Algo nuevo: “Behavioral Public Choice”, ¿cómo llamarlo, tal vez el análisis económico de la conducta política?

Por Martín Krause. Publicada el 22/6/17 en: http://bazar.ufm.edu/algo-nuevo-behavioral-public-choice-llamarlo-tal-vez-analisis-economico-la-conducta-politica/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice, vemos el trabajo de Schnellenbach, Jan; Schubert, Christian sobre un campo nuevo en esta área, “behavioral public choice” o, ¿cómo traducirlo? ¿análisis económico de la conducta política?. El paper se titula “Behavioral public choice: A survey” Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03; Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03 (2014). Disponible en: http://hdl.handle.net/10419/92975 Walter Eucken Institut; ORDO Constitutio in Libertate. Algunos párrafos:

“En el origen de la teoría de Public Choice se encuentra un llamado para alinear los supuestos motivacionales que subyacen en el estudio de la política con los de la economía. Se asume típicamente que la gente maximiza su utilidad subjetiva tanto en el mercado (como productores o consumidores) como en la política (como votantes, políticos, burócratas o lobbystas). Como enfatiza Brenna (2008), sin embargo, esa simetría motivacional no se traslada necesariamente a simetría conductual, dados los débiles incentivos para invertir en una toma de decisiones racional en el campo de las decisiones colectivas. Esto ocurre particularmente con los votantes, cuya conducta perfectamente racional puede llevar a resultados colectivos catastróficos, porque los mecanismos individuales de aprendizaje en la política son mucho más débiles y más indirectos que los del mercado.

Por ello, se espera que los sesgos cognitivos jueguen un papel tan importante en la política como en el mercado. La teoría de Public Choice es, por lo tanto, uno de los campos que muy probablemente se beneficiará de aplicar conceptos de la economía conductual (behavioral economics). Sorprendentemente, estos enfoques son relativamente nuevos en Public Choice. Tal vez se explique porque los académicos de PC se enfocaron originalmente en exportar el enfoque de la elección racional a áreas de no-mercado, y no consideraron modificar sus propios métodos analíticos (Wallerstein, 2004).

Al aplicar enfoques conductistas al Public Choice, afirmando que los individuos son más proclives a sesgos y otros problemas cognitivos cuando entran la arena política no ha de ser el fin de la historia. Más bien, un análisis sistemático de los desvíos del supuesto básico de conducta racional es requerido. Por ello, muchos autores han alentado a los académicos a que se aventuren más allá  de los supuestos básicos de racionalidad y maximización de utilidad (p. ej., Simon 1995; Ostrom 1998; Kliemt 2005).”…

“Hay un cierto número de ancestros del Behavioral Public Choice (BPC). No sorprende que Adam Smith se haya adentrado en este territorio cuando especulaba, primero, que una razón clave para la existencia del gobierno es la protección de la propiedad privada de transgresiones que se alejen de la conducta “razonable” (que, para Smith, implicaba actuar moralmente). Segundo, argumentaba que los individuos racionales van a subinvertir en la calidad de las decisiones políticas: como observara George Stigler, Smith era un pesimista al respecto, en el sentido de que ‘daba un papel más importante a la emoción, el prejuicio y la ignorancia en la vida política de lo que diera alguna vez en los asuntos económicos ordinarios’ (Stigler 1982). Luego de Smith, la creencia que los individuos pierden algo de su capacidad de razonamiento cuando entran en la esfera política puede encontrarse en Mill (1948), quien defendiendo al laissez-faire advertía sobre la conducta de ‘manada’ en la política, la incompetencia debida a la falta de especialización, malos incentivos debido al pequeño interés personal en juego en las decisiones gubernamentales y el peligro que los individuos perdieran su capacidad de contribuir voluntariamente a los bienes públicos si se acostumbraban a delegar más y más competencias en el estado.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

PARADOJAS DEL EMPRESARIADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Al ingenio del  empresario le debemos los alimentos, los medicamentos, los transportes aéreos, marítimos y terrestres, las computadores, los progresos en la cibernética, las comunicaciones, los libros, el teatro, los diques y represas, las tiendas, los comercios, la vestimenta, la refrigeración, los muebles, la edificación y prácticamente todo los que nos rodea.

 

El empresariado que tiene éxito es en los hechos un benefactor de la humanidad aunque sus operaciones no tienen el móvil de la beneficencia sino de incrementar su patrimonio, pero para lo cual, en un mercado libre, está obligado a servir a sus semejantes. Se destaca por tener un olfato y el sentido de la oportunidad al efecto de sacar partida del arbitraje, es decir, para detectar cuando los costos están subvaluados en términos de los precios finales.

 

Sin embargo ese mismo personaje cuando se alía con el  poder produce desastres monumentales. Al recibir privilegios a través de mercados cautivos no solo explota miserablemente a su prójimo sino que termina entregando su empresa a las fauces del Leviatán.

 

Veamos lo que, por ejemplo, piensa uno de los industriales de mayor facturación en Estados Unidos y lo que estima un intelectual de renombre. En el primer caso se trata de Charles Koch que comanda Koch Industries quien se pregunta “¿Qué está pasando aquí? ¿Los dirigentes empresarios de Estados Unidos se han vuelto locos? ¿Por qué están autoaniquilándose debido a la voluntaria y sistemática entrega de ellos mismos y sus empresas a manos de reglamentaciones gubernamentales? […] la contestación, desde luego, es simple. No, los empresarios ejecutivos no comparten el deseo de suicidio colectivo. Ellos piensan que obtienen ventajas especiales para sus empresas al aprobar y estimular la intervención gubernamental en la economía. Pero se están engañando. En realidad están vendiendo su futuro a cambio de supuestos beneficios a corto plazo. En el largo plazo, como consecuencia de haber hecho que el gobierno sea tan poderoso como para destruirlos, sufrirán las consecuencias de su ceguera. Y ciertamente se merecen lo que reciban. Afortunadamente no todos los empresarios son tan miopes”.

