimiento y consolidación del principio de “no intervención”. Desde su origen. Entre ellos: el gran jurista chileno Andrés Bello y nuestros extraordinarios y recordados ilustres connacionales: Carlos Calvo y Luis María Drago. También, aunque más tarde, el jurista mexicano Isidro Fabella.

El principio en cuestión, por lo demás, adquirió una fuerza muy particular después de la Segunda Guerra Mundial, conformándose desde entonces como pauta central de las relaciones internacionales contemporáneas. Acompañada de una conciencia generalizada en el sentido de que la observancia de los derechos humanos ha dejado de ser una materia sometida exclusivamente a la jurisdicción interna o doméstica de los Estados. La comunidad internacional toda ha mostrado su interés inequívoco por tratar de asegurar la protección efectiva de los derechos humanos, cualquiera sea el Estado u organismo multilateral que, de pronto, sea responsable de su violación.

“Intervenir” se entiende como tratar de plegar o doblar la voluntad de otro Estado mediante la coacción, cualquiera sea la forma de presión utilizada. No sólo mediante la recurrencia a la fuerza armada, sino también a través de cualquier otra forma de injerencia. Fuera cual fuera, si con ella se hace presión efectiva.

A lo antedicho cabe agregar que hoy está claro que los asuntos relativos a los derechos humanos no se consideran como reservados exclusivamente al dominio “reservado” a los Estados. En rigor, muy pocas materias están tan reguladas desde el derecho internacional como lo está el tema de los derechos humanos respecto del cual lo cierto es que la comunidad internacional ha creado una panoplia de importantes organismos especializados en defenderlo.

Por esto, la situación actual en esta materia puede resumirse fácilmente, como lo hace Edmundo Vargas Carreño: “Los Estados no pueden invocar como un asunto de su dominio reservado el tratamiento que le dispensan a las personas sometidas a su jurisdicción y los Estados y las organizaciones Internacionales no dejan de cumplir con el principio de no intervención cuando adoptan medidas en contra de Estados que violan los derechos humanos, siempre y cuando dichas medidas sean compatibles con otras normas del derecho internacional”.

Medidas que, entonces, no pueden considerarse como intervenciones “ilícitas”, desde que -queda claro- son valederas. Entre ellas, las de carácter o naturaleza meramente de “representación diplomática” (incluyendo las que se vinculan con el “nivel” de la representación diplomática) y las denominadas “expresiones de preocupación” o de “desaprobación”, en cuanto tiene que ver con situaciones particulares en materia de derechos humanos.

A su vez, la protección efectiva, en sí misma, puede teóricamente obtenerse a través de los diversos sistemas regionales o de la propia Naciones Unidas.

Es cierto, cabe apuntar, que para el referido organismo multilateral las violaciones graves y masivas y sistemáticas de los derechos humanos (a la manera de lo que hoy desgraciadamente sucede -de modo abierto y descarado-en Venezuela ) han dejado de ser asuntos que sólo conciernen individualmente a los respectivos Estados y se han transformado en un verdadero tema de la comunidad internacional, que debe asumir la tarea de defender esos derechos humanos, prevenir sus violaciones, denunciarlas y hasta sancionarlas.

En esta materia, la comunidad internacional no tolera, ni permite, la existencia de impunidad. Aunque en los hechos, en las instancias particulares, no tenga la capacidad real de poner inmediato fin a las violaciones o atrocidades de las que se ocupe. Lo cierto es que las violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos se enfrentan hoy con rapidez y decisión.

Entre los medios de que se dispone están los “informes” de los organismos internacionales o regionales sobre las violaciones a los derechos humanos que se detectan. Ellos operan a la manera de mecanismos de alerta y son, además, elementos dinamizadores de la acción requerida en cada caso para tratar de ponerles fin.

La soberanía no incluye el derecho de los Estados de asesinar o lastimar en masa o de reprimir con la muerte como variante, cuando de controlar protestas pacíficas de los civiles se trata. Esto debe sostenerse enérgicamente y con todas las letras desde que es nada menos que una conquista esencial de la larga marcha de la humanidad en el camino moderador de la civilización. Por esto los intentos de los partidarios del llamado “apartheid”, tanto en Rhodesia, como en Sudáfrica terminaron felizmente fracasando. Y por esto el totalitario Nicolás Maduro no tendrá éxito.

A la tarea de defender la vigencia de los derechos humanos también contribuyen los distintos tribunales e instituciones especiales en materia de derechos humanos que han sido creados y que generalmente son bastante eficientes y efectivos, particularmente en los ámbitos regionales.

