La Escuela Austríaca de Economía (10° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en:

 

Hasta aquí hemos comentado los diez principios básicos de la escuela en estudio a partir de los cuales se enraízan sus demás teoremas.

“Las implicancias de estos diez principios son, en buena medida, radicales. Si se prueban verdaderos, la teoría económica se fundaría en la lógica verbal y el trabajo empírico enfocado a la narrativa histórica.”[1]

Si bien no queda claro hacia donde apunta el autor en comentario con la frase “el trabajo empírico enfocado a la narrativa histórica” puede inferirse que, en realidad, quiere decir que los teoremas económicos y postulados de la Escuela Austríaca de Economía pueden ser corroborados en la experiencia histórica, no en el sentido de que esta “pruebe” que sean verdaderos, sino en el de que la historia (económica en el caso) confirma lo que aquellos postulan. Y no -como podría pensarse- porque dichos principios hayan sido aplicados en la mayoría de los países del mundo, sino que, por el contrario, por el hecho de que no lo fueron. No obstante, donde en escasa medida se implementaron probaron satisfactoriamente la bondad de la teoría.

Es que, como dice Ludwig von Mises, la historia -en rigor- no enseña nada, sino que se limita a ser una reseña de vicisitudes resultantes de la aplicación de teorías previas (falsas o verdaderas) llevadas a la práctica. La falsa teoría produce errores prácticos, los que en el devenir del tiempo se transforman en errores históricos. Y lo mismo sucede en sentido inverso con la teoría verdadera.

“En lo que atañe a las políticas públicas, se podrían expresar severas reservas en torno a la habilidad de los agentes gubernamentales para intervenir óptimamente en el sistema económico, por no mencionar que no podrían manejar racionalmente la economía.”[2]

“Manejar racionalmente la economía” equivaldría -por parte de los burócratas- al control total o parcial de las decisiones y acciones de cientos, miles o millones de personas.

Friedrich A. von Hayek ha sido claro en lo imposible del intento, en especial en su último libro La fatal arrogancia. dado que involucraría tanto como el absoluto conocimiento previo de aquellos, de lo que todas las demás personas -ajenos a ellos- desean para ellas y para los suyos. Las “políticas públicas” no son sino otra denominación (algo más edulcorada quizás) para lo que -sin eufemismos- se trata de una verdadera planificación económica, que importa sustituir los planes de los individuos por los deseos y aspiraciones de uno o más burócratas. Es iluso conjeturar que estos últimos conozcan mejor que los propios interesados cuáles son sus verdaderas y reales necesidades y que puedan atenderlas de manera más optima que estos últimos.

Sin embargo, la tesis de la planificación central estuvo muy en boga no hace demasiado tiempo atrás, y en su base se han estructurado diferentes sistemas económicos intervencionistas, en escalas que van desde pequeñas injerencias estatales a los de mayor, para desembocar en la planificación total del aparato económico (casos de la URSS, China, Cuba, países detrás de la “cortina de hierro”, bloque soviético, etc.). En la actualidad, puede decirse que, la gran parte de las naciones están situadas en un grado intermedio en esa escala, que oscila -sin embargo- hacia un más alto o menor grado de intervención, pero que en ningún caso plantea el abandono de la injerencia estatal económica.

“Tal vez los economistas deberían adoptar el credo de los médicos [11] “Lo primero es no hacer daño”. La economía de mercado se desarrolla a partir de la inclinación natural de las personas por mejorar su propia situación y, que al hacer eso, descubren que el beneficio surgido de los procesos de intercambio mutuo les permitirá alcanzar ese objetivo. Adam Smith fue el primero que sistematizó esta tesis en La riqueza de las naciones (1776).”[3]

Los economistas intervencionistas creen, por el contrario, que sin su ayuda la gente no sabría como desempeñarse en su vida económica. Esto no figura -de modo alguno- que todo el mundo sea un experto en economía; alguien puede contratar los servicios de un economista, o un asesor financiero para entender cuál es la mejor manera de mejorar su patrimonio. Pero no se necesita un economista para saber que todo el mundo quiere optimizar su situación patrimonial y que naturalmente actúa y actuará en esa dirección. Nuevamente, el intervencionismo estatal significa tratar de reemplazar los planes individuales por los de los burócratas gubernamentales, porque detrás de ellos están esos economistas intervencionistas que creen que el mundo no funcionaría en absoluto si faltaran sus consejos o -en el caso- su intervención directa. Es la fatal arrogancia de suponer que nadie haría nada sin nuestra acción e intervención directa en los asuntos de los demás. Esto no es igual a decir que la gente jamás cometería errores económicos, porque la perfección humana no existe en ningún campo del saber.

En suma -y como decía Adam Smith- la gente intercambia con otros no por motivos de beneficencia al prójimo, sino para mejorar su propria situación personal. Esto no presume que no seamos selectivos en nuestras transacciones, y que -pese a esa intencionalidad- algunos intercambios terminen perjudicándonos en lugar de beneficiarnos, lo que -dígase nuevamente- forma parte de la falibilidad humana.

