PARA LOS CATÓLICOS QUE CREEN QUE TIENEN EL MONOPOLIO DE LA MORAL EN LOS PRECIOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/4/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/04/para-los-catolicos-que-cren-que-tienen.html

CAPÍTULO IX:

LA ÉTICA DE LOS PRECIOS[1]

Del libro

Con el espíritu de aceptar aquello que, aunque originado en escuelas de pensamiento no cristianas, sea compatible con una antropología cristiana, no podemos dejar de nombrar un aspecto de la Escuela de Frankfurt, esto es, fundamentalmente, Adorno, Horkheimer y Habermas (Op.cit. y Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa, Barcelona, Taurus, 1987). Como es sabido, en estos autores, la dialéctica de la Ilustración tiene una fase donde el capitalismo y la industrialización consecuentes, dada la explotación según Marx, presenta relaciones necesariamente de dominio de los unos sobre los otros, al estilo dialéctica amo-esclavo en Hegel. Nosotros no estamos de acuerdo, aparte de que nos parece no cristiana, con esa visión dialéctica-marxista de la historia, pero el elemento a rescatar es la sensibilidad que tienen estos autores por el tema de la alienación, que, descontextualizado de la “izquierda hegeliana”, presenta algo perfectamente coherente con una antropología y una  ética cristiana. Y es el tema de la relación dialógica yo-tú, presente en autores veterotestamentarios como Martin Buber (Buber, Martin, Yo y tú, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1994), pero también en las condiciones de diálogo de Habermas (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit, vol. I, interludio I), que, nuevamente, pueden ser enfocadas desde una antropología cristiana (Hemos trabajado en esto en Zanotti, Gabriel, “Intersubjetividad y comunicación”, en Studium, Tucumán, UNSTA, 2000, t. IV, vol. 6). Considerando la dignidad humana que se desprende por estar creado a imagen y semejanza de Dios, la relación adecuada con nuestros semejantes implica el respeto a su condición de persona, esto es, tratarlo como otro en tanto otro y no en tanto mero instrumento. Esto es, una relación yo-tu, en cambio de una relación yo-eso. Una relación yo-eso es la que se tiene con una cosa-no-persona, que puede ser por ende un instrumento a nuestro servicio, al cual legítimamente se lo domina, se lo usa, se lo “manipula”, y si es necesario se deja de lado una vez que ya no funciona. En cambio, nunca una persona puede ser reducida solo a instrumento, quedando reducida a una mera X dentro de mi esfera personal: ello es precisamente alienarla, esto es, no respetar su propio yo y “convertirla en otro”, precisamente, aquel que la manipula. Ello es contrario a la dignidad de persona, es precisamente la situación a la cual quedan sometidas las personas en los totalitarismos y autoritarismos diversos, y por ello es coherente que un autor como Karol Wojtyla haya considerado cristiano en sí mismo al segundo imperativo categórico de Kant: “nunca tratarás a otra persona como medio, sino como fin” (Wojtyla, K., Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona: Plaza y Janés, 1994).

En lo que Habermas ha colaborado enormemente es en resaltar las condiciones lingüísticas del tratamiento instrumental del otro o, en cambio, tratarlo dialógicamente (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit.). En principio –decimos así porque en estas cosas no hay normas absolutas– si yo trato de captar lingüísticamente al otro, en una estrategia de manipulación, ello no es diálogo sino razón instrumental, en términos de Habermas; en términos de una antropología cristiana, ello no es tratar al otro confirme a su dignidad de persona creada. Por supuesto, en una antropología no determinista, esta posibilidad de manipulación al otro es eso: una posibilidad moral, no una necesidad de una etapa dialéctica de la historia. Y esa posibilidad necesita lingüísticamente de un acto del habla, esto es, de una acción que hacemos con el lenguaje (véase Wittgenstein, Ludwig, Investigaciones filosóficas, Barcelona: Crítica, 1988 y Austin, John L., Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1990), perlocutivo, esto es, que intenta modificar la conducta o el pensamiento del otro. No hay nada de malo en ello, al contrario, en las relaciones intersubjetivas siempre nuestro lenguaje tiene efectos en el otro, y muchas veces tratamos de convencer al otro de un cambio de pensamiento y/o conducta. La clave ética, para que ello no se convierta en manipulación y, de ese modo, el otro no se vea alienado, es que el acto perlocutivo sea abierto y que el pacto de lectura sea relativamente claro, y la importancia de esto crece cuanto más delicada sea la cuestión y más sensible sea el otro ante el mensaje. Por ejemplo, si vamos a tratar de convencer a alguien de la verdad del Evangelio, es importante que el destinatario del mensaje en cuestión esté relativamente advertido de nuestra intención, no sea que nos escuche por otro motivo y luego se sienta relativamente engañado. Son normas generales que, por supuesto, hay que aplicar con prudencia a los casos concretos. Pero yendo a temas que todos conocemos, el manejo de estos actos del habla ocultos, por parte de personas psicóticas, hacia personas con un yo debilitado y susceptibles de ser alienadas y caer en el engaño, es lo que explica en gran medida que la mayor parte de los autoritarismos comienzan con discursos que luego generan fenómenos de masificación, con diversas hipótesis psicológicas explicativas sobre las causas por las cuales la psiquis es pasible de este tipo de manipulaciones (Sobre este tema, véanse Frankl, Viktor (1986), Ante el vacío existencial, Barcelona, Herder, 1986 y Freud, Sigmund, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras Completas, Buenos Aires, El Ateneo, 2008, T. III).

Llega entonces el momento de preguntar: ¿qué tiene todo esto que ver con el mercado? Que, precisamente, para muchos, cristianos o no, el mercado sería uno de los mejores ejemplos de manipulación y alienación, porque, en un acto de compra/venta, el vendedor –es habitual pensarlo de ese modo pero podría ser al revés– estaría aplicando una estrategia de venta y por ende tratando de lograr que el comprador compre y, en ese sentido, estaría tratando de manipularlo. Comprador y vendedor se verían como medios, uno con respecto al otro, de sus respectivos fines, y no se trataría al otro conforme a su dignidad.