En cambio, la cuestión de la llamada posibilidad de una “intervención humanitaria” -que no es ciertamente un tema menor desde que incluye el eventual uso de la fuerza- aún no parece haber sido todo lo definida y regulada que ella teóricamente debiera ser en el concierto de las naciones.

Ocurre que no es fácil armonizar la idea de “no intervención” con los límites que debe tener el uso de la fuerza y, además, con la necesidad de asegurar el respeto de todos a los derechos humanos. En esto no hay dos circunstancias idénticas y las reacciones deben necesariamente tener en cuenta las particularidades propias de cada caso. Pero lo cierto es que, según ha quedado rápidamente visto, el llamado principio de “no intervención” ya no sirve para tratar de asegurar impunidad para quienes, desde los distintos gobiernos, de pronto se atreven a violar sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, pretendiendo escudarse tras él. Mal que le pese a Nicolás Maduro y a su ácida colaboradora, la ex canciller Delcy Rodríguez.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Diez aclaraciones un tanto impacientes sobre las mediciones de desigualdad

Por José Benegas. Publicado el 19/1/16 en: http://josebenegas.com/2016/01/19/diez-aclaraciones-un-tanto-impacientes-sobre-las-mediciones-de-desigualdad/

 

La excluyente moralina izquierdista está encantada con los resultados del índice de Oxfam (una buenísima respuesta aquí de Ramón Rallo), una ONG “buena”, que acumula causas nobles sobre la pobreza en el mundo. Perdonen que ponga entre comillas esa bondad, se que eso escandaliza a más de uno que se siente culpable de solo considerar que gente que reparte a los pobres pueda ser cuestionada, sobre todo porque no me tomé ni me tomaré el trabajo de contabilizar sus acciones. Ese antecedente es el que se usa para dar valor a sus observaciones, nunca en la historia la demagogia ha dado tanta impunidad. Está mal porque gente que recibe donaciones y las reparte usa el prestigio que eso da para difundir ideas que están incluso contra los que producen el dinero que reciben en donación, contra los intereses de la gente a la que asisten y solo opera en en función de su figuración y poder.

Definamos izquierda: sincretismo doctrinario, moral, esotérico y tribal parasitario, basado en culpabilizar la habilidad y el éxito, exacerbando el sentimiento de fracaso de la población con falsos dilemas.

Dicho esto, lo que de verdad se está confrontando es el modelo de falsa desgracia, parasitario, contra otro productivo. El hambre en el mundo no lo combaten las ONGs ni las iglesias, ni los grupos de voluntarios. Si en cambio lo hacen los millonarios a los que quieren señalar por la sencilla razón de que si ese proyecto productivo es es entendido como bueno, ellos, los culpabilizadores cuyo papel es juzgar, no tienen sentido de existir. Pero no porque sean impotentes para combatir el hambre, mi sospecha es que no les interesa tres pitos a esta altura. Están mucho más enfocados después de repartir y sacar fotos, en esta parte política con la que atraen toda la atención. Para lo que son impotentes es para ser buenos, que es el cartel que les interesa, porque ser buenos como quieren les da poder y sobre todo es gratis. Un poco de reparto de zapatillas por aquí y por allá y ya se sienten con derecho a juzgar lo que tienen los grandes millonarios. Es contra el peligro que representa esta gente que la Biblia sabiamente dice que hay que procurar que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. El cartel de bueno es abuso de poder, no es bondad.

Primera aclaración: Lo que tienen las ONGs es recursos para consumo. Sean esas zapatillas, alimentos, abrigo, lo que sea. Lo que tienen los millonarios si lo obtuvieron limpiamente, en su mayor medida son recursos de capital, que están produciendo entre otras cosas para combatir el hambre. Lo que ellos realizan se multiplica, lo que hacen las ONGs se termina en la primera operación.

Segunda aclaración: En el caso de los millonarios tanto lo que tienen para su propio consumo como lo que tienen invertido en bienes de capital destinados producir cosas útiles para la población, son el reflejo de transacciones en las cuales lo que recibieron a cambio quienes pagaron, fue superior a esa suma. Eso está en la lógica de toda transacción pacífica, ambas partes valora más lo que reciben que lo que dan y por eso intercambian. Esto implica que la comparación entre los más ricos y los más pobres es tramposa, porque la riqueza de los ricos contribuyó seguro a la menor pobreza de los pobres y no al revés como sugiere el estudio.

Tercera aclaración: La capacidad de consumo de una persona más allá de determinado nivel no sube demasiado. Tener cien o cincuenta mil millones de dólares en la cuenta, no hace que el que tenga la segunda suma coma mejor caviar que el de la primera. La diferencia está en que el segundo toma decisiones económicas que benefician a muchas más personas. Tiene mayor poder económico, no político. Digo benefician, algo que el resentimiento impide ver, porque bajo reglas de mercado no tienen capacidad de obligar a nadie a pagar por lo que ofrecen.

