Los fabricantes del desempleo. Hay amores que matan.

Por Gustavo Lazzari. Publicado el 24/4/16 en: https://gustavolazzari.wordpress.com/2016/04/24/los-fabricantes-del-desempleo-hay-amores-que-matan/

 

Legisladores de la oposición y muchos comunicadores están proponiendo la prohibición de los despidos y la duplicación de las indemnizaciones en caso que las mismas sean convalidadas..

A través de un proyecto de ley presentada por diputados kirchneristas  se propone además la multiplicación de la industria del juicio y la burocratización en caso de despidos con causa o fuerza mayor.

Las sanciones al empleador que intentara un despido multiplican los costos indemnizatorios y administrativos.

En tren de demagogia irreal hay dos proyectos en el Congreso. Uno en el Senado que sólo prohíbe despidos por 180 días y otro en Diputados que prohíbe despidos, impone la doble indemnización hasta el 31/12/2017.

Estas iniciativas lejos de beneficiar al trabajador lo perjudican. A quienes no están trabajando directamente las condenan a la pobreza más rígida e inmodificable.

Los legisladores culposos por su falta de ideas para solucionar la pobreza y crear empleo no tienen mejor ocurrencia que convalidar el desempleo por generaciones.

Toda ley, todo reglamento que aumente los costos de contratación y desvinculación no hace otra cosa que disminuir la demanda de trabajo y favorecer la sustitución de trabajo por capital.

Aumentar los costos laborales (gracias a estas medidas demagógicas) implica reducir la demanda de trabajo y por sobre todo excluir a los menos capacitados. Una medida cruel y despiadada disfrazada de falsa solidaridad.

Cuanto más costoso sea el contrato laboral mayor deberá ser la productividad del trabajador para ser contratado. Si el trabajador no es calificado inexorablemente perderá el empleo. El intento de proteger devino en fábrica de desempleo y exclusión.

Es necesario comprender que el concepto de costo laboral es bien diferente al concepto de salario. El llamado “costo laboral” incluye todos los impuestos y sobre costos derivados de la burocratización del contrato, la judicialización, y los riesgos derivados de la legislación. Esas supuestas protecciones incrementan los costos y por consiguiente reducen la demanda de empleo. Con ello reducen las posibilidades laborales de los pobres. Cuanto más regulación, menos trabajo. No más, menos.

Es imprescindible comprender también que los costos laborales pueden bajar y al mismo tiempo los salarios pueden subir!!!!

El impuesto sobre el salario ronda entre el 40 y el 50% dependiendo de la actividad. Si consideramos costos de judicialización y conflictividad dicho “impuesto” puede llegar al 60%. Quiere decir que un salario promedio industrial del orden de $15.000 pesos brutos redunda en un salario en mano de $ 12.300 en tanto que el costo laboral que abona el empleador alcance los $ 22.725.

Traduciendo el empleador paga $ 22.725 y el trabajador recibe $ 12.300. En el medio, impuestos, regulaciones, “salarios diferidos” (artilugio para denominar los supuestos beneficios jubilatorios y sociales), costos indenmizatorios, y supuestas protecciones.

No es casual que quienes proponen estas medidas jamás hayan pagado una quincena. Demuestra un desconocimiento total del mercado de trabajo su funcionamiento y los incentivos.

En los últimos días muchos despidos se han acelerado sólo por los rumores de estas inútiles leyes curiosamente propuestas por quienes no generaron empleo privado desde 2011 hasta 2015.

Desde el nacimiento de la legislación laboral, políticos y sindicalistas se empecinaron en aumentar los costos laborales creando desempleo y marginación. Es el estado, en su intento pseudoprotector el que excluye.

Los salarios reales sólo pueden crecer si el trabajo es asistido con bienes de capital. Son las máquinas las que fortalecen la productividad del trabajador. Sin máquinas los salarios son necesariamente bajos. No hay grito sindical, huelga, legislación chamuyera, ni bravuconada política que pueda aumentar los salarios por obra de un decreto.

Siempre y en todo lugar el mejor amigo del trabajo es la máquina. Sin capital la productividad del trabajo hubiera continuado en los niveles de la edad de piedra. Son las máquinas las que han permitido aumentar la cantidad de bienes producidos a menor esfuerzo y tiempo de dedicación. Sin capital no hay posibilidad alguna de aumentos de salarios en términos reales.