Es una objeción grave, porque va mucho más allá de cualquier defensa que se pueda hacer del mercado por la vía de su mayor eficiencia o productividad. Es una objeción que toca el núcleo moral de la acción humana en el mercado.

Debemos decir al respecto lo siguiente:

En primer lugar, la posibilidad de manipulación del otro, como posibilidad moral, es innegable, o de lo contrario no habría libre albedrío. Es una posibilidad, por otra parte, no reducida solo al ámbito del mercado, sino, después del pecado original, a toda relación humana en sí misma buena. Puede suceder en el matrimonio, en las relaciones legítimas de poder, etc. Pero por ese mismo motivo, porque es una posibilidad moral, no es un proceso necesario de una determinada etapa de la historia, como en el materialismo dialéctico, y eso es lo que distingue a la alienación dentro de una posibilidad luego del pecado original y la alienación como proceso necesario del capitalismo como etapa de la lucha de clases (Ver al respecto, Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1984), “Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘teología de la liberación’, en L’Osservatore Romano, 1984, caps. 7-9.).

En segundo lugar, en ese sentido, cabe reiterar que “el mercado” del que hablamos es un proceso espontáneo, connatural a la naturaleza humana que trata de minimizar la escasez (ya hemos tratado este tema), que tiene sus diversas fases de evolución y que no se identifica solo con el capitalismo concomitante y posterior a la revolución industrial, que, por lo demás, tampoco es moralmente indebido en sí mismo (Nos referimos al punto 101 de la encíclica Quadragesimo anno; ver al respecto Doctrina Pontificia, Madrid, BAC, 1964, p. 672; sin olvidar, por supuesto, el famoso punto nº 42 de la Centesimus annus, citado anteriormente.).

En tercer lugar, los actos de compra/venta en un mercado, y también en las características culturales del mercado en Occidente, son habitualmente una estrategia abierta, anunciada, conocida por conocimiento común del mundo de la vida y del horizonte de pre- comprensión cultural, y en ese sentido no son estrategias maliciosamente ocultas. El mercado implica, precisamente, personas comunicándose, hablando, expresando sus preferencias y valoraciones, con pactos de lectura que dependen de usos y costumbres culturales abiertas. Las normas de regateo cuando se compra o se vende un departamento, o las normas de regateo en un mercado indígena de Centroamérica, o las normas de compra/venta en un supermercado occidental, se suponen conocidas para quienes participan en esos “juegos de lenguaje”. Yo no puedo denunciar engaño porque vaya a la India o a Nueva York y no conozca las normas implícitas que manejan sus respectivos mercados. En este sentido, los órdenes espontáneos, en tanto procesos de comunicación de conocimiento disperso, se manejan con actos del habla perlocutivos abiertos y no caen, por ende, en el carácter casi necesariamente manipulador de un acto del habla ocultamente estratégico. O sea: en los mercados (igual que en la política o en las relaciones entre los sexos) se manejan estrategias, pero son abiertas y, en ese sentido, parte de pactos de lectura conocidos implícitamente. Para pasar a otro ámbito, ningún caballero puede sentirse engañado porque una dama rechace su primera invitación salir dando cualquier excusa, cuando en un determinado “juego” ello es entendido como una prueba para ver si el caballero le invita de vuelta. Si el caballero decodifica “no quiere salir conmigo, punto”, es que no está entendiendo el juego de lenguaje. De igual modo, si un comprador interpreta “el precio es 100, yo compro solo por 80, punto”, se produce una situación similar. El mercado es por ende un juego de lenguaje abierto. Presuponiendo el conocimiento común de un determinado mundo de la vida y un normal libre albedrío, es un proceso natural de comunicación y no de alienación.

En cuarto lugar, desde el punto de vista jurídico, un acto de compra/venta puede ser perfectamente legítimo aunque la intención última de alguno de sus participantes sea “dominar indebidamente” al otro. Ello es así porque, en los actos de compra/venta donde rige la justicia conmutativa, se cumple también que en la virtud de la justicia, un acto puede ser justo aunque la intención última del ser humano sea otra. Y ello es así porque el objeto de la justicia es lo justo. Si yo devuelvo a otro una suma debida, mi acto es justo aunque mi intención última sea indebida, por ejemplo, solo quedar bien con él. Por ende, la justicia humana –esa ley humana que no puede abarcar, precisamente, todo lo exigido por la ley natural– (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 96, a. 2c) no puede pedir el control de las intenciones últimas de las personas intervinientes, donde entra precisamente el fin último de la acción. O sea, la justicia humana, para seguir la clásica característica tripartita de un acto moral, cae sobre el objeto, nunca sobre el fin y a veces sobre la circunstancia de la acción. O sea, si yo ejecuto un acto de compra/venta sin atentar contra la justicia pero sin mirar al otro en tanto otro, ello es moralmente malo por ese “sin mirar al otro en tanto otro”, pero justo desde un punto de vista moral y legalPor ello es importante, al realizar un acto de compra/venta, mirar al otro no solo como aquél que está comprando o vendiendo, sino además como lo que es en sí mismo, persona, más allá de que “me sirva”. Pero ello está más allá de lo que la ley humana pueda contemplar.

Por último, alguien podría decir que en el mercado hay engaño si se vende o se compra a un precio mayor o menor de lo que la cosa vale en sí misma pero para contestar esa objeción debemos pasar el punto siguiente, la ética de los precios en el mercado.

***

Recordemos que según Santo Tomás el deber ser es un analogado del ser. Ello se desprende de la ética de Santo Tomás y de la filosofía cristiana en general, donde la ley natural no es más que el despliegue de las capacidades de la naturaleza del ser humano. Por eso, desde esa perspectiva, la famosa separación de Hume entre ser y deber ser no tiene sentido.

Por ende, para analizar el deber ser en los precios hay que analizar el ser en los precios, esto es, la naturaleza de esa relación intersubjetiva que llamamos precios (norma que se cumple, mutatis mutandis, para todas las cuestiones de ética económica).

