LOS LIBERALES CLÁSICOS Y EL CORONAVIRUS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/3/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/03/los-liberales-clasicos-y-el-coronavirus.html

 

Una nueva grieta ha surgido entre los liberales (clásicos) por este tema, con acusaciones muy fuertes de estupidez y maldad.

Me decidió a escribir esto un video de Juan Ramón Rallo donde aclara que Hayek no se oponía a la acción del estado en caso de las epidemias.

Así es. Por ende, la cuestión está mal planteada. La cuestión no es si el estado debe o no intervenir en estos casos. Ese es un debate entre los liberales clásicos y los anarcocapitalistas. Entre los liberales clásicos, que los estados, preferentemente municipales y excepcionalmente federales, tengan que intervenir cuando hay bienes públicos estatales que no puedan ser en lo inmediato privatizados, es algo en lo que hay bastante consenso.

Yo mismo (1) lo afirmé en 1989, en El humanismo del futuro (que ya quedó en el pasado…):

 “…Todas las reflexiones anteriores nos muestran lo inútil de la falsa dialéctica entre el “estado gendarme” y el “estado subsidiario”. El estado es subsidiario porque su misión específica es por definición, como hemos visto, subsidiaria, y basta la demostración, cada caso, de que tal o cual actividad no está relacionada necesariamente con dicha función específica –custodiar el derecho- para que, en principio, dicha actividad deba estar a cargo de los privados. Por supuesto, esto no excluye una gran zona que podríamos llamar “zona gris” que produce dificultades concretas a la hora de decidir si tal o cual actividad debe estar o no en manos del estado. Por supuesto, esto no implica negar que, como venimos diciendo, todas las actividades culturales –esto es: artísticas, científicas, deportivas, educativas, económicas, etc.- deben estar en principio dentro de la iniciativa privada pues ellas derivan del ejercicio de los derechos personales, y éste es ya un principio que brinda suficiente claridad. Pero hay casos, que analizaremos más adelante, que presentan dificultades: el caso de la subsidiariedad sociológica, ya aludida; los problemas de moral publica, los bienes públicos y las externalidades. Más adelante nos referiremos a esos casos. Por supuesto, son casos posibles de resolver, pero no nos parece sensato negar a priori la dificultad intrínseca que presentan, sea cual fuere la solución posterior que demos a la dificultad50b.”

En el caso de los bienes públicos y externalidades, una vez aclarado que la mayoría de ellas se puede internalizar y que gran parte de los bienes públicos pueden ser privatizados, dije:

“…Desde luego, cabe señalar que, en todos aquellos casos donde debido a las externalidades negativas y/o los bienes de públicos se produzcan problemas que afecten directamente al derecho a la vida y/o propiedad de las personas, y la acción del proceso de mercado no pueda, al menos a corto plazo, solucionar la cuestión, el estado, cumpliendo su misión específica de custodiar los derechos del hombre, debe intervenir. Por supuesto, cuanto más jurídicamente abierto sea el mercado, esos casos serán raros. Además la intervención del estado en esos casos no debe monopolizar el bien en cuestión, como tantas veces se ha señalado”.

Por lo tanto, NO es cuestión de decir que loe estados no deben intervenir en una epidemia. El debate se concentra en si las medidas tomadas para ESTA pandemia son las convenientes o podía haber habido otras.

A su vez, es extraño que algunos liberales piensen de otros lo que los estatistas en general piensan de los liberales en muchos sentidos. Habitualmente se nos acusa de malvados porque somos reacios a la intervención del estado en temas de pobreza, medio ambiente, etc., como si fuéramos unos malvados totales indiferentes ante el prójimo, cuando en realidad nos interesa, como a muchos, el bienestar de todos, sólo que recurrimos a otros métodos. Aquí es lo mismo. Si alguien opina que ESTAS medidas no son las adecuadas, NO es porque no le importe el número de muertos, NO es porque tenga desprecio por la vida, sino porque considera que podría haber otros modos de tratar la cuestión.

Hay otros temas, además, que desde el liberalismo clásico se pueden aportar para pensar en esta cuestión.

Uno, el conocimiento disperso. El libre intercambio de puntos de vista favorece un mayor conocimiento, y de igual modo sucede con los bienes y servicios. Por ende, estar abiertos a escuchar los diversos pareceres de los epidemiólogos ayudaría mucho.

Dos, los beneficios del libre mercado para las situaciones de emergencia. En ese caso, medicamentos, servicios médicos, etc., son áreas donde no se debe, más que nunca, eliminar al mercado, sino dejarlo actuar para que se coordinen mejor las necesidades de la demanda frente a esos bienes.

Tres, los beneficios de una sociedad libre, el libre mercado, la libre educación y la libre medicina para el descubrimiento de nuevas tecnologías. Así como el mercado libre acelera la producción de tecnologías limpias que ayudan al medio ambiente, así también ayuda al descrubrimiento de nuevos medicamentos y nuevas vacunas que además bajarán de precio en la medida que no se intervenga en la coordinación entre oferta y demanda.

Cuatro, dejar actuar a los servicios privados de salud, con sus propias ofertas y decisiones, va en la misma línea.

Cinco, los liberales sabemos qué es una corrida bancaria y qué la causa. El sistema bancario colapsa si todos los depositantes exigen sus fondos. La cuestión es por qué se comportan así. De igual modo colapsa cualquier sistema hospitalario, y mucho más si no se deja al mercado reaccionar. La cuestión es: ¿el conocimiento disperso, bajo un sistema abierto y libre de conocimiento, produce que la demanda (subjetiva) de un servicio suba de golpe? ¿Si?

