La maldición de las armas químicas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 11/9/13 en: http://www.lanacion.com.ar/1618609-la-maldicion-de-las-armas-quimicas

En una de sus intervenciones durante la reciente reunión del G-20, nuestra Presidenta, con su habitual afán de protagonismo, se preguntó por qué es distinto matar con armas químicas, que con armas convencionales.

Más allá de que ciertamente debió haber sido previamente advertida sobre esa cuestión por sus asesores de política exterior, la mera formulación de semejante pregunta seguramente asombró, con razón, a muchos. Quizás todavía más que el insólito reconocimiento de las limitaciones y dificultades que le genera el idioma inglés.

Hace pocos días, Steven Erlanger, desde las columnas del The New York Times le contestó la pregunta, aunque sin mencionarla. Porque la condena universal del uso de armas de destrucción masiva es realmente de vieja data. Se remonta a 1675, cuando tanto Francia como el Sacro Imperio Romano acordaran no utilizar balas cargadas con venenos. Lo que fue seguido, algo más tarde, por la prohibición expresa contenida en la Convención de La Haya, de 1899.

 

Aunque, en rigor, el rechazo -inequívoco, absoluto y universal- de las armas químicas se produjo como consecuencia de los horrores provocados por su uso en la Primera Guerra Mundial, donde Alemania fue el primer beligerante en usarlas masivamente. En Ypres. En abril de 1915, en una acción militar en la que murieran más de 6000 soldados franceses y británicos.

Pese a que apenas un 2% de los muertos en esa guerra fallecieron como consecuencia del uso de armas químicas, la comprensible repulsión que ellas generaran trajo como consecuencia su prohibición, materializada a través del Protocolo de Ginebra de 1925, que fuera oportunamente suscripto por la propia Siria. Norma que pertenece al corazón mismo del derecho internacional de la guerra, que está en vigor desde 1928 y ha sido desde entonces de aceptación universal.

Durante la Segunda Guerra Mundial, ninguna de las partes combatientes utilizó armas químicas en las batallas que fueran libradas. Los nazis, no obstante, las usaron ciertamente en relación con el infame genocidio cometido contra los judíos y con las persecuciones despiadadas que ellos pusieran en marcha contra otros grupos, incluyendo a los gitanos.

El uso de las armas químicas se reiteró, no obstante en 1935, por parte del fascismo italiano, en Abisinia y Etiopía y, luego, por parte de Japón, en 1940-41, que recurriera a ellas en territorio chino.

Más tarde, en 1965-67, fueron usadas por el dictador egipcio Gamal Abdel Nasser durante la guerra de Yemen. Y también se las utilizó, en la guerra de Vietnam, con el recurso al uso masivo por parte de los norteamericanos del defoliante denominado «agente naranja», que tuvo ciertamente algún impacto colateral en la salud humana de todos aquellos que quedaran expuestos a sus consecuencias.

El peor incidente de los tiempos recientes provocado por las armas químicas ocurrió durante la guerra que enfrentara a Irán e Irak, a comienzos de la década de los 80. Sadam Hussein las utilizó entonces reiteradamente contra los iraníes, así como contra su propio pueblo. Más concretamente, contra los kurdos, en Halabja, una ciudad en una zona montañosa donde murieron cerca de 5000 personas, en su enorme mayoría civiles inocentes, incluyendo miles de mujeres y niños.

 

Este terrible episodio provocó la firma de la Convención sobre Armas Químicas de 1993, que ha estado en vigor desde 1997, que no sólo prohíbe el uso en cualquier circunstancia, sino la fabricación y la transferencia de este tipo de armas de destrucción masiva. Por ello se estructuró la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, con sede en La Haya, que fuera -hasta no hace mucho- presidida por un embajador de nuestro país, Rogelio Pfirter, de excelente desempeño. La autoritaria Siria, cabe puntualizar, no forma parte de ella. Tampoco Corea del Norte, Angola, la recién nacida Sudán del Sur, ni Egipto.

Hablamos de armas letales de destrucción masiva que matan indiscriminadamente, a través del sistema nervioso, por asfixia o envenenamiento por la inhalación de las mismas. Se esté despierto o dormido. En casa o en la calle. Pero masivamente, siempre.

