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Chau cepo, no te vamos a extrañar

Por Iván Carrino. Publicado el 17/12/15 en: https://igdigital.com/2015/12/chau-cepo-te-vamos-extranar/

 

Finalmente, con algunos días de retraso, el gobierno de Macri cumplió con su promesa más osada: el fin del cepo cambiario. La economía argentina celebrará la medida.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner se caracterizaron por el fuerte sesgo intervencionista de su política económica. El intervencionismo no solo se destaca por creer que el estado debe manejar la economía, sino también porque, frente a cada fracaso de su política, da un nuevo paso hacia un mayor grado de intervención.

Precisamente esto es lo que pasó con el cepo cambiario. En 2011 la inflación promedió el 25% anual y, previendo una continuidad del gobierno de Cristina, la gente se volcó a comprar dólares para preservar su patrimonio de lo que serían más años de alta inflación y destrucción del poder adquisitivo de la moneda. Frente a esta situación, en lugar de corregir el rumbo, Cristina Fernández decidió intervenir todavía más y lanzó el cepo cambiario, que fijó un precio arbitrario para el dólar y restringió sobremanera el acceso al mismo.

Lo primero reprochable del cepo fue su dudosa legalidad, debido a que atacó la propiedad privada de todos nosotros cuando quedó expresamente prohibido comprar dólares para atesoramiento. En este sentido, era curioso que algunos funcionarios del gobierno señalaran que el dólar del mercado negro era ilegal cuando, en realidad, lo ilegal era el régimen cambiario que habían inventado.

El segundo punto censurable del cepo cambiario fue su efecto sobre la economía. Es que el control de cambios no es otra cosa que un control de precios aplicado al dólar. Así, al igual que el resto de los controles, no solo no fue efectivo para controlar el precio de la divisa yanqui, sino que trajo aparejado un sinfín de problemas adicionales.

El cepo cambiario fue un fracaso absoluto en su afán por cuidar el precio del dólar. Durante su vigencia, en el mercado “oficial”, el billete verde pasó de $ 4,40 a $9,8, un aumento del 123%. Sin embargo, en el mercado paralelo, donde no existían restricciones para la compra y la venta, se disparó un 230%. Por otro lado, en el mismo período nuestro país fue el que más reservas internacionales perdió de toda la región, superando los USD 20.000 millones.

Además de su incapacidad para evitar la devaluación y cuidar las reservas, el cepo creó una serie de problemas adicionales.

El sector inmobiliario colapsó, ya que se trata de un mercado dolarizado y sin dólares no pudo seguir su operatoria normal. Las exportaciones se desplomaron, dado que el dólar oficial constituía un verdadero impuesto a las ventas externas. Por otro lado, al tiempo que condenaba a todos a ahorrar en una moneda que se depreciaba día a día, subsidió el consumo de lujo, lo que se evidenció en las visitas de argentinos a Miami curiosamente celebradas por Cristina Fernández de Kirchner.

Pero así como el dólar barato fijado por el gobierno fomentó el turismo en el exterior, también generó un aliento para las importaciones, frente a lo que el gobierno decidió intervenir nuevamente, frenándolas con todo tipo de trabas burocráticas.

El resultado fue el estancamiento de la economía. Sin incentivos para producir y exportar, y sin insumos importados para fabricar para el mercado interno, la economía argentina languideció por años, y solo se salvó de que crezca el desempleo por la “generosa” política de contratación pública y el efecto de desmotivación de quienes buscan trabajo, algo que no es motivo de festejo.

En este contexto, la eliminación del cepo cambiario se convierte en el mejor anuncio económico  de los últimos 5 años.

Claro que esta medida tendrá ganadores y perdedores, pero entre los perdedores se encontrarán todos aquellos que (como los compradores de “dólar ahorro” o algunos importadores con los contactos adecuados) tenían el privilegio de acceder al mercado oficial de cambios.

Los ganadores serán los que producen, tanto para vender en el extranjero como para vender en el país. Por otro lado, también será beneficiada la inversión extranjera, un bien que el kirchnerismo convirtió en escaso en los últimos años pero que tan necesario es para el desarrollo. Por último, se beneficiarán todos los que antes no podían comprar dólares, aunque deberán pagar un precio realista por él.

La medida del fin del control de cambios y la liberación del precio del dólar se suma al anuncio del Banco Central respecto de que se ocupará principalmente de bajar la inflación. Todos estos son indicios de un bienvenido y esperado proceso de normalización de la economía argentina.

Igualmente, es claro que estas son solo algunas de las bombas que el kirchnerismo dejó y que había que desactivar. Todavía queda la batalla más difícil: la del déficit fiscal y el gasto público, los verdaderos responsables de todos estos desequilibrios.

Esperemos que, con la misma convicción con la que eliminaron el cepo ayer, encaren el problema fiscal. Solo así el país tendrá oportunidad de crecer de manera sostenible y soñar con ser parte del club de los desarrollados.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

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El plan social.