Como ven no me he introducido en la discusión biológico o si la cuarentena es apropiada o no. Sólo quise mitigar los enojos en el debate y tratar -de modo quijotesco como siempre- de frenar la guerra de acusaciones de estupidez y-o maldad entre unos y otros.

Pero chocaré una vez más contra los molinos de viento.

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(1) Perdón que me cite a mí mismo, es que ya se me ha “acusado” de negar TODA acción del estado, cuando hace 31 años que tengo fijada mi posición al respecto.

50b Creemos que un análisis moderno del principio de subsidiariedad debería completarse con el tratamiento de las “fallas de la gestión del Estado” desarrollado por la escuela de “Public Choice” liderada por J. Buchanan. Sobre este y otros aportes de Buchanan, véase Romer, T.; “On James Buchanan’s Contributions to Public Economics”, en Journal of Economic Prospectives,Vol. 2, No4, otoño de 1988, pja. 163-179. (*11: A lo largo de estos años nos hemos convencido cada vez más de la importancia de los análisis de J. Buchanan sobre la rent seeking society para la comprensión de la crisis de la democracia constitucional y la relación con los grupos de presión. Lo aclararemos en una próxima nota, por ahora téngase en cuenta que ese mismo tema es importantísimo para el principio de subsidieriedad y el tema de los “privilegios” para tal grupo o sector. Por supuesto, sabemos que habitualmente partidarios del Public Choice y partidarios de la subsidiariedad del estado se ignoran, pero si se conocieran es posible que tuvieran choques en algunas de sus premisas antropológicas y éticas últimas. Aunque no sea este el momento de tratarlo, creemos que los análisis específicos de Buchanan sobre la Constitución Federal, la economía y las finanzas son en sí independientes de esa cuestión. Al respecto, ver The Logical Foundations of Constitutional Liberty, vol. I de The Collected Works of James M. Buchanan, Liberty Fund, 1999.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

«The Economist» y el liberalismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/3/20 en: https://younews.larazon.es/the-economist-y-el-liberalismo/

 

Ayer mismo pedía más gasto público por la crisis del coronavirus, pero «The Economist» es considerado una «biblia» del liberalismo. Y hace un par de años publicó una serie sobre la literatura del liberalismo, que revela sus matices en torno a estas ideas.
Esos matices son conocidos por los especialistas, como Ángel Arrese, profesor de la Universidad de Navarra, o Wayne Parson, autor de «The Power of the Financial Press» –una reseña aquí: https://bit.ly/2kIJgxt. El «Economist» se acercó al keynesianismo y aplaudió el papel redistribuidor del Estado.
Repasemos ahora rápidamente sus notas sobre las figuras que deberían a su juicio integrar la literatura del liberalismo: 1) John Stuart Mill: lo trata como el fundador del liberalismo, ignorando a Smith o Hume, y no de la socialdemocracia, que podría legítimamente reivindicarlo; no subraya sus contradicciones (cf. «On Liberty’s Liberty», aquí: https://bit.ly/2kIJgxt). 2) Tocqueville: se refiere a la pérdida de libertad de los tiempos modernos, en la línea del pensador francés, pero la denuncia en China y en los regímenes populistas de EE UU, Europa, Asia y América Latina. No analiza esa pérdida de libertad debida a la democracia misma, que promueve la extensión del Estado, cuyo papel redistribuidor aplaude, si no es populista. 3) Keynes: simpatiza con su intervencionismo, «modestamente planificador». 4) Schumpeter, Popper, Hayek: saluda su liberalismo, pero añade que no debe ser excesivo; llamó antes «pragmático» a Mill, pero ahora llama «fundamentalista del Estado pequeño» a Hayek. 5) Berlin, Rawls, Nozick: claramente defiende a los dos primeros más que al tercero. 6) Rousseau, Marx y Nietzsche: dice que el error de Marx es haber subestimado el poder del capitalismo para eludir la revolución mediante «compromisos» y frenos a sus propios «excesos»; pero acertó por haber señalado el problema de la desigualdad.

En resumen, lo que tenemos en esta supuesta «biblia» del liberalismo es el pensamiento hegemónico de nuestro tiempo. Es un pensamiento contradictorio, porque quiere a la vez más libertad y más Estado. Rechaza el proteccionismo y la autarquía, pero reclama más control sobre las empresas, y más impuestos sobre el patrimonio y la herencia; coquetea con la renta básica y, como hacen también las izquierdas, pide «un nuevo contrato social» y se lamenta porque «muchos liberales se han vuelto conservadores».

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

La conjetura interpretable o de la filosofía pura

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 16/2/20 en: http://bactriana.com/la-conjetura-interpretable-la-filosofia-pura/?fbclid=IwAR3caVbt44VBRlKaqzgSlsPf-2W1668dTCFG8i9eymxojbjE0hCMO3KJSeo

 

Ante estas cuestiones, no tenemos más que aceptar la noción de conjetura interpretativa para la intentio auctoris, que puede tener diversos grados de certeza.

Habíamos dicho que la hermenéutica es perfectamente compatible con la verdad y la certeza, que tiene que ver con habitar un mundo. Yo puedo decir «el decano del departamento de filosofía depende en última instancia del rector de la universidad» y puede ser perfectamente verdadero y cierto dado que habito ese mundo, estoy en él y lo «digo». ¿Pero se puede decir lo mismo con respecto a habitar el mundo del autor? Ya vimos que no, porque no somos el autor. Pero cuanto más habite yo el mundo del autor, más cercano estaré a la intentio auctoris. Habitar el mundo del autor es ir a su «yo y circunstancias» y por eso Ortega pudo escribir su ‘En torno a Galileo’, donde el «en torno a» significaba ese habitar (que es lo que no se hace cuando se dice «Galileo dijo que…» sin explicar por qué lo dijo).

