La violencia de arriba engendra la de abajo

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 20/6/15 en: http://www.elheraldo.hn/opinion/851246-368/la-violencia-de-arriba-engendra-la-de-abajo

 

Que la violencia no puede solucionarse con violencia es de sentido común; pura lógica, y la ciencia lo corrobora.

Ya Aristóteles sabía que lo violento es contrario a la naturaleza, al cosmos y, por tanto, siempre destructiva, y los datos empíricos corroboran fuertemente las hipótesis científicas. Aun así, con toda esta evidencia abrumadora, hay quienes no pueden controlar el instinto primitivo del hombre, en tanto animal, y creen que, por ejemplo, encarcelando a los asesinos se termina el homicidio.

Pues no. Por caso, si encarceláramos a todos los sicarios de un cartel de drogas ocurrirá que serían reemplazados por otros del mismo u otro cartel, sencillamente porque ser sicario es muy rentable sobre todo en zonas donde la miseria y desocupación no dejan alternativas.

Así de simple, así de real. De modo que hay que buscar una solución de fondo porque, crease o no, es muy real y posible la existencia de sociedades en donde el delito es prácticamente inexistente, como Islandia que tiene un homicidio anual con una población de 332,000 habitantes, es decir, 0.3 homicidios anuales por cada 100,000 habitantes y puede mejorarse mucho.Para solucionar el delito hay que comenzar aceptando que la violencia solo trae más violencia y terminar con el moderno paradigma de autoridad según el cual un gobierno necesita de su monopolio para poder gobernar. Este monopolio de la violencia, además de que conlleva intrínsecamente corrupción porque el burócrata que decide su ejecución es susceptible de ser sobornado, es precisamente el que crea el delito.

Lo crea directamente como cuando decide la prohibición de las drogas, que son extremadamente dañinas, sin dudas, dando lugar al narcotráfico, madre de todos los delitos modernos. Luego, al cobrar impuestos coactivos, que los empresarios derivan hacia abajo vía aumento de precios, empobrecen a los pobres y, con la imposición coactiva de leyes laborales como el salario mínimo que impide que trabajen los que ganarían menos, crea desocupación. Así, el delito está servido.

Pues en América Latina y el Caribe el estatismo rampante, la imposición del monopolio de la violencia sobre la sociedad, empezando por la “guerra contra las drogas”, ha conseguido elevar la corrupción y el delito a niveles alarmantes.Con solo el 8% de la población mundial, la región concentra el 33% de los 450,000 homicidios anuales en los 219 países analizados por la ONG brasileña Instituto Igarapé en el llamado Homicide Monitor (Observatorio de Homicidios) con información de los años 2000 a 2012.Mientras que el índice mundial de homicidios al año es de 6.2 por cada 100,000 habitantes, Honduras tiene 85.52 homicidios por cada 100,000 habitantes; Venezuela, 53.7; Islas Vírgenes 52.60; Belice 44.74 y Jamaica 40.59.El Salvador ocupa el séptimo lugar con 35.71 homicidios por 100,000 habitantes, Guatemala está en noveno con 34.74, Colombia undécimo con 33.76, Brasil decimoquinto con 29, Puerto Rico decimooctavo con 27.67 y República Dominicana vigésima con 34.42.

Por cierto, la “tolerancia cero” nunca fue eficaz a la hora de controlar el delito, es solo demagogia que, según Wikipedia, viene del griego (μ ,dēmos, pueblo y agein, dirigir) y es una estrategia para conseguir el poder político apelando a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público mediante el uso de la retórica y la propaganda.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Sea feliz, ¡es una orden!

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 30/10/13 en: http://www.elnuevoherald.com/2013/10/30/1603272/alejandro-a-tagliavini-sea-feliz.html

Se supone, a partir del cristianismo y los clásicos griegos, que los seres humanos somos iguales y todos de valor infinito… aunque que ni tan iguales ni tan infinitos… en fin, ¡si solo fuéramos coherentes! Algunos de los que rezan todos los días, luego apoyan guerras o conflictos, militares o civiles, que necesariamente implican la muerte… ¿no era que cada persona tiene un valor infinito porque es una criatura de Dios? ¿Cómo es que, si su valor no se acaba nunca puede, de repente, terminarse al punto de suprimirlo?

Sin llegar al homicidio, ¿no somos todos iguales, todos de valor infinito? Parece que no: unos flacos, altos; otros gordos, petisos; unos inteligentes y hasta genios; otros brutos; unos ingenieros, médicos y otros ni saben leer, así parece que unos valen más o están más “preparados”. Entonces, como no son todos iguales y no todas las vidas tienen valor infinito, cabe que los “mejores” se impongan.

A ver, una cosa es que una persona decida que no sabe reparar autos y pague el servicio de un mecánico y otra, muy distinta, es que le impongan impuestos para sostener un estado de cosas que no quiere, aunque esto lo determine la mayoría, aunque así lo estipulen las “leyes” surgidas de una supuesta “constitución” que también le impusieron. ¿Quiénes? La “mayoría democrática”, que no sería igual a cada persona sino mejor, por ello, tiene derecho a ser violenta, a imponerse vía el Estado (el monopolio de la violencia).

Viene al caso el concepto de eficiencia. ¿Qué es? Los encuestadores y los investigadores del mercado lo saben: es lo que satisface al cliente. Es decir, es el cliente, las personas, el que define la eficiencia. No es caprichoso, surge de que el orden de la naturaleza prevé que el crecimiento personal es un hecho intrínseco –como todo: nadie le dice a un árbol cómo tiene que desarrollarse– y que, por tanto, cada persona tiene la obligación de decidir su devenir. Por eso, dicen los griegos clásicos, la violencia destruye porque es un hecho extrínseco al desarrollo natural.

Así, créalo o no esta sociedad incoherente, la mayor eficiencia en el desarrollo personal y social se da cuando cada persona, igual al resto y de infinito valor, decide su rumbo. Por el contrario, toda imposición coactiva es ineficiente, y las personas intentan evadirla. Ahora, cuantos más recursos (económicos) tiene una persona, mayor capacidad para derivar las cargas fiscales hacia abajo, por ejemplo, un empresario paga impuestos subiendo precios, bajando salarios, etc.

Venezuela es un caso tragicómico. Ni alimentos quedan. En septiembre el índice de escasez llegó al 21.2% según el Banco Central, cuando lo normal sería 5%. Por eso el gobierno importará 400,000 toneladas hasta fin de año. Maduro ha decidido que la felicidad debe decretarse y ha creado el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo para supervisar los programas sociales, las “Misiones”.

O sea que hará asistencialismo con el dinero de los más pobres (que son quienes terminan pagando las cargas fiscales) pero luego de dejar buena parte en la corrupción y la burocracia. Para que no queden dudas de que “ser feliz” es una orden, Maduro profundiza la militarización. Pretende que las “milicias bolivarianas” tengan un millón de miembros en 2019 a la vez que robustece las fuerzas armadas y amenaza y violenta a sus adversarios.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.