 

Y en el segundo caso, el premio Nobel en economía George Stigler se refiere a la responsabilidad empresarial en el intervensionismo estatal al enfatizar que “Han sido ellos [los empresarios] quienes han convencido a la administración federal y la administración de los estados [en Norteamérica] que se inicien los controles sobre las instituciones financieras, los sistemas de transporte y las comunicaciones y las industrias extractivas, etc.”

 

Es que desde Adam Smith los liberales han destacado los peligros de que el empresario se vincule con el gobierno. El célebre escocés del siglo xviii hasta ha escrito que no deberían existir las cámaras empresariales “puesto que se reúnen a conspirar contra el público”. En otros términos, todo bien mientras que el empresario no se acerque a la casa de gobierno puesto que allí comienza el derrumbe y el apartamiento de la función propia del empresariado para, en vez, lucrar con la desgracia ajena al convertirse ellos en ladrones de guante blanco en lugar de competir en el mercado abierto.

 

Es entonces muy paradójico el accionar del empresario. Por un lado hace mucho bien y, por otro, es temible cuando se sale de su misión específica. Esto último solo se remedia con estrictos límites institucionales al efecto de evitar la cúpula hedionda entre el poder político y los que la juegan de empresarios.

 

Uno de los problemas de los aplaudidores al poder es el de los jóvenes entusiastas del liberalismo que trabajan en instituciones y fundaciones que producen trabajos sumamente fértiles pero si cuentan con pocos recursos finalmente están obligados a retirarse y buscar trabajo en actividades industriales o comerciales. Da pena por el enorme potencial de estas personas pero este resultado se debe a quienes en la comunidad empresarial se niegan a financiar actividades tendientes a proteger la sociedad libre. Es como, decía Koch, un suicidio ya que, por definición, en el Gulag no existe tal cosa como el empresario.

 

Personalmente, antes de dedicarme a la educación trabajé quince años en una empresa, fui asesor económico de las cuatro cámaras empresarias argentinas de mayor peso y siendo Rector de una institución de posgrado debía mantener estrecho contacto con el mundo empresarial, entre otras cosas, para la financiación de becas, de modo que conozco el paño y comprendo las preocupaciones  por actitudes negativas y también el espíritu generoso de ese mundo.

 

En este contexto estimo que es del todo pertinente abordar un tema de gran relevancia y es acerca de dos aspectos vinculados a la necesaria racionalización administrativa en la burocracia gubernamental y, finalmente, el complejo de culpa de algunos empresarios que hacen que se conduzcan de modo contraproducente. Todo esto viene al caso debido a las opiniones trasnochadas que en esta materia revelan las opiniones de no pocos empresarios.

 

En lo que se refiere al primer plano, como queda dicho, hay dos andariveles a contemplar. En primer lugar, y sobre todo, debe repasarse el mensaje no siempre claro desde el costado liberal lo cual explica una parte importante del malentendido. Se trata de trasmitir que cuando se destacan los perjuicios de transferir compulsivamente recursos a través de los mal llamados “planes sociales” son los más pobres los que los transfieren del fruto de su trabajo. Si repercuten directamente sobre sus bolsillos queda claro el impacto, pero si recaen sobre los mayores contribuyentes de jure éstos contraen la inversión, situación que implica la reducción de salarios e ingresos en términos reales lo cual hace que indirectamente los más necesitados se hagan cargo del pago. Entonces ¿cuál es la justicia de esta transferencia entre pobres? y téngase en cuenta que no se trata de un proceso de suma cero o proceso neutro (lo que no tiene fulano lo tiene mengano), se trata de un severo proceso de suma negativa ya que no es indiferente al mercado que tenga los recursos uno u otro puesto que necesariamente se traduce en desperdicio de capital lo que reduce el nivel de vida de todos pero especialmente de los pobres que deben sufragar el dislate.

 

En este mismo  plano se suele decir que no pueden llevarse a cabo políticas de saneamiento porque, por ejemplo, los que están bajo la línea de la pobreza ya están en el treinta por ciento. Pero pensemos que como todos provenimos de las cuevas y el garrote, el cien por cien de nuestros ancestros estaban bajo la línea de la miseria más espantosa y las comunidades que permitían o estimulaban la violencia en cuanto a saquear las chozas del vecino se hundían en la desesperanza, mientras que las sociedades que respetaban el fruto del trabajo ajeno  prosperaban. Esa es la historia de la humanidad.

 

Todo en la vida tiene un costo. Cuando comemos dejamos de lado el valor que sigue en nuestras prioridades ya que todo no  puede hacerse al mismo tiempo y eso en economía se denomina “costo de oportunidad”. Absolutamente nada puede hacerse sin costo, el asunto es percatarse cual es el beneficio neto y la sociedad libre -cuyo eje central es el respeto recíproco- provee el mayor bienestar para las partes, especialmente para los más débiles económicamente puesto que sacan la mayor partida al incentivar la tasa mayor de capitalización. Este menaje vital no es siempre bien  explicado por liberales, de ahí, en parte sustancial, el mal entendido.