La conjetura interpretativa no debe confundirse con «lo que me dijo a mí el autor», porque ello, que a veces puede ser lo más importante y definitorio, es la intentio lectoris. Varias veces yo he trabajado autores diciendo «qué elementos tomo de…», pero para construir mi propia teoría. Ello, sin embargo, implica que mi conjetura sobre lo que el autor quiso decir tiene que ser lo más cercana a su mundo. O sea, desde mi horizonte, desde mis pre-conceptos positivos, ir al de él, habitarlo, luego volver y hablar a mi lector, sobre lo que yo pienso sobre la base de lo que él pensó.

Para que la conjetura sea lo más cercana al mundo del autor, hay que responderse las siguientes preguntas:

– ¿Qué problema estaba tratando de resolver el autor?
¿Sobre qué horizonte histórico de problemas trabajaba?
– A partir de allí, evitaremos decir el qué sin decir el porqué, lo cual es imposible en un sentido profundo de qué dijo como comprensión, aunque posible con la analogía de tocar las notas sin comprender la melodía, o hablar desde el contexto sintáctico-semántico sin el pragmático.

Eso es, al hablar del autor diremos «dado que…» (horizonte de problemas), entonces respondió… que).

– ¿Cuál es el núcleo central del autor?

– ¿Cuál es su «protoplasma»?

Veamos estas dos últimas preguntas.

El núcleo central es lo estrictamente original del autor. Es su aporte clave. Es «lo que fundamentalmente vio».

Veamos, por ejemplo, el caso de Popper. Uno, ¿cuál era el horizonte de sus problemas? Esto es: ¿a quién estaba respondiendo? ¿Con quiénes estaba «discutiendo»? ¿Con los agustinistas? ¿Con los tomistas? No, con los neopositivistas. ¿Y qué les respondió? Que su criterio de demarcación era erróneo. ¿Y qué dijo entonces? Que el criterio de demarcación era la falsación. O sea, afirmó la falsación porque estaba debatiendo el criterio de demarcación con los neopositivistas.

No digo que esto sea tan sencillo, digo más o menos cómo debemos proceder. Ese es su núcleo central.
Una vez que identificamos su núcleo central, pueden venir otras preguntas. Por ejemplo, ¿estamos de acuerdo con ese núcleo, en todo o en parte? ¿Qué me aporta a mí ese núcleo? ¿Cuáles son sus consecuencias no intentadas? ¿Qué se le puede criticar? Pero si el núcleo central está mal identificado, todas esas posteriores respuestas estarán mal planteadas. Es coherente, por ejemplo, que Adorno haya estado en desacuerdo con Popper, porque Adorno identificó bien ese núcleo central y fue eso lo que rechazó comparándolo con su núcleo central. Esto es, el núcleo central de Popper estaba inscrito en un método hipotético deductivo que desde Adorno era parte de la noción de dominio de la razón instrumental y que por eso debía ser rechazado desde un ideal emancipatorio de la razón. Pero cuando un tomista rechaza la falsabilidad popperiana porque no está de acuerdo con lo que Popper dijo sobre metafísica, sobre Dios, sobre la inmortalidad del alma, sobre el libre albedrío o sobre su interpretación de Platón o Aristóteles, entonces está errando en la interpretación de su núcleo central. Porque nada de ello es su núcleo. Yo puedo estar en desacuerdo con lo que Hawking haya dicho de la existencia de Dios, pero ello no refuta sus teorías del universo en expansión, que son tal vez su núcleo central. Ello implica que al lado del núcleo puede haber un protoplasma. Un autor es una célula de afortunado caos e incoherencia, sobre todo, cuantos más son los temas de los que ha hablado. Pero su ADN está en su núcleo.
Sus protoplasmas pueden ser diversos, coherentes, incoherentes entre ellos o con el núcleo, más cercanos o más alejados de él, etc., pero no afectan al núcleo. Ello quiere decir que ese núcleo puede ser trasladado a otro lugar y dar frutos igual que un ADN celular en otra célula. Si sale un monstruo o no, ello depende de la habilidad de ese cirujano que es el lector.

Siguiendo con la analogía lakatosiana del núcleo central, su riqueza es proporcional a las hipótesis ad hoc coherentes con las cuales ese núcleo puede defender y a la vez expandirse a otros ámbitos. O sea, la riqueza del núcleo central puede ser su ventaja y a la vez su problema: tiende a ser «imperialista», tiende a «expandirse a otros ámbitos» precisamente porque su riqueza teorética le permite hacerlo, pero, a la vez, corre el riesgo de extrapolar indebidamente sus conclusiones, o sea, ir hacia lugares a los cuales llega solo negando otros ámbitos. El gran ejemplo de esto es Freud, cuando desde el núcleo central de su teoría de la neurosis (perfectamente apta para tratar acertadamente a un paciente, aunque no a todos en todo) se expande a la explicación del origen del judeocristianismo.
Lo interesante es que no lo hace incoherentemente, sino con la capacidad de expansión de su núcleo. La horda primitiva mata al padre, tiene culpa, le erigen el totem, surge el súper yo, la pulsión de vida se dirige a las hembras exogámicas, surge el tabú del incesto, y todo ello explicaría Dios, los mandamientos, el pecado original, la culpa, etc.

