Un proyecto que desconoce la privacidad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 11/3/19 en: https://www.cronista.com/columnistas/Un-proyecto-que-desconoce-la-privacidad-20190310-0027.html

 

Con mucha razón ha consignado Milan Kundera que “la persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas veces para aniquilar a la persona.

Así se observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en el libro que lleva por título Los hombres huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda.

De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no  es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.

En la era digital y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros por Nicholas Negroponte desde MIT en Being Digital, ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de seguridad para sus millones de usuarios.

Según el diccionario etimológico “privado” proviene del latín privatus que significa en primer término “personal, particular, no público”.

El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino. Es la base del derecho.

Hoy existe un extremadamente peligroso proyecto del actual gobierno para extender el registro de ADN a todos los habitantes, lo cual vulnera la privacidad al exponer vínculos biológicos, enfermedades, herencias y otras características personales.

La huella dactilar nos dice quien es una persona, mientras que el ADN informa como es. La Declaración Internacional sobre Datos Genéticos Humanos de la Unesco de 2003, a la cual la Argentina adhiere en su carácter de país signatario, protege los datos genéticos.

La primera vez que el tema de la privacidad se trató, fue en 1890 en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Luis Brandeis en la Harvard Law Review titulado “El derecho a la intimidad”. Tal vez la obra que más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es La sociedad desnuda de Vance Packard.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados (los cuales deben ser debidamente procesados y penados) hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales -inauditos atropellos legales- a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

MÁS SOBRE LA PRIVACIDAD Y LA CULTURA

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/3/18 en: http://radiocadenasol.com.ar/portal/mas-sobre-la-privacidad-y-la-cultura/

 

Desde diversas corrientes de pensamiento hay la preocupación que señala Milan Kundera: “La persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas veces para aniquilar a la persona y para quedar incomunicado. Así, se observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en el libro que lleva por título Los hombres huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda. También se constata la cantidad de jóvenes que están físicamente con un interlocutor, pero simultáneamente están mirando la pantalla de su teléfono, con lo cual, en definitiva, no están ni con uno ni con otro.

De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.

Hay dos libros de nuestra época que muestran la preocupación respecto de la privacidad y la cultura desde dos ángulos opuestos. Se trata de La sociedad del espectáculo, de Guy Debord y La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa. El primero pretende endosar la responsabilidad del asunto al sistema capitalista y hace una reinterpretación marxista de la sociedad con todo el tufo totalitario del caso, mientras que el segundo suscribe la importancia de la libertad y el respeto a las autonomías individuales propias del liberalismo, pero advierte respecto de conductas inconvenientes que, si bien no lesionan derechos de terceros, voluntariamente afectan aspectos relevantes del progreso cultural.

Esta última visión es la que suscribo, en la que la cultura deriva de cultivarse, naturalmente como ser humano y no entrenarse a producir ruidos guturales, a gatear o retrotraerse a las cavernas. Sin embargo, notamos que, en la actualidad, el batifondo y la imagen sustituyen a la conversación y la lectura de obras que alimenten el alma.

Los lugares en donde en gran medida se reúnen los jóvenes están tan dominados por altísimos decibeles que apenas pueden intercambiar la hora y el nombre de pila, para no decir nada de la exploración de Ortega y Gasset (que a veces los sujetos en cuestión estiman que se trata de dos personas).

En la era digital, y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros por Nicholas Negroponte desde MIT en Being Digitalhay estudiosos que se alarman con razón de la falta de concentración y la degradación del lenguaje que, por ejemplo, provoca la ametralla y el tartamudeo de tuits que con 140 caracteres limitan la comunicación y el lenguaje, por tanto, el pensamiento.

La mendicante solicitud de amistad por esas vías me parece poco serio y hasta un tanto ridículo. Ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de seguridad para sus millones de usuarios.

Por su parte, muchas de las manifestaciones artísticas del momento no se basan en criterios estéticos elementales al mostrar, por ejemplo, un inodoro con un trozo de materia fecal como símbolo de arte y así sucesivamente.