 

El segundo plano consiste en el uso equívoco de los términos “ajuste”, “shock” y “gradualismo”. El orden en las finanzas públicas es para evitar el ajuste diario en los bolsillos de la gente y para evitar el constante shock diario que deben soportar, en el mejor de los casos debido a gradualismos que desgastan y no corrigen los males en las causas por el desgano y la lentitud que compromete los resultados finales que se dice se quieren logran cuando, en verdad, preparan el terreno para que se reviertan las metas y los objetivos si es que estos se anunciaron con claridad y con propósitos de saneamiento y no como un malabar transitorio.

 

Por último, lo que ha apuntado sobre la denominada “responsabilidad social de la empresa” de forma contundente y adecuada fundamentación el premio Nobel en economía Milton Friedman en su ensayo “The Social Responsability of Business is to Increase Profits” (The New York Times Magazine, septiembre 13 de 1970) puesto que es la manera de atender las necesidades de los demás y, por ende, colocar los siempre escasos recursos en las mejores manos y dejar que los que no las satisfacen incurran en quebrantos, en lugar de proceder como si el empresario eficiente estuviera robando a la comunidad y debe devolver parte del botín para compensar el supuesto atraco. Este complejo de culpa es frecuentemente justificado debido a que desafortunadamente está generalizado el hecho de que los pseudoempesarios pululan por todas partes quienes son verdaderos estafadores que se ocultan tras la gruesas falacias que hemos analizado en otras oprtunidades de “la industria incipiente”  y el “dumping” y otras sandeces con el apoyo de la ley, por lo que actúan a cara descubierta situación que los exime del escrúpulo de usar antifaz.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Puede la “economía de la conducta” mejorar Public Choice y así acercarla más a los Austriacos?

Por Martín Krause. Publicada el 22/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/puede-la-economia-de-la-conducta-mejorar-public-choice-y-asi-acercarla-mas-a-los-austriacos/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice, vemos el trabajo de Schnellenbach, Jan; Schubert, Christian sobre un campo nuevo en esta área, “behavioral public choice” o, ¿cómo traducirlo? ¿análisis económico de la conducta política?. El paper se titula “Behavioral public choice: A survey” Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03; Freiburger Diskussionspapiere zur Ordnungsökonomik, No. 14/03 (2014). Disponible en: http://hdl.handle.net/10419/92975 Walter Eucken Institut; ORDO Constitutio in Libertate. Algunos párrafos:

“En el origen de la teoría de Public Choice se encuentra un llamado para alinear los supuestos motivacionales que subyacen en el estudio de la política con los de la economía. Se asume típicamente que la gente maximiza su utilidad subjetiva tanto en el mercado (como productores o consumidores) como en la política (como votantes, políticos, burócratas o lobbystas). Como enfatiza Brenna (2008), sin embargo, esa simetría motivacional no se traslada necesariamente a simetría conductual, dados los débiles incentivos para invertir en una toma de decisiones racional en el campo de las decisiones colectivas. Esto ocurre particularmente con los votantes, cuya conducta perfectamente racional puede llevar a resultados colectivos catastróficos, porque los mecanismos individuales de aprendizaje en la política son mucho más débiles y más indirectos que los del mercado.

Por ello, se espera que los sesgos cognitivos jueguen un papel tan importante en la política como en el mercado. La teoría de Public Choice es, por lo tanto, uno de los campos que muy probablemente se beneficiará de aplicar conceptos de la economía conductual (behavioral economics). Sorprendentemente, estos enfoques son relativamente nuevos en Public Choice. Tal vez se explique porque los académicos de PC se enfocaron originalmente en exportar el enfoque de la elección racional a áreas de no-mercado, y no consideraron modificar sus propios métodos analíticos (Wallerstein, 2004).

Al aplicar enfoques conductistas al Public Choice, afirmando que los individuos son más proclives a sesgos y otros problemas cognitivos cuando entran la arena política no ha de ser el fin de la historia. Más bien, un análisis sistemático de los desvíos del supuesto básico de conducta racional es requerido. Por ello, muchos autores han alentado a los académicos a que se aventuren más allá  de los supuestos básicos de racionalidad y maximización de utilidad (p. ej., Simon 1995; Ostrom 1998; Kliemt 2005).”…

“Hay un cierto número de ancestros del Behavioral Public Choice (BPC). No sorprende que Adam Smith se haya adentrado en este territorio cuando especulaba, primero, que una razón clave para la existencia del gobierno es la protección de la propiedad privada de transgresiones que se alejen de la conducta “razonable” (que, para Smith, implicaba actuar moralmente). Segundo, argumentaba que los individuos racionales van a subinvertir en la calidad de las decisiones políticas: como observara George Stigler, Smith era un pesimista al respecto, en el sentido de que ‘daba un papel más importante a la emoción, el prejuicio y la ignorancia en la vida política de lo que diera alguna vez en los asuntos económicos ordinarios’ (Stigler 1982). Luego de Smith, la creencia que los individuos pierden algo de su capacidad de razonamiento cuando entran en la esfera política puede encontrarse en Mill (1948), quien defendiendo al laissez-faire advertía sobre la conducta de ‘manada’ en la política, la incompetencia debida a la falta de especialización, malos incentivos debido al pequeño interés personal en juego en las decisiones gubernamentales y el peligro que los individuos perdieran su capacidad de contribuir voluntariamente a los bienes públicos si se acostumbraban a delegar más y más competencias en el estado.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

EL ESTATISMO ES INCOMPATIBLE CON LO COMPLEJO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Frecuentemente se sostiene que la intromisión de los aparatos estatales en las esferas privadas se justifica debido a la creciente complejidad del mundo moderno. Antes, se continúa diciendo, son comprensibles los indicadores de baja participación del estado en la vida privada debido a la relativa simplicidad de las cosas, ahora, en cambio, la situación se ha venido modificando por completo y todo es mucho más complicado.