Claro, no es eso el cristianismo, pero puede ser explicado así porque el núcleo «da» para ello.
Refutar a Freud no es, entonces, decir que eso no es el cristianismo. Es obvio que el cristianismo no es eso, pero el núcleo central de Freud no es su noción del cristianismo. Refutar a Freud es negar que el inconsciente sea o exista tal cual él lo explica, y para ello se necesita una teoría de igual riqueza teorética.

Puede ser que estemos en desacuerdo con el núcleo central de un autor, pero aun así debemos reconocer su riqueza teórica, en generar en sus lectores y discípulos hipótesis ad hoc permanentes. Marx es un buen ejemplo de ello. Yo creo que su núcleo central es la dialéctica hegeliana convertida en una dialéctica materialista de la historia humana mediante su teoría de la explotación. Si me equivoco, será un caso de «autor hipotético». Pero ese núcleo central es fuente de innumerables hipótesis ad hoc y reinterpretaciones a lo largo del tiempo con el mismo esquema, cambiando contenidos. Lakatos lo ve como un caso de regresividad del núcleo central. Yo, no tanto. Los «nuevos colectivos explotados» se siguen reproduciendo, pero no arbitrariamente, sino coherentemente con ese núcleo. Antes, los explotados eran los obreros. Ahora son las mujeres, los indígenas, los gais, los trans, y el capitalismo se asocia con el heteropatriarcado blanco. Puede no divertirnos, pero sigue siendo Marx. Sigue siendo su riqueza. ¿Se le puede refutar? Claro que sí, pero no es fácil: hay que salir de Hegel e ir hacia el individuo, la persona individual (santo Tomás, Husserl), al individualismo metodológico y a la refutación de la teoría de la plusvalía de Marx: MengerBohm BawerkMisesHayek. No es nada fácil y por eso muchos que dicen ser no marxistas porque no coinciden con su materialismo, adoptan su teoría de la plusvalía: con ello su dialéctica y con ello su núcleo central de tal modo que, o viven felizmente
en la incoherencia, como casi todos, o se hacen totalmente marxistas. No se puede escapar. Es Hegel. O sales de él o entras en él, pero no hay medias tintas.
Las hipótesis ad hoc a veces se mezclan con las consecuencias no intentadas, pero se pueden diferenciar con el paso de la historia. La hipótesis ad hoc de Descartes para explicar la comunicación entre las dos res fue muy débil (la glándula pineal) pero una de sus principales consecuencias no intentadas es que hasta hoy se sigue hablando de «conciencia» para los problemas mente-cuerpo o mente-cerebro. Descartes sigue vivo.

Las consecuencias no intentadas tienen que ver con lo que Popper llamaba el mundo, el mundo de las teorías en sí mismas. La teoría nunca puede estar «suelta» de ningún mundo, pero sí puede soltarse del mundo del autor y ser adoptada por el mundo del lector, en cierta medida, sin que el autor pueda hacer nada al respecto. Ningún problema con ello; sucede todo el tiempo, y por eso hay autores «clásicos»: porque siempre va a producir consecuencias en el horizonte de los lectores. Claro, eso produce grandes malentendidos cuando los lectores no saben diferenciar entre ellos y el autor, pero ni autor ni lector tienen, en general, conciencia teorética del tema hermenéutico. La mayor vergüenza es que muchas veces los filósofos no tienen conciencia de ello.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

EL CIRCO HISTÉRICO DEL PARTIDO DEMÓCRATA NORTEAMERICANO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 9/2/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/02/el-circo-histerico-del-partido.html

 

Que la política concreta ha sido muchas veces el lugar del asesinato, las mentiras, y todo cuando se pueda por llegar al poder, lo sabemos desde que el mundo es mundo. Pero al menos hubo un momento donde un código de caballeros unía a los demócratas y republicanos. Eran las épocas de los debates entre un Kennedy y un Nixon, o Al Gore diciendo a todo el mundo que aceptaría la resolución de la Suprema Corte porque “este es nuestro sistema”.

Pero la ideologización extrema del Partido Demócrata ha llegado a tales extremos, es tan evidente que ni siquiera están dispuestos a aceptar un resultado electoral, igual que sus epígonos latinoamericanos, y que las desesperadas mentiras y campañas que organizan –sólo les falta lisa y llanamente el asesinato político- llegan a niveles vergonzantes.

Ya lo hicieron en el caso del Juez Kavanaugh, tema al cual ya le dedicamos un largo comentario[1]. Ahora, desesperados por el triunfo de Trump, inventaron un impeachment. Era el paso anterior a contratar un sicario para asesinarlo, así que los miembros del Servicio Secreto van a tener que estar muy cuidados de aquí en más. Desesperados, inventaron un supuesto chantaje o presión de Trump al presidente de Ucrania, cuando nada en la transcripción indica tal cosa; a lo sumo, una imprudencia, como mucho, que revela por lo demás las tropelías de Joe Biden.