Cuarta aclaración: Cualquier poder ilegítimo que los millonarios tuvieran sería ejercido contando con apoyo de gobiernos. Estas organizaciones se desentienden por completo del poder del gobierno, más bien quiere que los gobiernos se ocupen de que los ricos no sean tan ricos. Eso les da poder a ellas y también a los gobiernos. El gobierno no tiene dinero, solo lo extrae, cada peso que acumula va en empobrecimiento de los individuos privados.

Quinta aclaración: Mientras por lo indicado antes la utilidad de los millonarios para el resto de la población se mide justamente por sus millones, que es lo que este estudio trata de convertir en problema, la de las ONGs se mide emocionalmente. Esa emoción está basada en la explotación de la culpa por lo que se tiene y la promoción del resentimiento. Desde el punto de vista de la superación de la pobreza, sus acciones se consumen en un acto, no promueven una solución ni un flujo permanente y sostenible y alteran la capacidad de subsistencia de los asistidos si se prolongan en el tiempo. Como bien lo señalaba Ayn Rand, el reparto de los repartidores no podría existir sin la previa actividad de los productores. Ni siquiera podemos afirmar que el dinero regalado no estaría mejor en una inversión o en sueldos para actividades productivas. Solo podemos considerar subjetivamente útiles los propósitos de los donantes y de los que reciben las donaciones; algo que queda entre ellos, que puede entenderse como producto de la cultura culposa. No se cuántas personas han dejado la pobreza por ser asistidas por ONGs, pero gracias al mundo empresario se puede decir que esta es la época de mayor riqueza general de la historia humana. Como dice Rallo, nada se dice de que las fortunas se concentran en los países que respetan medianamente la producción y la pobreza en los países que siguen las pautas morales o políticas de los igualadores. Pero hasta esos países son menos pobres gracias al valor que crean los que son capaces de producir.

Sexta aclaración: Si un cataclismo natural hiciera desaparecer a las 62 personas más ricas del planeta y a sus empresas, las otras se volverían más pobres, no más ricas.

Séptima aclaración: El asalto a los millonarios puede tener éxito como un solo acto de depredación, a partir de ahí tendría el mismo efecto que el cataclismo natural de la aclaración anterior.

Octava aclaración: Los ricos nos convienen para venderles bienes y servicios. Incluso los ricos ilegítimos como los gobiernos, cuya riqueza nunca se compara con la pobreza de la población, son utilizados como fuentes de recursos a cambio de servicios (en el segundo caso, ilegítimos).Sin ricos no solo no hay capitalismo, tampoco hay socialismo ni ONGs. Esta es la razón también por la que pululan organizaciones, académicos y periodistas que hacen comparaciones que lo único que logran es justificar al estado, del cual obtendrán algún favor, o culpabilizar a los que producen para quitarles dinero sin darles nada util a cambio más que un falso perdón. Hay una manera honesta de obtener dinero de los ricos, pero no es ninguna de las dos mencionadas.

Novena aclaración: En un mercado libre todos tenemos la posibilidad de ser Bill Gates, pero solo hay unos pocos que logran ser Bill Gates ¿Por qué? Porque el descubrimiento de la riqueza es difícil, lleno de riesgos y sin ninguna seguridad. Hacer aparecer a los ricos más ricos como privilegiados, es un trabajo de parásitos. Lo cierto es que no son privilegiados sino elegidos por consumidores que combaten su pobreza y que su triunfo explica en gran medida el avance de la humanidad y nuestro estándar de vida. Lo que estas ONGs pretenden es construir un sistema de elección paralelo al del mercado, donde los bienes no estén distribuidos en base a su productividad, sino a un criterio moral que ellos manejan, despreocupándose por completo del resultado, porque su único interés es el manejo en sí.

Décima aclaración. Si el capitalismo es injusto y genera por generación espontánea millonarios malos que explotan al mundo ¿Por qué razón los buenos no hacen empresas super exitosas y las usan para repartirnos sus frutos? Porque no tienen idea de como hacerlo, pero tampoco aceptan la realidad de que el mercado es un ámbito de libertades y de riesgos donde el mejor lugar para que esté la riqueza es en manos de quién la supo crear. Esto es bueno para ellos y también para todos los demás.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

No hay justicia sin derecho a la propiedad:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/3/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1772576-no-hay-justicia-sin-derecho-a-la-propiedad

 

Durante la marcha de los paraguas la gente se manifestó por el fin de la impunidad; sin embargo, para la recuperación del país hace falta dotar al anhelo de volver a la ley de todo su alcance y sentido.