 

Estas conclusiones son del todo erradas puesto que precisamente la mayor complejidad es la razón central para que los gobiernos no se inmiscuyan en las vidas y las haciendas de la gente. Esto es así por un motivo crucial de carácter epistemológico. Es decir debido a la teoría más rigurosa del conocimiento. Una mente -la del planificador- no puede ni remotamente abarcar las millones y millones de transacciones y arreglos contractuales varios entre los habitantes. Y no solo por la limitada capacidad intelectual de los humanos sino, sobre todo, porque los datos no están disponibles antes que ocurran los referidos intercambios que además se llevan a cabo en base a información y conocimientos que están inexorablemente fraccionados y dispersos entre aquellos millones y millones de operadores que, como si fuera poco, son permanentemente cambiantes y, para rematarla, muchos de esos conocimientos son tácitos, es decir, no articulables por el propio sujeto que posee el talento.

 

Muy al contrario de lo que habitualmente se sostiene, si las relaciones sociales fueran simples, las imposiciones gubernamentales en los negocios privados serían también perjudiciales puesto que los resultados serían otros de los preferidos por la gente, pero el daño sería muchísmo menor que el provocado en una sociedad compleja por las razones antes apuntadas.

 

Michel Polanyi en The Logic of Liberty nos explica que, dada la arrogancia y la soberbia, cuando se observa algo ordenado se supone que alguien lo ordenó conciente e intencionalmente de ese modo. Y eso es efectivamente así en algunos casos, por ejemplo, el autor ilustra su comentario con los ejemplos de un jardín bien arreglado o una máquina que funciona bien de acuerdo a la programación etc. Dice que esta es una obviedad: el funcionamiento en concordancia con un plan preestablecido, lo cual no puede ni debe extrapolarse a todo tipo de orden ya que hay otros tipos de ordenes que no se basan en el principio obvio que se ha mencionado.

 

Polanyi alude a esos otros tipos de ordenes, por ejemplo, escribe que el  agua en una jarra “se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre”, lo cual constituye una situación que ningún ser humano puede fabricar en concordancia con “un proceso gravitacional y de cohesión”.

 

En esta línea argumental Polanyi llega al punto medular de su trabajo al señalar que el orden espontáneo en la sociedad o “la mano invisible” se logra al permitir que las personas interactúen en libertad sujetas solamente a normas de respeto recíproco en cuanto a iguales facultades de cada uno. Esta era la idea de Adam Smith al referirse a la mano invisible en el  mercado, se trata de la coordinación de las transacciones en base a precios. Se trata de personas que al atender sus intereses particulares están generando un sistema que no está en sus posibilidades individuales construir.

 

Leonard Read ha escrito un muy difundido artículo titulado “I Pencil” que ha sido muy favorablemente comentado, por ejemplo, por los premios Nobel en economía George Stigler y Milton Friedman, en el que el autor le da la palabra a un simple lápiz al efecto de recorrer los muy diversos lugares geográficos y los complicados procedimientos para su producción, desde la elaboración del caucho para la goma de borrar del lápiz, las empresas carboníferas para la mina, el barnizado, el metal y los procesos de siembra de árboles, tala, aserraderos y distribución, para no decir nada de las mismas empresas de transporte, cartas de crédito y problemas de administración y finanzas de la cantidad de emprendimientos en sentido vertical y horizontal comprometidos en la producción de un lápiz, para concluir que nadie en soledad sabe fabricar ese simple objeto. Sin embargo, en los procesos abiertos se coordinan esos conocimientos fraccionados y dispersos para contar con ese aparentemente sencillo producto que cuando se pretende ejecutar en un  sistema autoritario nadie sabe si los procesos son económicos debido a la intromisión en los precios y de allí malas calidades, faltantes y otros desajustes y descoordinaciones.

 

Entonces, cuanto más compleja la sociedad mayor el peligro de concentrar ignorancia en las mentes de los planificadores gubernamentales puesto que se bloquea la referida coordinación para sacar partida del conocimiento siempre distribuido en las mentes de millones y millones de personas. La soberbia y la arrogancia de los planificadores pone al descubierto ignorancias supinas sobre el funcionamiento de una sociedad abierta.

 

El estatismo también está estrechamente vinculado a una noción bastante gaseosa y muy poco calibrada de lo que significa la acción propiamente dicha de los integrantes de los aparatos estatales que originalmente, en la mejor tradición constitucional, pretendía traducirse en una efectiva protección de los derechos de cada uno. El estatismo por el contrario desvía la atención del Leviatán hacia el abandono de esas funciones clave para incursionar en todo tipo de reglamentaciones coactivas para con las pertenencias de los gobernados hasta que resulta impropio aludir al ciudadano para más bien referirse a los súbditos. Se pierde la noción del significado del estatismo puesto que se piensa livianamente que los recursos provienen de una fuente mágica sin considerar que todo lo que hace el estado lo realiza merced a que succiona los recursos de otros: reclamar que el gobierno haga tal o cual cosa es reclamar que el vecino se haga cargo por la fuerza y esto es ilegítimo y contraproducente cuando se aparta de su misión de velar por los derechos de todos.