¿Qué autoridad moral tiene alguien en los EEUU actuales, lamentablemente, para decir que “nadie está por encima de la LEY”? Law es precisamente ese conjunto de derechos individuales que presidentes y congresistas se han dedicado últimamente a violar, republicanos también. Si conocieran el sentido que la noble palabra “law” tiene en Hayek, se darían cuenta. Pero no, ahora parece que son todos inmaculados, desde los Clinton y sus mafiosas relaciones con el Deep State, hasta Obama que, por lo demás, como dice Julio Shiling, “…le dijo en 2012 al líder titular ruso, Dimitry Medvedev, frente a un micrófono abierto, que tendría “más flexibilidad” después de las elecciones presidenciales en los EE UU para considerar descartar el proyecto del escudo de defensa antimisiles que protegería a Ucrania, Polonia y otras democracias del área. Esto era algo que Rusia quería mucho. ¿No abusó Obama del poder al enviarle este mensaje a Putin invitándolo a que el líder ruso lo favoreciera en su reelección? Obama no sólo abandonó el plan de sistema antimisiles, sino rehusó mandarle a Ucrania ayuda letal cuando Rusia invadió Crimea. ¿No fue esto un abuso de poder que tipifica un quid pro quo?[2]

Que Trump es muy tosco, que no entiende bien el tema de la libre importación, que debería tener otra política de inmigración, etc., es obvio. ¿Pero quién tiene autoridad moral para decirlo? ¿Quién antes de él eliminó todos los aranceles? ¿Quién antes que él suspendió la diferencia entre inmigración legal e ilegal? Nadie. ¿Por qué se presentan ahora todos como santos angelitos?

La respuesta es muy simple: porque están desesperados para eliminarlo, de cualquier modo, porque son unos autoritarios que en fondo han abandonado el pacto político originario de los EEUU. Por eso es falso que el discurso de Trump sea esencialmente nacionalista. Porque en gran parte de sus discursos, cuando Trump cita a los Founding Fathers, a la Declaración de Independencia, a la Primera Enmienda, y todo ello para defender las libertades de religión, de educación, de asociación, etc., (Y EL DERECHO A LA VIDA) él no está invocando, a pesar de él tal vez, “America first” sino “all men are created equal…” LO CUAL ES PRECISAMENTE LO QUE LOS AUTORITARIOS DEMÓCRATAS quieren eliminar: LA TRADICIÓN LIBERAL CLÁSICA Y LIBERTARIA DE LOS EEUU. Ya lo están haciendo hace mucho, pero ante este imprevisto llamado Trump, su desesperación se ha evidenciado: desde las caras y gritos  de odio desencajados  de Ocassio Cortéz y las pro-iraníes Omar y Tlaib, hasta los llamados a la agresión física por parte de Maxime Walters, todo es un circo romano autoritario que está minando las bases institucionales de los EEUU (a lo cual varios republicanos antes de Trump han colaborado, nobleza obliga).

Aún no lo lograron. Pero no soy optimista. Así como Ratzinger fue en su momento un muro de contención contra lo más terrible del comunismo dentro de la Iglesia, así lo es hoy Trump en los EEUU, hasta que ese muro se rompa, porque las corrientes culturales son a veces  incontenibles,  y si eso no se revierte,  será el regreso hacia  épocas muy bestiales de la historia.

 

[1] http://www.libertadyprogresonline.org/2018/10/13/el-terrible-caso-del-juez-kavanaugh/

[2] https://es.panampost.com/juliom-shiling/2020/02/01/un-juicio-politico-de-republica-bananera-en-ee-uu/?fbclid=IwAR1NQTzSmX-6-nJCgbmN6L5ys3ITaGofLc9aaEuPQ_NSMid2igLMtZwb4Io

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

EL LIBERALISMO CATÓLICO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/2/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/02/el-liberalismo-catolico.html

 

El liberalismo católico puede entenderse como una posibilidad histórica o una posibilidad teórica.

Como posibilidad teórica, este liberalismo se refiere a un liberalismo institucional (repúblicas democráticas con división de poderes y control de constitucionalidad) y fue desarrollado por autores como Lord Acton, Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Luigi Sturzo y Jacques Maritain. En estos momentos es continuado por autores como M. Novak o Sam Gregg en el plano político. Ha tenido cierto apoyo del Magisterio en los documentos de Pío XII sobre la sana democracia, Juan XXIII en la Pacem in terris, la Declaración de libertad religiosa del Vaticano II y sobre todo en los discursos de Benedicto XVI al Parlamento Inglés y al Parlamento Británico.

Pero desde un punto de vista histórico, se podría decir que esta modernidad católica, como mundo posible, fue absorbida, como dice Leocata, por el Iluminismo, sobre todo en Europa, si exceptuamos las instituciones inglesas y norteamericanas. Hayek las ha distinguido claramente de la Revolución Francesa y Benedicto XVI ha hecho esa misma distinción, aunque se discutirá ad infinitum la influencia del Anglicanismo y el Protestantismo en ambos casos.

Sin embargo, hubo dos ocasiones donde un liberalismo propiamente católico estuvo a punto de materializarse. Hoy casi no se recuerda que Pío IX estuvo a punto de nombrar a Antonio Rosmini su Secretario de Estado, antes de entrar en su período “anti-moderno” y escribir sus famosas Quanta cura y el Syllabus. Rosmini llegó a redactar un proyecto de una Constitución para los nuevos estados italianos muy parecida a la de los EEUU, con obvias adaptaciones para el caso italiano y un tratamiento de los estados pontificios que hubiera evitado toda la “cuestión romana” posterior. El ala no liberal del Vaticano reaccionó con toda su fuerza y lograron convencerlo a Pío IX que dejara de lado el proyecto, además de comenzar una serie de ataques doctrinales contra la teología rosminiana, que lamentablemente prosperaron bajo el pontificado de León XIII con la acusación de “ontologismo”. La condena fue levantada por Benedicto XVI en 2006, pero obviamente fue humanamente irremediable el daño producido. Un mundo paralelo totalmente distinto hubiera surgido. Políticamente hubiéramos tenido a un Vaticano integrado al mundo moderno con todo lo que ello implica. El Vaticano II en ese sentido se hubiera adelantado casi un siglo. Por lo demás Rosmini hizo una filosofía integrada a lo mejor de las inquietudes filosóficas de la modernidad, que hubiera sido un contrapeso interesante a esa deformación de Santo Tomás donde se lo hizo quedar como un mero aristotélico como “arma de combate” contra un “mundo moderno” condenado filosóficamente sin distinciones, igual que la proposición 80 del Syllabus en el ámbito político.