A un mes de la muerte de quien denunció lo que estimaba fue el encubrimiento del actual gobierno en la masacre de la AMIA, se realizó la multitudinaria marcha de los paraguas en Buenos Aires, manifestación que se replicó en otros puntos del interior del país y en distintas ciudades del extranjero, en una superlativa muestra de reflejos frente a lo ocurrido. Fueron expresiones de congoja y respeto por el fiscal muerto en condiciones extrañas y aun no esclarecidas por hacer su trabajo, de condolencia hacia su familia y de simpatía hacia sus colegas.

Ésta fue la cara visible de la manifestación. Había otra cara, menos visible, que trasuntaba el hartazgo por la inseguridad y la impunidad que reinan en el país. Con mi mujer agregamos dos paraguas a esta conmovedora y emocionante marcha del silencio, que esperamos sirva como una referencia moral para que las cosas salgan del fárrago en que estamos sumergidos desde hace años. Sin embargo, para evitar caer de nuevo en el desánimo, resulta indispensable hurgar en el fondo del problema que nos aqueja.

En estos días han consignado diversos puntos de vista sobre algunos de los aspectos de esa manifestación, pero quisiera subrayar un ángulo no expresado aún que estimo relevante para nuestro futuro inmediato.

El reclamo unánime de esa gigantesca marcha bajo una lluvia torrencial se resume en una palabra: justicia. Ahora bien, considero que en general muy pocos -de lo contrario no hubiera sido necesario llegar a la instancia de la marcha- se han puesto a pensar en todas las implicancias que tiene el término justicia, que según la definición clásica quiere decir, ni más ni menos, “dar a cada uno lo suyo”. “Lo suyo” remite a la propiedad, primero del propio cuerpo y de pensamiento, y luego del fruto del trabajo de cada cual.

Si ponemos esto en el contexto argentino, no puede obviarse el pensamiento del artífice de la Constitución, Juan Bautista Alberdi, quien en Sistema económico y rentístico de la confederación argentina según su Constitución de 1853 escribió algunas reflexiones de gran calado que deberían tenerse presente en toda su extensión respecto a la relevancia de la propiedad: “Comprometed, arrebatad la propiedad, es decir, el derecho exclusivo que cada hombre tiene de usar y disponer ampliamente de su trabajo, de su capital y de sus tierras para producir lo conveniente a sus necesidades o goces, y con ello no hacéis más que arrebatar a la producción sus instrumentos, es decir, paralizarla en sus funciones fecundas, hacer imposible la riqueza [?] Pero no basta reconocer la propiedad como derecho [?] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública”.

Muy sesudas reflexiones por cierto, ya que la propiedad constituye el eje central de la sociedad abierta. Esa institución permite que los siempre escasos recursos estén administrados por las manos más eficientes vía el cuadro de resultados: sin privilegios de ninguna naturaleza, el que ofrece lo que la gente demanda gana, y el que se equivoca incurre en quebrantos. No sólo eso, sino que la propiedad da lugar a la coordinación de la producción a través del sistema de precios. No hay precios sin propiedad y viceversa. El llamado “control de precios” impuesto por el capricho burocrático no es tal; se trata de simples números que no expresan las valorizaciones cruzadas de los participantes en las transacciones. En este sentido, los precios hacen posible la evaluación de proyectos y la contabilidad; la ausencia de precios desfigura e imposibilita esos cálculos.

Sin propiedad privada la asignación de los siempre escasos recursos se encuentra a la deriva. Estrictamente, no se sabe si conviene construir carreteras con oro o con asfalto. El asalto a los derechos de la gente, que incluye el atropello a la propiedad, es lo que también explica el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín.

Los enemigos de la propiedad son los comunistas, los nacionalsocialistas y los fascistas. Los primeros proponen con Marx la abolición de esa institución; los segundos permiten que se registre a nombre de particulares, pero usan y disponen de los gobiernos para la destrucción de la propiedad de un modo más enmascarado pero más efectivo. Esto es lo que lamentablemente ocurre con frecuencia en el llamado mundo libre en muchos sectores clave, donde no se permite que queden librados a arreglos voluntarios aquellos que no lesionan derechos de terceros.

La propiedad remite al derecho a la vida y a la expresión del pensamiento, dos elementos fundamentales que son desconocidos en regímenes autoritarios. No se trata necesariamente de la exterminación de la vida física, pero sí de la liquidación de los sueños de vida que hacen a los proyectos de cada uno en cuanto al manejo de los asuntos personales. Y respecto de la expresión del pensamiento, los autoritarios le temen a la libertad de prensa y sus equivalentes, por eso la cercenan y asfixian; en el caso argentino, a través de medios estatales que no caben en una sociedad libre, amenazas y aprietes al periodismo independiente (una redundancia, aunque, dada la situación, vale el adjetivo). Por esto, no puede haber justicia sin propiedad, ya que en ese caso no hay “lo suyo” (y consecuentemente, en la medida en que se ataque la propiedad, se debilita la justicia).