En la Argentina el “Hit político” de las últimas siete décadas tiene en su estribillo la frase “combatiendo al capital”. Un canto a la ignorancia y un excelente camuflaje para el robo.

Si queremos disminuir los despidos, bajar el desempleo, aumentar los salarios reales y proteger de esa manera a los trabajadores nuestros diputados deberían pensar en generar incentivos a la inversión.

Incentivos que no son subsidios ni protecciones sino un ambiente de negocios estable, impuestos bajos, y una razonable administración de justicia. Todo lo demás vendrá por añadidura.

Los trabajadores que se sientan “protegidos” por los anuncios de los legisladores del kirchnerismo deberían saber que “hay amores que matan”. El chamuyo mata y la demagogia excluye. Doce años espantando inversiones tienen como corolario la tremenda incertidumbre que estamos viviendo.

 

Gustavo Lazzari es Licenciado en Economía, (UCA), Fue Director de Políticas Públicas de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, y fue investigador del Proyecto de Políticas Públicas de ESEADE entre 1991-92, y profesor de Principios de Economía de 1993 a 1998 y en 2002. Es empresario.

Revaluar, devaluar: Mises comenta los errores del gobierno británico después de la Primera Guerra

Por Martín Krause. Publicado el 13/10/15 en: http://bazar.ufm.edu/revaluar-devaluar-mises-comenta-los-errores-del-gobierno-britanico-despues-de-la-primera-guerra/

 

En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires que vemos ahora con los alumnos de Económicas, UBA. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos también con los alumnos de la UBA en Derecho. Su cuarta conferencia se tituló, precisamente “Inflación” y describe ahora el gran error del gobierno británico después de la Primera Guerra al volver a la paridad anterior a la guerra, y luego devaluar. Mises comenta:

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“Para darles solamente algunos hechos: después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña retornó a la paridad de la libra en oro que tenía antes de la guerra. Esto es, revaluó la libra hacia arriba. Esto incrementó el poder de compra de los salarios de todos los trabajadores. En un mercado libre, sin trabas, el salario nominal en dinero debería haber caído para compensar esto, y el salario real de los trabajadores no habría sufrido.

No nos da el tiempo aquí para discutir las razones de este aserto. Pero los sindicatos en Gran Bretaña no estaban deseosos de aceptar un ajuste hacia abajo de los niveles en dinero de los salarios en razón del aumento del poder de compra. En consecuencia, los salarios reales aumentaron considerablemente por estas medidas monetarias. Esta fue una seria catástrofe para Gran Bretaña, ya que este país es predominantemente un país industrial, que debe importar sus materias primas, productos a medio elaborar y alimentos para poder vivir, y tiene que exportar productos manufacturados para poder pagar dichas importaciones. Con el incremento del valor internacional de la libra, los precios de las mercaderías británicas crecieron en los mercados extranjeros y las ventas y exportaciones declinaron. Gran Bretaña, en efecto, había establecido sus precios fuera del mercado mundial.

Los sindicatos no podían ser derrotados. Todos conocen el poder de un sindicato en la actualidad. Tiene el derecho, prácticamente el privilegio, de recurrir a la violencia. Y una orden del sindicato es, por lo tanto, digamos no menos importante que un decreto gubernamental. El decreto del gobierno es una orden para cuyo cumplimiento se encuentra disponible el aparato estatal, la policía. Deben obedecerse los decretos del gobierno, de lo contrario se tendrán dificultades con la policía. Lamentablemente, tenemos hoy – en casi todos los países del mundo – un segundo poder que tiene la posibilidad de ejercitar la fuerza: los sindicatos obreros. Los sindicatos establecen salarios y luego hacen una huelga para ponerlos en práctica en la misma manera en que el gobierno puede decretar un nivel de salario mínimo. No discutiré ahora la cuestión de los sindicatos, lo haré después. Sólo deseo dejar establecido que es la política de los sindicatos incrementar los salarios a niveles por encima de los niveles que tendrían en un mercado libre, sin trabas. Como resultado, una parte considerable de la potencial fuerza laboral puede ser empleada solamente por gente o industrias que estén dispuestas a sufrir pérdidas. Y, dado que los negocios no pueden mantenerse sufriendo pérdidas, cierran sus puertas y los empleados se convierten en desempleados. El establecer niveles de salarios por arriba del nivel que tendrían en un mercado libre y sin trabas resulta siempre en el desempleo de una parte considerable de la potencial fuerza laboral.