La segunda ocasión fue la de Luigi Sturzo. Con el pleno apoyo de Benedicto XV, a partir de 1914, el sacerdote Luigi Sturzo funda el Partido Popular, antecedente de la Democracia Cristiana, y comienza a ganarle las elecciones, sistemáticamente, a los movimientos políticos pro-fascistas y pro-mussolinianos. Benedicto XV levanta la interdicción establecida por Pío IX a los católicos italianos para participar en política. Hace enormes esfuerzos por la paz mundial y apoya la idea de Sturzo, que tomaba la legitimidad de la democracia como forma de gobierno ya defendida in abstracto por León XIII. Pero Benedicto XV muere en 1922 y Pío XI comienza negociaciones con Mussolini a fin de lograr el Pacto de Letrán de 1931. Como parte de esas negociaciones.  Mussolini pide la cabeza de Sturzo y Pío XI se la entrega en bandeja de plata. Por medio de su secretario de estado “invita a retirarse”, en 1924, de Italia, a Sturzo, quien se exilia primero en Inglaterra y luego en los EEUU. Terminada la Segunda Guerra, Sturzo vuelve a Italia y es elegido senador vitalicio y muere en 1959, dejando profundos escritos en defensa de la democracia y la economía de mercado.

Este último episodio es especialmente lamentable. Primero, hubiéramos tenido una Italia democrática y cristiana, sin Mussolini, con todo lo que ello implica. Segundo, obsérvese que de este tema casi nadie habla, y es así porque, a pesar de toda la comprensión histórica que podemos tener con Pío XI, es, retrospectivamente, vergonzoso lo que sucedió. Cómo pudo un pontífice romano hacer ese pacto con un dictador y echar a un demócrata genuino como Luigi Sturzo, con una visión cortoplacista absoluta, se explica solamente por la falta de vacunas anti-autoritarias que la mayor parte de los católicos, pontífice incluido, padecían, y eso fruto de las “condenas al liberalismo” sin ningún tipo de distinciones, realizadas por Pío IX y León XIII y festejadas por todos los católicos autoritarios de todos los tiempos.

Pero independientemente de esto, los dos casos aludidos muestran que el liberalismo católico, además de ser una posibilidad doctrinal, estuvo a punto dos veces de ser historia, quedando, en lenguaje tomista, en “estado de potencia próxima al acto”. ¿Habrá una tercera oportunidad? Creo que ya la hubo, con el pontificado de Benedicto XVI y sus reflexiones sobre la Constitución de los EEUU, las instituciones inglesas y la reconstrucción democrática alemana, además de sus reflexiones sobre el Vaticano II, la razón y la fe y la sana laicidad del Estado, que iban de la mano.

Pero la renuncia de Benedicto XVI no fue una casualidad. La Iglesia, en tanto a las acciones y pensamientos concretos de los católicos en general, no está madura aún para esto.

Habrá que seguir esperando.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Los intelectuales, la política y la manía de la autopsia

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 11/1/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/01/11/los-intelectuales-la-politica-y-la-mania-de-la-autopsia/

 

José Ortega y Gasset (Wikipedia)

José Ortega y Gasset (Wikipedia)

El rol del político consiste en entender qué es lo que demanda la gente y proceder en consecuencia con propuestas en las correspondientes plataformas. Desde luego que hay distintos segmentos con diferentes conformaciones de la opinión pública a las cuales se dirigen los políticos en campaña.

Pero en este contexto es relevante subrayar que el político no se trepa a la tribuna para decir lo que nadie entiende ni acepta. Antes de subir al podio, debe contar con la suficiente información de lo que requiere su audiencia.

En un sistema democrático es indispensable la función del político, que apunta a representar a sus seguidores. En esta línea argumental es crucial comprender que antes del político subyacen las ideas que comparten los votantes que aunque no sean todas iguales, en cada caso se trata de ideas que influyen en sus preferencias.

Qué bueno y saludable ha sido que los grandes maestros como Buchanan, Eccles, Hayek, Benson, Popper, Nock, Read, Planck y otros intelectuales no se hayan dedicado a la política puesto que nos hubiéramos privado de esos faros extraordinarios y los sobresalientes como von Mises que se involucraron transitoriamente en puestos políticos de jóvenes afortunadamente los abandonaron para poder trabajar en sus proyectos académicos y otros como Rothbard intervinieron con la pretensión de eliminar la política. Y algunos intelectuales que por razones de fuerza mayor se mezclaron en la política quedaron con gusto amargo en sus paladares, por ejemplo, Ortega y Gasset que escribe: “La política se apoderó de mi y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”.

No se trata de sugerir que no haya políticos, los ha habido que han sabido poner límites a la extralimitación del poder (los menos frecuentes por cierto), se trata de comprender las inexorables secuencias y las necesarias prioridades y ordenes de prelación para lograr los objetivos de mayor bienestar para todos si se trabajan en las ideas del respeto recíproco.