Para que no hayan nuevas frustraciones como las que se reflejaron en la marcha de los paraguas es indispensable tener en cuenta las implicancias de la tan reclamada justicia. Éste no es un problema exclusivo de la gente en general, sino que, de modo muy especial, debe tenerse en cuenta en los debates intelectuales y en ámbitos dirigenciales de los más variados espacios. En el caso argentino, se ha llegado al extremo de que una integrante de la Corte Suprema escribió que la propiedad en nuestro medio “está intacta”, como si no vinculara sus temerarias conclusiones con el cepo cambiario, la imposición de precios, la fenomenal carga tributaria y la estafa inflacionaria, entre otros muchos desquicios. Por su parte, intelectuales oficialistas se dirigieron al Tribunal Supremo para solicitarles prohibieran la marcha a la que nos hemos referido, al mejor estilo del totalitarismo más extremo.

Esta manifestación multitudinaria se llevó a cabo en el contexto de un default mayúsculo, un desbarajuste descomunal en la energía, subsidios a planes Trabajar que más bien deberían denominarse “descansar”, fondos jubilatorios saqueados, gastos públicos siderales, deuda pública creciente, empresas estatales deficitarias en grado inaudito, incremento alarmante en la cantidad empleados públicos incorporados, funcionarios procesados que se burlan de todo y un fenomenal deterioro en los marcos institucionales, con una procuradora general de la Nación que se declara militante del partido gobernante, tal como un bombero que se declara partidario de los incendios.

Reencauzar el proceso populista argentino no es faena para timoratos ni para quienes marchan sin identificar las consecuencias de pedir justicia. Debemos meditar el asunto con cuidado para no pedir, en futuras elecciones, más de lo mismo con otro nombre, como ha venido sucediendo sistemáticamente en el país desde hace siete décadas. Tanto con un partido u otro o con militares, todos han contribuido a montar y fortalecer al Leviatán. Es tiempo de cambiar de paradigma y adoptar la tradición alberdiana, que nos colocó a la vanguardia de las naciones civilizadas antes de trocarla por un estatismo rampante.

Constituye una operación pinza de nefastas consecuencias el hecho de contar con un sistema educativo muy deficiente en el que, en lugar de transmitir los valores y principios de la sociedad abierta, avanza la visión gramsciana-autoritaria. Por otra parte, la degradación de los marcos institucionales no permite a las personas defender sus derechos.

Se ha dicho que esta marcha se diferencia de los sucesos de 1810, cuando el pueblo quería saber de qué se trataba, porque el 18 de febrero el pueblo sabía de qué se trataba. Pero para que esto sea cierto es imperioso detenerse a considerar qué significa la justicia y no quedarse en la superficie de un slogan vacío de contenido que no conduce a ninguna parte.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

El 18F no ha terminado…

Por Gabriela Pousa: Publicado el 18/2/15 en: http://www.perspectivaspoliticas.info/el-18f-no-ha-terminado/

 

Un país al filo del abismo. Una o más balas con esquirlas que alcanzan los cuatro puntos cardinales, y dañan a culpables e inocentes arbitrariamente. Desconcierto. Escepticismo, fruto de años de mentir y mentirnos. Capítulos que se suman a diario a una novela cuya trama va de lo inverosímil al drama, porque pocos creen que algo ha de saberse finalmente. Son muchas manos en un plato…

La credibilidad fue la primera víctima de esta contienda, la impunidad durante años pudo más. Ahora, aparentemente, va terminando el mentado 18F. El silencio dejó un eco contundente. La lluvia bautizó a los argentinos que pasaron de habitantes a ciudadanos. Se escuchó todo y nada., sí simultáneamente El gobierno igual optará por ensordecer, nada nuevo, como siempre.

La Presidente hará honor a la fábula de la rana y el escorpión, no puede contra su naturaleza. No hay argentino tan ajeno a la realidad como ella.

En la calle, piel de gallina. Ahogo de ilusiones que se creyeron perdidas. El asombro de darse cuenta que hay un limite para todo. Para ellos y para nosotros, para Boca y para River porque en eso transformaron a la Argentina: una geografía partida y enfrentada incluso a sí misma. Blanco o negro sin matices. Los grises exiliados, extranjeros como el Mersault de Camus en su propio campo.

