Los alumnos de hoy no vivieron la hiperinflación, ni sus padres le han contado cómo la sobrevivían

Por Martín Krause. Publicado el 18/10/15 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2015/10/18/los-alumnos-de-hoy-no-vivieron-la-hiperinflacion-ni-sus-padres-le-han-contado-como-la-sobrevivian/

 

Los alumnos universitarios de hoy no vivieron la hiperinflación de 1989, y parece que sus padres poco le han contado porque apenas saben de ella, y menos aún de cómo reaccionaban sus propios padres para proteger sus ingresos. Tal vez es la diferencia que tenemos con los alemanes, ellos no se olvidaron más. Así describe Mises su conducta, que es igual a la que hubo aquí.

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En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos con los alumnos de la UBA en Derecho. Su cuarta conferencia se tituló, precisamente “Inflación”. Mises comenta:

“Me refiero al caso de Alemania, que el mundo entero estaba observando. Muchos libros han descrito los eventos de esa época (Aunque yo no soy alemán, sino austriaco, pude ver todo desde adentro: en Austria, las condiciones no eran muy diferentes de las de Alemania, ni eran muy diferentes en muchos otros países europeos) Por varios años el pueblo alemán creyó que su inflación era un asunto temporario, que pronto terminaría. Lo creyeron por casi nueve años, hasta el verano de 1923. Entonces, finalmente, empezaron a dudar. Como la inflación continuaba, la gente pensó que era más prudente comprar cualquier cosa disponible en lugar de guardar el dinero en sus bolsillos. Además razonaron que no se debía dar préstamos en dinero, sino que era una buena idea ser un deudor. Y así la inflación continuaba alimentándose a sí misma.

Y la inflación continuó en Alemania hasta, exactamente, el 20 de Noviembre de 1923. Las masas habían creído que el dinero inflacionario era dinero real, pero entonces hallaron que las condiciones habían cambiado. Hacia el final de la inflación alemana, en el otoño de 1923, las fábricas alemanas pagaban a sus trabajadores, cada mañana, por adelantado, el salario del día. Y el trabajador, que llegaba a la fábrica con su esposa, le entregaba inmediatamente su salario – todos los millones que le pagaban. Y la señora inmediatamente iba a una tienda a comprar alguna cosa, sin importar qué. Ella se daba cuenta lo que la mayor parte de la gente ya sabía en ese momento – que durante la noche, de un día para el otro, el marco perdía el 50% de su poder de compra. El dinero, como el chocolate en un horno caliente, se derretía en los bolsillos de la gente. Esta última fase de la inflación alemana no duró mucho tiempo; después de unos pocos días, toda la pesadilla se había terminado: el marco no tenía valor y debió crearse una nueva moneda.

Lord Keynes, el mismo que dijo que en el largo plazo todos estamos muertos, fue uno de una larga lista de autores inflacionistas del Siglo XX. Todos escribieron contra el valor oro (gold standard – equivalente de la moneda en oro) Cuando Keynes atacó el valor oro, lo llamó una ‘reliquia bárbara’. Y la mayor parte de la gente actualmente considera ridículo hablar de una vuelta al valor oro. En los EEUU, por ejemplo, se considera que uno es un soñador si dice: ‘Más tarde o más temprano los EEUU deberán retornar al gold standard’

Pero el gold standard tiene una virtud tremenda: la cantidad de dinero bajo el gold standard es independiente de las políticas de los gobiernos y de los partidos políticos. Ésta es su ventaja. Es una forma de protección contra los gobiernos despilfarradores. Si, bajo el gold standard, a un gobierno se le requiere gastar dinero para algo nuevo, el ministro de finanzas puede decir: ‘Y donde consigo el dinero? Dígame, primero, como haré para encontrar el dinero para este gasto adicional’

Bajo un sistema inflacionario, nada es más simple de hacer para los políticos que ordenar a la imprenta del gobierno proveerles cuanto dinero necesiten para sus proyectos. Bajo un gold standard, un gobierno sano tiene una mejor oportunidad; sus líderes pueden decirle al pueblo y a los políticos: ‘No podemos hacerlo a menos que subamos los impuestos’. Pero bajo condiciones inflacionarias, la gente adquiere el hábito de considerar al gobierno como una institución con medios ilimitados a su disposición: el estado, el gobierno, puede hacer cualquier cosa. Si, por ejemplo, la nación desea un nuevo sistema de carreteras, se espera que el gobierno lo construya. Pero ¿dónde obtendrá el dinero el gobierno?”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Los peligros de ignorar la ciencia económica:

Por Adrián Ravier: Publicado el 5/9/14 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2014/09/05/los-peligros-de-ignorar-la-ciencia-economica/

 

Argentina vuelve a ir a contramano del mundo y también de la ciencia económica. Se podrá señalar que otros países sufren sus propias crisis, como Estados Unidos o aquellos que pertenecen a la Unión Europea, pero en todos ellos está garantizada la estabilidad monetaria. El largo estancamiento que posiblemente sufran se debe a que también ignoran las lecciones de la “buena” economía, pero a un nivel relativamente menor que el caso argentino.

El Gobierno argentino somete innecesariamente a la sociedad a un nivel de inflación cuyas causas ya son conocidas por todos en la profesión. Marcó del Pont o Axel Kicillof podrán discutir que el desequilibrio monetario causa inflación, pero esto choca contra uno de los mayores consensos con los que hoy cuenta la profesión. De ahí que la inflación sea un problema erradicado en casi todo el mundo. Los controles de precios también han mostrado ser una política inútil contra este proceso inflacionario. La ciencia económica desaconseja paliar la inflación con esta herramienta.

La administración kirchnerista tampoco se preocupa por el “equilibrio fiscal”, aspecto fundamental en los tratados de finanzas públicas. Mientras exista desequilibrio en este frente, el gasto excesivo deberá ser financiado por dos vías: deuda, que le es negada al gobierno por el default que lo acompaña desde sus inicios, o emisión monetaria, que justamente es la causa de las constantes subas de precios, e indirectamente también de los cada vez más frecuentes conflictos sociales y huelgas. Es simple concluir que si el déficit fiscal se agrava, bajo estas condiciones se agravará la inflación.

En el plano cambiario, el gobierno promueve un proteccionismo extremo, lo que ha provocado un llamado de atención de la OMC. Se podrá decir que todos los países aplican algún tipo de intervencionismo en el comercio internacional, pero Argentina ha abusado de esta herramienta, y ha traspasado todos los límites. Por un lado, restringe la libertad individual de que la gente acceda a la compra de divisas; por otro, impide la exportación de ciertos productos como la carne o la importación de productos básicos e insumos. La operatoria de las empresas es cada vez más compleja.

El Gobierno insiste que este modelo es inclusivo, “para todos”, pero queda claro que el proteccionismo protege a algunos a expensas de otros. Desde Adam Smith en adelante, los economistas sabemos que el mercantilismo beneficia a algunos industriales amigos, a la vez que perjudica a los consumidores que deben pagar más por productos y servicios de peor calidad.

Reconocer que los problemas de inflación, déficit fiscal, estancamiento o recesión, desempleo en aumento, conflictos sociales continuos y huelgas son la consecuencia lógica de la política económica que la actual gestión en economía provoca, debería conducir a este Gobierno o al próximo a buscar un cambio de modelo.

Concretamente, se requiere: i) un presupuesto base cero para alcanzar la eficiencia del gasto público que pueda ser sostenible en el largo plazo; ii) en base a ese nivel “óptimo” de gasto, habrá que alcanzar un nivel de recaudación tributaria que lo pueda sostener, pero si nos basamos en un “gobierno limitado” habrá espacio para eliminar los derechos de exportación y reducir el IVA a la mitad, de acuerdo a las política tributaria que la mayoría de los países aplican. Nótese que la presión tributaria argentina es la más alta de la región y llega a más que duplicar la de algunos países; iii) habrá que avanzar en eliminar las restricciones cambiarias y permitir una dolarización espontánea, si esto es lo que la gente desea. Tratar como un criminal a quien huye del peso para evitar perder poder adquisitivo constituye un verdadero crimen; iv) también será necesario recuperar el libre comercio, habilitando por ejemplo a los productores ganaderos a exportar carne, o a los importadores a contar con los insumos que necesitan para ser eficientes en los procesos de producción. Sólo de esa forma puede iniciarse un camino que nos permita competir a nivel global; v) habrá que flexibilizar el mercado laboral para que vuelvan a surgir empresas que creen empleo y terminen de una vez con esta destrucción de capital y de trabajo; vi) será fundamental avanzar hacia un federalismo real y correspondencia fiscal para que los gobernadores vuelvan a ser actores centrales en la economía argentina y abandonen su rol pasivo, terminando con el poder central que tanto daño ha hecho a las economías regionales.