“En el siglo XX, los economistas de la Escuela Austriaca de economía fueron los defensores más intransigentes de este mensaje, no porque estuvieran sometidos a una actitud ideológico negativa, sino por la propia convicción presente en la lógica de sus argumentos.”[4]

Hay varias maneras de entender el término “ideología”. En este caso, se lo hace como sinónimo de cerrazón mental e impermeable a cualquier idea extraña al dogma generalmente aceptado. Es decir, un bloque compacto y cerrado de ideas. Precisamente, no es el caso de los economistas de la Escuela Austríaca de Economía.

Los economistas de esta escuela no sostienen sus tesis por cuestiones caprichosas o tozudas, sino porque existe en ellos la evidencia de la certeza de sus teoremas, demostrables por vías lógicas y perfectamente racionales.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La Escuela Austríaca de Economía (9° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/09/la-escuela-austriaca-de-economia-9-parte.html

 

“La intrincada organización del capital para producir distintos bienes de consumo es gobernada por el sistema de precios (price signals) y el cuidadoso cálculo económico que hacen los inversores. Si se distorsiona el sistema de precios, los inversores cometerán errores en la organización de los bienes de capital. Una vez que el error se hace manifiesto, los agentes económicos reordenarán sus inversiones, pero en el ínterin se habrán perdido recursos muy valiosos [9]”[1]

Es lo que se ha llamado despilfarro de capital, porque al intervenir en el mercado a través de diferentes mecanismos el gobierno altera los indicadores económicos. Uno de esos medios de interferir en el mercado es la inflación, pero no es el único. Hay otras injerencias, como la fijación de precios políticos a bienes (entre los cuales está la moneda) y servicios. Los errores vendrán dados porque los inversores calcularán sobre precios previamente falseados.  En otros términos, sobre precios políticos y no de mercado. De alguna manera, cabria incluir en términos generales aquellos precios (que son resultado de distorsiones creadas por la inflación) dentro de la categoría de precios políticos de momento que la inflación sólo puede ser generada políticamente. Si bien los tradicionales precios políticos son los máximos y mínimos, por medio de los cuales los gobiernos pretenden fijar deliberadamente nuevos sistemas de precios, la inflación al distorsionar los precios de mercado produce un efecto similar, a veces involuntario por parte del funcionario a cargo de la máquina de imprimir dinero, otras veces voluntario. Pero si nos atenemos a los resultados, los precios resueltamente siempre sufrirán distorsión por motivos de origen político.

“Proposición 10: Las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano. Muchas de las instituciones y de las prácticas sociales más importantes no son el resultado del diseño directo sino que son un subproducto de acciones que se realizaron para alcanzar otros fines. Un estudiante en el Medio Oeste (Midwest) de los Estados Unidos, que intenta llegar rápido a clase durante el mes de enero (invierno boreal), a fin de evitar el frío decide tomar un atajo a través de un jardín en lugar de seguir el camino más largo alrededor del mismo. Al haber acortado su trayecto caminando por el jardín, el estudiante ha dejado algunas huellas en la nieve; en la medida en que otros estudiantes sigan estas huellas, harán que las marcas en el camino queden cada vez más definidas. Aunque el objetivo de cada uno de estos estudiantes es simplemente llegar a clase tan pronto como sea posible, y evitar así las frías temperaturas, en el proceso han creado un sendero en la nieve que, de hecho, sirve a otros estudiantes, que arribarán más tarde, para alcanzar su objetivo más fácilmente. La historia del “sendero en la nieve” viene a ser un ejemplo gráfico de lo que es un “producto de la acción humana, que no es resultado del designio humano” (Hayek, 1948, p. 7).”[2]

El propósito no fue crear un camino, sino llegar más rápido al lugar de destino. De la misma manera y siguiendo lo que dijimos antes, cuando los gobiernos emiten moneda, muchas veces su intención no es causar inflación, sino que, vía de doctrinas económicas erróneas y creyendo que el dinero es riqueza en sí mismo, quieren dotar a la gente de mayor poder de compra, cuando en realidad están ocasionando el efecto inverso. Este fenómeno que también se denomina de las consecuencias no intentadas o no queridas, sucede en muchos ámbitos de la vida, no sólo en el económico como ese ejemplo de la cita comentada lo ilustra bien.

Friedrich A. von Hayek ha trabajado mucho sobre esta idea y la ciencia económica le debe grandiosas contribuciones. Pero su precursor fue -sin lugar a dudas- Adam Smith, quien ya en 1776 introduce la teoría en su obra magna “La riqueza a de las naciones” a través de su célebre metáfora (tantas veces tan malinterpretada) de “la mano invisible”. Por ella, no es la beneficencia lo que anima a la gente a intercambiar sus productos con los de otras personas, sino que lo son motivaciones egoístas, entendido este término como de interés propio, y no con el sentido estrecho que normalmente se le da. En el caso, no está en el designio de los hombres trabajar y producir para beneficiar a otros, por ejemplo, el objetivo primordial del empleado en su empleo no es laborar para favorecer a su patrón, sino hacerlo para recibir una paga por ello. Y a la inversa, muchas veces la solidaridad en lugar de ayudar a su destinatario lo perjudica.

Pero las injerencias estatales en el perímetro de la economía son los ejemplos más claros donde ello sucede. Así, el llamado “estado de bienestar” o “benefactor” está inspirado en la proposición de que el gobierno debe dotar a la gente de recursos para su felicidad y abundancia.