Hay en general una tendencia marcada a divertirse, esto es, como la palabra lo indica a divertir, a separar de las faenas y las obligaciones cotidianas para distraerse, lo cual es necesario pero, si se convierte en una rutina permanente, se aparta de lo relevante en la vida para situarse en un recreo constante, lo cual naturalmente no permite progresar.

Pero hay todavía otro aspecto en este asunto de la intimidad que comentamos al principio de esta nota periodística. Según el diccionario etimológico, “privado” proviene del latín privatus, que significa en primer término ‘personal, particular, no público’. El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades, y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino.

La privacidad o intimidad es lo exclusivo, lo propio, lo suyo, la vida humana es inseparable de lo privado, lo privativo de cada uno. Lo personal es lo que se conforma en lo íntimo de cada cual, constituye su aspecto medular y característico. Es la base del derecho. Es el primer paso del derecho de propiedad. Cada persona tiene el derecho de resguardar y preservar su privacidad y decidir qué parte de su ser prefiere compartir con otras personas y cuál hace pública para conocimiento de todos los que se interesen por esa faceta de la personalidad. El entrometimiento, la injerencia y el avasallamiento compulsivo de la privacidad lesionan gravemente el derecho de la persona.

La primera vez que el tema se trató en profundidad fue en 1890, en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Louis Brandeis en la Harvard Law Review, titulado “El derecho a la intimidad”. En nuestro días, Santos Cifuentes publicó el libro titulado El derecho a la vida privada, donde explica: “La intimidad es uno de los bienes principales de los que caracterizan a la persona”, “el desenvolvimiento de la personalidad psicofísica solo es posible si el ser humano puede conservar un conjunto de aspectos, circunstancias y situaciones que se preservan y se destinan por propia iniciativa a no ser comunicados al mundo exterior”, puesto que “va de suyo que perdida esa autodeterminación de mantener reservados tales asuntos, se degrada un aspecto central de la dignidad y se coloca al ser humano en un estado de dependencia y de indefensión”.

Tal vez la obra que más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es La sociedaddesnuda, de Vance Packard y la difusión más didáctica y documentada de múltiples casos es probablemente el libro en coautoría de Ellen Alderman y Caroline Kennedy, titulado The Right to PrivacyLos instrumentos modernos de gran sofisticación permiten invadir la privacidad, sea a través de rayos infrarrojos, captación de ondas sonoras a larga distancia, cámaras ocultas para filmar, fotografías de alta precisión, espionaje de correos electrónicos y demás parafernalia que puede anular la vida propiamente humana, es decir, la que se sustrae al escrutinio público.

Lo verdaderamente paradójico es la tendencia a exhibir la intimidad voluntariamente, sin percatarse de que dicha entrega tiende a anular al donante.

Desde que el hombre es hombre ha habido la posibilidad de utilizar instrumentos para bien o para mal. El garrote del cavernícola podía utilizarse como defensa contra las fieras o para liquidar a un contendiente desprevenido. El asunto es que, en una sociedad abierta, las agencias defensivas y los árbitros en competencia prevengan y repriman las lesiones a los derechos de las personas en el contexto de un proceso evolutivo de descubrimiento de los mecanismos más idóneos para el logro de esos cometidos.

Sin duda que se trata de proteger a quienes efectivamente desean preservar su intimidad de la mirada ajena, lo cual, como queda dicho, no ocurre cuando la persona se expone al público. No es lo mismo la conversación en el seno del propio domicilio que pasearse desnudo por el jardín. No es lo mismo ser sorprendido por una cámara oculta que ingresar a un lugar donde abiertamente se pone como condición la presencia de ese adminículo.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados, que tienen que ser debidamente procesados y penados, hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales, inauditos atropellos legales, a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Todas las Constituciones civilizadas declaran preservar la privacidad de las personas, pero en muchos casos es letra muerta debido a la permanente acción avasalladora de las impertinentes estructuras gubernamentales que se hacen presentes en los vericuetos y los recovecos más íntimos del ser humano. Esa intimidad de la que nace su diferenciación y su unicidad, que, como escribe Julián Marías en Persona: “Es mucho más que lo que aparece en el espejo”.