 

Pero más aun, en este malentendido hay algo peor y es que se estima que el gobierno al recurrir por la fuerza al bolsillo ajeno está ayudando a los relativamente más pobres al entregarles los recursos así obtenidos (aun suponiendo que no se los quedaran los miembros del elenco gobernante). Pero, dejando de lado aspectos éticos, al proceder de este modo se está contribuyendo a aniquilar las tasas de capitalización lo cual se traduce en una mayor pobreza, especialmente para los más necesitados.

 

Incluso puede decirse que los ladrones privados siendo un horror son más sinceros que los ladrones gubernamentales, por eso recurren al antifaz o al pasamontañas: saben que lo que hacen está mal. Sin embargo los ladrones gubernamentales arrancan el fruto del trabajo ajeno a cara descubierta y “para beneficio del pueblo”. Y no es que necesariamente el ladrón gubernamental se lleve recursos a su casa (lo cual no es extraño) sino que se confirma el robo cuando en lugar de proteger a los gobernados los expolian, no importa el destino cuando excede la función de garantizar la justicia y la seguridad (las dos cosas que habitualmente no hace).

 

Por su parte el socialismo en gran medida se ha concentrado en otros tres canales para la difusión más efectiva de su ideario al encontrar que la exposición directa del tema de la pobreza a esta altura de los acontecimientos resulta poco práctica dado el correlato entre libertad y progreso que se ha puesto en evidencia una y otra vez. No es que se haya abandonado esta ruta pero los más radicales descubrieron que para cercenar derechos individuales resulta fértil recurrir al ambientalismo, la guerra contra las drogas y los resultados de las políticas que suelen adoptarse con la idea de contrarrestar los  terrorismos, temas a los que solo menciono a vuelapluma puesto que me he referido en detalle a los tres en distintos ensayos y libros de mi autoría. Por otra parte, indico a título de ejemplo tres autores (uno en coautoría) que con admirable rigor y enjundia tratan esos temas tan cruciales que han modificado la vida de la gente en nuestra época. Primero, el tratado de T. L. Anderson y D. R. Leal Free Market Environmentalism, segundo los múltiples y notables escritos que condenan la llamada “guerra contra las drogas” por parte del antes mencionado Milton Friedman, y tercero la obra de James Bovard titulada Terrorism and Tyrany. Trampling Freedom, Justice and Peace to Rid the World of Evil.

 

Lo curioso y paradójico es que no pocas de las víctimas se tragan el anzuelo de aquellas políticas erradas y se comportan tal como consigna la antiutopía de Huxley en cuanto a que los mismos perjudicados piden ser esclavizados.

 

Anderson y Leal muestra que con el pretexto de cuidar la propiedad del planeta se destruye la propiedad privada a través de los llamados “derecho difusos” y la “subjetividad plural” en el contexto de lo que en economía y en la ciencia política se denomina la tragedia de los comunes. Por su parte, Friedman concluye que “Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizarlas convierte en un desastre para la sociedad, tanto para los que las usan como para los que no las usan” (The Wall Street Journal, septiembre 7, 1989) y también escribió que “Como nación [Estados Unidos] hemos sido responsables por el asesinato de literalmente cientos de miles de personas en nuestro país y en el extranjero por pelear una guerra que nunca debió haber comenzado y que solo puede ganarse, si eso fuera posible, convirtiendo a los Estados Unidos en un  estado policial”( en Prólogo a After Prohibition de Timothy Lynch). Y en el tercer caso sobre el terrorismo, es pertinente consignar una cita que Bovard hace de Benjamin Franklin en el sentido de que “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

 

De cualquier modo, aquellos tres temas están destruyendo y atropellando de la forma más brutal las libertades básicas a través de políticas gubernamentales que eliminan el secreto bancario, proceden a escuchas telefónicas, se deja de lado el debido proceso, se trata como delincuentes a inocentes que administran o transportan sus ahorros, se espían correos con lo que se invaden privacidades y se lesionan gravemente los derechos de las personas.

 

En todo caso, enfatizo que las complejidades requieren el uso más urgente de conocimiento para resolver problemas respecto a las relaciones simples y que el estatismo, además de desarticular el antedicho conocimiento, inexorablemente deteriora la condición moral y material de quienes lo padecen en el contexto de complicar inútilmente la vida de los que se ven forzados a financiar los emolumentos de los complicadores.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LIBERTAD Y PROGRESO: LOS EMPRESARIOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No es necesario detenerse a considerar en detalle los problemas que se presentan en nuestro mundo. Uno de los aspectos álgidos del cual depende todo lo demás es la manifiesta incomprensión de los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de la sociedad abierta.

 

Paradójicamente se critica a un capitalismo inexistente puesto que los aparatos estatales se han convertido en maquinarias infernales que cobran tributos insoportables, deudas públicas internas y externas astronómicas y regulaciones asfixiantes, todo financiado naturalmente con un nivel abultadísimo de gastos para alimentar a un insaciable Leviatán.

 

Aquí no es del caso analizar esta o aquella gestión gubernamental, el asunto son los resultados de décadas de populismo más o menos intenso y de uno u otro signo y etiqueta circunstancial. El hecho es que el mundo se debate hoy en esta situación.

 

Sin duda que el problema es la educación, es decir, la deficiencia en explicar las bases de la sociedad civilizada y, por ende, la decadencia de los valores y principios que la sustentan.