La opinión pública dejó el mensaje claro. Esa sumatoria de voces de las mayorías que hasta hace poco eran minoría dijo, aún sin palabras, demasiado. Se ha instalado en el “consciente colectivo” que lo sucedido fue un homicidio. Lo que diga luego la Justicia caerá en saco roto: ese es otro “logro” del Kirchnerismo. Imposible creer en un Poder usurpado y transformado en apéndice del Ejecutivo.

Nadie se baña dos veces en el río de Heráclito: todo es cambio. Sin que las expectativas desborden e impidan la objetividad necesaria en estos días, se vio a una ciudadanía unida, en el espanto es cierto, pero es un primer paso.

Quizás sea apenas una señal, pero este comienzo debe valorarse tanto como el desarrollo, el desenlace y el final. El rumbo sigue siendo incierto. La historia enseña, y muestra que nadie se duerme en la Edad Media y se levanta en la Edad Moderna. El trayecto es inevitable y estamos transitándolo. Hay piedras que correr del paso para seguir caminando.

La pena mayor es ver cuánto tiempo se ha perdido. Todos estamos más viejos, más heridos. Todos hemos despedido algún afecto que, explícita o implícitamente, la zozobra de una década dejó en el camino.
Qué ese dolor no trasunte en rencor sino en memoria, para que el olvido no se lleve la experiencia de lo vivido.

La marcha fue un símbolo, el silencio fue un grito. Si hay que hablar con su vocabulario para que entiendan lo que ha pasado, hablemos de bandos. Guste o no, la movilización tiene consecuencias para ambos. A los ciudadanos los obliga a esa constancia que hasta ahora no tenían. Al gobierno lo obliga a hacerse cargo. Pero no lo hará, volverá a retobarse. Es émulo de Poncio Pilatos.

Negarse a lo fáctico sin embargo, es una bomba de tiempo que ha de estallarle en las manos. Están a solas escribiendo el final de su propia historia: un derrotero con secuelas que perdurarán durante mucho tiempo. No se irán por golpes duros, blandos, suaves o livianos. Se irán por implosión, por sus omisiones y sus actos.

Balcarce 50 es un hervidero. Las máscaras se caen, y el maquillaje apenas puede engañar por televisión. Los nervios causan estragos, las contiendas internas recrudecen. Ellos no pueden tolerar lo que han visto hace un instante agazapados en la negación: no eran militantes rentados, era la gente. Era el pueblo rompiendo cadenas y tratando de oír el grito sagrado.

La jefe de Estado no pudo como antes refugiarse en El Calafate. Debió volver porque esta vez no hay por donde escaparse. Los mismos que ayer no querían al occiso en el recinto, ahora convocan al nuevo fiscal, Gustavo Pollicitas, para ser oído. Cambian de estrategia, la desorientación los lleva a probar algo diferente, quizás los fracasos algo han enseñado.

Alberto Nisman fue la gota que rebalsó el vaso. Es cierto que ningún país desarrollado ha crecido y madurado sin derramar sangre. Una pena que ésta haya sido requisito para que, amén de abrir los ojos, nos atrevamos a ver, a mirar y a mirarnos. Dimos lástima muchos años. El mundo no comprendía la abulia, la resignación, el hastío.

Fuimos, y todavía somos vulnerables como Nación. No es complejo dividir y manipular al pueblo, la amenaza seguirá estando con este u otro gobierno sino maduramos.

Ahora vendrá la venganza, la provocación, el redoblar la apuesta e ir por todo lo que queda. No seamos ingenuos. Una batalla no es la guerra ganada. No flamean aún banderas blancas.

Hoy pensamos y hablamos desde la emoción. Mañana, cuando las fichas caigan y advirtamos a conciencia de lo que hemos sido capaces sin darnos cuenta, la responsabilidad que nos cabe será aún más grande.

No todos los que marcharon merecen el aplauso. Habrá que decantar y discernir entre quienes han hecho las cosas bien, y los héroes de barro que a veces creamos porque nos hacen falta referentes, modelos y liderazgos.

Para estar a la altura de las circunstancias se requiere: voluntad para asumirlo, coraje para actuar, y perseverancia para, en Octubre próximo, escribir el final de una pesadilla que nos robó el sueño de una Argentina Republicana y democrática, sin distorsión, sin eufemismos, sin fantasmas.

Aunque la conciencia esté más liviana, no vuelvan satisfechos a sus casas, sería un error. La insatisfacción es motor propulsor, es ansia de ir más allá, de no parar, de llegar a la meta final. Y esto aún no terminó. Por el contrario, esto recién está comenzando.