En Gran Bretaña, el resultado de los altos niveles de salarios, forzados por los sindicatos, fue un perdurable desempleo, prolongado año tras año. Millones de trabajadores estaban sin empleo, los volúmenes de producción caían. Inclusive los expertos estaban perplejos. En esta situación el gobierno Británico tomó una decisión que consideró una medida indispensable, de emergencia: devaluó su moneda.

El resultado fue que el poder de compra de los salarios en dinero, sobre los cuales los sindicatos habían insistido, no era más el mismo. Los salarios reales, los salarios medidos en bienes, quedaron reducidos. Ahora al trabajador no le era posible comprar todo lo que le había sido posible comprar antes, aún cuando el salario nominal permanecía en el mismo nivel. De esta manera, se pensó, los salarios reales retornarían a los niveles de un mercado libre y el desempleo desaparecería.”

 

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Gasto público: de eso sí hay que hablar

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 12/6/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1800947-gasto-publico-de-eso-si-hay-que-hablar

 

No recuerdo en la historia contemporánea argentina una huelga de los sindicatos por tener que soportar una elevada carga tributaria. Normalmente las huelgas eran porque los salarios nominales no subían al mismo ritmo o más que la tasa de inflación. En las huelgas del pasado podían incluirse ítems como condiciones laborales, pero en la mayoría de los casos eran reclamos por aumentos de salarios nominales versus inflación. La novedad que ha introducido esta política populista del kirchnerismo es un creciente malestar social en aquellos sectores que trabajan en el sector formal de la economía, incluyendo a empleados bancarios, el que conduce un camión o trabaja manejando un tractor.

Esta situación inédita deja claramente al descubierto que el ajuste realmente existe y el que lo soporta es el sector privado que paga impuestos, en tanto que hay todo otro sector que son unos 2 millones de empleados públicos nuevos que, en rigor, son desocupados que cobran un subsidio por pertenecer a un sector político. Dicho de otra forma, estadísticamente son 2 millones de empleos nuevos que ganan un sueldo, económicamente hablando son 2 millones de desocupados que cobran un subsidio que el Estado hace figurar como sueldo. Esa gente, más los miles y miles que viven de subsidios llamados sociales, no sufren ajustes. Viven a costa de los que producen.

El kirchnerismo ha llevado la situación fiscal a un nivel realmente muy complicado. Por un lado, el gasto público se ha disparado a niveles récord pero sin ofrecerle a la gente nada a cambio a pesar del récord de carga tributaria. El Estado no brinda seguridad, educación o salud. Es decir, si ajustamos la presión impositiva asfixiante por calidad de gasto público, aquella tiende a infinito.

Por supuesto que ningún candidato que pretenda ganar las elecciones va a formular un planteo de estas características, pero actualmente hasta el oficialista Daniel Scioli destroza a la gente con impuestos como el inmobiliario o ingresos brutos. Es de imaginar que si llegara a ser presidente puede intentar replicar a nivel nacional lo que ha hecho a nivel provincial. El problema es que tengo la impresión que la gente que paga impuestos ya está tan agobiada, que está a punto de la rebelión fiscal silenciosa. Paga si puede y si no puede ya se verá.

Si el próximo presidente quiere bajar la tasa de inflación tendrá que lograr disciplina monetaria

Si el próximo presidente quiere bajar la tasa de inflación tendrá que lograr disciplina monetaria. Para tener disciplina monetaria y dejar de emitir al 35% anual como actualmente está ocurriendo, hay que tener disciplina fiscal, y para lograr disciplina fiscal caben tres posibilidades: a) bajar el gasto, b) subir la carga tributaria y c) una combinación de a) y b). Como hoy es descartable la opción b) ya que no queda mucho margen para subir más la presión impositiva, lo que queda es bajar el gasto. Y el gasto puede bajarse de dos maneras: a) en forma eficiente y b) en forma ineficiente.