“La economía de mercado y su sistema de precios son ejemplos de un proceso similar. Las personas no se proponen crear el complejo entramado de intercambios y señales de precios que constituyen una moderna economía de mercado. Su intención, simplemente, es mejorar la propia situación vital, pero sin embargo su comportamiento da como resultado el sistema de mercado. El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia, entre otros, constituyen fenómenos sociales cuyo origen no obedece al designio humano, sino a las personas que se esfuerzan en lograr su propio progreso, y que durante ese proceso generan un resultado que beneficia al todo social [10] “[3]

Este es -como también ha explicado F. v. Hayek- un mecanismo espontáneo o -en sus propias palabras- un orden espontáneo, expresión que, a primera vista, resultaría contradictoria pero que, sin embargo, lejos está de serlo como la menor experiencia puede comprobar. Por ejemplo, “El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia” y otras instituciones sociales no fueron fruto de la premeditada decisión, ni de una persona, ni de un grupo de ellas, sino consecuencia de la acción humana, que, si bien indudablemente siempre es intencional en mira de resultados individuales, en sus consecuencias sociales no lo es.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

 

La Escuela Austríaca de Economía (6° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  

 

“Proposición 7: La competitividad en el mercado es un proceso de descubrimiento empresarial. Muchos economistas consideran la competencia como un estado de cosas (state of affairs). Sin embargo, el término “competencia” evoca una actividad. Si la competencia fuera un estado de cosas, el empresario no tendría ningún papel que jugar. Pero, puesto que la competencia es una actividad, el empresario tiene un gran rol que ocupar. En efecto, el empresario es el agente de cambio que empuja y arrastra los mercados hacia nuevas direcciones.”[1]

Que haya economistas que consideren a la competencia como un estado de cosasindica que la imaginan como algo estático y externo a la actividad empresarial, y aun a la economía misma. Sin embargo, esta no es la realidad. La competencia es un proceso de descubrimiento como lo enseña Friedrich A. von Hayek y, necesariamente, ese proceso de descubrimiento ha de ser dinámico, no estático. Caso contrario, no podría darse. Y, adicionalmente, en un mundo dinámico es difícil -sino imposible- pensar las cosas como estáticas, ya que ni siquiera en el campo de las ciencias naturales sucede de dicho modo. Por lo demás, no hay que perder de vista que la competencia es un hecho natural que nace de la escasez. En un mundo de sobreabundancia no habría que competir por nada, porque todo estaría a disposición de todos en las cantidades suficientes. Pero, dado que dicho mundo no existe y las necesidades superan siempre los recursos disponibles la sociedad ha de competir por ellos.

“El empresario se mantiene alerta ante las oportunidades de ganancia mutua no reconocidas. Al reconocer oportunidades, el empresario puede obtener un beneficio. El proceso de mutuo aprendizaje a partir del descubrimiento de las ganancias que surgen del intercambio fomenta que el sistema logre una asignación más eficiente de los recursos.”[2]

Entendemos que la palabra “mutua” apunta a la ganancia que las dos partes en la transacción obtienen del intercambio. En realidad, ninguna de las dos partes actúa con el objetivo de darle una ganancia a la otra, sino que -como ya advirtiera Adam Smith en 1776- todos actuamos con la mira puesta en nuestras propias ganancias y no en la de quienes negocian con nosotros. El móvil último de cualquier trato -sea dentro o fuera del mercado- es persistentemente este y no otro, por mucho que los socialistas quieran deformar la realidad e idealizar románticamente las cosas en otro sentido.

“El descubrimiento empresarial asegura que un mercado libre se mueve hacia el uso más eficiente de los recursos. Además, el atractivo por obtener beneficios arrastra a los empresarios a que constantemente busquen las innovaciones que permitan aumentar la capacidad productiva. Para el empresario que reconoce la oportunidad, las imperfecciones de hoy representan las ganancias de mañana [6] “[3]

Es decir, se optimizan los recursos del total de la sociedad. Como expresa F. v. Hayek la competencia es un proceso de descubrimiento. Y el objeto de ese descubrimiento son las diferentes oportunidades que, en el seno del mercado, se les brindan a los empresarios. La condición es -como perenemente se ha señalado- la libertad del mercado, porque de otra manera el mismo estaría condicionado a las oportunidades que agentes extra mercantiles podrían ofrecer y estos perpetuamente son externos al mercado. De hecho, es lo que ocurre en la mayoría de los países del mundo actual, donde las oportunidades que el mercado promete quedan ocultas bajo el manto que el intervencionismo estatal le otorga, encubriendo aquellas y dejando espacio únicamente a las “oportunidades” que pueda otorgar a discreción el poder de turno. O sea, la negación misma del mercado y de la competencia.