Por Ricardo López Göttig. Publicado el 31/5/12 en: http://lopezgottig.blogspot.com.ar/

 Como si fuese un gran logro, los gobiernos que se proclaman de signo “progresista” suelen esgrimir estadísticas de expansión de sus planes sociales, lo que en rigor debería interpretarse como una señal de fracaso.
La izquierda del siglo XIX no nació con el criterio paternalista de que las personas tuviesen que vivir a expensas del Estado. Para marxistas y anarquistas, por ejemplo, el Estado no era más que un instrumento de dominación en manos de los propietarios. Los marxistas, en consecuencia, anhelaban tomar ese Estado por la vía revolucionaria –violenta- para utilizar esa herramienta y establecer el dominio de los proletarios. Los anarquistas, en cambio, buscaban la destrucción de ese instrumento para que la propiedad privada no tuviera quién la defendiese, y así lograr abolirla. Para estas y otras corrientes de la izquierda, el creador de la riqueza era el obrero que, con su trabajo, daba valor a su creación. El objetivo no era la holgazanería ni el fin del trabajo, sino la plena disposición de aquello por lo que se había trabajado.
De allí que Karl Marx, con una visión religiosa y épica de la humanidad, entendiera que serían los obreros proletarios industriales los que conducirían las sociedades socialistas del futuro y, una vez superada la necesidad de la dominación de unos a otros, se eliminaría el Estado. No sólo ponía su fe en esa “clase social” porque era la que para él generaba la riqueza, sino porque además tenía incorporada la disciplina laboral necesaria y el conocimiento de lo que se hacía en la fábrica. Es por eso que despreciaba a lo que llamaba el “lumpenproletariado”: delincuentes, prostitutas, vagabundos, todos los que estaban inmersos en el submundo de la ilegalidad, porque no tenían hábitos laborales, no generaban riqueza ni tenían “conciencia de clase” y, a su criterio, no querían derribar el orden existente.
El gran problema del marxismo surgió cuando tomaron el poder los bolcheviques en 1917. Marx y Engels, profetas indiscutibles e infalibles de la nueva religión secular con pretensiones científicas, no habían escrito sobre cómo sería la sociedad socialista. Tan sólo esbozaron la idea de la “dictadura del proletariado” como la etapa en la que los obreros industriales tomarían el poder del Estado, dominarían a los burgueses y nobles, hasta que todos fueran laboriosos proletarios en las fábricas. Más risibles son las escasas páginas dedicadas al paraíso comunista, la última etapa sin Estado, en la que las personas vivirían en la superabundancia… Lo cierto es que Lenin y el resto de los bolcheviques tomaron el poder mientras el Imperio Ruso se hallaba combatiendo penosamente en la primera guerra mundial contra los alemanes y austríacos. El modelo económico que tomaron fue el de la Alemania imperial del Kaiser Guillermo II, una economía fuertemente centralizada y militarizada por razones bélicas, y eso es lo que implantaron a fuerza de bayoneta en el caído imperio de los zares, con un costo humano de millones de hombres muertos por hambrunas, requisas de alimentos, guerra civil y creación de los campos de concentración.
Este primer experimento socialista no tuvo una mirada contemplativa hacia el desempleado: como crudamente lo escribió Trotski, “el que no trabaja, no come”. Ironía de la historia, porque Lenin y Trotski nunca habían trabajado… Esta militarización y planificación central se acentuó en tiempos de Stalin, dejando por el camino a más de veinte millones de muertos, cifras colosales que estremecen.
En la etapa post-stalinista en Europa central y oriental, el castigo que recibían muchos intelectuales disidentes –escritores, profesores universitarios, artistas- era el de ser enviados a trabajar cavando fosas en los cementerios, limpiando vidrios en los edificios, cargando carbón en las calderas de calefacción central. O sea que, en el “paraíso de los trabajadores”, la sanción al disidente era, paradójicamente, el trabajo físico.
Está claro, pues, que la naturaleza del “plan social” que subsidia con largueza y que se reproduce generación tras generación, nada tiene que ver con la izquierda socialista en sus ideas del siglo XIX ni en su experiencia real de la centuria pasada. 
Y es que el “plan social”, la protección al desempleo y la mirada paternalista como si las personas fuesen menores de edad incapaces de administrar sus vidas, se fue estableciendo desde gobiernos autoritarios de signo nacionalista, ya desde tiempos de Otto von Bismarck, precisamente para contener el avance de la socialdemocracia en Prusia y el Imperio Alemán. Los socialistas de entonces, en los parlamentos y la prensa partidaria, solían denunciar estas prácticas clientelistas, porque ablandaban el espíritu laborioso y creaban un ejército de votantes sin “conciencia de clase”.
En su difícil combate contra estos “Estados benefactores”, los socialistas de Europa occidental fueron asimilando parte de esta prédica para ganar votos que, de otra manera, se fugaban hacia los partidos de carácter nacionalista y proteccionista. Un fenómeno que, aún hoy, vemos que perdura en el Viejo Continente, con votantes que pueden optar por el xenófobo y proteccionista Frente Nacional de la familia Le Pen o por la izquierda más radical y antiglobalizadora como la de Jean-Luc Mélenchon en Francia.
¿Dónde han quedado, pues, las consignas originales de la izquierda? El socialismo real del siglo XX demostró su manifiesta contradicción con la vida humana, con sus genocidios, empobrecimiento, brutalidad y afán de conquistas. Hoy se torna complejo desarmar ese nudo gordiano de lo que proponen unos y otros críticos acerbos a la democracia liberal y la economía de mercado, que no prometen vida fácil, gratuita y despreocupada de los paraísos seculares.
La paradoja de todo programa gubernamental de “plan social” de inserción laboral, de acceso a la vivienda, es que debería tender a su propia extinción; es decir, la emergencia es una situación temporal, y cuanto más breve sea, mejor. Un ministro de desarrollo social debería ser premiado y aplaudido por tener cada vez menos personas necesitadas de ayuda estatal, y no más. Una estadística optimista, feliz y liberadora, que pondría en evidencia que cada vez más personas son responsables y creadoras del propio destino.

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.