Hasta ahora hemos dicho algo que creemos importante, esto es, que los precios son síntesis de conocimiento disperso, pero hay que extender el análisis de dicha caracterización para el tema que nos compete.

Repasemos dos cuestiones: propiedad y teoría del valor.

Analicemos para ello un caso simple: Juan decide vender su automóvil por 10.000 dólares y Roberto no lo quiere comprar por más de 8.000 dólares. Por supuesto, una consecuencia muy importante, a efectos de teoría económica, es que en ese caso no habrá intercambio, pero a efectos de lo que estamos analizando, hay dos cuestiones previas.

En primer lugar, que Juan decida vender su automóvil presupone la propiedad de su automóvil. Por ende la oferta, la demanda y los precios presuponen la propiedad de los bienes y servicios que se intercambian. La propiedad de la que hablamos aquí está justificada como precepto secundario de la ley natural, según lo afirmado por Santo Tomás en Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 5 ad 3, por su utilidad, como un “adinvenio” del intelecto humano, que, como hemos visto en todo lo que venimos diciendo, en la economía actual pasa por minimizar el problema de la escasez. La propiedad es sencillamente una institución evolutiva para minimizar el problema de la escasez y por ello es precepto secundario de la ley natural (he desarrollado en detalle ese aspecto en Zanotti, Gabriel J., Crisis de la razón y crisis de la democracia, Episteme, Buenos Aires, 2015, e id, “La ley natural, la cooperación social y el orden espontáneo”, en Revista de la Facultad de Derecho Nº 19, Guatemala, Universidad Francisco Marroquín, 2001).

En segundo lugar,cuando dijimos que los precios son síntesis de conocimiento disperso, dijimos que ello permite leer en el mercado la escasez relativa de los bienes, esto es, cuán escaso es un bien. Pero esa escasez no es objetiva, sino, como todos los fenómenos sociales, intersubjetiva y subjetiva. ¿Qué quiere decir ello? Que el valor de los bienes en el mercado, que se traduce en los precios, no es una propiedad de la cosa en sí misma independientemente de su intercambio humano, sino de la cosa en tanto intercambiada y valorada por las personas (“subjetivo”) que intercambian. Esto es muy conocido por los economistas como teoría subjetiva del valor, como ya se ha analizado, pero habitualmente choca con la noción escolástica de bien cuyo valor, en tanto “bonum”, es “objetivo” (“la cosa es apetecida por ser buena y no buena por ser apetecida”, hemos mostrado su complementariedad en el capítulo sobre los bienes económicos); y por ello ahora la estamos presentando de modo tal que no se produzca ese conflicto, pero no por nuestro modo de presentación sino porque verdaderamente no consideramos que lo haya (hemos desarrollado esto en detalle en nuestra tesis de doctorado de 1990, Zanotti, Gabriel, Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, Tucumán, UNSTA, 2004).

Por supuesto que el valor moral es “objetivo”, en tanto que el bien moral de una acción humana depende de un objeto, fin y circunstancias que no son decididos arbitrariamente por la persona actuante. Por supuesto que además puede haber otro tipo de valores involucrados en una mercancía (artístico, afectivo, etc.,) independientes del acto de intercambio. Por supuesto que el “bonum” es un trascendental del ente y como tal el grado de bondad de una cosa depende de su “gradación entitativa”, dependiente de su esencia. Pero nada de ello obsta a que, como hemos visto, la escasez de la que hablamos es intersubjetiva, en relación a lo humano, y por ello si un bien o servicio no es demandado en el mercado no tiene valor –a ello llamamos subjetividad del valor en el mercado–. Puede ser que algo “deba” ser demandado por los consumidores, pero lo que determina su precio en el mercado es que efectivamente sea demandado y ofrecido. Por ello los economistas saben que la teoría subjetiva del valor soluciona la famosa “paradoja del valor” de los economistas clásicos: algo tan importante como el agua puede tener menos valor en el mercado que una pepita de oro en la medida de que el agua en determinadas situaciones (no en un desierto) sea más ofrecida en el mercado y el valor de cada unidad de agua (que los economistas llaman “utilidad marginal”) sea menor.

Por ende algo vale en el mercado (repetimos: en el mercado) en la medida que una persona valore lo que ofrece y lo que demanda. Pero el precio implica el encuentro entre las valoraciones de oferente y demandante. Si yo valoro mi teléfono móvil en 5000 dólares y nadie me compra por esa valoración, tendré que ir bajando mis pretensiones hasta encontrar un comprador. Pero si mi celular comienza a ser altamente demandado por mucha gente, puede ser que lo venda por esa valuación o más. Esto es, recién en el momento del intercambio se establece el “precio”, que depende, como vemos, del encuentro de las valuaciones subjetivas de oferentes y demandantes, y por eso los precios indican la “escasez relativa”: porque la escasez en el mercado no depende de la cantidad objetivamente contable del bien, sino de cuánto sea demandado y ofrecido por personas. Y esto es importante porque, a su vez, como ya explicamos, permite que las expectativas se ajusten: si yo soy oferente (tal vez empresario) de teléfonos celulares/móviles y “leo” que los precios de los celulares suben, tal vez me decida a hacer inversiones adicionales en ese sector, lo cual aumentará luego la oferta de teléfonos celulares/móviles y su precio comenzará a bajar. Todas estas explicaciones, que para algunos economistas (no todos) son muy conocidas, las estamos resumiendo a fines de comprender la naturaleza de esas relaciones intersubjetivas llamadas precios y por ende poder analizar bien su “deber ser”.

Las conclusiones respecto a la ética de los precios, dado en el análisis anterior, son las siguientes:

1. La decisión de vender o no vender, comprar o no comprar (A), que es lo que implica que aumente o no la oferta y la demanda, depende de la propiedad como precepto secundario de la ley natural (B). Por ende, si B es éticamente correcto, A lo será también. Luego, si, por ejemplo, yo decidiera NO vender mi auto, y este, a su vez, fuera altamente demandado, su precio potencial tendería a infinito, o sea, “no se vende”. Pero si la propiedad de mi auto es éticamente correcta, entonces que el precio sea “alto” en el sentido de tender al infinito, también lo es. Por ende un “precio alto” no es fruto de una acción inmoral, sino de una propiedad éticamente justificada, frente, a su vez, de una demanda del bien en cuestión.