 

Afortunadamente hay casas de estudio, fundaciones e instituciones varias en diversos países que se dedican a contrarrestar esta malaria con presentaciones de rigor, argumentando las ventajas de una sociedad libre. Pero no es suficiente si a estas faenas muy meritorias se las compara con la catarata de falacias difundidas que dan apoyo a través de múltiples vías al engrosamiento de los referidos aparatos estatales que destrozan vidas y haciendas ajenas al tiempo que eliminan de cuajo los incentivos para proteger autonomías individuales.

 

De más está decir que aquellas entidades solo pueden recurrir a empresas privadas para obtener fondos que permitan financiar sus programas. No pueden buscarse recursos donde no existen y el empresariado es el grupo que necesita libertad para cumplir su rol específico de asignar recursos en el mercado.

 

Como es sabido, el empresario conjetura que los costos están subvaluados en términos de los precios finales al efecto de sacar partida del consiguiente arbitraje. Si acierta obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados le marca si está bien o mal orientado en la satisfacción de las necesidades del consumidor.

 

En la medida en que los aparatos estatales intervienen en la economía, los precios se desdibujan y dejan de reflejar las estructuras valorativas y se asimilan a simples números dictados por los funcionarios de turno, con lo que la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general también dejan de expresar la situación real. En el extremo si se eliminan los precios, es decir, la propiedad, no se sabe si conviene construir carreteras con oro o con asfalto puesto que las consideraciones técnicas nada significan si no están referidos a precios. Sin llegar a este extremo de abolir la propiedad, como decimos, en la medida en que se intervenga en el proceso de mercado se distorsionan los precios que son las únicas señales para conocer si se está o no consumiendo capital.

 

Esto es así, pero henos aquí que ha habido y hay mal llamados empresarios que no solo no proceden de acuerdo a su antedicha misión específica sino que no ayudan a las instituciones que pretenden que las cosas vuelvan a su cauce e incluso critican el mercado libre. Se enriquecen fruto de las alianzas con el poder político del que reciben dádivas, privilegios y mercados cautivos que perjudican grandemente a la comunidad en la que trabajan.

 

Esto último es materia de otro debate, por el momento destacamos que aun procediendo como proceden algunos deberían buscar un reaseguro para su empresa, para sus hijos y nietos puesto que la lucha por el privilegio, esto es, el despojo cruzado recurriendo a la fuerza que impone el gobierno, tarde o temprano conduce al despeñadero.

 

Es cierto que no son pocos los “empresarios” que actúan del modo señalado porque estiman que de esta manera salvarán sus empresas y responderán bien ante los accionistas sin percatarse que si no modifican su actitud siempre el círculo se cierra y el gobierno termina de facto  manejando el flujo de fondos de la empresa con lo cual el así llamado empresario en la práctica pierde la empresa en el contexto de un sistema fascista donde se permite registrar la propiedad a nombre de particulares, pero, en los hechos, pertenece al gobierno.

 

Incluso el premio Nobel en economía George Stigler afirma que en Estados Unidos “han sido ellos [los empresarios prebendarios] quienes han convencido a la administración federal  y a la administración de los estados que iniciaran controles sobre las instituciones financieras, los sistemas de transporte, las comunicaciones, las industrias extractivas etc.” (en Placeres y dolores del capitalismo moderno). Por lo que Charles G. Koch, uno de los empresarios más prominentes de ese país, se pregunta: “¿Qué está pasando aquí? ¿Los dirigentes empresarios de Estados Unidos se han vuelto locos? ¿Por qué están autoaniquilándose debido a la voluntaria y sistemática entrega de ellos mismos y sus empresas a manos de reglamentaciones gubernamentales? […] La contestación, desde luego, es simple. No, estos empresarios y ejecutivos no comparten el deseo de suicidio colectivo. Ellos piensan que obtienen ventajas especiales para sus empresas […] En realidad están vendiendo su futuro” (en “A Letter from the Council for a Competitive Economy”).

 

Afortunadamente todos los empresarios no se comportan de aquella manera, muchos son respetuosos del mercado y ven las enormes ventajas de la libertad y encuentran un desafío en lograr objetivos dentro de las reglas del mercado libre y competitivo.

 

Esta larga introducción es para centrar la atención en un caso argentino que ilustra bien lo dicho, con total independencia ahora de quien sea el gobierno que circunstancialmente administra el Ejecutivo. El punto que hacemos se extiende a todos los empresarios locales en general en conexión con una entidad argentina de excelencia.

 

Se trata de la Fundación Libertad y Progreso de Buenos Aires, establecida como consecuencia a su vez de la fusión de tres destacadas fundaciones. Libertad y Progreso está dirigida por tres profesionales que dejaron sus respectivas empresas, negocios y estudios para abocarse a la tareas nobles de defender y difundir los antes mencionados valores de una sociedad libre, con la intención de retomar los consejos y principios de Juan Bautista Alberdi, el máximo inspirador de la Constitución liberal de 1853 que permitió a la Argentina disfrutar de los más altos niveles de prosperidad moral y material hasta que irrumpió el populismo bajo muy diversos signos políticos.

 

Libertad y Progreso ha desarrollado múltiples y muy jugosos programas en muy diversos frentes y tiene en carpeta otros tantos que ejecutaría si contara con los recursos suficientes. Los directivos de esta Fundación están sumamente agradecidos a todos los empresarios y personas de existencia física que brindan su apoyo financiero merced a lo cual se han podido llevar a la práctica tantos programas.