Bajar el gasto en forma eficiente significa dejar de gastar en rubros que no son función propia del Estado e invitar amablemente a la legión de militantes que hoy cobran suculentos sueldos a buscar trabajo en el sector privado. Es decir, ordenadamente, y bajar el gasto en lo que no hace falta que el Estado gaste.

Bajar el gasto en forma desordenada es no hacer ninguna reforma estructural del Estado eliminando gastos innecesarios y recurrir al trámite de licuar todo el gasto público mediante una llamarada inflacionaria y cambiaria al estilo Eduardo Duhalde. Se sigue teniendo un Estado con funciones que no tiene que tener, es decir un Estado gigantesco e inútil, pero se le paga menos en términos reales a los empleados estatales, a los jubilados, etcétera.

Cuando formulo este planteo, suelen decirme: ¿Y dónde van a ir a trabajar los que se vayan del Estado? Mi pregunta es la misma: ¿Dónde van a ir a trabajar los que hoy viven de cargos públicos innecesarios cuando la economía agonice (no falta mucho) y no genere recursos para pagarle sus sueldos? El final será el mismo. Matarán con impuestos al sector privado que es el que sostiene al Estado y no habrá forma de que cobren sus sueldos.

¿Dónde van a ir a trabajar los que hoy viven de cargos públicos innecesarios cuando la economía agonice?

Soy consciente que este tema es políticamente tabú y de eso no se habla. Pero la realidad es que este nivel de gasto público es infinanciable y destruye al sector productivo de la economía al punto que, como comentaba al comienzo de esta nota, por primera vez en la historia económica argentina los sindicatos han hecho una huelga por los impuestos que tienen que pagar.

Cuando Cristina Fernández dijo que le dejaba al próximo gobierno una economía cómoda para la gente e incómoda para los políticos, lo que estaba diciendo es que les dejaba una bomba de tiempo difícil de desactivar. Sin embargo, si hay un acuerdo político de la oposición puede desactivarse perfectamente esta bomba fiscal sin que estalle.

En síntesis, el desafío que hay por delante es muy grande pero no imposible de resolver. Por primera vez, si se quiere bajar la inflación y aliviar a la gente de la insoportable carga tributaria que padece, habrá que bajar el gasto público.

Si se hace dentro de un plan económico consistente e integral con economistas que tengan trayectoria, prestigio y que generen confianza, más un acuerdo político de gobernabilidad, este destrozo fiscal que deja el kirchnerismo es perfectamente manejable. Eso sí, los que durante todos estos años vivieron a costa del trabajo ajeno por ser militantes tendrán que empezar a buscar trabajo en serio. Sí, tendrán que trabajar porque la vida es dura.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

¿Qué es el capitalismo “de estado”?

Por Gabriel Boragina. Publicado el 7/4/14 en http://www.accionhumana.com/2014/04/que-es-el-capitalismo-de-estado.html

 

La palabra “capitalismo” se ha prestado, y desde épocas posteriores a K. Marx (quien habría sido el más prolífico divulgador del término) a interpretaciones de las más variadas y contrapuestas en su significado. A continuación, vamos a examinar someramente algunos de los distintos sentidos que se le han dado a la fórmula compuesta por las expresiones “capitalismo”, por un lado, y “estado”, por el opuesto, y que es lo que han pretendido obtener los autores que emplearon este enunciado con la fusión de ambos vocablos.

Comencemos con la visión de un socialista al respecto:

“En los países de capitalismo privado monopolista la clase obrera dispone de un mínimo de libertades democráticas… y que son, aunque limitadas, suficientes no sólo para tomar conciencia de la explotación a que es sometida, sino también para organizarse y luchar contra ella. En cambio, en los países de capitalismo de estado burocrático, mal llamados ‘socialistas’, la clase obrera no dispone de esas posibilidades. No puede hacer huelga. Sólo puede organizarse en sindicatos que son meras correas de transmisión del aparato estatal y del partido único, y comparados con los cuales eran auténticos paraísos democráticos los sindicatos verticales de la dictadura franquista (AFS: 156).”[1]

Estas palabras de Semprún revelan con total claridad el grado de confusión conceptual y terminológica que tienen todos los socialistas (marxistas o no marxistas) sobre el verdadero significado de la palabra capitalismo. El capitalismo, desde luego, es privado si se entiende desde el punto de vista de los derechos de propiedad. Pero es público en tanto y en cuanto se visualizan los extraordinarios y enormes beneficios del sistema para el conjunto de la sociedad donde se aplique. Esto último es lo que descarta por completo la calificación de “monopolista” (que no es más que un mito). Recordemos que los monopolios, si bien escasamente posibles, son extremadamente raros en un sistema capitalista.