2. La pregunta de si es lícito vender o comprar en el mercado por más o menos de lo que la cosa vale está mal planteada en cuanto que el valor en el mercado es subjetivo en el sentido que lo hemos explicado. La cosa en el mercado vale lo que vale en el mercado. Es casi tautológico. Si tiene algún otro tipo de valor, no es el valor que conforma los precios.

3. Cuando aumenta la demanda de un bien, alguien con buena voluntad puede decidir mantener el precio como está o bajarlo, pero la cantidad ofrecida del bien se acabará rápidamente. Un convento de benedictinos puede estar vendiendo miel por 10 dólares el frasco. Supongamos que la demanda de miel aumenta repentinamente porque las personas están convencidas de sus propiedades curativas o lo que fuere. Los benedictinos pueden decidir bajar el precio o más aún, repartir todo su stock, y ello parecerá muy meritorio. Pero ese stock se acabará rápidamente. Tienen que producir más cantidad, lo cual requiere más inversión por parte de ellos, lo cual no es nada sencillo y, mientras tanto, si no quieren agotar el stock, deberán (con “necesidad de medio”, no “ontológica”) ver si pueden obtener un precio más alto, si la demanda les responde, para que no haya largas filas de demandantes alrededor del convento que luego se queden sin miel, y para, a su vez, obtener un margen adicional de rentabilidad que les permita obtener nuevos créditos para re-invertir en la producción de miel. Nada de ello se produce por la maldad moral de los benedictinos. A su vez, ese nuevo precio de la miel, más alto, atraerá a otro oferentes (excepto que los benedictinos tengan una licencia exclusiva para producir miel concedida por el gobierno) que lentamente harán que el precio de la miel tienda nuevamente a la baja.

Dado el corazón humano después del pecado original, puede ser perfectamente que alguien saque provecho de un precio alto, de un bien que es su propiedad, sin importarle en absoluto el prójimo, sobre todo en situaciones tales como ser vendedor de agua en un desierto, etc. Ello, obviamente, no sería correcto moralmente. Pero entonces, ¿qué hacer? La tentación es que los gobiernos (esto es, otras personas con poder de coacción) intervengan ese mercado y expropien la producción o fijen precios máximos, etc. Pero ello produciría los siguientes resultados: a) como explicamos antes, al intervenir en un precio se borra la fuente de interpretación de la escasez relativa en el mercado y la situación es peor; b) la expropiación de la producción en cuestión desalienta los incentivos para la producción y la situación es peor, atentando contra el principio de subsidiariedad.

Desde el punto de vista de la ley humana, hemos visto ya que Santo Tomás deja bien en claro que dicha ley no abarca todo lo prohibido por la ley natural. Por ende, vender al precio de mercado puede ser perfectamente bueno desde el punto de vista del objeto, fin y circunstancias de la acción, o no, pero en este último caso, por los motivos a y b, no es conveniente que la ley humana interfiera en el proceso de mercado. Lo inteligente es, desde el punto de vista de la ley humana, en un caso de emergencia, que una agencia gubernamental compre el bien en cuestión y lo venda más barato o lo regale y con ello no interfiere con el delicado proceso de precios. Por supuesto, esta propuesta es alto opinable, y depende de condiciones que los economistas han estudiado para los casos de “decisión pública”; en este caso se requerirían condiciones harto difíciles como que el gobierno sea preferentemente municipal, tenga sus cuentas en orden, no se financie con emisión monetaria o impuestos a la renta (Hayek, Friedrich A. von, Nuevos estudiosop.cit., cap. 8), etc.

4. Los precios en el mercado se manejan en una franja de máximo y mínimo: el límite máximo de venta es aquel más allá del cual no se encuentran compradores, y límite mínimo de compra es aquel por debajo del cual no se encuentran vendedores. Yo puedo querer que mi computadora se venda a 10.000 dólares pero es muy factible que más allá de 500 dólares no se encuentren compradores; de igual modo, yo puedo querer comprar un ordenador (usado) por 1 dólar pero es muy factible que por debajo de 400 dólares no se encuentren vendedores. Esos límites están determinados precisamente por la oferta y la demanda del bien en cuestión y no se pueden pasar so pena de que no haya intercambio. Por ende la voluntad del vendedor o comprador en el mercado no “fija” los precios sino que depende de la interacción con la otra valoración. Esa franja es lo que implica el “precio de mercado”. Ahora bien, un cristiano debe tener en cuenta el bien de su prójimo y por ende puede ser perfectamente bueno que, al vender algo, en determinada circunstancia, no busque el límite máximo de venta sino el mínimo, pero más allá del mínimo no va a poder bajar. Yo puedo ser farmacéutico y propietario de mi farmacia y ante determinada circunstancia, bajar mi valuación de un medicamento de 100 a 80, pero si lo sigo bajando, por un lado aumentará enormemente la demanda y no voy a poder satisfacerla y, por el otro, los vendedores del medicamento en cuestión dejarán de proveerme. En ese caso, es perfectamente cristiano seguir vendiendo a 80 y, por otro lado, en una acción fuera de mercado, distribuir gratuitamente medicamentos que yo haya podido adquirir con mis recursos, ayuda de una fundación, etc. Hacemos todas estas aclaraciones precisamente para que se vea que la ética de los precios no tiene autonomía absoluta en la determinación de los precios. El nivel de los precios no depende de la buena o mala voluntad de las personas; esta última puede incidir pero hemos visto que el factor básico es la demanda subjetiva de los bienes y todas las consecuencias de la interacción de las valoraciones cuyos ejemplos hemos explicado.

Conclusión: la cosa “en sí misma”, esto es, independientemente de su intercambio en el mercado, puede tener tal o cual valor, pero ese valor no tiene que ver con los precios. Estos últimos surgen de las valoraciones intersubjetivas de las personas en el mercado, y hay que tener en cuenta esto último para analizar la ética de oferentes y demandantes en el mercado.

