Harrod y Hayek sobre la personalidad de J.M. Keynes

Por Iván Carrino. Publicado el 3/7/18 en: http://www.ivancarrino.com/harrod-y-hayek-sobre-la-personalidad-de-j-m-keynes/

 

En 1951, cinco años después de la muerte de Keynes, el economista inglés Roy Forbes Harrod (famoso por el modelo Harrod-Domar), publicaba “La Vida de John Maynard Keynes”, una biografía de 15 capítulos y más de 600 páginas.

Poco tiempo después, en 1952, Friedrich A. Hayek (premio Nobel de economía en 1974) realizó una reseña del libro, que fue publicada en The Journal of Modern History, en junio de 1952.

En ese texto, que puede encontrarse hoy en Contra Keynes and Cambridge (editado por Bruce Caldwell), el otrora archirrival de Keynes, pero quien según sus propias palabras siempre tuvo una “muy cordial” relación con él, destaca dos interesantes facetas de la personalidad del inglés.

En una parte, afirma:

[Keynes] le debía su éxito fundamentalmente a una extraña combinación de brillantez y rapidez mental con una maestría en el manejo del idioma inglés en donde pocos podían hacerle frente -lo que no se menciona en La Vida pero que para mí siempre resultó su activo más importante- además de una voz de cautivadora persuasión. Como erudito, era incisivo en lugar de profundo, y estuvo guiado por una fuerte intuición que lo hacía probar su punto una y otra vez por diferentes caminos.

Más adelante, agrega:

Harrod es muy franco acerca de las deficiencias de temperamento de Keynes, “no solo sus pequeños defectos” -impetuosidad, cambios de puntos de vista, hablar más allá de su libro- sino también su fuerte propensión a las apuestas, su crueldad y grosería ocasional en la discusión (“todo parecía justo para él en la guerra de las controversias”), su tendencia a “cultivar la apariencia de la omnisciencia” y de “siempre estar listo para lanzar una cifra para ilustrar un punto”.

Muchos años después, en 1983, Hayek publicó una nota en The Economist, a 100 años del nacimiento de Keynes, donde volvió a ofrecer detalles sobre la personalidad de su contrincante en el pensamiento económico.

Allí, en “The Keynes Centenary: The Austrian Critique“, sostuvo:

Pero, por paradójico que esto pueda sonar, [Keynes] no era ni un economista muy entrenado ni tampoco principalmente preocupado por el desarrollo de la economía como ciencia. En última instancia él ni siquiera pensaba en la economía como una ciencia, tendiendo a considerar su capacidad superior para proveer una justificación teórica como una herramienta legítima para persuadir al público para que demandara las políticas que su intuición le decían que eran las indicadas en el momento.

En síntesis, de acuerdo con Hayek, Keynes era brillante y rápido, pero también podía llegar a ser hasta grosero en las discusiones, en su afán por mostrar su aparente conocimiento completo sobre todos los  temas. Finalmente, a pesar de la buena relación que mantuvieron, Hayek parece pensar que Keynes solo usaba la economía como herramienta para avanzar en su agenda política particular, pero sin mayor profundidad analítica.

Datos e impresiones curiosas de un  personaje tan famoso como vigente en las discusiones económicas de nuestro país.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

Dos plazas

Por Sergio Sinay: Publicado el 10/12/15 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2015/12/dos-plazas-por-sergio-sinay-ya-no-es.html

 

Ya no es sólo la plaza del fanatismo y la intolerancia, ahora puede ser también la del consenso y el futuro. Y eso es un cambio de paradigma.

 

Dos plazas, dos discursos, dos actitudes, dos miradas. La plaza de la despedida fue fiel al estilo y al espíritu de la sombría década perdida. Un discurso atravesado por la autorreferencia, por el resentimiento, por la ingratitud, por la manipulación emocional. Convocando al insulto, desplegando la grosería como marca de fábrica, recitando el relato que niega lo obvio, que escapa a la responsabilidad y que evidencia una paranoia exasperada. Todo eso que, a fuerza de repetirse día a día durante doce años largos y brumosos, se había convertido en “normal”. Grandes tragedias colectivas del siglo XX se cocinaron al calor de la naturalización del fanatismo y de la intolerancia. El discurso de la despedida anidó el huevo de esa serpiente. Será necesaria mucha memoria y mucha justicia para que ese huevo se pierda sin que su cascarón (que quedó resquebrajado) se rompa y de nacimiento al monstruo. Quizás buena parte del discurso de la despedida (a cargo de una voz que afortunadamente ya no escucharemos en abusivas cadenas nacionales) haya estado teñido por el miedo a la justicia.

Fuera de eso, el discurso incluyó una última promesa incumplida, una más: “A las doce de la noche me convertiré en calabaza”. No lo hizo.

La plaza de la bienvenida se fue llenando de a poco, hasta colmarse, a partir de la voluntad de quienes aspiran a respirar nuevos aires, limpios de amenazas, de descalificaciones, de mentiras seriales, de autoritarismo, de corrupción criminal y asesina. Una plaza en la que ningún ausente fue insultado. En la provincia de Buenos Aires y en la nación los discursos propusieron nuevos paradigmas, apuntaron a cambios culturales. “Ustedes, ciudadanos, son nuestros jefes, por eso les pido que nos avisen cuando nos equivocamos”, dijo la gobernadora. “No les voy a mentir” aseguró el presidente. Parecen frases sencillas, casi naifs. No en este país. En la Argentina, esas y otras frases de ambos discursos, significan enormes compromisos, son en sí mismas el anuncio de transformaciones culturales. El riesgo de pronunciarlas es enorme. Si no se cumplen los precios serán altos.

El discurso de bienvenida habló del futuro, planteó visiones. El de despedida volvió a falsear el pasado, se basó en intereses egoístas y personales. El discurso de despedida volvió a excluir, como durante doce años se excluyó a los pobres ocultándolos y manoseándolos, se ocultó el fracaso educativo, la crisis energética, la complicidad con el narcotráfico, la ausencia de políticas contra la trata de personas, la inflación. Lo único que no se pudo ocultar fue la corrupción, porque es imposible esconder un elefante en un dedal.

El discurso de bienvenida fue inclusivo, convocó a todos (empezando por los adversarios políticos) con fecha y hora, para tareas concretas. Y empezó por lo que todos sabemos, salvo los necios: esto arranca con un país económicamente quebrado, cívicamente fracturado, internacionalmente aislado y moralmente arrasado. Justamente por eso aumenta el valor de la plaza de la bienvenida, su clima, la voluntad de futuro y de participación, la disposición al respeto, la predisposición a la escucha mutua. Todo eso en los ciudadanos. Y habrá que agregarle paciencia, constancia, generosidad. Y memoria, mucha memoria, para que los responsables no se evadan por las ventanas y las puertas traseras (algunas de las cuales quedan lejos, en Santa Cruz). O para que no adopten nuevos disfraces y traten de pasar inadvertidos.

La plaza de la bienvenida se pareció mucho a la de cualquier país que hace de la democracia una forma natural de vida y no un relato desquiciado. Ojalá se haga costumbre hasta que ya no nos cause asombro ni temblor. La plaza de la bienvenida fue de todos los que quisieron ir. Esa plaza, de larga historia, dejó de ser el feudo exclusivo de la intolerancia y el fanatismo. Ya no tiene dueños. Todo un símbolo.  Y esa sí es una buena nueva.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.