Por lo demás, el “capitalismo privado” -como lo llama Semprún- (dicho sea de paso, locución más que redundante), es la antítesis de la “explotación” de la “clase obrera”, a la que si, es sometida en los sistemas socialistas. Parece que, a lo que dicho autor quiere referirse bajo el rótulo de “capitalismo de estado burocrático”, no es más que -lisa y llanamente- socialismo y comunismo, sólo que no desea reconocer que el socialismo no es otra cosa diferente a un paso previo al comunismo. Y todo esto, sin entrar a cuestionar lo inexacto de pensar en los obreros como una “clase social”. Lo que indudablemente está mal es llamar a los países socialistas con la rebuscada fórmula “capitalismo de estado burocrático”, que no es más que una contradicción en términos, donde la primer palabra “capitalismo” es la antinomia del estado burocrático. Sirva pues la cita transcripta para revelar el grado de desconcierto y mezcolanza que anida en la mente de un socialista y/o comunista, (pese a que Semprún, posteriormente, modificó en algo su manera de ver el tema).

Los alemanes de posguerra padecían de la misma confusión:

“Los sindicatos alemanes reunidos en la Conferencia de las Cuatro Zonas (Viertel Zonenkonferenz), en mayo de 1947, reclamaban la instauración de “una economía planificada y dirigida”. La propia Democracia Cristiana (CDU) de la zona ocupada por las fuerzas británicas señalaba en su plan de agosto de 1947 que “la planificación y el dirigismo en la economía parece que serán indispensables por un largo período”, aunque también reconocía “los peligros de un capitalismo de estado para la libertad política y económica de los individuos”. En contraposición, el Partido Liberal (FDP) declaraba que “las necesidades de la población serán mejor satisfechas por medio de un sistema que incentive la producción mediante un sistema que dé prioridad a la libre iniciativa y elimine el sistema económico en poder de la burocracia (Wirtschaftsbürokratie)”.”[2]

Parece que los sindicatos y la CDU añoraban el nazismo del cual terminaban de salir (si bien la CDU se mostraba algo más prudente), lo que contrasta con la afirmación de muchos, que dicen que Hitler no contaba con demasiados seguidores hacia el final de su caída (y hasta hay liberales que afirman que fue un “error” combatir a Hitler). Más allá de esto último, la cita denota nuevamente el empleo de la expresión “capitalismo de estado” como sinónimo de comunismo y/o socialismo.

Otros autores, enfatizan la sinonimia de la fórmula en estudio con lo que se llama estado totalitario, en palabras como las siguientes:

“En cualquier caso, si es que las revoluciones modernas son concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que le obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayo­res riesgos y necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que no poseen, sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.”[3]

L. v. Mises, a nuestro juicio con gran acierto, ironiza sobre la alocución:

“En años recientes se descubrió un nuevo término para aquello que quedaba encubierto por la expresión “economía planificada”: Capitalismo de Estado, y no pueden caber dudas que en el futuro todavía surgirán muchas otras proposiciones para el salvataje del socialismo. Aprenderemos muchos nombres nuevos para la misma cosa. Pero lo que importa es la cosa, no sus nombres, y todos los esquemas de este tipo no lograrán alterar la naturaleza del socialismo.”[4]

 

[1]Samuel Amaral. “El largo viaje de un rojo español: del marxismo a la libertad en Jorge Semprún” RIIM Revista de Instituciones, Ideas y Mercados-Nº 51| Octubre 2009 | pp. 147-200 | ISSN 1852-5970. pág. 180-181.

[2]Enrique Cerdá Omiste. “La reforma económica alemana de 1948” – Revista Libertas IV: 6 (Mayo 1987) Instituto Universitario ESEADE pág. 5

[3] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 306.

