Reflexiones sobre el cohecho

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/8/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Reflexiones-sobre-el-cohecho-20180821-0084.html

 

Es pertinente detenerse a considerar el tema grave del cohecho en momentos en que en nuestro país brotan los excrementos de un asalto sistemático al fruto del trabajo ajeno, además de las vías legales de las exacciones a través de cargas tributarias y la inflación monetaria.

 

Lo primero que debe consignarse es que las bandas de empresarios coimeros suelen alegar que fueron extorsionados para entregar recursos al efecto de poder trabajar en la obra pública y así hacerse con licitaciones. Esto está muy mal planteado puesto que los sobreprecios pactados con los aparatos estatales para luego pagar los así denominados retornos que engrosan los bolsillos de funcionarios, constituyen una estafa al contribuyente puesto que éstos deben hacerse cargo de montos mayores debido a esta maniobra fraudulenta.

 

La referida extorsión en modo alguno justifica otro asalto a terceros. Estos empresarios bandoleros pueden recurrir a varios caminos pero nunca dedicarse a robar al prójimo. Si quieren proceder con dignidad deben denunciar públicamente el hecho o renunciar a la referida licitación pero nunca proceder al atraco.

 

Por otro lado, siempre el que recibe el cohecho está mal pero no siempre el que se ve forzado a darlo es susceptible de condena moral. Por ejemplo, si la Gestapo irrumpe en un domicilio en busca de los hijos del dueño de casa para exterminarlos y éste soborna para salvar a sus hijos del patíbulo. En este caso no solo está plenamente justificado el hecho de marras sino que es necesario. El padre de familia que en estas circunstancias alegara que debe cumplir con la ley es cuando menos un canalla.

 

El positivismo legal ha hecho estragos. Como bien ha expresado, entre muchos otros, Sto. Tomás de Aquino “la ley injusta no es ley sino corrupción del ley”. Y no se cuestión de preguntarse quien debe definir cuando una ley es justa o injusta sino que lo debe hacer: son los valores y principios de la justicia en el sentido de la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo está inseparablemente ligado al derecho a la vida de cada cual, a su libertad y a su propiedad. No cabe sostener que para cumplir con la ley en ese momento vigente los judíos debían resignarse a la cámara de gas. En realidad los juicios de Nuremberg fueron un golpe mortal al positivismo legal.

 

Sin duda que es la justicia la que debe pronunciarse a través de condenas firmes, pero en este contexto da toda la impresión que hay una avalancha cloacal en nuestro medio que parece confirmar que los gobernantes anteriores de la economía nacional y popular han fabricado una pantalla infame para arrasar con los recursos de la gente en cuya situación se informa que los jefes de la banda gobernante se enojaban hasta el paroxismo cuando el cohecho se abonaba en moneda nacional en lugar de hacerlo en dólares o euros lo cual pone de manifiesto la idea que estos sujetos tenían de la soberanía y el concepto de patria que los inflama.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

TRAS EL PODER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No me refiero a la capacidad de hacer algo sino al dominio sobre otros. En primer lugar, como ha señalado Erick Fromm, quien ejerce el poder o quienes lo desean tienen una personalidad siempre débil puesto que es del todo insuficiente por lo que necesitan del sujeto dominado para completar su vacío existencial ya que no se sienten alimentados con su ser en verdad escuálido.

 

Desde que James Buchanan y Gordon Tullock explicaron el public choice ya no cabe la sandez de sostener la teoría del “servidor público” en abstracto de los intereses personales ya que se trata de sujetos que persiguen los suyos igual que cualquier mortal, es decir, no hay acciones desinteresadas (en verdad una perogrullada ya que se actúa porque está en interés del sujeto actuante). Es cierto sin embargo que en algunos casos puede estar en interés del político hacer el bien a otros pero, como es de público conocimiento,  la situación más frecuente es que se trata de individuos que buscan la foto, los favores non sanctos, cuando no los dineros malhabidos.

 

Hay pigmeos mentales que toda su vida sueñan con ser ministros y equivalentes solo para satisfacer sus inclinaciones, aunque comprenden  que no podrán hacer bien las cosas puesto que no se han tomado el trabajo de abrir caminos con  ideas liberales de fondo. Muchos son los que describen incendios pero muy pocos son los que se detienen a explicar el foco del fuego y el modo de eliminarlo.

 

Este panorama ocurre ya se trate del “derecho divino de los reyes” o del “derecho ilimitado de las mayorías” en sistemas de democracia pervertida tal como apunta Bertrand de Jouvenel en su monumental On Power. Its Nature and the History of its Growth. El poder en este sentido se opone al amor tal como lo explica magníficamente Tolstoi en The Law of Love and the Law of Violence y también Ronald V. Sampson en su The Psichology of Power donde ilustra su idea contraponiendo en los extremos la figura de Jesús a la de Hitler.

 

En general los que ocupan posiciones en la estructura política son vistos con admiración por la gente en lugar de mirarlos como sus empleados siempre con recelo, y mayor el recelo cuanto mayor el poder tal como escribió Lord Acton en correspondencia con el obispo inglés  Mandell Creighton que reclamaba mayor condescendencia para quienes detentan poder, de donde surge la célebre sentencia de aquél historiador decimonónico respecto al correlato entre corrupción y poder.

 

Hace bastante tiempo escribí sobre lo que considero la génesis del poder en un trabajo que titulé “La radiografía del poder” para AIPE que lo distribuyó y que ahora en parte reitero y que puede describirse en el contexto de seis pasos sucesivos.