  • En ese contexto y en tantos otros en los que se constatan tantos abusos de las maquinarias estatales, suele producirse un temor reverencial a la mal llamada “autoridad”. Mal llamada porque la expresión proviene del latín autor, para significar ‘el creador’, el que conoce de cierto tema, es decir, quien tiene autoridad moral e intelectual. Por una extensión ilegítima que ha ido aceptando la costumbre y por una expropiación contrabandeada, aquellos que son por naturaleza autoritarios puedan vestirse con plumas ajenas. Así es que se permite la aplicación del término al mandamás, esto es, al que se respalda en la fuerza bruta despojada de la cual queda desnudo de genuina autoridad y de peso propio. Esos personajes son los que en no pocos lares, debido a sus personalidades raquíticas, se hacen llamar “reverendísimo”, “excelencia”, “majestad” y otros dislates de calibre equivalente. Relata Kapuscinski en El Sha o la desmesura del poder que los títulos oficiales de ese gobernante eran “Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo” (sic).

James Bovard advierte, en La libertad encadenada, acerca de los estropicios provocados por aparatos políticos enmascarados en el ideario libertador que se inmiscuyen en las vidas y las haciendas de todos y van convirtiendo a la sociedad libre en un verdadero Gulag esclavizante. Y, como escribe Tocqueville en La democracia en América, todo comienza en lo que aparece como manifestaciones insignificantes: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. Eso, como se ha repetido, ocurre con la rana: si se la coloca en un recipiente con agua hirviendo, reacciona de inmediato y salta al exterior, pero si se le va aumentando la temperatura gradualmente, se muere incinerada sin que reaccione, fruto de un acostumbramiento malsano y a todas luces suicida.

Es de desear que se recuperen la cultura y la privacidad para bien de la sociedad abierta, nada puede hacerse en este sentido como no sea a través de la persuasión, ya que se trata de un proceso axiológico muy diferente al atropello del Leviatán, que es de una naturaleza muy distinta a la de los actos voluntarios. De lo contrario, como advierte Vargas Llosa: “Nos retrotraeremos a la condición de monos” (los humanos se convertirán en El mono vestido tal como titula su libro Duncan Williams).

En lo que se refiere al Leviatán, reitero lo dicho por el jeffersionano y doctor en leyes Leandro N. Alem en la legislatura argentina, en 1880: “Gobernad lo menos posible. Sí, gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La soberbia de un Estado invasivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 31/8/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1823636-la-soberbia-de-un-estado-invasivo

 

La intervención de los aparatos estatales en la economía perjudica a la gente, especialmente a los más necesitados, porque el derroche de capital afecta salarios e ingresos

Giovanni Papini, mi cuentista favorito, destaca que los siete pecados capitales derivan de la soberbia y escribe en una de sus múltiples ficciones (no siempre tan ficciones) que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él [?] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros estén en lugares más altos que él”.

Por mi parte, aplico esta premisa general de Papini al terreno de la relación entre gobernantes y gobernados. Gobernar significa mandar y dirigir. Leonard E. Read nos enseña que, para mayor precisión, se debería haber recurrido a otra expresión, porque hablar de gobernante sería tan inapropiado como denominar al agente de seguridad de una empresa “gerente general”, ya que la función del monopolio de la fuerza es velar por los derechos de las personas y no regentearlas.

Pero resulta que los primeros mandatarios han mutado en primeros mandantes y, en lugar de proceder como efectivos agentes de seguridad de los derechos, los conculcan, con lo que se cumple la profecía de Aldous Huxley en su terrorífica antiutopía, en la que muchos piden ser sometidos, para desgracia de quienes mantienen su integridad y autoestima (lo cual es infinitamente peor que el Gran Hermano orwelliano).