“El sistema de precios y la economía de mercado son instrumentos de aprendizaje que guían a los individuos a descubrir ganancias mutuas y a emplear eficientemente los recursos escasos.”[4]

En un mundo donde no existe omnisciencia todo proceso es de aprendizaje y eso, desde luego, no podría excluir al sistema de precios y la economía de mercado. Por eso, los sistemas estatistas que pretenden dirigir la economía suponen en ellos la omnisciencia de la cual el mundo carece. Es lo que -nuevamente- el premio Nobel de economía, Friedrich A. von Hayek, denomina la fatal arrogancia, título de su grandioso último libro: la pretensión de los estatistas de saber todo lo necesario para gobernar la economía, lo que -en última instancia- implica regir la vida ajena al uso y conformidad del jerarca estatista. El proceso de mercado no es colectivamente deliberado, por lo que no es apto para ser planificado por una “mente central” desde el momento que dicho cerebro unificador no existe, y no podría existir excepto en el caso de que se quiera reconocer omnisciencia en los estatistas. Por cierto, estos presumen de ella. Basta escuchar sus discursos para percatarse de que ellos “lo saben todo” respecto de lo que “los demás necesitan”.

*Macroeconomía*. Proposición 8: El dinero no es neutral. El dinero es definido como el medio de intercambio comúnmente aceptado. Si la política gubernamental distorsiona la unidad monetaria, el intercambio también resulta distorsionado. Minimizar estas distorsiones debería ser el objetivo de toda política monetaria sensata.”[5]

Muchos han sido los economistas que ha sostenido (y aun lo hacen) la neutralidad del dinero. Todavía pueden leerse y escucharse declaraciones en dicho sentido. Pero ello, siempre ha sido y sigue siendo una falacia, porque el dinero no es más que una mercancía como cualesquier otra, que se comercia en el mercado (como cualquiera otra mercancía) y que tiene un precio, que oscila de acuerdo a la ley de la oferta y de la demanda. Ni más ni menos que como los demás artículos que se compran en los supermercados y comercios de bienes. Por ese mismo motivo, de idéntica manera que los precios máximos y mínimos distorsionan lo precios de mercado y terminan haciéndolos inoperativos, el control monetario hace que el precio del dinero resulte distorsionando, y esto desconfigure por completo el precio final de los bienes y servicios que se intercambian en el mercado.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

[5] Boettke, P. ibidem

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La Escuela Austríaca de Economía (5° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/la-escuela-austriaca-de-economia-5-parte.html

 

“Proposición 5: El sistema de precios es un medio de economizar la información que la gente necesita procesar para la toma de decisiones. Los precios sintetizan los términos de intercambio en el mercado. El sistema de precios transmite a los participantes en el mercado la información relevante, ayudándoles a obtener ganancias mutuas mediante el intercambio.”[1]

El sistema de precios es una especie de filtro que depura todo tipo de información, descartando lo que podríamos llamar la “información basura”, es decir, la que no es relevante para la toma de elecciones, de los datos que si resultan de verdadera importancia y claves para que los operadores del mercado tomen sus arbitrajes finales. Si este sistema se adultera enviando señales distorsionadas, por factores ya sean endógenos o exógenos, es como un tablero de señales (como lo denominara Friedrich A. von Hayek) empieza a fallar y emitirá indicaciones falsas o -al menos- deformadas que impedirá que los agentes económicos adopten las mejores y más oportunas determinaciones.

“De acuerdo con el famoso ejemplo de Hayek, cuando la gente se da cuenta que el precio de la hojalata ha subido, no necesita saber si la causa está en el aumento de la demanda de hojalata o en la disminución de la oferta. En cualquier caso, el aumento en el precio de la hojalata hace que la gente tienda a economizar su uso.”[2]

Esta economización del uso de la hojalata operará como en sentido contrario, es decir, bajará la demanda por hojalata, lo que hará que el precio de la misma también tienda a bajar. Es la señal que el precio trasmite al público enviando el mensaje de que el precio está demasiado alto a lo que estaba en algún momento anterior, lo que combinado por la comunicación contraria que el mismo precio envía a los productores y comerciantes del producto, los incentiva a estos últimos a invertir en el sector, con lo que la oferta aumentará y el precio se reducirá hasta el punto en que confluyan oferta y demanda y -al precio del mercado- toda la producción efectiva será vendida.

“Los precios en el mercado cambian rápidamente cuando varían las condiciones subyacentes, lo que conduce a que las personas se ajusten rápidamente a las nuevas circunstancias.”[3]

De no haber precios la gente debería invertir una cantidad de tiempo y esfuerzo muy considerable para averiguar cuál sería, y el costo de lo que necesita, y donde encontrarlo, tal y como sucedía en la lejana época del trueque, y en los países comunistas y socialistas en donde los precios no existían o estaban fuertemente desfigurados. Para que el sistema funcione es necesario que preexista propiedad privada de los bienes de producción y de consumo, y la presencia de un mercado libre de regulaciones estatales. Sin estas dos condiciones los precios no aparecen o se falsean, al extremo tal que ya no cumplen su función orientadora.

