EN TORNO A LA VIOLENCIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No se necesita estar muy atento para comprobar el alto grado de violencia que existe en muchas comunidades. Pienso que hay varios factores que contribuyen a ello.

 

Los escabrosos juegos a que están acostumbrados los jóvenes desde su más tierna infancia, incluso los dibujitos animados que han cambiado respecto de antaño precisamente en cuanto a los actos de violencia y la constante aparición de monstruos que reiteradamente devoran a varios personajes. A esto se agregan los regalos que muchas veces les hacen los padres que incluyen armas de juguete y más videos cuyo cometido consiste en matar y, por más que parezca una chanza, juegos en los que se describe como deben realizarse los robos. Tampoco ayudan en toda ocasión los colegios donde se enseña la historia como un inventario de pertrechos de guerra y se cantan loas al “águila guerrera” e  incitaciones a las luchas armadas que son habitualmente apoyadas por clases “cívicas” que contienen invitaciones a demoler los pilares de la sociedad abierta de forma sutil y otras veces de manera explícita. Todo esto en no pocas ocasiones es acompañado por violencia verbal en sus hogares y el uso de expresiones soeces.

 

Por supuesto que afortunadamente no todo es así. Hay muchos padres que se ocupan y preocupan de la formación de sus hijos, pero aparecen oportunidades para presenciar producciones cinematográficas en donde reina la violencia descarnada con lo que la sensibilidad se va degradando, lo cual tiene lugar debido a las exigencias crecientes de mayor dosis de sadismo para satisfacer emociones y vivencias en aumento. Esto, a la larga o a la corta, se traduce en problemas de convivencia en muy distintos ámbitos y en un estado de permanente agresión y crispación.

 

Veamos este problema aun desde otra perspectiva. Hay una abultada bibliografía que con matices sostiene que una causa importante que explica la violencia en la sociedad reside en la enorme frustración, angustia y sensación de impotencia que provocan las promesas políticas no cumplidas e imposibles de cumplir debido a que se trata de concepciones absurdas que van a contracorriente del orden natural de las cosas. Los autores más destacados en estos escritos múltiples y suculentos son J. Dollard,  L. Doth, N. Miller, O. Mowner, R. Sears, B. Shaffer y  J. Berkowitz.

 

Por supuesto que esas frustraciones y engaños no justifican incendios, saqueos y manifestaciones callejeras violentas. El problema no se resuelva gritando y agrediendo al prójimo sino meditando calmamente acerca de las causas del malestar social. En otro términos recomponiendo las bases éticas de las relaciones sociales, es decir, el tener muy en cuenta el significado del derecho y rechazar de plano la facultad de usar y disponer por la fuerza del bolsillo del prójimo con el apoyo de los aparatos estatales. No son pocos los que caen en la trampa de que es posible que el gobierno haga magia y entregue riqueza de la nada. No son pocos los que creen a pie juntillas que es posible que los gobiernos entreguen bienes y servicios “gratis” sin percatarse que todo lo que hacen los aparatos estatales es porque le arrancaron el fruto del trabajo a los vecinos. En resumen, las frustraciones y los enojos por no poder concretar proyectos de vida no se resuelven a los palos y, mucho menos, reclamando más de lo mismo.

 

El orden no es el resultado de la ingeniería social, es decir, resultado del diseño de gobernantes sino que deriva del respeto recíproco. Este es el sentido de la Ley y el Orden que se contrapone a la Legislación y el Desorden que proviene del capricho de megalómanos en lugar de atender las características centrales del ser humano que requiere libertad lo cual se traduce en que cada uno pueda seguir su camino siempre y cuando no lesione iguales derechos de terceros.

 

Conviene a esta altura detenernos en un aspecto muy poco comprendido y que, a su vez, explica lo anterior. Se trata de algunas reflexiones sobre lo que pueda hacerse en la materia como una contribución  para revertir o mitigar los estados de violencia crónica, sobre lo que hemos escrito antes.

 

Todos los que somos liberales, es decir, los que mantenemos que deben respetarse de modo irrestricto los proyectos de vida de otros y que, por tanto, el uso de la fuerza debe estar reservado exclusivamente para fines defensivos, sabemos que, como la perfección no está al alcance de los mortales, los medios para lograr esos objetivos siempre estarán en constante evolución sin la posibilidad de llegar a una meta definitiva. Estamos en tránsito y en permanente estado de ebullición.

 

En las primeras líneas del primer tomo de Law, Legislation and Liberty del premio Nobel F.A. Hayek se lee que “ Montesquieu y los autores de la Constitución estadounidense articularon la concepción de una constitución limitativa  […] En todas partes los gobiernos han obtenido poderes por métodos constitucionales que aquellos hombres se propusieron denegar”.

