La trascendencia de construir castillos en el aire

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 20/02/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/02/20/la-trascendencia-de-construir-castillos-en-el-aire/

La teorización es la única manera de progresar más allá de lo que impone la realidad

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La única manera de progresar es alimentar sueños que van más allá de lo que ocurre en la realidad del momento. Ese es el gran valor de la teorización. Los denominados prácticos no hacen más que adoptar teorías de otros, de allí lo de “nada hay más práctico que una buena teoría”. Lo contrario es andar a los tumbos.

Desafortunadamente se suele tratar de modo peyorativo a los teóricos cuando todo lo que se ha descubierto es merced a ellos, desde el cepillo de dientes y el lápiz hasta el microondas, las computadoras y la concepción cuántica del universo. George Bernard Shaw ilustró el espíritu al apuntar que “en general la gente piensa las cosas como son y se pregunta por qué. Yo sueño con cosas que nunca fueron y me pregunto por qué no”.

De más está decir que no se trata de limitarse a soñar sino a trabajar duramente para que los sueños se hagan realidad. Este es el sentido del mensaje de Steve Jobs a los jóvenes en su célebre discurso en la Universidad de Stanford: “No dejen que el ruido de las opiniones de otros opaquen la voz interior de cada uno. Y lo más importante de todo, tengan el coraje de seguir sus corazonadas y sus intuiciones”.

Vivimos una era en donde prima el conformismo y los aplaudidores en cuyo contexto desde la más tierna niñez hay la malsana tendencia a amoldarse a la opinión de la mayoría. Existe una especie de complejo que aleja del navegar a contracorriente. En general hay una pésima educación que parte desde muchos padres que en lugar de argumentar dan la orden de obedecer y no pocos profesores inculcan el aprendizaje de memoria con poco razonamiento. El tan necesario espíritu contestatario queda así disuelto en manos de muy escasas personalidades. Se enseña que hay que ajustarse a lo “políticamente correcto”. Nada más dañino.

Todos recordamos los estudios de experimentos en universidades y centros de estudios donde se arregla de antemano con un grupo y se excluye a una persona del arreglo con lo que ésta última, debido a la presión del grupo que opina de un modo claramente inconsistente con lo que se les muestra. Es imposible soñar o proyectar castillos en el aire con la mentalidad del conformista.

Desde luego que la calidad de los sueños depende del entorno, cuanto mayores los incentivos para apuntar alto, mejores serán los resultados. Cuanta mayor sea la libertad, más puro será el oxígeno y más potentes los estímulos. No es lo mismo soñar en la cárcel que soñar en libertad.

En este sentido es que se insiste que no se apabulle a los niños con juegos y programas televisivos al efecto de darles tiempo para pensar, concebir, imaginar y fabricar castillos en el aire. De allí la importancia de la lectura que permite construir lo escrito en la mente.

Erin Stafford escribe que es absolutamente necesario abrir un paréntesis a la atención de los problemas diarios para dejar que la mente se abra paso en sueños. A los niños se les suele decir que dejen de soñar y que presten atención, pero en alguna medida eso es lo que se necesita al efecto de combinar la realidad presente con lo que posiblemente será la realidad futura.

En el número de mayo de 2004 de la revista Time aparece un artículo sobre la importancia de los sueños que contiene dos citas que vienen muy al caso. Una de Einstein que dice que “la mente intuitiva es una sagrada bendición, la mente racional es un siervo fiel. Tenemos una sociedad que honra al siervo y que abandona la bendición”. En realidad lo honra hasta cierto límite puesto que se amputa el espíritu contestatario. Y la segunda alude a Chesterton cuando comenta sobre uno de sus personajes de ficción, el Padre Brown, sobre quien dice entre otras cosas que “en ese momento perdió la cabeza lo cual era muy provechoso. En esos momentos hacía que dos más dos fuera millones”.

Jonah Lehrer en el número de junio de 2012 de The New Yorker en una nota titulada “The Virtues of Daydreaming” enfatiza el correlato entre el idealismo en el sentido de concebir lo que aún no existe y el progreso en los más diversos campos. Recordemos lo dicho por Martin Luther King en cuanto a “Tengo un sueño” y lo ocurrido posteriormente.

Leonardo da Vinci ha consignado que hay tres tipos de personas: los que sueñan lo que viene, los que ven cuando se les muestra y los que no ven, y Ortega ha escrito que de tanto en tanto es saludable sacudirse el pensamiento de la época y repensarlo lo cual solo lo pueden concebir los soñadores, no los “prácticos”.

En otro orden de cosas, antes he recordado que el premio Nobel Friedrich Hayek ha escrito que “aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar.” La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos hasta los medios masivos de comunicación.

Los prácticos son los free-riders (los aprovechadores o, para emplear un argentinismo, los “garroneros”) de los teóricos. Esta afirmación en absoluto debe tomarse peyorativamente puesto que todos usufructuamos de la creación de los teóricos. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, incluso prácticamente nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Pero otra cosa es emprenderla contra los teóricos.

Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema), el banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el telefonista no puede construir un teléfono, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del refrigerador o la máquina de lavar y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

Desde luego que hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. Consciente o inconscientemente detrás de toda acción hay una teoría, si esta es acertada la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

Leonard E. Read nos dice que “contrariamente a las creencias populares, los castillos en el aire constituyen los lugares de nacimiento de toda la evolución humana; todo progreso (y todo retroceso) sea material, moral o espiritual implica una ruptura con las ideas que prevalecen”. Las telarañas mentales y la inercia de lo conocido son los obstáculos más serios para introducir cambios. Como hemos señalado, no solo no hay nada que objetar a la practicidad sino que todos somos prácticos, pero tiene una connotación completamente distinta “el práctico” que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniegan de ellos… los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas mas burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica es de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan grotesca y tragicómica la afirmación que pretende descalificar al sostener aquello de que “fulano es muy teórico” o el equivalente de “mengano es muy idealista”. Bienvenidos los idealistas si sus ideales son nobles y bien fundamentados.

El conocimiento resulta clave para la calidad del castillo, en este sentido es pertinente reiterar lo que se ha dicho al respecto: “Cuando se comparte dinero queda la mitad, cuando se comparte comida también queda la mitad pero cuando se comparte conocimiento queda el doble”.

Los hay quienes se lanzan a la construcción de castillos en el aire pero se acobardan de lo que descubren y por ende se abstienen de pronunciarse en esa dirección y, peor aún, están los que se manifiestan a favor de la esclavitud. Como es sabido, el “síndrome de Estocolmo” es un estado psicológico en el que una persona secuestrada pierde sus defensas naturales y, en el trastorno, revierte sus sentimientos y se vuelve cómplice de sus captores. El bautismo de esta situación obedece al caso del robo a un banco en esa ciudad sueca en el que se mantuvo como rehenes a seis personas, algunas de las cuales, una vez liberadas, se negaron a seguir causas penales contra quienes las mantuvieron cautivas y dos de ellas incluso los defendieron.

Hoy daría la impresión que este síndrome aparece en algunos que alaban la prepotencia estatal y, al mejor estilo masoquista, piden más flagelos. La antiutopía de Orwell resulta espeluznante con el control permanente del Gran Hermano, pero mucho peor es la de Huxley que muestra la cretinización moral de aquellos que reclaman una tiranía. En este último caso, el problema grave es que arrastran al patíbulo a quienes mantienen su dignidad y conservan un sentido de autorrespeto. Estimamos que resulta ilustrativo el peso de los aparatos estatales sobre la gente reproducir unos versos de George Harrison (The Beatles) titulado “El recaudador de impuestos” en el idioma original en que fueron presentados: “If you drive a car, I’ll tax the street / If you try to sit, I’ll tax the seat / If you get too cold, I’ll tax the heat / If you take a walk, I’ll tax your feet.”

En su célebre libro Las ideas tienen consecuenciasRichard M. Weaver además de subrayar la tesis anunciada en el título de su obra concluye que “el mundo más que nunca está dominado por la masificación y la rapidez que conducen a la disminución de los niveles de calidad y, en general, la pérdida de aquellas condiciones que son esenciales a la vida civilizada y la cultura. Esta tendencia de mirar con sospecha a la excelencia tanto intelectual como moral como si fueran antidemocráticas no muestra signos de revertirse.” Solo puede operarse en sentido contrario si se afina la puntería en nobles castillos en el aire que apunten siempre a lo mejor para beneficio de todos en un clima de libertad donde la persona tiene prelación a la muchedumbre, porque como ha escrito Gustave Le Bon “en las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez” (en La psicología de las multitudes).

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

En torno al teletrabajo

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 21/11/20 en: https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/torno-teletrabajo.html

Se ha dicho que debido al teletrabajo que tanto se ha desarrollado en medio de la pandemia que a todos nos envuelve, cambiarán las características del voto. Esto pensamos es por varios factores posibles debido a que con el tiempo las urbes tenderán a desconcentrarse en alguna medida. En consecuencia, se descomprime la influencia de las masificaciones que presionan para disolver lo individual en aras del grupo. Aparecen allí los “líderes” que acentúan el problema concentrando poder, en lugar de cada uno liderar sus propias vidas.

En este contexto, por contraste, en las afueras de las grandes ciudades se facilita el pensamiento independiente al tiempo que hay mayor contención de las familias muchas veces ausentes en las urbes cuando la inmigración de las afueras a la urbe se debe llevar a cabo en soledad. También es del caso apuntar que la agricultura y equivalentes  asientan con mayor fuerza a los titulares que en las grandes ciudades donde habitualmente se rota de empleo y, por otra parte, el hecho de habitar una casa no es igual a vivir en un apartamento pues en el primer caso sobresale la particularidad, situación que en el segundo caso desaparece para subsumirse en el promedio.

Todo lo dicho tiende a hacer que el espíritu tradicionalista y conservador-liberal se fortalezca en pueblos y zonas rurales del interior y, por los antedichos motivos, tiende a multiplicarse el espíritu más bien estatista y centralizador en las urbes.

Desde luego que todo esto son influencias y no un “determinismo espacial” como bautiza este fenómeno Helena Béjar en El corazón de la república obra en la que cita a Jefferson que en carta a James Madison en 1787 advierte sobre el peligro de “apilarnos unos sobre los otros en grandes ciudades, como en Europa,  [así] nos corromperemos tanto como ellos.”

Y lo dicho no va solo para quienes poseen campos o chacras sino para quienes están directamente vinculados a empresas cuyos activos están grandemente constituidos por extensiones de tierras como las vitivinícolas o azucareras. Estas concepciones tradicionalistas se trasmiten a las descendencias por más que vivan en las urbes.

Como han puntualizado autores de la talla de Gustave Le Bon en La psicología de las multitudes “Es se observar que entre los caracteres especiales de las muchedumbres hay muchos, tales como la impulsividad, la irritabilidad, la incapacidad para razonar, la ausencia de sentimientos y de espíritu crítico”, “el sentimiento de responsabilidad que siempre retiene al hombre, desaparece enteramente”, “el contagio interviene igualmente”, “el individuo, sumergido por algún tiempo en el seno de la muchedumbre […] se encuentra bien pronto en un estado particular que se aproxima mucho al estado de fascinación en que se halla hipnotizado en manos del hipnotizador” porque “en las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez.”

Alexis de Tocqueville también mostraba gran desconfianza por las masificaciones en La democracia en América donde subraya que “la mayoría posee un imperio tan absoluto e irresistible, que es necesario en cierto modo renunciar a sus derechos de ciudadano, y por decirlo así a su cualidad de hombre” puesto que “en los tiempos de igualdad, los hombres no tienen ninguna fe los unos en los otros a causa de su semejanza, pero esta misma semejanza les hace confiar de un modo casi ilimitado en el juicio del público, porque no puede concebir que, teniendo todos luces iguales, no se encuentre la verdad al lado del mayor número.”

Sin duda que el factor decisivo en todo esto reside en la educación, es decir en la trasmisión de valores consistentes con el respeto recíproco, lo cual sucederá en la medida de la independencia de las instituciones educativas y la abolición de reparticiones estatales que pretendan dictaminar acerca de estructuras curriculares en lugar de abrir cauce a la competencia entre entidades al efecto de lograr la mayor excelencia académica con auditorias cruzadas en un proceso cuya naturaleza estriba en la prueba y el error en un contexto evolutivo. De todos modos, lo señalado sobre el ámbito en el que se desenvuelve cada cual influye -no determina- las conductas que en nuestro caso pueden a su vez influir sobre el mapa electoral.

Claro que el teletrabajo no solo posiblemente influirá en los resultados del proceso electoral sino en multiplicidad de otras áreas, por ejemplo en la inmobiliaria puesto que ya no tendría sentido construir oficinas ampulosas cuando los empleados trabajan en sus domicilios. Cierro con una referencia personal que hace a la ahora más extendida utilización del Zoom. Como tengo cierta alergia a las aduanas, migraciones, aviones, hoteles y demás parafernalia (los viajes serán solo por placer), este nuevo sistema me permite dictar clase por aulas virtuales y pronunciar conferencias desde mi biblioteca sin desplazamientos enojosos. Por otra parte, el sistema permite reunir una cantidad sustancialmente mayor de participantes ubicados en muy diversos países. Esto del teletrabajo y el Zoom puede colocarse en el lado del activo de esta desgracia de la pandemia que a todos nos afecta.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿GIRO PARCIAL EN EL RUMBO DISCURSIVO DE TRUMP?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

He escrito en repetidas ocasiones sobre las medidas contraproducentes y peligrosas del nuevo presidente estadounidense, lo cual mantengo pero ahora señalo un eventual cambio parcial en el giro que se ha notado en su discurso en Arabia Saudita respecto a su marcada islamofobia anterior. En toda su campaña y en sus primeros días de gobierno reveló una xenofobía extrema entre la cual se destacó su aversión a los musulmanes al promover su propuesta de no permitir el ingreso a Estados Unidos de personas pertenecientes a esa religión, a la propuesta de vigilar y limitar las actividades de musulmanes norteamericanos y sostener que el Islam “nos odia” y otras afirmaciones de esa envergadura.

 

Ahora, en su primer viaje presidencial al exterior, si bien mencionó una vez el calificativo aberrante de “islamismo terrorista” que fue inmediatamente criticado por plumas de sus conciudadanos y en medios musulmanes, cambió su visión al ponderar la cultura musulmana y en un plano metareligioso: colocó sus consideraciones en el contexto de una lucha del bien contra el mal en el sentido del  combate contra el terrorismo siempre criminal independiente de la religión a la que eventual y circunstancialmente adhieren y malinterpretan los asesinos que cometen sus crímenes ya sea “en sus tierras santas” o en otros lugares e invitó a sus anfitriones del momento a tomar la iniciativa de “barrerlos sin contemplación alguna”. Salvando las distancias, sorpresivamente sus disquisiciones estuvieron más cerca del ecumenismo de  Juan Pablo II.

 

Cada vez con más furor en buena parte del mundo se está creando un clima desagradable contra los musulmanes como, por ejemplo, revelan las declaraciones de la antisemita y antimusulmana, afortunadamente perdidosa del Partido de Derecha Nacional en Francia.

 

Debemos tener en cuenta que la población mundial musulmana es de mil quinientos millones de habitantes y como ha repetido Salman Rushdie solo los gobiernos que comandan regimenes totalitarios pretenden secuestrar a sus habitantes de las normas de convivencia civilizada. Estos regimenes recurren a la religión debido a que resulta un canal más propicio para el fanatismo del mismo modo que ocurrió con algunos llamados cristianos en la España inquisitorial.

 

El sheij de la comunidad islámica argentina Abdelkader Ismael- licenciado en teología y licenciado en ciencias políticas- declaró a “La Nación” de Buenos Aires que naturalmente cuando los terroristas de la ETA o la IRA atacan se los identifica como criminales pero no por las religiones que profesan sus integrantes, sin embargo, esto no ocurre con los musulmanes: “al criminal hay que llamarlo por su nombre y apellido y no por la religión a la que cree responder” puesto que “un musulmán verdadero jamás alienta a sus hijos a celebrar la muerte de otro ser humano”, pero de tanto repetir estereotipos se los terminan creyendo ya que “si siempre escucho tango, puedo creer que no existe otra música”. En el caso argentino, cabe agregar que los terroristas de los grupos Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo provenían en su mayoría de la tradición del nacionalismo católico pero sería una bellaquería responsabilizar a la filosofía cristiana por las matanzas de los años setenta (aunque si al nacionalismo que, como apunta Jean-François Revel, es siempre primo hermano intelectual del comunismo).

El Corán señala que “Quien mata, excepto por asesinato, será tratado como que mató a la humanidad” (5:31) y enfatiza la importancia de la palabra empeñada y los contratos (2:282) y la trascendencia de la propiedad privada (2:188). También destacados autores como Gustave Le Bon,  Ernest Renan, Thomas Sowell, Gary Becker, Guy Sorman, Huston Smith, Víctor Massuh, Henry G. Weaver y tantos otros han subrayado las notables contribuciones de los musulmanes a través de la historia en cuanto a la tolerancia con otras religiones, el derecho, las matemáticas, la economía, la música, la literatura, la medicina, la arquitectura y la fundación de innumerables universidades. Averroes fue uno del los mayores responsables de trasladar la cultura latina a centros de estudio europeos. Incluso en Occidente se ha tendido a distorsionar la verdadera trascendencia de jihad que significa “guerra interior contra el pecado” y no guerra santa al estilo de los conquistadores cristianos en América (más bien anti-cristianos).

Es realmente admirable el esfuerzo académico que llevan a cabo los miembros del Minaret of Freedom Foundation en Maryland (EEUU) para contrarrestar la visión errada en cuanto a los fundamentos del Islam y muestran como en las fuentes se encuentra la adhesión a los mercados libres y los marcos institucionales compatibles con el estado de derecho, la importancia de la tolerancia y el pluralismo y también subrayan lo objetable del maltrato a la mujer en cualquier sentido que sea (respecto al cristianismo: “No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio”, I Timoteo, 12).

Personalmente me he comunicado por la vía cibernética con el presidente de la referida fundación,  el profesor Amad-ad-Dean Ahmad, quien revela en uno de sus libros que las contribuciones de musulmanes han constituido uno de los antecedentes de la Escuela Austríaca (de Menger, Böhm-Bawek, Mises, Hayek, Kirzner y Rothbard) y quien es secundado en la mencionada institución por profesionales como Shahid N. Sahah, Aly Ramdan Abuzaa, Sharmin Ahmad y Oma Altalib, cuyo Consejo Directivo también está integrado por especialistas en la tradición musulmana como el catedrático de la Universidad de Michigan Antony T. Sullivan.

 

El problema es siempre la infame alianza tejida entre el poder y la religión, de allí la sabia expresión jeffersionana de la “teoría de la muralla” en Estados Unidos al efecto de separar tajantemente estos dos ámbitos, puesto que quien dice estar imbuido de la verdad absoluta constituye un peligro si, como tal, se desenvuelve en las esferas ejecutivas de la política.

 

En un contexto de guerras religiosas, buena parte de las muertes en lo que va de la historia de la humanidad han ocurrido en nombre de Dios, la misericordia y la bondad. Es tiempo de no caer en la macabra trampa tendida por quienes usan las religiones para escudarse en sus actos criminales porque saben que con ello desatan pasiones irrefrenables.

 

En cuanto a pasajes inconvenientes y contraproducentes en el Corán, los cristianos debemos tener en cuenta los que aparecen en el Nuevo y en el Antiguo Testamento. Solo a título de ejemplo cito en el primer caso “Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mi” (Lucas, 19:27) y en el segundo, el de la tradición judeo-cristiana “Si oyes decir que en una de las ciudades que Yahvéh tu Dios te da para habitar en ella, algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, ha seducido a sus conciudadanos diciendo: ´Vamos a dar culto a otros dioses´ que vosotros no conocéis, consultaras, indagarás y preguntaréis minuciosamente. Si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, la consagrarás al anatema con todo lo que haya dentro de ella; amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública  prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahvéh tu Dios. Quedará para siempre convertida en un montón de ruinas y no volverá a ser edificada” (Deuteronomio, II, 13: 13-17).

 

Sin duda que resultan mucho más tranquilizadores pensamientos como los que consigna Voltaire en “Oración a Dios” en su Tratado de la tolerancia: “que los que encienden cirios en plena luz del mediodía para celebrante, soporten a los que se contentan con la luz del sol; que los que cubren su traje con tela blanca para decir que hay que amarte, no detesten a los que dicen lo mismo bajo una capa de lana negra; que sea igual adorarte en una jerga formada de antigua lengua, que en un jerga recién formada”.

 

Por supuesto que además de manipuladores que disfrazan sus designios perversos con el manto religioso al efecto de provocar resultados de mayor alcance y envergadura, están los fanáticos que verdaderamente creen en un culto que no perciben es diabólico en cuanto a que sostienen que su deber consiste en exterminar a quienes no participan de los ritos y creencias de su secta malévola. Es que el asesino no se justifica ni perdona porque comete sus espantosas fechorías y desaguisados en base a lo que estima son instrucciones sobrenaturales lo cual no se mitiga en lo más mínimo por el hecho de que el sujeto en cuestión forme parte de una banda que comparte semejante postura delictiva, en todo caso este camino constituye un adefesio y una afrenta grotesca al sentido religioso, es decir la religatio con la Primera Causa como fuente de inspiración a la bondad y la concordia. Este desvío monstruoso es lo que hoy pretenden los megalómanos al frente de pueblos sumergidos en la penuria, del mismo modo que antes también ocurría con tiranías sustentadas en coaliciones macabras entre el altar y la espada.

 

Es de desear que quienes somos testigos del abuso e interpretación retorcida de religiones propiamente dichas no miremos para otro lado cuando no toca nuestras creencias porque con esta conducta del avestruz no solo se cometen injusticias muy  graves sino que así perderemos nuestro derecho a quejarnos cuando toque el turno de atacar nuestros valores y creencias. Debemos ser respetuosos de otras manifestaciones culturales que no son las nuestras y que no afectan derechos de terceros, esta es la única manera de cooperar pacíficamente en una sociedad abierta y es el único modo de ir descubriendo distintas avenidas y horizontes en un proceso evolutivo. La islamofobia, la judeofobia, la fobia al cristianismo, al budismo, los rechazos a deístas, agnósticos y ateos y demás manifestaciones de intolerancia solo prometen dolor y sangre.

 

El terrorista debe ser condenado como criminal sin hacer referencia a su color de piel, su condición  sexual, su nacionalidad ni su religión. Solo de este modo podremos considerarnos civilizados y nos habremos liberado de la espantosa y truculenta lacra de las guerras religiosas. Resulta en verdad conmovedor comprobar la angustia que reiteradamente han puesto de manifiesto públicamente tantos escritores y dirigentes musulmanes frente al uso de la a todas luces inadecuada expresión “terrorismo islámico”. Tal como he consignado en muchas oportunidades, no comulgo para nada con las políticas de George W. Bush pero suscribo su declaración en los días siguientes a la horrenda masacre perpetrada contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 con motivo de la visita a una mezquita en cuanto a que “es del todo inapropiado vincular al islamismo con el terrorismo puesto que un criminal es un criminal independientemente de lo que pueda declarar son sus creencias religiosas”.

 

Dadas las cambiantes opiniones y posiciones contrarias a la sociedad abierta de Donald Trump, hay quienes dudan de la sinceridad de su incipiente cambio de discurso respecto a su anterior islamofobia. Sin embargo, para bien de la civilización, es de desear que sea veraz y que la profundice, además de rectificar el rumbo en otros aspectos muy sensibles y mejorar áreas que aparecen bien encaminadas pero contradictorias en ámbitos de la actual administración.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

PELIGROS DEL FANATISMO:

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es bien sabido, la característica central del ser humano es su capacidad para discernir, para decidir entre distintos cursos de acción, para razonar,  conceptualizar y para argumentar. Esto es un privilegio de la condición humana que no posee ninguna otra especie conocida. Esto hace posible el conocimiento y las refutaciones. Posibilita el intercambio de ideas en el aula, en debates abiertos, conversaciones y a través de ensayos, libros y artículos.

 

El fanático es aquel que renuncia a su condición humana y adhiere ciegamente a lo que otros le dicen, deja de ser una voz para convertirse en puro eco. No digiere, no medita, solo obra por impulso,  en verdad no actúa ya que no hay acción propiamente dicha sino reacción. La expresión proviene del latín antiguo: fanum, lo cual quiere decir templo, de ahí que los fanatismos más comunes con de carácter religioso donde la fe juega un rol decisivo. Sin duda que puede concebirse una persona religiosa no fanática en el sentido que razona la existencia de una primera causa (necesaria, no contingente como el Big-Bang), de lo contrario sabe que no hubiera nacido ya que las causas que lo generaron irían en regresión ad infinitum, por tanto, nunca hubieran comenzado. Pero el fanático atropella a los congéneres, los quiere convertir a su credo a toda costa e incluso se pone agresivo con los que no aceptan su modo de ver la religiosidad.

 

Este último sentido explica las matanzas horrendas a través de la historia que se han perpetrado en nombre de Dios, la misericordia y la bondad. Lo curioso es que esta situación no ocurría cuando abundaba el politeísmo, situación en la que cada uno tenía su dios personal que eventualmente otros podían compartir algunas de las formas de adoración. Cuando comenzó a practicarse el monoteísmo se acentuaron los problemas y las trifulcas, etapa en la que se generalizó la conducta de que cada religión así concebía pretendía una y otra vez imponer su visión absoluta a otros. Es en verdad desafortunado que el descubrimiento que varios seres perfectos no resultan posibles puesto que lo que tuviera uno no lo poseería  el otro por lo que solo es concebible un ser que pueda atribuirse la condición de prefecto. Es desafortunado que de esta conclusión se siguiera que había que masacrar al que practicara procedimientos rituales diferentes.

 

Merced a la decisiva intervención de Juan Pablo II -principal aunque no exclusivamente- se instaló la noción del ecumenismo y del respeto, la amistad y comprensión mutua entre las religiones monoteístas y también la debida consideración a todas las otras maneras de encarar la religión y para con el deísmo y también para los que no tienen religión alguna (y su pedido de perdones por crímenes comandados por Papas como fueron las inquisiciones, la judeofobia y las instigaciones a guerras religiosas). Nada más decepcionante que los fanáticos religiosos obcecados con lo que les dice el líder con o sin túnicas y sotanas aunque se trate de un disparate superlativo.

 

Pero el fanatismo no se agota en las religiones sino que se extiende a las concepciones políticas, lo cual produce los descalabros que son del dominio público. Se extienden a la adoración al líder del momento, habitualmente por parte de muchedumbres en las que como ha señalado en La psicología de las multitudes Gustave Le Bon “lo que se acumula no es la sensatez sino la estupidez”.

 

Por esto es que resulta una medida higiénica el alejarse de las ideologías que como se ha repetido en muy diversas ocasiones, en su acepción más generalizada da por sentado la fabricación de un sistema cerrado, clausurado, terminado e inexpugnable lo cual es la antítesis del conocimiento que por su naturaleza es provisorio sujeto a refutaciones tal como lo ha explicado, entre otros, Karl Popper.

 

El fanático no entiende que significa la tolerancia, está ensimismado en sus creencias fuera de lo cual piensa que lo demás es falso con lo que habitualmente procede a conculcar derechos de terceros con una ferocidad digna de un animal. Con el fanático resulta imposible conversar ni intercambiar ideas, está obnubilado con su credo. Como diría Borges “es asertivo, para seguir con él hay que cambiar de tema”.

 

El fanático es militante, una de las palabras más desagradables del diccionario porque en primer término es impropio para el mundo civil y también para las fuerzas armadas ya que allí se trata de militares no de militantes. El término en cuestión deriva de militar y claro que, en ese sentido, el militante procede conforme a las órdenes que recibe del vértice, es verticalista y es una pieza que se mueve en el contexto de la obediencia debida. A su vez, los jefes totalitarios son fanáticos, son términos correlativos y consustanciales al mesianismo, el megalómano es necesariamente un fanático en su obsesión de manejar vidas y haciendas ajenas.

 

Eric Hoffer en The True Beliver nos dice que “los hombres en general se ocupan de lo suyo cuando en lo suyo hay algo de sustancia, de lo contrario se ocupa de meterse con el vecino” y este es el fanático que dado su vacío existencial tiene que respaldarse en una causa externa a él por la que entregar sus pasiones. Le resulta insoportable, como apunta Hoffer, que “la libertad de elección coloca sobre sus hombros toda la culpa por sus fracasos”. Por eso, continúa este autor, es que el fanático tiende a subsumirse en lo colectivo, en los movimientos masivos, porque coloca la posibilidad de cambio fuera de su control, en las manos del líder,  se traduce en “la total rendición del yo”. Hoffer ejemplifica no solo con los fanáticos religiosos sino en espesas y purulentas categorías cerradas y terminadas a las que se debe obedecer a pie juntillas como son los casos del nacional-socialismo y el comunismo y también los ateos militantes que operan “como si se tratara de una nueva religión”.

 

Por eso es que el espíritu liberal abre puertas y ventanas de par en par al efecto de permitir y estimular el debate y así reducir en algo nuestra colosal ignorancia. Esta es una de las razones por las que aboga por la tolerancia de tradiciones de pensamiento distintas que permiten reforzar argumentos en pro de la libertad y modificar los que estaban equivocados, en un contexto de permanente evolución. Cervantes escribió que “el camino es siempre mejor que la posada” pero, además, en el caso liberal, no hay posada, es todo camino, “la hazaña de la libertad” al decir de Croce siempre teniendo en vista que, otra vez según la pluma del autor del Quijote, todo debe entregarse “por la libertad, igual que por la honra”.

 

En La rebelión de las masas Ortega destaca que los hombres asimilados a lo colectivo “no se exigen nada especial, sino para ellos vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre si mismos, boyas a la deriva”. El fanático revela su tontera y concluye Ortega que “no hay modo de desalojar al tonto de su tontería […] el tonto es vitalicio […] por eso ha perdido el uso de la audición ¿Para qué oír si ya tiene dentro de si todo cuanto hace falta?”.

 

Si se impone el hombre-masa en el sentido orteguiano la perspectiva es por cierto lúgubre, pues según el mismo pensador “La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado, el hombre para la máquina del Gobierno”.

 

El fanático considera que la lealtad debe ser total al líder -más bien el servilismo- todo lo demás es traición que tiene que ser desacabezada. Robert Nisbet en Prejudices mantiene que el fanatismo, además del religioso propiamente dicho, abarca la religión laica que sigue los pasos de los Robespierre de nuestra época y, salvando las distancias, da un ejemplo de Estados Unidos, el país que ha sido el  más liberal del planeta, que concreta en el caso del fanático Woodrow Wilson quien bautizó su era como “progresista” con medidas en las que el Leviatán irrumpió con fuerza para “encaminarse a un lugar perfecto” al decir de aquél presidente estadounidense. El fanático representa aquello que Nisbet ilustra con una oportuna cita de Dostoievsky: “el fuego en la mente”.

 

En momentos en que ciertos fanatismos devienen en terroristas siempre criminales, es decir, resucitan inquisiciones en bandada, debe meditarse con cuidado cuales son las defensas de la sociedad abierta y uno de los anclajes de mayor fertilidad consiste en mantener a rajatabla la libertad de expresión, la separación tajante entre religión y poder (“teoría de la muralla” según la concepción original norteamericana) y ocuparse y preocuparse de la educación como la trasmisión de valores y principios consistentes con seres libres para así asegurarse las necesarias defensas contra la incursión de fanáticos, un peligro mortal para la convivencia civilizada. Cierro esta nota con un conocido adagio que debe repasarse en toda ocasión: “la mente es como un paracaídas, solo sirve si se abre”, es que las telarañas mentales carcomen la condición humana.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

LA PARADOJA DE LAS IDEAS

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Resulta paradójico en verdad que se diga que la suficiente difusión de las buenas ideas son el único camino para retomar un camino de cordura y, sin embargo, se concluye que es altamente inconveniente pretender expresarlas ante multitudes. Parecería que estamos frente a un callejón sin salida, pero, mirado de cerca, este derrotismo es solo aparente.

 

Muchas han  sido las obras que directa o indirectamente aluden a este fenómeno. Tal vez las más conocidas sean The Loney Crowd de David Reisman, The Courage to Create de Rollo May, La rebelión de las masas de Ortega, la horripilante antiutopía de Huxley (especialmente en su versión revisada) y,  sobre todo, La psicología de las multitudes de Gustave Le Bon.

 

Ortega escribe en el prólogo para franceses de la obra mencionada, (once años después de publicada) que “mi trabajo es oscura labor subterránea de minero. La misión del intelectual es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que el político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban” y en el cuerpo del libro precisa que en el hombre masa “no hay protagonistas, hay coro” y en el apartado titulado “El mayor peligro, el Estado” concluye que “El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del Gobierno”.

 

Po su parte, Le Bon -autor también de La psicología del socialismo sistema al cual tendería el poder de las muchedumbres y La civilización de los árabes donde pone de manifiesto las extraordinarias contribuciones que en su momento realizó esa civilización en cuanto a tolerancia religiosa, derecho, medicina, arquitectura, economía, música, filosofía y gastronomía- en el trabajo citado sobre las multitudes afirma que “las transformaciones importantes en que se opera realmente un cambio de civilización, son aquellas realizadas en las ideas” pero que, al mismo tiempo, “poco aptas para el razonamiento, las multitudes son, por el contrario, muy aptas para la acción” y, en general, “solo tienen poder para destruir” puesto que “cuando el edificio de una civilización está ya carcomido, las muchedumbres son siempre las que determinan el hundimiento” ya que “en las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”.

 

Entonces, como enfrentar la disyuntiva. Los problemas sociales se resuelven si se entienden y comparte las ideas y los fundamentos de la sociedad abierta pero frente a las multitudes la respuesta no solo es negativa porque la agitación presente en las muchedumbres no permite digerir aquellas ideas, sino que necesariamente el discurso dirigido a esas audiencias demanda buscar el mínimo común denominador lo cual baja al sótano de las pasiones. Como explica Ortega en la obra referida, “el hombre-masa ve en el Estado un poder anónimo y como él se siente a si mismo anónimo -vulgo- cree que el Estado es cosa suya” y lo mismo señala Hayek en Camino de servidumbre en el capítulo titulado “Porqué los peores se ponen a la cabeza”.

 

Desde luego que, como hemos apuntado en otras ocasiones, la paradoja no se resuelve repitiendo los mismos procedimientos puesto que naturalmente los resultados serán los mismos. El asunto es despejar telarañas mentales y proponer otros caminos para consolidar la democracia y no permitir que degenere el cleptocracias como viene ocurriendo de un largo tiempo a esta parte.

 

En este sentido, hemos tomado las ideas de varios intelectuales de fuste que sugieren adoptar diversos métodos a través de los cuales se agregan vallas de peso para limitar el poder. Si lo sugerido no se acepta deben adoptarse otras medidas pero no quedarse de brazos cruzados esperando magias de la más baja estofa. Uno de los puntos que hemos reiterado es la propuesta de Montesquieu en el capítulo segundo del libro segundo de su El espíritu de las leyes donde escribe que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” a lo que puede añadirse con provecho la idea propuesta por Edmund Randolph y Elbridge Gerry en la Convención Constituyente estadounidense en cuanto al establecimiento de un triunvirato en el Poder Ejecutivo con lo que, además de los incentivos que genera el sorteo para que se limite el poder (ya que cualquiera que se postule puede eventualmente acceder al cargo), desaparecen en esta área los discursos demagógicos de energúmenos gritones, enojados y transpirados dirigidos a multitudes vociferantes y el se abrirían espacios adicionales para que el debate de ideas se circunscriba a audiencias interesadas en mejorar la marca y no en corear lugares comunes alejados de la excelencia.

 

La perfección no está al alcance de los mortales, de lo que se trata en esta instancia del proceso electoral es minimizar los desbordes del Leviatán. Tal como ha dicho John  Stuart Mill “toda buena idea pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción” el asunto es no tener miedo a lo “políticamente incorrecto” y actuar conforme a la honestidad intelectual y, desde luego, estar abierto a enmiendas pero no quedarse paralizado esperando un milagro para revertir los problemas que a todas luces son provocados por deficiencias institucionales que surgen  de incentivos perversos en cuanto a coaliciones y alianzas que desnaturalizan  la idea original de proteger derechos de la gente.

 

Hay quienes en vista de este panorama la emprenden irresponsablemente contra la democracia sin percatarse que en esta etapa cultural la alternativa a la democracia es la dictadura con lo que la prepotencia se arroga un papel avasallador y se liquidan las pocas garantías a los derechos que quedan en pie. Confunden el ideal democrático cuyo eje central es el respeto de las mayorías por el derecho de las minorías, con lo que viene ocurriendo situación que nada tiene que ver con la democracia sino más bien con dictaduras electas.

Como también hemos subrayado antes, en  última instancia, los políticos son cazadores de votos (son cuasi megáfonos) por lo que están inhibidos de pronunciar discursos que los votantes no comprenden y, en  su caso, no comparten. Para abrirles un plafón  a los políticos al efecto de que puedan modificar la articulación de sus discursos, es menester trabajar sobre las ideas para que la opinión pública cambie la dirección de sus demandas, alejados de muchedumbres que exigen frases cortas y lugares comunes que no admiten razonamientos serios.

 

Y para fortalecer las ideas lo último que se necesita es un líder puesto que, precisamente, cada uno debe liderarse a sí mismo lo cual es completamente distinto de contar con ejemplos que es muy distinto por la emulación a que invitan no solo en el terreno de las ideas sino en todos los aspectos de la vida (esto a pesar de los múltiples cursos sobre liderazgo que, en el sentido de mandar y dirigir, están fuera de lugar, incluso en el mundo de los negocios donde se ha comprendido el valor de la dispersión del conocimiento y el daño que hace el énfasis en el verticalismo).

 

Para terminar, relato una anécdota al efecto de ilustrar lo que ocurre con una persona atenta a ideas distintas y, sobre todo, honesta intelectualmente. En una oportunidad cuando diserté en la Universidad de las Américas en Washington DC, como un anexo al programa de disertantes sobre economía y ciencia política, la embajada argentina pidió autorización para que hablara el agregado militar a esa embajada. Así, hizo uso de la palabra el general Jorge Martínez Quiroga quien se refirió al terrorismo en la Argentina.

 

Para mi sorpresa en su presentación no mencionó a los Montoneros. Luego de la disertación, en el período de preguntas, le dije a Ricardo Zinn, quien estaba sentado al lado mío, que no se podía dejar pasar esa grave omisión, con lo cual estuvo de acuerdo. Entonces pedí la palabra y le expresé al referido general que me llamaba la atención que no haya aludido a ese grupo terrorista, más habiendo asesinado a su camarada de armas el general Pedro Eugenio Aramburu. La respuesta fue muy insatisfactoria y plagada de ambigüedades, vacilaciones y nerviosismos. Luego del acto, el general Martínez Quiroga me llamó al efecto de mostrar su disgusto con mi reflexión pública y agregó que tenía expresas instrucciones del general Videla, entonces presidente de facto de la nación, de que no mencionara al peronismo en el contexto de la agresión terrorista de Montoneros (en esa breve y agitada conversación me percaté de sus ideas nacionalistas-estatistas).

 

Al tiempo, ya en la Argentina, curiosamente me invitó a almorzar el general Martínez Quiroga quien había sido designado Director de la Escuela de Defensa Nacional, almuerzo que se prolongó hasta bien entrada la tarde y que se repitió dos veces más. Llamativamente para mí, después de transcurridos unos meses del último almuerzo me designó profesor titular de economía en la institución que dirigía a la cual asistían civiles y militares, donde en el ejercicio de la cátedra tuve varias trifulcas con algunos participantes. A partir de esa época, el general Martínez Quiroga comenzó a asistir a todos los actos académicos de colación de grados en ESEADE al efecto de escuchar al profesor invitado de la ocasión y, más adelante, escribió un libro titulado El Poder que me envió con una muy afectuosa dedicatoria. En otros términos, una persona que venía de una tradición ubicada en las antípodas del liberalismo, fue modificando su pensamiento en una forma que puso de manifiesto su honestidad intelectual a pesar de verse comprometido en posturas contrarias a las que sustentaban sus jefes. Hablamos con él de los bochornosos e inaceptables procedimientos a que se recurrió en nuestro país en la lucha antiterrorista.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.