Pero este mercado, como hemos visto, no es un mecanismo, que se mueva por acción y reacción, sino un proceso, una interacción entre personas. Y el factor que lo mueve hacia una mayor coordinación de expectativas es la referida tendencia al aprendizaje, que se traduce en el factor empresarial. Pero ese papel –el empresario, la empresarialidad– ha quedado muy desdibujado ante una ética cristiana. Será objetivo de estos artículos encaminar nuevamente esa cuestión.


[1] Lo que sigue es una versión ligeramente modificada, de este mismo tema, incluida en nuestro reciente libro Antropología cristiana y economía de mercado, Unión Editorial, Madrid, 2011.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

HEMOS CRUZADO UNA LÍNEA QUE NUNCA DEBERÍAMOS HABER CRUZADO. PERO……

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/8/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/08/hemos-cruzado-una-linea-que-nunca.html

Como ya he dicho varias veces, la razón por la cual NUNCA hay que violar derechos personales en nombre de la seguridad (como lo creyeron Videla, Buch y Dick Cheney) es que una vez que violas el debido proceso, y secuestras, matas y torturas, todo en nombre del bien, entonces has desatado un infierno que tú pensabas que podías controlar.

Lo mismo en nombre del virus. Se ha cruzado una línea que jamás debía cruzarse. No importa qué tan virulento sea un virus. Los derechos individuales no deben nunca (nunca: NUNCA) quedar sujetos a la arbitrariedad de médicos y políticos. Ellos no son los dueños de otros seres humanos. No son dueños de una nueva granja de esclavos a los que cuidan “por su bien”.

Las inevitables consecuencias no intentadas ya se ven por doquier. La violencia y la arbitrariedad policial, el reglamentarismo bestial de diversos funcionarios, la banalidad del mal de sus respuestas, propias de toda dictadura, no son “excesos” a una regla buena en sí misma. Son consecuencias propias y necesarias de toda dictadura, de todo poder ilimitado, ahora y siempre.

Pero……… ¿Por qué el “pero”? Porque, lamentablemente, no deberíamos sorprendernos de nada. ¿Qué se puede esperar de sociedades -la nuestra es una más- que han perdido hace tiempo la mas mínima noción de lo que es la libertad? No importa que no fueran La Unión Soviética o Corea del Norte. La mayor parte de los estados occidentales se han organizado con una burocracia férrea de órdenes y mandatos, con una estructura militar, disfrazada de nobles ideales, tal cual Weber lo describió. Somos herederos de la fuerza ilimitada de los estados iluministas, donde el abuso de la razón, denunciado por Hayek, se ha cumplido estrictamente desde el inicio. Ministerios de educación con poderes ilimitados, e igualmente, ministerios, secretarías o como se llamen sóviets de salud pública, de comercio, de economía, de transporte, etc., etc., etc.,  etc., que han convertido a los derechos individuales (de expresión, de religión, de enseñanza, de asociación, de reunión) en letra muerta hace ya muchas décadas. Sumemos a ello los grupos de presión de lo políticamente correcto, y la complacencia, ignorancia e indolencia de la mayor parte de las personas convertidas en tristes ovejitas eficientes de la máquina del estado, muchas de ellas con 5 doctorados, 6 idiomas, 70000 sacos y corbatas, 80000 togas, premios y distinciones, con resplandor mágico de personas serias, de ser miembro del paradigma dominante, de ser los que saben ante los imbéciles disidentes. Quien tenga oídos, oiga.

Pero todo esto, hace décadas, MUCHAS décadas.

Por lo tanto, el terror al virus encontró a Occidente sencillamente casi muerto bajo el peso de su propia dialéctica del Iluminismo. Tal vez nunca se sepa cuánto hubo de planificación, de estupidez o de lo que fuere en todo esto que está pasando, pero sí puedo afirmar con seguridad que nunca hubiera sucedido si el horizonte cultural hubiera sido diferente. Ni siquiera, como en otros tiempos, esta nueva Unión Soviética encontró la firme oposición de un Wyszynski, un Wojtila, un Pacelli. Líderes religiosas de todo el mundo han eliminado el derecho a la libertad religiosa por el temor a un virus. Impensable.

Y pensar que a veces se discute la falta de corroboración empírica de la predicción de Hayek en Camino de Servidumbre. Durante mucho tiempo se creyó que Europa y EEUU estaban gozando de una socialdemocracia light y benévola mientras que las libertades estaban bien custodiadas, y cuán equivocado estaba Hayek en haber predicho el desastre. Miren ahora. Ojalá hubiera estado equivocado. El y unos pocos, desde la Mont Pelerin Society, los Liberty Funds, la pionera Foundation for Economic Education, la UFM en Guatemala y no mucho más, advirtieron contra corriente, todo el tiempo, todo ello, siendo objeto de burla y desprecio por parte de los señores serios, creyentes y agnósticos, que nos miraban y aún nos miran bajo la soberbia del funcionario, del experto, de la OMS, la ONU, los comités científicos oficiales y todos los conicetitos y coneaucitas del mundo. Son los partidarios de la cuarentena obligatoria. Son los ideólogos y ejecutores de los diagnósticos de Hayek, Feyerabend, Adorno y Horkheimer, sobre el abuso de la razón humana, la nueva ciencia, la nueva religión, donde sus sacerdotes e inquisidores han vuelto con la soberbia de creer que no lo son. La ausencia de la conciencia de pecado. Lo peor de lo peor.

Gabriel, danos algo de esperanza. Sí, gente, Dios existe. Y deja al hombre en manos de su propia decisión (SI, 15,14). 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

THE MORAL FOUNDATIONS OF CAPITALISM (Ponencia presentada en la Mont Pelerin Society, Lima, Perú, 24-3-2015)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 29/3/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/03/the-moral-foundations-of-capitalism.html

 

  1. The ethical foundation of private property.

It is not the first, nor the last time that this issue is explained, especially with the ever renewed Socialism´s attempts of keeping the monopoly on morality. However, this time my goal is not to refute socialism at that point. My goal in this paper is to talk between classical liberals and libertarians about our moral foundations, from two perspectives. One, a better foundation of property rights; two, noting that there are two issues usually forgotten in our intellectual circles.