Algunas además continúan asesinando por un tiempo, aun después de haber sido utilizadas, cual sicarios invisibles.

Las armas químicas son, desgraciadamente, relativamente fáciles de producir sin que se requiera mayor esfuerzo económico, ni tecnológico, razón por la cual se las suele denominar las armas nucleares de los pobres.

Por todo esto hoy buena parte de la población israelí convive con máscaras de gas. Y por todo esto también, la comunidad internacional las prohíbe expresamente. Desde hace rato ya. Con normas convencionales universales, que son del dominio público. Con la más absoluta razón.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

La primera vera que nunca fue:

Por  Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 3/7/13 en http://www.hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=39137&tit=la_primera_vera_que_nunca_fue#.UdVx448puDU.facebook

De haber habido primavera árabe hoy debería ser verano y, sin embargo, parece que fuera invierno o, al menos, otoño. En cualquier caso, estamos donde empezamos: en Egipto gobiernan los militares que sostenían a Mubarak y los “cambios” que las fuerzas armadas occidentales ayudaron a instalar en el norte de África son solo “buenas intenciones”.

No faltan razones para que los egipcios se hayan lanzado a protestar. Tras un año de presidencia, Mohamed Morsi empeoró las cosas desde las revueltas de 2011 que acabaron con los 30 años de Hosni Mubarak. El desempleo supera el 13% y es causado por las leyes laborales coactivamente impuestas, desde el gobierno, que impiden el desarrollo natural del mercado, la carestía de la gasolina y los habituales apagones de electricidad debido a un mercado energético encorsetado por regulaciones estatales que no le permiten desarrollarse, la escasez de productos, el abuso de poder y la promoción de sus aliados islamistas, los Hermanos Musulmanes.

Egipto tiene una larga historia de autoritarismo. En julio de 1952, militares liderados por Muhammad Naguib y Gamal Abdel Nasser derrocaron a Faruk I, último rey egipcio. Dos años más tarde el entonces Consejo del Mando de la Revolución acusó a Naguib de autócrata y de fortalecer la cofradía de los Hermanos Musulmanes, siendo obligado a dimitir, quedando Nasser que instauró una dictadura militar que perduró hasta la caída de Mubarak, que acalló a esta cofradía islámica.

Sucede que el desarrollo de todo el cosmos se realiza exclusivamente por maduración. Paso a paso crece la vida y la naturaleza, no por saltos radicales o revolucionarios. Un niño no pasa a adulto de golpe, sino creciendo de a centímetro. Las revoluciones, que siempre son violentas porque intentan forzar un cambio radical que espontáneamente, naturalmente no se dará, no solo que nunca logran ningún cometido sino que suelen empeorar la situación, porque este forcejeo interrumpe el crecimiento natural del cosmos.  

Desde la intervención armada de los gobiernos Occidentales en Libia, las cosas no mejoraron mucho. Más de 200 kilómetros de dunas, con las blanquísimas rocas calizas típicas del “Desierto Blanco” del Sáhara, separan a Egipto de la frontera Libia. Paraíso de contrabandistas, particularmente de armas, beneficiados por la desaparición de Gadafi. Pareciera que el destino final de parte de este contrabando es la franja de Gaza y Siria. Sin embargo, algo queda en Egipto provocando que los disturbios sean más violentos, mientras circulan rumores sobre la creación de milicias armadas.

Pero Occidente parece no aprender de sus errores, como cuando financiaban a la guerrilla de la que luego surgió el “peor enemigo”, el terrorista Bin Laden. Ahora parecen cada vez más dispuestos a ayudar a los violentos rebeldes sirios contra el tiránico Asad. Deberían considerar que, entre otras víctimas inocentes, un sacerdote católico ha sido decapitado en Siria, según la agencia de noticias vaticana. François Murad, de 49 años, fue desalojado del convento de Gassabieh cuando intentaba defender a unas monjas. Los autores del asesinato son rebeldes del Frente Al Nusra, un grupo islamista considerado por las Inteligencias occidentales como brazo de Al Qaeda. Según algunos se ha acentuado la persecución de los cristianos, el 10% de la población, casi dos millones de sirios que profesa alguna de las 11 confesiones reconocidas.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.