EE.UU. sorprende a Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 29/12/16 en: 

 

En el complejo escenario de Medio Oriente , la guerra civil siria y sus atrocidades parecían haber relegado al conflicto entre Israel y los palestinos a un segundo plano. Ocurrió que, pese a que Israel ha mantenido ya tres guerras contra Siria y protagonizado numerosos incidentes fronterizos con duelos de artillería y combates aéreos, lo cierto es que hasta ahora se había mantenido al margen de ese conflicto.

Hablamos de una guerra civil siria que, en esencia, es una confrontación facciosa entre distintas visiones del Islam, en la que la intervención militar directa de la Federación Rusa e Irán han permitido la supervivencia del autoritario régimen de Bashar al-Assad. Muy pocos creyeron, al comienzo del conflicto, que esto podía ser posible. Pero hoy es una realidad.

De alguna manera Israel logró hacerse casi “invisible” con relación a Siria. Consciente, sin embargo, de que los potenciales triunfadores en la guerra civil podían ser países, como Irán, u organizaciones, como la libanesa “Hezbollah”, hostiles hacia Israel. Es lo que efectivamente ha sucedido, generando una difícil nueva realidad geopolítica alrededor de Israel. Quizás más peligrosa que nunca.

Mientras el conflicto armado en el país vecino se desarrollaba, Israel pudo recomponer su relación bilateral con Turquía y mantuvo intactas sus relaciones con Jordania. Además, se acercó discretamente al gobierno militar que hoy -tras la etapa que llevara brevemente a la Hermandad Musulmana al poder en el país de las pirámides- conduce a Egipto.

En las fronteras inmediatas de Israel, “Hezbollah” -directamente involucrado en la guerra civil siria- creció muy fuertemente en influencia y, desgraciadamente, también en capacidad militar y, en cambio, “Hamas”, más bien disminuida, mantuvo su agresividad, aunque sin intervenir abiertamente en ella.

Pero de pronto la quietud aparente en la que flotaba el conflicto no resuelto entre Israel y los palestinos se alteró dramáticamente. En apariencia, inesperadamente.

En la que fuera -en su origen- una iniciativa de la representación egipcia, un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad generó una enorme sorpresa.

Porque -escrito por los palestinos- ordenaba a Israel detener -inmediata y completamente- la construcción de asentamientos en Cisjordania y en Jerusalén-este. Y los declaraba, expresamente, como ilegales bajo el derecho internacional, definiéndolos como un obstáculo serio para poder avanzar en una solución negociada del conflicto entre ambas partes estructurada bajo la noción de “los dos Estados”. Advertía, de paso, que no se reconocerán cambios a la situación en materia de integridad territorial distintos de la realidad existente al 4 de junio de 1967.

Sin perder un minuto, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu , ante lo que sucedía, solicitó a la administración de Barack Obama “vetar” el proyecto, en caso de que el mismo siguiera adelante. Además, se comunicó con el presidente electo norteamericano, Donald Trump , y le encomendó específicamente la misión de pedir a Egipto que postergara la discusión y votación del proyecto en el Consejo de Seguridad. Lo que Trump obtuvo a través de una conversación telefónica con el general Abdelfatah al-Sisi, hoy presidente constitucional de Egipto, con el que Trump tiene una buena relación personal.

No obstante, otros cuatro miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: Malasia, Nueva Zelanda, Senegal y Venezuela, de pronto hicieron suyo el proyecto de resolución y, descongelándolo, lograron impulsarlo y ponerlo a votación, casi sin demoras.

Y allí vino la enorme sorpresa: los EE.UU., que siempre fueron críticos respecto de los asentamientos en cuestión, pudieron ciertamente vetarlo una vez más, como ya lo habían hecho en el pasado con proyectos similares. Pero esta vez fue distinto. No lo hicieron. Prefirieron abstenerse. El resultado de esta actitud fue que la resolución sobre los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén-este se aprobó rápidamente, por 14 votos contra 0 y una abstención, la de los EE.UU..

Estamos frente a un hecho histórico. Por primera vez el organismo de las Naciones Unidas, responsable principal de las cuestiones de paz y seguridad internacionales, intervino específicamente -con todo su peso- en el conflicto entre Israel y los palestinos. Con definiciones categóricas que de pronto hasta podrían derivar en sanciones contra Israel, si la construcción de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén-este no se interrumpe.

De este modo, los EE.UU. modificaron abruptamente la que fuera hasta ahora su tradicional postura. Esto es, la de proteger siempre con su veto a Israel en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas e impulsar, en cambio, la resolución del tema abierto entre Israel y los palestinos exclusivamente a través de negociaciones directas entre las dos partes.

Lo hicieron en lo que implica un fuerte cambio de rumbo, desairando abiertamente a Donald Trump, quien ya había solicitado a Barack Obama el “veto” de la resolución votada, a la que caracterizara de “extremadamente injusta, respecto de Israel”.

Lo cierto es que la norma emanada del Consejo de Seguridad es una realidad, con todos los efectos consiguientes. Benjamin Netanyahu la calificó de “vergonzosa” y advirtió, sin rodeos, que Israel no le reconocerá validez. En su entorno, alguno hasta sugiere que todo lo sucedido en esta cuestión ha sido, en realidad, una maniobra urdida por la administración de Barack Obama.

Ante lo sucedido, parece oportuno recordar que cerca de 600.000 israelíes viven hoy en asentamientos del tipo de los que se mencionan en la resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No es, para nada, un tema menor.

La resolución comentada, del 23 de diciembre pasado, lleva el número 2334 y refleja la que ha sido -por años- la posición prevaleciente en la comunidad internacional sobre los asentamientos. Define a los asentamientos como una violación “flagrante” del derecho internacional y sostiene que ellos carecen de validez legal. Llama también a que se eviten los actos de violencia contra los civiles y las provocaciones, incluyendo el terrorismo. Convoca, asimismo, a reanudar, sin demoras, las negociaciones para poder completar un acuerdo de paz final entre las partes, estructurado sobre la idea de “los dos Estados”.

La resolución, sin embargo, tiene sus problemas. Serios. Primero, es en realidad un paso en dirección a internacionalizar el conflicto, algo que no necesariamente es positivo y puede complicarlo en extremo. Segundo, parecería definir, sin excepciones, a todas las construcciones hechas en Jerusalén-este como asentamientos, incluyendo aquellas realizadas en el propio “barrio judío” de la Ciudad Vieja, lo que naturalmente es difícil de aceptar para cualquier gobierno de Israel. Y obviamente no menciona otros temas que son absolutamente fundamentales para poder avanzar en dirección a la paz, como es nada menos que la necesidad de que todos los involucrados reconozcan expresamente al Estado de Israel como tal, lo que hoy no sucede desde que algunos niegan a Israel el derecho mismo a existir.

Es imposible no pensar que el fuerte cambio de rumbo de la administración de Barack Obama, insólitamente realizado a último momento, no tenga algo que ver con la pésima relación personal que existiera -y existe- entre el presidente Obama y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Lo sucedido puede entonces ser -directa o indirectamente- reflejo de esa desafortunada circunstancia.

Las cosas seguramente van a cambiar con el acceso de la nueva administración norteamericana, aquella que pronto encabezará Donald Trump. Pero la resolución 2234 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es una realidad. Para algunos, no ayudará, sino que hará aún más compleja la solución de un tema muy demorado, el del acuerdo final de paz entre israelíes y palestinos, respecto del cual puede ser cierto aquello de que el paso del tiempo no siempre ayuda. Donald Trump anunció que el próximo embajador de los Estados Unidos ante Israel será David M. Friedman, que rechaza públicamente la alternativa defendida por John Kerry, esto es la idea de “los dos Estados”.

Cabe apuntar que la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU no fue adoptada bajo el Capítulo VII de la Carta, sino bajo el Capítulo VI. Por ello no es directamente obligatoria. No obstante tiene mucho peso como recomendación y mensaje. Por esto, para Benjamin Netanyahu luce como una lamentable humillación.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El nuevo secretario de la ONU expresa un deseo de cambio

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 20/10/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1948719-el-nuevo-secretario-de-la-onu-expresa-un-deseo-de-cambio

 

Las Naciones Unidas tienen ya un nuevo Secretario General que asumirá su cargo el 1º de enero de 2017. Es el socialista portugués Antonio Guterres. Reemplazará al surcoreano Ban Ki-moon, que a fin de este año completará una década como el más alto funcionario de la organización internacional.

El jueves pasado, 13 de octubre de 2016, la Asamblea General de la ONU designó a Guterres por aclamación. A los 67 años, el experimentado ex primer ministro de Portugal y ex Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas representa el deseo generalizado de cambio de rumbo que parece haber prevalecido entre los Estados miembros en la elección reciente. Ese deseo deriva no sólo de una etapa de protagonismo opaco, sino además del malestar que provoca el no haber podido detener la horrible guerra civil siria, ni la crisis de refugiados provocada por ella.

La elección de Antonio Guterres culminó un proceso de selección novedoso, dinámico y con un nivel de transparencia hasta ahora desconocido en las Naciones Unidas. Por lo demás supone haber dejado de lado el principio de la rotación regional cuando de elegir al Secretario General de la ONU se trata. Esta era -teóricamente- la hora de Europa del Este. No fue así. Además, la elección de Guterres se produjo pese a la presión por elegir para conducir a la ONU a una mujer, por primera vez. Al final, como era de suponer, se eligió al mejor candidato.

Guterres, de todas las alternativas, era quien más convocaba. Además su elección sugería que, después de diez años de presencia anodina de Ban Ki-moon, las Naciones Unidas necesitan una suerte de sacudón que asegure un nivel de protagonismo del que la organización internacional careció en los últimos años. En mi opinión, esta última es probablemente la razón central detrás de la elección del nuevo Secretario General. Los Estados miembros, en su mayoría, no estaban conformes con la continuidad de un estilo hipercauto, como el que caracterizara al mandato de Ban Ki-moon.

En ese deseo de “cambio” pudo haber estado el mayor escollo que debió enfrentar nuestra candidata, Susana Malcorra, en su frustrado empeño por tratar de alcanzar el puesto de Secretaria General de las Naciones Unidas.

Ocurre que, por su obvia cercanía con Ban Ki-moon, representaba -bien o mal- la “continuidad”. Más de lo mismo, entonces. Para algunos, ello suponía mantener el andar poco enérgico, casi desteñido. Diligente y tenaz. Pero sin un gramo de osadía. Lo que caracterizó a una gestión incolora, realizada como si se hubiera preferido estar de espaldas al protagonismo.

La oportunidad de Malcorra era, quizás, la de resultar la candidata “de compromiso”; aquella que hubiera podido ser útil para resolver una situación de parálisis por falta de consenso, pero sin variar demasiado el estado de cosas. Ese pudo bien haber sido su rincón. Aunque ello suponía pensar que el Reino Unido pudo estar dispuesto a votar a favor de una argentina; lo que es -por lo menos- dudoso.

Pero esa situación no se dio. La innegable calidad de Guterres al final alineó a todos detrás de su candidatura y terminó siendo aclamado. Resuelto, emprendedor, animoso y a la vez sencillo, el portugués era el candidato que mejor respondía al deseo de “cambio”. De renovación, entonces.

Para Ban Ki-moon, sin embargo, cabe un reconocimiento que no es menor: el de haber abierto, como nunca hasta ahora, el acceso a los más altos cargos internos de las Naciones Unidas a una fuerte e indispensable presencia, la de la mujer. Con todo éxito.

Al dirigirse a la Asamblea General de la ONU tras su designación, el nuevo Secretario General dijo que el verdadero ganador “es la credibilidad de la ONU”, comprometiéndose a trabajar “como un constructor de puentes” en la búsqueda de las soluciones necesarias. Esa afirmación fue recibida con un aplauso cerrado por los representantes de los Estados miembros, que se pusieron de pie en señal de apoyo y satisfacción.

Muchos esperan también que el nuevo Secretario General se anime a realizar las reformas internas necesarias, no sólo para hacer a la organización más eficiente, sino más vigorosa y efectiva.

Antonio Guterres sabe bien cuan complejo y riesgoso es trabajar en los conflictos armados y cuan profundas son las heridas que ellos provocan, particularmente en los civiles inocentes. En el particular mundo de los refugiados y desplazados sus instintos políticos, su coraje y su eficiencia han merecido siempre el aplauso de la comunidad internacional. De alguna manera Guterres compitió con una estatura distinta. Por eso el apoyo unánime final que recibió en el Consejo de Seguridad.

Alguno ha dicho que Guterres es “el mejor capitán posible” para un período de tormentas e inestabilidad. Es así. Tiene capacidad de unir y es particularmente hábil al tiempo de buscar consensos. En su trayectoria ha sido siempre un reformista en busca de mayor eficacia. A diferencia de Ban Ki-moon, cuyas dotes de comunicador no son altas, Guterres sabe ser convincente y hasta carismático. Por esto, la primera tarea del nuevo Secretario General deberá ser la de sacudir a la organización administrativa de las Naciones Unidas y realizar en ella los cambios necesarios para mejorar su accionar. Deberá también designar su equipo principal, con las potencias del mundo presionando como siempre para poner a sus respectivos nacionales en los más altos puestos de la nueva administración. De modo de no sólo participar, sino también influir.

Impulsado por el deseo de cambio, Guterres iniciará su mandato con la buena voluntad de quienes, esperanzados, lo prefirieron para el más alto cargo administrativo de las Naciones Unidas. Entre sus competidores, ya definitivamente relegados, hay personas de calidad excepcional a las que el nuevo Secretario General conoce bien. No es imposible que recurra a algunas de ellas por su capacidad y experiencia, para asegurar así una transición ordenada y conformar un equipo de primer nivel.

Para la República Argentina es hora de volver a cooperar en todos los frentes con las Naciones Unidas, organización que es mucho más que un podio desde el cual batir retóricamente el parche de ideologías que no se corresponden con el mundo de hoy. Por eso el apoyo argentino debe ser horizontal, incluyendo todos los frentes de acción en los que las Naciones Unidas trabaja. A lo antedicho debiera sumarse un cambio de actitud coherente con la necesidad de incrementar la colaboración, que debería expresarse evitando los largos atrasos en los pagos de cuotas y contribuciones que caracterizaron a nuestra conducta de la última década.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Turquía recompone sus relaciones externas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 7/7/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1916107-turquia-recompone-sus-relaciones-externas

 

Turquía -que acaba de celebrar un nuevo aniversario de la conquista de Estambul, en el siglo XV y es la octava economía del Viejo Continente- anunció dos importantes movimientos en materia de política exterior. Normalizadores, ambos. Bienvenidos, entonces.

El primero de ellos es un claro pedido de disculpas y ofrecimiento de condolencias a la Federación Rusa por haber derribado a un caza de su fuerza aérea que supuestamente había violado el espacio aéreo turco cuando volaba en cumplimiento de una misión del contingente militar ruso que actúa en la compleja guerra civil siria.

El segundo, en cambio, tiene que ver con la dilatada normalización de sus relaciones con Israel, que estaban tensas y en rigor semi-interrumpidas desde el incidente protagonizado en 2010 por la armada israelí, cuando interrumpiera por la fuerza el avance de una desafiante flotilla privada turca que procuraba llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, violando el bloqueo marítimo impuesto por Israel a ese territorio palestino desde 2007.

Bloqueo que, recordemos, procura evitar que lleguen a Gaza -por mar- más de los miles de peligrosos misiles que hoy, cual pesadilla, apuntan amenazadoramente contra toda suerte de blancos en Israel. En el referido incidente violento murieron diez personas que tripulaban o viajaban en la flotilla, por las que Israel ha convenido pagar una reparación a sus familiares.

Seis años de animosidad entre Israel y Turquía comienzan a quedar finalmente atrás. Lo que es ciertamente positivo para la paz de la región. Los dos países han mantenido en el pasado relaciones de intimidad hasta en temas particularmente delicados, como son el de la seguridad y la defensa común o el de la lucha articulada contra el terrorismo, que últimamente ha perpetrado una ola de cruentos atentados que incluyó a la propia Estambul. Por ello, el flujo del turismo hacia Turquía ha caído en un 35%, con todo lo que ello significa en el plano económico.

Cabe asimismo recordar que Turquía -que es miembro de la OTAN- ha tenido históricamente relaciones difíciles -y hasta hostiles- con Rusia.

La política exterior regional de Turquía es hoy abiertamente contraria al régimen alawita-sirio (shiita) de Bashar al-Assad. Rusia, por su parte, es su principal sostenedor. Más aún, es la razón militar misma de su sorprendente supervivencia.

El actual gobierno turco encabezado por Recep Tayyip Erdogan, está empeñado insistentemente en una política doméstica de “des-secularización”, revirtiendo de ese modo el rumbo político señalado en su momento por Mustafa Kemal Ataturk. Por esa razón, sigue ahora una línea política con un perfil islámico moderado, pese a lo cual enfrenta al terrorismo en todas sus formas, incluyendo al del Estado Islámico.

Con estas dos recientes decisiones de política exterior, adoptadas simultáneamente, Turquía modifica visiblemente los rumbos. Y sale del aislamiento y de la irrelevancia, recuperando flexibilidad. Con lo que vuelve a ser uno de los países con más capacidad de influenciar en el convulsionado Medio Oriente. Y, al acercarse a Rusia, limita el peso relativo de su relación con los EEUU, convencida de que ahora los norteamericanos apoyan, de alguna manera, a los secesionistas kurdos. Porque los necesitan en Irak, en la lucha contra el Estado Islámico.

Una etapa fuertemente ideologizada por el islamismo de Recep Tayyip Erdogan terminó, queda claro, en un conjunto de fracasos en su política exterior, pese a la declamada intención de tener “cero problemas” con sus vecinos. Pero gobernar es saber modificar los rumbos cuando ello es necesario y Turquía lo acaba de hacer.

Lamentablemente, los palestinos a los que, con motivo de las conversaciones que llevaron a la recomposición de las relaciones entre Turquía e Israel y por obvias razones humanitarias, se pidiera la devolución de los cuerpos de tres soldados y dos civiles israelíes muertos, se negaron -una vez más- a hacerlo. Lo que obviamente no los ayuda -para nada- a proyectar una imagen mínima de cooperación, civilidad, respeto y hasta de buena voluntad respecto del empantanado proceso de paz que tiene que ver con su propio entorno.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.