“Proposición 6: La propiedad privada en los medios de producción es una condición necesaria para la racionalidad del cálculo económico. Los economistas y los científicos sociales han reconocido desde hace largo tiempo que la propiedad privada provee de poderosos incentivos para la asignación eficiente de los recursos escasos. Pero los simpatizantes del socialismo pensaron que el sistema socialista podía superar los problemas de incentivos mediante la transformación de la naturaleza humana. Ludwig von Mises demostró que incluso si se asumiera que la transformación de la naturaleza humana fuera posible, el socialismo fracasaría debido a la incapacidad de los planificadores económicos de calcular racionalmente el uso alternativo que se les otorgue a los recursos [5]”[4]

Como hemos explicado tantas veces, la propiedad privada es un hecho de la naturaleza, surge de la evidencia que los recursos son escasos frente a las necesidades humanas que son ilimitadas. Esta circunstancia insoslayable, que brota de la más pura realidad de la observación del mundo natural en el que vivimos, impone a los seres vivos la necesidad de economizar los recursos habidos, al punto de evitar su consumo irracional. A diferencia de los animales (exceptuando algunas variedades que tienen la extraña propensión a economizar recursos como el hombre) el género humano no sólo debe economizar, sino también debe reponer lo que consume y provisionar para el consumo futuro, lo que -en un mundo de escasez- sólo es posible mediante la apropiación de ciertos recursos, que pueden más tarde ser intercambiados por otros más elaborados y que -a su vez- sean útiles, tanto para el consumo inminente como para el futuro a través del adecuado aprovisionamiento. Sólo mediante la propiedad privada ello puede ser posible, y pese a que se han ensayado (unas mil veces) sistemas alternativos de propiedad común, estos han demostrado recurrentemente su más completo fracaso.

“Sin propiedad privada en los medios de producción, sostuvo Mises, no habría mercado para los medios de producción y, por lo tanto, no habría precios monetarios para los medios de producción. Sin precios monetarios que reflejaran la escasez relativa de los medios de producción, los planificadores económicos serían incapaces de calcular racionalmente el uso alternativo de los medios de producción.”[5]

En un célebre ejemplo -que da el profesor Alberto Benegas Lynch (h)- los directores comunistas y socialistas no sabrían si es más económico pavimentar los caminos con oro o con cemento, ya que no les sería posible conocer sus escaseces relativas por obra de la falta de precios. Pero los precios son una consecuencia no una causa, dado que dependen de la efectividad de los mercados que, a su turno y en escala ascendente, son accesorios de la precedencia de propiedad privada de los medios de producción.

La teoría de la imputación -por su lado- demuestra que de nada vale sostener que, conservando la propiedad privada de los bienes de consumo puede eliminarse la de los medios de producción, porque los precios están determinados en cada eslabón de la cadena productiva y de comercialización, desde el producto final y en forma empinada, hasta el bien de producción originario.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

[5] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La Escuela Austríaca de Economía

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/03/la-escuela-austriaca-de-economia.html

 

“La Escuela Austriaca de economía fue fundada en el año 1871 con la publicación de los Principios de economía de Carl Menger. Menger, junto con William Stanley Jevons y León Walras, desarrolló la revolución marginalista en el análisis económico. Menger dedicó sus Principios de economía a su colega alemán William Roscher, la figura principal en la Escuela Histórica Alemana de economía. La Escuela Histórica dominaba el pensamiento económico en los países de habla alemana. En su libro, Menger postuló que el análisis económico era susceptible de aplicación universal y que la unidad de análisis apropiada la constituía el ser humano y sus elecciones. Estas elecciones, sostenía Menger, están determinadas por las preferencias subjetivas individuales y por el marco en el cual estas decisiones son llevadas a cabo. La lógica de la elección, creía Menger, es el elemento esencial para el desarrollo de una teoría económica de validez universal.”[1]

A pesar de la gran importancia del descubrimiento de Menger su idea no tuvo general aceptación, ni en el campo académico ni -menos aun- en el del pensamiento económico vulgar y general, ni en su tiempo ni hasta la actualidad. La Escuela Austríaca de Economía comenzó siendo (y continúa siéndolo hasta el día de hoy) una posición minoritaria en el espacio del saber económico y -por desgracia- poco conocida y menos difundida todavía.

Es cierto que su divulgación es mayor hoy día que lo fue desde su aparición hasta no hace poco, pero, con todo, sus principios y postulados no ha logrado imponerse en dichos sectores y su enseñanza sigue acotada -comparativamente en relación a las escuelas económicas restantes- a muy pocos centros académicos, prestigiosos por cierto entre los cultores de la escuela, pero ignotos para los dominantes, que continúan siendo los sucesores de aquella famosa Escuela Histórica Alemana de economía, muchos de ellos hoy devenidos en entusiastas keynesianos e intervencionistas de toda laya, que han logrado no sólo imponer su paradigma, sino mantenerlo y “renovarlo” con “nuevos” sofismas para presentar como algo “innovador” lo que tiene muy antigua raigambre. Aunque los teoremas de nuestra escuela son de una lógica irrefutable, lo contraintuitivo de la ciencia económica -como enseñó Friedrich A. von Hayek- hace que no sean evidentes por sí mismos.

“La Escuela Histórica, por el contrario, sostenía que la ciencia económica es incapaz de generar principios de validez universal y que, por tanto, la investigación científica debía estar enfocada hacia análisis minuciosos de las circunstancias históricas. La Escuela Histórica pensaba que los economistas clásicos ingleses estaban equivocados al creer que existían leyes económicas que trascendían el tiempo y las fronteras nacionales (national boundaries). La obra de Menger venía a restablecer el punto de vista clásico de la economía política, que afirmaba la existencia de leyes universales; y para su demostración apeló al análisis marginal. Los estudiantes de Roscher, especialmente Gustav Schmoller, se opusieron totalmente a la defensa que Menger hizo de la “teoría” y etiquetaron la obra de Menger –y por extensión a sus seguidores Eugen Böhm-Bawerk y Friedrich Wieser–, con el término peyorativo de “Escuela Austriaca”, debido a que la mayoría de los profesorados implicados ejercían la docencia en la Universidad de Viena. Con el paso del tiempo, el término se impuso.”[2]