 

En el tercer tomo de la obra mencionada Hayek realiza un nuevo intento de proteger las libertades de las personas a través de lo que denominó demarquía con la intención de proveer al sistema de límites y resguardos adicionales para evitar los desbordes de las mayorías ilimitadas. Si bien sus propuestas no carecen de interés, en última instancia, están imbuidas de los mismos riesgos de los sistemas tradicionales en cuanto a la posibilidad de levantar la mano en el recinto legislativo y hacer tabla rasa con las limitaciones y conculcar derechos.

 

Sin duda que puede afirmarse que si el sistema se mantiene dentro de lo previsto no hay problemas respecto a la expansión del poder, pero lo mismo puede afirmarse de la democracia tradicional en cuanto a que si se respetan las minorías se mantiene al gobierno en brete. Pero el problema es que si los temas sobre los que se vota están sujetos a la aprobación de mayorías compactas y centralizadas, los incentivos tienden a hacer que las coaliciones mayoritarias terminen expropiando a las minorías.

 

Cuando las votaciones se realizan de modo descentralizado los incentivos e intereses mueven los resultados por otros andariveles: como he apuntado en otra oportunidad, no se vota con el mismo cuidado, prudencia, esmero y grado de razonabilidad en un consorcio para cambiar la alfombra de la entrada que cuando se vota en la sede del gobierno central para toda la nación por subsidios que deban sufragar personas alejadas del poder central. El federalismo, aplicado hasta sus últimas consecuencias, dispersa y fracciona el poder y hace que las votaciones se lleven a cabo sobre asuntos que más directamente atañen a los votantes, pero, dadas las estructuras gubernamentales, por las mismas razones aludidas, hacen que los intereses, incentivos y las fuerzas centrípetas desatadas tiendan en dirección al unitarismo para lograr el propósito de la exacción para beneficio de las mayorías coaligadas.

 

Joseph Schumpeter en Capitalism, Socialism and Democracy se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda.” Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, destacamos que es debido a los “impulsos subracionales” y, en este sentido, “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo […] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en la más difundida obra de Gustave LeBon, se recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición -en un estado de excitación- de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; […y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales”.

 

Subrayamos lo dicho al comienzo: ningún sistema humano es perfecto y, por el mismo motivo, ninguno es susceptible de llegar a un destino definitivo, por ende, debemos estar permanentemente alertas y realizar esfuerzos para mejorar la situación tal como se mejoró cuando se pasó del absolutismo monárquico a la democracia. Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos, es hora de reconocer que “el emperador está desnudo”, que todos los gobiernos, unos más  y otros menos, se han apartado por completo del ideal democrático original y, en algunos casos, se ha establecido aquello que tanto temía Thomas Jefferson en cuanto al “despotismo electo”.

 

Para recurrir a una de las estadísticas que pretenden medir el tamaño del aparato gubernamental, apuntamos que con anterioridad a la primera guerra mundial la participación del estado en la renta nacional era entre el 3 y el 8 por ciento en países considerados civilizados, mientras que hoy ese guarismo oscila entre el 30 y el 70 por ciento.

 

Como se dice en “lateral thinking”, no siempre la solución consiste en empecinarse en hurgar más profundamente en el mismo hoyo, sino en sacarse las anteojeras, respirar nuevo oxígeno, mirar en otras direcciones y escarbar en otros lugares.

Tal como ha manifestado en su momento Edward R. Murrow: “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”.

 

Como queda dicho, el objetivo central para las relaciones pacíficas entre los miembros de la comunidad es el respeto recíproco, todo lo demás debe quedar en manos de cada uno. Nada hay más peligroso que las cruzadas de “los purificadores de sociedades”, lo cual nos recuerda que lo primero que instauraron los talibanes y sus sicarios en el asalto al poder de 1996, fue el “Ministerio de la Reivindicación de la Virtud y la Erradicación del Vicio” (sic). Lo más peligroso son los talibanes modernos que se entrometen en la vida y la hacienda de la gente “para su bien”. Albert Camus transcribe lo dicho por Marat en plena contrarrevolución francesa: “¡Ah!, ¡que injusticia! ¿Es que hay alguien que no comprenda que lo que yo pretendo es cortar la cabeza de unos pocos para salvar las de muchos?”.

 

Por su parte, con vistas al futuro, Ernst Cassirer consigna que “Yo no dudo que las generaciones posteriores, mirando atrás hacia muchos de nuestros sistemas políticos, tendrán la misma impresión que un astrónomo moderno cuando estudia un libro de astrología o un químico moderno cuando estudia un tratado de alquimia”. El tema de nuestro tiempo estriba en poner nuevos y más efectivos límites al Leviatán sobre lo que he escrito en otras oportunidades. No podemos esperar con los brazos cruzados que lo que viene fracasando siga su curso sin modificaciones. La violencia está siempre presente en los abusos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

A RAÍZ DE MIGUEL WIÑAZKI

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Mucho se ha escrito sobre lo que ha dado en denominarse “populismo”, algunos trabajos de fondo y otros de difusión (como la tan eficaz Gloria Álvarez) pero en todos los casos parecería que se prefiere eludir el término “socialismo”, en ciertas situaciones porque sus autores provienen de esa tradición de pensamiento y en otras por simple moda o conveniencia dialéctica.

