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La legislación laboral nazi argentina

Por Gabriel Boragina Publicado  el 4/2/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/02/la-legislacion-laboral-nazi-argentina.html

 

Son notables las semejanzas entre la legislación laboral del partido de Hitler y las vigentes a hoy día en la República Argentina. Dos expertos nos cuentan como eran las leyes laborales de los nazis:

“El hecho curioso fue que los sindicatos organizados se mantuvieran tan fuertes a pesar de la depresión. Tal acontecimiento fue el resultado de 10 años de legislación, comenzando en 1918, cuyo objetivo apuntaba a “ampliar el alcance, la fuerza y la autoridad de los sindicatos”. Estas leyes incluían un sistema de mediación y arbitraje mediante el cual las discusiones paritarias tenían lugar entre los sindicatos y los empleadores y organizaciones de empleadores; este sistema de relaciones laborales se consagró como el sistema más deseado y apropiado que regulara las relaciones laborales.”[1]

Lo que implica a decir que los sindicatos se mantienen, en realidad, artificialmente. No estaban sostenidos en el respaldo de una enorme masa de afiliados, sino que su único sostén era todo un entramado de leyes que se crearon específicamente para apuntalarlos como instrumentos del poder de turno. Sorprendería la similitud de la organización sindical nazi con la de la Argentina de nuestros días si no se supiera -como ya se sabe- que fue el régimen de Juan Domingo Perón quien copió la ordenación laboral nazi y la adaptó a la Argentina. Lo que si sorprende es que esta se hubiera mantenido casi sin tocar desde los años 1940 hasta el día de la fecha. Sigue vigente en este país la ley N° 14250 de asociaciones profesionales y la ley 20744 de Contrato de Trabajo (LCT) que, básicamente, responden a las mismas directrices que se señalan en la cita de arriba.

“El corolario de esta práctica fue que la ley no reconocía a los sindicatos de una empresa o a las asociaciones gremiales independientes que actuaban como delegadas de los trabajadores. Más aún, los trabajadores no estaban autorizados a celebrar acuerdos individuales con los empleadores y no se les permitía permanecer en sus empleos en caso de perder la afiliación a sus sindicatos.”[2]

Esta figura, que en Argentina la ley mencionada (N° 14250) designa con el nombre de personería gremial, esta, en realidad, tomada de la Carta dil Lavoro de Benito Mussolini de 1922. En los hechos, implica que el gobierno otorga un monopolio artificial a un sindicato por encima de cualesquiera otros, para “negociar” (en rigor, imponer) las “condiciones de trabajo” que el sindicato (con el beneplácito del gobierno, obviamente) desea al resto de los empleadores del país. El efecto económico de este tipo de organizaciones es sumamente claro: elevación de los salarios nominales por medio de leyes o acuerdos de salarios mínimos y su consecuencia ineluctable: altas tasas de desocupación.

“Existían comisiones oficiales de arbitraje cuya función consistía en resolver las discrepancias entre los empleadores y los sindicatos, cuando fracasaban los acuerdos entre dichas partes. Poco tiempo después, la participación del gobierno se incrementó.”[3]

Nuevamente, aparecen las similitudes con la legislación laboral actual en Argentina. La función de las comisiones oficiales de arbitraje nazis es exactamente la misma que cumplen los ministerios de trabajo en Argentina, los que -entre otras regulaciones- tiene la facultad de homologar (o no hacerlo) esos supuestos “acuerdos colectivos” a los que llegan las partes. Y en caso de no llegar a ningún entendimiento, imponer el propio a criterio del ministro del ramo de turno. En rigor, no se “resuelven” las discrepancias (las que quedan latentes) sino que se impone la decisión última de un tercero ajeno al conflicto (el gobierno mediante el ministerio de trabajo). Sigamos con los nazis:

“El gobierno se otorgó la facultad para extender mediante un decreto la obligatoriedad de un acuerdo celebrado con una empresa en un determinado distrito a todas aquellas empresas de la misma rama de la industria ubicadas en ese distrito. Esta atribución aumentó considerablemente el poder de los sindicatos que seleccionarían a la empresa más poderosa del distrito desde el punto de vista financiero para establecer los términos que los empleadores más pobres estaban obligados a aceptar.”[4]

Continúan aquí las notables analogías entre la legislación nazi y la Argentina de nuestros días. La misma facultad otorga la legislación argentina al ministerio de trabajo cuando decreta la homologación de lo que la ley denomina “convenciones colectivas de trabajo” y que no son otra cosa más que esos pseudo-acuerdos que se dicen “lograr” en las también llamadas “negociaciones paritarias”. La homologación predicha no es más que una resolución del ministerio de trabajo que extiende los alcances y efectos del “acuerdo” homologado a todas las empresas de la misma rama o del sector por actividad con alcance nacional (en el caso nazi parece que era más limitado y solo abarcaba y se limitaba al distrito).

“A pesar de ello, aún existían ciertas instancias en las que el acuerdo fracasaba y la solución se dilataba. Para resolver esta situación, el gobierno anunció que un mediador podía proponer una posible solución que definiría el monto del jornal a percibir en caso de que una de las partes en desacuerdo diera su consentimiento. Esta medida se utilizaba sólo excepcionalmente en el comienzo, pero pronto se generalizó.”[5]

Por supuesto, y esto es lo importante, no se aceptaba o se desconocía el mecanismo de fijación de salarios del propio mercado libre que es el único que determina realmente los salarios justos. Los nazis tenían como propósito desmantelar todo vestigio de libre mercado en todas las áreas que dominaban. Y procedieron al principio en forma gradual, si bien en el corto y mediano plazo extendieron sus tentáculos hacia toda forma de manifestación (sea económica o no económica). En suma, era el gobierno que, al final del camino, termina imponiendo el salario que -a juicio del burócrata de turno- “correspondía” o era el “justo”. Nuevamente, son notables los paralelismos con lo que hoy en día sucede en la legislación laboral argentina, donde hay mediadores en instancias previas y en casos colectivos el mediador es el propio ministerio de trabajo. Igualito que los nazis.

[1] ROBERT L. SCHUETTINGER – EAMONN F. BUTLER. 4000 Años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires. Pag. 97-98

[2] Ibidem, p. 97-98

[3] Ibidem, p. 97-98

[4] Ibidem, p. 97-98

[5] Ibidem, p. 97-98

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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Sobre la importancia que le damos a lo que habitualmente no la tiene

Por Gabriel Boragina Publicado  el 31/12/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/12/sobre-la-importancia-que-le-damos-lo.html

 

La experiencia en las redes sociales brinda interesantes revelaciones. Una de ellas es la excesiva importancia que se le otorga a cosas y personas que -en realidad- carecen de ellas y deberían ser “premiadas” con la indiferencia más absoluta.
Por ejemplo, ciertos personajes siniestros de nuestra política son una y otra vez citados en posteos y comentarios, positiva o negativamente. Cuando es negativamente, la mayoría de las veces es para criticarlos o burlarse de ellos.
La misma suerte corren personajes del mundo de la farándula, del periodismo, del deporte o de ciertas profesiones. Son mencionados y citados una y otra vez, con la intención de perjudicarlos o difamarlos, perdiéndose de vista que muchas veces tanta insistencia y tanto énfasis en ello puede llegar a producir el efecto contrario al buscado. Esto es: en lugar de perjudicarlos con una mala imagen, en cambio se los está poniendo inconscientemente en el centro de atención pública una atención que -en otro caso- no merecerían.
Es bastante probable que ciertos personajes extravagantes hagan despliegue público sus incongruencias adrede, y con el sólo propósito de buscar reconocimiento y notoriedad. Una notoriedad que -en caso contrario- no tendrían y en cuyos supuestos sus existencias pasarían enteramente desapercibidas. Pero como sus egos son los suficientemente grandes como para atravesar cualquier barrera del ridículo que se les oponga, no dudan en saltarlas para poder adquirir la publicidad que -de otro modo- carecerían.
Los individuos que adolecen de valores morales o que sufren ciertos desarreglos nerviosos normalmente ansían reconocimiento social, fama y riqueza. Un medio para lograrlos es hacer cosas malas o -en el mejor de los casos- absurdas porque, curiosamente, en nuestras sociedades “modernas”, las cosas buenas o conductas normales, pasan inadvertidas, precisamente por eso mismo, porque en una sociedad donde todos los valores morales de los comunicadores y/o dirigentes sociales están pervertidos lo bueno y normal es lo que hace la gente común y corriente. Lo que es noticia es lo contrario (lo absurdo, lo perverso, lo nefasto). Entonces, acuden a esta última vía.
De allí que, el periodismo comúnmente exalte lo grotesco, lo inmoral, lo repugnante, lo cruel, lo depravado, etc. Y el resto de las conductas buenas, altruistas, cooperativas y bondadosas directamente se ignoren por quienes tienen algún medio de difusión a su alcance. Otro tanto veo que sucede en las redes sociales donde se reproducen las mismas conductas a una escala menor, igual o mayor que en los medios de información masivos (TV, radio, etc.).
Entiendo que es por este mismo motivo que las pantallas de TV y las emisoras de radio comenten y entrevisten a aquel tipo de personas que encarnan los desvalores antisociales, y que sea tan frecuente escuchar en esos medios insultos, gritos y agresiones de todo tipo, incluso físicas. Estos logran gran audiencia por diferentes públicos, en parte de las personas que comparten de buen grado esas atrocidades, y en otra parte por la gente normal que no puede creer lo que ve y/o escucha. En ambos casos se le está dando rating y publicidad a quienes no los merecen.
No está mal criticar lo que se cree que está mal o elogiar lo que se cree que es meritorio. La denuncia tampoco es mala en si mimas. Sólo que es necesario que reconozcamos que nuestros comentarios -tanto en uno como en otro caso- están cargados de subjetivismo, y si nuestro propósito es que otros compartan nuestros juicios de valor, indirectamente estaremos poniendo en el centro de atención lo que pretendemos criticar o elogiar, y que nuestros objetivos pueden obtener los resultados inversos a los previstos. Pero cuando el ataque se centra sobre una persona y no sobre sus actitudes o ideas generadoras se esta agrandando su figura y empequeñeciéndose lo verdaderamente relevante, que es aquello que lo mueve a actuar como lo hizo o hace.
Esto es particularmente cierto en cuanto a los individuos, que son a los que más se les aplican los juicios valorativos que se hacen públicos y masivos en las redes, pero también en los medios tradicionales de información social (TV, radio, periódicos).
Hay muchas personas que, objetivamente, se comportan mal y aun han delinquido (como en el caso político argentino ha sucedido con el nefasto matrimonio Kirchner y sus secuaces) pero ya sea que se esté en contra o favor de ellos el permanente referirse a esas personas las posiciona en un lugar que entiendo no merecen. En su lugar, deberían exaltarse las conductas contrarias y los valores opuestos a lo que ellos hicieron. Importan las ideas y no quienes portan esas ideas.
Todo tiene una medida y una proporción, y excederse de ellas siempre produce efectos contrarios a los deseados. Es casi como la ley de la física de acción y reacción.
Debieran más bien destacarse sus actos y no sus personas, y si su accionar es malo o reñido con la ley aplicarles las penas que correspondan y olvidar sus personas (no sus conductas ni ideas). Recordar los hechos y los castigos que merecieron es más útil que hacerlo con los nombres a los cuales se les aplican o aplicaron. Porque, en última instancia, los personajes que hacen o hicieron mal en el presente o en el pasado, no son importantes. Lo que importa, son las ideas que los movieron a hacer lo que hicieron. Y de la misma manera que el nazismo no fue un resultante de Hitler, el populismo no es un resultante de los Kirchner. Hay que insistir, en cambio, en que si no queremos más Hilter´s ni más Kirchner´s debemos desterrar el populismo (el nazismo es un populismo extremo, o el populismo en su fase más alta).
Hay que insistir pues en la crítica o exaltación de las ideas, y no en el de las personas que portan esas ideas. Y en cuanto a los extravagantes, maleducados, provocadores y agraviantes, pero sólo mediáticamente, el mejor tratamiento es la indiferencia y la ignorancia de los mismos. Darles importancia o prestarles atención es magnificar lo insignificante de sus personas y sus conductas. 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La izquierda de Hans-Hermann Hoppe