There is nothing new if we make an elementary review on various ethical foundations that are common among us. It is customary to say that authors like Mises[1]  and Hayek[2]  have a strong utilitarian component -I have my reservations about it[3]– , while authors such as Rothbard[4], Nozick[5] or even Israel Kirzner[6] would favor an “absolute” foundation of property as “property of the person itself”. Ultimately, the debate between us keeps turning around deontologist or moral consequentialism around the private ownership of the means of production.

My contribution is to argue that there may be an overcoming instance of that conflict: Thomas Aquinas´s philosophy of law plus the economic foundations of property in Mises and Hayek.

I will not say anything original if I remember that Aquinas has relatively utilitarian grounds for property (in his time), though not as “utilitarianism”, an issue that has been remembered by Hayek[7].

What must be emphasized is that Aquinas did not have today’s dichotomy between utility and morality, understandably inherited from Kant. For Aquinas, the secondary precepts of the natural law are based on what is useful to human nature[8]. In turn, what is “appropriate” to human nature is ethical precisely because human nature and the free development of their potential is part of the “hard core” of ethics in Aquinas[9].

This “utility” does not depend on place and time, nor is it a necessary consequence of human nature (this would be the central axis of the primary precepts of the natural law) but is stable enough to talk of morality. For example, the precept “do not pull anyone out of the window” is ethical, of course, presupposing we inhabit a world with gravity. If we were in a space station with no gravity, throw anybody out the window would be as much a lack of education. The example is very important for the relationship between law, economics and ethics. In a world without scarcity, property would not be a secondary precept of the natural law, but in a world with scarcity, it is, in the same way to throw someone out the window is an assassination attempt in a world with gravity.

Therefore, if property, in Aquinas, is ethical because it is useful, economic arguments of Mises and Hayek in favor of property becomes ipso facto the reasons why the property is a secondary precept of the natural law. In a world where property is necessary for economic calculation[10], in a world where property is necessary for market coordination[11], respect for  property is then a moral duty, and property becomes property rights.  It’s not a matter of saying that property is a right “even if not useful” or that property is useful “regardless of its morality,” but that is ethical because it is useful. This is a way of overcoming the post-Kantian debate between consequentialism and deontologism. I should also clarify that, as we all know, Mises and Hayek´s reasons for property are not circumstantial, but part of a universal economic science in the world of dispersed knowledge.

  1. The non-aggression principle and Judeo-Christianity.

But someone could tell me that this is not enough. The absolute foundation of property would be “being your owner” like Rothbard has explained[12]; that would be the foundation, in turn, of the non-aggression principle. Indeed, someone could tell me that, for the Christian natural law point of view, to be in favor of the non-aggression principle would be very difficult, as in Christianity the only absolute owner is God, not man.

The objection is excellent, but can be answered. It is true that I talked, in the previous section, only of ownership of the means of production. And, of course, this is not enough. A free society has a deeper moral foundation: human dignity, understood as human person created in the image and likeness of God, concept that was used nothing more and nothing less than the declaration of independence of the USA.

It has often been said that human dignity and individual rights has its origin in the Judeo-Christian tradition, and I share that view. But not always it is related -understandably- to the non-aggression principle. In the Judeo-Christian tradition, only God is “Dominus”, “The Lord”. In that sense, He is our owner, our Lord, our Master; we are just administrators of our talents (Matt 25, 14-30). I know that any libertarian could have a strong disagreement. However, God as our Lord is in no way contradictory to the non-aggression principle. Why? Because given that God owns us, none of us is, therefore, owner of other people. That is, and none of us is the absolute master of his person, because only God owns, from which it follows that no one person owns the other. (“The other” as “other people”). Invading other people is to take the place of God. A believer knows he/she must not inflict violence on another precisely because he/she is not God. A God who, in the Judeo-Christian tradition, has not used violence on a man: he has established an alliance, new and old, and alliance that requires free-acceptance. The tragedy of authoritarianism is not to use violence that God “could” had used: the tragedy is using violence that God never used, however being “the Lord”. In the Judeo-Christian thought and history, humans are not the slaves of a farm owner, at most kind; are rational beings who must respond freely to God’s call. The Judeo-Christian tradition leads to a Christian non-aggression principle: you shall not invade “the other”, ever because God alone is The Lord.

  1. The alleged instrumental rationality of capitalism.

There is another debate, which libertarians and classical liberals should pay more attention. Many times our rejection of non-limited government is not understood, because from other paradigms we are accused of not understanding certain “intrinsic” violence of the free market. But, for us, this is absurd. How can there be violence in a free contract world? In order to understand this, we have to understand the Frankfurt School´s paradigm. Authors such as Adorno and Horkheimer considered that both totalitarianism and capitalism are based on the same logic: the logic of an instrumental rationality, a rationality of efficiency, a rationality that only allocates means to an end[13]. The moral problem is that according to the 2nd Kantian categorical imperative, nobody should treat a person as a means but an end. Locating a human being in a contractual relationship where the other is only a means for my purposes, would be unworthy a moral society. They offer no solution, because they are pessimistic authors:  there is no way out of what they call the dialectic of Enlightenment, and although they are supporters of Marx´s exploitation theory, were critical of the communist revolutions.

This view has spread far and was essential to the qualification of capitalism as an immoral but economically efficient system.

The next representative of the Frankfurt School was J. Habermas, who in his book Theory of Communicative Action[14]  saw a way out, not for capitalism, but to the ideals of Western reason: communicative reason. That is the dialogic reason, a reason that attempts to understand the other instead of controlling. Habermas obviously did not include a free market in the communicating reason.

However, we know, following Hayek that the free market is communication, coordination, of dispersed knowledge. The market is, in that sense, communicative action. However, the free market involves buying and selling by a free contract. The question is: buy and sell involves considering the other, necessarily, just as a mean to our ends?