Demás está decir que esta simple enunciación de políticas no intenta ser exhaustiva. Sólo comentar en esta nota periodística que un modelo diferente es posible y ya necesario, y que contradecir la ciencia económica tiene sus costos políticos y sociales. Para cerrar, vale recordar que la inflación, el desempleo creciente, la recesión o estancamiento, la fuga de capitales, el default son todos problemas que la mayoría de los países de la región no tienen por la coyuntura favorable que todavía nos acompaña.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Derrumbes, delirios, mercados:

Por  Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 1/4/12 en: http://www.libremercado.com/2012-04-01/carlos-rodriguez-braun-derrumbes-delirios-mercados-63987/

Leo en La Razón declaraciones del escritor y periodista Vicente Verdú, que acaba de ganar el Premio Hoy de ensayo, que entrega la editorial Temas de Hoy, con su libro: La hoguera del capital.

«Somos prisioneros de la pobreza –sentenció el pensador– El mundo en el que nos encontramos está derrumbándose. Desaparecen las fábricas, los empleos y la moral de las personas está siendo minada. Las desigualdades se han incrementado».

La pobreza está disminuyendo en buena parte del mundo, un mundo que no parece que se esté derrumbando hoy más que antes. Es posible que don Vicente piense sólo en los países desarrollados, que es donde la crisis ha golpeado más esta vez, como en los años 1930. Eso explica su increíble frase: «desaparecen las fábricas», algo que parece dudoso en los países ricos y es clamorosamente falso en muchos países llamados subdesarrollados o emergentes. Si el empleo decae, que es verdad, y la moral también, que es posible, igual convendría pensar en qué cosas los hacen caer; quizá el razonamiento nos conduzca a pensar en las responsabilidades de políticos e intelectuales.

Pero es algo que el señor Verdú no parece dispuesto a hacer. Más bien propicia la irresponsabilidad de los que mandan. Por ejemplo, se opuso a la reducción del déficit con estas palabras: «Alrededor de París ya hay unas 10.000 tiendas de campaña. Pertenecen a personas que antes tenían acceso a la educación, a un coche… Estamos viviendo una gran locura colectiva como no se había conocido con anterioridad en la historia. Es igual que cuando se empezaron a revalorizar los tulipanes hace siglos. Es el mismo tipo de delirio en el que nos encontramos ahora». Lo interesante es que no hace mención al papel de las autoridades en todo esto; así, parece que la explicación es un delirio colectivo, y no los errores y las intervenciones de quienes suben los impuestos, elevan los costes del suelo y la vivienda, y manejan y controlan actividades tan cruciales como la banca y las finanzas.

El único mal que don Vicente ve en los gobiernos es que no intervengan todavía más: «No atajan a las agencias de calificación, las bolsas, y no han nacionalizado algunas cosas». Como si controlar los mercados y nacionalizar cosas fueran la solución. Temo que para él, efectivamente lo sean.

No para mientes a la hora de describir el apocalipsis: «El desencadenante de la situación actual es el hundimiento y la degeneración de la democracia», asombrosa teoría que contrasta con el hecho de que nunca ha habido tanta democracia en el mundo. ¿Qué quiere el señor Verdú? Podemos bosquejar su planteamiento tras estas ideas, que apuntan contra de la libertad y a favor del poder, y subrayar una más, que es un clásico del pensamiento antiliberal: el odio a la competencia. Don Vicente abogó por cambiar los valores y dijo seriamente que el progreso jamás se ha producido a través de la competencia en el mercado sino mediante la solidaridad: «El hombre ha salido hacia adelante porque colabora».

Si esa colaboración es entendida por Vicente Verdú como la que se desarrolla fuera del mercado, excluyendo el comercio, su frase es un error claro. Resulta razonable conjeturar que si los seres humanos no se hubiesen relacionado nunca con su capital a través de una cooperación extendida por medio de la competencia en el mercado seguiríamos cooperando sólo en órdenes reducidos y aislados, en el seno de tribus primitivas. Es notable cómo esa perspectiva de una sociedad cerrada y empobrecida sin capital resulta tan atractiva para los intelectuales más destacados. 

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.