También es conocida con otros nombres, tales como “Escuela Marginalista” o “Escuela de Viena”. No obstante, es cierto que la denominación más utilizada es la de Escuela Austríaca de Economía. El carácter peyorativo de la designación (que bien se reseña en la cita) continuó durante muchos años hasta que se perdió memoria del debate entre los seguidores de Menger y los de Roscher. Hoy en día sólo para los pocos que conocen la escuela, sus orígenes y su historia, pero son adversos a la misma, el rótulo siegue conservando su carácter peyorativo. Naturalmente, para los partidarios de la Escuela, tal estigma no existe. Cabe puntualizar que la Escuela Histórica aplica a la economía los postulados historicistas que, en el ámbito de la filosofía, alcanza su máxima expresión con el pensamiento de Hegel, del cual los historicistas alemanes han extendido al área de la economía. Resultaba, pues, ser una tendencia propia de un pensamiento que estaba en boga entre los autores alemanes.

Lo peyorativo era obvio, por cuanto la Escuela Histórica era la de mayor prestigio de la época, y no querían verse confundidos con los austriacos que, por lo visto (a su criterio) merecían un tratamiento aparte. Lo más correcto -como se pudo apreciar por el devenir de la Escuela Austríaca de Economía- era y es haberla denominado Escuela Marginalista a pesar de que Jevons y Walras fueron marginalistas, pero no adherían a la Escuela Austríaca de Economía.

“Sin embargo, desde la década del ‘30, ningún economista de la Universidad de Viena ni de ninguna otra universidad austriaca ha sido una figura relevante de la Escuela Austriaca de economía[2] Durante los años treinta y cuarenta, la Escuela Austriaca se trasladó a Inglaterra y a los Estados Unidos, y los académicos asociados con esta línea de pensamiento económico se encontraban principalmente en la London School of Economics (1931-1950), en la New York University (1944-), en Auburn University (1983-) y en la George Mason University (1981-).”[3]

Resulta de importancia aclarar los motivos fundamentales de esta emigración, y que no son del todo explícitos en la cita (como hubiera sido de desear) y consisten en que la naturaleza de las ideas de la Escuela Austríaca de Economía tenía implicancias políticas que iban en contra de las tendencias del pensamiento dominante del momento, que no eran otras que las del comunismo, el fascismo y el nazismo que se extendían de manera vertiginosa a través de todo el mapa europeo. Los autores de la Escuela no contaban, pues, con ambientes que garantizaran el clima apropiado para continuar con sus estudios e investigaciones e, incluso, podían ver amenazadas su libertad personal y sus vidas mismas en alto grado. Tal era el clima del periodo que el autor que estamos comentando omite y que hubiera sido sumamente importante poner de relieve.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, ibidem.

[3] Boettke, ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Elecciones, motivaciones y socialdemocracia

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/01/elecciones-motivaciones-y.html

 

Si bien el factor económico -se dice- es un móvil muy importante y muy frecuente por el cual el ciudadano decide su voto, no es el único. Las elecciones económicas (las que incluyen el voto a candidatos políticos -agregan quienes así argumentan-) están influenciadas por las emociones humanas.

Desde el punto de vista praxeológico la opinión expresada arriba puede ser objeto de varias objeciones.

Comencemos diciendo que, para la praxeología, economizar es optar, elegir entre diferentes alternativas. Y como toda acción implica una opción toda acción es económica, en la que se descartan unas alternativas por otras. En nuestro tema, esto incluye al voto político, también llamado sufragio. Al votar por un pretendiente al cargo, automáticamente estoy descartando a los restantes. Se trata, praxeologicamente, de una acción económica.[1]

Aun cuando se acepte que una decisión este influida -en mucho o en poco- por elementos emocionales, la acción final que se emprenda será económica en el sentido apuntado.

Ahora bien, las motivaciones por las cuales un votante elige al aspirante “A” en lugar del “B”, también son, en última instancia, económicas.

Vivimos en un mundo estatista, donde esta tan aceptado que los gobiernos intervengan, manipulen o dirijan por completo la economía, que tenemos en cuenta este último componente a la hora de concurrir a emitir el sufragio. La gente está convencida que sus destinos económicos están y seguirán estando -sino enteramente- si en una proporción muy importante. en manos del partido de quien resulte el postulante electo. En consecuencia, su voto se orientará hacia aquel que promete más bienestar económico a corto o mediano plazo.

Las llamadas motivaciones “no-económicas”, como -por ejemplo- la educación, la salud, la previsión social, la seguridad personal y jurídica, la corrupción, etc. son todas, en última instancia, también económicas por todo lo que llevamos dicho. Lo sepa la gente o no, todas esas actividades solo pueden sustentarse y desarrollarse contando con los respectivos fondos que, en el imaginario colectivo, han de ser adelantados por los gobiernos, cuando sabemos -desde la más pura ciencia económica- que esto nunca ha sido así, ni puede ser así. Nada que el gobierno gaste no ha sido sino previamente detraído del bolsillo de alguno o de todos nosotros mediante impuestos u otros artilugios “legales”.