As we know, Habermas considers -following Austin, Searle and Wittgenstein[15]– the existence of perlocutionary speech acts that generate an effect on behavior or thoughts of the receiver.  If those perlocutionary acts are hidden, then one could speak of an intention of deceiving the other person. But he distinguishes between open and closed perlocutionary acts. The open perlocutionary acts involve a “language game” (Wittgenstein[16]) in which the people involved know the game play. That knowledge may be implied (due to assumed cultural traditions) or explicit, when the rules are made explicit. The good news is that the market is precisely one of those open, communicative speech acts: the buyer knows the seller wants to sell and the seller know the game too. There are, in addition, known game languages once it comes into play. In that case, you are not treating the other just as a mean but respecting their personhood to assuming that the other involves freely in the market game, knowing the rules. The market is, in addition, a positive sum game, not an exploitation process as Frankfurt thinkers believed.

  1. Capitalism and alienation.

But the above would not be enough, because, apparently, the classical liberals have paid little attention to a psychological phenomenon that involves serious doubts about the morality of capitalism: alienation, massification.

The collective massification phenomena involve the alienation of the individual: a psychological loss of individuality to unconsciously impersonate another individual, which multiplied ad infinitum, produce the massification, in which there is no room for individual freedom, in a way.

Without referring to capitalism, Freud made a remarkable psychological diagnosis of alienation as an unconscious fixation with the father figure, allowing him, already in the 20s, to explain and predict the authoritarian phenomena spread throughout Europe at the time[17] . Contrary to what is often thought, he also expressly criticized the socialism of his time[18].

Victor Frankl also explained the phenomena of alienation as a result of the “existential neurosis” where the human being, because the anxiety of meaninglessness of his own existence, borrows the meaning of existence of another person, the authoritarian leader, who also finds in this authoritarianism a false meaning of life. You could say, following Frankl that the master and slave are both victims of “existential vacuum”[19].

But it was E. Fromm, in his famous book Fear for Freedom[20], which explicitly referred to capitalism as a situation of alienation. Not by chance, Fromm is also considered part of the Frankfurt School. For Fromm, at all stages of humanity, there is a process of alienation that is defined as sadomasochistic mutual relations, not sexual, but a power-desire nature. The individuals lose their individuality and are immersed in overcrowded relations of domination. The “anonymity”[21]  of personal relationships in the advanced stages of capitalism, the relations of exploitation (Fromm assumes Marx), plus the “cultural industry” where individuals fall into idolatry of artists and sportsmen popularized by the mass media, imply that capitalism is a kind of “breeding ground” for alienation processes. In this case we would be far from talking about personal freedom or an ethical consideration of freedom.

Setting aside the cases of Freud and Frankl, the question is: is Fromm right?

A “no” hasty would be unwise. Fromm is right about certain things:

  1. a) His specific psychological diagnosis of alienation is plausible. Unconscious sadomasochistic trends exist. Those trends are the reason many people enjoy unconsciously “being dominated”, that in turn leads to authoritarian situations to which classical liberals have always been very concerned. In addition, these psychological reasons for alienation are a warning to us all: the reason for the popularity of authoritarianism is not to have failed to explain ideas properly, but unconscious motivations of unlimited power that are, unfortunately, beyond rational motivations.
  1. b) The situations of anonymity of inter-personal relationships, in advanced commercial societies, are unavoidable. They are an advantage of a free society. As Hayek has explained very well, a family relationship or friendship is not necessary to enter institutionally in a market relationship with a stranger. But while Fromm sees this as necessarily a disadvantage, it is itself a moral progress, because millions and millions of people could not coordinate dispersed knowledge if it were not for these relatively impersonal interaction relationships. We should be concerned, however, of the detriment of deeper family and friendly relations, but the solution to this lies not in what the free market can do, but in the set of values that make a free society. It is precisely the growth of the welfare states that has broken the cohesion of intermediate societies and families that compensate, psychologically speaking, the necessary depersonalization of most of the market economy in a great society (supermarkets, banks, retail chains, etc.).
  1. c) Authoritarianism is not only a problem of governments. It also happens implicitly in the idolatry that the masses lavish on commercial products and “celebrities” of showbiz.  Fromm has a very important point. But this is not caused by the free market, but by human nature that (he acknowledges this) is beyond this or that prevailing social system. Classical liberals should pay more attention to certain intrinsic alienation of mass phenomena even when they are legally “free and voluntary” but not moral. However, is worse calling the state to solve these problems. The error is serious, because the supposed solution is worse than the problem. Is very innocent to call the force of the state to solve alienation, as if the state were not just people who can be easily alienated just for being in office. Calling the state for solving this problem is a manifest contradiction and a naive ignorance of the depths of the human nature. A free society is not a society where everyone has reached Kantian maturity or Christian holiness. It is a society where individual rights are not violated. That is the moral core of a free society. It is not a paradise of psychological maturity, but the minimum of ethics that requires respect for the dignity of others.
  1. Conclusion:
  1. a) The moral foundation of private ownership of the means of production finds in the secondary precepts of the natural law, according to St. Thomas Aquinas, a foundation that overcomes the dialectic between deontologism and consequentialism.
  1. b) This foundation is to recognize that the utility of property, as required by economic calculation (Mises) and coordination of dispersed knowledge (Hayek), has a moral character for his “convenience to human nature” (St. Thomas).
  1. c) The previous point does not deny that an ethical foundation of non-aggression principle remains necessary.
  1. d) This ethical view can be found in the Judeo-Christian tradition, because being God “The Lord”; no human being can own another’s life.
  1. e) However, from the Frankfurt School capitalism has been accused of intrinsically immoral, because capitalism would be based only in an instrumental rationality that places the human being in the category of a mere instrument.
  1. f) This objection can be answered by characterizing the coordination of market knowledge as a set of open game-languages where their speech acts are known for their participants and freely accepted.
  2. g) But that freedom is also objected because capitalism is also accused of being one of the unconscious sources of alienation, depersonalization, and massification.
  1. h) The answer to this objection is to recognize that in a free society can be mass phenomena, but these phenomena are not necessary fruit of capitalism, but human nature that goes beyond the systems in question. A free society is not a paradise of personal maturity and personal holiness, but a society with a sufficient institutional framework to protect individual rights. Such a society is very imperfect, but not the hell on earth that lead efforts to improve human nature by force of the state.