[4]Ludwig von Mises. “SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS” Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianápolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15. Pág. 25 a 28

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

Sobre el poder de negociación de los trabajadores

Por Martin Krause. Publicado el 11/4/14 en: http://bazar.ufm.edu/sobre-el-poder-de-negociacion-de-los-trabajadores/

Espero recordar en nuestra próxima clase el tema que quiero plantear ahora en forma breve, sobre el poder de negociación de trabajadores y empleadores. Al margen de las herramientas que alguna legislación pueda darle a uno u otro, el análisis económico del tema sugiere que ese poder depende de la fuerza de la oferta y de la demanda de trabajo.

Es decir, cuando hay escasez de mano de obra, el “poder” estaría del lado de los trabajadores, ya que los empleadores competirían entre sí para conseguirlos y no les queda otra alternativa que ofrecer mejores condiciones que sus competidores. De esa forma los salarios suben y las condiciones de trabajo mejoran. Pero cuando lo que hay es escasez de trabajo, el poder está en los contratantes, empleadores, ya que los trabajadores tienen que competir por los pocos puestos disponibles.

Esa “escasez” de trabajo es la que se produce a largo plazo como resultado de un proceso de inversión de capital. Estas inversiones “demandan” más trabajo y, para encontrar esos trabajadores hay que ofrecerles alguna condición mejor a la que actualmente posean (que puede ser cero si están desempleados). Este proceso es el que explica el crecimiento de los salarios en los países ahora ”desarrollados” y también en China, por ejemplo, donde han crecido luego de un período de décadas de alta inversión de capital.

Desde esta perspectiva, la legislación sobre huelgas aporta poco en una situación de recesión y desempleo. Los sindicatos podrán hacer todas las huelgas que quieran pero si no hay puestos de trabajo nada de eso los va a crear. En dicha situación, de mayor demanda que oferta de puestos de trabajo, el salario tiende a caer. Situación lamentable, por supuesto, pero en tal caso hay que ver a qué se debe la recesión y la teoría del ciclo económico apunta a erróneas políticas monetarias implementadas por los gobiernos que originaron el auge anterior y ahora imponen esta corrección que llamamos “recesión”.

Si, en un escenario de ese tipo, los sindicatos resisten la caída de los salarios, el ajuste se realiza por otro lado, por la cantidad de trabajo disponible. Recuerden que he planteado más de una vez que si el mercado no ajusta por precio, ajusta por cantidad. Si los salarios no van a caer en esa circunstancia, lo que va a caer es la cantidad de empleo, y esto, a la larga, forzará una caída inevitable (aunque no querida, por supuesto), de los salarios. Algo así ocurrió en la crisis del 2001: alto desempleo, caída de los salarios hasta que el ajuste de esos precios dio pie a la recuperación.

Que ese ajuste es por precio o por cantidad se puede comprender fácilmente, sobre todo para estudiantes de derecho, si se imaginan como empleadores. Ahora tienen un estudio jurídico y, digamos, 10 empleados. Como hay una recesión económica tienen menos clientes, caen los ingresos del estudio. Esos ingresos no alcanzan para cubrir los costos. ¿Qué van a hacer? Como hacen las empresas o podrían hacer ustedes mismos, en principio aguantan un tiempo, tal vez la situación se recomponga, tal vez encuentre nuevos ingresos, etc. Pero al tiempo está claro que no pueden seguir así, algo tiene que ajustar en los costos. Entonces, se enfrentan al dilema: o hablo con los 10 empleados y le digo que todos tendrán que reducir su salario pero que mantendrán su trabajo o, si no quieren o no se puede hacer esto, despediré a alguno.

En este sentido, si un sindicato o la legislación laboral impide el ajuste a la baja del salario, entonces está promoviendo el ajuste por cantidad, el desempleo.

En fin, mi punto acá para los estudiantes de derecho es que no se puede cambiar o impedir la realidad económica con leyes y normas, tarde o temprano la realidad se impone de una forma u otra. En definitiva, lo que pudieron ganar los trabajadores con el “derecho de huelga” para defender un determinado salario, es que aumenten las posibilidades de quedar desempleados, pero no cambiaron la realidad subyacente de la oferta y demanda de empleos.

  Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).