El grave error de confundir lo intelectual con lo político

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/12/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/07/el-grave-error-de-confundir-lo-intelectual-con-lo-politico/

 

Casa Rosada (iStock)

Casa Rosada (iStock)

En esta nota periodística planteo un tema que estimo muy fundamental pero que muchas veces se pasa por alto y no se le otorga la suficiente entidad. Son frecuentes las airadas protestas por lo que dicen y, sobre todo, por lo que hacen los políticos en funciones. La crítica es desde luego necesaria al efecto de corregir desvíos y abusos, pero no se contempla que el político procede conforme a lo que conjetura que la gente entiende y comparte, por lo menos es lo que anuncia. No puede proceder en otra dirección, pues si comienza a decir y hacer lo que nadie entiende ni mucho menos comparte estará perdido como político. No se sostiene el funcionario que opera a contramano de lo que la opinión pública demanda.

Como queda dicho, si un político comienza a pontificar desde la tribuna sobre asuntos que los destinatarios no comprenden ni aceptan, su final inexorablemente será el fracaso y se verá obligado a dejar el cargo.

Si las cosas son así, el enfoque debe ser la batalla cultural para modificar el pensamiento dominante y comprender y aceptar otras ideas. Solo así el político podrá cambiar su discurso. El político está determinado a recurrir a un lenguaje y a conceptos que se mantienen en un plafón de máxima y mínima. Si se sale por arriba o por debajo de esas marcas, sus días como político estarán contados. Y resulta de gran importancia percatarse de que el antedicho plafón está siempre configurado por las ideas que flotan en la opinión pública y, a su vez, estas ideas provienen de un territorio completamente distinto: del plano intelectual, que comienza en cenáculos reducidos y cuando se va ampliando va tocando segmentos cada vez mayores hasta que el mensaje le llega al político que, para ser exitoso, debe adoptar los nuevos criterios originalmente concebidos y promovidos por intelectuales.

Con mucha razón John Stuart Mill ha escrito que “todas las buenas ideas pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Miremos a nuestro alrededor y comprobaremos que antaño si alguien hubiera dicho que la telefonía operaría sin cable, que aparecerían aparatos que denominaríamos robots, que aparecerían máquinas que vuelan que llamaríamos aviones, Internet, que enfermedades consideradas incurables se curarían, que podría trabajarse la estructura genética de alimentos para reproducirlos exponencialmente y tantísimas otras cosas que siempre están primero en la mente de alguien que generalmente es considerado un demente hasta que la idea se aplica y entonces se toma como algo dado y natural como si siempre hubiera estado presente.

Entonces sobre la base de este cuadro de situación lo que debe mirarse con suma atención es la batalla cultural, puesto de de allí emana todo. La faena política obliga al pragmatismo y a la negociación para poder funcionar en democracia. Los puentes y los consensos son indispensables puesto que no se puede imponer lo que se cree a las otras partes sin caer en una dictadura. En este plano no hay más remedio que “tragarse sapos”. Sin embargo, en el campo intelectual no hay ningún “sapo que tragarse” puesto que se trata de marcar el rumbo. Si, por ejemplo, un liberal asume el gobierno debe pedir, reclamar y exigir críticas de sus compañeros de ruta al efecto de poder acercarse a su ideario pero de ningún modo puede actuar como le gustaría, debe adaptarse al clima de la opinión pública. Por otra parte, un intelectual pragmático es un oximoron: el intelectual está obligado siempre a expresar lo mejor, a subir la vara y nunca adaptarse ni negociar frente a lo que otros demandan; lo contrario es un impostor. Nada hay más triste que observar a supuestos intelectuales que la juegan de políticos, quienes al no ser lo uno ni lo otro se convierten en embaucadores que buscan afanosamente un cargo en el gobierno de turno pero finalmente son repudiados en ambos andariveles.