 

Lo cierto es que en mayor o menor medida, la definición medular la ofreció Marx (no Groucho del cual no pocos parecen derivar sus elucubraciones, sino Karl): la abolición de la propiedad privada tal como reza el Manifiesto comunista en su eje central. También puede adherirse a la conjetura de la honestidad intelectual de Marx puesto que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la revolucionaria teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1870 que echó por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. Contaba con apenas 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y siendo un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación y solo publicó dos trabajos adicionales en otro contexto: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de Paris.

 

En realidad lo que terminó de demoler la tesis marxista -y en general las estatistas- fue la contribución de Ludwig von Mises en 1920 sobre la imposibilidad de cálculo económico, evaluación de proyectos y contabilidad en ausencia de propiedad privada y, por ende, de precios. En otros términos, en esta línea argumental, no hay tal cosa como “economía socialista” ya que, por ejemplo, no se sabe si conviene construir los caminos con oro o con asfalto si no hay precios de mercado.

 

De todos modos, como dice el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with Human Face “Aplíquese marxismo en cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Este es el sentido por el que Stephane Courtois et al escriben en El libro negro del comunismo que ese sistema asesinó a más de cien millones de personas hasta el momento. Y no es cuestión de buenas intenciones puesto que éstas son irrelevantes,  lo importante son los resultados: por más que se adopte un “socialismo moderado” siempre se trata de atropellar derechos y estrangular libertades. Incluso en la isla-cárcel cubana el tilingaje se refiere a la “educación” sin percibir la diferencia con el adoctrinamiento y el lavado de cerebro, a la par de la llamada “salud pública” que, como bien explica la neurocirujana cubana Hilda Molina, consiste en pocilgas inauditas e inhumnas con una vidriera para ciertos enfermos VIP que hacen propaganda al sistema.

 

El problema básico de todo estatismo radica en los energúmenos de diverso color político que pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas concentrando ignorancia, en lugar de comprender que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas y que su coordinación es ajena a los caprichos de los engendros de la planificación de las pertenencias de otros. Los estatistas de toda laya no se percatan del nexo causal entre las tasas de capitalización y los ingresos y salarios en términos reales que no  son  un asunto voluntarista sino de marcos institucionales que garantizan la libertad de cada cual (esto explica, por ejemplo, la diferencia en el nivel de vida entre Uganda y Canadá).

 

Uno de los libros que más ha calado hondo a favor del populismo es el de Ernesto Laclau titulado La razón populista (sobre el cual escribí en abril del año pasado en mi columna en “Infobae”  junto con un comentario sobre otra de sus obras: Nuevos resultados sobre la revolución de nuestro tiempo). Pero ahora aparece no un simple review crítico sobre el primero de los libros mencionados de Laclau, sino un ensayo formidable por la calidad de su contenido por cierto exhaustivo y por la destreza en el manejo de la pluma. Se trata del anti-Laclau por excelencia (y anti-Chantal Mouffe, su mujer) titulado Crítica de la razón populista cuyo autor es Miguel Wiñazki.

 

El libro de marras muestra la máscara del populismo “para encubrir el traspaso del dinero grande” hacia los que se encumbran en el poder político y se presentan siempre como parte de un “melodrama” en medio de batallas y “victorias celestiales”. Explica Wiñazki que “La razón populista es la cosmovisión filosófica que concibe dos entidades sociopolíticas irreductiblemente antagónicas. El pueblo y al antipueblo. El populismo propone una batalla cultural para promover e instituir la hegemonía del pueblo sobre el antipueblo”.

 

Por nuestra parte, traemos a colación el hecho de que esta es la receta fundamental de Antonio Gramsci en el sentido de tomar la cultura y la educación puesto que, con mucha razón, para bien o para mal, “el resto se da por añadidura”. Si no se estudian los valores y principios de una sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana), es imposible que tenga lugar el respeto recíproco, lo cual subrayamos es la esencia del liberalismo (no la estupidez del “neoliberalismo” ya que ningún intelectual de fuste se reconoce bajo esa etiqueta que solo ha servido para continuar con la corrupción y el ensanchamiento del Leviatán).