Por José Benegas. Pubicado el 21/11/17 en: https://www.patreon.com/posts/15483466

 

Les voy a hacer un adelanto del análisis que estoy haciendo de un trabajo de Hans-Hermann Hoppe titulado “Realistic Libertarianism”, que, no es ni realista, ni mucho menos libertario. Para quienes no lo conocen, Hoppe es miembro del Mises Institute, discípulo de Murray Rothbard y autor de un buen libro llamado “Democracy, the god thad failed”, donde con precisión señala las inconsistencias del concepto de representación política y como hasta la monarquía resulta ser menos peligrosa para las libertades individuales. Esa obra es muy recomendable, lo que está escribiendo últimamente es bochornoso, no puedo calificarlo de otra manera.

Me estuve preguntando en los dos últimos años de dónde salía la ola (o La Ola) de “liberales” (este entrecomillado no la va de puritanismo liberal, se los aseguro), que sostenían de un modo muy agresivo y cobarde, posiciones nacionalistas, racistas, xenófobas y cuanta cacería de brujas se le cruzara, en nombre de un “verdadero libertarianismo” o “libertarianismo paleo”, lo cual es toda una confesión como denominación. Está muy de moda entre los que abusan del concepto ambiguo de “marxismo cultural”, un fantasma que entusiasma por igual a críticos del marxismo y a partidarios del fascismo católico que están obsesionados por el sexo. Posturas todas ellas antiliberales, pero esta gente parecía un grupo de quintacolumnistas que no iban a tener éxito alguno entre gente formada en el concepto de libertad individual y con conocimiento del proceso de colaboración social que sigue a su consagración. Me equivoqué, estas eran ideas se gestaban en la cabeza del autor de “Democracy, the god that failed”, que incorporaría en gran medida el mundo del canapé, de la apolítica, del escondámonos debajo de la cama a hablar de temas que solo nos interesan a nosotros, de modo de no tener que dialogar con extraños. Ahora se los ve felices interactuando con nazis declarados. Entonces empezaron a tratarnos de idiotas a los que no creíamos en las fronteras, como Bastiat, en el nacionalismo, como todos los liberales, y mucho menos en el proteccionismo, mientras ellos se acercaban a las protestas de los comunistas antiglobalización de los ochenta, a los de Tacuara en la Argentina y a los Trumpistas en Estados Unidos. Hoy nos hablan de “dumping”, tipos que crecieron leyendo a Mises. Todo eso encaja en el irreal “realismo libertario” de Hans-Hermann Hoppe.

Como les digo, es un adelanto. Es tal la maraña de confusiones, trampas y razonamientos adolescentes que tiene este trabajo, que me llevará bastante tiempo desmenuzarlo. Van apenas algunos puntos.

Lo primero que señalaré es lo que puse cuando comenté lo refutable que era el postulado supuestamente axiomático a priori de “todo conflicto es consecuencia de la ausencia de propiedad privada y la propiedad empieza con la potestad sobre nuestro cuerpo”. Lo separé del análisis, porque lo considero incorrecto, pero en realidad es lo único que tiene una inspiración libertaria o liberal de todo el artículo. Uso libertario como sinónimo de liberal. Lo cierto es que la primera palabra fue inventada en el propio círculo rothbariano cuando muchos liberales comenzaron a volcarse a la izquierda, con la discriminación positiva y otras confusiones. Ahora, en Estados Unidos, liberal es sinónimo de izquierda. El propio Hoppe, en otro lado, dice que en este momento se vive algo igual, porque el verdadero libertario es él, que cree en una sociedad donde predominen los varones blancos heterosexuales (como Hitler, Carter, Clinton, Alinsky, el propio Hoppe, y siguen las firmas). El falso sería el que promueve la libertad de comercio, la libertad individual y de contratación (de la que deriva el derecho a la libre circulación por las fronteras, que él considera violatoria del derecho de propiedad). Coincido con Hoppe en que esto requiere un nuevo cisma, pero en realidad pienso que son él y sus seguidores que aplauden cada afirmación troglodita que sale de su boca, quiénes deben irse con su palabra, hasta que inventemos otra para los que no hemos cambiado de opinión. O, si no, que hagamos lo que tenemos que hacer que es recuperar la palabra liberal, porque la huida hacia la otra, fue eso, una huida, algo que no debe hacerse. Indudablemente el movimiento liberal o libertario, como quieran llamarle, en los Estados Unidos tiene un problema serio si le pasa esto por segunda vez y si terminan casi queriendo preservar el Estado Benefactor, para encontrar una excusa fallida para su xenofobia, unos que quieren hablar en nombre de “la derecha”.

Su propósito es, justamente, identificar al libertarianismo con la “derecha”. Ese concepto tan equívoco que, como señaló mi amigo Diego Trinidad en su libro “La izquierda eterna…”, nunca existió. Se les llama así a cosas muy distintas. El concepto claro es el de izquierda, y, por cierto, siempre lo he pensado, abarca las ideas de Hoppe. Pero es muy concreta la derecha a la que quiere asociarse Hoppe. Es a Donald Trump. Si eso requiere estar al lado de Richard Spencer, no le hace asco. Hasta organiza eventos con él, de quién dice que es una lástima que se haya “desviado”. Se ve que no lo suficiente para no compartir tribuna con él.

La falacia que utiliza para la asociación es que, mientras la izquierda postula la igualdad, la derecha postula la desigualdad, lo que haría fácilmente identificar al liberalismo con la segunda postura. Pero la desigualdad del liberalismo es simplemente aceptada, no se interesa por quién triunfa más o menos, porque toda asignación de patrimonios en ausencia de violencia, es la que es buena para todos, hasta para los menos hábiles. La habilidad no detenida es una oportunidad para el comercio. El menos habilidoso accede a la ventaja del más habilidoso a través del intercambio y, respetarlo, es la clave. La desigualdad de una sociedad de castas, en cambio, es todo lo opuesto al liberalismo. La idea de que los blancos son mejores que los negros, es repugnante al liberalismo. La habilidad del mercado no es una virtud colectiva, aunque las estadísticas digan que un agregado llena más requisitos de “superioridad” en la escala de valoración de uno o muchos iluminados (que ni siquiera son capaces de advertir que cuando miden, ya valoraron). El mercado no premia la virtud “pura”, sino la virtud del intercambio, la libremente elegida. Los preciso mueven las decisiones de inversión y trabajo, por lo tanto los precios tienden a parecerse, a igualarse. Por eso la desigualdad no es un objetivo, es una sitación de hecho. Una frontera es el obstáculo al comercio, también de trabajo.

Hoppe elige esta caracterización ambigua de derecha e izquierda para asociar liberalismo a segregación colectivista y para afirmar que las fronteras son una expresión de la propiedad privada. No distingue incluso la propiedad común, adquirida por varias personas en forma privada, y la “soberanía”, como la consagración del colectivismo político y el cadalso histórico de la libertad individual, la única que existe. Para el mercado ni siquiera existe la “inmigración”, existen los contratos de trabajo, de compra venta y la adquisición de inmuebles, cuya propiedad es imposible sin estar asociada a la de circulación.

Recurre a argucias realmente tan contrarias a la mínima capacidad de análisis, que me asombra cómo han prendido. Habla de las carreteras como una propiedad de los locales que los extranjeros usurpan. Las carreteras fueron hechas con un despojo, cuando no se paga peaje por ellas peor, pero no son la propiedad de nadie particular. El estado las administra y, como toda cosa común, no puede decirse que el criterio de su izquierda xenófoba sea mejor al de la otra izquierda victimizante o a la del comerciante en particular que quiere vender sus productos a los mejores postores y cuyos derechos de propiedad y el valor de sus propiedades, son comprometidos por el éxito que la estupidez nacionalista tiene a la hora de justificar al estado y a su presupuesto. Su cierre de carreteras para que las maneje Spencer, viola todos los derechos de los propietarios conectados a ella.

Los argumentos de Hoppe, llevan a conclusiones opuestas a las que pretende. Si las carreteras públicas fueran un “bien” de los locales que fuera una extensión de su propiedad privada, entonces el estado no hace más que proteger la propiedad privada cuando las construye y habría que legitimarlas. Ninguna de las tonterías que afirma en su artículo son menos aplicables a los turistas que a los “inmigrantes”, denominación que, repito, pertenece al lenguaje colectivista estatista.

Los xenófobos quieren sobre las fronteras aplicar el mismo criterio que todo poseedor comunal busca: sacar provecho, aplicar sus bajos sentimientos, que no utilizan en sus intercambios privados seguramente, y distribuir el costo entre todos. Las carreteras bien o mal construidas, tienen un fin de comunicar, benefician a quienes están en cualquiera de sus extremos para posibilitar intercambios. El impedirlos afecta los derechos de propiedad de todos. Las reglas colectivistas también.

No aplica mínimamente el individualismo metodológico. Introduce el problema de los grupos como si fuera idéntico al de los individuos, porque quiere justificar su preferencia por los varones blancos heterosexuales. En Estados Unidos la estupidez racista llega a tales extremos (creo que eso explica la decadencia de los liberales-libertarios en este país), que en casi cualquier formulario se pregunta la raza del que lo tiene que llenar. Si se contesta “blanco”, sigue otra pregunta ¿Pero blanco hispano? Hay hasta blancos y blancos, para los paleos, trogloditas, que los diseñan.

Al final, como digo, de la galera saca esa asociación con la supremacía que vende. Es un artículo que directamente me produce vergüenza ajena. No sé si lamentar el daño que ha hecho entre los liberales o festejar que nos despeje el panorama de los que en el fondo parecen no haber entendido nunca nada.

Lamento informarles a los partidarios de Hoppe, uno de cuyos objetivos es, se supone, atacar al multiculturalismo, que lo de ellos es precisamente multiculturalismo. Solo que mientras la izquierda defiende la igualdad colectivista, ellos defienden la desigualdad colectivista, aceptando las falacias de base del multiculturalismo. Pero eso lo dejaré para el trabajo final.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Arthur Koestler: una vida intensa

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 16/6/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/06/16/arthur-koestler-una-vida-intensa/

 

El subtítulo de uno de los libros de Fernando Savater reza se este modo: “Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”. Magnífico resumen de la parte más sustanciosa de la vida a la que no todos le sacan debido provecho. Como escribía Goethe: “Al leer uno no sólo se informa sino, sobre todo, se transforma”. La lectura tiene la gran virtud de ejercitar la imaginación y, por ende, estimula el espíritu creativo, a diferencia, por ejemplo, de las incursiones televisivas que imponen el ritmo y dan servida la imagen. La lectura de obras de peso conduce al buen pensamiento, a lo que algunos le escapan por desidia o por miedo al cambio que suele hacer crujir por dentro al lector.

En todo caso, en esta nota periodística me voy a referir a un personaje suculento que era un gran lector y, por tanto, un gran pensador: Arthur Koestler, como se sabe, a su vez, un gran escritor. Su Autobiografía en dos tomos; sus célebres colecciones de ensayos, especialmente En busca de lo absoluto, que contiene la muy meditada crítica a Gandhi, sus reflexiones sobre el materialismo, el concepto de la teoría, entre otros; The Art of Creation, sobre la risa, el proceso de descubrimiento, aprender a pensar, la evolución de las ideas, las emociones y otros temas relevantes; y sus muy difundidas novelas El cero y el infinito Darkness at Noon; las dos severas reprimendas al comunismo del cual él formó parte y abandonó espantado por las horrendas crueldades del sistema. En realidad hay quienes opinan que no son estrictamente novelas sino más bien ensayos de denuncia, como Koestler mismo confiesa en su antes referida autobiografía: “Arruiné la mayor parte de mis novelas por mi manía de defender en ellas una causa; sabía que un artista no debe exhortar ni pronunciar sermones, pero seguía exhortando y pronunciando sermones”.

Apunto aquí una digresión respecto a esta última cita de Koestler cuya conclusión, si bien la más difundida entre los escritores, no es compartida por todas las grandes plumas. Menciono tres ejemplos. T. S. Elliot se pregunta: “¿Es que la cultura requiere que hagamos un esfuerzo deliberado para borrar todas nuestras convicciones y creencias sobre la vida cuando nos sentamos a leer poesía? Si es así, tanto peor para la cultura”. A su vez, Giovanni Papini sostiene: “El artista obra impulsado por la necesidad de expresar sus pensamientos, de representar sus visiones, de dar forma a sus fantasmas, de fijar algunas notas de música que le atraviesan el alma, de desahogar sus desazones y sus angustias y, cuando se trata de grandes artistas, por el anhelo de ayudar a los demás hombres, de conducirlos hacia el bien y hacia la verdad, de transformar sus sentimientos, mejorándolos, de purificar sus pasiones más bajas y exaltar aquellas que nos alejan de las bestias”. Y, por su parte, Victoria Ocampo concluye: “El arte de bien elegir y de bien disponer las palabras, indispensable en el dominio de la literatura, es, a mi juicio, un medio y no un fin […]. No veo en realidad por qué, cuando leo poesía, como cuando leo teología, un tratado de moral, un drama, una novela, lo que sea, tendría que dejar a la entrada —cual paraguas en un museo— una parte importante de mí misma, a fin de mejor entregarme a las delicias de la lectura”.

Vamos ahora sumariamente a la vida y, sobre todo, a ciertos pensamientos de nuestro personaje. Koestler operó activamente contra el régimen nazi en diversos frentes. Se estableció en Viena y en Berlín; fue corresponsal en España, donde se salvó milagrosamente de ser fusilado por las fuerzas franquistas. Sus peripecias en Francia lo condujeron a un campo de concentración hasta que pudo refugiarse en Inglaterra, país en el que desarrolló la mayor parte de sus estudios y escribió el grueso de sus obras de mayor calibre. Nació en Budapest en 1904 y, tal como había planeado si su salud lo amenazara de tal modo que correría el riesgo de quedar en estado vegetativo, cuando se presentó esa situación, se quitó la vida, en París, en 1983, junto a su mujer, que procedió de igual manera, ingiriendo el mismo veneno que utilizó muchos años antes su amigo Walter Benjamin.

Sus escritos revelan su curiosidad, su inteligencia, que le permitió una faena polifacética y su templanza. Afortunadamente trasladó esas virtudes en sus trabajos principalmente debido a su deseo de perpetuarse en las bibliotecas y, como señalan sus editores al recoger sus escritos, afirmó: “Tengo una idea muy exacta de lo que a mí, como escritor, me impulsa. Es el deseo de trocar cien lectores contemporáneos por diez lectores dentro de diez años, o por un lector dentro de cien años”.

Son sumamente aleccionadoras algunas de sus observaciones al correr de la pluma, aunque puestas en contexto no siempre el autor parece percatarse de las consecuencias últimas de lo que dice. Por ejemplo, ilustra magníficamente en una frase lo que otros hemos intentado explicar en largos ensayos y es un mundo físico frente a la cambiante capacidad de decidir, el libre albedrío de los humanos. Así dice: “Uno puede calcular con una exactitud de una fracción de grado dónde se encontrará Sirio dentro de un millón de años, pero no puede predecir la posición espacial de su cocinera dentro de cinco minutos”.

Asimismo, muestra la jerarquía mayor del espíritu frente a la materia al sostener: “La diferencia entre vender el cuerpo y las otras formas de prostitución —política, literaria, artística— es simplemente una cuestión de grado, no de clase. Si la primera nos repele más, es señal de que consideramos el cuerpo más importante que el espíritu”. A lo que agrega: “Desde fines del siglo XVIII, el puesto de Dios ha quedado vacante de nuestra civilización; pero durante el siglo y medio siguiente ocurrieron tantas cosas que nadie se dio cuenta […]. La búsqueda de la ciencia en sí no es nunca materialista. Es una búsqueda de los principios de ley y de orden en el universo, y como tal es una empresa esencialmente religiosa”.

Como todos los de su generación, Koestler vivió los atentados antihumanos más concentrados y extendidos de la historia que, como refiere este escritor de fuste, tuvieron por cabeza a Stalin, Hitler y Mao, lo cual infectó distintos ámbitos, situación que dejó cicatrices que todavía padecemos. Sin embargo, Arthur Koestler pudo zafar del vendaval y concluyó que todos los sistemas totalitarios destrozan la condición humana y que el nacionalsocialismo y el comunismo están a la par.

No pocos de los que modifican su actitud intelectual desde el socialismo hacia el liberalismo revelan incomprensiones respecto al análisis económico, por lo que se filtran aquí y allá manifestaciones contradictorias con la libertad y el respeto recíproco, porque las más de las veces no aparece en ellos una conducta suficientemente masticada. No es así en todos los casos, hay ex socialistas que son formidables defensores de la sociedad abierta en todas sus ramas, porque ante todo debe subrayarse que el espíritu liberal no corta en tajos la libertad. No concibe como una muestra de racionalidad el mantener que se es liberal en lo político pero no en lo económico, como si el continente pudiera sostenerse en el vacío sin proteger al contenido, es decir, como si se pudiera adherir a las libertades civiles o al marco institucional del liberalismo sin garantizar que cada uno pueda hacer lo que estime conveniente con su vida y su hacienda, que es precisamente el contenido o la libertad económica.

Pues bien, en los muchísimos escritos de Koestler se nota este lastre de su anterior posición socialista. Dada la vida por la que transitó este escritor, tal vez sea lo menos que puede faltarle en su formación. Es en verdad curioso pero a los que se esfuerzan en demostrar los problemas inherentes a la economía se les dice peyorativamente “economicistas”, como si hubiera que abandonar la mencionada faena, especialmente la de explicar el significado del proceso de mercado, cuando, como queda dicho, es una de las causas centrales del malentendido. Muy distinto es desde luego operar con anteojeras y mirar sólo el lado crematístico y desatender los campos del derecho y la filosofía, que son complementos indispensables, incluso para comprender la misma economía.

Por supuesto que hay otros intelectuales que, conociendo los horrendos crímenes del stalinismo comunista, alabaron el sistema con una malicia sin límites, como fue el caso de Bertolt Brecht, al decir de Koestler: “El poeta más celebrado entre los charlatanes comunistas de ese período fue Bertolt Brecht que puso de manifiesto gran deshonestidad intelectual […]. Uno de los estribillos, que encierra la fórmula de Brecht en una fórmula que se hizo popular en la Alemania de la época prehitlerista: ‘Pues, primero está mi estómago, luego, la moral’. El tema de otro de los éxitos de Brecht, la pieza didáctica Un hombre es un hombre, puede asimismo reducirse a la fórmula ‘al diablo con el individuo’ […]. La pieza teatral La medida, que es al mismo tiempo la obra de arte más reveladora de toda la literatura comunista, representa la culminación de la carrera literaria de Brecht. Creo que sin duda los historiadores del futuro la citarán dentro de algunos siglos como una perfecta apoteosis de la inhumanidad” (Hannah Arendt recuerda “sus odas a Stalin”, por mi parte agrego que igual fue el caso de Neruda). Es como afirmaba Trostsky: “Nuestra meta es la reconstrucción total del hombre”, pensamiento que no sólo revela una arrogancia fatal, como diría Hayek, sino el deseo de convertir al hombre en dócil rebaño.

Cierro esta nota con un último aspecto que con toda razón indignaba a Koestler (“la indignación moral puede compararse con una explosión interior” dice el autor) y es subrayar enfáticamente: “Aprovecharse plenamente de las libertades constitucionales que asegura la sociedad burguesa con el fin de destruirlas constituye un principio elemental de la dialéctica marxista”, lo cual se traduce como uno de los mayores peligros, es decir, el apartarse por completo del sentido de la democracia de los Giovanni Sartori de nuestra época para sustituirla por la cleptocracia, a saber, gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. Al efecto de contrarrestar esta avalancha mortal, es indispensable el establecimiento de nuevos límites al abuso del poder para que los enemigos de la sociedad abierta no la puedan demoler bajo la fachada de la democracia.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Democracias que mutan en dictaduras

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 8/5/17 en: http://economiaparatodos.net/democracias-que-mutan-en-dictaduras/

 

Por eso es importante insistir en limitar el poder del estado y no tanto en el voto para elegir autoridades

La dictadura chavista que hoy está cometiendo todo tipo de terrorismo de estado, encarcelando a opositores y asesinando a mansalva al pueblo venezolano surgió del voto popular. No es la primera vez que la democracia muta en dictadura. Hitler ganó las elecciones de noviembre de 1932 con el 33% de los votos. Sin embargo, por esas cosas de la historia, terminó siendo nombrado canciller estableciendo una de las dictaduras más sangrientas de la historia y sumergiendo a Europa en la Segunda Guerra Mundial.

Hay dos formas de llegar a una dictadura: 1) mediante las armas y 2) mediante el voto. En el caso 1) tenemos a Fidel Castro que bajo el argumento de luchar contra la dictadura de Batista, fue apoyado por el pueblo cubano y luego, una vez en el poder, estableció una dictadura mucho más feroz que la del sargento Fulgencio Batista. Castro se cuidó muy bien de no comunicar sus aspiraciones de establecer una dictadura comunista en Cuba y solo lo expresó abiertamente cuando tenía el control absoluto del poder armado.

Chávez primero intento llegar al poder por medio de un golpe de estado en febrero de 1992 y luego gana las elecciones presidenciales de 1998 pero escondiendo sus verdaderas intenciones de establecer una dictadura.

En nuestro país el kirchnerismo usó el voto para llegar al poder y luego, con recursos que le permitieron aplicar populismo en abundancia, quisieron “ir por todo” que no era otra cosa que establecer una dictadura simulando un sistema democrático.

Es claro que la democracia puede mutar en dictadura si los valores que imperan en una sociedad no son los de la libertad y el límite al poder del estado no es sólido. En una república democrática no solo es relevante la forma en que se eligen los gobernantes, el voto, sino que más importante aún es establecer límites al poder del estado. Es que en una democracia republicana el ciudadano se desarma y le entrega el monopolio de la fuerza al estado para que este defienda el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. Si luego de asumido el poder mediante el voto, la persona elegida usa el monopolio de la fuerza contra los ciudadanos, la democracia republicana muta en dictadura y resulta muy difícil quitársela de encima sin derramar sangre.

En la década del 70 una ola terrorista impulsada, apoyada, entrenada y financiada por Cuba y la URSS intentaron, mediante el uso de las armas, establecer dictaduras marxistas en casi toda América Latina. Esos intentos no contaron con el apoyo de la población y fueron derrotadas por las fuerzas armadas de cada país. Unas veces manteniendo la democracia republicana y otras mediante golpes de estado. Latinoamérica fue objeto de una agresión externa bajo la forma de terrorismo. Es decir, fue un terrorismo de estado exportado por Cuba hacia los países latinoamericanos. Fidel Castro utilizó el poder del estado cubano para financiar, entrenar y apoyar el terrorismo de las diferentes bandas de terroristas. Por eso lo hecho por el ERP y Montoneros fue terrorismo de estado, pero un terrorismo de estado apátrida porque, incluso, esos terroristas traicionaron a su país para intentar tomar el poder y ponerlo bajo la órbita del poder de marxista de Fidel Castro. El objetivo subordinar la independencia Argentina a los caprichos autoritarios de Fidel.

La ola de dictaduras latinoamericanas de fines de los 90 y principios de los 2000 comprendió que el camino para conseguir el poder no pasaba tanto por las armas, sino por el apoyo del pueblo. Para eso usaron la democracia republicana para llegar al poder y una vez en el poder, con el beneficio de buenos precios internacionales de los precios de exportación, consiguieron el favor del votante repartiendo dinero a diestra y siniestra. El objetivo era: 1) ganarse el favor del votante mediante la distribución populista del ingreso y 2) ir controlando los resortes del poder usando el monopolio de la fuerza persiguiendo implacablemente a los opositores. Un verdadero terrorismo de estado surgido del voto.

Obsérvese que la mayoría de los dictadores surgidos del voto han buscado la reelección indefinida. En unos casos lo lograron y en otros el pueblo le puso un límite. Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Cristina Fernández en Argentina son tres ejemplos. El proyecto kirchnerista era muy similar al del chavismo pero Cristina Fernández se topó con una resistencia pacífica de la población que en 2013 le cerró las puertas a la reforma constitucional y a perpetuarse en el poder.

Es que una vez que estos gobiernos autoritarios surgidos del voto van ejerciendo el poder, terminan en la corrupción y en la violación de los derechos individuales que les impide dejar el poder. Saben que pueden ir presos por corrupción y abuso del poder, por lo tanto tratan de perpetuarse en el gobierno para su propia protección. Para alcanzar ese objetivo llega un punto en que tienen que ser cada vez más violentos con la oposición, más autoritarios en la política economíca que agoniza y más arbitrarios en el uso del monopolio de la fuerza.

Por eso es importante insistir en limitar el poder del estado y no tanto en el voto para elegir autoridades. En ser absolutamente intransigentes con la redistribución arbitraria de la riqueza y el ingreso, porque es esa redistribución arbitraria de la riqueza y el ingreso el arma que usan los gobierno autoritarios para perpetuarse en el poder. Necesitan robarle el fruto de su trabajo a unos pocos para luego repartirlo entre muchos que son los que les van a dar su voto para seguir en el poder. Cuando los recursos se acaban por la misma dinámica saqueadora del gobierno, entonces la represión se hace sentir sobre los sectores más humildes, como puede verse en Venezuela.

El huevo de la serpiente para que las democracias muten en dictadura está en ese poder que se le otorga a los gobernantes para repartir la riqueza a su gusto, comprando voluntades políticas. La democracia republicana puede ser atacada por su peor enemigo, las dictaduras, gracias al llamado estado benefactor que elimina el límite que debe tener el estado.

En definitiva, la socialdemocracia ha transformado la democracia en una competencia populista para terminar estableciendo dictaduras como la chavista. Ser absolutamente severos limitando el poder del estado es la única forma de evitar que democracias republicanas terminen en feroces dictaduras como la que está padeciendo el pueblo venezolano.

Recordemos, lo importante no es solo votar para elegir las autoridades, lo más importante es limitar el poder de esas autoridades surgidas del voto.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

EL VALOR DE LAS INSTITUCIONES: GIOVANNI SARTORI

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Ha muerto quien hasta ahora y en el contexto de esta etapa de la evolución puede considerarse uno de los representantes más destacados de la ciencia política desde Aristóteles. No es una exageración decir que ese pensador es Giovanni Sartori. No lo conocí personalmente pero conservo nuestra correspondencia a raíz de la presentación de mi ensayo “Toward a Theory of Autogovernment” en un seminario en Seúl, en agosto de 1995, patrocinado por la International Cultural Foundation, trabajo que tuvo la amabilidad de comentar (lo cual agradecí en mi libro El juicio crítico como progreso de 1996).

Por marcos institucionales Sartori entendía las normas que protegen los derechos individuales a la vida, a la libertad y a la propiedad de lo cual depende la civilización. Su recorrido intelectual lo dedicó a estudiar y enseñar acerca de los límites al poder político para que no se salga de sus funciones específicas a la protección a aquellos derechos y, asimismo, el señalar los graves peligros de que los aparatos estatales se conviertan de protectores en agresores con lo que los gobiernos a través del abuso de mayorías destrocen los valores y principios de una sociedad abierta.

Sin duda su obra de mayor calado es el multivolumen Teoría de la democracia . Subraya Sartori que la democracia ilimitada o degradada contradice su esencia y su etimología ya que no se trata de demos sino de antidemos. En palabras del autor “por tanto, el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte en un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría. Debido precisamente a que el gobierno está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos“.

Esta preocupación y ocupación de Sartori se debe a lo que de un tiempo a esta parte viene sucediendo que la democracia se ha ido mutando en cleptocracia, es decir, el abandono de todo sentido de los valores y principios de la democracia convirtiéndose en una caricatura para de contrabando transformase en el gobierno de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida. No es cuestión que la libertad sucumba y se torne en un inmenso Gulag en nombre de la democracia. Por eso es de tanta relevancia prestar debida atención a propuestas que apuntan a introducir nuevos y más efectivos límites para frenar los abusos y atropellos del Leviatán cada vez más adiposo y agresivo.

Este enfoque enfatiza el serio inconveniente que suscribió Platón con su estropicio del “filósofo rey” que en lugar de resaltar los aspectos institucionales centra su atención en las personas que ocupan cargos públicos, exactamente lo contrario de lo que apuntaba Popper para que “los gobiernos hagan el menor daño posible”.

Es en verdad sumamente curioso que hay quienes se declaran “liberales en la política” y niegan el liberalismo en la economía como si tuviera algún sentido suscribir el continente y negar el contenido cuando justamente el continente (la libertad política) es para que cada uno pueda usar y disponer libremente de lo propio.

Sartori enseño en su natal Florencia y en Yale, Standford, Harvard y Columbia y publicó numerosos ensayos y libros entre los cuales, a nuestro juicio, son criticables algunas de sus consideraciones sobre las “sociedades multiéticas” y sus percepciones del homo videns aunque sus reflexiones sobre el poder de las imágenes son de gran provecho puesto que éstas dan todo servido y anulan el pensamiento que, por ejemplo, brinda la lectura donde el ritmo y la imaginación están a cargo del lector.

En las épocas que corren es evidente que el mayor peligro para la supervivencia de la genuina democracia consiste en el nacionalismo como sello del populismo, es decir en las culturas alambradas habitualmente atadas al racismo, los caudillos (“encantadores de serpientes” según Sartori) que usan la supuesta democracia en provecho propio y en los estatismos siempre empobrecedores.

Ya el magistral J. F. Revel demuestra en su libro La gran mascarada el estrecho parentesco entre el nacionalsocialismo y el comunismo (en este caso, resabios de la Nomenklatura). En esta oportunidad nos concentramos en uno de los aspectos xenófobos del nacionalismo lo cual para nada excluye los graves problemas económicos que producen los aranceles y demás controles y reglamentaciones que conducen a la miseria con el pretexto de “la economía nacional y popular”-

Como ha señalado Thomas Sowell, los sicarios nazis debían rapar y tatuar a sus víctimas para distinguirlas de sus victimarios. Hitler, después de mucho galimatías clasificatorio, finalmente sostuvo que “la raza es una cuestión mental”, con lo que adhirió al polilogismo racista, bajo la absurda pretensión de que el ario y el semita tienen una estructura lógica distinta. Esto fue calcado del polilogismo marxista, por el que se arguye que el proletario y el burgués tienen distintas lógicas, aunque, como ha señalado Mises, nunca se explicó en qué se diferencian concretamente esas estructuras del pensamiento. Tampoco se explicó qué le ocurre en la cabeza a la hija de una burguesa y un proletario ni qué le ocurre a este último cuando se gana la lotería o comienza a tener éxito en los negocios.

Por otra parte, en estos embrollados ejercicios, se suele confundir el concepto de lengua con el de etnia. En este último sentido, la filología demuestra que el entronque del sánscrito con las llamadas lenguas europeas -como el griego, el latín, el celta, el alemán, el inglés y las lenguas eslavas- dio como resultado las lenguas denominadas indoeuropeas o indogermánicas, expresiones que más adelante se sustituyeron por la de ario, debido a que el pueblo que primitivamente hablaba el sánscrito en la India se denominaba arya. Max Müller (Biography of Words and the Home of the Aryans) dice: “En mi opinión un etnólogo que hable de la raza aria comete un error tan importante como el que cometería un lingüista que hablara de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala.”

También, en este mismo contexto, es frecuente que se asimile la idea estereotipada de raza con religión, por ejemplo, en el caso de los judíos. Antiguamente, este pueblo provino de dos grupos muy disímiles: unos eran del Asia menor y otros de origen sudoriental de procedencia árabe. A esto deben agregarse los múltiples contactos con otras civilizaciones y poblaciones de distintas partes del planeta, lo cual ha producido las más variadas características (en última instancia, todos somos de todas partes, ya que nuestros ancestros son de orígenes muy mezclados).

Como ha dicho Darwin, hay tantas supuestas razas como clasificadores. En verdad produce congoja cuando -ingenuamente a veces, y otras no tan ingenuamente- se hace referencia a las “diversas sangres” que tendrían diferentes grupos étnicos. Vale la pena aclarar este dislate. Hay solamente cuatro grupos sanguíneos que están distribuidos entre todas las personas. La sangre está formada por glóbulos que están en un líquido llamado plasma. Los glóbulos son blancos (leucocitos) y rojos (hematíes), y el plasma es un suero compuesto de agua salada y sustancias albuminoides disueltas. La combinación de una sustancia que contiene los glóbulos rojos, denominada aglutinógeno, y otra conocida como aglutinina, que contiene el suero, da como resultado los antes mencionados cuatro grupos sanguíneos. Eso no tiene nada que ver con las respectivas evoluciones que van estableciendo diversas características exteriores. Y esos grupos sanguíneos no pueden modificarse ni siquiera con transfusiones.

Los rasgos físicos que hace que hablemos de etnias responden a procesos evolutivos. En el planeta tierra todos provenimos de Africa (y, eventualmente, del mono). Spencer Wells- biólogo molecular, egresado de las universidades de Oxford y Stanford- explica magníficamente bien nuestro origen africano (The Journey of Man) y las distintas migraciones que, según las diversas condiciones climáticas, hicieron que la piel y otros rasgos físicos exteriores vayan adquiriendo diferentes aspectos.

En este último sentido, siempre me ha llamado poderosamente la atención que muchas personas llamen en Estados Unidos a los negros “afroamericanos” como una manifestación un tanto atrabiliaria de lo que se ha dado en llamar political correctness. Curioso es en verdad que muchos negros se dejen llamar afroamericanos como si fuera algo distintivo. Esto no los diferencia del resto puesto que, por las razones apuntadas, por ejemplo, el que esto escribe es afroargentino.

Sin duda, el ejemplo más repugnante estriba en la criminal judeofobia alimentada por tanto mequetrefe que anda suelto por el mundo. Obras tales como Veintitrés siglos de antisemitismo, del sacerdote Edward Flannery, y la Historia de los judíos de Paul Johnson son suficiente testimonio de la barbarie racista.

Karl Popper muestra la fertilidad que se produce a través de los estrechos vínculos interculturales y ofrece, como ejemplo, la Viena del siglo de oro antes de que la hediondas botas nacionalsocialistas produjeran otra de las tantas diásporas características de los regímenes totalitarios. Ese caso se ilustra con las notables manifestaciones en el campo de la música, la literatura, la ciencia económica, el derecho y el psicoanálisis.

El oxígeno resulta indispensable y esto se logra abriendo puertas y ventanas de par en par. La guillotina horizontal que pretende nivelar y enclaustrar necesariamente empobrece. La cultura no es de esta o aquella latitud, del mismo modo que las matemáticas no son holandesas ni la física es asiática. Nada más absurdo que la troglodita noción del “ser nacional” y nada más truculento y tenebroso que las banderas de la “cultura nacional y popular”.

En una sociedad abierta, las jurisdicciones territoriales tienen por única función evitar los peligros de la concentración de poder que significaría un gobierno universal. Pero de allí a tomarse seriamente las fronteras hay un salto lógico inaceptable. Obstaculizar cualquiera de las muchísimas maneras de intercambios culturales libres y voluntarios constituye una seria amenaza y una forma grotesca de contracultura.

El nacionalismo es una de las formas de ofender a la democracia que tanto desvelaron a Sartori que sostuvo que avanza merced al lenguaje de “lo políticamente correcto que resulta un procedimiento solapado para anular el pensamiento”. La revalorización del derecho ha sido una labor muy fértil de Sartori en circunstancias que el positivismo legal ha hecho estragos en no pocas facultades de derecho.

Por último en esta nota periodística, transcribo una cita de Arnold Toynbee que se conecta con los temas de Sartori en cuanto a la razón de los esclavos modernos que piden ser esclavizados: “La gran ley de desarrollo social consiste en que el paso de la esclavitud a la libertad significa el paso de la seguridad a la inseguridad de ser mantenidos”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

¿DONDE ESTÁ EL PRIMER MUNDO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No hace tanto tiempo que podía ponerse como ejemplo lo que se denominaba “primer mundo”, el cual esencialmente se basaba en el respeto recíproco. Sus marcos institucionales respetuosos del derecho de cada cual, su economía floreciente sustentada en reglas claras y permanentes, su cultura arraigada en valores y principios compatibles con una sociedad abierta eran un mojón de referencia para los desordenados y patéticos sistemas tercermundistas que, como los definió Cantinflas, eran “un mundo de tercera”. Lo siguen siendo ahora solo que en lugar de tomar como referencia a las naciones civilizadas, resulta que éstas dejaron de ser civilizadas para convertirse en sociedades que han renunciado a sus conductas tradicionales para imitar en una medida creciente a las tribales.

 

Recuerdo del desagrado de muchos cuando hace años escribí que Estados Unidos se estaba “latinoamericanizando” en el peor sentido de la expresión. Pues bien, vean hoy el patoterismo del primer mandatario y su xenofobia que se monta sobre un gasto público gigantesco que anuncia que incrementará exponencialmente, el tamaño del déficit fiscal que se inflará por las nuevas políticas, la deuda gubernamental astronómica que excede el cien por ciento del producto, el militarismo que el novel presidente pregona que intensificará, sus improperios contra la prensa y sus enfados contra la Justicia, su forma prepotente en el que piensa manejar el comercio internacional en el contexto de las trifulcas que provoca con otros países, al tiempo que promueve enfáticamente su buena relación con en régimen mafioso ruso.

 

En Europa aparecen partidos políticos que por el momento son electoralmente minoritarios pero preocupa en grado sumo su influencia en las ideas que prevalecen, cuyos exponentes de mayor significado son en Francia el Frente Nacional, en Inglaterra el Partido Independiente del Reino Unido (que ha influido en gran medida en la opinión nacionalista que condujo al Brexit), en Alemania el Partido Alternativa para Alemania, en Dinamarca el Partido del Pueblo Danés, en Suecia los Demócratas Suecos, en España Podemos, en Austria el Partido de la Libertad, en Grecia el Amanecer Dorado, en Italia la Liga del Norte y en Hungría el Movimiento por una Hungría Mejor. Por su parte, las burocracias y las consiguientes regulaciones de la Unión Europea van a contracorriente de lo inicialmente ideado.

 

A todo esto cabe agregar un Papa que con razón se preocupa por los inmigrantes, sin percatarse que se fugan de sus países en gran medida por las políticas que él mismo recomienda como la antítesis de marcos institucionales compatible con mercados abiertos y competitivos que sacan a las personas de la pobreza (de lo que va quedando poco en el llamado mundo libre, también debido a las recetas estatistas a las que este Papa adhiere).

 

Lejos ha quedado el clima de concordia en el que las personas se ubicaban donde lo consideraban mejor sin permisos, sin pasaportes y sin cargas tributarias espeluznantes que convierten a los ciudadanos en esclavos de gobiernos teóricamente encargados de protegerlos, en un contexto de persecuciones que arrasan con el secreto bancario y que tratan a las personas decentes como delincuentes.

 

Hay sin embargo otros lugares donde florecen aspectos que contrastan con lo dicho como Singapur y los países nórdicos que están abandonando precipitadamente el socialismo y, sobre todo, deben tenerse muy presentes todas las entidades en muy diversas partes del mundo, incluso en las decadentes, que llevan a cabo tareas colosales en defensa de la libertad y la dignidad humanas a través del estudio y la difusión de la corriente de pensamiento liberal. Nunca será suficiente el reconocimiento a estas instituciones donde profesionales se desviven en la antedichas faenas nobles que incluyen la publicación de libros, ensayos y artículos sumamente didácticos y esclarecedores. En esas personas están cifradas las esperanzas de una reacción potente frente a tanto desmán de un Leviatán desbocado que todo lo atropella a su paso.

 

Solo a través del debate abierto de ideas es que puede mejorarse la marca de una vara que por el momento está en el subsuelo. Levantar la vara es tarea de todos los que pretenden que se los respete, no importa a que se dediquen. Como hemos reiterado, no es admisible que las personas actúen como si estuvieran en una enorme platea mirando que sucede en el escenario, todos estamos en el escenario y debemos contribuir a lo que estimamos es mejor.

 

Muchas son las causas de la decadencia, no podemos hablar de todo al mismo tiempo pero tal vez podamos centrar la atención en un aspecto clave. Como ya hemos escrito mucho sobre las falacias grotescas del adefesio nacionalista, esta vez ponemos la mira en otro ángulo que puede aparecer como colateral a primera vista pero que subyace en el equipo de los gobernantes que venimos comentando como la raíz de otros malentendidos. Se trata de la manía de buscar “grandes hombres” o “héroes”.

 

La historia está plagada de actos vandálicos y, lamentablemente, se toma a los inspiradores de semejantes estropicios como benefactores de la humanidad. En las plazas de muchas de las grandes ciudades se fabrican estatuas de guerreros blandiendo sables como ejemplo malsano para las juventudes. No pocos himnos de países variopintos exaltan el tronar de cañones y pretenden convertir en loable al salvajismo mas cavernario, siempre en defensa de una mal entendida libertad, en la práctica, maltrecha, denostada y denigrada por los bufones del momento.

 

Hay obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o “el héroe” de Thomas Carlyle. Este último, en su célebre conferencia en Londres del 22 de mayo de 1840 -si bien en conferencias anteriores aludía al mismo tema- estima que “puede reconocerse como el más importante entre los Grandes Hombres aquél a cuya voluntad o voluntades deben someterse los demás […] es resumen de todas las figuras del Heroísmo […] toda dignidad terrena y espiritual que se supone reside para mandar sobre nosotros, enseñarnos continua y prácticamente, indicarnos que tenemos que hacer día tras día, hora tras hora”.

 

Difícil resulta concebir una visión de más troglodita, de más baja estofa y de mayor renunciamiento a la condición humana y de mayor énfasis y vehemencia para que se aniquile y disuelva la propia personalidad en manos de forajidos, energúmenos y megalómanos que, azuzados por poderes omnímodos, se arrogan la facultad de manejar vidas y haciendas ajenas.

 

Este tipo de razonamientos y propuestas inauditas son los que dieron píe a los Hitler de nuestra época. De las ideas de Carlyle, eso dice Ernst Cassirer, el filósofo político, autor de numerosas obras, ex Rector de la Universidad de Hamburgo y profesor en Oxford, Yale y Columbia: “los primeros indicios del misticismo racial”, “una defensa abierta al militarismo prusiano” y “la divinización de los caudillos políticos y una identificación del poder con el derecho”. Por su parte c, consigna en su prólogo a la obra que reúne las seis conferencias de Thomas Carlyle sobre la heroicidad que “los contemporáneos no lo entendieron, pero ahora cabe una sola y muy divulgada palabra: nazismo […] escribió que la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan […] abominó de la abolición de la esclavitud […] declaró que un judío torturado era preferible a un judío millonario”.

 

La manía del héroe y el líder indefectiblemente conducen a la prepotencia y al abuso de poder y, finalmente, al cadalso. Por eso resulta tan pernicioso que se les enseñe a estudiantes la historia como una narración bélica con elogios y salvas para la guerra y los guerreros, cuando no deben memorizar los pertrechos de cada bando sin entender el porqué de tanta trifulca. Lamentablemente, es cierto que la historia está colmada de hechos violentos pero enseñarla como algo glorioso, un hito y algo que debe ser venerado y objeto de admiración resulta sumamente destructivo y una buena receta para perpetuar y acentuar el mal.

 

Cada uno debe constituirse en líder de si mismo. Los caudillos y tiranuelos que son aclamados como líderes no hacen más que expropiar lo más preciado que posee el ser humano, cual es el uso de su libre albedrío para la administración de su propio destino al realizar sus potencialidades únicas e irrepetibles. Dice la primera acepción de héroe en el Diccionario de la Real Academia Española: “Entre los antiguos paganos, el que creían haber nacido de un dios o una diosa y de una persona humana, por lo cual le reputaban más que hombre y menos que dios”. Si bien es cierto que hay otras acepciones, la expresión de marras está teñida de un pesado tufillo a guerra, sangre, batalla, violencia y ferocidad.

 

Las inmundicias de los Stalin, Pol Pot, Mao, Hitler y Mussolini de este planeta son consecuencia de las alabanzas al “hombre fuerte” en el poder, para los que se tejen todo tipo de cánticos que rebalsan en referencias a lo heroico y grandioso a cuales les siguen personajes detestables apoyados en el voto popular tales como los Perón, Trujillo, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Rojas Pinilla que, si los dejan, se ponen a la altura o incluso superan en saña a sus maestros. En esta instancia del proceso de evolución cultural, solo hay la opción entre la democracia y la dictadura, no importa de que signo sea y, éstas últimas, están siempre paridas de libros, artículos y conferencias que ensalzan al héroe como el mandamás de las multitudes.

 

Paul Johnson en Commentary de abril de 1984 (pag.34) relata uno de los casos en que se trata como héroe a un canalla “en las Naciones Unidas en ocasión de la visita oficial de Idi Amin, presidente de Uganda, el primero de octubre de 1975. Para esa fecha ya era un notorio asesino serial de una crueldad indescriptible; no solo había liquidado personalmente algunas de sus víctimas sino que las desmembraba y preservaba partes de las anatomías para consumo futuro: el primer caníbal con refrigerador […] A pesar de ello fue electo presidente de la Organización para la Unidad Africana y, en esa capacidad, fue invitado a dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su discurso fue una denuncia a lo que denominó “la conspiración zionista-nortemericana” contra el mundo y demandó no solo la expulsión de Israel de las Naciones Unidas sino su ´extinción´ […] La Asamblea le brindó una ovación de pie cuando llegó, lo aplaudieron periódicamente en el transcurso de su discurso y, nuevamente, se pusieron de píe cuando dejó el recinto. Al día siguiente el Secretario General de la Asamblea [Kurt Waldheim] le ofreció una comida pública en su honor”.

 

¡Que lejos estamos del principio jeffersoniano en cuanto a que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y que cerca de los megalómanos “constructores de naciones” si nos guiamos por lo que ocurre hoy en Estados Unidos y en Europa que cada vez se parecen más a caudillos latinoamericanos en cuyos discursos incendiarios siempre todo comienza cuando ellos llegan.

 

En resumen, al interrogante que planteamos en el título de esta nota sobre donde está el primer mundo, la respuesta es que no está, se esfumó debido al triunfo de las ideas estatistas, lo cual no significa para nada que esa desaparición resulte permanente, pueden surgir otros países con ideas liberales y/o pueden revertir sus políticas los que hoy se hunden en el marasmo del nacionalismo colectivista…todo depende de lo que seamos capaces de hacer cada uno de nosotros todos los días.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La sociedad de la información (o informática)

Por Gabriel Boragina: Publicado el 24/12/16 en: http://www.accionhumana.com/#!/2016/12/la-sociedad-de-la-informacion-o.html

 

Es bastante frecuente encontrar, hoy en día, comentarios que giran en torno a una tesis que dice que dado que vivimos una “revolución tecnológica” y sobre todo informática, las masas están “más” informadas, y este proceso está despolitizando a la sociedad, haciéndola más independiente y menos influenciable a las decisiones de los políticos tradicionales.

Así se habla del “poder del ciberespacio” y se dan ejemplos como los de los triunfos electorales de ciertos candidatos políticos que, según las encuestas tradicionales, no tenían posibilidad de chance, atribuyéndose estos éxitos precisamente a ese supuesto “poder ciberespacial”.

Nos parece que esos conceptos son sumamente ligeros, exagerados y sobredimensionados. Veamos nuestras razones para afirmar esto:

La llamada “revolución tecnológica” primero y después “revolución informática” no es otra cosa que la actualización y multiplicación (casi al infinito, es verdad) de la cantidad de información disponible para las personas. Pero, como en tantos otros casos, esa sobreinformación, ahora utilizable y no antes, poco o nada nos dice de la calidad de la misma. Ni mucho menos acerca de criterios de verdad/falsedad en relación a esa calidad. Posiblemente, la oferta informativa supere la demanda. Esto determina la devaluación de esa información.

Es cierto que la sociedad dispone de mayor información que nunca antes, pero no lo es que esa masa de información asegure una mejor calidad de la misma. Más bien se registran casos inversos.

Históricamente, los déspotas del mundo han aprovechado sistemáticamente a favor de sus planes de dominación todos los avances e innovaciones tecnológicas que han ido apareciendo a lo largo de los tiempos.

Desde Atila, pasando por Julio Cesar, Nerón, Napoleón, Hitler, Mussolini, Lenin, Stalin, Perón, Castro, en adelante, todos ellos -y muchos más- pusieron a su entero servicio cada nuevo descubrimiento tecnológico que les permitiera llegar a cada vez más cantidad de gente. Y en muchos casos con bastante éxito.

Desde mi punto de vista, el mundo está lejos aún de una despolitización total de la sociedad, y los medios tecnológicos no son la causa de lo que se señala como contrario. Los medios informáticos no son más que instrumentos transmisores. No son actores de ningún cambio de fondo. Porque la información no forma, sino que como su mismo nombre lo indica, sólo informa. Y -como en tantos otros casos- la cantidad va en desmedro de la calidad, en un proceso similar al que se verifica en el campo de la economía con la inflación, en el que la emisión de cada nueva unidad monetaria degrada su propio valor en relación al conjunto. Se obvia, con mucha ligereza, la calidad del conocimiento que, nuevamente insistamos, nada nos dice sobre la calidad del mismo.

Creo que la historia -de algún modo- confirma mi tesis: Tiranos han aparecido en sociedades tenidas por muy “cultas” como antiguamente en Roma, y modernamente en Francia, Alemania, Italia, España, y en otros lugares del planeta en distintas épocas. Y ninguno de los déspotas allí surgidos menospreció ni dejó sin echar mano a los adelantos y progresos tecnológicos de cada una de sus épocas. En realidad, estas sociedades estaban más informadas que culturalizadas, pero esa información era de muy mala calidad, al punto tal que sirvió a los planes de los tiranos que recurrieron a ella.

Otro aspecto que se soslaya alegremente en esos pronósticos futuristas que anuncian el fin de las ideologías (al estilo de modernos “Francis Fukuyamas”) es la limitada capacidad humana para asimilar la enorme masa de información ahora disponible. No somos omniscientes, ni la informática nos transformó en tales. Si bien la tecnología ha multiplicado los medios de acceso a información de cualquier tipo, no obstante ello, la capacidad humana para incorporar -intelectualmente hablando- semejante masa de material informático sigue siendo la misma, dado que aun la ciencia no ha hallado métodos similares para que el cerebro humano pueda recibir, absorber, procesar y concentrar absolutamente toda la información que recibe, y que nunca es “toda” por dicho motivo. Solo somos capaces de asimilar, por muy inteligentes que nos consideremos los seres humanos, una pequeña parte -en términos relativos- de todo el cúmulo de material informativo disponible. Hay notables limitaciones de orden físico, biológico y temporales implicadas en este proceso.

Siempre, históricamente hablando, el poder estuvo en manos de aquellos que tienen y usan la mejor información. Esta no es una característica exclusivamente del presente. En todos los tiempos pasados fue perpetuamente así.

Se confunden los medios o modos de ejercer el poder con los sujetos que ejercen ese poder. También, se cree que los sujetos detentadores del poder cambiaron -en función o por causa- de los medios, cuando no ha sido de esa manera. Los sujetos (como categoría) no cambiaron, cambiaron los medios. De manera tal que, no resulta relevante si el político antiguo era un guerrero devenido en rey, o en el sigo XIX lo fueron los ricos (riqueza -aclaremos- obtenida por la fuerza). Guerra o dinero, sólo eran medios usados por los políticos para llegar y conservar el poder. Y la información, no era por cierto inexistente, ni mucho menos irrelevante en los antiguos tiempos, sino que se transfería igualmente, pero de modo más lento y en menor cantidad que hoy en día.

El poder en sí mismo no cambia, la sociedad política y la sociedad civil perviven en todas las épocas, cambian los nombres de los que componen una y otra, y -en cuanto a la política- los modos de acceder y conservar ese poder. Entre esos modos, están las distintas “revoluciones tecnológicas” y la que ahora está en boga llamar cibernética o informática.

Otro aspecto dejado de lado por los optimistas de la “revolución informática” es el siguiente: La información por sí sola no da poder. Este depende -en parte- del uso que se dé a esa información. La información sin acción es igual a nada. El individuo o la sociedad más informada del mundo es nadie o nada si nada hace con todo ese material informativo. Por lo demás, el mero uso de la información tampoco otorga poder. El mal uso no confiere poder, sino que lo quita. Hay muchos cabos sueltos en las tesis de los optimistas liberales de la información ciberespacial.

Otro aspecto ignorado, la mayoría de las veces, es que la información siempre se refiere al pasado o presente, pero no al futuro. El dato de ahora puede ser completamente diferente al de más tarde.

Otro factor omitido por los optimistas liberales de la información ciberespacial es el que la interpretación de la información está teñida de subjetividad, y -no sólo eso, sino que- afectada por las intersubjetividades humanas, lo que le resta utilidad, dado que esas intersubjetividades son constantemente mutables, variables.

Otro error en la tesis de los optimistas de la libre información ciberespacial es el que este nuevo “fenómeno” (como les gustan llamarlo) ahora implicaría competencia en el ciberespacio, una nueva área no sujeta a monopolios puesto que el territorio ahí es inexistente. Esta idea es completamente defectuosa por varias razones, entre ellas una técnica y otra económica. Expongámoslas brevemente:

  1. Desde el enfoque técnico, el ciberespacio -en rigor- no existe. Internet no deja de ser una red infinita de computadores interconectados entre sí a través de servidores (que -a su vez- son grandes computadores). Y la información -que metafóricamente se dice alojada en “la nube”- no está depositada en ninguna “nube”, sino en poderosos servidores que están ubicados en diferentes puntos del planeta Tierra (no en Marte ni en la galaxia como imaginan algunos). De modo tal que, estos servidores físicos ubicados en tierra firme son perfectamente monopolizables por uno o más gobiernos.
  2. Desde el punto de vista económico, los monopolios pueden darse dentro de un territorio o fuera de él. Ejemplos de esto más que sobran:
  1. En tiempos de la colonia la metrópoli tenía el monopolio del comercio con las Indias Orientales, e igualmente fue durante varios siglos. Es decir, fuera de su territorio. Y no fue la cibernética la que terminó con dicho monopolio.
  2. La propiedad de las ondas electromagnéticas, televisivas, radiales, y de los proveedores de internet (aun cuando en algunos casos suelen ser privados) están fuertemente regulados por las legislaciones estatales.
  3. En muchos supuestos, la propiedad de las ondas electromagnéticas, frecuencias de radio, televisión por aire y cable, y de telecomunicaciones, está directamente en manos de los estados-nación o -en algunas circunstancias- de privados, pero controlados legislativamente por los gobiernos. O peor aún, concediendo los gobiernos monopolios en estas áreas a empresas privadas. Nada parecido a libre competencia.

La idea de “monopolio” como asociada a un territorio es caduca. Los déspotas siempre han intentado y logrado captar y cooptar los medios de comunicación, información y –ahora- informáticos también. La competencia sigue -en tal caso- siendo limitada y regulada, aun con sus escasas excepciones.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

SOBRE NUEVAS ESCUELAS AUSTRÍACAS DE ECONOMÍA Y OTRAS YERBAS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 6/11/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/11/sobre-nuevas-escuelas-austriacas-de.html

 

Ultimamente están circulando libros, artículos, videos y grupos en Facebook donde se acusa a Mises de “graves” errores, con la velada o no tan velada acusación de quienes no estamos de acuerdo con ello somos dogmáticos, carecemos de espíritu crítico, y sólo somos repetidores, y no renovadores, como ellos, que sí piensan, mientras que los demás sólo sabemos repetir de memoria La Acción Humana cual nuevas sagradas escrituras.

Creo que todo ello es muy injusto.

Siempre hubo diferencias entre los partidarios de la Escuela Austríaca. Pero hablar de una “nueva” EA es lo que me sorprende. Puede ser, es un mundo abierto, pero permítanme dar un ejemplo de lo que no me termina de cerrar.

Yo no puedo pretender ser un innovador en los temas estrictamente económicos de la EA. Excede mi campo y mis posibilidades. Tengo opiniones, sugerencias, nada más. No puedo pretender nada más.

Mi campo es la epistemología. Y allí, por supuesto que tengo “diferencias” con Rothbard, Mises o Hayek. Si yo hubiera tenido otra actitud, en este momento habría hartado a todo el mundo con mi “nueva” EA en epistemología. Habría denunciado los “graves” errores epistemológicos de Mises y hubiera armado mi “nueva” propuesta. Why not? Todos saben que mis fundamentos de la praxeología no son los mismos que los de Mises, y que mi método de la economía se aleja de él al haber incorporado elementos de Santo Tomás, de Machlup, de Popper, de Gadamer. Pero jamás se me pasó por la cabeza que haya que “denunciar”, cual profeta de no sé qué antiguo testamento, a los “graves” errores epistemológicos de Mises. Yo me considero dentro de la EA. Suscribo sus grandes líneas: la teoría subjetiva, las consecuencias no intentadas, el mercado como proceso, etc. Dentro de ello, he propuesto, sí, algunas cosas en epistemología, sin pretender fundar nada nuevo, sino opinar en mi campo formando parte de un paradigma viviente, corregible, renovable, pero paradigma al fin. Que es más amplio de lo que se supone, y cuya historia demuestra más diversidad de lo que cualquiera a primera vista pueda suponer. Creo que los “nuevos” no advierten qué es  la diversidad “dentro” de un programa de investigación que, si alguna vez cambia verdaderamente en algo “nuevo” eso será muy retrospectivo desde un punto de vista histórico, una visión retrospectiva que nadie, en este momento, puede pretender tener.

Y me produce curiosidad lo de “grave”. En un programa de investigación progresivo, ¿qué es lo “grave” desde el punto de vista de las diferencias que sus integrantes puedan tener? Grave es Hitler, grave es Stalin, grave es Kim Jong-i, grave es ISIS, grave es la Reserva Federal.

 

Por lo tanto, gente, calma. Sólo dentro de muuuuuuuuuuuucho tiempo sabremos qué fue lo verdaderamente nuevo. Mientras tanto, como dijo un gran santo, el bien no hace ruido y el ruido no hace bien.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Mi primo, el Che

Por Alberto Benegas Lynch (h): Publicado el 1/11/16 en: http://diariodecaracas.com/blog/alberto-benegas-lynch/mi-primo-el-che

 

Publicado originalmente hacen 9 años.

Ahora que se han aquietado algo las aguas de un nuevo aniversario de la muerte del Che Guevara, escribo sobre este personaje macabro con algún ingrediente que, en parte, introduce otra perspectiva.
En mi familia se ha hablado bastante del Che ya que mi padre era primo hermano del suyo. El abuelo del sujeto de marras era una persona excelente, Roberto Guevara, casado con Anita Lynch, hermana de mi abuela paterna. En tren de genealogía, consigno que soy mas Lynch que Benegas ya que tanto mi padre como mi madre descienden de dos de los hijos de Patricio Lynch, de quien desciende también el Che.
De entrada este revolucionario nato reveló cierta inclinación por el incumplimiento de la palabra empeñada puesto que le prometió a su primera novia que saldría a comprar cigarrillos y nunca mas volvió. Mostraba también ciertas rarezas al esforzarse en dar diez pasos a la salida de todos los ascensores y caer con la pierna izquierda, cosa que si no lograba volvía al adminículo y repetía la operación hasta que daba en la tecla (ya lo de la pierna izquierda parecía anunciar algo de su futuro dogmático).
Mi padre solía repetir el conocido aforismo de aquello que “los parientes no se eligen, se eligen los amigos”. Si bien es cierto que en todas las familias hay bueno, regular y malo en proporción al tamaño de las mismas, siempre noté cierta dosis de vergüenza por el hecho de que se había filtrado en la nuestra un personaje de características tan siniestras.

En una oportunidad, una de mis tías me contó que de muy chico el Che se deleitaba con provocar sufrimientos a animales y, de mas grande, insistía en que la muerte (de otros) no era tan mala después de todo y que, en este contexto, se adelantó a la definición de Woody Allen: “morir es lo mismo que dormirse pero sin levantarse para hacer pis”.
Esto último que puede parecer gracioso y ocurrente cuando proviene de ámbitos cinematográficos, resultó un una tragedia mayúscula para los cientos de asesinados por el Che quien finalmente transformó aquella definición en que “el verdadero revolucionario debe ser una fría máquina de matar”. Y todo por la manía de los Stalin, Pol Pot, Hitler y Castro de este planeta que en sus ansias por fabricar el consabido “hombre nuevo” han torturado, vejado, mutilado y asesinado a millones de seres humanos.
Y pensar que Cuba, a pesar de las barrabasadas de Batista, era la nación de mayor ingreso per capita de Latinoamérica, eran sobresalientes en el mundo las industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional; tenía televisores, radios y refrigeradores en relacion a la población igual que en Estados Unidos, líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, turbinas, porcelanas y textiles.
Todo antes de que el Che fuera ministro de industria, período en que el desmantelamiento fue escandaloso. La divisa cubana se cotizaba a la par del dólar, antes que el Che fuera presidente de la banca central.
Como no podía ser de otro modo el Che comenzó su carrera como peronista empedernido. Recordemos que la política nazi-fascista de Perón sumió a la Argentina en un lodazal del que todavía no se ha recuperado y que, entre otras cosas escribió en 1970 que “Si la Unión Soviética hubiera estado en condiciones de apoyarnos en 1955, podía haberme convertido en el primer Fidel Castro del continente” y, cuando estaba en el poder vociferó en 1947: “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” y, en 1955, sentenció que “Al enemigo, ni justicia”.
Es inadmisible que alguien con dos dedos de frente sostenga que la educación en Cuba es aceptable puesto que, por definición, un régimen tiránico exige domesticación y solo puede ofrecer lavado de cerebro y adoctrinamiento (y con cuadernos sobre los que hay que escribir con lápiz para que pueda servir a la próxima camada, dada la escasez de papel). Del mismo modo parecería que aun quedan algunas mentes distraídas que no se han informado de las ruinas, la miseria y las pocilgas en que se ha transformado el sistema de salud en Cuba y que solo mantiene alguna clínica en la vidriera para impresionar a cretinos.
Esperemos que los que siguen usando lo símbolos del Che como una gracia perciban que se trata de la humorada mas lúgubre, mórbida y patética de cuantas se le pueden ocurrir a un ser humano. Es lo mismo que ostentar la imagen de la tenebrosa cruz svástica como señal de paz.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.