Hay la malsana costumbre de considerar al político como un “dirigente”. En verdad no dirige nada, es dirigido por la opinión pública lo cual no niega el hecho de que hay políticos que a través de la historia han sabido ubicarse con el apoyo de lo mejor de la opinión pública y muchos otros con lo peor, pero en todos los casos no resulta posible proceder a espaldas de lo que la gente comprende, y reiteramos la comprensión viene de la mano de los esfuerzos educativos que llevan a cabo los intelectuales (para bien o para mal según la tradición de pensamiento a la que adhieran). Mucho menos aceptable es la expresión “líder” que remite al Duce y al Führer y que en la práctica es aquel que explota lo peor de la opinión pública. La palabra adecuada es “referente” pero en rigor se aplica a intelectuales que abren caminos y amplían horizontes y no a políticos que, como decimos, deben adaptarse a los reclamos de la gente para seguir en funciones.

El intelectual que abdica de su rol y formula propuestas que sabe no apuntan a lo mejor para ser “políticamente correcto” tiene que saber que los políticos están embretados en la necesidad de negociar y si apuntan al techo -esto es a lo óptimo como deben- la negociación en la esfera política hará que el debate se ubique en la mitad de la pared, pero si el pseudointelectual apunta a la mitad de la pared, inmediatamente las negociaciones políticas harán que la propuesta se ubique en el zócalo.

Como apuntamos al comienzo, no es que no deba criticarse a los políticos en funciones, muy por el contrario es una faena sumamente higiénica y necesaria para intentar que, dado el clima cultural vigente, se saque la mejor partida de lo que puede hacerse ya que la clientela electoral no es nunca uniforme, pueden y deben aprovecharse los fragmentos de lo que se estima son buenos proyectos y evitar caer en las fauces de los que propugnan retrocesos.

Se repite la perogrullada de que “la política es el arte de lo posible” lo cual es evidentemente cierto, no se puede ir más lejos de lo que al momento se acepta. Por ello es que en esta instancia del proceso de evolución cultural el político en democracia está obligado a tejer y zurcir acuerdos con las distintas representaciones políticas, no puede ni debe operar en base a su propio grupo sin atender los otros. Pero lo curioso es que hay quienes pretenden otra cosa en el campo político sin interiorizarse de lo que ocurre en el plano educativo. Les parece que la educación es otra cosa sin ver que precisamente es en eso que hay que trabajar si se desea que la política cambie su fisonomía.

Reiteramos que esto no quiere decir que no haya políticos incapaces de extraer el máximo fruto de lo que existe y, por tanto, desperdician oportunidades muy valiosas. Desafortunadamente hay muchísimos casos de estos. Pero al efecto de ilustrar nuestro tema es bueno centrar la atención en el significado de la educación que no consiste en trasmitir cualquier cosa en cualquier sentido sino la trasmisión de valores y principios consistentes con el respeto recíproco, en eso estriba la conducta civilizada. Como es sabido, la etimología de educar proviene de la acepción latina ex ducere que remite a sacar de dentro, desarrollar las potencialidades de cada uno en el contexto señalado.

Si hemos comprendido estos puntos clave, entonces solo queda que cada uno contribuya con sus estudios y la correspondiente difusión de los valores que conducen al respeto recíproco. ¿O es que se preferirá la actitud cómoda de seguir parlando livianamente de los políticos agazapados en el poder o de coyunturas más o menos irrelevantes? Concretamente el examen de conciencia diario debería ser el preguntarnos que hicimos durante la jornada para modificar de raíz la situación.

Para sacar y guiar las máximas potencialidades de las características y condiciones de cada uno como ser irrepetible y único en la historia de la humanidad, es menester contar ante todo con un sistema competitivo y abierto en el que se aprovechen del mejor modo posible los conocimientos disponibles en un proceso de prueba y error puesto que nadie tiene una receta de lo que todos deben hacer. Hay muchas maneras de proponer conocimientos en el contexto de corroboraciones siempre provisorias abiertas a posibles refutaciones. Entonces el peor escenario es contar con ministerios o reparticiones oficiales que impongan desde el vértice del poder estructuras curriculares o pautas para todos los establecimientos educativos, puesto que el oxígeno y las puertas y ventanas abiertas de par en par es requisito indispensable para el progreso científico y el consiguiente nivel de excelencia.