 

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

Casos Boudou y Campagnoli: no hay incoherencia sino mentira

Por José Benegas. Publicado el 3/7/14  en: 

 

Los principios lógicos como el de no contradicción no caben dentro de la dinámica de amigo/enemigo. El discurso en ese caso es un camuflaje de la hostilidad y una táctica para confundir. Al analizar al kirchnerismo muchas veces se olvida esta cuestión.

Si el fiscal José María Campagnoli es suspendido mientras se lo somete a un enjuiciamiento por investigar lo que se denominó “la ruta del dinero K”, se espera que el vicepresidente siga la misma suerte y cuando no ocurre se les reclama al oficialismo por una “incoherencia”.

Pero el kirchnerismo no se contradice, sino que miente. Cuando dice que suspende a Campagnoli “para que se pueda defender”, lo hace en realidad para que no cumpla con su deber de investigar. Si lo considerara necesario, él podría pedir una licencia, pero sacarlo contra su voluntad es una sanción anticipada. Cuando desde el mismo sector se sostiene a Boudou a cualquier costo y no se aplica el mismo criterio es, otra vez, para asegurarse impunidad. Más coherencia imposible. El problema es si los demás queremos o no queremos notificarnos de lo que hacen. Son pocos en realidad quienes tienen el valor de tomar al kirchnerismo por lo que es desde al año 2003 hasta la fecha. Distintos relatos se han tejido contra el relato pero como formas de evadir la realidad. El más grande es aquél según el cual pudo haber habido una época “buena” del kirchnerismo.

Volviendo a este contraste entre el tratamiento del fiscal y el del vice, Boudou, como gran figura de la corrupción K, también es una negación. El no es el autor del descarado despliegue político para salvarlo tanto de la investigación judicial como de un eventual juicio político o apenas de un pedido de renuncia o licencia. Proteger a Boudou no es para proteger a Boudou. Boudou ni siquiera es el que está resistiendo, carece de entidad política para eso.

Ahora bien, si nos olvidamos de esto y vamos a la superficie de la argumentación, no existían motivos para apartar a Campagnoli de una eventual extralimitación por asumir una competencia que según los protectores de Lázaro Báez no le correspondía. Se le quita la competencia, y el problema, que es estrictamente formal, se resuelve. Campagnoli no fue acusado ni siquiera de acciones ilegales en su trabajo. Su supuesta falta disciplinaria no interfería bajo ningún concepto en su función en otros casos ni tampoco estaba impedido de defenderse.

El caso del vicepresidente es bien distinto. Su función es política y de representación del país. Un imputado en una causa penal, no disciplinaria como la de Campagnoli, tiene el derecho de mentir. Eso está permitido en el proceso, pero es incompatible con su responsabilidad política. Es decir, el apartamiento del vicepresidente no tiene que ver con que pueda defenderse, como cínicamente se alegó en el caso del fiscal, sino con resguardar a la vicepresidencia como institución de ese ejercicio legítimo de la defensa por parte de su titular. Hay una incompatibilidad ética entre ambas cosas.

Dadas las responsabilidades constitucionales que le caben al señor Boudou, como eventual reemplazo de la Presidente, preservar a la vicepresidencia es proteger al Poder Ejecutivo como tal.

Se abusa muchas veces de un concepto algo monárquico de “investidura presidencial” para pretender que un presidente está más allá de todos nosotros en cuanto a la posibilidad de criticarlo. Para una República esto es completamente falso.Lo que se debe preservar en una República es una institución, la mayor parte de las veces contra los actos de quienes la ocupan temporariamente. Un presidente debe respetar a la presidencia por ejemplo no mintiendo, no simulando, no lanzando amenazas contra ciudadanos. Cuando sus intereses chochan con los de su responsabilidad aunque más no sea en el terreno hipotético, se debe ir. Un vicepresidente también. En términos republicanos la investidura vicepresidencial se encuentra gravemente alterada por la conducta y por la situación del vicepresidente.

Tampoco es compatible con la función del vicepresidente cualquier forma de ejercicio de su propia defensa. Las argumentaciones absurdas y su apelación a caprichos increíbles de la casualidad, que pueden ser el último recurso de un imputado que se ve perdido, dañan de manera muy severa a las instituciones además de ser una burla a la inteligencia de la población. Para el juez podrán constituirse o no en un desafío en su trabajo probatorio, para la relación mandante/mandatario son un golpe fulminante.

Campagnoli no cumple una función política sino técnica, es un funcionario de carrera que debe ser protegido de los intereses políticos que toca al cumplir con su trabajo.

Hay un plano jurídico y hay uno político institucional y no siempre corren por el mismo carril. Por eso la Constitución establece el juicio político tanto para el delito común, como para el cometido en ejercicio de las funciones y el mal desempeño. ¿Qué peor desempeño puede haber para un vicepresidente que representa al país en la asunción de un mandatario extranjero, que el de esconderse de los periodistas y pedir al anfitrión que le arme una valla especial para que no se le acerque ninguno?