 

En primer término, la relación hombre-mujer. No pocas son las personas que desde su más tierna infancia se acostumbran a ver en su hogar, en la relación con sus padres, una relación de fuerza. La relación macho-hembra como una cuestión de músculo. Este es un cuadro de situación en el que no prevalece la argumentación mejor, sino la amenaza de la fuerza bruta: “esto es así porque lo digo yo”. Este espectáculo bochornoso del más primitivo salvajismo produce cierto acostumbramiento al escenario dominante-dominado.

 

La segunda etapa se extiende a la relación padres-hijos. Son muy frecuentes los casos en donde se imponen conductas e ideas “porque somos tus padres” o más directamente “porque me da la gana” como toda respuesta. Casos en donde está mal visto que los hijos discutan con sus padres y cuestionen ideas y valores. No se trata de un intercambio pacífico de opiniones sino de una relación de fuerza. Se impone, la discusión termina con manifestaciones absurdas de autoridad que se aceptan debido a las amenazas tácitas o explícitas.

 

La tercera etapa en esta serie de acontecimientos lamentables en los que se va creando un cierto acostumbramiento al sojuzgamiento servil, se traslada al ámbito de la educación formal en la que los gobiernos establecen pautas, textos y sobre todo estructuras curriculares desde ministerios de educación y equivalentes. De este modo, a través de la cadena de mandos, se crea una atmósfera enrarecida en el estudiantado. Muchos terminan por resignarse y dar por sentado que la educación debe imponerse desde el vértice del poder y que de ninguna manera es fruto de arreglos contractuales entre educadores y educandos. A su vez, los profesores de escuelas y sus directivos no pueden ejecutar buena parte de sus iniciativas porque tienen la espada de Damócles: la Gestapo moderna, esto es, los inspectores de los aludidos ministerios y reparticiones gubernamentales. En este clima también es frecuente que se hagan formar a los alumnos al efecto de cantar cotidianamente marchas guerreras que son complementadas por los frecuentes regalos de padres a hijos varones de soldaditos, metralletas, misiles y otras manifestaciones de violencia como fomentar que los adolescentes practiquen esos jueguitos virtuales donde gana el que mata más.

 

El cuarto capítulo se refiere a la influencia que tiene la opinión de los demás sobre el individuo ya preparado a una conciencia colectivista y masiva. Las opiniones mayoritarias anulan el pensamiento propio de la persona acomplejada de sus propias ideas, todo esto como consecuencia de los climas que se han ido acumulando en las etapas anteriormente señaladas. La opinión dominante envuelve a las personas con baja autoestima y gran inseguridad de sus propios juicios y hace que se ahogue cualquier manifestación de su voz interior. Sofocan esta voz y la sustituyen por “el pensamiento colectivo”. Así, el hombre masificado deja de tener auténtica voz para convertirse en puro eco. En esta instancia, conviene recordar el conocido experimento por el que se le dice a un grupo de personas menos a una que se pronuncie equivocadamente sobre los tamaños relativos de bastones exhibidos en pantalla con lo que se comprueba que en definitiva el individuo no informado del truco termina por manifestarse como lo hace el grupo aunque el error sea evidente.

 

La quinta sección de este análisis frecuentemente termina en el diván del psicoanalista por parte de personas confundidas y aterradas de salirse del libreto que propone la articulación de los discursos de los demás con lo que habitualmente intensifican su relación de dependencia, esta vez con un profesional que no siempre encamina las cosas hacia su debido cauce tal como lo apunta Thomas Szasz en su obra The Myth of Mental Illness.

 

La última etapa (o el noveno círculo si se quiere hacer un paralelo con la figura de Dante) es la exacerbación y adoración del poder político que se manifiesta en grado creciente en el uso y abuso de la fuerza enquistada en instituciones contrarias a los principios básicos de una sociedad abierta. Se explicita este sexto capítulo a través de la mayor e irrefrenable politización de las relaciones sociales, relegando los acuerdos voluntarios y pacíficos a un segundo o tercer plano. El avance del Leviatán tiene así preparado el camino para el atropello a los derechos de las personas en un clima del acostumbramiento a la dependencia y a la reverencia al poder. De este modo los individuos abandonan su condición humana para transformarse en autómatas o más precisamente en una pestilente y amorfa masa de carne que obedece ciegamente al líder puesto que no alcanza a comprender la diferencia sideral entre la autoridad moral y la autoridad impuesta que le han enseñado a reverenciar para convertirse en aplaudidor oficial.

 

Es por esto último que la persona cuando opera en el terreno político se suele identificar como “militante”, una palabra agraviante que indebidamente se extrapola a lo civil: deriva de la cadena de mandos, de la obediencia debida y del ámbito militar, lo cual no tiene relación alguna con el mundo de la civilidad (claro que en no pocos casos se trata de mequetrefes que se limitan al coro que pretenden decorar con saltos más o menos histéricos que no reflejan rasgos de pensamiento alguno).

 

Este proceso decadente y muy maloliente, fruto del paisaje desolador descripto solo puede revertirse en la medida en que aparezcan personas con coraje y honestidad intelectual y que se pongan de pie para defender a rajatabla sus autonomías individuales y la de su prójimo y asuman de esta manera su condición de humanos, a saber, mostrar aprecio por lo más precioso de sus facultades: la capacidad de decidir, de elegir su destino y asumir las correspondientes responsabilidades.

 

Termino esta nota periodística con la mención de una parte sustancial de la tradición liberal-lockena-hayekiana en cuanto a que la legislación contraria al derecho debe ser combatida y revertida y no acatada sumisamente si se desea vivir en libertad. Al fin y al cabo, como ha dicho Benedetto Croce la historia debe ser vista como “la hazaña de la libertad” en cuyo contexto el costo de esa preciada libertad “es su eterna vigilancia” tal como expresó Thomas Jefferson.

 

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.