En realidad, el espectáculo que ofrecen los burócratas que se consideran omniscientes es digno de una producción de Woody Allen: se dirigen a la audiencia como si estuviera compuesta por infradotados e imparten órdenes ridículas a diestra y siniestra, por ejemplo, sobre cómo deben ser los precios de bienes y servicios, sin percatarse de que las leyes de mercado operan por cuerda separada y de que cada intromisión inexorablemente provoca daños y desajustes de consideración.

El proceso es coordinado a través de los precios, que actúan como si fueran un tablero de señales que indican a los operadores las siempre cambiantes circunstancias para saber cuándo y dónde invertir o desinvertir. La información está fraccionada entre millones de actores, pero cuando desde el poder se pretende dirigir vidas y haciendas ajenas, se concentra ignorancia. Al irrumpir los megalómanos gubernamentales sobre la base de que “no puede dejarse que las cosas se desarrollen vía la anarquía del mercado y, por tanto, el gobierno debe dirigir”, se afecta gravemente el proceso. Esto perjudica a la gente, muy especialmente a los más necesitados, puesto que el derroche de capital afecta salarios e ingresos en términos reales. Idéntico fenómeno ocurre en el mercado financiero, agrícola, industrial o cambiario. En este último caso, resulta tragicómico observar debates sobre la devaluación, es decir, el establecimiento de un nuevo precio artificial que se le ocurre a cierto tecnócrata.

Mucha razón tenía el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek al titular su célebre libro La arrogancia fatal, que precisamente se refiere a los efectos sumamente perjudiciales de los supuestos controles que imponen los aparatos estatales. “Nuestros políticos -escribió Woody Allen- son ineptos y corruptos y, a veces, las dos cosas en el mismo día.” Esta decadencia sólo puede revertirse instalando nuevos y efectivos límites al poder para mantenerlo en brete. De ningún modo debemos esperar que los problemas se resuelvan con “gente buena” en el gobierno, puesto que el tema no es de personas, sino de los incentivos que marcan las instituciones.

Como bien ha explicado Thomas Sowell, no se trata tampoco de contar con computadoras de gran capacidad de memoria para que los políticos en funciones coordinen las operaciones mercantiles, puesto que no sólo “descoordinan”, sino que, sencillamente, la información no se encuentra disponible antes de la realización de las operaciones correspondientes.

No es procedente aplicar a un gobierno la terminología que se aplica a una empresa. La administración empresaria apunta a alinear incentivos para lograr objetivos comunes, atentos al cuadro de resultados, para conocer si se da en la tecla con las preferencias de la gente, lo cual se traduce en ganancias, o si se yerra, lo que se refleja en los consecuentes quebrantos. Esto no ocurre en un país, en el que sus habitantes tienen muy diversos proyectos y metas, que los gobernantes deben proteger, siempre y cuando no se lesionen derechos de otros.

Si un gobernante afirma que merced a su gestión se incrementó la producción de, por ejemplo, pollo, habrá que indagar acerca de las políticas dirigidas a ese objetivo que favoreció esa producción, lo cual va en detrimento de la producción de otro bien o servicio que, a su vez, genera un efecto negativo, ya que el proceso contradice lo que hubiera preferido la gente de no haber mediado la mencionada intervención. Éste es el despropósito central de las llamadas empresas estatales: en el momento de su constitución significan derroche de capital, puesto que se desvían los siempre escasos recursos hacia áreas distintas de las prioridades que hubiera establecido el consumidor.

En realidad, empresa estatal es una contradicción en los términos, ya que la actividad empresaria no es un simulacro ni un pasatiempo: en la empresa se arriesgan recursos propios y se asume la responsabilidad por los resultados (a diferencia de los empresarios prebendarios que deben su posición a los favores que le otorga el gobierno de turno). Si se afirmara que la empresa estatal no cuenta con privilegios, no tendría sentido su constitución, directamente operaría con todos los rigores del mercado.