 

Miguel Wiñazki concuerda que la democracia entendida como los Giovanni Sartori de nuestra época en cuanto a que las mayorías no pueden avasallar los derechos de las minorías se ha transformado en pura cleptocracia, a saber, gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida lo cual ejemplifica con los bufones del Orinoco, el gobernante ecuatoriano, el boliviano y los Kirchner y concluye en esta materia que “Después de décadas de populismo, lo más concreto y tangible son los pobres”. Es decir, se usa a los pobres en la articulación de discursos demagógicos pero el resultado, como señala el autor, es indefectiblemente el incremento de la pobreza en un ámbito de permanente “clientelismo social” que se sustenta en una miserable explotación de los más necesitados.

 

Otro punto neurálgico que subraya Wiñazki del populismo es la xenofobia nacionalista siempre haciendo uso (y abuso) de “terminología épica” (lo cual me recuerda un ensayo de mi autoría de hace años titulado “Nacionalismo: cultura de la incultura” publicado en una revista académica chilena –Estudios Públicos– y que se encuentra en Internet). También el autor que venimos comentando se detiene con fuerza argumental en los permanentes ataques a la libertad de expresión, un  aspecto trascendente que nos retrotrae a lo consignado por Jefferson en cuanto a que “frente a la alternativa de no contar con gobierno y disponer de libertad de prensa, por una parte, y por otra tener gobierno sin esa libertad, prefiero decididamente lo primero”. Los populismos no resisten la crítica que es precisamente la misión del periodismo independiente (valga el pleonasmo).

 

Otras cuatro características que destaca este autor de la crítica populista es el estado “de beligerancia permanente”, “la oscuridad de las cuentas públicas”, “la adhesión, de rodillas a la Biblia oficialista” y la tendencia “a borronear la división de poderes”. Agregamos que aquel servilismo humillante y denigrante es a veces peor que la actitud prepotente y arrogante de los gobernantes populistas: cuando se hace un paneo televisivo y se ven los rostros de los aplaudidores oficiales da pavor y mucha vergüenza, un público integrado también por mal llamados empresarios que se amamantan del privilegio estatal y detestan la competencia y los mercados abiertos ya que el populismo “es fascismo sin geometría marcial”. Los gobiernos populistas, escribe también Wiñazki “requieren de un eco y nada más que eso”,

 

Hay todavía otro acierto del responsable de Crítica a la razón populista y es el desafortunado uso de la expresión “militante” (y esto va para cualquier posición política), una palabreja que proviene de la organización militar rígida y vertical, lo cual está en las antípodas de cualquier manifestación en el campo civil y que más bien se condice con “el circo público”. Nada hay más parecido a un autómata que reniega de la condición propiamente humana que un militante con las consiguientes consecuencias éticas y estéticas…es “el colapso de la razón” dice certeramente Wiñazki.

 

Las referencias bibliográficas que aparecen en este libro son en su mayoría sumamente jugosas. Rescato la que alude a Gustave LeBon con su notable explicación del fenómeno nocivo de las masas  donde “lo que se acumula no es la sensatez sino la imbecilidad” al decir de ese pensador, a Etienne de la Boetié y su análisis de gran calado sobre las cadenas que la gente se coloca al apoyar con su obediencia borrega a gobernantes descarriados, al gran George Steiner y, claro está, al correr de la pluma, irrumpe el “ogro filantrópico” de Octavio Paz.

 

Wiñazki demuestra con afilada argumentación seguramente lo más dañino de los populismos en cuya prédica “Los espíritus libres son herejes” en medio de “conspiraciones permanentes” y una “pasión loca por monopolizar el uso de la palabra”.

 

Por último, el autor subraya que “El Papa [actual] tiene muy buenas relaciones con los regímenes populistas latinoamericanos” y destaca la influencia de sacerdotes tercermundistas no solo en la construcción de populismos sino, como es de público conocimiento, en la fabricación de movimientos violentos y lo cita a Loris Zanatta quien afirma que “los Morales, los Castro, los peronistas y los sandinistas […] Son éstas las raíces del populismo en América latina y Bergoglio siempre adhirió a ellas”. Por lo que me toca, advertí de esto, entre otros, en mi artículo en “La Nación” titulado “La malvinización del Papa Francisco” (por aquella manifestación de bipolaridad propia de muchos argentinos de euforia y depresión resumida en el período de auge en “el que no salta es un inglés”, antes del derrumbe anímico que naturalmente siguió a esa disparatada aventura militar que puso fin a un gobierno que combatió al terrorismo con procedimientos repulsivos y absolutamente inaceptables).

 

Como en todo trabajo hay facetas que no compartimos (en este caso colaterales); incluso en los escritos de uno mismo revisados luego de un tiempo comprobamos que podíamos haber mejorado la marca, puesto que como ha apuntado Borges -citando a Alfonso Reyes- dado que no hay texto perfecto “si no publicamos, nos pasamos la vida corrigiendo borradores”. Pero para mi nota periodística semanal basta con lo dicho.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.