Entonces, a la hora de votar, evaluamos como fue la gestión económica del mandato (si pretende ser reelecto) o como suponemos que lo será en caso de que no hubiera aun ejercido el cargo. Y comparamos todo ello con nuestra personal situación económica. Esto es más acusado en aquellos lugares donde los gobiernos son más intrusivos en la vida ciudadana que en aquellos otros donde lo son menos.

Claro que, también en nuestras elecciones entran a jugar otros constituyentes, ya más de índole personal como, por ejemplo, el carisma del candidato, su liderazgo, sus actitudes personales, familiares, etc. Pero, más bien, cumplen un lugar secundario en relación a las motivaciones económicas, salvo casos excepcionales.

La cultura media del elector es otro ingrediente decisivo. No solamente cuenta su formación cívica, sino su nivel total de educación es relevante, porque de acuerdo a ellos será la opinión que se haga de los candidatos y lo que determine su voto.

Nos parece que -en promedio- las motivaciones económicas (según se las entiende popularmente) ocupan un 50% de la intención de voto, y el otro 50% lo representan las llamadas (o percibidas por el ciudadano como) no-económicas (educación, salud, seguridad, justicia, previsión social, etc.). El político que ofrezca mejorar estas cosas respetando esas prioridades del votante será quien finalmente se alce con el triunfo.

La visión socialdemócrata del electorado para la cual el gobierno-estado es una especie de Santa Claus o Robin Hood moderno, terminará votando al candidato que mejor prometa hacerle cumplir con dichos roles. La socialdemocracia -a la cual nos hemos referido en muchísimas oportunidades anteriores- representa un grado por encima al más básico del saber económico. Este nivel ultra elemental de “conocimiento” económico es el que ofrece el marxismo. Y radica en la pura intuición de lo que parece “evidente” a los ojos de cualquier persona sin discernimiento de economía: que hay gente que posee cosas que otros no tienen. De allí a concluir que lo que ostentan unos se debe a que no lo poseen otros hay un paso tan simple como es el que terminan dando la mayoría de las personas.

Es a esto a lo que se refería Friedrich A. von Hayek cuando insistía que la economía es una ciencia contraintuitiva. Sus verdades no son evidentes por sí mismas. Y es por esto que no ha existido jamás en la historia ningún gobierno liberal, ni democrático ni antidemocrático.

Aquel razonamiento errado marxista es matizado por el no menos equivocado socialdemócrata, en el sentido de que el estado-nación debe cumplir con la mal llamada “justicia social”, es decir, quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otro lo que nos les pertenece, lo que -en esencia- no tiene demasiada diferencia con la fórmula marxista que proponía lo mismo por medio de la fuerza bruta revolucionaria. La única discrepancia con la socialdemocracia es que esta persigue idéntico fin, pero a través de los votos. Por eso, antes se usaba una expresión más clara, como la de socialismo democrático, y luego se la abrevió para disimular mejor, y quedó como socialdemocracia.

Lo que no parece aceptarse de ningún modo -al tiempo de hoy- es que el gobierno se abstenga de intervenir en la economía, fruto de esa ideología socialdemócrata que se impone mundialmente, y en la cual se enrolan la generalidad de los partidos políticos internacionales con mayores o menores variantes, pero todos encolumnados detrás de la “filosofía” socialdemócrata. Por supuesto, si esto se les dice a algunas de estas personas lo negarán enfáticamente. En su lugar, dirán “No. Yo soy de izquierda”, o “de derecha” o “de centro”, pero pocos admitirán ser socialdemócratas. Es que la gente prefiere manejarse con expresiones estereotipadas y ordinarias, corrientemente términos que divulga el periodismo, que es la fuente principal de información y, lamentablemente, hasta de formación de numerosas personas.

[1] véase Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El mensaje liberal y su efectividad

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/el-mensaje-liberal-y-su-efectividad.html

 