De todo este enjambre que provoca la soberbia se desprenden las declaraciones sorprendentes de gobernantes que, como en Venezuela, hablan de “el derecho a la felicidad suprema” o en Ecuador, de establecer “el derecho al orgasmo de la mujer”, propuesta de la Asamblea Constituyente afortunadamente frustrada. Es que se ha perdido por completo la noción del derecho que significa que, como contrapartida, hay la obligación de respetarlo. Entonces, si alguien reclama el derecho a percibir algo que no obtiene lícitamente (porque los congéneres no se lo reconocen) y esto es otorgado por el gobierno, es decir que el prójimo coactivamente lo debe entregar, significa que se ha lesionado el derecho del prójimo, que queda reducido a un pseudoderecho.

Lo dicho no es obstáculo para que se dé ayuda al prójimo con recursos propios, pero es inaceptable la hipocresía de prenderse de un micrófono y usar la tercera persona del plural para apoderarse del fruto del trabajo ajeno. La filantropía remite a la primera persona del singular.

En contraposición al Estado de Derecho, hoy vivimos en la era de los pseudoderechos, es decir, la aniquilación del derecho propiamente dicho, que, necesariamente, se refleja en un enorme perjuicio para todos, muy especialmente para los más débiles económicamente, a quienes -al demolerse la estructura jurídica- se les corta la posibilidad de mejorar su bienestar.

Hay un correlato inverso entre los nombres de los ministerios y lo que ocurre (recordemos el Ministerio de la Verdad, de Orwell, en plena mentira oficial) y el absurdo Ministerio de Bienestar Social, donde es seguro el malestar, y así sucesivamente. El propio Ministerio de Economía constituye un despropósito, porque manejar la economía genera los desajustes señalados. Es mejor recurrir al Ministerio de Finanzas Públicas, de Hacienda o, más modestamente aún, Secretaría del Tesoro.

Nadie sabe a ciencia cierta qué hará la semana que viene, porque las circunstancias se modifican. Pero la petulancia mayúscula de ciertos funcionarios pretende manipular las vidas de millones de personas. Además, la gente debe tener siempre presente que cada vez que se recurre a los ingresos del aparato estatal, son los vecinos los que pagan, ya que ningún gobernante financia de su propio peculio.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL PROBLEMA ES LA SOBERBIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Giovanni Papini, mi cuentista favorito, destaca que los siete pecados capitales se subsumen en la soberbia y escribe en una de sus múltiples ficciones (no siempre tan ficciones) que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él […] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros están en lugares más altos que él”.

 

Por mi parte, aplico esta premisa general de Papini al terreno de la relación entre gobernantes y gobernados. Ya de por si ésta terminología resulta un tanto estrafalaria ya que gobernar significa mandar y dirigir lo cual, en una sociedad libre, debería estar reservado a cada cual. En este sentido recuerdo una vez más que Leonard E. Read nos enseña que, para ser preciso, se debería haber recurrido a otra expresión porque la utilizada es tan inapropiada como sería el denominar al guardián de una empresa “gerente general” ya que la función del monopolio de la fuerza es limitarse a velar por los derechos de las personas siendo funcionarios de la población que los contratan y pagan para que le sirvan.

 

Pero resulta que los primeros mandatarios han mutado en primeros mandantes y el mandamás, en lugar de proceder como efectivo guardián de los derechos los conculca con lo que se cumple la profecía de Aldous Huxley en su terrorífica antiutopía, en la que muchos piden ser sometidos para desgracia de quienes mantienen su integridad y autoestima (lo cual es infinitamente peor que el Gran Hermano orwelliano).

 

En todo caso, sea con Orwell o con Huxley estamos frente a una situación en donde peligra la libertad y las autonomías individuales frente a los crecientes zarpazos del Leviatán. Etienne de La Boétie ha escrito que en realidad “son, pues, los propios pueblos los que se dejan o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas”.

 

Si observamos cada una de las intervenciones estatales que en esta instancia del proceso evolutivo tienen lugar fuera de la estricta protección a los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad, concluimos que la ridícula y contraproducente soberbia del gobernante desconoce la armonía del orden natural y los consecuentes procesos espontáneos con lo que la descoordinación y los fenomenales desajustes arruinan la concordia y conducen a la miseria moral y material.

