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Los políticos y la ideología

Por Gabriel Boragina Publicado  el 9/8/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/08/los-politicos-y-la-ideologia.html

 

Dado que el término ideología tiene (como sucede con casi todas las palabras de nuestro lenguaje) distintas significaciones, dependiendo de los autores y disciplinas de que se traten, me apresuro a aclarar que -en lo que sigue- hablaré de ideología en el sentido que le otorga el diccionario de la RAE, que -para mayor claridad- procedo a transcribir y dice:

ideología
De idea y -logía, sobre el modelo del fr. idéologie.
1. f Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.
2. f. Fil. Doctrina que, a finales del siglo XVIII y principios del XIX tuvo por objeto el estudio de las ideas.
(Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Específicamente, el concepto que emplearemos es el de la primera acepción, que -por otra parte- es el más comúnmente aceptado por el público y, en este orden de ideas, observamos una cierta tendencia de los políticos (al menos los latinoamericanos a desdeñar las ideologías, criticarlas, afirmar que las mismas ya están “caducas”, y que -como “prueba” de todo ello, sostienen- vivimos en una época posmoderna.

No están solos en esta interpretación, ya que -al expresarla- no hacen más que trasladar a sus discursos el pensamiento dominante de la colectividad acerca del tópico.

Pero el mero examen de la primera acepción del término arriba definido -y que hemos adoptado para nuestras actuales reflexiones- nos da la pauta que los que así se expresan, o están equivocados o sencillamente no dicen la verdad.

Si seguimos la primera acepción del diccionario, tenemos que llegar a la forzosa conclusión de que no hay persona alguna sobre la faz de la tierra que carezca de ideología. Y los políticos menos aún pueden declarar, sencillamente, su ausencia o independencia de ella.

Lo que -en cambio viene sucediendo con este tipo de discurso político es que, mediante el mismo, los candidatos a cargos electorales buscan eludir definiciones precisas en cuanto a sus objetivos políticos y –principalmente- la manera de llevarlos a cabo, en el supuesto caso de que accedan a posiciones de poder.

No es solamente que tengan in mente –en hipótesis de ser electos- esquivar sus compromisos sino que, aun cuando no este ello dentro de sus planes, tampoco quieren quedar descolocados a la hora de la elecciones en el supuesto de un violento cambio de opiniones de aquellos que ellos piensan serán segmento de su mercado electoral. Cualquier clara definición de parte de los candidatos que no concordara con la base ideológica de su electorado y que los dejara “descalzados”, podría costarles la elección y quizás su misma carrera política.

Aseverar que ellos carecen de ideología les permite la libertad necesaria como para apadrinar la que evidencien los electores potenciales mayoritarios, porque es de estos de donde se espera el tan ansiado voto que -finalmente- encumbre a esos políticos en los cargos que aspiran obtener.

Para este fin, los políticos acuden a equipos de marketing que hagan los estudios que sean necesarios y poder determinar con la mayor exactitud que sea posible que es lo que aguarda mayoritariamente el electorado de los que vayan a representarlos desde las distintas posiciones de poder. Buscan así apuntar a un determinado “nicho” electoral, en el que especulan captar la mayor cantidad de sufragios viables.

Por supuesto, no todos los candidatos tienen, ni los recursos, ni las habilidades, ni la perspicacia necesarias para lo anterior.

Quienes cuyos personales compromisos ideológicos sean muy férreos y que no coincidan plenamente con los del plafón cultural y político de los electores, tendrán muchas más dificultades para convencer y atraer el voto mayoritario necesario que le admita aspirar al cargo postulado. Los más “pragmáticos” serán, en ese alcance, los mejor posicionados. Ello, en tanto y en cuanto ese voto mayoritario no concuerde con la particular e inflexible ideología del primer grupo.

Como dejamos dicho, en el extremo opuesto al de los -que podríamos llamar- ideológicamente dogmáticos, se encuentran los autotitulados “pragmáticos”.

Vale aquí aclarar nuevamente que, los autodenominados “pragmáticos” no es que carezcan de ideología o de teorías políticas (si se prefiere distinguir una de las otras). Todos, sin excepción nos movemos en base a teorías previas que acogimos, y aquellos “pragmáticos” lo hacen de la misma manera, quizás sin conciencia (o con ella) de estar actuando bajo el influjo de ideas o teorías de otras personas. Pero nadie -en el plano humano- escapa a esta regla.

Dentro de los políticos encontramos gente inteligente en un extremo e ignorante en el opuesto pasando -en el medio- por todas las gamas dables de matices y grados entre una y otra. Este es otro de los factores que no debe perderse de vista a la hora de cosechar frutos electorales.

Pero el oficio político (y hoy habría que hablar, en rigor, de la profesión política) exige la flexibilidad necesaria para esos cuyo objetivo sea hacerse del poder a cualquier costa. En esto último han demostrado una detestable habilidad y un nauseabundo “éxito” los políticos peronistas quienes, a través del tiempo y desde la fundación del partido homónimo por Juan Perón, dejaron en claro, por intermedio de todos sus candidatos, su condición y merecida calificación de mercenarios del poder.

El fascismo pretendió representar una posición “intermedia” entre el comunismo y el capitalismo declarando a ambos sus enemigos. En Argentina J. D. Perón procuró exactamente lo mismo, pero el fresco fracaso del fascismo y nazismo derrotados en la guerra le impidió rotular a su régimen de fascista. Quiso –entonces- presentarlo como algo “diferente” al fascismo pero con sus mismos ideales. No se le ocurrió mejor idea que darle su propio nombre al movimiento: y así quedó, “peronista”. Su eslogan predilecto era: “Ni yankees ni marxistas, peronistas”, adaptado del de Mussolini que ante idéntica alternativa concluía y respondía con el “fascistas” como palabra final. No había, pues, diferencia alguna entre el fascismo y el peronismo excepto de etiquetas. Menem -que encabezó el cuarto gobierno peronista- si bien mantuvo el discurso de “justicia social” de su fundador, se vio -en cambio- forzado a cambiar de política. El matrimonio Kirchner igualó o superó la corrupción de Perón, y combinó lo peor de este y de su predecesor.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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