Una vez comprendido lo anterior, es importante percatarse de que las personas que nunca vieron una planilla fiscal son las que más pagan impuestos cuando los contribuyentes de jure se hacen cargo de altos gravámenes, puesto que al contraer sus inversiones disminuyen las tasas de capitalización que es la única causa de salarios e ingresos en términos reales, por tanto, el peso principal de los tributos recae sobre los contribuyentes de facto, los más pobres ya que un peso para un pobre no tiene el mismo significado que un peso para un rico.

Habiendo dicho lo anterior, se sigue que no hay tal cosa como educación gratis y que las instituciones estatales de educación constituyen una injusticia y una carga para las personas más pobres. Como la denominada “educación gratuita y estatal” es la vaca sagrada del momento, puede que la ficción continúe pero alguna vez será necesario hacer un alto en el camino y vislumbrar que se basa en falacias sustanciales y que no puede educarse para libertad y la independencia de criterio en base a la coacción, lo cual se acerca en definitiva al adoctrinamiento que es la antítesis de la educación en cuya situación se termina enseñando en que debe pensarse en lugar de ejercitarse en como pensar, a cuestionar y a criticar.

Proteger y cuidar las características educativas es el prerrequisito para liberar energías creativas que cambien el clima político opresivo. Cuando se declara que determinados fulanos deben “juntarse para ver que país queremos” se están sentando los cimientos para el establecimiento de un sistema autoritario puesto que solo la más amplia libertad puede producir resultados de excelencia. En esta línea argumental, cito una vez más al marxista Antonio Gramsci que desde el otro lado del mostrador tenía mucha razón al aconsejar que se “tome la cultura y la educación, el resto se da por añadidura”.

Los hay quienes con la mejor buena voluntad confunden lo intelectual con lo político y carecen de cintura política por lo que pretenden dejar de lado lo que en realidad sucede y abandonan los territorios que cuentan con mayor apoyo electoral para defender lo defendible al momento, por ejemplo, la libertad de prensa y la independencia de la Justicia aunque en lo demás dejen mucho que desear. Es que lo primero es primero: si esto no se apuntala, nada de lo demás resulta posible con lo que los desubicados políticamente se estrellan una y otra vez contra la pared, sobre todo si ambicionan la presidencia en lugar de algo más modesto y efectivo que es concentrarse en las legislaturas mientras se abren posibilidades de continuar con la batalla cultural. Como consigna Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, pero es poco práctico”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Colectivismo y «bien común»:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 7/2/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/02/colectivismo-y-bien-comun.html

 