 

 

[1] Mises, L. von: Liberalismo, Unión Editorial, Madrid, 1977.

[2] Hayek, F. A. von: Los Fundamentos de la Libertad, Unión Editorial, Madrid, 1975.

[3] Zanotti, G.J.: “La filosofía política de Ludwig von Mises”, en Procesos de Mercado, Vol. VII, Nro. 2, Otoño 2010; e Introducción filosófica a Hayek(Universidad Francisco Marroquín, Unión Editorial, Guatemala/Madrid, 2003).

[4] Rothbard, M.N.: The Ethics of Liberty, New York University Press, 1982.

[5] Nozick, R.: Anarchy, State and Utopia, Basic Books, 1974.

[6] Kirzner, I.: Discovery, Capitalism, and Distributive Justice, Basil Blackwell, 1989.

[7] “…The constructivist interpretation of rules of conduct is generally known as ‘utilitarianism’. In a wider sense the term is, however, also applied to any critical examination of such rules and of institutions with respect to the function they perform in the structure of society. In this wide sense everyone who does not regard all existing values as unquestionable but is prepared to ask why they should be held would have to be described as a utilitarian. Thus Aristotle, Thomas Aquinas, (13) and David Hume, (14) would have to be described as utilitarians, and the present discussion of the function of rules of conduct might also be so called. No doubt utilitarianism owes much of its appeal to sensible people to the fact that thus interpreted it includes all rational examination of the appropriateness of existing rules” The footnote 13 is the following: “…13) Thomas Aquinas, Summa Theologiae, Ia IIae, q. 95, art. 3: ‘Finis autem humanae legis est utilitas hominum.’ It is misleading to represent as utilitarians all authors who account for the existence of certain institutions by their utility, because writers like Aristotle or Cicero, Thomas Aquinas or Mandeville, Adam Smith or Adam Ferguson, when they spoke of utility, appear to have thought of this utility favouring a sort or’ natural selection of institutions, not determining their deliberate choice by men. When in the passage quoted in note 9 above Cicero speaks of justice as a ‘habitus animi, communi utilitate conservata’ this is certainly not meant in the sense of a constructivist but in that of a sort of evolutionary utilitarianism. On the derivation of both traditions in the modern world from Bernard Mandeville see my lecture ‘Dr Bernard Mandeville’, Proceedings of the British Academy, vol. 52, pp. 134”.  Hayek, F. A. von: Derecho, Legislación y Libertad, Unión Editorial, Madrid, 1979, Libro II, p. 28; English versión inhttps://docs.google.com/file/d/0B13foB0yMlUAZjE5Zjg5ZGUtNWNlNy00OTJlLTlhY2YtYmRiNTY0NDQzMzg1/edit

[8] Summa Theologiae, I-II, Q. 95.

[9] Op.cit., I-II, Q. 2 a. 8c.

[10] Mises, L. von: Socialismo, Instituto de Publicaciones Navales, Buenos Aires, 1968.

[11] Hayek, F. A. von: Economics and knowledge; The Use of Knowledge in Society; The Meaning of Competition, en Individualism and Economic Order, University of Chicago Press, 1980.

[12] Rothbard, M.N.: op.cit.

[13] Horkheimer, M., and Adorno, T.: Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 2003

[14] Habermas, J.: Teoría de la acción comunicativa; Tecnos, 1987.

[15] Austin, J.L.: Cómo hacer cosas con las palabras, Paidós, 1990; Searle, J.:Actos de habla; Cátedra, Madrid, 1990; Wittgenstein, L.: Investigaciones filosóficas, Crítica, Barcelona, 1988.

[16] Wittgenstein, L.: op.cit.

[17] Freud, S.: Psicología de las masas y análisis del yo; Obras Completas, El Ateneo, Buenos Aires, 2008, tomo III.

[18] “…The Communists believe they have found a way of delivering us from this evil. Man is whole-heartedly Good and friendly to his neighbor, they say, but the system of private property has corrupted his nature. The possession of private property gives power to the individual and thence the temptation arises to ill-treat his neighbor; the man who is excluded from the possession of property is obliged to rebel in hostility Against the oppressor. If private property were abolished, all valuables held in common and all allowed to share in the enjoyment of them, ill-will and enmity would disappear from among men. Since all needs would be satisfied, none would have any reason to regard another as an enemy; all would willingly undertake the work which is necessary. I have no concern with any economic criticisms of the communistic system; cannot enquire into whether the abolition of private property is advantageous and expedient. But I am able to recognize that psychologically it is founded on an untenable illusion. By abolishing private property one deprives the human love of aggression of one of its instruments, a strong one undoubtedly, but assuredly not the strongest. It in no way alters the individual differences in power and influence which are turned by aggressiveness to its own use, nor does it change the nature of the instinct in any way. This instinct did not arise as the result of property; it reigned almost supreme in primitive times when possessions were still extremely scanty; it shows itself already in the nursery when possessions have hardly grown out of their original anal shape; it is at the bottom of all the relations of affection and love between human beings possibly with the single exception of that of a mother to her male child. Suppose that personal rights to material goods are done away with, there still remain prerogatives in sexual relationships, which must arouse the strongest rancour and most violent enmity among men and women who are otherwise equal. Let us suppose this were also to be removed by instituting complete liberty in sexual life, so that the family, the germ-cell of culture, ceased to exist; one could not. it is true, foresee the new paths on which cultural development might then proceed, but one thing one would be bound to expect and that is that the ineffaceable feature of human nature would follow wherever it led”. En El malestar en la cultura, op.cit., English version (Civilization and its Discontents) inhttp://www2.winchester.ac.uk/edstudies/courses/level%20two%20sem%20two/Freud-Civil-Disc.pdf

[19] Frankl, V.: Ante el vacío existencial; Herder, Barcelona, 1986.

[20] Fromm. E.: El miedo a la libertad, Paidós, Buenos Aires, 1957.

[21] Schutz, A.: Estudios sobre teoría social, II; Amorrortu, Buenos Aires, 2003.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.