El problema es que si hablamos de la política real, Boudou no decide si se queda o se va, eso lo decide la Presidente. Boudou encadenado al cargo está más expuesto a las consecuencias del proceso penal que si pudiera quedarse en silencio en su propia casa siguiendo los consejos de sus abogados. La exposición política de Boudou está para resguardar intereses que a él lo superan por completo y por los que será sacrificado del modo más cruel.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Una década para no olvidar

Por Julián Obiglio. Publicado el 30/5/13 en http://www.julianobiglio.com.ar/obiglio2012/opinion/130530.php

Hay una imagen del 25 de mayo de 2003 que quedó grabada en mi memoria: Néstor Kirchner asumía la Presidencia de la Nación y mientras festejaba genuinamente su momento triunfal, hacia malabares con el Bastón presidencial, jugaba a revolearlo, a que se le caía.

La falta de interés mostrada por ese símbolo, que representa el poder y la responsabilidad que el presidente recibe en representación de todo el pueblo (no solamente del que lo votó), fue una señal de los tiempos que vendrían.

Los antecedentes institucionales del recién llegado a la Capital Federal no eran buenos. Los Kirchner nacieron a la vida política en Santa Cruz, donde forjaron una fortuna considerable. Primero al calor de la dictadura militar (o al menos consintiéndola) y luego, en democracia, escalando en la jerarquía de poder del Estado provincial. Encabezaron una gestión plagada de denuncias de corrupción, en la que no se respetaron principios esenciales de la vida institucional. Los ataques a la independencia judicial y a la libertad de prensa vieron allí sus primeros pasos.

La crisis de 2001 hizo que la sociedad pidiera renovación, y que la política aceptara cualquier opción, sin siquiera preguntarse si ello podría implicar un salto de 30 años hacia atrás. Así el Bastón llegó al desconocido gobernador patagónico, y cuatro años después, aquel pasaba a manos de su esposa.

Durante los primeros cuatro años del matrimonio patagónico, se obligó a la sociedad a abrir una puerta al pasado que la mayoría pensaba definitivamente cerrada, y las divisiones que todos pensaban que habían quedado atrás, volvieron a florecer. Los nuevos (viejos) paradigmas, el relato, los abusos y tantas otras cuestiones, demostraron que los vicios habían viajado desde el lejano Sur, profundizándose en su ascenso nacional.

Las sospechas de corrupción en la obra pública, el dinero que florecía en el baño de una Ministra, los grupos violentos que se adueñaban de las calles, y las relaciones carnales con regímenes poco apegados a los principios democráticos fueron sólo algunas de las alarmas que sonaron en la sociedad.

Ante la ausencia de líderes opositores con propuestas, valores y relato alternativo, Cristina Fernández ganó las elecciones del 2007 y las que le siguieron en 2011.

Trabas y controles a los sectores más productivos de la economía, ataques constantes al periodismo, cooptación de medios y periodistas, conformación de un fenomenal aparato de propaganda, diseño de una justicia a medida, corrupción generalizada en la dirigencia oficialista, restricciones a la libertad y soledad internacional son la herencia que el segundo mandato de la señora de Kirchner dejará a nuestra golpeada sociedad.

Transcurrió una década desde aquel jugueteo con el Bastón presidencial y en ese tiempo tuvimos muchas posibilidades de ver a los Kirchner en su propio espejo: el que reflejaba la imagen lejana de sus comienzos en Santa Cruz y la otra más cercana, la del autoritarismo, la codicia y la impunidad.

Estoy convencido de que hoy la sociedad está pidiendo un cambio de rumbo, de estilo, de talante, de valores y de visión. El trabajo de quienes tenemos la voluntad y la responsabilidad política de representar a esa sociedad está en lograr convertir dicho reclamo en una verdadera alternativa política, para dejar definitivamente atrás una década que dividió a los argentinos y puso en riesgo las bases democráticas que con tanto esfuerzo recuperamos en 1983.

Tenemos frente a todos nosotros la posibilidad de empezar de nuevo. De pasar la página y no volver a mirar atrás nunca más. La democracia nos brinda una nueva oportunidad. El cambio empieza este año con las elecciones legislativas y se consolida en el 2015. Es hora de que finalmente decidamos crecer y demos inicio a un tiempo de progreso, de igualdad de oportunidades y de honestidad. Sin dudas la década que viene es mucho más importante que la década que pasó.

Julián Obiglio es Diputado Nacional y egresado de ESEADE.