La regla que impera en una sociedad de bienes colectivos es precisamente esa misma: que los bienes son colectivos. Es decir, son «de todos». A esto, Garret Hardin lo llamó «La tragedia de los comunes» que se sintetiza en la fórmula por la cual «lo que es de todos no es de nadie». Entonces, «todos» están habilitados a tomar «su parte» de esos bienes colectivos. El problema consiste en que, al no haber propiedad privada, cualquier parte (o el todo) de esos bienes le «correspondería» a cualquiera. Y es aquí cuando empiezan las verdaderas dificultades. Fue la vigencia de la propiedad colectiva la que determinó que la sociedad tribal desapareciera (más que cualquier otra causa). Esto lo explica muy bien F. A. von Hayek. Y, necesariamente, los intentos por reflotar la propiedad colectiva tribal (pero ahora a gran escala) ocasionaron la caída de la URSS y sus países satélites. No es que la gente sea «intrínsecamente ladrona», sino que son las instituciones (en el caso, la propiedad colectiva) la que la vuelve ladrona. Aunque el ejemplo del ladrón se aplica -en rigor- a sociedades no colectivistas y no a las que lo son.
Efectivamente, en el colectivismo impera el derecho del primer ocupante, que en el caso de la URSS, sus países satélites, Cuba, Corea, etc., ese primer ocupante no es otro que el mismo estado o gobierno. En la sociedad tribal, ese lugar era el del Jefe o Cacique. Hoy lo es el estado-nación. Las «reglas» las impone el Jefe, Cacique, Presidente, Führer, Duce, César, etc.
Ahora bien, no hay que perder de vista que tanto el individualismo como el colectivismo son -en última instancia- un producto cultural, y que su «imposición» desde una cúpula de poder sería imposible si no existiera en esa sociedad un substrato cultural que la hiciera posible. En realidad, el procedimiento es el inverso, una vez dadas las condiciones culturales necesarias como para que uno u otro sistema se imponga, lo demás se da por añadidura.
Lo que produce pues que nuestra sociedad actual sea -en su mayor parte- colectivista es indispensablemente este factor, por encima de cualquier otro.
La aceptación irreflexiva de nociones etéreas y vacías de contenido, tales como «el bien o interés público» o «interés o bienestar general» y expresiones análogas, como opuestas al bien particular o individual, es la que ocasiona que la sociedad actual se haya volcado al colectivismo, en la convicción de que existiría un «conflicto irreconciliable» entre los intereses individuales y «los colectivos», sin percibir que resulta imposible la objetividad de cosa tal como «intereses colectivos» excepto que como la mera suma de los individuales, con lo que el supuesto «conflicto» no es más que una pura invención de quienes explotan tales creencias en su provecho personal, por ejemplo los políticos, cuyos discursos rebosan de apelaciones a favor del «bien público», el «interés general», «del pueblo», de «la gente», etc.
No hay, en este esquema, oposición alguna entre intereses individuales reales y un «interés colectivo» irreal por imposible existencia de este último.
Invocar la fórmula vaga del «bien común» no sirve de nada, en tanto y en cuanto no se precise qué se quiere significar con la misma, ya que es imprescindible que quien recurra a ella clarifique -para empezar- «común a qué grupo de referencia» sería el «bien» que se califica como «común». En efecto, «la sociedad» no es un todo homogéneo, monolítico y univoco. Ni siquiera se trata de un ente corpóreo, con el cual se pudiera conversar, escuchar o ver. Consiste, en última instancia, de una construcción mental, que cada uno de nosotros se representa de diferente manera, esencialmente por estas mismas razones.
Lo anterior implica que «la sociedad» o «comunidad» no es un único y exclusivo grupo, sino que -en rigor- se trata de un conjunto de subgrupos, que -a su vez- se dividen en conjuntos menores y así sucesivamente, hasta llegar al individuo, núcleo básico de lo que se llama «sociedad».
Ahora bien, de todo esto se deriva que el interés individual de una persona puede ocasionalmente oponerse al interés individual de otra persona, o de más de una persona, pero no infinitamente, sino hasta un pequeño número limitado de estas, pero nunca puede entrar en conflicto con un imprecisable «interés social» o «común» que no se define a priori, y que -en principio- abarcaría un número incalculable de personas, que, para el sujeto en cuestión, no sólo actualmente no conoce, sino que sería imposible conocer, geográfica y temporalmente.
Por análogas consideraciones, nadie puede «enfrentarse» a los «intereses» de «la patria», de «la nación», del «estado», del «pueblo», de «los negros», de «los judíos», de «los cristianos», de «los rusos», de «los americanos», etc. Nadie puede oponerse a «intereses colectivos», porque estos no existen, son imaginarios, habida cuenta que no pueden ser identificados, ni personalizados en seres de existencia física concreta.
En sentido inverso, los «representantes» de supuestos «intereses colectivos», autoproclamados defensores del «bien común», ejemplo típico de ellos los gobernantes, si pueden atacar a los intereses individuales, y de ordinario es lo que hacen. No sólo se enfrentan sino que, en la mayoría de los casos, dedican mucho empeño en desplazarlos, y -en última instancia- en destruirlos, en la medida en que desafíen al interés personal del poderoso.
La diferencia entre un gobernante y el resto de las personas fuera del gobierno, es el poder del primero y la indefensión de las últimas. A primera vista, podría decirse que en este supuesto, el interés particular del gobernante conseguiría contraponerse al «interés común» de los gobernados. Pero sería caer en la misma trampa que opera en el sentido contrario (que es en el que maniobran los ideólogos políticos que manipulan la «respetable» noción de «interés común»). No se trata más que de un caso en el que el interés particular del gobernante esta en contraposición a un determinado número de intereses individuales de quienes están en el llano, fuera del gobierno, es decir, excluidos de la posición de poder que el detentar el gobierno de un territorio otorga a quien lo esgrime.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.