 

Son espectáculos dantescos que para los observadores colocan a los megalómanos en situaciones tragicómicas, mientras las cacareadas “juntas de planificación”, “consejos sociales”, “expertos en desarrollo comunitario” y demás dislates dictaminan sus estropicios con seriedad digna de un pelafustán y sin sonrojarse mientras declaman absurdos justificativos con la idea de mitigar los resultados alarmantes de su gestión en todos los ámbitos donde meten  la nariz de la manera más torpe y grotesca que pueda uno imaginar. Desconocen el orden natural y pretenden sobreimprimir un desorden que ellos conciben en sus calenturientos desvaríos.

 

De este enjambre nacen las expresiones rimbombantes y cacofónicas con la intención de cubrir sus despropósitos como las citadas “programación funcional equilibrada”, “planificación logística paralela”, “ dirección global balanceada”, expresiones que solo pueden surgir de mentes ofuscadas y de un calado muy menor. Resulta en un teatro de muy mala calidad prestar atención a los discursos de ministros y presidentes frente a las cámaras, habitualmente en cadena nacional y con tonos elevados recurriendo a lenguaje de guerra, supuestamente para vencer a enemigos que ellos mismos crean y que todo quedaría tranquilo en la paz de los arreglos contractuales libres y voluntarios si  desaparecen simplemente de la escena y dejan  de provocar embrollos de diversa naturaleza.

 

Ah! se suele exclamar, esto quiere decir que hay que dejar las cosas liberadas a su suerte sin que nadie administre la asignación de recursos. Craso error, hay que dejar que cada uno administre lo suyo y no meterse compulsivamente con el fruto del trabajo ajeno. De eso precisamente se trata. Este comentario va especial aunque no únicamente dirigido a muchos colegas economistas que en gran medida de un tiempo a esta parte han sido entrenados para manipular las haciendas del prójimo. De ahí el chiste -en verdad no tan chiste- de una persona que presenciaba un desfile militar y constató que luego de la marcha de soldados, tanques y misiles apareció una agrupación de hombres vestidos de traje gris por lo cual le preguntó a su vecino de que se trataba. Recibió como respuesta “son economistas, no sabe el daño de que son capaces”.

 

En realidad el espectáculo que ofrecen los burócratas que se autoconsideran omniscientes es digno de una producción de Woody Allen: se dirigen a la audiencia como se estuviera compuesta por infradotados en el contexto de impartir órdenes irracionales a diestra y siniestra, por ejemplo, sobre como deben ser los precios de bienes y servicios sin percatarse que las leyes de mercado operan por cuerda separada y que cada intromisión inexorablemente provoca daños de consideración.

 

Antes he ilustrado el tema con lo que en su momento ha dicho el periodista John  Stossel respecto a lo que sucede con un trozo de carne envuelto en celofán en una góndola en un supermercado. Stossel nos invita a cerrar los ojos e imaginar en regresión el motivo por el cual se encuentra ese bien disponible. Los agrimensores, los fabricantes de postes junto a las largas faenas de plantaciones, talas, transportes y cartas de crédito y a las muchas empresas que horizontal y verticalmente participan como proveedores de equipos, las tareas de alambrado, los plaguicidas, los fertilizantes, la siembra, las cosechadores, los caballos, monturas y riendas, todo el proceso de la ganadería y el personal. Nadie salvo en la última etapa estaba pensando en el trozo de carne en la góndola. Cada uno estaba considerando su labor específica aplicando el conocimiento del caso que no es compartido por otros que cuentan con informaciones distintas para sus diversos trabajos.

 

Todo esto es coordinado a través de los precios que actúan como si fuera un tablero de señales que indican a los operadores las siempre cambiantes circunstancias para saber cuando y donde invertir o desinvertir. Pero luego irrumpen los megalómanos gubernamentales en base a que “no puede dejarse que las cosas se desarrollen por la anarquía del mercado”, situación en la que desaparece la carne, el celofán y frecuentemente el propio supermercado. Idéntico fenómeno ocurre en el mercado cambiario, financiero o industrial.