Asistiendo a las controversias entre liberales sobre comunicación del liberalismo a los no-liberales y estilos para ello (controversias en las que nunca me ha agradado intervenir porque creo que no es demasiado conducente) diré ahora algunas pocas palabras.
En Argentina -y después de aproximadamente 1920 en adelante- el mensaje liberal nunca fue demasiado efectivo. Menos aún de aceptación masiva. Solo existió un muy breve periodo durante la década del 80 y comienzos de la del 90 en que el mensaje liberal tuvo una importantísima aceptación en el país.
Ello fue de la mano de la conjunción del trabajo de un numero de pensadores liberales que coordinaron las ideas, por un lado, con la acción política por el otro. Casi una coordinación espontánea entre académicos liberales y políticos liberales dio un amplio fruto.
Por primera vez en el país aparecieron cátedras o profesores liberales en la Universidad de Buenos Aires. Y, paralelamente, surgió un partido denominado “Unión del Centro Democrático” más conocido por sus siglas UCEDE.
En aquellos años, la UCEDE organizó un acto político en el estadio Monumental de River Plate logrando asistencia masiva, al punto tal que lo colmó. nada igual se había visto antes. Y en 1989 el mismo partido llegó a ser la tercera fuerza política del país.
Por primera vez en la historia, en el Congreso Nacional hubo numerosos legisladores liberales.
Todo esto comenzó a esfumarse a comienzos de la década del 90 con el acceso de Menem al poder, ya que la UCEDE apoyó incondicionalmente al programa menemista. Es cierto que un importante porcentaje de la UCEDE era conservador. Y entre ese porcentaje conservador y el apoyo de algunos dirigentes de relieve (tampoco todos) a Menem, destruyeron el partido. Literalmente lo pulverizaron.
Pero no solo lo desintegraron, sino que desde entonces el liberalismo cayó en un tremendo desprestigio, del cual, al día de hoy, no ha podido recuperarse.
No obstante, es bueno recordar que en Argentina existió una alternativa política liberal o parecida a ello. Hoy esa alternativa directamente ni siquiera existe.
Si nos atenemos a la historia reciente del liberalismo (brevemente resumida en los párrafos precedentes) juzgo que -hoy en día- en materia de difusión y aceptación de sus ideas está en una posición mucho peor que la que tuvo en las décadas del 80/90.
Resulta muy claro: hoy no hay ningún partido liberal de peso en la Argentina. Menos aún legisladores liberales, como si los hubo en aquella época.
La conclusión es clara. Si nos atenemos a los resultados en números, el liberalismo de hoy comunica peor que el de entonces. Y es por ello que nunca después de aquella época volvió a surgir ni un partido liberal ni legisladores liberales. Incluso en el ámbito académico se advierte un retroceso después de aquel entonces.
Y esto no se debe a que los liberales discuerdan ahora entre sí. Siempre hubo desacuerdos y rencillas entre los liberales. Quienes pertenecieron al partido testimonian que la ex UCEDE tenía muchas líneas internas dentro del partido, con visiones del liberalismo totalmente opuestas. Pero -a diferencia de ahora, coinciden- existía algo que no se ve hoy: todas esas líneas y todas esas personas que las integraban se respetaban entre ellas. Disentían en detalles, o en los medios para alcanzar el fin, pero acordaban en el mutuo respeto de las personas y las ideas ajenas. Ningún liberal insultaba a otro liberal. Se discrepaba en los procedimientos, matices, pormenores. Pero no en los fines. Y aquellos liberales comunicaban mucho mejor que los de ahora y con menos medios.
Esto último, desgraciadamente, parece que se ha perdido entre muchos liberales de hoy. No todos. Pero si muchos. Y es a esto a lo que atribuyo que las ideas liberales no tengan hoy día el peso y la penetración que tuvieron entonces.
El éxito de cualquier cosa se mide por sus logros. El liberalismo recién estará avanzando cuando vuelva a tener legisladores liberales, partidos liberales, candidatos liberales. Y vuelva a haber cátedras en muchas universidades que lo divulguen. Pero nada de eso existió después de los hechos narrados antes. Ni hoy tampoco. Y no parece que los liberales de hoy se encaminen en esa dirección.
A ello hay que sumarle las dificultades propias intrínsecas al mensaje liberal. Para entender al liberalismo hay que entender de economía y, como enseña Friedrich A. von Hayek, la economía es una ciencia contraintuitiva, lo que pone a los economistas liberales -aun aquellos que mejor difunden el mensaje- en inferioridad de condiciones respecto de los economistas marxistas, dirigistas, estatistas, etc.
Tal instruye Alberto Benegas Lynch (h) el liberalismo no es un producto que “esté a la venta” y que pueda ofrecerse como si fuera un dentífrico. Si a esto se le suma la permanente descalificación entre quienes quieren arrogarse el monopolio de la comunicación de la filosofía liberal, el panorama no puede ser más desolador. Hoy por hoy, asistimos a una verdadera y triste batalla campal entre pseudo-comunicadores del liberalismo, que no solamente se agreden verbalmente entre ellos, sino que, además, denostan con gruesos epítetos al que piensa diferente, ofreciendo un patético espectáculo ante quienes nunca comulgaron con nuestras ideas, y que menos aun lo harán si un “producto” invendible (como es el liberalismo) se “ofrece” insultando o denigrando a quien se abstiene de comprarlo.
A diferencia del socialismo, no es frente a las cámaras de TV o los micrófonos radiales las vías por donde la gente aprenda y acepte el ideario liberal. No porque el liberalismo sea de inferior calidad al socialismo, ni porque sus verdades sean menores a las de este (de hecho, en el socialismo no hay ninguna verdad identificable) sino porque no todos los medios son aptos para todos los mensajes, dado que lo relevante no es sólo el medio por el cual se transmite el mensaje, sino el contenido del mismo, y al respecto cuentan tanto las formas como los objetivos. Continuando con la analogía del dentífrico, este puede venderse perfectamente a través de un spot publicitario, pero el liberalismo jamás, porque es necesario conocer todo el proceso de producción (desde la materia prima hasta el producto final) cosa que -como afirma el profesor ya mencionado antes- no es necesario en el caso del dentífrico.
El mismísimo premio Nobel de Economía Milton Friedman intentó divulgar el liberalismo a través de una serie de televisión que llevó por título “Free To Choose”, una sucesión de varios capítulos basada en su libro homónimo. Como el propio Friedman relata en el libro, la serie fue un fracaso completo y el libro demostró ser más exitoso que la serie misma. Con todo, el liberalismo está en franco retroceso en el mismo país de Friedman, los Estados Unidos.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.