 

Pero, como queda dicho, los aportes no resultan suficientes si se tiene en cuenta la tarea ciclópea que debe llevarse a cabo para comenzar a revertir una tradición populista de hace más de siete décadas.

 

Es evidente que resulta una enorme bendición que esta institución se haya creado y una suerte mayúscula contar con la calidad moral y profesional de sus directores que han tenido el coraje, la honestidad intelectual y la decisión de dejar faenas lucrativas para encarar esto que han considerado su deber moral. En verdad un ejemplo para todos.

 

En estas circunstancias en realidad no resulta una exageración afirmar que los empresario debieran hacer cola para aportar a tan benéfica entidad, no para hacerle un favor a nadie sino en su propio beneficio y el de sus respectivas familias al efecto de contar con un país que vuelva a ser un faro en el camino y un punto de referencia para las naciones civilizadas.

 

Por supuesto que como en todo grupo humano puede disentirse aquí y allá con las opiniones de miembros de esa fundación, pero lo relevante es que en el balance neto los esfuerzos están dirigidos a que en nuestro país prime el respeto recíproco.

 

Hoy nos escribimos por correo electrónico con el director general, Agustín Etchebarne, y al pasar me contaba los denodados esfuerzos para el fund raising que deben realizarse casi cotidianamente. Su correo me recordó mi paso como rector de ESEADE durante los veintitrés años en los que estuve al frente de esa casa de estudios y del célebre fund raising que en verdad consumió más tiempo del que hubiera querido, pese a lo cual aprovecho para agradecer infinitamente a la comunidad empresaria por las muchas becas y aportes realizado en aquellas épocas.

 

Pero si nos quejamos con razón por esto o aquello que sucede en nuestro medio debemos tener en claro que no se trata de una casualidad, es el resultado de haber abandonado en gran medida y salvo honrosas excepciones la mencionada faena educativa. Y no se diga que esto produce resultados en el largo plazo, lo cual se viene machacando hace largas décadas, cuanto antes se empiece en este difícil pero muy gratificante trabajo, mejor. Ya estaríamos en el largo plazo si se hubieran redoblado esfuerzos con anterioridad. No hay que esperar milagros y poner manos a la obra cuanto antes. El equipo de Libertad y Progreso lo agradecerá y, sobre todo, las personas de bien de nuestro país.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

ASALTO LEGAL:

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En esta nota me refiero a los políticos que permanentemente recurren a la fuerza para expandir las funciones gubernamentales que dicen es para el bien de la gente, no solo más allá de los atributos esenciales en el contexto de un sistema republicano sino en abierta contraposición a esas facultades puesto que no se limitan a proteger derechos sino que los invaden.

 

Es del caso recordar al abrir esta nota que la primera moneda de un centavo estadounidense (el penny) que fue diseñada por Benjamin Franklin y acuñada en cobre en 1787 tenía como leyenda mind your business (ocúpese de lo suyo), léase no se entrometa en lo que es de otros, un consejo, sabio por cierto, aplicable a todos y especialmente dirigido a los gobernantes para que se circunscribieran a garantizar derechos de los gobernados en consonancia con el espíritu y la letra de los Padres Fundadores de aquella nación.

 

Según el célebre Robert A. Nisbet en su ensayo titulado “El nuevo despotismo”, nada hay más peligroso para las libertades de la gente que cuando un gobierno expande sus funciones en nombre del humanitarismo y la bondad. Consigna que habitualmente la gente está en muy guardia frente a los avances del mal declarado pero los encuentran desarmados física y moralmente cuando se sostiene que la política que se encara es para el bien de la sociedad. Sostiene que se prepara el camino al despotismo cuando se ceden libertades frente al discurso político de la comisión y el desinterés con que se invaden espacios privados supuestamente para el bien de los receptores (por supuesto, siempre con coactivamente con el fruto del trabajo ajeno).

 

Nada hay más destructivo que los consejos de quienes apoyan y fomentan nuevas incursiones del Leviatán en las vidas y haciendas de los demás y, como queda dicho, más peligroso aun si se envuelven en el manto de la misericordia y la benevolencia. Estos sujetos siempre hablan recurriendo a la tercera persona del plural, nunca asumen directa responsabilidad por lo que consideran hay que hacer, no usan la primera persona del singular.

 

Es de esta vertiente de donde surgen medidas tales como la guerra contra las drogas, la seguridad social obligatoria, la manipulación monetaria, el incremento de los impuestos, la deuda pública, las mal denominadas “empresas” estatales, la redistribución de ingresos, los aranceles aduaneros, el control de precios, el matrimonio civil consagrado por el gobierno y demás sandeces que nada tienen que ver con gobiernos limitados a proteger derechos. Ya autores como James Buchanan y Gordon Tullock han puesto al descubierto el cinismo de los políticos que se dicen sacrificados por los intereses de la gente y que denominan “gestionar” el desconocimiento más grosero de los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad tal como rezaban todos los documentos de una sociedad abierta.

 

Es de desear que finalmente produzcan cansancio y repugnancia los carteles que pululan por doquier de políticos con sonrisas estúpidas siempre prometiendo que se terminará con la corrupción, la injusticia y la inseguridad que han promovido sus antecesores en una rutina demoledora de calesita perpetua.