En todo caso, hay demasiados candidatos a la figuración política y sumamente escasos los inclinados a las arduas tareas de escarbar en las profundidades de conceptos y teorías que permiten mejorar moral y materialmente a todos. Como escribe Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, es poco práctico”.

Por eso hablamos de “la manía de la autopsia”, en otras palabras se tiende a elaborar sobre medidas pasadas que se reiteran con un tedio colosal y que condujeron a mortajas políticas en lugar de proponer otras concepciones y paradigmas que precisamente surgen de debates abiertos sobre horizontes vitales en lugar de repetir hasta el cansancio lo perimido, lo muerto y lo fracasado. Es frecuente que los gobiernos nuevos se refieran a “la herencia recibida” en alusión a la gestión del gobierno anterior, esta es una manifestación de la manía de la autopsia que opera como una calesita macabra. En definitiva, la metáfora de la manía de la autopsia alude a la machacona repetición de algo arcaico y finiquitado lo cual lógicamente provoca una inercia que conduce a la repetición del cadáver que no zafa del círculo vicioso.

Hannah Arendt y tantos otros pensadores de fuste han marcado las reiteradas mentiras en la política. “Y bueno, qué quieren, es político”, intentan justificar los incautos. Por eso es que Eduardo Mallea ha señalado que para mirar lejos uno entrecierra los ojos “pero para mirar realmente a la distancia hay que cerrar los ojos de la carne y abrir los del espíritu a nuevas perspectivas”.

El problema medular son los epígonos, a saber, los que siguen a otros sin mediar. Locke escribía sobre el problema de “conceder asentimiento a opiniones corrientes recibidas”, Tocqueville concluye que las personas “temen más al aislamiento que al error” y Hume consigna que los hombres “encuentran muy difícil el seguir su propio juicio o inclinación cuando se opone al de sus amigos y compañeros diarios”.

Todos los roles honestos son muy respetables. Hay quienes son buenos para armar listas, conseguir fichas de afiliación y proceder en las contiendas electorales, pero es de desear que los que tienen condiciones intelectuales no consuman sus energías en la política. Y hacer las dos cosas siempre ha complicado, tal como explica Ortega en la antedicha cita, puesto que sabemos el tiempo colosal que demanda la vida intelectual para ser serios en la preparación de clases, libros, corrección de tesis y similares. Por eso alguna vez me he preguntado en voz alta que hubiera sido del mundo si Einstein en lugar de dedicarse a la física hubiera sido intendente de algún pueblo.

Las ideas provienen de otro ámbito completamente distinto del político. Se trata de un trabajoso proceso que comienza en cenáculos intelectuales, pasa por muy diversos planos educativos, llegan a los medios de comunicación y finalmente exigen esas ideas los votantes a los políticos que se presentan como “dirigentes”, pero en la práctica los que en verdad dirigen son los intelectuales que concibieron las ideas en primer término.

El intelectual cumple un rol decisivo para bien o para mal, según sea la tradición de pensamiento a la que adhiere. En el teatro de los acontecimientos no aparece en primer plano el intelectual, que se mantiene en sus bibliotecas observando cómo los políticos se arrogan el papel de inventar lo que sugieren como si hubiera aparecido de la nada la idea.

Sin duda que hay roles y funciones muy dispares: el intelectual concibe la idea y el político la ejecuta pero, como queda dicho, el referente que prepara el terreno es el primero mientras que el segundo la propone al público una vez que haya llegado a ese terreno.

Todo comienza en el nivel teórico. La computadora, la forma de arar y sembrar, las maquinarias y equipos, la medicina, los transportes terrestres, aéreas y marítimas, la física, la arquitectura, la vestimenta y todo cuanto se nos pueda ocurrir comienza con una idea, con una concepción teórica. Generalmente el primero que concibe una idea novedosa es vilipendiado por sus congéneres, por lo que John Stuart Mill ha consignado con razón que “todas idea buena pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Una vez que la idea se aplica los que antes la rechazaban por “impracticable” la aceptan como algo dado, como algo natural.

Pensemos en el que propuso el arco y la flecha en la época de los garrotes; seguramente fue considerado como estrafalario al sugerir algo que nadie había aplicado hasta la fecha y así sucesivamente con todos los inventos y descubrimientos, pues quién iba a tomar en serio a la persona que por primera vez conjeturó que un aparato inmenso iba a volar y convertirse en un avión o que pudiera existir algo como la telefonía inalámbrica o, para el caso, las ventajas de marcos institucionales que respetaran derechos de todos.

Como decimos, son roles distintos los del intelectual y los del político solo que es muy importante percatarse de que no se puede ejecutar una idea que no se sabe en qué consiste. No tiene sentido ocuparse primero de la política y luego de las ideas puesto que de ese modo el fracaso está garantizado.

Hoy en día el trabajo intelectual está muy retrasado respecto a la política. Hay demasiados candidatos para esto segundo y muy escasos ocupantes de lo primero con lo que naturalmente la política resulta un fiasco de proporciones mayúsculas. Hay una desproporción superlativa entre ambos roles puesto que es mucho más fácil alardear con propuestas vacías y contraproducentes que trabajar arduamente en el plano intelectual para producir propuestas con sustancia y riguroso fundamento.