 

Mucha razón tenía el premio Nobel en economía Friedrich Hayek al titular su célebre libro La arrogancia fatal que precisamente se refiere a los efectos sumamente perjudiciales de los supuestos controles que imponen los aparatos estatales. Volviendo a Woody Allen, éste escribe sobre quienes habitualmente se desenvuelven en esos ámbitos: “Nuestros políticos son ineptos y corruptos y, a veces, las dos cosas en el mismo día”. Esta decadencia solo puede revertirse instalando nuevos y efectivos límites al poder para mantenerlo en brete, y de ningún modo esperar que los problemas se resuelvan con “gente buena” en el gobierno puesto que el tema no es de personas sino de incentivos que marcan las instituciones.

 

Como bien ha explicado Thomas Sowell, no se trata tampoco de contar con ordenadores con gran capacidad de memoria para que los políticos en funciones coordinen las operaciones mercantiles, puesto que, como queda dicho, no solo des-coordinan sino que sencillamente la información no se encuentra disponible antes de la realización de las operaciones correspondientes.

 

No es para nada procedente la ilegítima extrapolación del denominado gobierno a una empresa. La administración empresaria apunta a alinear incentivos para lograr objetivos comunes atentos al cuadro de resultados al efecto de conocer si se da en la tecla con las preferencias de la gente, lo cual se traduce en ganancias o si se yerra lo que se refleja en los consecuentes quebrantos. Esto no ocurre en un país donde sus habitantes naturalmente tienen muy diversos proyectos y metas que los gobernantes están supuestos de protegen siempre y cuando no se lesiones derechos de otros.

 

Si un  gobernante afirma que merced a su gestión se incrementó la producción de, por ejemplo, pollo habrá que indagar acerca de las políticas dirigidas a ese objetivo que significa que favoreció esa producción, lo cual va en detrimento de la producción de otro bien o servicio que, a su vez, genera un efecto negativo ya que el proceso contradice lo que hubiera preferido la gente de no  haber mediado la mencionada intervención. Este es el desbarajuste central de las llamadas empresas estatales: en el momento de su constitución significan derroche de capital puesto que se desvían los siempre escasos recursos hacía áreas distintas de las prioridades que hubiera establecido el consumidor (de hacer lo mismo que hubiera hecho, tampoco tiene sentido la empresa estatal).

 

De todo este enjambre que provoca la soberbia, se desprenden las declaraciones sorprendentes de gobernantes como “el derecho a la felicidad suprema” en Venezuela o la afortunadamente frustrada propuesta de la Asamblea Constituyente en Ecuador de establecer “el derecho al orgasmo de la mujer”. Es que se ha perdido por completo la noción del derecho que significa que como contrapartida hay la obligación de respetarlo. Entonces, si alguien reclama el derecho a percibir algo que no obtiene en el mercado (es decir, que los congéneres no se lo reconocen) y esto es otorgado por el gobierno quiere decir que el prójimo coactivamente lo debe entregar lo cual significa que se ha lesionado su derecho por lo cual significa un pseudoderecho.

 

Es que incluso hay un correlato inverso entre los nombres de los ministerios y lo que ocurre (recordemos el Ministerio de la Verdad en plena mentira oficial), por ejemplo, el tragicómico Ministerio de Bienestar Social donde es seguro en malestar y así sucesivamente. El propio Ministerio de Economía constituye un despropósito porque es para manejar la economía que es precisamente lo que generan los desajustes señalados, es mejor recurrir más modestamente a la Secretaría de Finanzas Estatales.

 

En resumen, la soberbia de los funcionarios es la causa de tanto entuerto. La gente no  debería tolerar tanta arrogancia en el manejo prepotente de sus vidas y propiedades y tener presente que cada vez que se recurre a los ingresos del aparato estatal son los vecinos los que pagan ya que los burócratas nunca recurren a sus patrimonios (en todo caso, muchas veces, se llevan recursos para alimentar sus cuentas personales).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.