 

El principio básico de una sociedad abierta consiste en que cada uno asume la responsabilidad por lo que hace y por lo que no hace. Los gobiernos no son tutores o curadores de los ciudadanos, existen solo para proteger derechos, es decir, que cada uno pueda hacer lo que le plazca con su vida  y propiedad siempre y cuando no lesione derechos de terceros. Tengamos presentes los experimentos mortales de los maoísmos, nazis, stalinistas, guerrillas-terroristas latinoamericanas y sus múltiples imitadores, todo para fabricar “el hombre nuevo” y la felicidad terrenal (que como ha escrito Hölderlin: “Lo que siempre ha convertido al Estado en un infierno en la tierra ha sido precisamente que el hombre lo ha tratado de convertir en el cielo”).

 

Igual que argumentaban Burke, Spencer, Tocqueville, de Jouvenel, Hayek, Friedman, George Stigler, von Mises, Rothbard, Kirzner, Sartori y tantos otros economistas y filósofos políticos, es perentorio pensar en nuevos y más eficaces límites al poder al efecto de minimizar los abusos del poder político que estamos viendo en todas partes para que el “nuevo despotismo” que sigue las líneas principales de la “vieja monarquía absolutista” no termine por imponer dictaduras electas o no electas que aniquilen las autonomías individuales y, por ende, la condición humana.

 

Vamos a la raíz de tema considerado. En el instante en que en esferas gubernamentales comienza el debate sobre la conveniencia para las personas de manejar sus vidas de tal o cual manera, el tema se ha salido de madre: es del todo improcedente y es impertinente e insolente que tal discusión tenga lugar desde el vértice del poder. En todo caso son temas a tratar en el seno de la familia, de amigos, consultores o eventualmente con los médicos que la persona elija (si es que decide consultar al facultativo) pero no es tema de debate en las esferas políticas para concluir como administrar las vidas de otros compulsivamente: la administración de sus finanzas, su salud y demás asuntos personales. Y no es cuestión de si es verdad o no que la elección de activos monetarios o tal o cual dieta es o no perjudicial para el presupuesto personal o para la salud, hay un asunto de orden previo y es el respeto irrestricto por la forma en que cada cual maneja sus asuntos personales.

 

La arrogancia del poder es fenomenal, no solo pretenden jugar a Dios sino ser más que Dios puesto que en las religiones convencionales nos da libre albedrío al efecto de la salvación o la condena, mientras que los megalómanos instalados en la burocracia teóricamente quieren la salvación (o, por lo menos, alegan tal fin)…es, en definitiva, un asalto legal. Nadie puede ser usado como medio para los fines de otro no importa cuan bondadoso se crea quien procede de ese modo y lo mucho que estime está haciendo el bien, si actúa contra la voluntad de una persona pacífica la está violando en sus derechos y ha recurrido a la fuerza agresiva lo cual es inaceptable.

 

Para tomar solo una parte pequeña de El hombre rebelde de Albert Camus es conveniente subrayar que el autor apunta que “hay crímenes de pasión y crímenes de lógica” y en este último caso se pone como coartada la filosofía para sustentar la tiranía que se impone en nombre de la libertad. Asimismo, señala que muchos pretendidos cambios que aseguran es para bien de la gente en verdad liquidan derechos, como cuando describe el alarido de Marat: “¡Oh, que injusticia! ¿Quien no ve que quiero cortar un pequeño número de cabezas para salvar muchas más? […] El filántropo escribía así”.

 

Reiteramos que los espacios privativos del individuo no están sujetos a procesos electorales sino reservados al entendimiento y a la conciencia de cada cual. Para convivir civilizadamente se requiere respeto recíproco, lo cual a su vez reclama marcos institucionales que protejan y garanticen derechos para que cada uno administre su vida, pero de ningún modo para que los gobernantes -no importa el número de votos con los que hayan asumido- son para manejar los destinos individuales de quienes no infringen iguales derechos del prójimo. Nuevamente decimos que lo que le hace bien o mal a los mandantes no es materia de discusión en las esferas políticas.

 

Como hemos puntualizado antes, cabe en una sociedad abierta que se establezcan asociaciones de socialistas que lleven a la práctica sus ideas en la zona que hayan adquirido lícitamente, pero sin comprometer la suerte de quienes mantienen el sentido de autorrespeto, respeto a los derechos inalienables del prójimo y, sobre todo, de dignidad (ser digno de la condición humana), es decir, la imperiosa necesidad de ser libres que consideran como su oxígeno vital e irrenunciable. Es en esta dirección del pensamiento que con toda razón ha sentenciado Tocqueville y que tantas veces hemos citado: “El hombre que le pide a la liberad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Es en dirección opuesta a la adoración de leyes mal paridas y contrarias al derecho que en la obra A Man for all Seasons de Robert Bolt, donde se apunta que en definitiva los gobernantes no pueden decidir en dirección opuesta a la realidad (aunque lo intentan permanentemente). Además, como se ha escrito desde tiempo inmemorial, la ley injusta no es ley, es atropello, un asalto con apariencia de legalidad.

 

Para finiquitar esta nota subrayo la imperiosa necesidad de atender la indelegable faena de cada cual de salir al cruce de las falacias comentadas, y no limitarse como dice uno de los personajes de García Márquez a “hablar mucho de nada” o alabar la insignificancia como expresa uno de los de Milan Kundera en su última obra a la que aludí al pasar en mi columna de la semana pasada. Todo en el contexto de lo que ha consignado Marx (no Karl que, en la práctica, estaba convencido de la infalibilidad del monopolio de la fuerza en manos de lo que serían sus secuaces…hasta la próxima purga, se trata en cambio de Groucho): “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después remedios equivocados”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.