Entonces, si se trabaja lo suficiente en el terreno intelectual el resto, es decir, la ejecución política, se da por añadidura puesto que, como queda dicho, lo uno sigue a lo otro: ni bien se percibe que la gente demanda tal o cual idea el político la propone al efecto se sacar partida electoral. También lo que sucede es que el rol político tiene muchos más candidatos porque la faena es más fácil por más que se aleguen dificultades enormes. Tiene la ventaja de la exposición mayor y más lucida, la foto y equivalentes que contrasta con el intelectual que se mantiene en su lugar de trabajo y las más de las veces en el anonimato.

Equivocadamente se dice que hay que ocuparse de la política puesto que lo otro es a largo plazo. En otros términos, la pretensión de ejecutar lo que aun no se sabe, es decir, la tentación de lo insustancial, lo demagógico, lo banal con visos de profundidad.

Por último, una cuestión lindante y emparentada que he mencionado en otra ocasión y es otro desequilibrio: la desproporción de tiempo dedicado a la coyuntura respecto al debate de ideas de fondo lo cual también cierra el paso para explorar y abrir otras avenidas que precisamente permitan contar con coyunturas favorables en el futuro. Esta balanza desbalanceada muchas veces ocurre en los medios orales, puesto que los escritos cuentan con más espacio para columnas de opinión. En la televisión y la radio se suele consultar sobre la coyuntura por lo que hay demasiados candidatos a responder con lo que se deja de lado el trabajo a más largo alcance, como decimos tan necesario para rectificar rumbos. Yo mismo he pasado por aquella etapa puesto que desde mediados de los 70 hasta fines de los 90 -un cuarto de siglo- he participado en programas reiteradamente en los Neustadt, Grondona y equivalentes de aquella época, a veces todas las semanas y a veces todos los días lo cual naturalmente resta tiempo para las faenas de fondo. Una vez que corté con eso pude disfrutar no solo de un tiempo mucho mayor para trabajar en ideas de fondo sino que logré redoblar una reconfortante paz interior. Por supuesto que es del todo respetable quienes deciden otro camino, incluso -aunque son casos muy aislados y excepcionales- hay quienes visitan esos programas usando la coyuntura como pretexto para anclarse en tópicos de fondo. Solo señalo en un plano más general la necesidad de contar con mayores energías para modificar rumbos descarriados con propuestas que salen de la coyuntura y los lugares comunes.

En resumen, para salir del marasmo es indispensable buscar un equilibrio entre los entusiasmos político-coyunturales y las faenas puramente intelectuales para abandonar la manía de la autopsia y poder vislumbrar un futuro en el que los políticos se vean obligados a recurrir a un discurso razonable.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿PROHIBIDO BAÑARSE EN LA FUENTE?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/12/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/12/prohibido-banarse-en-la-fuente.html

 

Entre las múltiples cuestiones políticas y sociológicas que se discuten en estos momentos en Argentina, hay un detalle, aparentemente menor, pero, me arriesgo a decirlo, creo que es el esencial.

He visto en las redes muchas manifestaciones de desprecio hacia los que se bañaron en fuentes públicas durante la ceremonia de cambio de gobierno. Los bañistas en cuestión no estaban protestando ni destruyendo nada.  Estaban muy contentos y paliando el calor.

Es su cultura. Son sus valores. Y no son manifestaciones violentas, no atacaron propiedades privadas ni molestaron a nadie. Son, sencillamente, otras creencias.

Otras creencias que están a tono de otras que no son precisamente anglosajonas o japonesas, tal vez más proclives al desarrollo económico y político de corte liberal clásico.

Pero son. Manifiestan una argentina profunda que nunca fue realmente entendida -entender no es estar de acuerdo- por otra argentina, ilustrada, europea, aristocrática -que no es oligarquía-.

Ambas argentinas pueden ser muy violentas cuando es necesario. Lo que llamamos Argentina es en realidad un matrimonio fallido y de conveniencia, a regañadientes, entre esas dos argentinas, que se desprecian con un odio inconmensurable.

Los habitantes de una argentina creen que basta con sacar una legislación que diga “no te bañarás en una plaza pública”, y ya está. La misma ingenuidad de la Revolución Libertadora que pensaba que la solución era prohibir pronunciar el nombre “Perón”. El resultado, como ven, fue fascinante.

La única transformación viable es la cultural. Lo cultural no nace de la fuerza. Son las creencias de las que hablaba Ortega, las tradiciones de Hayek, los horizontes de Gadamer. Son las necesarias internalizaciones de conductas que suplen lo que la razón no puede todo el tiempo reflexionar. Hayek dixit, liberales. Lo leyeron, lo repitieron pero parece que nunca lo entendieron.

Estos valores no se pueden imponer por la fuerza. O, como mucho, algún cambio institucional puede producir algún “efecto aprendizaje”, pero cuidado: puede. No necesariamente. Las ideas impuestas por la fuerza, contra creencias que habitan en lo más profundo del inconsciente colectivo, están destinadas al fracaso.

Los valores sólo pueden evolucionar lentamente.

¿Y entonces? Entonces saberlo. La buena aristocracia consiste en saberlo.

Ignorarlo y, por ende, escandalizarse, sorprenderse y violentarse, sólo es fruto de un racionalismo ingenuo.

Mi padre, cuando llegaba a casa, no se sacaba la corbata, se ponía un saco fumar y se ponía a leer a Chejov mientras escuchaba a Mozart. Nunca se bañó en una plaza. Pero al final de su vida se dio cuenta de que la civilización y la barbarie tenían que tener una instancia superadora de su historia.[1]

[1] http://gzanotti.blogspot.com/2019/05/civilizacion-y-barbarie-100-anos.html

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises