¿Hay que preocuparse por el déficit comercial?

Por Iván Carrino. Publicado el 26/2/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1987744-hay-que-preocuparse-por-el-deficit-comercial

 

-Donald Trump está preocupado por el déficit comercialcon México. ¿Tiene razón?

-El déficit de Estados Unidos con México en 2016 fue de casi US$ 60.000 millones y para el presidente norteamericano esto demuestra que el acuerdo de libre comercio entre los dos países “benefició a un solo lado”. Sin embargo, Trump se equivoca y, en este tema, su pensamiento atrasa 241 años. Es que en 1776, Adam Smith publicó La riqueza de las Naciones, donde rechazó los argumentos de los mercantilistas, que buscaban tener una balanza comercial positiva. Para Smith, este argumento era “sofista”, porque suponía que “aumentar la cantidad de metales preciosos requería más la atención del gobierno que preservar o aumentar la cantidad de cualquier otra mercancía útil que la libertad de comercio, sin tal atención, nunca no suministra en la cantidad adecuada”. Según el pensador escocés, el dólar es un bien más de la economía y es la oferta y la demanda del mercado la que determina su cantidad.

-¿No hay que preocuparse por el saldo de la balanza comercial?

-No realmente. Cuando un país tiene déficit comercial y “pierde dólares”, eso muestra que los ciudadanos en ese país tienen más dólares de los que demandan y que, por ello, deciden canjearlos por bienes y servicios en el mercado internacional. Concentrarse en el dinero que queda en México o en Estados Unidos es mirar un solo lado de la transacción. Del otro lado hay bienes y servicios y el comercio genera beneficios para ambas partes. En nuestros hogares, todos los años tenemos un déficit comercial con el supermercado. Le damos más dinero del que él nos da a nosotros. Sin embargo, a cambio de nuestro dinero recibimos los bienes que deseamos para vivir.

-¿Cómo está la Argentina con este tema?

-La Argentina tuvo un superávit comercial en 2016, pero con datos mixtos. Por el lado negativo, nuestras importaciones cayeron cerca de 7% anual, reflejando la recesión. Por el lado positivo, nuestras exportaciones avanzaron por primera vez en 5 años gracias al fin del cepo y las retenciones. Lo que verdaderamente importa para analizar una economía, en realidad, es el valor total del comercio. Es decir, la suma de las importaciones y exportaciones. En ese rubro, EE.UU. es el campeón mundial, ya que exporta e importa bienes y servicios por un valor total de US$ 5 billones. Le siguen China, Alemania, Inglaterra, Japón, Francia, Holanda, Hong Kong e Italia. O sea -salvo China- nada menos que las economías más desarrolladas y prósperas del mundo. Es una muestra más de que el comercio genera riqueza y que nosotros tenemos mucho camino por recorrer en este sentido.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Sí, hay que liberar el mercado de trabajo

Por Iván Carrino. Publicado el 12/1/17 en: http://inversor.global/2017/01/si-hay-que-liberar-el-mercado-de-trabajo/

 

Contrario a lo que suele creerse, una mayor libertad del mercado laboral es positiva tanto para las empresas como para los empleados.

Hay una afirmación que no creo que nadie esté dispuesto a rechazar: los impuestos y las regulaciones son contrarios a la libertad. Nadie, ni a la derecha ni a la izquierda del espectro político y económico, se atreverá a discutir esta verdad evidente.

Esto no quiere decir que toda regulación sea mala… La “regulación” que impide y castiga el delito claramente está en contra de la libertad de los delincuentes… Pero existe para preservar la de las potenciales víctimas. Obvio.

Ahora aplicado a otros ámbitos de la vida, los impuestos y las regulaciones, al inhibir la libertad, se convierten en una verdadera carga para el desarrollo.

Un ejemplo sencillo bastará para entender. Si a una botella de agua mineral que cuesta $ 20 en el mercado se le carga un impuesto del 50%, lo más probable es que los consumidores desistan de comprarla, pasándose al consumo de gaseosas, aguas saborizadas, o bien agua corriente. Por otro lado, si antes de comprar la botella, el gobierno exige que se llenen 5 formularios diferentes y se pidan permisos especiales, es evidente que el incentivo para comprar la botella será menor.

Lo mismo pasa en todos los mercados. Más impuestos al consumo equivalen a menos consumo. Más regulaciones, ídem. En el mercado laboral la situación no es distinta.

Sin embargo, en Argentina, regulaciones e impuestos están a la orden del día. La ley de contrato de trabajo tiene 277 artículos y cerca de 26.000 palabras donde se regulan temas como la indemnización por despido, las vacaciones, el salario mínimo, o el mínimo de días de preaviso cuando se desea finalizar una relación laboral.

Además, la carga tributaria sobre el empleo es sideral. De un salario bruto de $ 10.000, $ 4.000 son tomados por el estado para financiar el gasto previsional, obras sociales y otros conceptos asociados a la seguridad social. Eso explica que de $ 10.000 brutos, solo $ 8.300 lleguen al bolsillo del trabajador pero $ 12.300 salgan de la caja de la empresa.

En el medio está el estado, “cuidándonos”…

El problema es que, como decíamos, todas estas trabas lo único que hacen es desestimular la contratación. De acuerdo a los libros de texto, salarios mínimos demasiado elevados, o fuertes regulaciones laborales terminan generando desempleo, ya que el costo de contratar es demasiado alto. Sin  embargo, en la realidad lo que sucede es que las empresas y los empleados se vuelcan al mercado negro.

En Argentina, de acuerdo al Ministerio de Trabajo, el sector informal abarca nada menos que al 34% de los trabajadores. Y es por eso que en el gobierno están barajando la idea de reducir la carga tributaria sobre el empleo y también flexibilizar el mercado laboral.

Obviamente, esto último nadie lo quiere decir. De acuerdo con el libreto políticamente correcto, la flexibilización es lo peor que puede pasarle a los trabajadores, porque los empresarios los comenzarían a “explotar”.

Esto es totalmente falso. En primer lugar, porque, como decíamos, si las regulaciones son excesivas, aparecerá el mercado negro, donde el estado pierde todo el control sobre lo que allí sucede. En segundo lugar, porque un mercado laboral más libre no solo es bueno para las empresas, sino para todos los que quieran obtener un empleo.

Una institución que mide la libertad de los mercados laborales en el mundo es la Fundación Heritage de los Estados Unidos. Para evaluar los mercados de trabajo, Heritage toma en consideración la existencia y el monto del salario mínimo, la rigidez en las horas de trabajo, la dificultad para despedir empleados, el monto de las indemnizaciones que se imponen a las empresas, el preaviso y las trabas para contratar.

Si los obstáculos son altos, dirán que el mercado es poco libre, mientras que de haber pocas trabas, estaremos en un mercado flexible.

Los cinco países de más de un millón de habitantes que mejor se ubican en este índice son Estados Unidos, Singapur, Hong Kong, Dinamarca y Nueva Zelanda. Entre ellos, en Estados Unidos y Dinamarca el despido es libre, por lo que las empresas no deben indemnizar al empleado si deciden no continuar empleándolo.

Uno podría pensar que con tanta libertad, muy mal les está yendo a los trabajadores de esos países. Sin embargo, estamos frente a los salarios más elevados del planeta.

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En promedio, un danés tiene un salario anual de USD 63.700; un norteamericano ingresa USD 58.700; un neozelandés USD 43.100, mientras que en Singapur los trabajadores ingresan USD 38.800 y en Hong Kong USD 23.900.

Por si esto fuera poco, las tasas de desempleo también son muy bajas. Y no casualmente, muy inferiores a las existentes en Argentina.

Claro que no todo pasa por la rigidez o flexibilidad del mercado laboral. El país que sigue en este ránking es Namibia, cuyo desempleo supera el 18% y cuyo PBI per cápita es de USD 4.500. Obviamente, a la libertad del mercado laboral hay que acompañarla con una democracia republicana, paz y respeto por los derechos de propiedad, entre otras cosas.

Sin embargo, dado que muchas de esas cosas sí tiene nuestro país, no es un mal momento para pensar en tener un mercado laboral más libre. Una menor presión tributaria sobre el empleo reducirá el costo laboral e incrementará el salario de bolsillo. Además, menos trabas burocráticas harán más atractiva la contratación, y aumentarán el empleo y la formalidad.

Es que, en definitiva, los intereses de los trabajadores y de los empresarios no son contrarios. Cuanto más fácil sea contratar, más empleo habrá. Y en la medida que crezca la competencia entre empresas, más subirán los salarios en términos reales.

Necesitamos más libertad para volver a crecer y convertirnos en un país rico. No hay otro camino.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Acerca del “deterioro de los términos de intercambio”

Por Gabriel Boragina: Publicado el 17/7/16 en http://www.accionhumana.com/2016/07/acerca-del-deterioro-de-los-terminos-de.html

 

“Otro canal a través del que se filtra el complejo de culpa es por medio del llamado deterioro en los términos de intercambio. Con esto se quiere decir que los países pobres reciben cada vez menos a cambio de entregar cada vez más de lo que ellos producen. Es decir, habría un deterioro en la relación de cambio de productos manufacturados frente a los no-manufacturados en detrimento de estos últimos, con lo que tendría lugar una explotación sistemática.

Hay varias observaciones que hacer a este esquema. En primer lugar, término de intercambio quiere decir precio relativo, lo cual, en sí mismo, no significa nada respecto de mejoras o empeoramientos. Por ejemplo, en la época en que aparecieron los primeros automotores, éstos tenían cierta relación de cambio (términos de intercambio) con la cebada, hoy esa relación comparada con aquella época le es desfavorable al automotor ya que se ha convertido en un bien de uso popular y, sin embargo, los resultados operativos y los patrimonios de la industria automotriz son más favorables que en el período anterior.”[1]

Los primeros automóviles eran muchísimo más caros, no sólo en relación a la cebada sino también en la de muchos otros bienes de producción y de consumo. En consecuencia, si siguiéramos la absurda teoría del deterioro de los términos del intercambio (en adelante DTI) tendríamos que llegar a la también no menos irrazonable conclusión de que los bienes industriales estaban en una posición económica y patrimonial inicial muchísimo más ventajosa que la de los bienes no-industriales, precisamente la situación inversa que pretenden querer demostrar los defensores de esta desatinada tesis. En el ejemplo dado por el autor que ahora citamos, los coches eran mucho más caros que la cebada, pero como no hace falta demostrar más que por medio del sentido común y la simple observación de nuestro entorno, que con el tiempo, el progreso tecnológico y –fundamentalmente- la producción en serie, los automotores se han multiplicado y difundido de tal modo que se operó un fenómeno de masificación que, a su turno, determinó la paulatina baja del precio de adquisición de cada unidad automotriz, lo que a la luz de la teoría del DTI debería haber implicado una situación muy desfavorable para aquella industria, sin embargo –y como es evidente a todas luces- la realidad es que ha ocurrido todo lo contrario, empeoraron los términos de intercambio para el automotor, pero la situación patrimonial de las industrias automotrices mejoró cuantiosísimo.

“En las series estadísticas del “deterioro de los términos de intercambio” muchas veces se suelen comparar cosas distintas. Por ejemplo, en una columna se pone “trigo” y en otra “tractores” pero los tractores van cambiando de características según sean los cambiantes modelos, mientras que el trigo es el mismo y producido en mejores condiciones, en buena parte debido a los mejores tractores. Por último, si observamos la alta proporción de bienes no-manufacturados que comercian entre sí los países “desarrollados”, deberíamos concluir que los países más ricos se estarían explotando entre sí.”[2]

No se pueden comparar términos de intercambio entre bienes de características heterogéneas, el cotejo -para que adquiera alguna validez- debería hacerse entre productos homogéneos. Pero los partidarios de la “teoría de la dependencia” y del DTI no proceden de dicha manera lógica, sino que van por la vía ilógica. El ejemplo es altamente categórico en cuanto nos ilustra de qué manera ciertos tipo de bienes industriales (en el caso tractores) no solamente van cambiando a diferencia de productos como el trigo, sino que, a la par que los términos de intercambio se van deteriorando respecto de los tractores en la medida que sus costos se abaratan en función de mejoras tecnológicas y las señaladas también en el párrafo anterior de acuerdo a su mayor demanda, pese a todas dichas aparentes desventajas respecto del DTI, contribuyen a que productos de características muy diferentes (como la cebada del ejemplo anterior o el trigo del actual) respecto de los bienes que incorporan innovaciones tecnológicas, sean elaborados en mayor cantidad y en mejores condiciones que nunca antes, con lo que nuevamente se desmorona la tesis del DTI.

“Generalmente se sostiene que el deterioro de los términos de intercambio es especialmente alarmante en los casos de las ex-colonias ya que han sido, en todos los órdenes, las víctimas principales de la explotación. Pero esto último tampoco es cierto. No puede afirmarse que siempre las colonias se han retrasado por estar en esa condición. Pensemos en los casos de miseria de lugares tales como Nepal, Etiopía, Liberia, Tíbet y Afganistán que nunca fueron colonias frente a los casos, por ejemplo, de Hong-Kong y los Estados Unidos como colonias británicas. Por esto es que la entrega coactiva de recursos, principalmente por parte de los Estados Unidos, frecuentemente se han destinado a ex-colonias “para compensar” y de ese modo “ganar amigos” en las zonas más sensibles.”[3]

No son los “términos de intercambio”, sino la filosofía y política económica imperantes las que determinan la riqueza o pobreza de las naciones tal como bien instruyen los casos que se nos ofrecen anteriormente. Para comenzar, ha quedado bien refutada en los párrafos precedentes la tesis o teoría del deterioro de los términos del intercambio (DTI). No hay tal. Y, por lo tanto, difícilmente pueda achacarse a dicha falacia la diferente suerte económica de un lugar respecto de otros. Como se comenzó diciendo, las paridades, precios o términos de intercambio –que, al fin de cuentas, vienen a ser todos, la misma cosa- varían en función de los diferentes intercambios, estados y procesos que se desarrollan en el mercado. Si el mercado es totalmente libre, todas las partes implicadas en la transacción van a salir beneficiadas. En contraposición, si el mercado está adulterado por el gobierno, los resultados serán más negativos. Por lo demás, y como bien lo recuerda el autor citado, la alta tasa de productos no-manufacturados que comercian “entre sí los países “desarrollados”, nos llevaría a que “deberíamos concluir que los países más ricos se estarían explotando entre sí”.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. Pág. 191 a 193.

[2] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías…ob. cit. Pág. 191 a 193.

[3] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías…ob. cit. Pág. 191 a 193.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Si hay avalancha importadora, no habrá recesión

Por Iván Carrino. Publicado el 30/6/16 en: http://www.ivancarrino.com/si-hay-avalancha-importadora-no-habra-recesion/

 

En el afán de criticarlo todo, o defender sus intereses particulares, muchos referentes y analistas dejan de lado principios básicos de razonamiento económico.

Hace dos días fui invitado a participar de un debate en la pantalla de C5N. El tema principal era la economía en el segundo semestre, algo que nuevamente divide a analistas, políticos y economistas. Durante el debate, donde también estuvieron Agustín D’Attellis y Leo Bilanski, escuché algo que me llamó poderosamente la atención. En concreto, la afirmación de que el nuevo modelo económico hará caer la demanda y, al mismo tiempo, amenazará la supervivencia de las empresas porque permitirá una “avalancha importadora”.

Al escuchar el argumento en vivo, mi respuesta rápida fue la siguiente: si hay caída de la demanda, no hay avalancha importadora. O lo que es lo mismo, si hubiera una avalancha importadora, eso es reflejo de que hay más, y no menos, demanda.

Esta mañana abrí El Cronista y me encontré con lo mismo. La Unión Industrial Argentina divulgó un informe donde muestra la mala performance del sector en los primeros meses del año y acusa principalmente a la competencia de las importaciones, que (en cantidades) crecieron 10,5% anual de enero a mayo.

En uno de los párrafos citados por el matutino económico, se afirma:

Se presentó un informe que expuso el incremento de las importaciones en un contexto de caída de actividad y consumo

La Unión Industrial Argentina, por defender sus intereses económicos, cayó en el mismo error que comentábamos al inicio. Sostener, al mismo tiempo, que hay un incremento de las importaciones y una caída del consumo.

La afirmación es una contradicción. Llevemos el tema a una simple economía familiar. En una casa de familia, las importaciones representan todo lo que la familia compra porque no puede producir puertas adentro. Así, cuando uno de sus miembros va al supermercado a adquirir un paquete de arroz, está “importando” ese paquete de arroz. Ahora dicha importación refleja automáticamente un aumento del consumo. En definitiva, ¿para qué vamos a comprar arroz si no es para hacer uso de él? Así, es evidente que no podemos hablar de un aumento de las importaciones y una caída del consumo al mismo tiempo.

Del ejemplo anterior se extrae otra cosa: que tampoco puede hablarse de recesión (caída de la producción) si al mismo tiempo hay una “avalancha de importaciones”. Es que lo que nuestra familia compra en el supermercado tiene que pagarlo con dinero y, para conseguir ese dinero, tendrá que producir algo y venderlo en el mercado. Mayores compras externas, entonces, reflejan que o bien estamos produciendo más, o bien que estamos vendiendo (exportando) más. Si este no fuera el caso, no tendríamos con qué pagar el aumento en las compras.

Ahora bien, algo que sí podría pasar es que los argentinos decidan consumir menos productos de fabricación nacional a cambio de productos importados. Así, “el consumo” no cae, sino que migra desde proveedores nacionales a proveedores extranjeros. Si éste fuera el caso, a priori no habría nada que objetar. Si los consumidores eligen productos importados, será porque éstos satisfacen mejor sus deseos, tanto en calidad como en precio.

Ahora bien, si se quisiera que nuestra industria fuera más competitiva, es claro que la respuesta no pasa por cerrar la importación o dar subsidios, sino por reformar estructuralmente la economía del país. Es decir: reducir el gasto público, bajar los impuestos y desregular mercados.

Otro latiguillo de los corporativistas de la UIA es el desempleo. Según el artículo citado, si “no baja el ritmo de productos ingresados del exterior, comenzará a resentirse el empleo”. Esta afirmación es una mera amenaza carente de sustento.

En mi libro Estrangulados analizo el desempleo en el amplio grupo de países que ocupan los 10 primeros puestos en Apertura Comercial del mundo. La tasa promedio de desocupación en todos ellos es de 9,4%, un número no bajo, pero lejos de representar niveles críticos. Ahora lo interesante es que dentro del grupo hay países con tasas realmente bajas como Hong Kong, Suiza o Singapur, con desempleos del 3,2%; 3,3% y 1,9%.

Evidentemente, nada tiene que ver la apertura comercial con la desocupación.

Ahora lo que sí tiene que ver con la apertura es la riqueza de las naciones.

Los países más abiertos al comercio del mundo tienen un PBI per cápita promedio de USD 41.000, mientras que los menos abiertos promedian los USD 7.700, una diferencia de 5,3 veces a favor de los que abrazan la globalización.

En los primeros cinco meses del año las importaciones en cantidades crecieron 10,5%. Cierto. Pero el aumento fue contrarrestado con una suba de 12,9% en cantidades exportadas, algo que los intervencionistas de siempre se olvidan de mencionar.

Ahora el punto en discusión es más amplio: ¿Queremos seguir viviendo en una economía cerrada al mundo, hiperintervenida y con 30% de pobreza como el promedio de los últimos 30 años? ¿O queremos un país abierto, con crecimiento sostenible y reducción de la pobreza como sucede en el resto del mundo que abraza la globalización?

Este es el punto más importante, más allá de las graves incoherencias lógicas que contienen los argumentos estatistas de siempre.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¡Encarcelen al sistema!

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 9/5/16 en: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/encarcelen-al-sistema/16586568

 

Por muchos políticos que encarcelen, no se detendrá la corrupción ni se devolverá lo robado.

Entiendo la ira de las personas con los políticos corruptos, pero la historia demuestra que, por muchos que se encarcelen, no se detendrá la corrupción ni se devolverá lo robado. Si hasta me parece contraproducente. Pareciera que estas campañas sirven para distraer a la opinión pública y para esconder el problema de fondo de la corrupción: el sistema estatista, que es al que debiera ‘encarcelarse’.

La situación de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se agravó y ahora la Fiscalía de ese país pide investigar al expresidente Lula da Silva, a tres ministros y a otros 27 políticos por los escándalos en Petrobras. Rousseff puede ser separada de su cargo si el Senado brasileño abre un juicio político, mientras el procurador general asegura que “en el ámbito” del gobernante Partido de los Trabajadores hay elementos que prueban la existencia de una “organización criminal”.

Entretanto, la justicia argentina empezó a investigar a la expresidenta Cristina Kirchner. Desde que Macri asumió la presidencia, y mientras tiene problemas serios, el Poder Judicial argentino ha acelerado las causas por corrupción durante el gobierno anterior y, de hecho, ya hay encarcelados. Por cierto, es llamativo que los mismos jueces que no sospechaban de los anteriores gobernantes cuando estaban en el poder, hoy encuentren que son culpables.

Y estos son solo dos ejemplos de los muchos que hay. La corrupción está generalizada porque es intrínseca al Estado moderno, que es el monopolio de la violencia con el cual gobierna: impone sus leyes con la fuerza policial. Y ya decían los griegos que la violencia es aquello que corrompe a la naturaleza. A diferencia del mercado -las personas-, donde las transacciones se realizan tras un natural acuerdo mutuo, el Estado impone coactivamente leyes, dejando el poder de decisión en burócratas susceptibles de ser sobornados.

Si comparamos el índice de corrupción de Transparency International con el de Libertad Económica de la Heritage Foundation, más allá de los errores lógicos en estas mediciones vemos que los más corruptos son los menos libres, aquellos donde el Estado tiene más peso y sus burócratas mayor poder de decisión.

Entre los menos corruptos aparecen Dinamarca, Finlandia, Suecia, Nueva Zelanda, Holanda, Noruega, Suiza, Singapur, Canadá, Alemania, luego EE. UU. (16), y más abajo Uruguay (21), Chile (23), Colombia (83), y ya entre los más corruptos: Yemen (154), Haití y Venezuela (158) y finalmente Corea del Norte y Somalia (167).

Y los más libres serían Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Suiza, Australia, Canadá, Chile, Irlanda, Estonia, Reino Unido, EE. UU., Dinamarca y luego estarían Colombia (puesto 33), Uruguay (41), Perú (49), Costa Rica (50), México (62), Panamá (66), Guatemala (82), Nicaragua (109), Honduras (113), Brasil (122), Ecuador (159), Bolivia (160), Argentina (169), Venezuela (176), Cuba (177) y Corea del Norte (178).

En fin, para terminar, un caso real que muestra que la corrupción es intrínseca al estatismo. Para presentarse a las licitaciones de obra pública, los gobiernos exigen una serie de condiciones. Un ministro, al fin de cuentas, decide quiénes pueden o no presentarse, y los elegidos se cartelizan y reparten las obras que se realizarán con grandes sobreprecios. El ministro no es sobornado, pero cuando se retira del gobierno, el ganador de la obra pública lo nombra director de otra empresa de su grupo, con una remuneración elevadísima. Todo legal.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Argentina: lo que fuimos y lo que somos

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 4/10/15 en: http://economiaparatodos.net/argentina-lo-que-fuimos-y-lo-que-somos/

 

El secreto de la prosperidad es tan sencillo como decir que la gente tiene que trabajar

Décadas atrás, cuando a los economistas nos pedían que diésemos ejemplos de países que hubiesen progresado con políticas pro mercado y con fuerte integración al mundo, teníamos a mano 2 ejemplos concretos. Por un lado el milagro alemán luego de la Segunda Guerra Mundial gracias a las políticas implementadas por Ludwig Erhard y el otro caso era el de Japón de post guerra. Ambos países apuntaron sus economías al comercio exterior. Es decir, además de adoptar de políticas pro mercado, lejos estuvieron de intentar esta locura de la sustitución de exportaciones que ahora nos propone el kirchnerismo. Fueron por los mercados externos.

Pero con el correr de los años, los economistas tenemos muchos ejemplos para mostrar de economías que salieron del atraso y lograron crecer al punto tal que nos han superado.

Tomemos el ejemplo de los españoles luego de la muerte de Franco en 1975. Adolfo Suárez, apoyado por el rey Juan Carlos, inicia un proceso de reforma política e integración al mundo que ni Felipe González, que venía del socialismo más virulento, se anima a modificar el rumbo y continúa con la integración económica.

Tomando los datos de Angus Maddison, en la década del 40, Argentina tenía un ingreso per capita que supera al de España en un 113%, en 2010 España tenía un ingreso per capita que era casi el 68% mayor al de Argentina. Es a partir de mediados de la década del 70 que España nos pasa en la evolución del ingreso per capita.

Otro ejemplo que puede tomarse es el de Irlanda. En los 80 decide llevar a cabo grandes transformaciones económicas e integrarse al mundo. En la década del 40 nosotros teníamos un ingreso per capita que era casi un 48% más alto que el irlandés. En 2010 Irlanda tenía un ingreso per capita que era un 115% más alto que el nuestro.

Al tomar los datos de los países seleccionados en el Cuadro 1, de los 7 países seleccionados, todos tuvieron un aumento del PBI per capita superior al nuestro entre la década del 40 y 2010. El populismo que abrazamos nos frenó y los países que más se integraron al mundo e hicieron reformas pro mercado lograron salir disparados en sus tasas de crecimiento.

Cuadro 1

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Chile, con sus profundas reformas pro mercado, con un sistema de jubilaciones privados, dos temas que hoy la oposición en Argentina tiene pánico de hablar y defender, nos pasó como alambrado caído.  Entre la década del 40 y el 201 su PBI per capita aumentó el 311% y el nuestro el 123%.

Pero recuerdo que allá por los 70, los 80 y los 90, solía hablarse con cierto sarcasmo de las economías de Taiwan, Corea e incluso de Hong Kong. En el cuadro 2 podemos ver que esos países también nos pasaron como postes en las últimas décadas porque se integraron al mundo.

Nuestros ignorantes políticos decían que importábamos porquerías de Taiwan y Corea y que los habitantes de Hong Kong se morían de hambre. Hablaban del dumping social, es decir que exportaban barato porque tenían a sus trabajadores en condiciones de explotación. Por eso había que frenar las importaciones y cerrarnos al mundo. Les dan una tasa de arroz y los hacen trabajar sin descanso, decían los proteccionistas.

Cuadro 2

 

El cuadro 2, que repite algunos de los países del cuadro 1 e incorpora a otros, muestra que esos países que aquí se denunciaban como que nos hacían dumping social nos pasaron en ingreso per capita. Pero también España nos pasó, Chile nos pasó, Irlanda nos recontra pasó y los ejemplos siguen. En todos los casos, los países que nos superaron son países que vieron al mundo como una gran oportunidad para vender sus productos y crecer gracias a las elevadas tasas de inversión que se requiere cuando una empresa produce en gran escala. Eso lleva a generar más puestos de trabajo, mayor productividad y, obviamente, mejores ingresos reales.

Nosotros, abrazando el populismo corrupto, despreciamos integrarnos al mundo y en vez de darle mejores puestos de trabajo a la gente y con mayor remuneración, desarrollamos la industria del subsidio. Legiones de personas viviendo sin trabajar y a costa de lo que otros producen. Como eso tiene un costo, llevaron los impuestos hasta niveles asfixiantes destruyendo aún más la generación de riqueza. Eso sí, lo políticamente correcto consiste en decir que la gente tiene derecho a vivir sin trabajar y costa del trabajo ajeno.

Con los datos anteriores no hace falta inventar nada nuevo para salir adelante. Solo copiar lo que hicieron los países que nos pasaron como postes. Disciplina fiscal, disciplina monetaria, respeto por los derechos de propiedad e integración al mundo.

Es más, ni siquiera tenemos que copiar a los otros países. Podemos copiarnos a nosotros mismos revisando nuestra historia, cuando la genial generación del 80 hizo de este desierto un país próspero que apuntaba a ser uno de los más ricos del planeta. ¿Cómo? Integrándonos al mundo, recibiendo inversiones y sin planes sociales. Los inmigrantes no venían en busca de un plan social, venían a trabajar.

En definitiva, el secreto de la prosperidad es tan sencillo como decir que la gente tiene que trabajar, que nadie tiene derecho a vivir a costa del trabajo ajeno y el estado no tiene que entorpecer a los que trabajan. Mucho misterio no hay para descubrir cómo hacemos para salir de esta larga y deprimente decadencia. Poder salir se puede. Pero hay que meterse en la cabeza que para progresar hay que trabajar y no vivir del empleo público y planes sociales.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Why free-banking?

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 29/6/15 en: http://soundmoneyproject.org/2015/06/why-free-banking/

 

The need for and convenience of a central bank are usually taken for granted. To say that a central bank is a good institution and, therefore, needed, is not enough. Unfortunately, the assumption that central banks are necessary seems to weigh more heavily than the facts that suggest otherwise.

Good and bad are relative terms. With respect to what then is a central bank good? Some might say to the absence of a central bank- or more specifically, to the presence of a free banking regime.

Historical records, however, show that free banking outperforms central banks in most, if not all, of the cases.

A free banking regime is such where the market for money and banking is free of specific regulation (save, of course, illegal activities such as the violation of third party property rights.) Let me be clear. The absence of a central bank is not equivalent to free banking. The absence of regulation is equivalent to free banking. This is why to think of the pre-Fed era in the United States as a case of free banking shows a superficial understanding of what an unregulated –free– market is.

The literature on free banking is vast. Let me just give a brief description and comment on a couple of illustrative historical cases. First, under free banking, each bank is free to issue their own convertible banknotes. Convertible to what? To whatever functions as base money in the economy. Historically, this has been gold, but this does not need to be the case. It could be, like Selgin describes in his Theory of Free Banking, that the Federal Reserve shuts down the FOMC and that the USD becomes the base money to which private convertible banknotes are convertible. Whether or not the USD will eventually be replaced by gold, silver, or any other asset is up to the market process to sort out.

Second, because all banknotes are convertible to the same base money, there is no multiplicity of units of account. Under this regime, there should be no fear of confusion about the multiplicity of prices. If today you travel to Hong Kong, Ireland, or Scotland, you’ll see a strong presence of private money in circulation, but you won’t see multiplicity of units of account. It could be said that the US banking system is not the most developed and flexible of the developed world. On the contrary, the heavy regulation imposed on this market suggests that lot of improvement is possible and needed.

Third, the stability of the system comes from banks competing with each other for deposits and therefore for base money. Surely, mathematical models showing how banking without central banks are instable can be developed. With the right assumptions, it is possible to shows anything in a mathematical model. Free banking shows a remarkably good performance, despite the claims that many academic models try to make.

Let me now comment on two examples that show that bank failures are not the same as bank runs. This would likely be the case under a fiat currency regime managed by central banks, but free banking works under a different regime and therefore with different incentives. The outcome is a different performance.

Consider first free banking in Scotland (1716 – 1844). In 1772 the “Ayr” bank collapsed, bringing other smaller banks down with it. As spectacular as the Ayr Bank failure might have been, the Scottish free banking system did not suffer a bank run. What happened? The Ayr Bank was doing what any efficient bank would not do: aggressively increasing the issue of their convertible banknotes. With the increase in circulation of convertible banknotes, the Ayr Bank started to lose reserves until it went bankrupt. What about the other small banks? These smaller banks were also doing what an efficient bank should not do. These small banks invested their reserves in the Ayr Bank. Why was there no bank run? Succinctly, because the reserves that the Ayr Bank was losing were being transferred to other more efficiently managed banks. This is the market outcome of over-expanding credit- no central authority is needed for this to take place. The result is an increase in the market share of efficient banks at the expense of inefficient banks. Isn’t that the outcome we want for any market- for efficient firms to displace inefficient firms?

The second case I want to mention is the economic crisis in Australia in 1890 under a free banking regime. Australia was under free banking between 1830 and 1959. The first thing to keep in mind is that the 1890 crisis in Australia was the result of Bank of England credit expansion being channeled to Australia. The result was a bubble in land prices (sound familiar?.) When this process of credit expansion is reverted (in part to the Baring Crisis that was born from Argentina’s default) some banks experience solvency problems, other did not. Those banks that saw the bubble and adjusted their portfolios where ready to buy the portfolio of the failing banks that did not see the crisis coming (again, sound familiar?)

Namely, the crisis was ready to be reverted. But the U.K. government thought it knew better and made things worse (I can keep asking if it sounds familiar, but at this point the parallelism is quite obvious.) The government committed two important mistakes. First, it forced a bank holiday on banks that were in good standing and wanted to keep their doors open to their customers. The result? The market could not sort out which banks were solvent and which were not. Second, it allowed failed banks to re-open their doors free of their previous liabilities, but this generosity was not extended to efficient banks. The result was a bank run against efficient banks towards inefficient banks. It should be patent that this was not a free banking failure, but just another case of regulation failure in one of the more complex and delicate markets.

If one looks at historical facts, rather than just let be guided by pre-conceived ideas, the need and superiority of central banking next to alternative monetary regimes is thrown into serious doubt. Surely, free banking is long gone and gold, which was used as base money under these cases, is not money anymore.

Why then look at free banking? I can mention at least two reasons: (1) To do away with the almost ideological position that a central bank is needed. This position, or assumption, needs to be questioned rather than taken as fact if we want to come up with innovative alternatives to our monetary regime. (2) Even if the old free banking system based on gold standard is not feasible, it certainly helps us to come up with reform that can improve the status-quo.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

¿Puede el próximo gobierno revertir la decadencia?

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/3/15 en: http://economiaparatodos.net/puede-el-proximo-gobierno-revertir-la-decadencia/

 

Ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías

Responder al interrogante del título de esta nota no es tan sencillo. Están los pesimistas que no le ven remedio. Los optimistas sin fundamentos. Los indiferentes y hasta un Duhalde que dijo que Argentina estaba condenada al éxito y nos dejó de regalito a los k, que hundieron el país sin piedad.

El argumento que normalmente se usa, y yo personalmente también uso, es que un país sin instituciones no puede crecer, entendiendo por instituciones las normas, códigos, leyes y costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y entre los particulares y el estado. Si esas instituciones son eficientes, es decir, permiten desarrollar la capacidad de innovación de la gente, desplegar la iniciativa privada atrayendo inversiones, entonces ese país tiene grandes posibilidades de entrar en una senda de crecimiento sostenido.

Podríamos resumir la cosa de la siguiente manera. A mayor riesgo institucional menores inversiones y, por lo tanto, menos crecimiento y bienestar de la población.

Por el contrario, a menor riesgo institucional, llegan más inversiones, se crean más puestos de trabajo, aumenta la productividad y el salario real. El país entra en una senda de crecimiento y mayor bienestar para la población. En definitiva, es la calidad de las instituciones que impera en un país la que definirá si ese país tiene un futuro de progreso, de estancamiento o de decadencia.

Ahora bien, esas instituciones surgen de los valores que imperan en una sociedad o en la mayoría de los habitantes de esa sociedad. Como hemos caído en la trampa de creer que el que tiene más votos impone las reglas de juego, si hay una mayoría cuyos valores llevan a instituciones contrarias al crecimiento, el mismo es imposible.

No hay reunión, comida o charla informal en que no surja el famoso debate si Argentina está definitivamente perdida. Algunos alegan que Perón destruyó las instituciones que hicieron grande a la Argentina, visión que comparto en gran medida, pero no del todo. Otros le agregan el ingrediente que los k crearon tanto clientelismo político, que han desarrollado una generación de votantes que se acostumbró a no trabajar y a vivir a costa del esfuerzo ajeno, con lo cual la mayoría siempre va a votar por aquél que le prometa más populismo, es decir el que prometa expoliar a los que producen para mantener a una gran legión de improductivos. Bajo esta visión podríamos decir que Argentina tiene un futuro negro. Y la verdad es que la tentación de seguir esta línea de razonamiento es muy fuerte cuando uno ve como se han destrozado valores como la cultura del trabajo, de la iniciativa individual, de la capacidad de innovación, la misma propiedad privada, etc. En definitiva, una primera mirada sobre el futuro de Argentina indicaría que más que estar condenados al éxito estamos condenados al fracaso. Sin embargo, cabe otro tipo de análisis totalmente diferente.

Quienes me siguen saben que no soy de formular pronósticos optimistas por deporte o porque es políticamente correcto. Digo lo que pienso, asumiendo el costo de ser tildado de pesimista.

Recuerdo que en una oportunidad el presidente de una institución empresarial me dijo, mientras estaba hablando, que viera las cosas con optimismo para no deprimir a los asistentes. Mi respuesta fue muy clara: yo analizo la economía, no hago terapia grupal.

Volviendo al razonamiento sobre el futuro de la Argentina, me voy a tomar la libertad de dejar abierto el interrogante. Aún con todo el destrozo institucional y de valores que hicieron los k, no creo que estemos condenados ni al éxito o al fracaso. Para eso voy a utilizar algunos ejemplos.

En la década de los 70 y los 80, cuando a los economistas nos preguntaban por países exitosos con economías de mercado, teníamos dos ejemplos para dar: 1) Alemania con Adenauer y Erhard y 2) Japón, ambos luego de la Segunda Guerra Mundial. Hoy esos ejemplos siguen siendo válidos pero hay muchos más.

Tenemos el caso de Corea del Sur que al dividirse quedó con el peor territorio y escasos recursos humanos. Hoy dispone de un ingreso per capita de U$D 33.100

O Irlanda, cuando la gente emigraba y solo producía papa y encima de mala calidad. Irlanda se abrió al mundo, luego ingresó a la UE y hoy tiene un ingreso per capita de U$S 46.140, superando al mismo Reino Unido que tiene U$S 38.540.

España, que hasta la muerte de Franco estaba aislada del mundo, logra, gracias a las gestiones Adolfo Suárez y el fundamental apoyo del rey Juan Carlos, reunir a todos los partidos políticos, firmar los pactos de la Moncloa e incorporarla al mundo. Hoy tiene un ingreso per capita de U$S 33.000. Y podría seguir con otros ejemplos como Chile, Hong Kong,  Singapur y el resto del sudeste asiático.

Esos países no tenían un capital humano tan preparado que les permitiera consolidar instituciones que los llevara al crecimiento. Ni siquiera España o Irlanda tenían un recurso humano de altísima calidad. Solo tuvieron dirigentes políticos que supieron ver el mundo como una oportunidad y decidieron hacer las reformas económicas necesarias para poder incorporarse al él. El denominador común  de todos los casos nombrados es que todos se integran al mundo. Al comercio mundial. Pero para poder hacerlo tenían que ser competitivos y eso les exigía tener instituciones, reglas de juego, que les permitiera a las empresas competir con las de otros países.

Cada uno de los países tiene su particularidad en la forma que llevó a cabo los cambios. En Chile fue Pinochet el que hizo el grueso de la transformación pero los partidos políticos que asumieron el poder luego de él ni intentaron cambiar lo que se había hecho. Por el contrario, continuaron por el mismo rumbo.

En España, un hombre como Felipe González que venía de la izquierda más absurda advirtió el desastre que era Francia con el socialismo y moderó notablemente su discurso y medidas. Pero por sobre todas las cosas, supo que no podía aislarse del mundo.

En Irlanda su dirigencia política también advirtió que solo incorporándose al mundo iba a poder avanzar e implementaron las reformas económicas necesarias para poder competir. Todos, absolutamente todos, cambiaron las reglas de juego y, sobre todo, se integraron al mundo.

Por el contrario, nosotros seguimos viendo al mundo como un riesgo en vez de una oportunidad y cada vez nos aislamos más, tanto económica como políticamente. Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador son los típicos ejemplos latinoamericanos de lo que no hay que hacer.

Ahora bien, yendo al punto, ¿podemos cambiar la Argentina con esta cultura del vivir a costa del prójimo que se instauró hace décadas y los k la llevaron a su máxima expresión? Considero que sí. No voy a decir que es sencillo ni pretendo ser un optimista sin fundamentos, pero otros países lograron salir del aislamiento internacional y de políticas populistas gracias a que, en determinado momento, sus dirigentes políticos lideraron el cambio.

Con esto no estoy diciendo que hay que sustituir las instituciones por los líderes, solo que en determinados momento los políticos tienen que liderar el cambio mostrándole el camino al resto de la población que, por cierto, no es experta en todos los temas económicos y desconocen la relación entre calidad institucional y crecimiento económico.

Los que en soledad venimos defendiendo las ideas de disciplina fiscal, monetaria y seguridad jurídica ya hemos hecho bastante para que los dirigentes políticos comprendan el cambio que hay que encarar. Ahora es su turno de recoger esas banderas e impulsar el cambio.

Que quede claro, este modelo es inviable. Según mis estimaciones solo el 17% de la población genera riqueza para sostener al resto: jubilados, menores de edad, empleados públicos, gente que vive de los llamados subsidios sociales, etc. Tal es la presión tributaria que, por primera vez, vemos que los sindicatos salen a hacer un paro general por la carga impositiva. Esto no se había visto nunca en Argentina. Si los k hubiesen estudiado historia, sabrían que hay muchos casos en que la voracidad fiscal de los monarcas terminó en revoluciones y su derrocamiento. La diferencia es que antes los monarcas exprimían a la gente con impuestos para financiar sus conquistas territoriales y ahora la exprimen para financiar sus políticas populistas que les permiten cosechar más votos.

Volviendo, si solo el 17% de la población sostiene al resto, ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías. Destruyeron tanto al sector privado que atentaron contra los que los mantenían.

El país pide a gritos un cambio. Pero no esa estupidez de un cambio con continuidad. La realidad impone un cambio de política económica. Un giro de 180 grados. Otros países pudieron hacerlo. No veo razones que impidan lograr lo mismo en Argentina. Solo falta que una nueve dirigencia política tenga la audacia de transformar la Argentina de la misma forma que la generación del 80, hoy denostada, transformó un desierto en un país pujante que llegó a ser el séptimo país más rico del mundo. La causa: nuestra constitución de 1853 otorgaba el marco institucional para crecer y sus dirigentes políticos, que se peleaban entre ellos, tenían todos, el mismo respeto por esas instituciones y rumbo que debía seguir el país.

Si nuestros antecesores lo lograron y otros países también lo consiguieron, no veo motivos para afirmar que estamos condenados al fracaso. Todavía no está dicha la última palabra.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

The Index Of Cronyism By ‘The Economist’: A Call For Improvement.

Por Alejandro A. Chafuén. Publicado el 30/10/14 en: http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2014/10/30/the-index-of-cronyism-by-the-economist-a-call-for-improvement/

 

Several of the most important think tanks around the world that defend the virtues of the free market have programs that focus on the moral defense of free enterprise or the more tarnished term “capitalism.” The American Enterprise Institute (AEI) for example, has a program on Values and Capitalism. Most of the work of the Acton Institute, in Grand Rapids, Michigan, is devoted to show to the religious, that the free economy can lead to a more virtuous and prosperous society. Two of the most recent books by the leaders of these institutes focus on this challenge: “Defending the Free Market: The Moral Case for a Free Economy” by Father Robert Sirico; and “The Road to Freedom” by Arthur C. Brooks.

Donors to think tanks and university centers have invested millions to promote programs and publications that address the morality of “capitalism” and “free enterprise.” Capitalism has been defined by most friends and foes as the economic system based on the private ownership of the means of production. When the means of production are in private hands in countries with pervasive corruption, the moral defense of profits becomes very difficult.

The term “crony capitalism” is being used today by economists from all sides of the ideological spectrum. It usually refers to an economy where preferential regulation and other favorable government intervention—based on personal relationships—helps decide winners and losers.

Unfortunately, much of the debate about cronyism is based on anecdotes and generalizations. A few days ago, during the Free-Market Forum on “Markets, Government, and the Common Good” organized by Hillsdale College, several speakers address the topic of cronyism. Over 400 people attended the event, half of them professors at Christian colleges. One of the keynote speakers, Charles Payne, an entrepreneur and a Fox Business Network contributor, shared with the audience a litany of regulations and privileges which tarnish and corrupt the essence of the free enterprise system. Some anarcho-capitalists and libertarians regard receiving any income from government as crony. On the statist side, some regard economic freedoms as crony. They argue that they serve the rich at the expense of the poor.

In the United States we have efforts, such as Subsidy Tracker, which give some idea of the problem. Subsidies feed cronyism. Known state subsidies to private business add up to $153 billion. This represents approximately 10 percent of government spending at state level. Assuming that the federal and local governments are as generous with tax dollars as the states are—if the same percentage applies to all government spending (35 percent of the economy)—then the subsidized private sector economy might approach 3.5 percent. More research is needed as the existence of one element of cronyism in a contract does not prove that all the value added ex-post is also crony. A deal between PDVSA (Venezuelan Oil Company) and Boligarchs (Bolivarian Oligarchs) can be crony, but that does not mean that many of the small win-win retail transactions, like filling our gas tank at CITGO (a subsidiary of PDVSA), are also crony.

Earlier this year “The Economist” magazine released an index of crony capitalism. The index had Hong Kong with the worse score. In the article “The Economist” acknowledged the weakness of the methodology but still made it the cover story. As Hong Kong has consistently ranked as number one in economic freedom, the fact that “The Economist” ranked it as the most “crony” does great damage to the defense of the morality of capitalism or free enterprise.

In many countries, considerable amount of profits result from contracts with totalitarian structures such as state owned companies, or access to under-valued foreign currencies. One of the negative effects of cronyism is that it can lead to an unequal distribution of economic freedom, a concept that I have addressed before. The inequalities in income and opportunity produced by cronyism and an unequal distribution of economic freedom are not due to God, natural endowments, or personal effort. As such, many times they are scandalous. Tim Carney, of AEI’s Culture of Competition Project, also speaking at the Free-Market Forum mentioned above, argued that polls suggest that citizens are not so concerned with inequality. Bill Gates and Warren Buffet, for example, are greatly admired. Unfairness, however, which arises from cronyism, is disliked by the overwhelming majority. Carney endorsed the need of developing better indicators of cronyism.

Even before the fall of the Iron Curtain a consensus developed that when it comes to growth, economic freedom won hands down over socialism. But when it came to justice and morality, there is no such consensus. During these last two decades there has been a constant improvement in the quality of the measurements of economic freedom. There has also been an advance in the efforts to measure corruption. There has been very little advance, however, in the effort to measure cronyism.

As cronyism is regarded as a source of injustice and a consequence of immoral behavior, has the index developed by “The Economist” proved the immorality and injustice of capitalism?

The above question seems illogical and will likely be disregarded in circles that believe capitalists can do no wrong. If you point to a capitalist who seeks and profits from privileges, this group’s response is, “he is not a true capitalist.” In many socialist circles you find the same attitude, when you point to a failed socialist experiment they answer, “they were not true socialists.” But for the large majority of educated observers, who follow economic policy, the fact that a magazine such as “The Economist” would rank Hong Kong number one in cronyism in a leading article and cover page, is no laughing matter. It gave a rich cache of ammunition to the enemies of the free market.
It was not just Hong Kong either. The country ranked second in economic freedom, Singapore, did not do much better as it ranked fifth in cronyism. The index is indeed weak. It measures the weight of the sectors which are prone to cronyism (among them construction, oil, ports, and banking), it then factors in the number of local billionaires in those sectors, and comes up with the ranking. With the same methodology, even a libertarian utopia could end up being classified as 100 percent crony. Take for example an island or sea platform, such as the one promoted by the Seasteading Institute. Assume that most of the property in that island is owned by billionaires, and where the main product is oil and the main service is banking. Even if all transactions are voluntary the Economist Index it would show it as almost completely crony. Although cronyism is usually described as quasi-corruption, the index shows a very low correlation with corruption. China, which scores very bad in corruption, just 4 out of 10, appears as much less crony than Hong Kong, which scores a respectable 7.5 out of 10 in Transparency (a measure of lack of corruption). Singapore, which has the second least corrupt score (8.5) ranks fifth worst in cronyism.

More than a reason for criticism, “The Economist” and its Index of Cronyism should be a call for action and improvement. “If it Matters Measure It,” says the motto of the Fraser Institute. Cronyism matters. Measure it.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

Krugman tiene razón (al menos en algo).

Por Iván Carrino. Publicado el 30/10/14 en: http://www.ivancarrino.com/krugman-tiene-razon-al-menos-en-algo/

En su manual de Economía Internacional, Paul Krugman se refiere a las estrategias de industrialización por sustitución de importaciones que volvieron a estar de moda en nuestro país a partir de la llegada de Néstor Kirchner al gobierno. El nobel de economía, referente keynesiano partidario del aumento del gasto y demás políticas expansivas en tiempos de recesión, afirma:

“”La crítica a la industrialización por sustitución de importaciones parte del hecho de que muchos países, que han perseguido la sustitución de importaciones, no han mostrado ningún signo de llegar al nivel de los países avanzados. En algunos casos, el desarrollo de una base industrial nacional parece haber conducido a un estancamiento de la renta per capita más que a un despegue económico. Esto es cierto para la India, que después de veinte años de ambiciosos planes económicos entre principios de los años cincuenta y principios de los setenta, se encontró con que su renta per capita había aumentado solo un pequeño porcentaje. También es cierto para Argentina, antaño considerado un país rico, cuya economía creció a paso de tortuga hasta que liberalizó el comercio a finales de la década de los ochenta””.

Como se lee, Krugman utiliza la experiencia argentina para mostrar la ineficacia de estas políticas. Para apuntalar su argumento, veamos un gráfico que compara el PBI per capita de los países analizados con el PBI per capita de los Estados Unidos en dos períodos bien diferentes.

 

pbi-per-capita

 

 

Los números hablan por sí solos. Países que no siguieron políticas de sustitución de importaciones como Australia, Hong Kong, España o Japón hoy son mucho más ricos (en términos comparativos con Estados Unidos) que Argentina.

Si se compara el PBI per capita de Argentina en relación con el de Estados Unidos durante el período 1960-1969, se observa que el argentino promedio ingresaba el 31% del ingreso del ciudadano estadounidense promedio. Sin embargo, tras décadas de sustitución de importaciones (a pesar de una relativa apertura en los noventa), hoy ingresamos solo el 20% de lo que ingresan los norteamericanos.

El caso más interesante es el de Chile, que abandonó las ideas de las políticas ISI y que durante la última década, si bien no al nivel de los países asiáticos, mostró un ingreso per capita superior al nuestro y, por tanto, más cercano al de los Estados Unidos. Además, la tendencia es al alza, mientras que en nuestro caso es a la baja.

En conclusión, no podemos afirmar que las políticas de sustitución de importaciones sean la única variable que explica el fenómeno, pero sí podemos contar estos datos como evidencia de que, en general, a las economía más abiertas al comercio internacional les va mejor a la hora de incrementar la riqueza de sus ciudadanos y, por tanto, el nivel de vida en ese país.

PD: Los datos de PBI per capita en dólares corrientes fueron tomados del Banco Mundial.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.